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«Red Sea Diving Resort»: la extraordinaria historia del resort turístico manejado por espías de Israel …


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El Arous era, aparentemente, solo un complejo turístico.

BBC News(R.Berg)/app/El País(R.Rossello)  —  Arous era, en apariencia, un complejo turístico idílico en el desierto de Sudán, a orillas del Mar Rojo. Pero, en realidad, este sofisticado destino vacacional era la base de un grupo de espías israelíes con una misión secreta. El lugar inspiró una nueva película de Netflix, Red Sea Diving Resort, y la historia real es en muchos aspectos aún más sorprendente.

«Arous en el Mar Rojo, un maravilloso mundo aparte», decía el folleto, que describía el lugar como «el centro de buceo y recreación de Sudán».

Con fotos de coloridos chalets sobre una playa soleada, una pareja sonriente con equipos de buceo y una variedad de peces exóticos, el anuncio ofrecía playas con «unas de las aguas más cristalinas del mundo», y vistas espectaculares.

El pueblo de Arous, cerca de un maravilloso arrecife de coral y uno que otro barco hundido, parecía ser el sueño de todo entusiasta del buceo.

Miles de folletos fueron distribuidos por agencias especializadas en toda Europa. Una oficina en Ginebra, Suiza, se encargaba de las reservas. Y, con el tiempo, cientos de visitantes eligieron este sitio como lugar de vacaciones.

Llegar requería una larga caminata. Pero una vez allí, podían disfrutar de las instalaciones de lujo, deportes acuáticos, buceo y una gran abundancia de comida fresca y vino.

Los comentarios en el libro de visitas eran muy positivos.

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El folleto se parece al de cualquier otro de promoción turística.

Farsa

La Corporación de Turismo Internacional sudanesa también estaba contenta. Le había alquilado el lugar a un grupo de personas que se presentaron como emprendedores europeos, cuyo proyecto trajo algunos de los primeros turistas extranjeros al país.

La realidad era que, sin que lo supieran ni los turistas ni las autoridades, el resort del Mar Rojo era una farsa.

Era una fachada, establecida y controlada durante más de cuatro años a comienzo de la década de 1980 por agentes del Mossad, el servicio de inteligencia israelí.

La usaban para esconder una misión humanitaria extraordinaria: rescatar a miles de judíos etíopes atrapados en campos de refugiados en Sudán y evacuarlos a Israel.

Raffi Berg, corresponsal en Tel Aviv para la BBC, publicó un artículo en ese medio donde dio detalles de la misión. Berg explicó que con pasaportes falsos, seis espías convencieron a las autoridades de Sudán de alquilarles el resort por un valor de 225.000 dólares.

El complejo turístico fue tan popular en la época que las finanzas del lugar eran sostenibles. De hecho, agencias de turismo difundieron en la época un panfleto con los detalles que ofrecía el resort al que cientos de turistas visitaron.

Los espías, incluso, contrataron personal de la zona que trabajaba en el hotel; ni siquiera esos empleados sabían lo que se tejía en las noches, cuando los espías salían por los refugiados.

Sudán era un país árabe enemigo y, por ello, esta misión tenía que llevarse a cabo sin que nadie se diese cuenta ni allí ni en ninguna otra parte.

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Los botes del resort se utilizaban para los huéspedes pero también para evacuar a los judíos.

Situación difícil

“Fue una operación a lo James Bond, pero sionista”, le dijo a la agencia Efe Gad Shimrón, un exagente del Mossad y miembro del equipo que montó el hotel y rescató a los judíos. De hecho, Shimrón fue uno de los primero en contar la historia del rescate a través de su libro ‘Mossad Exodus’, publicado a finales de 1990.

El viaje fue muy duro, fueron dos meses y en el camino hubo muchas dificultades, como falta de comida y agua, gente enferma sin poder acceder a un doctor o a un hospital, por lo que muchos murieron”, le dijo a Efe Naftali Aklum, hermano de Farede, y quien tenía tan solo un año cuando llegó junto a su familia a Israel.

Los judíos etíopes pertenecían a una comunidad llamada Beta Israel (Casa de Israel), cuyo origen está rodeado de misterio.

Algunos creen que descienden de una de las llamadas 10 tribus perdidas del antiguo reino de Israel o de los israelitas que acompañaron a un hijo de la reina de Saba y el rey Salomón de regreso a Etiopía en el año 950 a.C. Otros dicen que huyeron después de la destrucción del primer Templo Judío en 586 a.C.

Estos seguidores de la Torá, practicaban una versión bíblica del judaísmo y rezaban en sinagogas. Pero, aislados del resto de los judíos por milenios, pensaron que eran los únicos judíos que quedaban en el mundo.

En 1977, uno de los miembros de esta comunidad, Ferede Aklum, se unió a una oleada de refugiados etíopes no judíos que cruzaron la frontera hacia Sudán para escapar de la guerra civil y la crisis de hambre que sufría el país.

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Ferede Aklum (izquierda) y Baruch Tegegne, líder etíope judío.

Aklum envió cartas a distintas agencias pidiendo ayuda y una de las misivas fue a parar al Mossad.

Para el entonces primer ministro israelí, Menachem Begin —quien fue él mismo un refugiado de la Europa ocupada por los nazis— Israel era un refugio para los judíos en peligro. Los judíos etíopes no eran una excepción y Begin le dio instrucciones a la agencia de inteligencia para que se hiciera cargo del asunto.

Después de entrar en contacto con un agente del Mossad, Aklum pasó el mensaje a su comunidad, explicándoles que tenían más posibilidades de llegar a Jerusalén a través de Sudán que desde Etiopía, que había impuesto severas restricciones a la emigración.

Esto les daba la tentadora oportunidad de cumplir con un sueño de hace 2.700 años. Hasta finales de 1985, unos 14.000 miembros de Beta Israel hicieron el peligroso viaje de 800 kilómetros a pie.

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Esta foto de 1983 muestra una familia etíope judía en Sudán.

A cerca de 1.500 refugiados judíos los mataron en el camino, otros perecieron en los precarios campamentos cerca de Gedaref y Kassala y otros fueron secuestrados.

Como no había judíos en Sudán, un país de mayoría musulmana, les dijeron que no revelasen su religión para no destacarse entre la multitud y para que no los atrapase la policía secreta de Sudán.

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Misión de rescate

Casi inmediatamente, comenzaron las actividades a pequeña escala para sacar a los judíos etíopes de Sudán rumbo a Europa (con papeles falsos) y de allí a Israel.

Pero la costa sudanesa ofrecía la posibilidad de realizar operativos a mayor escala.

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«Le pedimos ayuda a la marina israelí», le dice a la BBC un agente de alto nivel que estuvo involucrado en la misión, pero que prefirió mantener su nombre en el anonimato.

«Nos dijeron: ‘Está bien’, así que un par de agentes del Mossad fueron a Sudán para buscar playas donde fuera posible un desembarco. Y así encontraron este pueblo en la costa, en el medio de la nada».

Ahí se hallaba un centro vacacional abandonado.

«Para nosotros fue un regalo del cielo. Si podíamos quedarnos con este lugar y arreglarlo, podríamos decir que era un pueblo para hacer buceo y eso nos daría una buena razón para estar en Sudán y, además, para merodear por la playa».

Lo que pasó a continuación es el tema de una película de Hollywood que se estrenará pronto llamada «Red Sea Diving Resort», que cuenta la historia del operativo.

Lugar perfecto

Finalizado en 1974 por empresarios italianos, el complejo turístico consistía en 15 bungalós, una cocina, un gran comedor que daba a la playa, una laguna y el mar.

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Funcionó con bastante éxito durante cinco años, pero después de disputas con funcionarios sudaneses se retiraron y el complejo cerró un año después.

Con pasaportes falsos, un grupo de espías que se hicieron pasar como empleados de una empresa suiza fueron a Sudán y convencieron a las autoridades de alquilarles el resort durante 3 años por un valor de US$225.000.

Complejo falso

Pasaron el primer año renovando el sitio y consiguieron agua y combustible.

El complejo fue equipado con elementos y dispositivos hechos en Israel, incluyendo aires acondicionados, motores para lanchas y equipos para hacer deporte de primera calidad. Todos estos aparatos fueron ingresados al país de contrabando.

También reclutaron a 15 empleados locales, contando camareras, choferes y hasta se «robaron» a un chef de un hotel.

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Los etíopes judíos eran llevados a una playa en un bote de goma durante una hora y media, y allí cambiaban a un barco para hacer la travesía a Israel.

«Le pagamos el doble», le dice a la BBC un espía.

Ningún empleado sabía el verdadero propósito del resort o que sus jefes eran espías del servicio de inteligencia israelí.

Las espías mujeres estaban a cargo de las actividades diarias, para no despertar sospechas.

El depósito de los equipos de buceo estaba bajo llave, fuera del alcance de los demás. Allí estaban escondidas las radios que los espías usaban para contactarse regularmente con el cuartel central en Tel Aviv.

Tras atender a los turistas durante el día, cada tanto los agentes se escapaban por la noche a un punto de encuentro ubicado a 900 kilómetros.

Allí recogían a grupos de etíopes judíos traídos de contrabando desde los campos de refugiados por un grupo de la misma comunidad reclutado para ese trabajo.

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El viaje final lo hacían en barco.

Desde el punto de recogida, llevaban a los atónitos refugiados en un viaje de dos días, evitando puestos de control o pagando sobornos, rumbo a Israel.

Al llegar a la playa, al norte del complejo turístico, la marina y los equipos de aire y tierra israelíes llegaban en botes de goma y se los llevaban a una hora y media de allí, para esperar al barco que los llevara a Israel.

«Todo el tiempo había peligro», recuerda un agente que prefiere mantenerse en el anonimato. «Todos sabíamos que si uno de nosotros quedaba expuesto, acabaríamos ahorcados en el centro de Jartum».

Eso casi ocurrió en marzo de 1982, cuando uno de estos operativos fue visto en la playa por un grupo de soldados sudaneses.

Estos pensaron que eran contrabandistas e hicieron disparos, pero el bote de goma cargado de etíopes logró huir a tiempo.

Después de dicho incidente, se decidió que las evacuaciones los dejaban muy expuestos y se diseñó un nuevo plan.

Se les pidió a los espías que buscaran un sitio para aterrizar en el desierto aviones Hércules C130.

El plan consistía en sacar a los refugiados de forma secreta por aire.

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Un avión Hércules israelí.

Reputación de oro

Mientras tanto, los israelíes continuaban manejando el complejo turístico y recibiendo a los visitantes. Para entonces, el resort de Arous ya había ganado muy buena reputación.

Entre su variada clientela había unidades del ejército egipcio, soldados británicos, diplomáticos extranjeros de Jartum y funcionarios sudaneses. Todos ignoraban la verdadera identidad de sus anfitriones.

El complejo de Arous se volvió tan exitoso que se hizo económicamente autosuficiente, para alivio de los contadores del Mossad.

Parte de las ganancias se utilizaba para alquilar o comprar los camiones que se llevaban a los refugiados.

Rescates aéreos

Los israelíes se enteraron de que había una pista británica abandonada después de la II Guerra Mundial cerca de la costa y, una noche de mayo de 1982, aterrizó allí el primer Hércules con un pelotón israelí.

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En este Being 707 cientos de etíopes viajaron a Israel.

Después de dos vuelos, el Mossad descubrió que las autoridades de Sudán sospechaban algo y el equipo recibió órdenes de buscar otro sitio de aterrizaje.

Encontraron un lugar adecuado mucho más cerca de Gedaref, que resultaba más ventajoso porque reducía el viaje con los refugiados a un par de horas.

El problema era que no era una pista, sino «solo un pedazo de desierto», explica uno de los espías.

Tenían muy poca luz y los aviones tenían que recurrir a muchos dispositivos de ayuda para encontrar las «pistas», después de un largo y tedioso vuelo en la oscuridad.

A pesar de las complejidades y las potenciales consecuencias catastróficas, se hicieron 17 vuelos clandestinos con ayuda y coordinación del resort del Mar Rojo.

Hacia finales de 1984, se declaró hambruna en Sudán y se decidió aumentar las evacuaciones.

Con intervención de Estados Unidos y el pago de una gran suma de dinero, el general Jaafar Nimeiri acordó dejar que los refugiados judíos volaran directamente de Jartum, capital de Sudán, a Europa.

Lo hizo con la condición de que todo se mantuviera en secreto, para evitar repercusiones en el resto del mundo árabe.

Mediante 28 vuelos encubiertos en un Boeing 707 prestado por el dueño judío de una aerolínea belga, 6.380 etíopes judíos fueron trasladados a Bruselas y de allí, a Israel.

Este rescate llevó el nombre de Operación Moisés.

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El general Nimeiri permitió que los refugiados judíos volaran directamente de Jartum.

La información estuvo censurada pero, al final se filtró a los medios.

La historia se escapa de las manos

Periódicos alrededor del mundo publicaron la historia el 5 de enero de 1985 y Sudán terminó inmediatamente los vuelos.

Públicamente negó haber participado en los operativos y desestimó las acusaciones de que había gestado con Israel un «plan etíope-sionista».

El Mossad continuó manejando el complejo de veraneo para mantenerlo disponible como una opción para operaciones encubiertas.

A pesar de la pausa en los operativos de rescate, los espías tenían que seguir atendiendo a los visitantes.

Afuera, el ambiente había empezado a cambiar.

El 6 de abril de 1985, el general Nimeiri fue derrocado por oficiales del ejército. Fue un cambio que puso en peligro los operativos en Arous.

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Un grabado en Jerusalén que representa a judíos etíopes en el viaje a Sudán.

La nueva junta militar quiso deshacerse de los espías de la agencia israelí, reales o imaginarios, para reivindicar sus credenciales en el mundo árabe.

El jefe del servicio de inteligencia israelí dio la orden de evacuar el complejo turístico.

«Seis de nosotros dejamos el sitio al amanecer en dos vehículos», dice uno de los espías que no quiso ser identificado.

«Un C130 aterrizó por el norte, en una pista que no habíamos usado nunca. Nos subimos al avión y nos fuimos a casa».

«En el complejo solo quedaron turistas», dice. «Se habrán despertado por la mañana y se habrán encontrado solos en el desierto. Los empleados seguían allí, pero nadie más. El instructor de buceo, la manager y todos los demás habían desaparecido«.

Tras la partida de los espías, el complejo se cerró.

En los 6 años siguientes, se hicieron más operativos que se llevaron a casi 18.000 etíopes al estado de Israel para que pudieran comenzar una nueva vida.

Ferede Aklum era uno de ellos y tras su muerte en 2009 es recordado como un héroe nacional.

El agente secreto que nació en Parque Rodó

Cada año regresa a Uruguay. Para él significa la infancia, el lugar donde nació y donde sintió por primera vez que “la sangre judía habla”. Al ver a este hombre robusto y de cabellos plateados nadie piensa que se trate de un agente del Mossad, el servicio de inteligencia israelí al que perteneció durante años.

Ni que haya encabezado una de las operaciones más complejas y riesgosas, una aventura que sus características convirtieron en un thriller protagonizado por Chris Evans y que puede verse en Netflix. Sí, la historia es real y el agente que encarna el actor que se hiciera célebre como el Capitán América es, en realidad, este hombre.

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Daniel Limor (74) Es uruguayo y sirvió en el Mossad, realizó una operación que se convirtió en una película hecha para Netflix

Daniel Limor (74) puede hablar con libertad de aquella historia que ocurrió hace más de tres décadas. Aunque hay aspectos que aún permanecen en reserva.

Como casi todo en su vida, un karma que parece seguir a todo aquel que ha sido agente de un servicio de inteligencia, de “la organización” como prefiere decir él.

Lo cierto es que de todas las operaciones secretas del Mossad esta tal vez haya sido una de las más sofisticadas de su historia.

Gracias a ella pudieron rescatar a más de 16.000 judíos etíopes radicados en ese país africano. Los rescatados pertenecen a una de las tribus originarias más antiguas del pueblo judío, exiliados en Etiopía por más de 2.700 años, hasta que un líder de la comunidad pidió al Estado de Israel que los ayudara a abandonar el convulso país africano.

Esta acción se llamó la Operación Hermanos y su responsable es este montevideano.

Su padre era un ingeniero agrónomo francés que había llegado a Uruguay como tantos judíos que había huido de Europa al llegar el nazismo. Se estableció en Parque Rodó y logró un buen pasar para él y su familia. Daniel había comenzado secundaria en el Elbio Fernández, recuerda que él era el único judío de la clase.

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Limor en los años mozos cuando comenzaba la misión en Sudán.

Al igual que muchos de sus pares había adherido a una de las organizaciones sionistas, aunque luego advertiría que su educación judía había sido bastante incompleta.

Continuó sus estudios, aprendió hebreo y al cumplir los 18, como la mayoría de los ciudadanos israelíes, entró al servicio militar. “Me tocó servir con los paracaidistas, que es una unidad combatiente, fui a la escuela de oficiales y más tarde me reclutaron para la organización”, cuenta.

El comandante de su unidad había pasado a las filas del Mossad y vio en Daniel buena materia para un agente secreto.

“En cualquier profesión, aparte de todas tus cualidades y toda la inversión de energía que hagas, necesitás un poquito de suerte. Si es mala suerte terminás mal, pero si es buena suerte termina de otra manera”, comenta Limor.

Durante su servicio como paracaidista había realizado varias misiones de reconocimiento en suelo africano, por eso cuando llegó la desesperada carta del líder judío etiopí Ferede Aklum a manos del primer ministro Menachen Begin este no lo dudó.

Él mismo había sido refugiado durante años y sabía lo que significaba querer volver por fin a la tierra prometida. Reunió a sus mandos militares y de inteligencia para ordenarles el rescate.

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Durante uno de los viajes de rescate a través de territorio hostil.

Entre fines de la década de 1970 y principios de la de 1980 el país africano vivía un momento convulso, los rebeldes habían asesinado al rey y se habían hecho con el poder. Habían establecido un gobierno de orientación marxista que se había volcado rápidamente al bloque soviético.

Pero en el país había grupos aún más radicalizados, como los maoístas, y facciones del ejército que se habían volcado al bandidismo. “El país era un campo de tiro”, recuerda Limor.

Y allí fue enviado para una misión de reconocimiento. Tomó un jeep y comenzó a visitar las aldeas donde estaban asentados los judíos etíopes, habló con ellos y tomó nota de las dificultades que tenían para desplazarse en esas condiciones.

Pronto se dio cuenta de que hacer la evacuación masiva por vías normales sería prácticamente imposible.

“El problema es que no pudimos cumplir la orden del primer ministro de traer a los judíos de Etiopía directo a Israel, ni por vías legales ni ilegales”, recuerda.

Recorriendo el terreno cruzó la frontera hacia Sudán, el país vecino que también vivía una situación precaria y violenta. El país era, además, decididamente hostil a Israel, contra el que había luchado junto a los egipcios. Sin embargo era un país de grandes distancias y menor densidad de población, lo que facilitaba los movimientos, evaluó entonces Limor.

Necesitaba un lugar cercano a la costa para embarcar a la mayor cantidad de refugiados posibles. Y así comenzó a recorrer la costa sudanesa. “El hotel lo descubrí por casualidad, ni sabía que existía”, recuerda.

Durante sus viajes vio la construcción a orillas del Mar Rojo y comenzó a averiguar. Entrevistó a un beduino que hacía las veces de casero y se enteró de que el antiguo resort Arous había sido construido por italianos y abandonado al cabo de tres años.

El establecimiento estaba en manos del Ministerio de Turismo sudanés. Limor se dirigió a la capital para hablar con un jerarca ministerial y se presentó como un empresario interesado en explotar el hotel, negoció un precio por el alquiler anual y en poco tiempo cerraron el trato.

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Su pantalla era la de instructor de buceo para los turistas del complejo.

De regreso a Tel Aviv los jefes del Mossad oyeron la propuesta de Limor y sacaron cuentas. La cubierta podía funcionar, pero necesitaría hacerla funcionar realmente como un resort.

Y así nació el Red Sea Diving Resort, una agente del servicio funcionó como directora y otros cuatro agentes como instructores de buceo secundaron a Limor.

“Al grupo lo recluté uno por uno, necesitaba gente que pudiera vivir en un país árabe, siendo israelíes y con cubierta perfecta, que hablen idiomas, que puedan tener un pasaporte extranjero y que al mismo tiempo sepan hacer lo que hay que hacer, como agente operativo, y otra cosa que era que pudieran ser monitores de buceo”, relata Limor.

La organización tendió sus redes y propagandeó en Europa las bondades del resort, sobre todo entre los amantes del buceo. Poco a poco comenzaron a llegar los turistas, en poco tiempo el viejo Arous se convirtió en un éxito. De tanto en tanto los instructores de buceo se ausentaban “por asuntos de negocios”.

La operación pronto estuvo en marcha.

La Operación Hermanos implicó viajar 900 kilómetros cada vez, llevar a varios cientos de refugiados en un convoy hasta la costa, embarcarlos en lanchas hasta un barco encubierto de la marina israelí que aguardaba en alta mar. El barco tenía capacidad para unas 450 personas, por lo que colmar su capacidad suponía hacer tres viajes de ida y vuelta.

Así una y otra vez durante toda la operación. “Salíamos por la mañana muy temprano y llegábamos sobre las seis de la tarde al campo de refugiados”, recuerda Limor. Al caer la noche los refugiados subían a los vehículos del convoy y partían. Limor siempre manejaba el vehículo de cabecera.

El viaje era agotador, los caminos no sólo eran recorridos por partidas militares y grupos guerrilleros, también había asaltantes de caminos. Sin embargo, lo más peligroso eran los camiones de carga que circulaban con las luces apagadas para ahorrar.

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“Mi orgullo era que nunca tuvimos un accidente, porque era muy fácil tener uno. Había cadáveres de camellos en medio de la ruta, burros, era terrible”, recuerda Limor.

La aventura duró cuatro años y medio, al cabo de los que la comunidad judía pudo ser evacuada en su totalidad. “Nos tiraron, nos dispararon, nos persiguieron, hubo incidentes en cuatro años y medio pero salimos de todo eso”, resume Limor.

Claro que al ver la película admite que muchas cosas fueron cambiadas, tal vez por necesidades dramáticas propias de la película (ver nota aparte).

Algo lejos del perfil romántico del héroe de la historia, tanto él como los agentes que estaban a su mando se rotaban para ir cada dos meses a sus hogares y visitar a sus familias. “Yo tenía dos hijos pequeños, pero en esa época fui un padre ausente, ni siquiera mi esposa sabía dónde estaba ni qué hacía”, recuerda Limor.

Ahora retirado —aunque un agente nunca se retira— Limor viene a Montevideo cada año para ver a sus viejos amigos. Y, entre risas, cuenta la “película” de su vida y cómo logró repatriar a sus hermanos. “Yo nací acá y cuando vuelvo siempre, pero siempre, me calienta el corazón”.

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