Verdades y mentiras sobre el lejano Oeste …

abc(M.P.Villatoro)/yakata(S.Parra)/BBC News — Disparos de escopeta, duelos cuando se ponía el sol y contínuos tiroteos en mitad de polvorientos pueblos perdidos de la mano de Dios.
Al oir hablar del Oeste americano, es imposible no rememorar aquellos «westerns» que, hace más de medio siglo, trataban de representar de manera cinematográfica la vida de los cuatreros, bandidos y agentes de la justicia en pleno desierto.
Sin embargo, la realidad es bien distinta a como la explicaban los directores de la factoría Hollywood.
Los inicios: la conquista del Oeste
Corrían tiempos inciertos en Norteamérica durante el SXIX. Eran años de guerra para los habitantes de los recién creados Estados Unidos, pues vivían en un continente aún sin explorar en su totalidad y que todavía estaba dominado por los nativos allí asentados desde tiempos inmemoriales.
La frontera –el territorio conocido y en el que vivían los estadounidenses- se hallaba en 1845 a la altura de Montana. Oklahoma y Luisiana, lo que aún dejaba un buen pellizco del país por anexionar hacia el oeste.
En principio, no se dio mayor importancia a este territorio, pero la superpoblación de las ciudades y la falta de trabajo provocaron que esta región se viera con otros ojos.

Así pues, poco a poco, fueron partiendo a su conquista cientos y cientos de peregrinos que, muertos de hambre en sus hogares, poco tenían que perder.
Acababa de comenzar, en definitiva, la toma del lejano e inexplorado oeste americano. «La llamada conquista del oeste fue un movimiento migratorio poco o nada programado (al menos, al principio), en el que una ingente e inagotable corriente continua de emigrantes provenientes de muy distintas partes de Europa (y también de otras partes del mundo, como el lejano Oriente o el cercano México) se fue abriendo paso por un inmenso territorio.
El este norteamericano necesitaba expandirse para absorber a sus millones de inmigrantes y la partida hacia el oeste fue la gran solución», explica, en declaraciones a ABC, Gregorio Doval, autor –entre otros muchos libros relacionado con el tema- de « Breve historia del salvaje oeste» (editado por «Nowtilus»).
No obstante, en estas regiones desconocidas del oeste estaban asentados los erróneamente llamados indios, los cuales no sentían demasiado aprecio por los «caras pálidas» y quienes, para defender su territorio, no dudaron en hacer uso del arco, las flechas y las hachas.
Su objetivo: resistir el asedio al que les estaba sometiendo el ejército y los colonos norteamericanos. Estos últimos (que, al igual que los militares, llegaban armados hasta las cejas de carabinas, escopetas, sables y revólveres) eran aquellos viajeros que, en gigantescas caravanas formadas por cientos de carretas, atravesaban el país con la adrenalina como principal compañero de viaje (la cual se agravaba aún más debido a la escasez de datos que había sobre el nuevo territorio).
«Sobre el Oeste corrían todo tipo de rumores más o menos fundados: que era un inacabable desierto sin agua y sin recursos; que su fauna era temible (incluso se llegaba a decir que abundaban los dinosaurios); que había tribus hostiles… Pero los rumores no detuvieron a los colonos.
Al final, esta gran migración humana, concentrada en unas breves décadas de la segunda mitad del siglo XIX, adquirió un carácter epopéyico porque los peligros eran realmente muchos y reales, incluyendo la inimaginable distancia, el desconocimiento casi absoluto del territorio y la falta de guías, los desaprensivos que se aprovechaban de ellos y también, cómo no, un conglomerado muy diverso de tribus indígenas», destaca el experto.

Pero, ¿Alguna vez te has preguntado cómo fue la vida en el Viejo Oeste? Tal vez beber agua y bañarte con jabón era un lujo, además que la atención médica era casi inexistente. Y si la idea de un cepillo de dientes compartido te parece rara, prepárate para leer sobre cosas insólitas de ese tiempo de la historia. Y si crees que saber cuán pésimas eran las condiciones de vida durante los días del Viejo Oeste, todavía está lejos de serlo.
Baños terroríficos
La plomería interior es un lujo relativamente moderno en la sociedad actual. Para quienes vivían en el Viejo Oeste, las instalaciones eran, en el mejor de los casos, básicas y, por lo general, estaban al aire libre.
La mayoría de los habitantes tuvo que contentarse con pequeñas construcciones, pequeños baños, que eran poco más que chozas levantadas sobre fosas excavadas en el suelo, pozos sépticos. Por conveniencia, no estaban muy lejos de las casas. Y aunque había formas de tratar de ocultar el mal olor, las hordas de moscas zumbaban alrededor de estos sitios. Las viudas negras, las arañas también merodeaban, dispuestas a morder.
Compartiendo la comida
La higiene en la mesa era prácticamente inexistente en la época del Viejo Oeste. Todos los que se sentaban juntos a comer, compartían todo y cuando decimos todo, ¡es realmente todo!
De hecho, durante las comidas, la gente compartía las mismas tazas, los mismos platos y hasta los mismos cubiertos. Pero eso no es todo. También parece que tampoco se molestaron en lavar los utensilios de cocina entre comidas. Este hábito probablemente contribuyo mucho a la propagación de enfermedades de todo tipo. ¡Solo pensar en eso nos da asco!
¿Alguien quiere cepillarse los dientes?
Como habrás adivinado, la higiene dental no era una prioridad ni para los pioneros ni para los vaqueros del Salvaje Oeste. Pero, a pesar de todo, para aquellos que querían tener algo parecido a la higiene bucal, aparentemente había algunos medios disponibles.
Estas preparado para hacer una mueca de disgusto después de escuchar lo siguiente; pues si, habían algunos espacios públicos dónde podías tener a mano un cepillo de dientes. El único problema es que estos cepillos de dientes eran reusables. No es necesario insistir en el tema, creo que a todos nos dio grima.
De la cerveza a los gérmenes
La gente del oeste americano disfrutó mucho bebiendo una buena cerveza espumosa en el bar de la esquina. Pero, ¿Qué sucedía después de tomar el primer sorbo de este refrescante bebida? Bueno, se obtenía un bonito bigote lleno de espuma, por supuesto.
Pero, en el Lejano Oeste, ¡pensaron en todo! Entonces tuvieron una idea brillante, finalmente una solución práctica para remediar este problema de tener el bigote sucio de cerveza. En realidad, es repugnante cuando lo piensas hoy porque en el mostrador del salón había una toalla con la que todos podían limpiarse la boca… Una vez más, entendemos por qué las enfermedades se propagaban tan fácilmente.
¿Peluquero, herrero o dentista?
En el 2017, la revista estadounidense True West citó a la profesora Joanna Bourke, una historiadora británica interesada en la historia de la odontología. Ella dice: “Los insoportables dolores de muelas, las horribles extracciones y las herramientas bárbaras han arrojado una gran sombra sobre nuestro pasado dental».
Los métodos que se utilizaron en el Viejo Oeste ciertamente no ayudaron a restaurar esta mala reputación. De hecho, si necesitabas tratamiento dental para esa época, tenías que ir al peluquero o al herrero. De hecho, no había dentistas por lo que lo intervenían a los pacientes con los medios que tenían a mano. Desafortunadamente, algunos de estos hombres eran tan torpes que podrías terminar con la mandíbula dislocada o incluso una fractura.
Piojos en las camas
No todas las camas en el oeste de Estados Unidos estaban hechas de paja y heno, pero la mayoría de los colchones sí. Bueno básicamente estos sitios eran atractivos para todo tipo de bicho e insecto.
Esta ropa de cama no se cambiaba con frecuencia y la paja y el heno atraían insectos, lo que resultaba en infestaciones de piojos y otras plagas que, por supuesto, se encontraban en las personas que dormían allí en ese momento. Los piojos y otras plagas, especialmente las pulgas, eran solo uno de los inquietantes grupos de insectos que podían hacer que la vida en el Viejo Oeste fuera aún menos agradable e higiénica de lo que ya era.
Insectos más que molestos
Los insectos eran un problema perenne para los hombres y mujeres del Salvaje Oeste. Las moscas zumbaban alrededor de cualquier cosa comestible, especialmente se podían encontrar nidos de moscas en los baños a cielo abierto.
Por lo tanto, estos insectos voladores transportaban desechos o heces que luego eran depositados en los alimentos. Esto significa que el riesgo de enfermedad mortal era, muy alto. Los mosquitos también eran extremadamente molestos, y la ausencia de mosquiteros en puertas y ventanas les dio a estas plagas todas las posibilidades de invadir los hogares.

A pesar de lo poético del cowboy trotando hacia el sol del atardecer, lo seductor de la mirada entrecerrada de Clint Eastwood o lo divertido que era viajar a 1885 en Regreso al futuro 3, el Salvaje Oeste americano era un verdadero infierno. Sin embargo, un numeroso grupo de mujeres lo cambió todo para siempre… y no nos referimos a las bailarinas de Saloon. O casi.
Para que os hagáis una idea de lo peligroso que era vivir como un cowboy, tenéis que empezar a olvidaros de una vida de aventuras y duelos temerarios: el cowboy medio era un tipo con problemas con el alcohol que no confiaba demasiado en un sistema de justicia infradotado y profundamente corrupto.
Para que os hagáis una idea, los índices de homicidios del Oeste americano eran de 100 por cada 100.000 habitantes (al año) en Dodge City; 229 en Fort Griffin, Texas; o hasta 1.500 en Wichita.
Índices que superan en mucho las cifras actuales, incluso en los barrios más peligrosos de las grandes ciudades, como Nueva York.
Para que podáis establecer comparaciones, actualmente estos son algunos de los países con mayor índice de homicidios del mundo (registrados): Jamaica, por ejemplo, tiene 53,7 homicidios por cada 100.000 habitantes. Colombia, 52,7. México, 11,1. Rusia: 29,7. Sudáfrica: 69.
Estas cifras tan desorbitadas se debían, sobre todo, a la ineficacia de la ley. Por ejemplo, sólo en Texas se podían encontrar 5.000 hombres diferentes en carteles de Se busca. En el Oeste, si esperabas a que viniera un agente de la ley, estabas muerto: debías empuñar un arma y defenderte de los forajidos, los asaltadores de caminos o de los ladrones.
Además, las peleas con muertos se desencadenaban por el motivo más nimio, desde una partida de cartas hasta una discusión con demasiado whisky de por medio.
Esta violencia no sólo se producía entre los cowboys, sino también entre leñadores, mineros o jornaleros itinerantes. Por ejemplo, en la ciudad minera de Bodie, en California, en plena Fiebre del Oro, encontramos índices de homicidios de 116 por cada 100.000 habitantes.
En Benton, Wyoming, 24.000 (es decir, casi uno de cada cuatro). Como si en Benton estuvieran en plena guerra. Si no morías tú, probablemente morirían la mayoría de tus familiares y seres queridos.

Pero había otro motivo que propiciaba que en el Oeste hubiese cifras tan altas de homicidios, en comparación al Este, por ejemplo: la demografía.
Esta región estaba poblada, sobre todo, por hombres jóvenes, solteros, que habían llegado hasta aquí en busca de fortuna.
Este dato es importante porque la mayoría de la violencia en el mundo la cometen hombres con edades comprendidas entre los 15 y los 30 años.
Los hombres de estas edades son los que más deben competir por la atención de las mujeres, como lo hace el pavo real desplegando sus plumas multicolores, y ahí entra en juego la psicología evolutiva, tal y como explica el psicólogo cognitivo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:
La violencia de los hombres, no obstante, está modulada por una regla de cálculo: pueden distribuir su energía a lo largo de un continuo que va desde competir con otros por el acceso a las mujeres hasta cortejarlas e invertir en sus hijos; un continuo que los biólogos a veces denominan “canallas frente a papás”.
En un sistema social poblado sobre todo por hombres, la asignación óptima para un hombre es el extremo “canalla”, pues alcanzar el estatus alfa es necesario para vencer en la competición y condición sine qua non para conseguir una posición ventajosa en el cortejo de las escasas mujeres. (…)
Sin embargo, el ecosistema que selecciona el escenario “canalla” tiene un número equitativo de hombres y mujeres y emparejamientos monógamos entre ellos. En estas circunstancias, la competencia violenta no ofrece a los hombres ventajas reproductoras, pero sí los amenaza con una gran desventaja: un hombre no puede mantener a sus hijos si está muerto.

Al sistema legal ineficiente y a la abundancia de hombres jóvenes bravucones, había que sumar otro factor no menos desdeñable: la omnipresencia del alcohol, que relaja el autocontrol.
Las personas con inclinación a la violencia acostumbran a hacer uso de la misma cuando están bajo los efectos embriagadores del alcohol.
Pero entonces todo empezó a cambiar. Un nuevo factor se coló en la ecuación y los índices de homicidios bajaron asombrosamente.
En este descenso nada tenía que ver un incremento de la lectura de la Biblia, ni tampoco un mejor sistema legal.
El factor que lo cambió todo fue la llegada de más mujeres.
Una de las principales causas del enfrentamiento entre hombres era la escasez de mujeres, como se ha dicho, pero también había algo más: la psicología femenina frenaba en mucho el estilo bravucón a lo Eastwood.
La naturaleza detesta las proporciones sexuales desiguales, y a la larga muchas mujeres de ciudades y granjas del Este se desplazaron al Oeste siguiendo el gradiente de concentración sexual.
Viudas, solteronas y solteras jóvenes buscaron fortuna en el mercado del matrimonio, alentadas por los propios hombres solos y por funcionarios municipales y comerciales que estaban cada vez más exasperados por la degeneración de sus antros en el Oeste.
Cuando llegaron las mujeres, utilizaron su posición negociadora para transformar el Oeste en un entorno más adecuado para sus intereses. Insistieron en que los hombres debían abandonar las peleas y las borracheras por el matrimonio y la vida familiar, fomentaron la construcción de escuelas e iglesias, y cerraron cantinas, burdeles, garitos de apuestas y otros competidores en su lucha por la atención de los hombres.
En el Oeste americano, entre tiros, asaltos, apuestas, prostitutas y alcohol a granel, nacieron algunos de los primeros movimientos feministas, como la Unión Cristiana de Mujeres por la Templanza y el Ejército de la Salvación.
Con todo, puede que la idea de que las mujeres pacifican a los hombres, sobre todo vía matrimonio, os parezca retrógrada o sexista. Sin embargo, la moderna criminología ha convertido esta idea en estandarte.
Por otra parte, un célebre estudio que monitorizó a 1.000 adolescentes de Boston con bajos ingresos durante 45 años determinó que había dos factores que influían en si un delincuente pudiera evitar la vida criminal: un trabajo estable y casarse con una mujer que le importara, y mantenerla a ella y a sus hijos.
Ello no significa que debamos apostar por el modelo tradicional del matrimonio, ni siquiera de las relaciones interpersonales. Pero lo innegable es que el matrimonio ejerce un efecto positivo en las tendencias criminales.
Esta diferencia por sí sola no nos dice si el matrimonio aleja a los hombres del crimen o si los criminales profesionales tienen menos probabilidades de casarse, pero los sociólogos Robert Sampson, John Laub y Christopher Wimer han puesto de manifiesto que el matrimonio sí parece ser de veras una causa pacificadora.
Si mantenían constantes todos los factores que típicamente empujan a los hombres al matrimonio, observaban que casarse conseguía realmente que un hombre tuviera menos probabilidades de cometer crímenes inmediatamente después.
Los vaqueros negros de EE.UU.

La homenajeada película «Django Unchained» («Desencadenado») del famoso director de cine Quentin Tarantino, es una de las relativamente pocas en Hollywood que narra la historia de un cowboy o vaquero negro.
Pero en realidad, hubo muchos, y algunas de sus historias fueron adaptadas para actores blancos.
La imagen más común de un cowboy es la de un pistolero blanco calzando botas, como John Wayne o Clint Eastwood.
Pero la representación que Hollywood muestra del Viejo Oeste es una versión maquillada de la realidad. Se estima que un cuarto de los cowboys eran negros.
Como muchos, Jim Austin, un empresario de 45 años, nunca había oído hablar de la presencia afroestadounidense en el Viejo Oeste.
Y ese descubrimiento los inspiró a él y a su esposa a crear el Museo Nacional Multicultural del Viejo Oeste en Fort Worth, Texas.
«Rendimos honor a algunos de los vaqueros negros olvidados, hombres como Bill Pickett, un campeón del rodeo que inventó el bulldogging, una técnica que consiste en saltar desde un caballo hasta las costas de un buey y derribar al animal mordiéndole los labios».
Vaqueros negros en Texas. 1909.
«A los niños no les enseñan en las escuelas la realidad de lo que fue el Oeste», dice Austin.
«Te apuesto a que nueve de diez personas en este país piensan que todos los cowboys eran blancos, como creía yo».
«En el Viejo Oeste real, no el que muestran las películas, los vaqueros negros eran comunes».
«A estos les daban, con frecuencia, el trabajo de amansar a caballos que pocos habían montado», explica Mike Searles, profesor retirado de historia de la Universidad del Estado de Augusta.
A Searles, los alumnos lo conocían como Cowboy Mike, porque daba cátedras con un vestuario que incluía espuelas, chaparreras y un sombrero de vaquero.
«Los vaqueros negros eran también cocineros en los Chuckwagon, especie de carreta adaptada para el transporte y cocimiento de provisiones. También eran buenos cantantes, y de esa forma ayudaban a mantener calmado al ganado», cuenta.
«Ser un vaquero negro era duro»
Bill Pickett,. De Texas.
Searles dice que su investigación, que incluyó revisar entrevistas con exesclavos de la década de 1930, sugiere que los cowboys negros gozaban de una relativa «igualdad en el rancho».
«Como vaquero necesitabas un cierto grado de independencia», dice. «No podías tener a un vigilante, porque tenían que ir a caballo muchas veces por varios días».
La vida era, sin embargo, más dura para los cowboys negros que para los blancos.
Vincent Jacobs, de 80 años, un exjinete de rodeo que vive cerca de Houston, Texas, recuerda el racismo del que era víctima cuando empezó.
«Había rodeos separados para blancos y para negros», recuerda. «Era duro, muy duro. Sólo me dejaban montar cuando todos los blancos habían dejado la arena».
«Ser un vaquero negro era duro», concuerda Clevelland Walters, de 88 años, quien vive en las afueras del pueblo de Liberty, en Texas.
«Odio recordar el racismo que sufrí. Cuando había que marcar al ganado, yo era el que tenía que atrapar los animales y mantenerlo sujerado. Quien marcaba era blanco, o sea que los vaqueros negros hacíamos el trabajo más duro y sucio», expresa.
Tanto Jacobs como Walters crecieron en la década de 1940, mirando peliculas del Viejo Oeste, pero nunca vieron a un negro en un papel de importancia.
Historias con otro rostro
Nat love.
Hollywood no sólo ignoró a los cowboys negros. Uso sus historias de vida como materia prima para muchas de sus películas.
Se cree que «El llanero solitario», por ejemplo, se inspira en la figura de Bass Reeves, un agende del orden negro que se disfrazaba, tenía a un indígena estadounidense y nunca sufrió un disparo en toda su carrera.
La película de 1956 «The Searchers» («Más corazón que odio»), de John Ford, fue inspirada en parte en las hazañas de Brit Johnson, un cowboy negro cuya esposa e hijos fueron capturados por los comanches en 1865.
En la película, John Wayne tiene el papel de un veterano de la Guerra Civil que pasa su vida buscando a su sobrina secuestrada por aborígenes.
En años recientes, personajes negros han aparecido en varias películas del Oeste, como «Posse» («Los justicieros del Oeste»), «Unforgiven» («Los imperdonables») y «DjangoUnchained» («Desencadenado»).
Mientras Hollywood ha empezado finalmente a reconocer a los cowboys negros del pasado, su memoria también es honrada por los 200 miembros de la North Eastern Trail Riders Association, una organización de vaqueros y vaqueras modernos.
Estos recorren regularmente más de 100 millas (unos 160 kilómetros) en siete días, montados a caballo o en carretas al estido del Viejo Oeste, desandando los caminos por los que en su momento anduvieron los esclavos.
«Es algo que no está en el imaginario popular. No existe», dice Searles.
Pero, ¿por qué Hollywood decidió enmascarar la diversidad racial del Viejo Oeste?
«El Oeste se considera con frecuencia la cuna del país, donde los estadounidenses mostraban cuán distintos eran de los europeos», explica Searles.
«Era en el Oeste donde el hombre blanco mostraba su coraje. Pero si el negro podía también ser héroe y tener todas las características buenas que le atribuyes al blanco, entonces, ¿cómo puedes tratar al negro como un sirviente y un animal?».
Dos vaqueros negros desconocidos.
Indios asesinados por colonos
La primera de las grandes mentiras que se ha extendido a lo largo de las décadas es la que afirma que los nativos americanos cayeron a miles a manos de los europeos.
Según explica Doval, aunque las campañas del ejército norteamericano a mediados del XIX sí costaron una infinidad de vidas a los «indios», la realidad es que, al menos durante las primeras fases de la coloninazación las enfermedades fueron mucho más letales que las armas.
«Hay que aclarar que la inmensa mayoría de los indígenas sucumbieron mucho antes por las plagas y el hambre que por las balas.
Con un sistema inmunológico en absoluto preparado para resistir a las enfermedades que trajo consigo y esparció el “hombre blanco”, muchas tribus fueron diezmadas e, incluso, desaparecieron de la historia.
Y cuando las autoridades estadounidenses de la época decidieron exterminar a los bisontes, sabían muy bien que, con ello, privaban a los indígenas de su principal medio de subsistencia.
De hecho, buena parte de las tribus que luego han pasado a la historia (y que nunca fueron muy numerosas) no eran sino alianzas y amalgamas de los restos demográficos de las anteriores», afirma el experto.

Patt Garret, uno de los Sheriffs más crueles del Far West
Nativos armados hasta los dientes
Otro tanto sucede con la imagen mitificada del nativo americano armado hasta los dientes con fusiles y pistolas. Una instantánea que, en palabras de Doval, ha sido extendida por el cine.
«Al principio, no. Pero no hay que minusvalorar lo valiosos que son un arco y unas flechas en una guerra de guerrillas como aquella. Se tarda mucho menos en «recargar» un arco que un arma de pistón. Así que un arquero a caballo era una poderosa arma móvil y evasiva, difícil de contrarrestar. Por otra parte, en la segunda fase, la final, de las guerras indias, los indígenas ya contaban con rifles de repetición, con lo que, en ese sentido, las desventajas desaparecieron», señala.
Los «Sheriffs» mitificados
A la par que el oeste era colonizado por trabajadores que pretendían ganarse la vida buscando oro, transportando ganado o creando un pequeño negocio en las nuevas ciudades fronterizas, también aparecieron indeseables que, haciéndose expertos en el manejo de las armas, dedicaban su vida a atracar a los mineros, robar caballos o hacerse con los dólares que eran transportados a través de diligencias de una ciudad a otra.
Así pues, además de defenderse del ataque de los indios, los estadounidenses también se enfrentaron a estos nuevos bandidos, forajidos y cuatreros, unos enemigos que no dudaban en desenfundar si su codicia lo consideraba oportuno. Algunos de sus nombres, de hecho, son a día de hoy famosísimos gracias al cine.
Para meter en vereda a estos delincuentes, en las ciudades se eligieron todo tipo de representantes de la justicia que les obligaran a cumplir la ley. A día de hoy, se suele creer que el más famoso de ellos era el «sheriff», sin embargo, el cine se ha olvidado de dar visibilidad al resto de personas que, arriesgando sus vidas, velaban por la seguridad de los ciudadanos.

La banda de los verdaderos hermanos Dalton
La columna vertebral del cuerpo de «policía» en las ciudades era el «marshal», quien podía rodearse de una serie de ayudantes para poner a los forajidos tras los barrotes. La jurisdicción del «sheriff», en contra de lo que muestran las películas, era el condado, una región mucho más grande que la docena de casas que se pueden ver en las películas norteamericanas.
A nivel general (y en el último peldaño de esta pirámide de placas justicieras) se encontraban los «marshals federales», que podían actuar en todo el territorio y solían perseguir a desertores del ejército y ladrones de bancos. Finalmente, y tal y como explica Gregorio Doval en «Breve historia del Salvaje Oeste: Pistoleros y forajidos», en los lugares más apartados y menos poblados los encargados de mantener la paz eran los «rangers», policías montados en caballos que combatían tanto a los indios como a los bandoleros y ladrones de ganado.
La estafa de los duelos a muerte
Además del de los «sheriffs», otro mito muy extendido gracias a las películas norteamericanas es el que afirma que solían sucederse duelos armados en mitad de las calles de ls ciudades. Una gran mentira, según Gregorio Doval: «Los famosos duelos entre pistoleros profesionales en la calle principal de los pueblos del salvaje Oeste fueron una auténtica rareza. Un mito alentado por Hollywood.
Los buenos pistoleros, como es lógico, no eran muy proclives a comprobar si su rival era aún mejor. Los malos, como es todavía más lógico, no querían demostrar su impericia. En realidad, los esporádicos tiroteos era protagonizados por tiradores emboscados y, a ser posible, disparando por la espalda».
De la misma opinión es José Luis Cabañas (propietario de la armería «San Huberto» de Madrid y experto en el manejo y uso de los revólveres). Según afirma, la pólvora de por entonces era de tan poca calidad que era absolutamente imposible que se sucediera un tiroteo de la forma en la que aparece en los largometrajes.
«En el Oeste, a una distancia de pocos metros no se solía dar al adversario. Esto se producía debido a que querían disparar rápido y apuntaban desde la cintura. Así conseguían hacer fuego a una gran velocidad, pero no tenían ninguna precisión. Además, la pólvora que usaban era tan mala que provocaba una cantidad de humo tal que, en un tiroteo, no se veían unos a otros.
Al final, mataban más con escopetas de cañones recortados que con los revólveres, porque eran muy imprecisos. Su única finalidad era sacarlos y disparar a toda velocidad», señala Cabañas.

Fotografía perdida de Billy el Niño
El bandido más letal
Hablar de las lejanas llanuras del Oeste americano, de sus ciudades y de sus armas, es hablar de los forajidos. Y éste término es, a su vez, sinónimo de Billy el Niño («The Kid», para los norteamericanos).
Según la leyenda presentada por los largometrajes de Hollywood, este cuatrero era un imberbe cuando empezó a delinquir y robar diligencias y trenes. También ha pasado a la historia por su gran rapidez con el revólver y por haber acabado con decenas y decenas de sus enemigos antes de haber cumplido los 18 años. Sin embargo ¿Qué hay de verdad y qué de ficción en la historia de este ladrón?
«Otro ejemplo significativo de la exageración de las películas es lo que ha sucedido con un pistolero tan famoso y de leyenda tan negra como Billy el Niño, que murió violentamente a los 21 años. A Billy se le atribuyen “sólo” unas 20 muertes.
No obstante, en realidad –y que se sepa de un modo cierto- sólo mató a unas nueve personas. Además, a ninguna en asesinato alevoso, sino al evadirse de la cárcel (y de la soga) o durante sus enfrentamientos con los matones a sueldo de los grandes empresarios ganaderos», completa Doval en declaraciones a ABC.
En este sentido, también ha sido exagerada las malas condiciones que debían soportar aquellos que viajaban al Oeste americano. Esto se debe a que, como bien señala el experto español, la vida en los pueblos de la llanura no era más dura que la que de aquellos que vivían en las viejas ciudades estadounidenses.
«También se ha ignorado el hecho histórico de que, en esos mismos momentos, el este norteamericano era mucho más peligroso y violento, con muchísimas más muertes por armas que el Oeste (un territorio, no lo olvidemos, por entonces prácticamente despoblado).
Quien recuerde, por ejemplo, la película “Gangs of New York” sabrá a qué me refiero. En términos generales, el Oeste fue un territorio más de cazadores, pequeños agricultores y tenderos, que de pistoleros», finaliza Doval.
Mujeres del salvaje Oeste

“Con un arma en la mano resplandezco como un cristal. Brillo como el sol de la mañana”. Annie Oakley
La mejor manera de explorar esta relación es con un recorrido por las mujeres armadas de la historia, y qué mejor punto para empezar que la época que más fácilmente puede asociarse a las armas de fuego: el siglo XIX en el Lejano Oeste Americano, cuando Calamity Jane exploraba junto al general Crook y Annie Oakley disparaba su rifle ante reyes y presidentes europeos.
Annie Oakley, la cazadora infalible
Octubre de 1875. Un pistolero irlandés llamado Frank Butler llega a Cincinatti y apuesta el equivalente a unos dos mil dólares modernos a que nadie puede vencerle en un duelo de puntería. La única persona que se atreve a desafiarle es una adolescente de 15 años y aspecto angelical llamada Annie.
El pistolero se echa a reír, pero la carcajada se le hiela en los labios a medida que Annie va igualando sus disparos contra pájaros cada vez más pequeños y veloces (defensoras de los animales, entendedlo: eran otros tiempos).
En el vigésimo quinto tiro, Frank falla por primera vez, pierde el reto y cae perdidamente enamorado. Algo más de un año le costó conquistarla (siempre me lo he imaginado pegando tiros al aire bajo su balcón a modo de serenatas), hasta que a Annie le pareció gracioso aquel irlandés bocazas y aceptó casarse con él.
Annie tenía talento innato con el rifle: empezó a cazar con siete u ocho años para alimentar a su familia tras la muerte de su padre, y a los 15 ya pagaba la hipoteca de la granja de su madre cazando bichos para venderlos a hoteles y restaurantes (he aquí una salida inesperada a la crisis: subir a Collserola a cazar jabalíes para Ferran Adrià).
Tras casarse con Butler en un matrimonio largo y feliz, empezó a ganarse la vida mostrando su puntería en circos y espectáculos de variedades cada vez más importantes. Con el tiempo se ganó la amistad del jefe indio Toro Sentado y entró a formar parte de la troupe del mismísimo Buffalo Bill.
En su show atravesaba de un balazo un as de picas lanzado al aire, o una moneda de 10 centavos, o acertaba a un puro que fumaba en el escenario su marido. Aparentemente, era más seguro ser marido de Annie Oakley que esposa de William Burroughs.
Annie no tardó en convertirse en la tiradora más famosa del mundo, y actuó en un tour europeo ante reyes, reinas, presidentes y el recién coronado kaiser Guillermo II, a quien le arrancó un cigarrillo de los labios de un tiro. Es inevitable pensar que si Annie se hubiera desviado un par de centímetros tal vez se hubiera evitado la I Guerra Mundial…

Como sabrá cualquiera que haya visto Deadwood, los miembros de la familia Hearst tienen un talento especial para convertirse en villanos de cualquier historia.
En 1903, William Hearst publicó un artículo afirmando que Annie Oakley había sido encarcelada por robar para pagarse la cocaína a la que era adicta.
Todo mentira: no está claro si fue un caso de periodismo creativo o una confusión con una yonqui que afirmó llamarse Annie Oakley como podría haber dicho Gwen Stacy.
La auténtica Annie, indignada, dedicó siete años de su vida a denunciar uno a uno a los periódicos que publicaron la noticia, ganando 54 de los 55 pleitos.
Mientras tanto, hombre previsor, Hearst aumentó el sueldo de sus guardaespaldas.
Se conservan muchas fotos de Annie y al menos un breve vídeo de una de sus actuaciones.
Gracias a estos testimonios, sabemos que Annie era atractiva para estándares de la época, estaba en muy buena forma física y se sentía orgullosa de su bien cuidada melena.
A pesar de su talento con las armas, no se mostraba nunca brusca, violenta o agresiva, sino que solía lucir una sincera sonrisa y cautivar a quien la oyera con su voz extrañamente musical.
Esta mezcla de encanto y puntería la convirtió en un personaje muy popular: Irving Berlin estrenó un musical sobre ella, y ha sido interpretada en la gran pantalla por Barbara Stanwyck, Gail Davis o, más recientemente, Geraldine Chaplin.
A lo largo de su carrera Annie enseñó a disparar a más de 15.000 mujeres, a las que recomendaba que aprendieran a manejar un arma no solo como método de autodefensa en una época peligrosísima, sino como ejercicio físico y especialmente mental de concentración, relajación y puntería.
Las 90 millas de Calamity Jane
Quizá la mujer más famosa del Lejano Oeste sea Martha Jane Canary, alias Calamity Jane, o Juanita Calamidad si se siente uno castizo.
Ya de adolescente Jane mostró fuerte carácter y afición a vestirse con pieles de ciervo y perderse en el bosque durante días, para sobresalto de sus padres.
Antes de cumplir los 18 había sido enfermera, lavaplatos, camarera, cocinera y conductora de carromato, aunque su verdadera vocación fue la de colonizadora y exploradora de territorios salvajes.
Cabalgaba mejor que cualquier vaquero, disparaba con puntería y precisión y, sobre todo, bebía y soltaba palabrotas con tanta soltura como el peor borracho local.
Eso sí: como buena exploradora, no gustaba de meterse en peleas innecesarias ni atacar de frente, prefiriendo la velocidad y la astucia a la fuerza bruta.
En una de sus hazañas más famosas, trabajando como mensajera para el General Crook, Jane atravesó a caballo 90 millas (unos 150 km) a toda velocidad, empapada de agua helada tras cruzar el río Platte. Poco le faltó para caer muerta nada más llegar, como Filípides en Maratón, pero logró llegar a su destino en tiempo récord y sobrevivir a la pulmonía posterior.

Trabó amistad con el famoso pistolero Wild Bill Hickok y viajó junto a él y su amigo Charlie Utter, hasta asentarse un tiempo en el campamento de Deadwood.
Se llevaba muy bien con Hickok, y probablemente estuvo enamoriscada de él por su temperamento noble y caballeroso.
Tras el cobarde asesinato del pistolero durante una partida de póquer, Jane salió corriendo tras el asesino Jack McCall blandiendo un enorme cuchillo (aparentemente no tenía el revólver a mano), aunque no llegó a ponerle las manos encima.
Tiempo después de la muerte de Hickok, empezó a contar que se habían casado y tenido una hija en secreto, lo que nadie acabó de creerse en su momento.
Y es que Jane tenía dos características que hacían difícil tomarse sus historias en serio: una gran tendencia a la fabulación y un alcoholismo, especialmente tras la muerte de Hickok.
Eso de que los borrachos y los niños dicen siempre la verdad es probablemente el refrán más estúpido de la historia: tras la segunda botella de whisky, Jane inventaba historias en que cabalgaba al lado del general Custer (un hecho puesto seriamente en duda por los historiadores) o se enfrentaba ella sola a una tribu entera de sioux.
Esta tendencia al embuste hace difícil saber cómo recibió el apodo de Calamity, ya que cada vez que le preguntaban daba una respuesta diferente: por salvar a su capitán de una calamitosa situación desesperada, por ahuyentar a sus pretendientes diciendo que molestarla era “cortejar a la calamidad”, por su talento como enfermera en plagas como la de viruela que asoló Deadwood en sus inicios.
En cualquier caso, Calamity Jane era básicamente una buena persona, y si bien a menudo era despreciada por su alcoholismo y sus lamentables modales de carretero, quien la llegaba a conocer a fondo acababa queriéndola inevitablemente.
Manejaba la pistola con maestría si era necesario (participó un tiempo en el show de Buffallo Bill, como Annie Oakley), pero odiaba la violencia y era de natural compasiva.
Tras su muerte, y aunque nadie se creyera lo del matrimonio con Hickok, sus amigos la enterraron en Deadwood, justo al lado del pistolero.
En el cine ha sido representada por Doris Day en el musical Calamity Jane, Frances Farmer en Badlands of Dakota o Jean Arthur en The Plainsman.
El retrato más reciente es el que borda Robin Weigert en la maravillosa Deadwood, una interpretación que algunos criticaron como demasiado histérica pero que probablemente sea el retrato más completo y fiel de esta desconcertante mujer armada.
Sally Skull hace bailar a un imbécil
En el extremo opuesto de Calamity Jane está la contrabandista Sally Skull, una asesina despiadada con tendencia a apretar el gatillo cada vez que se excitaba… en todos los sentidos posibles de la palabra “excitar”. Y es que esta atractiva tejana de mal genio coleccionaba maridos con sospechosa afición a morir tiroteados en extraños incidentes.

Sally vivió la mayor parte de su vida en pueblos sin ley cerca del río Grande, en la frontera entre Texas y México.
Le encantaba el póquer, el sexo, bailar como una loca, soltar tacos y meterse en líos, lo que la hizo a partes iguales famosa, temida y respetada.
Durante la Guerra de Secesión traficó con caballos, algodón y suministros militares, convirtiéndose en un recurso imprescindible para la Confederación.
Su puntería era impecable, como descubrieron los desgraciados que se cruzaron en su camino en un mal día.
El coronel confederado John “Rip” Ford recuerda así a Sally Skull vengándose de un bocazas que la ofendió: “Sally gritó: ‘¿Así que has estado criticándome? ¡Pues ahora baila, hijo de puta!’, y empezó a dispararle a las botas con sus dos revólveres que sonaban como ametralladoras, apuntando a los pies que se movían a toda velocidad en un frenético baile sobre la calle polvorienta.
Aquello no fue precisamente un vals”.
Sally era letal con el látigo, el cuchillo y el lazo, y muchos la recuerdan trayendo caballos salvajes desde las praderas y domándolos a pura fuerza de voluntad.
A pesar de su actitud agresiva, se llevaba fenomenal con los críos, que lanzaban monedas al aire para que la habilísima Sally las atravesara de un tiro.
No se conserva ningún retrato suyo, pero a juzgar por las descripciones que han sobrevivido, debía de tener una presencia imponente.
El periodista John Warren Hunter la recuerda así: “Orgullosamente erguida en su montura, llevando un vestido negro y cofia, tan tiesa como un oficial de caballería, con un revólver colgado del cinturón, complexión antes pálida y ahora morena por la exposición al sol y los elementos, ojos de color azul acero que penetran en los más ocultos rincones del alma. ¡Sally Skull!”.
Desgraciadamente para Sally, su quinto marido, un jovencito apodado “Abrevadero”, resultó algo más peligroso que los anteriores.
Ambos salieron a cabalgar una tarde de otoño desde el pueblo de Banquete, pero solo volvió él. Nunca llegó a saberse con absoluta certeza si fue asesinada o simplemente huyó para empezar una nueva vida libre de matrimonios y obligaciones…
Belle Starr, la Reina de los Forajidos de Oklahoma
Un poco más calculadora y menos feroz que Sally Skull fue la bandolera Belle Starr, nacida como Myra Maybelle Shirley en 1848. Su padre la envió a una academia femenina en la que intentaron enseñarle a tocar el piano, pero con lo que realmente disfrutaba la cría era disparando revólveres y montando a caballo.

Durante la Guerra de Secesión esas habilidades le resultaron útiles: tras la muerte de su hermano a manos de soldados yanquis, la joven Belle lo dejó todo para alistarse como espía y exploradora en una guerrilla confederada.
En la relativa calma posterior a la guerra, el poco femenino comportamiento de Belle (emborracharse en los saloons, jugar a faro y póquer o participar en competiciones de tiro) provocó un cierto número de escándalos y le hizo convertirse en centro de rumores, leyendas y habladurías.
Resulta difícil averiguar cuánto hay de cierto en las historias que corren sobre esta mujer armada y peligrosa.
Mientras que a Calamity Jane le gustaba inventar anécdotas increíbles sobre sí misma, en el caso de Belle fueron los escritores de pulp fiction de la época quienes se divirtieron embelleciendo su biografía.
Lo que sí parece cierto es que Belle se fue convirtiendo en el poder en la sombra tras un buen número de bandoleros: planeaba sus robos, les ayudaba a esconder el botín, pagaba buenos abogados, sobornaba a los guardias de prisiones para planear fugas…
Aplicaba un elaborado sistema de recompensas para animar a sus forajidos: el premio gordo (si el bandolero en cuestión le parecía guapo además de hábil) era acostarse con ella.
Este comportamiento de abeja reina le valió el magnífico apodo de Reina de los Forajidos de Oklahoma. Uno de esos amantes, un indio llamado Sam Starr, acabaría convirtiéndose en su segundo marido, un tipo algo atrabiliario pero con el que se llevaría de maravilla. Ambos se establecieron en un terreno llamado Younger Bend, en un meandro del río Canadiano (hoy en día un fan de Starr intenta reconstruir la cabaña en que vivieron).
A diferencia de Sally Skull, Belle no era excesivamente atractiva, pero tenía un agudo sentido de la moda.
Mientras Calamity Jane vestía como una cazadora o directamente con harapos, Belle llevaba casi siempre elegantes vestidos, pamelas anchas y botas relucientes… junto a sus dos revólveres en la cintura y una fusta de montar siempre atada a la muñeca.
Se especializó en robar ganado y objetos de valor a sus vecinos, aunque casi nunca en persona: al fin y al cabo para eso estaban los muchachos de su banda.
Se la relacionó con algunos atracos sonados: siete mil dólares obtenidos de un saloon en Kansas, treinta mil en el robo de un banco tejano…
En 1882 Belle y Sam Starr pasaron nueve meses en la cárcel, acusados de robo de caballos. Tuvieron suerte, en realidad, teniendo en cuenta la cantidad de asuntos turbios en que se vieron involucrados a lo largo de los años.
Y de hecho les acabó resultando útil su tiempo en la sombra, ya que ahí conocieron a más bandoleros a los que acabaron acogiendo en su rancho.
Nunca pasaron apuros económicos ni volvieron a poner el pie en la cárcel, pero la vida al margen de la ley está llena de peligros. La semana antes de Navidad acudieron a un baile en el que acabaron tiroteándose, por motivos poco claros, con el dueño del ferry que cruzaba el Canadiano.
Sam murió en el intercambio de disparos. Pocos años más tarde, cuando Belle cumplió 41, fue abatida de un disparo de escopeta en un extraño asesinato que nunca llegó a resolverse.
Una vida libre, original y turbulenta que fue simplificada en el cine, con las interpretaciones espectaculares pero más bien ingenuas de Gene Tierney en Belle Starr o Jane Russell en Montana Belle.
Muchas más mujeres dejaron huella en el Lejano Oeste (Lillian Smith o Georgia Duffy, por ejemplo), pero este póquer de diosas armadas debería bastar como muestra.
nuestras charlas nocturnas.
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