La historia desconocida del salto de Tequendama …
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Semana/Cívico/marcianosmx.com — El Salto del Tequendama es una importante atracción turística localizada a unos 30 kilómetros al suroeste de Bogotá, la capital de Colombia. Decenas de miles de turistas visitan la zona para admirar una caída de agua de 157 metros de altura y la naturaleza circundante, aunque algunos intrépidos hacen una parada en un lugar cercano, el abandonado Hotel del Salto.
El lujoso Hotel del Salto abrió sus puertas en 1928 para hospedar a los viajeros ricos que visitaban la zona del Salto del Tequendama. Situado justo enfrente de la cascada y en el borde del acantilado, proporcionaba una vista impresionante a sus huéspedes.
Durante décadas siguientes, sin embargo, el río Bogotá fue contaminándose y los turistas fueron perdiendo su interés en el área. El hotel finalmente cerró en los años 90 y fue dejado abandonado desde entonces. El hecho de que muchas personas en el pasado eligieran ese lugar para cometer suicidio, ha hecho que otros crean que el hotel está encantado.

Historia
Luego de la creación del mundo, de las aguas diáfanas de la laguna de Iguaque emergió una hermosa mujer con un niño de 3 años de la mano. El canto de las aves y la melodía del viento eran los únicos indicios de vida, ya que el ser humano no formaba parte del panorama.
Ambos recorrieron las montañas hasta que divisaron una extensa sabana donde construyeron su morada. El niño creció y se casó con su madre, llamada Bachué. Tuvieron un sinfín de hijos que poblaron el territorio. En cada parto, la mujer daba a luz hasta seis niños.
Bachué les enseñó a sus descendientes a venerar el agua y vivir en paz y armonía. Al envejecer, la pareja regresó a Iguaque para sumergirse en sus aguas en forma de serpientes. Cuenta la leyenda que ese fue el origen del pueblo muisca.
Años después, a la sabana llegó Bochica, un hombre blanco con larga cabellera y barba plateadas que les enseñó a los muiscas a cultivar la tierra y a tejer con algodón. Lo vieron como el mensajero de Chiminigagua, el dios creador de la vida.
Pero Huitaca, su esposa, ocultaba un repudio por los indígenas. Según el historiador Nelson Osorio, la mujer introdujo la lujuria, el libertinaje y la embriaguez, y conjuró un hechizo maligno de tempestades furiosas que inundaron la sabana.
“Al enterarse de estas acciones, Bochica la convirtió en lechuza. Pero las inundaciones no desaparecieron; una muralla de piedra en la región del Tequendama tenía represadas las aguas. Con una vara dorada, Bochica rompió el montículo y causó una explosión sideral que le dio vida a la cascada del salto de Tequendama”, dice Osorio.

Durante la colonia y la conquista, los españoles se deleitaron con la obra de Bochica. Gonzalo Jiménez de Quesada visitó varias veces la caída del río Funza o Bogotá, José Celestino Mutis estudió su vegetación y la virreina María de la Paz Enrile lideró paseos por la zona.
En 1801, Alexander von Humboldt, con un barómetro y arrojando piedras desde lo más alto, estimó que la caída medía 91 toesas, es decir, 177 metros. “Su aspecto es infinitamente bello. Yo creo que no existe ninguna caída de esta altura”, escribió en uno de sus diarios.
Durante el siglo XIX, los notables de Soacha recorrían a caballo el bosque para contemplar la caída del río. Así aparecieron los paseos de olla santafereños, los dibujos de los paisajistas y los poemas en su honor. En 1894, el equilibrista estadounidense Harry Warner atravesó la catarata sobre una cuerda floja.
Al inicio del siglo XX, el presidente Pedro Nel Ospina ordenó construir la Estación del Ferrocarril del Sur en el salto, una casona de 1.470 metros cuadrados con cinco pisos que serviría de hotel. La obra, diseñada por Carlos Arturo Tapias y decorada por Ramón Barba Guichard, tuvo lugar entre 1923 y 1927.
La llamaron el Hotel del Salto, aunque su nombre real es el Castillo de Bochica. La fachada era amarillo ocre y el interior tenía salones de baile y música, bar, restaurante, 12 habitaciones y un altillo para Ospina, que no pudo conocerlo porque murió antes de la inauguración.
Hasta mediados de 1940, la casona fue el principal sitio turístico del país. Miles de cachacos, hombres de camisa, chaleco y corbata, acompañados por sus esposas encopetadas, llegaban a danzar en los salones franceses y se fotografiaban con la caída del río a sus espaldas.

La violencia política de mediados del siglo XX causó estragos en el hotel. Los turistas desaparecieron y quedó reducido a restaurante entre los años cincuenta y ochenta. Los malos olores del río Bogotá, ya convertido en cloaca, lo llevaron al cierre.
La vegetación cubrió la fachada, y el moho, las paredes y los pisos. Las bromelias crecieron en el tejado y el agua ingresaba por todas partes.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, muchas personas pusieron fin a sus penas amorosas arrojándose desde los 157 metros del salto. Con los años, eso lo convirtió en la cuna de cuentos de espantos y fantasmas, un fanatismo que llevó a varios ciudadanos a prenderle fuego al hotel en 1986.
La violencia política de mediados del siglo XX causó estragos en el hotel. Los turistas desaparecieron y quedó reducido a restaurante entre los años cincuenta y ochenta. Los malos olores del río Bogotá, ya convertido en cloaca, lo llevaron al cierre.
La vegetación cubrió la fachada, y el moho, las paredes y los pisos. Las bromelias crecieron en el tejado y el agua ingresaba por todas partes.
A finales del siglo XIX y comienzos del XX, muchas personas pusieron fin a sus penas amorosas arrojándose desde los 157 metros del salto. Con los años, eso lo convirtió en la cuna de cuentos de espantos y fantasmas, un fanatismo que llevó a varios ciudadanos a prenderle fuego al hotel en 1986.

En 1994, la pareja de María Victoria Blanco y Carlos Cuervo llegó a la vereda San Francisco de Soacha, donde está ubicado el salto, para organizar un proyecto de conservación ambiental y producción sostenible con los campesinos.
En un predio de 14 hectáreas crearon la reserva Granja El Porvenir. Pero el antiguo hotel les quitaba el sueño. Empezaron a empaparse de la historia para salvarlo del olvido.
En 2007 consolidaron la Fundación Granja Ecológica El Porvenir, entidad sin ánimo de lucro que les permitió sacar un crédito para comprar el predio. La negociación, concretada en 2011, tiene una deuda aún vigente.
Con 300.000 euros donados por la Unión Europea y el apoyo de la Agencia Francesa de Desarrollo y la Embajada de Francia, empezó el rescate de la casona. El ingeniero Luis Guillermo Aycardi y la arquitecta Claudia Hernández no cobraron un peso por su trabajo.
Cuenta María Victora que reconstruyeron el lobby, la sala de música y banquetes, los balcones, las habitaciones, el piso de ajedrez y la fachada. En el techo instalaron más de 14.000 tejas, y las figuras ocultas por el paso del tiempo emergieron, como el rostro de Bachué, la serpiente muisca y los faunos.
La Casa Museo Tequendama abrió sus puertas en 2016. “Tenemos fotografías de 1940 con los cachacos, cajas fuertes, una réplica de la Virgen Negra del Tuso y exposiciones de arte e historia. Más de 85.000 personas nos han visitado, quienes quedan enamorados del salto”, indica Carlos.

La extracción del carbón y la deforestación hicieron palidecer al bosque del salto para dar paso al ganado y cultivos. María Victoria y Carlos intentan mitigar al sembrar en las 14 hectáreas de la reserva El Porvenir con la ayuda de 12 familias campesinas. Ya suman más de 7.000 árboles nativos sembrados para conectar los corredores boscosos. Han identificado 26 especies de mamíferos, 36 de aves, 120 de insectos y 100 de plantas.
En las huertas de la reserva, los campesinos cultivan lechugas y espinacas orgánicas. Crían conejos, gallinas y ovejas, y hacen compostaje con los residuos orgánicos, material que venden en las veredas del Tequendama.
El trabajo de este par de veterinarios se convirtió en el principal insumo para declarar al salto de Tequendama patrimonio cultural y natural de Colombia, una etiqueta que no lo salvó de la crisis económica del coronavirus.
Sin los ingresos de los visitantes se quedaron sin recursos. Por eso crearon El Bosque de la Cuarentena: una campaña para adoptar 1.800 árboles nativos. “Cada árbol cuesta 65.000 pesos. Aunque todo es incierto, sé que saldremos adelante: el salto tiene más vidas que un gato”, indica Blanco.
La Casa Museo tiene una exposición dedicada al río Bogotá, que muestra la verdadera cara del afluente. “Pocos saben que nace puro en un páramo y que su cuenca está repleta de flora y fauna. El renacer del río Bogotá es tarea de todos, una tarea que sembramos en todos los ciudadanos que nos visitan”, dice Cuervo.

Unas 26 especies de mamíferos, 36 de aves y 100 de plantas han captado las cámaras trampa en el bosque nativo de la reserva. Hongos de llamativos colores aparecen entre la densa vegetación. María Victoria Blanco y Carlos Cuervo llevan 26 años rescatando la historia y el verde del emblemático lugar.
Historias del ‘Hotel de los suicidas’ en el Tequendama
Dicen que aquellos que se quitan la vida quedan en El Limbo, una dimensión entre el más allá y nuestro mundo. Tal vez por eso en el Salto del Tequendama aún se siente la energía de los caídos al abismo.
Ha sido tal la magnitud de personas que han perdido la vida, que los lugareños lo llaman el ‘Lago de los Muertos’. Situación que obligó a las autoridades durante años a poner letreros que animaban a la gente a solucionar sus problemas, o a tener un policía custodiando el sitio.
Una de los espectros más vistos por algunos es una monja, que al parecer cayó en el accidente de una chiva el siglo pasado. Uno de tantos relatos que cuenta con un testigo desde siempre: la Virgen de los Suicidas.

Un sitio predilecto para aquellos colombianos (aunque la nacionalidad no es un tema excluyente) que deciden suicidarse es el Salto de Tequendama, como fue apodada una cascada que sirvió de tumba de muchísimos suicidas, que durante la primera mitad del siglo XX saltaban a sus aguas en búsqueda de la muerte. Este escalofriante lugar se encuentra cerca de la ciudad de Bogotá, capital de la nación cafetera.
La leyenda cuenta que durante 1930, e incluso en la actualidad pero en mucha menor medida, ciudadanos de Bogotá y otras regiones cercanas, pero también de países vecinos, emprendían viaje hasta la orilla de la catarata para descender en caída libre los 156 metros de altura. En ese sentido, muchas personas aseguran que elegían ir allí porque la muerte era segura y, por si fuese poco, el cadáver desaparecía por la corriente de agua, impidiendo el rescate posterior.
Mado Martínez, una escritora española, reunió en su libro ‘Colombia Sobrenatural’ las historias más impactantes de los suicidios en la cascada de 157 metros a las afueras de Bogotá. CÍVICO le comparte algunas para que disfrute de este octubre como debe ser: con historias terroríficas.
El amor y otros motivos

A mediados del siglo pasado, los suicidios en el Tequendama eran casi de una persona por día. Uno de esos ocurrió en 1932 con el deceso de Alberto Campos, quien como tradición, dejó una carta explicando el porqué de su muerte.
“No culpen a nadie de mi muerte ni digan otra cosa que la siguiente. Estaba satisfecho de la vida y no quería vivir más. A mi padre tenga valor para no demostrar su pena. A mi amor: te quise y muero con el deseo de que no sufras demasiado. A mi hermano, mucho juicio de ahora en adelante (…)”, relataron las páginas del periódico El Tiempo.
María Prieto fue otra víctima del amor, a sus 18 años y a pesar de ser de una distinguida familia, sucumbió ante sus sentimientos.
“Por la ingratitud de mi novio, me confundo en la profundidad del misterioso Salto del Tequendama. María” aparece en la foto de su suicidio.
La monja errante
La historia fue contada por Francisco Guacaneme, un habitante del sector, quien le relató a Mado Martínez cómo una noche quedó paralizado por un susurro escalofriante.
Resulta que mientras dormía, empezó a escuchar ruidos extraños. Trató de no prestarles atención. Sin embargo, los perros empezaron a ladrar hasta que se hizo el silencio.
Ya cuando Guacaneme intentaba conciliar el sueño, un susurro mencionó su nombre, ¿Usted cómo reaccionaría en esa situación?
El hombre prendió la luz de la habitación, pero no vio nada. Solo pudo sentir el desolador frío que embargaba el lugar, como si algo lo hubiese provocado.
Decidió salir y a lo lejos había una mujer ¡Una monja!, dijo. “Traté de preguntarle que hacía allí pero no recibí respuesta. Luego ella se giró y caminó hacia la oscuridad de una colina para nunca más volverla a ver”.
La escalofriante casona del Tequendama
Edwin Robles, un parapsicólogo, le contó a Mado Martínez que hace unos años había ido con un grupo de trece personas al antiguo hotel del Salto del Tequendama para investigar el lugar.
Luego de realizar una inspección preliminar y de organizar todos los detalles. Una de las muchachas del grupo quizo escabullirse por la casona de tres pisos con dos sótanos en plena noche.
“La casa abandonada tenía las paredes peladas, llenas de grafitis, sin suelo; pisabas sobre la arena; las ventanas sin vidrios”, relata Robles en ‘Colombia Sobrenatural’.

Tras media hora de buscar a la joven, Robles decidió tomar su cámara de visión nocturna y buscarla en los sótanos. “De repente apareció la muchacha quien estuvo perdida por alrededor de una hora”.
El parapsicólogo no entendió nada de lo sucedido y no fue para nada normal. Por lo que cree que jamás podrá entender la influencia tan poderosa de ese lugar, que realmente maneja a las personas a través de los espíritus que la habitan.
Este hotel, que ahora es un museo, fue construido en 1923 por una firma alemana e inaugurado en 1927. Una iniciativa de Pedro Nel Ospina, presidente de la época, .
La idea era hacer una estación del tren, pero terminó siendo el hotel de distinguidos personajes de otras épocas de la ciudad y recuperado por la Fundación Ecológica El Porvenir, creando la actual casa Museo Salto del Tequendama.

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