Tras la lente estaba Madame d’Ora …

Elsie Altmann-Loos, 1922.
ElPaís(D.Granda)/XLSemanal — Fue la primera fotógrafa de moda. Madame d’Ora sedujo a las élites de Viena, Berlín y París de los años veinte y treinta con sus retratos de mujeres desinhibidas, libres y absolutamente modernas.
Se llamaba Dora Kallmus y fue, además de pionera, transgresora, como demuestra este retrato de la actriz y bailarina vienesa Elsie Altmann, realizado en 1923. Cuando abrió su primer estudio en Viena, en 1907, muy pocos retrataban a las estrellas de la moda, la danza, el teatro o la pintura. Conectada con las tendencias vanguardistas, su técnica, con lentes que difuminaban los contornos, y su modo de capturar la individualidad de sus clientes, con poses naturales y dinámicas, en contraste con la rigidez de la época, se hicieron rápidamente populares.
Kallmus (Viena, 1881-Frohnleiten, 1963), conocida como Madame d’Ora, abrió su primer estudio de fotografía en la Wipplinger Strasse 24, un edificio en el corazón de Viena que hoy solo alberga oficinas. El primer artista en posar para ella fue Gustav Klimt. De familia judía, hija de un importante abogado del Estado, los contactos de su padre le abrieron las puertas de la capital imperial y ella las cruzó hasta convertirse en una fotógrafa imprescindible. Incluso para la aristocracia y los Habsburgo, no muy amigos de hacer negocios con los judíos, que la eligieron en 1916 para retratar la coronación como rey de Hungría del último emperador de Austria, Carlos I, por sus buenos contactos con los medios.
“No era la única mujer dedicada a la fotografía en Viena, pero sí fue la primera en imponerse con un éxito incontestable. Fue la pionera en retratar a estrellas de la danza, el teatro o la pintura como modelos, fuera de su elemento, algo que hoy es habitual en todas las revistas, y en mostrar a la aristocracia en actitudes muy poco convencionales”, explica Monika Faber, comisaria de la muestra.
Al inicio de la exposición recibe la foto de la compositora Alma Mahler. “Todo el mundo era más hermoso en las fotografías de Madame d’Ora que delante de un espejo. Todos estaban retocados, ese era su secreto. En una carta que le escribió Alma Mahler le agradece la bonita fotografía pero le pregunta: ¿puedes ponerme todavía un poco más guapa? Si miras el negativo, ves lo que sucedió: el cuello y la cintura son más delgados, están estilizados”, dice la comisaria, que ha titulado el proyecto precisamente: ¡Ponme guapa, Madame d’Ora!
Élite cultural

Coco Chanel, 1923
Hay otra foto de la mecenas vienesa. En una esquina de la sala, casi con timidez, se exhibe su retrato junto al del escritor Arthur Schnitzler. Si Mahler estuvo casada, además de con el compositor, con el arquitecto Walter Gropius y el escritor Franz Werfel y tuvo idilios con los pintores Oskar Kokoschka y Gustav Klimt, Schnitzler asistía más a sus amantes que a los ensayos de sus obras. Buena parte de esta élite cultural pasó por el estudio D’Ora.
También figuras de la cultura subterránea como la bailarina Anita Berber, de quien Dora Kallmus subrayó su condición underground fotografiándola no sólo desnuda, lo que no era particularmente escandaloso para un símbolo erótico de la República de Weimar y musa politoxicómana del pintor Otto Dix, sino vestida de monja.
En los veinte, Kallmus abandonó Viena para abrir el Atelier d’Ora en París, donde tenía a sus clientes más influyentes como fotógrafa de moda. Coco Chanel, Lanvin, Balenciaga… su estudio era una pasarela. Recibió encargos de publicaciones de toda Europa. Hasta que llegaron los nazis.
La amenaza comenzó en 1935 con la prohibición de publicar cualquier fotografía suya en Alemania. Tras la invasión de Francia, aunque se había convertido al catolicismo años antes, se vio obligada a vender el negocio y refugiarse en un pueblo de montaña al sur de Lyon. Su hermana Ana murió asesinada en un campo de exterminio. El modisto y amigo Cristóbal Balenciaga le ayudó a obtener el visado para España, pero el viaje tenía muchos riesgos y no se decidió a dejar Francia.
Tras la II Guerra Mundial su fotografía dio un giro radical. Documentó la vida precaria de los campos de refugiados en Viena y Salzburgo, donde se hacinaban prisioneros liberados de campos de concentración nazis y también alemanes expulsados de Yugoslavia y Checoslovaquia. La mujer de origen judío que había padecido el holocausto puso su cámara delante de los refugiados alemanes para denunciar su condición de víctimas. En París, cuando se acercaba a los 70 años, frecuentó los mataderos para mostrar el bestiario sangriento de las carnicerías.
Y conservó la mirada blasfema. Al escritor William Somerset Maugham, abiertamente homosexual, lo fotografió en 1955 en su villa en Cap Ferrat junto a la estatua de un obispo. Poco después hizo su último retrato, a Picasso, y en 1958, presentada por Jean Cocteau, ofició su última exposición en París donde reunió en un mismo salón imágenes de los campos de refugiados y de los animales mutilados en el matadero con sus retratos para la alta sociedad. En 1962 se retiró a su casa familiar en Estiria que había sido arianizada durante el Tercer Reich.

Josephine Baker, 1928. MADAME D’ORA
Cuando Josephine Baker llegó a Viena en 1928, el parlamento austriaco celebró un debate para decidir si esta bailarina afroamericana era una amenaza para la moralidad pública. El clero anunció que tañerían las campanas desde el momento que llegara su tren para advertir a sus feligreses sobre los peligros del “diablo hecho carne, el demonio de la inmoralidad”. Y la alcaldía acabó por suspender su función en el teatro Ronacher. Ese mismo año, Josephine Baker posó para Dora Kallmus en su estudio de París: la fotógrafa vienesa decidió retratarla en toda su belleza, toda su negritud, desnuda. Esa era Madame d’Ora. La fotografía fue portada de 1927 de Die Bühne (la revista cultural de mayor tirada de Austria) con Josephine Baker cubierta solo con unas plumas, y que encendió la polémica.

Fritzi Massary, judía y gran soprano vienesa de principios del siglo XX, fue otra de las grandes habituales del Atelier d’Ora. Tanto ella como Ida Roland y la propia Madame d’Ora sufrieron el exilio con la llegada de los nazis al poder. D’Ora pasó la guerra escondida en varios lugares del sur de Francia y perdió a casi toda su familia en el Holocausto. A partir de 1945, su estilo y sus temas cambiaron radicalmente, fotografiando supervivientes de campos de concentración y ejerciendo como fotorreportera en los años cincuenta. Tras recuperar su casa familiar, regresó a Austria, donde murió en 1963.

La gran diseñadora austriaca Emilie Louise Flöge fue, en 1909, una de las primeras divas en posar ante la lente de Madame d’Ora. Lo hizo meses después de que Gustav Klimt, su pareja, se convirtiera en el primer artista retratado por la fotógrafa. El último fue Picasso, en 1956.

Atraída por las mujeres más osadas de su tiempo, en el catálogo de Madame d’Ora no podía faltar Colette. Novelista candidata al Nobel, artista de music hall, crítica de moda y una de las primeras féminas en vestirse como los hombres, la fotógrafa vienesa la retrató en 1953, un año antes de su muerte.

D’Ora desembarcó en el París de los años veinte y treinta, hervidero de vanguardias y bohemios. También de mujeres carismáticas como la pintora polaca Tamara de Lempicka, la primera artista en alcanzar estatus de estrella, a la que retrató en repetidas ocasiones.

Hija de un judío, abogado del Estado, las conexiones de su padre le abrieron todas las puertas de Viena. Aunque su trabajo pronto habló por sí mismo. Los retratos con ropa masculina de la célebre actriz Ida Roland (foto), vienesa y judía como ella, causaron tanto impacto como sus desnudos.

Barbette, trapecista travesti que maravilló al París de los años veinte y treinta -apareció en un filme de Jean Cocteau, Man Ray lo retrató…-, conectó a la primera con Madame d’Ora. La fotógrafa vienesa realizó con él uno de sus grandes y más completos reportajes fotográficos.
Dora Kallmus quería ser fotógrafa desde niña. Criada en una familia aficionada al arte, alcanzar su sueño requirió, sin embargo, de todo su empeño en tiempos en que ver a una mujer detrás de una cámara era una auténtica herejía social. Le tocó, por tanto, derribar barreras.

Madamme d´Ora con su perro Penny en 1925
Es lo que hizo hasta conseguir abrir, con 26 años, el Atelier d’Ora en la Viena de 1907. Pocos meses después el pintor Gustav Klimt cruzó sus puertas, Dora -ya Madame d’Ora- le hizo un retrato, y su estudio se convirtió en gran referencia en la capital imperial. Grandes de la moda, artistas, aristócratas, burgueses, políticos y el propio emperador -en 1916 fotografió la coronación de Carlos I, último emperador de Austria, y retrató a toda la familia imperial- contrataron sus servicios durante dos décadas.
A partir de 1920, cuando las fotografías de moda comenzaron a reemplazar a las ilustraciones en las revistas, su aura y su fama la convirtieron en un mito que dejó especial impronta en sus retratos a mujeres, quienes parecían desinhibirse ante su lente. Quizá seducidas por pensamientos como este, revelado en 1930 a una publicación alemana: «Puedes ponerte cualquier cosa porque eres hermosa, pero cualquier cosa que te pongas desmerecerá ante tu belleza». Su leyenda, en todo caso, se agigantó a partir de 1927, tras trasladar su estudio a París y retratar allí a las grandes divas de la época. Hasta que llegó la guerra. Perseguida por judía, aquello cambió por completo su visión del mundo… y de la fotografía.
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