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La fortuna de Carlos Gardel …


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Carlos Gardel con sus guitarristas: Angel Riverol, Julio Vivas y Guillermo Barbier

Siempre se especuló con la fortuna de Gardel, aunque lo cierto es que para 1932 su situación económica era ajustada. En enero de 1932 le escribió a Defino «… aguantando un poco de tiempo por aquí espero saldré de mis deudas y estaré tranquilo».

Recién en abril de 1935 pudo saldar la hipoteca que pesaba sobre su casa de Jean Jaures 735: Tras la normalización de sus cuentas Gardel comenzaba a pensar en su futuro desde una visión empresarial, proyectando dedicarse al cine y la radio.

Tras las tensiones que se habían generado con Razzano por inconvenientes sobre el manejo del dinero, Gardel revoca el 16 de enero del año 1933, el poder general de administración general de todos los bienes que le había otorgado a José Razzano y solicita ayuda a Armando Defino, quien en otras ocasiones ya había colaborado con él, en distintos temas jurídicos. El 22 de octubre de ese año le otorga un Poder General de administración, y este comienza a poner en orden las cuentas.

El panorama va cambiar a partir de 1934, cuando firma contrato con la Paramount para filmar sus dos primeras películas americanas, «Cuesta Abajo» y «El Tango en Broadway» en esta ocasión él era el protagonista, esto no solo le permitiría lucirse, sino ganar mucho mejor.

(Correspondencia de Gardel-Defino)»…se acabaron las incertidumbres y angustias, encauzándose las cosas en una era de prosperidad y trabajo. Hemos fundado una sociedad de producción… de la cual soy el director… A mí me darán por dos películas la cantidad firme de 25.000 dólares y e1 25% de las ganancias…»

De todos modos, estas expectativas no parecen haberse concretado en una gran fortuna, pero suficiente para poder darle tranquilidad.

Carta de Armando De fino, 21 de mayo 1935: …»En nuestras conversaciones hablamos mucho de eso, tú lo recordaras: «habrá que joderse dos o tres años y después tomar el trabajo como distracción con el consiguiente beneficio» …si tú crees, como yo también creo que será éste el momento, no hay más que ponerlo en práctica. Tu situación es ahora muy distinta a la de hace tres años.

No tienes deudas un pequeño capital susceptible de aumento, con comodidad fácilmente. Por todo ello comprenderás que estoy muy de acuerdo con tu manera de pensar, sobre todo que viene a confirmar el afán de estos últimos años.

-Por otra parte, éstas son de las cosas que uno puede retractarse sin desmedro, vale decir, que mañana se te ocurriera hacer otra incursión por los distintos países, dependerá de ti, la elección, sin la obligación de pensar en asegurar un futuro como has tenido que hacerlo hasta el presente. Y felizmente que podemos pensar así hoy día.»

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Carlos Gardel y José Razzano en la fiesta del Programa Vino Toro.

Carta de Gardel a Armando, Barranquilla junio 4 de 1935:… «Como te decía en mi carta anterior, estoy decidido de la manera más firme a no trabajar más en teatro y así tenés que hacérselo saber a Ricardo a quien le escribo por este mismo correo.

Yo no estoy ya para estos trotes de cantar todos los días y después de esta gira me cortaré para siempre la coleta en materia de presentaciones personales. Es demasiado trabajo, demasiado poner la voz y, en fin, ya no es para mí. Me limitaré a radio, discos y cine.

Acerca de los contratos de radio trata de tener las cosas con el mismo entusiasmo hasta que yo llegue para decidirnos por lo mejor y más rendidor.

Creo a mediados de setiembre estaré en esa e iré desde Europa. A Ricardo podés decirle que le hubiera complacido con mucho gusto pero que yo no quiero trabajar ya en teatro porque pienso que mi verdadero porvenir y conveniencia está en el cine.

Haciendo películas por mi cuenta o por cuenta ajena, conviene no dar la lata frente al público. Pero sobre todo te aseguro que cada día se me hace más dura esta cuestión de vestirme y de cantar hasta desgañitarme. En la radio es otra cosa y en las películas con dos o tres semanas de trabajo y cinco canciones estoy del otro lado…»

Gardel había decidido ordenar su vida, no podía seguir con ese ritmo de trabajo. A partir de sus últimas dos películas, no solo el éxito le sonreía, éste iba acompañado de dinero; en varias cartas enviadas a Defino se describe esta situación.

El mismo día que el destino le jugara la peor de las partidas, Armando Defino estaba firmando el mejor contrato Radial de la historia argentina.

Esta historia se conocería años más tarde, en una nota publicada en la revista Radiolandia del 26.6.1937, dirigida al amigo personal de Gardel de toda la vida, el señor José A. Zatskin, en aquel momento director de las emisoras de la calle Bolívar, quien había rehuido siempre el reportaje en torno a esa amistad y al referirse al contrato que lo unió a Gardel, descubre algunos perfiles curiosos en la fisonomía de quien fuera ídolo indiscutible de la República.

Ultima carta de Gardel a Armando desde Bogotá, junio 20 de 1935: «…Vuelvo a ratificarte mi idea acerca del trabo teatral. Se acabó. Ya no estoy para estos trotes y la sola idea de ponerme las prendas gauchas me hace caer el pelo.

Voy a dejar las botas y lo demás para los innumerables Pettorossis de ocasión que rascan por el mundo. La radio si me seduce por su comodidad y descanso y a eso y a las películas me dedicaré. Yankelevich me cablegrafió desde Hollywood preguntándome donde estaría a fin de mes.

Le contesté que en La Habana y el soru no dio más señales de vida. Cuando llegue a esa ya veremos con que estación nos decidimos, sin tener en cuenta milongas sentimentales. Ya me la han contado demasiado para que agarre viaje a estas alturas…»

PRIMER GRAN SUELDO RADIAL

José A. Zatskin -«Creo que el que le pagó Radio América fue el primer gran sueldo abonado en nuestra radiotelefonía a artista alguno» -comienza diciéndonos el señor Zatskin-. Regresaba Gardel de París -donde filmara- «Luces de Buenos Aires» -y su apoderado fue a verme a Radio América.

El propio Carlitos había querido, en primer término, que la oferta se me hiciera a mí. Y el contrato fue brevísimamente conversado:

-¿Cuánto vale Carlitos mensualmente?

-Ocho mil pesos.

-Aceptado.

-No tenía -sigue el señor Zatskin- ni anunciador ni proyecto alguno. Pero el nombre de Gardel valía por todos los factores en contra. Su actuación posterior me dio la razón, pues fue brillantísima, como todas las suyas. Cantaba una hora diaria, sin interrupción.

Más o menos doce o catorce canciones consecutivas. Hay un detalle, en dicha actuación, que merece contarse, porque indica el espíritu simple y el corazón enorme del cantor.

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Uno de los míticos retratos del cantante.

La publicidad en aquellas audiciones de Gardel la había contratado una firma vendedora de vinos, que puso como condición se le cantara un tango alusivo a la bebida, como característica final de cada día.

Y lo que es peor, debía cantarlo el propio Gardel.
Saberlo Carlitos y negarse rotundamente fue todo uno.

-¿Pero cómo querés que cante eso, si es malísimo… ¿Y, además, en mi vida he tomado ese vino…

-Por favor, canta como quieras, pero canta. Es una condición indispensable del contrato.

-Mirá Zatskin. Como buenos amigos rompemos el contrato, te prometo no ir a ninguna otra radio, pero ese tango yo no lo canto.

-Pasaron varios días -nos cuenta el ex director de Radio América- y ya a dos días del fijado para comenzar la serie de audiciones, me decidí a jugar el todo por el todo.

Fui a verlo a su casa, vivía entonces con su señora madre y estaba todavía en la cama:

-Vengo a verte -le dije- porque estoy en una situación difícil. Renuncié a Radio América y quiero que vos mismo lo sepas en primer término. Había empeñado mi palabra de que cantarías el dichoso tango, y como no puedo menos que romper el contrato me voy de la broadcasting.

-Y bueno, qué embromar. He cantado tantos tangos malos en mi vida que por uno más no se terminara el mundo. A ver si por un capricho mío vas a terminar con tu carrera en la radio… El corazón enorme del zorzal criollo se había antepuesto a su amor propio herido.

-Y cantó diariamente la canción del caso -termina el señor Zatskin-. Las cosas que hizo mientras la interpretaba no se las imaginarán nunca quienes no conocieron íntimamente a Gardel. Era un muchacho grande del que se conseguía cualquier cosa. Era un niño siempre, pero su corazón era el de un hombre fuerte. Que por la amistad hubiese dado jirones de su propia vida.»

El dato histórico dice que, del contrato de dos meses, Gardel cantó por la radio solo uno. Son desconocidos los detalles de lo que sucedió a solo un mes del debut, pero es probable que la disconformidad de Gardel con el jingle fuese el motivo.

EL CONTRATO QUE NO FUE

Por treinta audiciones Cafiaspirina que iba a pagar 45.000 pesos. Transacción que, justamente, se realizaba en las oficinas de Radiolandia el 24 de junio de 1935, a las seis de la tarde. En la dirección de nuestra revista conversaban en torno al contrato, ya listo para firmarse,

Armando Defino, apoderado de Gardel, y el señor Evaristo J. Boria, jefe de publicidad radial de «Farmaplatense». Todos los detalles estaban ultimados. Y se comenzaba a planear la presentación publicitaria de Gardel, mientras la ciudad entraba ya en las sombras, como presintiendo la catástrofe.

Eran los últimos instantes de aquella conversación. Ya los sombreros en la mano y las diestras estiradas en el apretón cordial, que sellaba el contrato más grande de todos los realizados hasta entonces en nuestra radiotelefonía.

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Izq. foto autografiada por Carlos Gardel a su amigo y hermano Armando Delfino. Der. Armando Delfino

De pronto, con la brevedad de las malas noticias, vibró en la emoción de toda la información cablegráfica. Había muerto Gardel. Y un nudo de angustia se hizo en los corazones. Nunca más se revivió el instante trágico de aquella tarde porteña, en que en plena calle Corrientes se estaba forjando una nueva etapa de la vida brillante del astro.

Hemos querido ahora, al cabo de dos años, que uno de sus intérpretes hablara de Gardel. Que el propio señor Boria nos dijera algunos detalles de aquel contrato fabuloso para entonces.

Y haciendo un alto en su afanosa labor diaria, rodeado de empleados que aguardaban sus órdenes, en el ambiente febril de su oficina, ha pausado esa tarea y renueva sus impresiones de aquel 24 de junio de 1935.

-Confieso que experimentaba entonces una íntima y enorme satisfacción. Había conseguido del directorio de la firma por la que trabajo, la conformidad por la cifra que pagaríamos al cantor.

Se había hecho justicia a sus méritos de embajador auténtico e incomparable del cancionero nacional. (nos aprestábamos para iniciar las publicidades de sus audiciones, ya aceptado por ambas partes el contrato, rodeando a Gardel con el afecto y la seriedad que merecía y que usamos siempre con nuestros artistas.

Jamás se había planteado una campaña publicitaria con tanto celo. Hasta en los mínimos detalles. Gardel iba a estar con su pueblo, en todas las aristas brillantes de su personalidad múltiple. Era el artista ideal – y en esto perdonen al publicista- para el producto que iba a difundir con su popularidad extraordinaria.

Sabíamos que si tres millones de personas pueden escuchar radio, el noventa y cinco por ciento de los mismos sintonizarían sus audiciones. La catástrofe de Medellín dio por tierra con su vida y con todas nuestras esperanzas. Y eran, tantas ellas, que ni en buscar emisora nos habíamos ocupado.

Sabíamos cabalmente que por cualquier onda que actuara, el éxito de Gardel sería el mismo. Hasta entonces ha hablado el hombre de negocios, el experto en publicidad que vive en nuestro reporteado. Después habla el hombre, admirador del ídolo.

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-Cuando supe su muerte, como todos quienes estábamos aquella tarde en Radiolandia, se produjo en mí una emoción incontenible.

Triunfaba la muerte allí donde planeábamos la vida futura del gran muchacho que fue Gardel.

No he olvidado el instante, ni lo olvidaré nunca.

Quizás por eso, cada vez que lo he visto animado en el lienzo de algún cinematógrafo, me ha parecido revivir el sabor amargo de aquel crepúsculo, en que flotando en la sala donde había sido el tema invariable y grato quedó el dolor de su pérdida.

Una pérdida irreparable para la radio, para la canción y para todo el arte popular de este país.

Gardel había creado en EEUU su propia productora «Exito Producciones», a efecto de dedicarse al cine y a los programas radiales, tal como se describe en sus últimas cartas, Gardel ya no era solo un cantante ni un gran actor, era un gran empresario, el primer gran empresario del espectáculo argentino.

Solo el destino pudo truncar esa gran carrera, y así destruir la ilusión de millones, como una de las grandes oportunidades para la Argentina.

En el año 1030, Carlos Gardel reclamaba judicialmente por los derechos de la difusión de sus discos. Es decir, se anticipaba al histórico hecho que se plasmaría tres años más tarde con la promulgación de la Ley 11.723, impulsada por el entonces diputado nacional Roberto Noble (Ley Noble), fundador del diario «Clarín».

Dicha ley establece el derecho de propiedad de los creadores e intérpretes sobre sus obras y les otorga la facultad de disponer libremente de las mismas.

Ante el reclamo de «El morocho del Abasto», los jueces de la Cámara Civil 1» de la Capital Tobal, Campos y De Vedia y Mitre, resolvieron por unanimidad que: «.La adquisición de discos fonográficos no autoriza la difusión de los mismos por radiotelefonía si no media consentimiento de sus intérpretes.

Carlos estaba acompañado en su demanda por dos intérpretes de su misma talla, Ignacio Corsini y José Razzano, y así se refería el Juez Tobal acerca de ellos: «Los señores Gardel, Corsini y Razzano, cotizados intérpretes en su género, deducen estas actuaciones solicitando se suspenda en distintas «broadcastings» la transmisión de discos interpretados por ellos…».

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Garlos Gardel y Josep Plaja (detrás),

Vale aclarar que el juez de la primera instancia había desestimado el pedido de «El Oriental» fundándose en que «Al imprimirse un disco fonográfico y entregarlo a la circulación, los autores se desprenden de sus derechos con respecto a ejecuciones de esa clase, juzgando en consecuencia que quien los compra, adquiere la facultad de ejecutarlos indefinidamente, inclusive por radio, porque el hecho de retransmitirse por radio está consentido tácitamente al ponerlos a la venta».

Argumento refutado por Tobal, en esta segunda instancia, cuando dice:

«Como se ve, estos autos plantean cuestiones novedosas: la de si asiste derecho a los ejecutantes para oponerse a que se transmitan sus discos por estaciones emisoras de radiodifusión sin el previo pago de sus derechos (…) Sostener que quien adquiere un disco puede reproducirlo por todos los medios, inclusive la transmisión a distancia, al público que pueda.»

Tras la muerte de Gardel, se funda Sadaic, Sociedad Argentina de Autores y Compositores de Música; creada el 9 de junio de 1936 tras la fusión de dos sociedades de autores, el Círculo Argentino de Autores y Compositores de Música y la Asociación de Autores y Compositores de Música.

Carlos Gardel, su principal asociado, que en el mejor momento de su carrera, y por cuestiones del destino, no llegó a disfrutar nada de la época de bonanza, que le empezaron a generar las regalías de su trabajo, una gran fortuna, pero todo esto forma parte de otra nueva gran historia, de la historia sin fin de Carlos Gardel.

La herencia olvidada del «Zorzal Criollo»

Muy pocas veces, o casi nunca, desde la muerte de Gardel y luego su madre, la gente se ha preguntado, que fue de su herencia, la mayoría recordaba como último sucesor a Armando Defino, su amigo y albacea, y el heredero de su herencia, es por esos que creemos que es importante que la gente conozca esta historia contada por una de las protagonistas, y como este patrimonio permaneció oculto durante 70 años.

-¿Cómo nació el vínculo con Armando Defino?

-Nuria: Para esto tenemos que remontarnos a la llegada de mi familia a Buenos Aries. Mi abuelo materno, Ramón de Fortuny, llegó de Cataluña, España, con su familia, integrada por su esposa Armonía y sus tres hijas: mi madre -Nuria- y sus hermanas Elena y Gladys, la menor, a la que llamábamos Ninota, que nació en Montevideo en 1922 y hoy vive en España; es la única sobreviviente de esa generación.

Mi abuelo Ramón, por mandato de la Compañía Belga de Electricidad, fue transferido en el año 1925, de la planta de Montevideo construida 3 años antes, a montar el equipamiento de la usina eléctrica de Buenos Aires. Mi abuelo era oriundo de Barcelona, de una familia noble.

Su madre en España tenía entre su personal doméstico a Adela Blasco, una chica joven de origen humilde que quería emigrar en busca de un mejor porvenir. Adela logró viajar a Buenos Aires y consiguió trabajo en la Compañía Inglesa de Telefonía.

Tras haber perdido todo contacto con su familia y conocidos en España; al igual que todos los inmigrantes en Buenos Aires, solían reunirse con sus comunidades. De esta forma mi abuelo se reencontró con Adela, que ya estaba en pareja con Armando Defino, en el café Soviet de la Avenida de Mayo.

Desde entonces entablaron una profunda amistad; Adela con mi tía Armonía y mi abuela y Armando con mi abuelo Ramón.

En 1940 mi familia compró una quinta en la localidad de Castelar en donde nos solíamos reunir. Un año más tarde Armando compró una quinta a pocas cuadras; luego mi abuelo vendió la suya y todos comenzamos a frecuentar la quinta de Armando casi todos los fines de semana.

Varios años antes del accidente trágico, Carlos Gardel le había pedido a Armando que se ocupara de su madre -Doña Bertha- si le sucediera algo. Seguramente debe haber intuido entre tanto viaje, que algo podría ocurrirle. Tras producirse la muerte de Gardel en 1935, Armando junto a Adela y su madre Doña Pepa, se mudaron a la casa de doña Bertha, en la calle Jean Jaurés 735, cumpliendo con el pedido de Carlos y fue Adela quien se encargó de cuidar a las dos mujeres.

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Casa de verano en barrio Loza, Río Ceballos, Córdoba, 1936, donde se hallaron preciados recuerdos de Gardel.

Cuando Doña Bertha se enfermó (de cáncer de útero, esto provocó que pasara sus últimos años postrada en una cama), mi padre, que era médico, la comenzó a atender a pedido de Armando; esto hizo que frecuentáramos asiduamente la casa de Jean Jaurés.

Yo era muy chiquita, entre dos y tres años de edad, y recuerdo vagamente a una señora postrada en cama.

En julio de 1943 falleció Doña Bertha y pocos meses después murió Doña Pepa; decidimos seguir viviendo en la misma casa hasta el año 1946, donde se desocupó nuestra casa de la calle Saavedra 222 que habíamos alquilado precisamente cuando fuimos a vivir en ella.

Nos mudamos a Saavedra, la casa era mucho más chica, así que la mayoría de los muebles y los objetos personales de Gardel y Bertha fueron llevados a la casa que mi abuelo había comprado en Río Ceballos; y alquilamos, a su vez la de Jean Jaures en $330 pesos mensuales y en el año 1949 fue vendida al mismo inquilino.

En un viaje a Río Ceballos, mi abuelo había conocido al Doctor Ordoñez, que tenía una casa muy linda, que parecía un castillo. Como Ordoñez estaba muy enfermo le ofreció a mi abuelo venderle la casa, con la condición de que cuide a Clarita, su hija adoptada.

Mi abuelo aceptó la compra con las condiciones pactadas y ésa pasó a ser la casa de veraneo de toda la familia. Tras la venta de Jean Jaurés que hizo Armando, quedaron muchos muebles y una gran cantidad de objetos que habían pertenecido a Gardel y a Bertha; todo eso se llevó a la casa de Río Ceballos, Córdoba.

GARDEL Y DEFINO SE CONOCEN

El hermano de Armando era agente teatral, y él presentó a Gardel con Defino. En ese tiempo Gardel atravesaba dificultades financieras y necesitaba a alguien que pusiera en orden sus cuentas. Armando fue esa persona y se hizo cargo a partir de ese momento como administrador y organizador de sus bienes y más tarde se convirtió en el albacea de Carlos Gardel.

A partir del accidente fatal en Medellín, Armando fue apoderado por Bertha para realizar los trámites de repatriación y también se ocupó de todos los bienes de Carlos Gardel en el exterior.

MI PADRE, MI MADRE Y LA HERENCIA

Mi padre había sido médico en Cataluña y allí trabajó en un laboratorio muy famoso llamado De Belarden, donde se descubrió la vacuna contra la tuberculosis.

Emigró a la Argentina como exiliado político y en el Casal de Cataluña de Buenos Aires conoció a un compatriota catalán que lo ayudó enviándole pacientes hasta tanto revalidara su título para ejercer la medicina en Argentina en forma legal.

Ese compatriota español -que más adelante sería mi abuelo- pensaba que su hija estaba tuberculosa debido a su extrema delgadez, y acudió a mi padre por estudios. El diagnóstico dio negativo. Mi futura madre sólo padecía de un cuadro de desnutrición y debía aumentar de peso.

Un cambio de hábitos alimenticios y de clima era lo indicado. Una granja en Río Ceballos, Córdoba, fue la solución y al cabo de tres meses regresó a Buenos Aires completamente repuesta, mucho más gordita y con otro semblante.

Como cortesía por no haberle cobrado los estudios y las consultas, mi abuelo invitó al médico catalán a una fiesta en el casino de la usina donde trabajaba. Allí el médico encontró a mi madre y al verla quedó prendado de ella. Allí se enamoraron y se casaron el 6 de enero de 1940. Un año más tarde nací yo, luego mi hermano y después mi hermana.

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La abuela materna, Armonía González; Nuria de Fortuny, Armando Defino, Adela Blasco, Francisco Javier Cortada, Nuria Cortada de Fortuny.

A Delfino le encantaban los niños, pero no había podido tener hijos.

Se encariñó con nosotros, siendo yo la preferida.

Desde entonces, Armando y Adela me llevaban a todos lados, a los teatros, al cine e incluso a los teatros de revista a escondidas de mi mamá.

Cuando nos quedábamos en la casa de Armando por las noches, siempre teníamos cine de Gardel.

En 1953 Armando se enfermó. Tuvo un infarto al que sobrevivió, pero ya no pudo seguir trabajando. Al no contar con ahorros y ningún otro recurso económico más que el trabajo, vendió la casa quinta Yaraví y mis padres les ofrecieron que se mudaran con nosotros.

Armando falleció en junio de 1962, cuando yo tenía 21 años. Adela quedó sola y allí comenzó la polución, el desfile de gente que venía a pedirle pertenencias de Gardel.

A nosotros nos daba rabia toda esa gente; le venían a quitar o robar los recuerdos. Adela tenía un armario lleno de discos de prueba de Gardel.

Esa gente le lloraba y ella les regalaba discos hasta que no quedó ninguno. Le tomamos bronca al mundo del tango por culpa de esas personas, unos atorrantes que venían a despojar a una pobre mujer. Armando nunca quiso lucrar con Gardel; era un hombre muy honesto, con mucha integridad, y lo que percibió de derechos por Gardel tan solo le alcanzaba para vivir.

Pocos años después de la muerte de Armando, yo me había recibido, me casé y mi padre estaba muy enfermo. La casa era muy grande para ellos y mi mamá decidió mudarse.

Vendieron la propiedad de la calle Galileo pero fueron estafados. Con el dinero que nos dieron, mis padres compraron una casa en la calle Laprida al 1700. En la planta baja vivía Adela y mi mamá tenía allí su consultorio; en la planta alta había un living, un dormitorio y una cocina.

Al poco tiempo mi padre sufrió un infarto y murió en una cirugía en el Hospital Italiano.

En el año 2000 mi madre era una señora de edad avanzada y nos propuso, a mi hermana y a mí; que dejáramos todo arreglado en vida, para no tener que hacer una sucesión.

Desde aquel momento hasta la muerte de mi madre en el año 2008, mi hermana y yo no quisimos tocar nada; recién entonces, ya fallecida fuimos a ver la casa de Río Ceballos, para poder venderla.

Allí nos encontramos con todas las pertenencias de Bertha y de Gardel. A medida que íbamos extrayendo esos objetos nos íbamos dando cuenta de la importancia de todo aquello. Sólo supimos que había que preservarlo para el futuro; era lo que más nos importaba.

Siempre tuvimos conciencia clara en la familia de que éramos los herederos de Gardel, por consiguiente de Bertha y de Armando Defino.

Por otro lado, nosotras estábamos avocadas a nuestras vidas; mi hermana como farmacéutica y yo con mi profesión de bioquímica; mis hijos se radicaron en los EEUU y tienen su vida, al igual que nuestros nietos y es por eso que decidimos ceder a favor de Walter Santoro la titularidad y herencia de todo aquello que recibimos de Gardel, de Bertha y de Armando.

Creemos que él va a poder llevar adelante los deseos de Armando, como alguna vez nos dijo: «No quiero lucrar con Gardel sino mantener vivas su memoria y su obra.» y eso coincide plenamente con nuestros deseos.

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Armando Defino conoció a Gardel en 1931 y en muy poco tiempo paso a ser su albacea y amigo.

Conocimos al señor Walter Santoro a razón de un conflicto que se estaba orquestando por la falta de mantenimiento y abandono de la Bóveda de Carlos Gardel en el cementerio de Chacarita, él nos solicitó poder intervenir en el conflicto a favor de defender a Carlos Gardel y para ello, nos solicitó un poder que nos represente, para poder actuar en forma oficial.

Con mi hermana vimos el trabajo que él venía realizado en defensa de nuestra historia y nuestro patrimonio, y decidimos realizar un cesión de todos los derechos a su favor, en forma gratuita, con el cargo y su compromiso de resguardar la obra y su imagen para el futuro de todos los argentinos y el mundo.

LA HERENCIA

Hasta la fecha, la historia de Carlos Gardel, así como su legado artístico fue pasando a través de varias generaciones, sustentado en un fuerte sentido de identidad porteña y con una proyección internacional alcanzada por muy pocos de sus contemporáneos, en el mundo; pero existe una sucesión, hereditaria que pasamos a explicar.

Para entender esta historia, hay que remontarnos a la época en la que Carlos Gardel conoce a Armando Defino, (año 1931) quien en muy poco tiempo paso a ser su albacea y amigo. Algunos años mas tarde, Gardel le plantea a Defino la necesidad de dejar un testamento, en esa misma conversación, le solicita que si le ocurriera algo, que cuide a su madre -Doña Bertha Gardes-.

Tras el accidente trágico, el 24 de junio 1935, Armando junto a Adela y su madre Doña Pepa, se mudaron a la casa de doña Bertha, en la calle Jean Jaurés 735, cumpliendo con el pedido de Carlos, y fue Adela quien se encargó de cuidar a las dos mujeres, hasta su muerte ocho años más tarde.

Carlos Gardel, deja bajo testamento del 7 de noviembre de 1933, a su madre Bertha Gardes, como heredera universal de todos sus bienes y derechos. Mediante testamento de fecha 2 de julio de 1942, Bertha Gardes nombra único y universal heredero de los bienes heredados de Carlos Gardel a Armando Vicente De Fino.

Mediante testamento de fecha 7 de febrero de 1960, Armando De Fino, nombra como única y universal heredera a su esposa Adela Blasco de De Fino de todos sus bienes y derechos, aclarando que en caso de que ésta falleciera primero o en caso de muerte simultánea, luego de legar ciertas propiedades a su sobrino, y en el remanente de bienes nombra como única y universal heredera a Nuria Eulalia de Fortuny de Cortada (a quien como «nuestra hija en el afecto»), pidiendo a la misma que «siga atendiendo como lo hemos hecho siempre mi esposa y yo, el monumento y la bóveda en Chacarita, donde reposan los restos de mi querido e inolvidable Carlos Gardel y los de su señora madre Bertha Gardes».

Con fecha 27 de octubre de 2000, mediante cesión de derechos, la señora Nuria Eulalia de Fortuny de Cortada, dona gratuitamente a sus hijas Nuria Eulalia Andrea Cortada de Fortuny y María Ana Inés Cortada de Fortuny todos los derechos de propiedad y las acciones inherentes a esos derechos respecto de todas las cosas y bienes y objetos materiales o inmateriales que pertenecieron en vida a Carlos Gardel, a su madre Doña Berthe Gardes y a los sucesores de ésta Armando Vicente De Fino y doña Adela Blasco de quien la cedente es la única y universal heredera.

Mediante cesión de derechos de fecha 16 de agosto de 2018, las señoras Nuria Eulalia Andrea Cortada de Fortuny y María Ana Inés Cortada de Fortuny, ceden, en forma gratuita al Sr. Walter Santoro, todos los derechos de propiedad y las acciones inherentes a esos derechos respecto de todas las cosas y bienes y objetos materiales o inmateriales que pertenecieron en vida a Carlos Gardel, a su madre Doña Berthe Gardes, con el compromiso que custodiar su memoria e historia.

En cumplimiento de ese compromiso, el sr. Walter Santoro, decide crear para tal fin la Fundación Internacional Carlos Gardel, dando comienzo de esta manera a una nueva historia.

nuestras charlas nocturnas.

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