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Sexo, prostitutas, poligamia y tración a través del tiempo…


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De Alejandro Magno a Ramsés III: 5 ocasiones en las que la poligamia y la traición cambiaron la historia

lavozdigital.es(M.Villatoro)  —  Muertes y traición. Al observar con detenimiento la historia, es posible comprobar que estas dos características son las que más se repiten durante siglos.

Y es que, parece mucho más fácil recurrir a la sangre y al cuchillo que a la diplomacia para solucionar los problemas entre familiares. Y si no, que se lo digan a personajes tan conocidos como Cleopatra o Alejandro Magno, los cuales ascendieron al trono en extrañas circunstancias (y, según se sospecha, gracias al uso de la daga contra sus parientes).

1-Cleopatra

Cleopatra, reina de Egipto y conquistadora de corazones, es famosa por su belleza y por su gran capacidad política. Sin embargo, lo que menos se conoce de ella es que ascendió al trono gracias a una serie de fortuitas muertes de varios de sus familiares.

Y es que, estaba determinado que, tras el fallecimiento de su padre, el trono recaería en su hermano menor Ptolomeo XIII o, en caso de que a este le sucediese alguna desgracia, en manos de su también hermano Ptolomeo XIV.

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La situación no terminaba en ese punto, pues –como era tradición- Cleopatra estaba destinada a casarse con Ptolomeo XIII (algo usual entre la realeza de la época).

No obstante, parece que este plan no gustó demasiado a la futura reina quien, tras fallecer su padre, se alió con Julio César para retomar el trono y dárselo a Ptolomeo XIV. Una lucha fratricida.

Sin embargo, la jugada salió a pedir de boca para la noble de la nariz respingona pues, tras derrocar al primer hermano, el segundo falleció en extrañas circunstancias.

Todo terminó siendo todavía mejor para Cleopatra ya que, en el año 41 A.C., murió también Arsione IV (otra hermana que le podría haber causado algún que otro quebradero de cabeza).

«Era algo normal en la época. No es raro encontrar a un miembro de la dinastía Ptolomeo que, a lo largo de los años, no liquidase a un familiar o dos», explica el historiador Stacy Schiff en su libro «Cleopatra» (editado por «Little, Brown and Company» en 2010).

2-Alejandro Magno

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La vida de Alejandro Magno estuvo marcada por las intrigas familiares. Estas comenzaron con su padre, Filipo II de Macedonia.

Y es que, el monarca contaba nada menos que con unas siete esposas, con varias de las cuales había tenido hijos (todos ellos, ansiosos de hacerse con el trono una vez que el monarca se marchase al otro barrio).

Entre aquellas mujeres se encontraba Olimpia, madre del propio Alejandro.

Rodeado de tanta gente ansiosa por sentarse en su trono, no es raro que, cuando Filipo murió en el año 336 A.C., muchos hablaran de asesinato.

A día de hoy no se ha esclarecido lo que sucedió, pero lo cierto es que se han barajado varias teorías.

Entre ellas, la que afirma que su muerte fue urdida por un antiguo guardaespaldas con el que había mantenido una relación homosexual en su juventud y que acabó con su vida por despecho.

Fuera como fuese, lo cierto es que Alejandro tomó rápidamente el poder acabando con todo aquel familiar que quisiera hacerle levantar sus posaderas del trono.

3-Ramsés III

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Si por algo se han hecho famosos los faraones es por contar con un harén formado por decenas de esposas.

Una práctica que, seguramente, les parecía enriquecedora… hasta que la situación se tensaba. Ramsés III (faraón de Egipto desde el año 1186 A.C. hasta aproximadamente el 1156 A.C.) tuvo que aprender esta lección por las malas y de manos de una de sus múltiples esposas llamada Tiye.

Y es que, según parece, esta mujer urdió un plan para cortar el cuello al gobernante y lograr así que su hijo subiese al trono.

Junto a ella hubo –presuntamente- decenas de conspiradores más que la ayudaron a perpetrar el asesinato. Aunque a día de hoy se desconoce si logró su meta o no, lo cierto es que los arqueólogos desvelaron en 2012 que la momia de Ramses tenía evidencias de haber sufrido durante la muerte.

Los expertos barajan varias posibilidades, entre ellas que fuera asfixiado (pues tiene los pulmones demasiado inflados), que fuese enterrado vivo o que fuese degollado.

4-Wanli

Según afirma un artículo publicado por el «New York Times», el caso de Wanli es uno de los más extraños de la Historia. Como emperador chino del siglo XIV que era, este noble contaba con dos esposas oficiales y un gran número de concubinas.

Entre sus favoritas se encontraba la «señora» Zheng, con quien tuvo dos hijos. El menor era el preferido del asiático, que decidió que sería quien le sucedería una vez que falleciese.

La idea, sin embargo, no gustó demasiado a sus nobles, que le obligaron a declarar a su primer hijo como heredero.

Desde ese momento parece que Wanli se volvió «pasivo-agresivo», pues empezó a abandonar sus responsabilidades de gobierno (algo que nunca había hecho).

Así pues, en los siguientes lustros dejó de acudir a las reuniones políticas y desatendió sus deberes reales. Muchos historiadores le atribuyen, por ello, el desmoronamiento de la dinastía Ming.

5-Enrique VIII

El caso de Enrique VIII es uno de los más llamativos de la Historia. Y es que, este monarca inglés del S.XVI se casó seis veces en sus repetidos intentos por lograr un heredero varón. Su periplo comenzó cuando el segundo de los Tudor contrajo nupcias con Catalina de Aragón, la viuda de su hermano.

Todo parecía ir bien entre ambos hasta que, en 1520, el monarca conoció a Ana Bolena. Cautivado por ella, solicitó a la Iglesia la separación para casarse con ella.

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Digamos que esa proposición no gustó demasiado a los católicos, por lo que Enrique decidió separarse de ellos, formar su propia Iglesia (la anglicana) y nombrarse máximo responsable de la misma.

Una de sus primeras medidas fue la de aprobar el divorcio, lo que hizo que pudiera separarse de Catalina y casarse con Ana Bolena.

Parecía que todo le había ido bien, pero su nueva esposa tampoco consiguió darle un hijo varón, por lo que la acusó de adulterio, traición y la mandó ajusticiar.

Enrique se casó cuatro veces más y el resto de sus esposas no tuvo mejor suerte. Tampoco le sonrió la fortuna al monarca, obsesionada cuyo único descendiente varón murió cuando era un adolescente.

La dura vida de las prostitutas en el gigantesco burdel de Valencia durante la Edad Media

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Un mal necesario mediante el que controlar los impulsos más primarios de jóvenes ansiosos y evitar que ejercieran la violencia contra las «mujeres honradas» (como eran conocidas por entonces las damas que no vendían su cuerpo por dinero).

Esta era la función principal que tenían los prostíbulos para aquella primitiva España previa a los Reyes Católicos.

Una idea que ya había expuesto mucho antes San Agustín mediante una sencilla -y cruel- comparación: «Quita las cloacas en el palacio y lo llenarás de hedor; quita las prostitutas del mundo y lo llenarás de sodomía». Quizá por ello ciudades destacadas fundaron sus propias mancebías a partir del siglo XIII.

Aunque también por la necesidad de apartar a las meretrices de las calles más concurridas y ubicarlas en zonas menos transitadas.

Sevilla, Barcelona… Las urbes que fundaron prostíbulos dentro de sus muros durante la Edad Media fueron muchas. Sin embargo, hubo una cuyo lupanar llegó a ser conocido en toda Europa durante los más de tres siglos que estuvo activo: Valencia.

Además de contar con un tamaño considerable (agrupó -según algunas fuentes- hasta dos centenares de meretrices en sus mejores años) solía recibir los halagos de las decenas y decenas de clientes que atravesaban cada día su puerta. Esta continua clientela convirtió a la mancebía (proyectada por el rey Jaime II en 1325) en una de las mayores atracciones de la ciudad.

Así fue hasta que cerró sus puertas entre 1651, cuando se ordenó a las mujeres abandonar el lugar, y 1671, año en que la última meretriz salió del lupanar.

Mal menor

El origen de la prostitución legalizada hay que buscarlo a mediados del siglo XIV. La medida buscaba controlar un oficio que la sociedad y las instituciones medievales consideraban impuro y encerrar entre sus muros a las mujeres de vida airada para alejarlas de las calles.

Una idea que corrobora, por ejemplo, una ordenanza murciana de 1444, año en que la urbe fundó su mancebía: «Mandamos que todas las malas mujeres rameras […] salgan de la ciudad de entre las buenas mujeres e se vayan al burdel».

Aunque lo que llevó a estamentos como el religioso a aceptar la prostitución no fue solo eso, sino también la necesidad de controlar los impulsos de los jóvenes más alocados. Así, las meretrices ejercían un rol social al canalizar la violencia sexual para que no se ejerciese contra las mujeres honradas.

Bajo estas premisas nació la prostitución pública (llamada así por ser legal, y no por estar sufragada por el Estado) en torno a la figura del burdel. Mes va, año viene, diferentes ciudades inauguraron sus mancebías tras expulsar de las calles y tabernas a las prostitutas. Sevilla en 1337, Murcia en 1444 o Barcelona en 1448 son solo algunos ejemplos.

A la par, brotó a su vez la prostitución clandestina. Aquella que estaba al margen de la ley, que era perseguida por la justicia a golpe de sanción económica o azotes y que fue protagonizada por otras muchas meretrices que se negaron a dejar sus antiguas zonas de trabajo. Sobre estos mimbres se elevaría el prostíbulo más grande de Europa: el inaugurado en Valencia.

Nace el burdel

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El origen del gigantesco burdel hay que hallarlo en la reconquista de la urbe.

Fue en aquellos años en los que, tras ganar la capital al Islam, la prostitución arribó a la ciudad del Cid.

Las meretrices ejercieron su labor en calles, posadas y hostales hasta el siglo XIV.

Concretamente hasta 1321, en palabras del historiador del XIX Manuel Carboneres. Ese fue el año en el que el rey Jaime II hizo público un documento considerado hoy como uno de los primeros testimonios de la existencia de este lupanar.

En el texto, el monarca afirmaba «que ninguna mujer pecadora se atreva a bailar fuera del lugar que ya tiene habilitado para estar».

Esta fecha, no obstante, es la menos popular entre los historiadores. La mayoría de los autores afirman que la primera referencia al burdel se dio algunos años después, cuando Jaime II ordenó que las mujeres públicas se abstuvieran de ejercer su profesión en las calles de la ciudad.

Más allá de estas pequeñas diferencias temporales, lo que está claro es que a principios del siglo XIV ya se había habilitado un burdel para las prostitutas de la zona cerca de «las partidas ó barrios, como diríamos ahora, de Roteros, Moreria y la Pobla».

Poco a poco, el burdel de Valencia fue adquiriendo unas características propias que le diferenciaban del resto de edificios similares. Entre ellas, contar con su propio ambiente al estar alejado del centro urbano.

A nivel práctico, estaba organizado como una pequeña comunidad dirigida por un Regente. Y así se mantuvo durante más de tres siglos; años en los que terminó siendo conocido como uno de los prostíbulos más grandes de toda la Europa medieval.

Licencia para prostituirse

Durante los siglos que estuvo activo, el burdel de Valencia vio pasar decenas de mujeres públicas. A día de hoy es difícil establecer cuál fue el número máximo de meretrices que albergó el prostíbulo entre sus muros, aunque la mayoría de autores coinciden en que vivió sus mejores momentos a finales del siglo XV.

En este sentido, un viajero afirmó en 1501 que contó «entre 200 y 300» trabajadoras asentadas en el lupanar. Las cifras parecen exageradas, pues la mayoría de los registros hacen referencia a la presencia de hasta un centenar.

Lo que sí está claro es que no provenían solo de dicha urbe, sino que acudían de todos los puntos de la Península. Tal era la cantidad de ciudades de las que llegaban, que nuestras protagonistas eran conocidas por su lugar de procedencia («la aragonesa» o «la de Murcia», por ejemplo).

Otro tanto sucedía con las religiones que profesaban las prostitutas. Como en el burdel las relaciones entre personas con diferentes creencias estaban prohibidas, era necesario contar con musulmanas, judías y cristianas.

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Podría parecer por el considerable número de prostitutas que las mujeres tan solo debían llegar al burdel y ponerse a trabajar, pero nada más lejos de la realidad.

Por el contrario, toda aquella dama que quisiera vender su cuerpo debía solicitar una licencia al Justicia Criminal (un cargo foral) y sumar más de 20 primaveras a sus espaldas.

La molestia les resultaba provechosa a nivel económico pues, con el paso de los años, las meretrices ubicadas en este lupanar llegaron a cobrar hasta el doble que el resto de sus compañeras.

A nivel práctico, las prostitutas trabajaban durante una buena parte del día. Su horario no estaba establecido, aunque sí fue limitado en momentos concretos para conseguir que todas las horas del día quedasen cubiertas. El momento predilecto de los clientes era al atardecer, cuando terminaba su dura jornada de trabajo.

Por descontado, también influían en sus turnos eventos masivos como ferias o mercados, los cuales solían atraer a cientos de viajeros hasta Valencia.

Santificar las fiestas

El burdel de Valencia permanecía abierto durante casi todo el año. Tan sólo había unas pocas excepciones en las que cerraba sus puertas, y la mayoría se correspondían con fiestas religiosas. Las más destacadas eran las jornadas de Semana Santa.

Esos días, las mujeres públicas dejaban a un lado el trabajo y eran internadas en algún centro religioso, habitualmente el Convento de las Arrepentidas de San Gregorio. Allí eran encerradas a cuenta de la propia ciudad, que sufragaba sus gastos.

Aquellas jornadas eran más que curiosas. Mediante continuas charlas y oraciones se buscaba que las prostitutas renunciaran a su trabajo y volviesen al recto camino del Señor. Los conferenciantes les ofrecían incluso ayuda para encontrar marido y les prometían otorgarles una gran dote si pasaban por el altar (dinero que pagaba también la ciudad).

A pesar de que eran muy pocas las que dejaban la prostitución, el retiro espiritual provocaba severos dolores de cabeza entre los rufianes, los «chulos» de la época, quienes trataban por todos los medios de boicotearlos para no perder su fuente de ingresos.

Además de Semana Santa y de otras fiestas de similar importancia como las de la virginidad de María, las autoridades prohibían a las prostitutas trabajar antes de la misa de los domingos.

Saltarse esta norma era algo muy grave. Años más tarde la ley se hizo todavía más severa y los Jurados de Valencia acordaron imponer una sanción de 20 sueldos a las mujeres del burdel si almorzaban antes de escuchar misa.

Organización

Intramuros, el burdel no era un edificio como tal, sino que estaba formado por varias calles alrededor de las cuales se levantaban diferentes hostales (unos 15 en las mejores épocas del lupanar) y multitud de casas.

Las prostitutas que recibían la licencia del Justicia Criminal podían alquilar una habitación en la hospedería o, directamente, una de las viviendas. En ambos casos sus caseros eran los llamados hostaleros, los mandamases en la sombra de la mancebía.

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Disponer de una de estas casitas era la mejor opción para las prostitutas, pues les permitía tener una mayor autonomía y alejarse un poco de las miradas de los hostaleros.

Eran viviendas de un solo piso y pequeñas, pero las crónicas afirman que sus inquilinas se esforzaban mucho para mantenerlas limpias y cuidadas.

Así, era habitual que adornaran las fachadas con flores y los jardines con arbustos aromáticos.

Con todo, las meretrices seguían dependiendo de los hostaleros, los verdaderos caciques del burdel de Valencia.

Estos mandamases se encargaban de contratar a las meretrices; pactar con ellas un sueldo; interceder ante el Justicia Criminal para que las nuevas trabajadoras recibieran la licencia de mujeres públicas y atender a las damas en el día a día (especialmente cuando se ponían enfermas y no podían vender su cuerpo).

Por si fuera poco, también hacían de prestamistas y dejaban dinero a las chicas para que adquirieran desde joyas, hasta vestidos. Ninguna de ellas podía abandonar el lupanar hasta que liquidara todas sus deudas. En la práctica las tenían atrapadas.

Criminalidad

La bebida y el jolgorio eran unos ingredientes perfectos para favorecer las relaciones sexuales. Sin embargo, solían derivar también en todo tipo de trifulcas entre clientes. Era entonces cuando entraban en acción los guardias del burdel.

La medida más eficaz para evitar estas controversias consistía en prohibir la entrada a todo aquel que causase problemas. Así lo atestigua la sentencia del Justicia Criminal de 1553 sobre un alborotador llamado Miguel Joan Scals al que se le exigió permanecer alejado del lupanar «sot pena de correr la ciutat ab açots y de vint y cinch dies de presó».

Estos no eran los únicos problemas que se daban en el lupanar. Además, eran habituales los robos a prostitutas, pues las joyas y los vestidos eran bienes muy golosos para los pícaros. Con todo, el que solo hubiera una salida en el burdel facilitaba la rápida identificación de los criminales y su captura.

En este caso, así como en el resto, la figura que se ocupaba de aplicar la ley era el Regente. Un personaje que, además, controlaba que la prohibición de introducir armas se cumpliera e informaba al Justicia Criminal de las sanciones contra los culpables.

Clausura

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El burdel de Valencia funcionó a pleno rendimiento durante décadas. Sin embargo, a mediados del siglo XVI empezó una lenta pero inexorable decadencia que culminó en 1651.

El mismo año en el que Fray Pedro de Urbina (Arzobispo y Virrey de la ciudad) ordenó que las mujeres de malvivir abandonaran su trabajo y pasaran «a servir, o estar en sus casas» so pena de ser expulsadas de la ciudad en un plazo de diez días.

Al religioso le costó algo más de lo que pensaba acabar con las meretrices, pues no fue hasta 1671 cuando las pocas que quedaban fueron retiradas a un convento. Así recoge Carboneres este momento en su minuciosa obra sobre el burdel.

«El de Valencia, que según parece estaba protegido por personas de gran influencia, fue de los burdeles que más se resistieron; ya le habían abandonado sus habituales inquilinas, con su cortejo de Celestinas, a quienes las autoridades obligaron a buscar otro refugio, y todavía resistían en dicho local siete mujeres, fundandose en que no tenían sitio en donde albergarse.

En esta ocasión el jesuita valenciano P. Catalá diligenció que dichas mujeres fuesen conducidas al monasterio de San Gregorio de esta ciudad, en donde pasó él mismo á convertirlas, lo que consiguió con tan gran éxito, que según asegura el bibliógrafo Rodríguez, que pudo ser testigo de estos sucesos, aquellas siete pecadoras se convirtieron en siete ángeles».

El autor decimonónico señala que no fue una buena idea clausurar el burdel, pues provocó que las mujeres se «desparramaran» por las calles:

«¡En los pocos días que estuvieron en Madrid las tropas del archiduque Carlos, el rival de Felipe V, dejaron en los hospitales más de 2.000 hombres atacados del mal venéreo! ¡Prueba grande de que no basta quitar un vicio por medio de un decreto, cuando, como el presente, está fundado en nuestra flaca naturaleza!».

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