Son peores las llamadas variantes de preocupación (VOC), porque como presentan una significativa mayor reducción en la eficacia con la que los anticuerpos las neutralizan, tienen una capacidad de infección mucho mayor, producen casos más graves de la enfermedad, reducen la eficacia de los tratamientos, merman la eficacia de las vacunas y generan tasas más elevadas de hospitalizaciones y muertes. Algunas de estas VOC fueron la 20l/501Y.V1, originada en Gran Bretaña, la 20l/501Y.V3 que apareció en Japón y Brasil, la 0H/501.V2 sudafricana, y la californiana 20C/S: 452R.
El efecto más temible que pueden originar las nuevas mutaciones es dar lugar a variantes de grandes consecuencias (VOHC). De momento no se ha producido aún ninguna de estas variantes, aunque los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de Estados Unidos advierten que podrían originarse en cualquier momento. Las consecuencias resultarían desastrosas, pues, además de ser más resistentes a los tratamientos hospitalarios, podrían resultar más infectivas y producir mayor mortalidad, afectarían a una enorme cantidad de vacunados y de gente que pasó la enfermedad, que podría volver a infectarse.
La buena noticia es que la respuesta inmunitaria es dinámica y se adapta a los cambios del virus. La clave del problema está en que, como las mutaciones ocurren al azar, mientras mayor sea el número de infectados (recordemos que un solo infectado por covid-19 produce billones de virus) más probabilidades tendremos de que aparezcan mutantes capaces de originar variantes de grandes consecuencias (VOHC).
Por eso, nuestro objetivo debería ser impedir que puedan aparecer variantes de todo tipo en general y VOHC en particular. El aumento de contagios, aunque estos afecten a una población más joven y resistente, y muchos sean asintomáticos, es una demostración de que no lo estamos haciendo bien, porque, como en la ruleta rusa, el azar juega en nuestra contra.



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