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Borges y Sabato: la historia secreta de su reencuentro luego de 20 años sin hablarse por razones políticas …


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Infobae(A.Serra)  —  Fue entre estantes de libros, el 7 de octubre de 1974, mientras el sol se escondía tras el skyline de Retiro, que Borges y Sabato se saludaron como si nada hubiera pasado. Llevaban veinte años sin hablarse.

No había motivos demasiado específicos más que posiciones políticas antagónicas que podrían resumirse así: Borges se ubicaba a la derecha del espectro ideológico, Sabato a la izquierda. El tiempo se deslizó lento y todo se vuelve irreconciliable. Hasta aquella tarde de 1974.

El escenario: la emblemática librería La Ciudad, ubicada dentro de la Galería del Este, sobre la calle Maipú, a metros de Marcelo T. de Alvear. Era un día habitual, como tantos otros, en que en esa librería, y en esa galería, acontecía un acto cultural: la presentación de un libro.

Observando la escena en un rincón del lienzo estaba Orlando Barone, con 37 años recién cumplidos. “Era un nadie, un intruso”, dice ahora, a sus 83, desde “el pasillo de los últimos deseos”, bromea, del otro lado del teléfono.

En aquel entonces, tenía publicado un libro de cuentos titulado Debajo del ombligo y trabajaba como colaborador del suplemento cultural del diario Clarín. Fue el poeta y guionista Ulyses Petit de Murat quien le dijo, casi al pasar, que era probable que ese día coincidieran Borges y Sabato. Por eso fue.

Efectivamente, en aquel “epicentro cultural del momento”, como define Barone a aquella librería, cuyo dueño era el librero Luis Alfonso, se volvieron a encontrar dos de los más grandes escritores del siglo XX. Borges no hizo más que cruzar la calle, vivía enfrente; Sabato, en cambio, venía de Santos Lugares.

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“Los vi hablar con mucha cordialidad; iba a decir afecto, pero creo que la palabra justa es cordialidad”, recuerda Barone y confiesa: “Yo era un intruso. Mi cultura, incluso hoy, era una cultura básica. Y en ese momento era una cultura inocente, te diría, casi naif. Tenía una gran admiración por los dos. Y ese día estaban juntos en un encuentro social en que había cierto festejo. Hacía veinte años que no se hablaban… ¡veinte años! Es mucho, ¿no?”

“Se habían peleado porque Borges tenía, vamos a decirlo entre comillas, una visión aristocrática y oligárquica de la sociedad. Y Sabato tenía una visión del peronismo distinta: se daba cuenta de que los humildes amaban al peronismo, y eso a él lo hacía repensar muchas cosas.

Por supuesto que no era peronista, pero no estaba embanderado en ese antiperonismo feroz. Y eso los había separado”, resume el autor de libros como La locomotora de fuego y K, letra bárbara, y que tuvo una intensa trayectoria en los medios que incluye, entre otras cosas, la dirección de El Cronista, columnas en La Nación y La Razón y la participación diaria en el programa televisivo 6, 7, 8.

“Entonces se me ocurrió, fue un pensamiento, que un diálogo entre los dos podría ser un gran libro. Yo he tenido cosas locas en mi vida, como todo el mundo, a veces me desconozco, cosas que me avergüenzan, cosas que me enorgullecen; es en vano lo que uno piensa de sí mismo, la autocrítica no es justa, uno siempre se favorece; pero cuando pensé el libro me consideraba lo que realmente era en ese momento, y soy hoy: que tenía la idea, pero no el nivel.

El entusiasmo me sobraba. Tal vez una temeridad y yo no me daba cuenta. Eran distintas las épocas, ahora son todos temerarios. Los analfabetos creen ser sabios y los sabios se portan como analfabetos. Pero ese es otro tema. Sabía que a Borges y a Sabato se habían separado por cuestiones políticas. Pensá en aquel tiempo, en aquella época”, cuenta.

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Distintas portadas del libro de Orlando Barone: “Diálogos Borges-Sabato”

Ese es el contexto y la génesis de Diálogos Borges-Sabato, libro publicado en 1976 por Emecé y reeditado en 1996 y en 2007. Como con la idea no basta, luego hay que llevarla a cabo, Barone activó la maquinaria.

Primero le contó su proyecto en estado embrionario a la traductora de alemán Anneliese von der Lippen, amiga de ambos, quien “tenía una gran paciencia para estos dos egos”. Ella se lo comentó a Borges y coordinó la cita con Barone, que fue en la librería La Ciudad.

Luego del saludo inicial, Borges le pidió que no lo llamara “señor”, sino “Borges, a secas”. Cuando Barone, con más timidez que respeto, le dijo si quería sugerir a algún intelectual para que compartiera su rol de intermediario en los encuentros, Borges le respondió: “No hace falta: creo ciegamente en usted”.

Aún recuerda con gracia aquel chiste de Borges, que para entonces ya era ciego. La cita con Sabato ocurrió unos días después en el bar EI Dandy. Respondió que sí enseguida y puso como condición, ya que supuso lógicamente que sería él quien debería viajar de Santos Lugares al centro, que las reuniones se hicieran los sábados. Algo más se pactó: no hablar de política.

“A Sabato lo conocía desde hacía unos años. Desde 1969 tenía relación. Fui a muchos de sus cumpleaños. Era un escritor relativamente joven. Y Borges ya estaba en la cresta universal: un escritor, como muy pocos, que entró en la inmortalidad estando vivo.

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Fue leído, admirado y estudiado por los más grandes escritores y ensayistas del mundo.

Sabato decía que la posteridad de un argentino estaba siempre en el extranjero, es decir, que los extranjeros pueden juzgarnos mejor sin las internas que hay en el localismo.

Todavía no había llegado la dictadura, pero estaba flotando la violencia. En el momento que ambos me dijeron que sí decidí apurar los encuentros, porque tenía temor.

El contexto que nos rodeaba tenía cierta opacidad. Un motivo era que la madre de Borges estaba prácticamente inmovilizada, quizás agonizante, en uno de los cuartos del departamento, allí, en la calle Maipú.

Frente a esa inminencia, Borges estaba como que se le desprendía el mundo. Borges era un chico de la casa, no era como Sabato, que fue un tipo de lucha, digamos. Eran diferentes”.

Para “evitar ese ámbito de opacidad donde estaba la madre aislada”, el lugar elegido fue la casa de Renée Noetinger, una pintora que vivía en el edificio contiguo al de Borges. En el comedor de aquel departamento señorial, los escritores conversaban mientras un grabador antiguo capturaba sus voces y Barone hacía preguntas, breves comentarios y algunas notas.

“Los diálogos empezaron con un buen sentimiento de los dos. Era como si se sintieran felices en ese momento histórico de encontrarse. Cuando bajábamos y acompañábamos a Borges a la casa, en la puerta seguían charlando”.

—¿Pero qué música le interesa a la juventud hoy? —preguntó Borges.

—La música rock —respondió Sabato.

—¿El estruendo, el ruido?

—No seamos injustos. Sé que a usted, en general, no le interesa la música. Pero los Beatles son grandes músicos.

—Creo que sí —comentó Borges—. Mi sobrino me dijo una vez: Vas a oír un disco. ¿Qué es? le pregunté. No voy a decírtelo, me contestó. Puso el disco, lo oí y quedé muy enternecido. Eran los Beatles. Si hubiera sabido de antemano me hubiera puesto en guardia.

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El primer encuentro fue apenas dos meses después de aquella tarde en la librería La Ciudad, el 14 de diciembre de 1974; el último, el séptimo, el 15 de marzo de 1975. A mitad de camino, durante ese verano, la masiva revista Gente se enteró y les propuso a Borges y a Sabato hacer una nota.

Era el gran reencuentro público luego de veinte años, ya que el libro aún se estaba escribiendo. La nota la hizo Alfredo Serra, “el Pingüino”, en un café del barrio de San Telmo, frente a la Plaza Dorrego. A los pocos días volvieron a la casa de Noetinger a continuar con lo que sería Diálogos Borges-Sabato, que saldría al año siguiente, con el fatídico Golpe de Estado ya convertido en realidad.

En el último encuentro pactado, Borges, más desilusionado que sorprendido, dijo: “¿Cómo? ¿Se terminaron?” “Es que si seguimos hablando, Borges, este va a ser un libro eterno”, le respondió Sabato que luego, como todos esos sábados, volvió a cruzar la Plaza San Martin caminando hasta llegar a la Estación de Retiro, para subirse al tren que lo llevaba a Santos Lugares, donde vivía.

Al poco tiempo, el 8 de julio de 1975, murió Leonor Acevedo Suárez, la madre de Borges. Sabato fue al funeral en el Cementerio de la Recoleta. “Se reencontraron, hablaron y cada uno volvió a su mundo. Y nunca más se vieron, tampoco hablaron mal públicamente del otro”.

“Empecé a corregir las grabaciones antiguas en una máquina de escribir Corona.

A medida que me visitaba con uno y con otro para obtener nuevos datos, porque a veces el grabador fallaba, sobre todo para saber el nombre de algunos escritores extranjeros que nombraban, como el poeta Hölderlin, al que Sabato solía citar, yo iba aprendiendo, rapiñando como un carancho joven lo que uno cree que viene de una sabiduría diferente.

Cuando terminaron los encuentros, ninguno de los dos volvió a hablarme del otro ni a vincularse. Ahí queda un enigma, un misterio”, cuenta Barone.

Una postal de época. La Feria del Libro de 1976 se hizo inmediatamente después del Golpe: entre el 27 de marzo y el 12 de abril en el Centro de Exposiciones de Buenos Aires. Por el stand donde se vendía Diálogos Borges-Sabato pasó Jorge Rafael Videla con la delegación presidencial, y se llevó un ejemplar. “Luego, en la prensa, fue considerado un hecho cultural: que el libro lo vaya a leer el presidente de facto.

Y eso fue lo que trascendió, lo que era cierto, pero trascendió sin críticas, sino al revés, como una alabanza”.

Al mes de la Feria, Borges y Sabato se encuentran en un almuerzo sórdido. El 19 de mayo de 1976 Videla invita a un grupo de escritores. Van también Horacio Esteban Ratti y el padre Leonardo Castellani, quien tuvo la osadía de preguntar dónde estaba Haroldo Conti, reciente desaparecido (en 1980, Videla le confirma a algunos periodistas españoles que Conti estaba muerto).

Al salir del almuerzo, los periodistas los estaban esperando. Hacen algunas declaraciones sobre el “respeto mutuo” de esa reunión y se alejan. “También se alejaron del libro; un muchacho moderno diría que lo ningunearon. Ninguno de los dos ganó dinero con el libro, por supuesto yo menos.

El libro se dejó de editar, cayó en un abismo, por un acantilado sin fin. Yo traté de luchar por el producto, para llamarlo de un modo moderno, y fue inútil. Ni Sabato ni Borges tuvieron interés en que el libro siguiera. Pasaron veinte años sin que el libro fuera reeditado.

Yo tampoco hice demasiado. Yo era un intruso, el libro era de ellos. Pasaron veinte años y en 1996 se reedita. Y también: se agota y no vuelve a reeditarse. Hasta 2007, la última reedición”.

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Borges y Sabato en la delegación de escritores después del almuerzo con Videla en mayo de 1976

—Volviendo al tema —retoma Sabato—, pienso que la exacerbación de una civilización técnica tenía que hacer resurgir las potencias mágicas. Eso se advierte hasta en cosas tan menores como el comercio con horóscopos. Son disparates hechos sin la mínima seriedad, pero revelan una necesidad profunda de la gente.

—No sé quien me dijo que los horóscopos los hacían los amanuenses y el que los leía era el maestro —comenta Borges.

—Yo creo seriamente en los horóscopos, cuando están hechos como es debido. Xul Solar hizo los horóscopos de mis dos hijos y durante muchísimos años me resistí a conocerlos. Siempre tuve miedo al futuro, porque en el futuro, entre otras cosas, está la muerte.

—Cómo, ¿usted le tiene miedo a la muerte?

—La palabra exacta sería tristeza. Me parece muy triste morir.

—Yo pienso que así como a uno no puede entristecerlo no haber visto la guerra de Troya, no ver más este mundo tampoco puede entristecerlo, ¿no? En Inglaterra hay una superstición popular que dice que no sabremos que hemos muerto hasta que comprobemos que el espejo no nos refleja. Yo no veo el espejo.

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Se habían conocido en lejanas noches de conversaciones intensas sobre arte y literatura en la casa de Silvina Ocampo y Adolfo Bioy Casares, con unas cuantas ediciones de la revista Sur sobre la mesa, junto a otros libros, el cenicero, tazas de café y copas de vidrio.

El distanciamiento llegó a mediados de la década del cincuenta, con el bombardeo a la Plaza de Mayo y el posterior Golpe de Estado de Eduardo Lonardi y su Revolución Libertadora que derrocó a Perón como clima de época. En esa herida tajante que partió en dos a la sociedad entera, Borges y Sabato quedaron enemistados ideológicamente, incluso más que antes: el contexto no hizo más que acelerar algo que ya existía.

Bajo el puente de esa historia pasaron ocho años y Sabato intentó el acercamiento. En 1963, publicó un ensayo titulado Tango, discusión y clave. En el prólogo le dirige unas palabras a Borges y le dice, sobre las páginas de su libro, que “mucho me gustaría que no le disgustasen. Creameló”.

Pero fue casi diez años después que Anneliese von der Lippen se lo leyó a Borges. “Sabato veía en Borges a un gran poeta y le atraían más sus poemas de Fervor de Buenos Aires, por ejemplo, esa nostalgia y melancolía porteña, antes que el Borges más filosófico de El Aleph y tantos cuentos”.

“Borges y Sabato son dos líneas paralelas. Como en un aeropuerto dos pasajeros están en una fila para hacer un trámite. Empiezan a dialogar y se dan cuenta que son dos opuestos en las cosas que van diciendo pero que mantienen la cordialidad y la cercanía, porque no son bestias ni brutos, y cuando llegan a la plataforma donde cada uno tiene que viajar se distancian porque viajan en distintos vuelos, en distintas direcciones”, dice, ahora, Orlando Barone y agrega, sobre Diálogos Borges-Sabato, que “todo libro es como un tuit: es un gorjeo que al principio parece estridente y se apaga enseguida. Es muy difícil que un libro pase el cedazo de la historia”.

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Sin embargo, fue encontrando lectores. Hace muchos años un amigo le trajo a Barone un ejemplar que encontró en una librería de Budapest. “Lo tengo acá”, dice, orgulloso. También llegó a Portugal, Francia, Italia, incluso países como Kosovo, “pero no está en el idioma universal, digamos, que es el inglés: no se edita porque es una cláusula que le impusieron a la editorial y nadie hizo objeción”.

Hacer el libro, allá por el verano de 1974-1975, los encuentros, ser el puente de una conversación ansiada, las transcripciones, las correcciones, ver el libro terminado, todo eso, resume, fue “un momento inolvidable”. “En este contexto que vivimos, esto parece casi una ficción romántica recordada por un viejo nostálgico”, y suelta una risa breve que hace eco del otro lado del teléfono.

La historia del café que reencontró a Borges y Sabato en el Plaza Dorrego

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El mítico Plaza Dorrego, uno de los bares porteños conocidos como “notables”, atraviesa una crisis que pone en peligro su continuidad. Sus empleados denunciaron que hace varios meses que no les pagan los salarios y el dueño del fondo de comercio debe cinco meses de alquiler. El lunes bajó sus persianas y por ahora no hay indicios de que la vuelva a subir.

Ubicado desde hace 140 años en la esquina de Defensa y Humberto Primo, en el barrio de San Telmo, Plaza Dorrego es un sitio histórico principalmente reconocido por haber albergado un encuentro entre los escritores Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato en la década del ´70.

Hubo un intermediario indispensable para que aquel encuentro sucediera. Borges y Sabato estuvieron 20 años distanciados por diferencias políticas hasta que en un verano de 1975, el periodista de Infobae Alfredo Serra logró reunirlos. En esta nota, se reconstruyen fragmentos de la crónica de aquella charla imperdible. La lección de dos grandes.

La idea implicaba la reunión de mucho más que dos enormes escritores, eran dos ídolos de la literatura argentina. No fue fácil, recordó recientemente en una crónica. Borges y Sabato, amigos alguna vez, llevaban dos décadas no sólo sin hablarse: dos décadas de franca enemistad por razones políticas.

Sin embargo, ante la posibilidad de aportar algo de su talento a miles de lectores, olvidaron rencores y polémicas, y protagonizaron, a lo largo de una mañana inolvidable, este diálogo y estas imágenes que hoy son un clásico del periodismo nativo. Acaso por esas simetrías que, según Borges, le gustan al destino, el encuentro sucedió apenas unos meses antes de la primera Feria del Libro. La que a partir de allí, nunca iba a detenerse.

Recrear aquella charla y aquella reconciliación es más que un placer intelectual. Es también una lección para la clase política, casi siempre separada por mezquindades y casi siempre alejada del bien supremo: el país y su gente.

Verano de 1975: el encuentro.

El alejamiento se mantuvo hasta que una circunstancia casual produjo algo nuevo. En una ocasión, Borges firmaba libros en una librería del centro. Sabato pasó por allí. Entonces, algunos de los que esperaban la firma de Borges se acercaron a Sabato y le pidieron que también firmara.

Así, en libros de Borges, pueden encontrarse dedicatorias de Sabato: un símbolo de lo que pasaría después. El escritor se acercó a Borges y lo saludó. Borges lo abrazó. Acaso ninguno de los dos había olvidado la polémica, las palabras ásperas, los casi veinte años de silencio.

Pero el fervor, la devoción, algunas preocupaciones comunes y ciertas inevitables coincidencias volvieron a acercarlos. Al fin de cuentas, los dos estaban en el centro de una Buenos Aires que aman y aborrecen, que contaron como pocos, que guarda para siempre su gloria (sus libros) y que algún día guardará sus huesos.

Hablaron mucho. Los primeros testigos de ese diálogo (Anneliese von der Lippen, amiga de Borges y traductora de la obra de Sabato al alemán, y Orlando Barone, un escritor joven, autor de Debajo del ombligo) pensaron que esa conversación debía prolongarse.

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Sintieron que las palabras de esos dos hombres merecían otro destino que el olvido. Muy pronto hubo un grabador entre ellos. Muy pronto habrá un libro con sus conversaciones, que tienen -ya se verá-, algo de testamento, de balance, de eternidad.

La tentación fue demasiado grande. Y una mañana, a comienzos de febrero, muy temprano (yo había leído que el hombre de Santos Lugares madruga y contempla las plantas), marqué los siete números que encierran fantásticas cábalas.

Tuve miedo al decir «Buenos días». Tengo miedo ahora, cuando ya todo ha sucedido. Porque le pedí a Sabato que se encontrara con Borges. Que salieran juntos. Que recorrieran umbrales dormidos del sur, rejas oxidadas, almacenes tibios, plazas apenas reales. Y Sabato me dijo que sí.

Las cosas sucedieron un martes. Poco importa, pero Sabato tenía zapatos anchos, pantalones grises, saco azul, camisa colorada, y Borges interrumpía el azul profundo de su traje con una corbata verde y amarilla.

Borges: -La vida es soportable porque ocurre en tajadas. Uno se levanta, se afeita, desayuna. Va haciendo las cosas lentamente. Por eso la vida es menos espantosa…

Sabato: -Claro. Imagínese un hombre que se pasara toda la vida afeitándose. O diciendo «Buenos días». Mucha gente supone que los hombres famosos nunca dicen «buenos días» o toman café con leche, como cualquiera. Si los ven tomar café con leche ya no creen en su fama. La gente parece ignorar que el hombre no siempre escribe El Quijote. A veces paga impuestos.

B.: -Es cierto. Lo mismo que esos que dicen: «A fulano lo conocí cuando era de este alto». Bueno, ¿qué pretenden? ¿Que naciera siendo gigantesco?…

S.: -Muchas señoras de la época habrán dicho algo similar de Proust: «¿Quién iba a decir que Marcelito escribiría una obra maestra?». Los famosos no pueden vivir a la vuelta. Tienen que vivir en el país de ninguna parte.

B.: -Sí, en Utopía. Las palabras tienen trampas. Uno dice: «Ese lugar es estupendo». Y «estupendo» parece provenir de estúpido…

S.: -Yo inventé la palabra «afroidisíaco», que es una combinación de Freud y «afrodisíaco».

B.: -Yo conocí una orquesta de zíngaros. Pero en realidad no eran tan zíngaros. Eran apenas «gríngaros».

S.: -El portugués es un idioma deshuesado. Las consonantes fuertes han ido desapareciendo, y parece que le faltaran huesos. En cambio, el alemán es fuerte. Los carteles de prohibición, en los trenes, gritan: «¡Verboten!». Así, entre signos de admiración, como diciendo: «Cuidado que aquí atrás está el gobierno!». Los italianos son más ceremoniosos, más explicativos.

B.: -¿Estamos en Parque Lezama?

S.: -Sí. Me gustaba más antes, cuando no estaba tan endurecido por las veredas, cuando los caminos eran de tierra.

B.: -El Parque Lezama me trae muchos recuerdos… ¿Hay escalones ahora?

S.: -Los peores. Hay escalones que no parecen escalones…

B.: -Es lo que sucede en la oscuridad.

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S.: -¿Cuál es la mejor traducción que usted conoce, Borges? La mejor traducción de cualquier cosa.

B.: -Es difícil…

S.: -Dicen que la Biblia es una gran traducción. Y Proust al inglés, también.

B.: -Es posible. Sin embargo, el traductor de Proust empezó mal. En busca del tiempo perdido no responde al original. Es una cita de Shakespeare.

S.: -Es cierto. Suena un poco absurdo.

B.: -Hace un instante alguien me recordó que yo escribí en un prólogo que la única cifra que recordaba del catálogo de Bruselas (un catálogo para bibliotecarios) es el número 213, que corresponde a Dios. Ya había olvidado ese número, en realidad…

S.: -Doscientos trece. Es un número bastante cabalístico, sin embargo. La suma es seis. Está formada por los tres primeros números (uno, dos, tres). Empieza por el par, que es la dualidad del mundo. Termina con el tres, que es la Trinidad. En fin, la cosa no está tan mal. Para principiante de bibliotecario le fue bastante bien, Borges.

B.: -Hablamos el otro día de sabiduría popular. De adagios…

S.: -Los adagios aciertan siempre. Uno dice: «Al que madruga Dios lo ayuda». Y otro: «No por mucho madrugar amanece más temprano». Claro, así es fácil. Si no acierta por un lado, acierta por el otro.

B.: -Es el caso de «Más vale pájaro en mano que ciento volando» y «Más vale buena esperanza que ruin posesión», que es lo contrario.

S.: -Claro, adagio y contraadagio. La sabiduría de los adagios es una especie de perogrullada. Además, algunos son siniestros, canallescos. Por ejemplo: «La caridad bien entendida empieza por casa». Hablar de sabiduría de un pueblo sobre bases semejantes es una iniquidad…

B.: -Me acuerdo de una frase feliz de Paul Groussac. Decía que Sarmiento sabía el latín y sospechaba el griego…

S.: -Suele decirse: «Fulano domina varias lenguas». Generalmente, uno no domina ni la de uno.

B.: -Más bien está dominado por ellas…

S.: -Es que hay lenguas insospechables. Algunos lectores, aunque no se conozca el idioma, pueden sospecharse. Pero en Hungría, por ejemplo, uno nunca sabe si el cartel dice «Caballeros» o «Prohibida la entrada». El húngaro es terrible…

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B.: -Podríamos tomar una caña…

S.: -Bueno. Enfrente hay un almacén.

B.: -¿En qué esquina?

S.: -Defensa y Humberto Primo.

B.: -¡Ah! Muy cerca. Recuerdo que hay una iglesia danesa que parece de juguete. Y también una iglesia rusa.

S.: -Recién, cuando estuvimos sentados en la plaza Dorrego, Serra dijo que ese momento le parecía histórico…

B.: -Bueno, todos los hechos son históricos.

S.: -¿Le parece? Yo creo que si un hombre se acerca y dice: «Buenos días, caballeros. ¿Me permiten venderles unos tapices?», no está protagonizando un hecho histórico.

B.: -Es posible. ¿Tomamos esa caña, entonces? ¿Por dónde estamos?

S.: -Por el Obelisco.

B.: -¿Y cuándo nos conocimos nosotros? A ver… Yo he perdido la cuenta de los años. Pero creo que fue en la casa de Bioy Casares, en la época de Uno y el universo, ¿no?

S.: -No, ese libro es de 1945. Creo que nos conocimos antes. Sí, en casa de Bioy, pero un poco antes, a raíz de un trabajo que publiqué en Sur sobre La invención de Morel. O sea… debe de haber sido por el 40. ¡Qué barbaridad! Entonces hace treinta y cinco años.

B.: -Esas reuniones… Recuerdo que podíamos estar toda la noche hablando sobre literatura o filosofía. Era un mundo diferente. Ahora, me dicen, se habla mucho de política. Pero a la gente le interesan los políticos. La política abstracta no. Nuestras preocupaciones eran otras…

S.: -Yo más bien diría que en aquellos encuentros hablábamos de nuestra pasión: la literatura, la vida… Pero no porque no nos preocupara la política; a mí, al menos.

B.: -Es que no se hacía ninguna referencia a los diarios, a las noticias cotidianas, fugaces…

S.: -Sí. Tocábamos temas permanentes. La noticia cotidiana se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y es lo más viejo al día siguiente.

B.: -Claro, eso está escrito para ser olvidado. Nadie piensa que deba recordarse lo que está escrito en un diario. Ellos mismos se encargan de borrarlo al día siguiente. Eso no puede ser muy importante, ¿no? Un diario, digo, se escribe para el olvido, deliberadamente para el olvido.

S.: -Dígame si no sería mejor publicar un diario cada año, cada siglo tal vez. Quiero decir: cuando sucede algo verdaderamente importante, nuevo. ¿Cómo se puede pensar que haya hechos trascendentes todos los días?

B.: -Es que no se sabe de antemano cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió.

S.: -Imaginemos un título a toda página: “EL SEÑOR CRISTOBAL COLON ACABA DE DESCUBRIR AMÉRICA”.

B.: -Como yo nunca he leído un diario, siguiendo el consejo de Emerson…

S.: -¿Quién? Ah… Emerson. Yo casi no los leo. Apenas cuando considero que algo es importante.

B.: -Ese tiempo parece muy lejano. Sí, claro, cronológicamente es lejano. Sin embargo, pienso en aquello como si fuera contemporáneo…

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S.: -El tiempo no existe, claro… ¿Se acuerda, Borges, que aparte de la literatura y la filosofía, usted y Bioy sentían una gran curiosidad por las matemáticas? La Cuarta Dimensión, el Tiempo… aquellas discusiones sobre Dunne y el Universo Serial…

B.: -¡Caramba! Claro. Los números transfinitos, Kantor…

S.: -Y el Eterno Retorno, Nietzsche, Blanqui…

B.: -¡Y los pitagóricos!

S.: -Las aporías, Aquiles y la Tortuga… Nos divertíamos mucho, sí. Recuerdo cuando Adolfito leía los cuentos de Bustos Domecq recién salidos del horno. Pero a Silvina Ocampo no le gustaban, permanecía muy seria, ¿no?

B.: -Silvina solía leer esos textos con indulgencia, casi con gesto maternal.

S.: -¿Le parece? Yo creo que sentía fastidio. A veces se iba a otra parte a escuchar a Brahms.

B.: -A mí, sin embargo, los cuentos de Bustos Domecq me causaban gracia, a pesar de que esa gracia después no fuera compartida por nadie.

S.: -Vamos, Borges, no embrome. Y también se hablaba mucho de Stevenson. Eso de los silencios de Stevenson. Lo que calla a veces es más significativo que lo que expresa.

B.: -Claro, los silencios de Stevenson… Y también Chesterton, Henry James… Se hablaba menos.

S.: -Al que le interesaba mucho era a Pepe Bianco.

B.: -Sí. El había traducido The Turn of the Screw. Mejoró el título, es cierto. ¿Otra vuelta de tuerca es superior a La vuelta de tuerca, no?

S.: -Representa con más calidad la idea de la obra. Al revés que con ese libro de Saint-Exupéry llamado Terre des homes, traducido como Tierra de hombres. Como quien dice Tierra de machos, cuando lo que en realidad quiere significar (además lo dice literalmente) es Tierra de los hombres, la tierra de estos pobres diablos que viven en este planeta. No sólo ese traductor no sabe francés sino que no entendió nada de Saint-Exupéry.

B.: -La enormidad de las traducciones… Hay un filme inglés cuyo título original, The Imperfect Lady, lo tradujeron aquí como La cortesana. Perdió toda la gracia, naturalmente…

S.: -¿Y qué me dice de La mujerzuela respetuosa? ¡A lo que puede llegar la cursilería!

B.: -Mujerzuela… una palabra que ya nadie usa.

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S.: -La misma mojigatería con la obra de John Ford: Lástima que sea una perdida. ¿Se imagina? Nada menos que un autor como Ford, un tipo de esa época de piratas.

B.: -¡Sí! Precisamente altera el título, que es donde más ha trabajado el autor. Cuando eligió uno es porque lo ha pensado mucho. Nadie, ni el traductor, debe creerse con derecho a cambiarlo.

S.: -¿Y acaso el título no es la metáfora esencial del libro? Del título podría decirse lo que se ha afirmado de los sistemas filosóficos, que casi siempre son desarrollo de una metáfora central: El río de Heráclito, La esfera de Parménides…

B.: -Claro, suponiendo que los títulos no sean causales… Bien, se supone que los libros no son causales…

S.: -Con optimismo a veces… A propósito, pienso en las editoriales y las comparo con los bancos. Son instituciones paradójicas. El banco le presta dinero al señor que no lo necesita. El editor le publica al escritor que todos se disputan. Eso hace difícil cualquier comienzo. Sin embargo, es extraño, uno ve los estantes de las librerías y es como una invasión de títulos. Debe de haber más autores que lectores, creo. Y otro fenómeno: el de los quioscos. Desbordan libros. Antes, por el año 35, solamente Arlt se vendía en los quioscos…

B.: -¿Libros en los quioscos…?

S.: -Sí, El Aleph, Ficciones y también los clásicos. Sí, Borges, y me parece bien que sus libros estén allí en la calle, casi al paso de cada lector. Se han multiplicado las posibilidades de acercarnos.

B.: -Pero… Es que antes no era así, claro…

S.: -Pero mucho antes, ¿recuerda que los almacenes de campo, cuando hacían sus pedidos a Buenos Aires, junto a las bolsas de yerba y a los aperos, pedían algún ejemplar del Martín Fierro?

B.: -Martín Fierro no es precisamente un personaje admirable, sino admirable el poema como arte. No, Martín Fierro no es un ejemplo, claro…

S.: -Para usted es una especie de antihéroe, creo…

B.: -Un desertor que deleita a los militares. Porque el Martín Fierro es la historia de un desertor. Pero si usted le dice eso a un hombre de armas, se indigna. Hasta Ricardo Rojas, en la Historia de la literatura argentina, lo defiende con argumentos inexistentes. Alega que en el libro se ve la conquista del desierto, la fundación de ciudades. Francamente no he leído una sola palabra de eso, ¿no?

S.: -Es que Fierro es un iracundo, un rebelde ante muchas de las injusticias de su tiempo…

B.: -Mi abuela, en 1872, vio a los soldados en el cepo. Hernández no conoció nada de eso. Se documentó, se basó mucho en el libro de su amigo Mansilla. Pero no aceptó que Martín Fierro fuera un mensaje de protesta social; es más bien un alegato contra el Ministerio de la Guerra, como lo llamaban entonces. No creo, no, que Hernández ansiara un nuevo orden social. Además era rosista, y jordanista después…

S.: -Importa sí el significado del canto. Pienso que el poema es el exilio de los gauchos, un canto para los pobres en su propia patria. No sé cuál habrá sido el propósito deliberado de Hernández al escribirlo, y eso no importa. Usted sabe que los propósitos siempre son superados por la obra cuando se trata del arte. ¿Quién recuerda en qué acceso de patriotismo Dostoievski se propuso escribir un libro titulado Los borrachos, contra el abuso del alcohol en Rusia? Le salió Crimen y castigo…

B.: -Si El Quijote fuera simplemente una sátira contra los libros de caballería, no sería El Quijote. Si al final, cuando termina la obra, el autor piensa que hizo lo que se propuso, la obra no vale nada.

S.: -Volviendo a lo de Martín Fierro, lo que usted dijo antes lo comparto en algo: no se lo debe valorar como testimonio de protesta. O diría, mejor, por el solo hecho de ser un libro de protesta, porque en este caso, cualesquiera que sean sus valores morales, no alcanzaría a ser una obra de arte. Pienso que si Martín Fierro vale es porque a partir de esa rebeldía accede a esos altos niveles y expresa los grandes problemas espirituales del hombre, de cualquier hombre y en cualquier época: la soledad y la muerte, la injusticia, la esperanza y el tiempo.

B.: -Además, Fierro es un personaje viviente, que, como pasa con las personas reales, puede ser juzgado muy diversamente, según se lo mire…

S.: -De allí las interpretaciones que permite. Sociológicas, metafísicas…

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B.: -Yo no he dicho una palabra contra el Martín Fierro…

S.: -Es que ha habido reportajes, no siempre responsables, donde usted aparece diciendo otras cosas… Me parece útil que se aclare.

B.: -He dicho, sí, que proponer a Martín Fierro como personaje ejemplar es un error. Es como si se propusiera a Macbeth como buen modelo de ciudadano británico, ¿no? Como tragedia me parece admirable; como personaje de valores morales no lo es…

S.: -Prueba que un gran escritor no tiene por qué crear buenas personas.

B.: -Qué extraño. Ahora recuerdo que Macedonio Fernández tenía una teoria que yo creo errónea. El decía que todo personaje de novela tenía que ser moralmente perfecto. Desde esa perspectiva, sin conflictos, resultaría difícil escribir algo…

S.: -Parecería un chiste de Macedonio, realmente…

B.: -No, no. Era en serio. Bueno, sería como anular la novela, ¿no?

S.: -Basta mirar los grandes protagonistas de las novelas. Siempre marginados, tipos casi siempre fuera de la ley…

B.: -Hay una frase que Kipling escribió al final de su vida. Dice: «A un gran escritor puede estarle permitido inventar una fábula, pero no la moraleja». El ejemplo que eligió para sostener su teoría fue el de Swift, que intentó hacer un alegato para el género humano y terminó haciendo Gulliver, un libro para chicos. Es decir: el libro vivió, pero no con el propósito del autor.

S.: -Es lo bastante complejo para ser un espantoso alegato y un libro de aventuras para chicos. Esa ambigüedad es frecuente en el arte.

B.: -Se me ocurre algo. Supongamos que Esopo existió y que escribió sus fábulas. Pero posiblemente le divertía más la idea de animales que hablaban como hombrecitos, que las moralejas, ¿no? Esas moralejas se agregaron después.

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S.: -Ninguna obra de arte es moralizadora en el sentido edificante de la palabra. Sirven al hombre en un sentido más profundo, como sirven los sueños, que casi siempre son terribles…

Sarmiento se propuso escribir un libro contra la barbarie y la conclusión fue un libro bárbaro. Facundo expresa lo que hay en el fondo del corazón de Sarmiento: un bárbaro.

B.: -Sí, sí. Es verdad.

S.: -Lo admirable del Facundo es la fuerza de sus pasiones. Está lleno de afectos sociológicos e históricos. Es un libro mentiroso. Y una gran novela…

B.: -Sólo cuando una obra no vale, cumple los propósitos del autor.

S.: -El artista es por excelencia un rebelde. Por eso en las revoluciones nunca le va bien, y mucho menos a los novelistas.

B.: -En Rusia, hicieron dos filmes de Iván el Terrible: uno, al comienzo, era contra el zarismo; el otro, cuando Stalin se había convertido en un nuevo zar, en favor del zarismo…

S.: -El artista sólo puede hacer arte grande en absoluta libertad. Lo otro es el sometimiento, arte convencional, y por lo tanto falso. Y por lo tanto no sirve al hombre. Los sueños son útiles porque son libres.

Verano de 1975: Epílogo, ¿o prólogo?

Dejaron atrás las rejas, los adoquines antiguos, la certeza del río cercano. Como diría Borges, salieron del territorio de los arrabales y la desdicha y entraron en la mañana del centro y la serenidad. Se despidieron con pocas palabras. Borges cerró la puerta del ascensor. Sabato se metió rápidamente en un auto.

Una hora más tarde, estaría otra vez en su jardín de Santos Lugares.

En un café casi vacío escuché la grabación. Al llegar al final, entendí que no se habían propuesto urdir una charla memorable, ávida del mármol o del bronce. Simplemente, se habían dejado arrastrar por palabras amistosas, por recuerdos, por sucesos desordenados, por algunos nombres propios.

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Sin embargo, casi sin testigos, junto a un aljibe silencioso en la mesa de un almacén, habían hablado de la vida y la muerte, de la eternidad, de Dios, de reyes y de poetas, de lenguas remotas y de noticias urgentes.

En la larga cinta marrón, dentro de un grabador parecido a todos los grabadores, quedaba un cosmos.

Y ahora, al final de la nota, la tentación también es grande.

Yo podría armar un final con laberintos, espejos, senderos que se bifurcan, ángeles exterminadores, Alejandras, ciegos.

Mezclar la matemática y el caos. Pero no: callar exactamente aquí es rendir un homenaje a Borges, a Sabato. Es pedir con fervor que este epílogo sea apenas un prólogo. Es esperar que estos dos hombres hablen hasta el fin de los tiempos.

nuestras charlas nocturnas.

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