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Jazz, tango y charlestón: la nueva cultura musical …


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The King & Carter Jazzing Orchestra, fotografiada en Houston en 1921.

LaVanguardia(C.Joric)/lasexta.com  — En los felices años 20, la radio fue responsable de un cambio trascendental: llevó la música al pueblo. Hasta entonces, era siempre en directo y sólo accedían a ella los más pudientes.

Gracias a la radio, la música clásica empezó a compartir espacio con un estilo que lo puso todo patas arriba: el jazz. Unas pegadizas melodías que trajeron consigo un baile: el foxtrot (‘baile del zorro’, similar a un vals pero que se baila a un ritmo superior). Y tras el foxtrot, llegó el charlestón, una evolución con la que ya no era obligatorio bailar pegados.

La radio puso los sonidos y el cine, las imágenes. En los años 20, este espectáculo se popularizó. Primero como entretenimiento: fue el momento en el que nacieron las primeras estrellas de Hollywood, como Buster Keaton, Harold Lloyd o Charles Chaplin.

En esta época el cine también encontró una forma de sugerir y persuadir. Alemania fue una de las pioneras con su cine expresionista, los rusos cogieron ese testigo y terminaron transformándolo en un arma política, pero faltaba la última gran revolución: el cine sonoro. ‘El cantor de Jazz’ llegó en 1927, abriendo un mundo nuevo que, tras los felices 20, ya nunca sería el mismo.

El jazz fue el reguetón de los años veinte, y el charlestón, el perreo. Por lo menos en cuanto a su consideración social. “Vulgar”, “obscena”, “salvaje”… Los diarios de la época despacharon la llegada de esta nueva música con calificativos peyorativos que luego se han venido aplicando regularmente a otras manifestaciones musicales de origen popular: el tango (que se popularizó también en estos años a través de su eclosión en París), el rock and roll, el punk, el hip-hop, el trap… Cada época ha tenido sus ritmos reprobables, su “música del diablo”.

A pesar de su rechazo inicial por la puritana sociedad blanca, el jazz terminó siendo la banda sonora de los “locos años veinte”. Nació en las calles y los prostíbulos de Storyville, el barrio rojo de Nueva Orleans (se cree que el término proviene de jass, una palabra africana para llamar a las relaciones sexuales). De allí viajó a Chicago y Nueva York, coincidiendo con la clausura del barrio en 1917 y el inicio de la Gran Migración de afroamericanos hacia el norte huyendo de las leyes segregacionistas de Jim Crow.

Luego se desarrolló al calor de otra ley, la ley seca, y de los miles de bares clandestinos que surgieron durante su implantación. Y, por último, saltó a Europa de la mano de los músicos de algunos regimientos estadounidenses presentes en la Primera Guerra Mundial y de las giras de bandas como la Original Dixieland Jass Band, que participó en 1919 en las celebraciones de la firma del Tratado de Versalles en París.

Música negra para oídos blancos

Ese nuevo estilo musical, frenético, dionisiaco y muy bailable, encandiló a los clientes de esos locales clandestinos, la mayoría controlados por la mafia. Y también a los que hacían slumming. Esto es, los blancos que frecuentaban la agitada vida nocturna de los barrios negros –de Harlem, principalmente– en busca de emociones fuertes y ritmos prohibidos.

Sin embargo, conforme se fue extendiendo su popularidad y surgieron nuevas oportunidades de negocio, el jazz salió de la oscuridad de los bajos fondos y fue ocupando cada vez más espacio en las luminosas salas de fiesta de la alta sociedad. Pero esta transición no fue inocua. El género sufrió un proceso de “blanqueamiento”.

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Louis Amstromg

Por un lado, se desprendió de la capa de “suciedad” asociada a su origen y, como ha ocurrido a lo largo de la historia con otros estilos inicialmente demonizados, se hizo más accesible para todo tipo de oídos y sensibilidades. Por otro, en un proceso también muy habitual (recordemos la reciente polémica con Rosalía), se lo apropiaron los músicos de raza blanca.

El primer “rey del jazz” no fue Louis Armstrong o Duke Ellington, sino el hoy olvidado director de orquesta de origen anglosajón Paul Whiteman; responsable, según la Enciclopedia Británica de 1929, de “modificar el horrible ruido de los inicios del jazz”. Y el primer disco superventas de jazz no fue alguna de las grabaciones clásicas de King Oliver o Armstrong, sino Dixie Jass Band One-Step (1917), del mencionado quinteto Original Dixieland Jass Band, todos ellos blancos, quienes se autodenominaban “los creadores del jazz”.

Poco a poco, los músicos negros fueron conquistando espacios fuera de los círculos underground, posicionándose en primera línea de la escena musical de Chicago y Nueva York. Pero se daba la paradoja de que, aunque eran los artistas más cotizados de los clubes de jazz, no podían entrar como público en la mayoría de ellos. Fue el caso del célebre Cotton Club, que a pesar de estar ubicado en Harlem y alojar a los mejores músicos afroamericanos del momento, prohibía a la entrada a los negros.

Una nueva industria

Las exitosas grabaciones de la Original Dixieland Jass Band fueron la avanzadilla de un fenómeno que se consolidaría en la década de los veinte: la venta de discos. La industria musical se había expandido a principios del siglo XX gracias a la comercialización de partituras y rollos de pianola. Pero fue en esa década, con la entrada masiva de gramófonos y aparatos de radio en los hogares producto de la creciente sociedad de consumo , cuando se transformó en la floreciente industria que hoy conocemos.

La expansión del gramófono tuvo un impacto en la música a la altura de lo que ha supuesto la llegada de Internet. De repente, una actividad que durante siglos se había experimentado en sociedad, se transformó en un artículo de consumo que se podía disfrutar en soledad. El cambio no gustó a muchos. El compositor John Philip Sousa vaticinó que la “música mecánica” mataría a la verdadera música, y el crítico Orlo Williams la comparó con beber a escondidas, esnifar cocaína o masturbarse.

El desarrollo de la industria discográfica y, más adelante, de la radiofónica, supuso un enorme impulso para la difusión del jazz. Se vendieron y radiaron millones de discos en todo el mundo, propiciando que se convirtiera en la música favorita para miles de oyentes. En particular para los más jóvenes, cuyo entusiasmo generó un fenómeno fan alrededor de las bandas al nivel del que se estaba produciendo con las estrellas de Hollywood.

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Agentes de policía destruyendo barriles de alcohol en 1921 para cumplir con la ley seca.

Bailes inmorales

Gran parte del éxito de estos nuevos ritmos entre los jóvenes se debió a que eran frenéticos y provocadores, perfectos para el baile desenfrenado, la liberación sexual y la autoafirmación generacional. Danzas “animales” (así las llamaban los moralistas) como el turkey trot (“baile del pavo”), el black bottom o el lindy hop, todas de origen afroamericano, causaron furor entre los jóvenes flappers y caídes, y escandalizaron a sus conservadores progenitores (el turkey trot fue incluso condenado públicamente por el Vaticano).

Pero, sin duda, los dos bailes más representativos de esa década fueron el tango (también censurado por el Vaticano por su carga erótica) y el charlestón. El primero, gestado en los burdeles portuarios del Río de la Plata, eclosionó con inusitada fuerza en el París y Berlín de entreguerras. Se convirtió en uno de los bailes de moda de los cabarés de Montmartre y Schöneberg, y catapultó a la fama a cantantes como Carlos Gardel o a actores como Rodolfo Valentino, quien protagonizó una escena de tango en Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1921) que se hizo enormemente popular.

Pero si hay un nombre propio capaz de hacer bailar pegada a la gente ese era Carlos Gardel, responsable de que el tango se hiciera famoso en todo el mundo. Mientras, en España, ni foxtrot, ni charlestón, ni tango: en los felices 20, lo nuestro era el cuplé. ‘La violetera’ era uno de los más populares.

El charlestón, también de origen portuario y afroamericano (de Charleston, Carolina del Sur), fue el principal baile de la “era del jazz”, como bautizaría F. Scott Fitzgerald a esta década. Enérgico y extravagante, practicado con movimientos amplios de brazos y piernas, con o sin compañía, simbolizó como ningún otro baile la despreocupación, la locura y el empoderamiento femenino (la mujer no era “llevada” por un hombre) de los años veinte.

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Joséphine Baker bailando el charlestón en el Folies Bergère, París, en 1926

El baile también viajó a Europa, esta vez de la mano de la joven bailarina afroamericana Josephine Baker. Su espectáculo La revue nègre, donde bailaba el charlestón, muchas veces con el torso desnudo y una sugerente falda con bananas, causó un gran impacto en París. Su exotismo, carisma y desinhibición la convirtieron en un símbolo de la modernidad y en una de las artistas más solicitadas de la época.

También por entonces proliferaron los concursos de baile. Qué chica o chico bailaba mejor el charlestón, qué pareja lo hacía durante más tiempo. La evolución de estas competiciones sirve como metáfora del fin de la década. De los lúdicos concursos protagonizados por una juventud despreocupada se pasó, tras el crack de 1929, a los maratones de baile, en los que el objetivo de los participantes era danzar hasta la extenuación para conseguir un premio en metálico. No es casualidad que el charlestón, símbolo de los felices años veinte, pasara completamente de moda con el inicio de la Gran Depresión.

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