La empresa más antigua en funcionamiento es japonesa y lleva en activo casi milenio y medio …

Kongō Yoshie, el 38º maestro carpintero de Kongō Gumi, y sus empleados en 1930
Muy Interesante/Blog Bankia — En 2006 quebró Kongō Gumi Co., Ltd., empresa japonesa que fue adquirida entonces por Takamatsu Construction Group, para la que continuó operando como subsidiaria.
Eso no tendría mayor trascendencia, más allá de la peculiar actividad a la que se dedica (construcción y mantenimiento de templos budistas), de no ser porque Kongō Gumi es -o era- la empresa más antigua que existe en funcionamiento: en el momento de su liquidación cumplía la venerable edad de mil cuatrocientos veintiocho años.
Se fundó, pues, en el 578 d.C. En Osaka, para más señas, y por iniciativa del príncipe Shōtoku, también conocido por los nombres de Umayado y Kamitsumiya.

El príncipe Shōtoku con sus hijos
Hijo de Yōmei Tennō, el trigésimo segundo emperador, al que sucedió tras su muerte en circunstancias inciertas -no se sabe si de enfermedad o asesinado, en el confuso contexto de la lucha entre budistas y sintoístas-, Shōtoku no sólo ocupó la regencia -su madre sólo era una concubina- sino que se convirtió en una figura reverencial por su protección del budismo, iniciando un período artístico dedicado a esa fe denominado Asuka.
De hecho, surgieron leyendas sobre él, como la de su encuentro con un mendigo gravemente enfermo al que acogió hasta su fallecimiento y que resultó ser Bodhidharma (un monje persa, que predicó en China y fue fundador del budismo zen) o la que identificaba al príncipe con el mismísimo Buda reencarnado, de ahí que abunden las estatuas suyas con esa apariencia.
En cualquier caso, se trató de un notorio adalid de esa religión, a la que consideraba buen instrumento en su objetivo de acabar con los regionalismos y unir al país en torno al trono. Ello resultaría determinante para la aparición de Kongō Gumi.
En realidad, Kongō era un apellido coreano; concretamente el de una familia originaria de Baekje, uno de los tres reinos de Corea (el situado en el suroeste de la península, con centro en lo que hoy es Seúl), que entre los siglos VI y VII constituyó un foco irradiador de misioneros budistas y de la cultura china en general que Shōtoku quería imitar.
Los Kongō, o algunos de sus miembros, encabezados por Kongō Shigemitsu, viajaron a Japón contratados por Shōtoku para que construyeran el primer templo del país dedicado al budismo, ya que su oficio era la carpintería y ese tipo de trabajos se hacían de madera.
Dicho templo es el de Shitennō-ji, que quedó terminado hacia el año 593 y todavía sigue en pie en Osaka, si bien es cierto que ha tenido que ser restaurado varias veces y la mayor parte de su estructura actual corresponde a la última intervención que se le hizo, en 1963.
El príncipe quedó tan satisfecho que hizo más encargos a los Kongō y a ellos se debe, al menos en parte, otros célebres edificios nipones, como el Hōryū-ji (un templo-monasterio ubicado en Okaruga -prefectura de Nara- y protegido como Patrimonio de la Humanidad) o las estructuras más antiguas del fotogénico ‘Ōsaka-jō (el Castillo, uno de los grandes atractivos turísticos de la ciudad).
Por tanto, aquellos coreanos no regresaron a su país sino que se establecieron en Japón dando origen a una empresa familiar, la Kongō Gumi, que, como era habitual en la época, fue creciendo mediante la vía matrimonial.
Los varones que se casaban con las mujeres del clan pasaban a adoptar el patronímico, incorporándose como unos miembros más de la empresa.
De este modo se garantizaba la pervivencia de la Kongō Gumi cuando no había descencencia masculina en alguna generación. Un pergamino de tres metros de longitud, datado en el siglo XVII, reseña los nombres de los integrantes de esas generaciones, que hoy suman cuarenta.

El templo de Shitennō-ji con su torre exenta
Por supuesto, esa estructura no habría sobrevivido tanto tiempo de no realizar un buen trabajo y aprovechar la coyuntura favorable.
Las obras de la Kongō Gumi contaban con el patrocinio imperial y el beneplácito de los budistas japoneses, cada vez más numerosos tras haber superado la oposición armada de los sintoístas (de hecho, la tendencia fue que ambas corrientes se integrasen armónicamente), lo que impulsó su crecimiento.
Eso sí, no faltaron momentos de crisis.
Uno de los más importantes llegó en el siglo XIX, durante la Restauración Meiji, cuando el emperador promovió el Shinbutsu bunri, la separación entre las dos corrientes religiosas en favor de un sintoísmo estatal.
Eso desató en algunas zonas el Haibutsu kishaku, una ola violenta contra todo lo relacionado con el budismo que obligó a intervenir al gobierno para poner orden, aclarando que la separación no equivalía a destrucción.
De ese modo, el budismo, que se aferraba a sus formas tradicionales negándose a adaptarse a la modernidad al estilo occidental, perdió influencia social y cayó en cierto descrédito.

Destrucción de campanas budistas durante el Haibutsu kishaku
Fruto de esa situación, muchos templos budistas sufrieron una reconversión y se dedicaron al culto sintoísta, lo que repercutió en el negocio de Kongō Gumi al tener que dejar la construcción de templos por la de casas.
Pero no hay mal que cien años dure y renació en 1912, a la muerte del emperador Meiji, recuperando el Shokuke kokoroe no koto (una especie de manual de empresa que explicitaba su filosofía, metodología de trabajo, comportamiento de la plantilla, etc.) que había escrito Yoshisada Kongō, el trigésimo segundo dueño.
Dicho manual detallaba desde cómo vestir a la obligación de los empleados de estar alfabetizados, pasando por establecer en una década el período de formación para llegar a ser un sho daiku (maestro carpintero, título otorgado sólo a miembros del clan) o la exigencia de un buen trato al cliente.
Por encima de todo, eso sí, había que preservar la titularidad familiar, por lo que si era necesario romper alguna tradición se hacía. Por eso cuando la Crisis de 1929 afectó gravemente al negocio, su dueño en ese momento, Haruichi Kongō, se quitó la vida y tuvo que coger las riendas una mujer por primera vez, Yoshei Kongō.

El complejo monástico de Hōryū-ji
Yoshei, que asumió el control en 1934, consiguió salvar la delicada situación gracias al contexto internacional.
La Segunda Guerra Mundial, en la que Japón fue una de las principales potencias beligerantes, provocó un gran incremento de mortandad y la consiguiente demanda de ataúdes y eso constituyó la salvación para Kongō Gumi, que cambió eventualmente el sentido de su producción en madera: de levantar templos pasó a fabricar féretros para el ejército.
Tuvo demanda de trabajo asegurada hasta 1945. Terminados los efectos de aquella pesadilla bélica, en 1955 se registró oficialmente como empresa, con el nombre Kongō Gumi Co., Ltd.
Para entonces ya no limitaba su actividad a templos y jardines sino a la construcción en general, pero todo lo que superó en tiempos anteriores palideció al lado de la dura competencia del siglo XX, quizá porque seguía aferrada a su vieja concepción empresarial: la plantilla se dividía en kumis o grupos de cinco a ocho personas, que competían entre sí por presentar el mejor proyecto cuando recibían un encargo.
La cúpula, dirigida por un maestro o presidente (no hereditario por primogenitura sino por aptitud), valoraba cuál era mejor y le adjudicaba la obra.

Sede de Takamatsu Construction Group Co. Ltd. en Osaka
Poco a poco, la compañía fue acumulando pérdidas y endeudándose en la compra de bienes raíces.
En la década de los noventa, cuando estalló la burbuja inmobiliaria japonesa y la religiosidad disminuyó, Kongō Gumi Co., Ltd. quedó herida de muerte.
En 2005 tenía ochenta empleados y unos ingresos anuales de siete mil quinientos millones de yenes (unos setenta millones de dólares aproximadamente), pero con una deuda que superaba los cuatro mil millones.
Su último presidente, Masakazu Kongō, tuvo que tirar la toalla.
Como decíamos al principio, en enero de 2006 la compañía entró en fase de liquidación y en diciembre fue absorbida por Takamatsu Construction Group Co. Ltd.
Un conglomerado de empresas de construcción con subsidiarias especializadas en los diferentes apartados del sector de la construcción y la ingeniería. Integrada en la estructura de esa entidad y asumiendo dicha especialización.
Lla vieja Kongō Gumi, ahora ya con otro nombre, ha recuperado la antigua dedicación y vuelve a encargarse de construir y mantener templos artesanalmente.
Quince siglos no son nada.
5 empresas más longevas del mundo
Aunque es la “más joven” por continentes, la empresa más antigua de Oceanía es una mensajería con más de 200 años de antigüedad. Se fundó bajo el nombre de Australia Post en 1809 y hoy sigue siendo una corporación propiedad del Gobierno.

Australia Post sede
Le sigue el continente africano, con su empresa más antigua que fue fundada en 1772. Se encuentra en la República de Mauricio y se llama Mauritius Post, una firma de mensajería que sigue activa actualmente. En sus inicios tenía únicamente ocho mensajeros, nada que ver con su dimensión actual, en la que cuenta con 114 oficinas de correo.
Mauritius post sede
Si damos un salto en el tiempo de 700 años encontraremos la empresa más antigua de América. Se trata de La Casa de Moneda de México, fundada en 1534. Desde ese año, se dedica a acuñar las monedas del país según indiquen el Congreso de la Unión y el Banco de México.

La casa de la moneda de Mexico
Ya en Europa, concretamente en Austria, tenemos el restaurante ST. Peter Stifts Kulinarium, que puede ser el mesón más longevo del mundo. Su primera mención aparece en el libro del monje Alcuin de York, en el año 803. Ubicado entre los muros de la abadía de San Pedro, en Salzburgo, es un lugar de paso para los peregrinos, función que le ha permitido mantenerse en activo durante tantos años. En sus mesas se han sentado personalidades tan ilustres como Mozart o Cristóbal Colón.

ST. Peter Stifts Kulinarium
Y, de acuerdo a lo mencionado precedentemente, en el puesto número uno, sin rival posible, tenemos a la japonesa Kongö Gumi. Desde sus inicios, la firma se ha dedicado a la construcción y rehabilitación de edificios y, aunque ha tenido que hacer frente a múltiples problemas económicos (sobre todo los vividos en los años 80 por la burbuja inmobiliaria nipona), 1.440 años después sigue en activo. Su mayor secreto es haber mantenido sus principios, ya que, a día de hoy, los templos siguen representando el 80% de su negocio.
¿Y la más antigua de España?

Casa de Ganaderos de Zaragoza
La más longeva y que continúa activa hoy en día fue fundada en 1218, bajo el nombre de Casa de Ganaderos de Zaragoza. Según la historia fue creada en pleno apogeo del Reino de Aragón y su función era controlar los pastos y la jurisdicción.
En el siglo XIX perdió esa última función y, a día de hoy, la Casa de Ganaderos es una cooperativa de 270 socios ganaderos de ovino. Venden carne de cordero y se encargan de promover el legado de sus más de 800 años de historia. ¿Su secreto? Haberse asentado desde sus inicios como una institución fuerte y haberse adaptado a los tiempos.
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