Fabergé y los huevos de Pascua de los Romanov …

rusalia.com/LaVanguardia(J.Martín) — Regalar huevos decorados por Pascua, la mayor fiesta del calendario ortodoxo, es una tradición centenaria entre los rusos. Los dos últimos zares, Alejandro III y Nicolás II, la siguieron, pero a su exorbitante manera: con huevos, muchos de ellos con sorpresa en el interior, manufacturados por la casa Fabergé. Piezas de diminuto tamaño que se encuentran entre los objetos de arte más costosos jamás elaborados. No solo por el valor de gemas y metales preciosos, sino por el laborioso trabajo (a veces de más de un año) que requerían de joyeros, miniaturistas, escultores, grabadores, relojeros o expertos en automatismo.
Entre las más altas esferas de la sociedad de San Petersburgo se desarrolló la costumbre de presentar los regalos de Pascua adornados con joyas. De esta manera el emperador Alejandro III tuvo la idea de encargar la creación de un nuevo de Pascua especial como una sorpresa para la emperatriz. Así nació el primer huevo de Pascua imperial en 1885.
Este primer huevo era totalmente blanco por fuera, como un huevo de gallina, pero en su interior contenía una yema de oro y esta, a su vez, se abría para para extraer una gallina de oro, que en su interior contenía diminutas joyas de la corona imperial que por desgracia se han perdido.
Con la ejecución de la última familia imperial en 1918, estas joyas se recubrieron de una inevitable capa de malditismo, y muchas iniciaron un misterioso viaje hacia insospechados puntos del globo. Material perfecto para despertar un detectivesco fenómeno fan en la era de Internet, con cientos de páginas web dedicadas a la especulación.
Cualquier pesquisa debe iniciarse con un examen del escenario. San Petersburgo, finales del siglo XIX. La ciudad más brillante del mundo. La nobleza rusa había desarrollado una obsesión por las piedras preciosas sin parangón en ninguna otra corte europea. El contenido de los joyeros ajenos era el cotilleo favorito. Los embajadores extranjeros quedaban deslumbrados –literalmente– cada vez que asistían a un baile.
El regalo le gustó tanto a la emperatriz que su esposo decidió encargarle a Fabergé un huevo nuevo cada año, con una única condición: que el huevo contuviera dentro una sorpresa
La zarina, por supuesto, estaba en la cima: Alexandra era famosa por no dar un respiro a sus joyas ni cuando descansaba con su familia en el yate Standart. Los joyeros rusos a veces no daban abasto a la demanda y se debía recurrir a talleres extranjeros.
San Petersburgo, por tanto, era la ciudad idónea en que abrir un taller de joyería. Y así lo hicieron los Fabergé, descendientes de hugonotes franceses que en el siglo XVII huyeron de la persecución religiosa en su país.

Peter Carl Fabergé.
El protagonista de nuestra historia es Peter Carl Fabergé (San Petersburgo, 1846-Lausana, 1920), que tomó las riendas del taller en 1872. Diez años después sus creaciones eran la sensación de la Exposición Artística e Industrial celebrada en Moscú, y las puertas de los Romanov se abrían de par en par al estilo Fabergé.
Dejemos que el propio Peter Carl defina su sello: “Usted puede comprar un collar ya manufacturado y valorado en un millón y medio de rublos en Tiffany o Cartier… pero ellos son comerciantes, no artesanos. Yo tengo poco interés en una pieza de alto valor solo por el enorme número de perlas y diamantes que contiene”.
Para su clientela Fabergé era inventiva, sorpresa y, ante todo, técnica deslumbrante. Solo los bolsillos más abultados y entrenados podían apreciar que una pieza de caro oro estuviera recubierta de barato esmalte. Eso sí, con un acabado espectacular y de un color exclusivo, inventado por el propio Fabergé.

Dos de las delicadas obras de Fabergé.
Sorpresa
Los huevos imperiales fueron la cima del estilo Fabergé. Alejandro III regaló el primero a su esposa María en la Pascua de 1885 y lo siguió haciendo hasta su muerte nueve años después. Su hijo, Nicolás II, heredó la tradición por duplicado: obsequió con una pieza tanto a su esposa, Alexandra, como a su madre, María, hasta 1916.
El quid de estos caprichos era que la cáscara, en la mayoría de los casos, ocultaba una sorpresa, generalmente ligada a la vida de la familia imperial: una reproducción del palacio Gatchina (el favorito de Alejandro III) o pinturas del refugio de Abastumani (lugar favorito de caza de los Romanov en el Cáucaso).
Las sorpresas más celebradas hoy son las que involucran algún automatismo: tras pulsar un botón, un pájaro cantor emerge de las ramas de un árbol o un cisne se desliza sobre una pulida superficie de piedra aguamarina. Todo en un tamaño minúsculo. Con la tecnología de la época, uno puede imaginarse horas y horas de piruetas con pinzas y lupas.
La colaboración entre Fabergé y los Romanov está considerada la cúspide del lujo. O del derroche, según se mire. De los talleres de Peter Carl no solo salieron huevos, sino pitilleras, jarras, bandejas o mangos de paraguas que convertían la vida doméstica de la familia imperial en una recreación de la leyenda del rey Midas. La fama del joyero recorrió medio mundo y su empresa, con 500 empleados, se convirtió en una de las mayores de Rusia. De hecho, el país estuvo representado por Fabergé en la Exposición Universal de París de 1900.
Los huevos imperiales no poseerían ni la mitad de la fama de que gozan hoy si el cuento de hadas no hubiera terminado en tragedia. Nicolás y su familia fueron fusilados en 1918 y sus bienes confiscados. Peter Carl Fabergé, la persona menos indicada para ocultar simpatías zaristas, escapó por los pelos y murió en Suiza. Sus talleres de San Petersburgo fueron clausurados.

La apertura de este Fabergé revela una pequeña y minuciosa reproducción del palacio de Gatchina.
Durante el resto del siglo XX, el apellido sobrevivió a través de multinacionales y licencias. Cuando un coleccionista hablaba de una pieza de la firma se refería, con toda probabilidad, a una de las 150.000 fabricadas en vida de Peter Carl, no después. En 2007 se creó Fabergé Limited, empresa que ha recuperado el control de la marca y que se ha comprometido a resucitar la exclusividad de antaño.
Destinos finales
Estos huevos conmemoraban hechos importantes en la vida y el gobierno de la familia Románov. Era tan complicado hacerlos que su elaboración podía llevar 1 año con un equipo de artesanos altamente cualificados y que debían guardar el mayor secreto sobre el contenido de los huevos.
Alejandro III regaló un huevo cada año a su esposa la emperatriz María Fiódorovna. Cuando Alejandro III murió la tradición fue continuada, desde 1895, por su hijo Nicolás II que presentaba un huevo al año tanto a su esposa, la emperatriz Alexandra Fiódorovna, como a su madre, la emperatriz viuda María Fiódorovna.
La tradición de los huevos imperiales acabó en 1917 con la Revolución Rusa y el asesinato de toda la familia Románov.
Después de la Revolución Rusa, los bolcheviques nacionalizaron la Casa de Fabergé, y la familia Fabergé huyó a Suiza, donde Peter Carl Fabergé murió en 1920. Los palacios fueron saqueados y sus tesoros se trasladaron a la Armería del Kremlin por orden de Vladimir Lenin.
En un intento por adquirir más divisas, Joseph Stalin vendió muchos de los huevos en 1927. A partir de la Segunda Guerra Mundial comenzaron a subastarse por diferentes lugares fuera de la Unión Soviética.
El caos revolucionario, el saqueo de propiedades y archivos, puso en marcha la maquinaria de los misterios. ¿Cuántos huevos imperiales se manufacturaron? Según la aritmética, Fabergé debió de entregar a los Romanov 54 huevos, más otros dos, los de 1917, que quedaron por terminar y aún se conservan.

Uno de los huevos desaparecidos tras la Revolución Rusa.
El recuento más fiable, efectuado por la casa de subastas Sotheby’s hace una década, concluía que en realidad Fabergé elaboró 50, pues algunos años (quizá durante la guerra ruso-japonesa de 1904-05) los zares se saltaron la tradición. De la cincuentena, ocho están en paradero desconocido, o quizá no estén en paradero alguno y fueran destruidos durante la ocupación de los palacios imperiales.
María, la madre de Nicolás II, pudo exiliarse, pero solo se llevó un huevo en su equipaje, que heredó su hija Xenia y después compró Malcolm Forbes, el editor de la revista estadounidense que lleva su apellido. El resto de piezas fueron almacenadas en el Kremlin y, entre los años veinte y treinta, Stalin las vendió a coleccionistas occidentales. Todas menos diez, que se quedaron en el Museo del Kremlin y que aún hoy conforman la mayor colección de huevos imperiales.
Quizá estaba inspirado en uno de marfil fabricado en Francia y en posesión del rey danés Christian IX, padre de María Fedorovna. La pieza de Fabergé, de 6,4 cm y elaborada básicamente en oro, estaba diseñada como una matrioshka, el conjunto de muñecas rusas contenidas unas dentro de otras. Del huevo salía una yema que, a su vez, albergaba una gallina sentada en un nido de paja. El ave escondía en su interior una sorpresa hoy perdida: una réplica de la corona imperial en miniatura de la que colgaba un rubí en forma de huevo.

El huevo de la Coronación Imperial es uno de los más elegantes de todos los Fabergé.
Con sus 12,7 cm de altura, es, sí, el más exquisito y el que ejemplifica a la perfección el fasto y el drama de los últimos Romanov. Conmemora la coronación de Nicolás y Alexandra, celebrada un año antes en Moscú y que culminó en tragedia: alrededor de 1.300 personas fallecieron en los disturbios alrededor de los puestos de comida y bebida gratuitas con que el zar obsequió a su pueblo. Esa noche Nicolás II se saltó el duelo –por razones diplomáticas, clamaba la corte– y acudió a un baile en la embajada francesa.
La sorpresa del huevo es una réplica exacta y articulada del carruaje –fabricado para Catalina la Grande– con que Alexandra acudió a la catedral Uspensky para la entronización. La factura de esta pieza llevó quince meses de trabajo. Varios elementos se han perdido: un diamante en forma de huevo que pendía del techo interior y una caja de jadeíta para exhibir el carruaje.

Huevo de Fabergé que conmemora los 15 años de la coronación de Nicolás II.
Esta pieza, de 13,2 cm, conmemoraba los 15 años transcurridos desde la coronación. Fabergé contó con la colaboración del miniaturista Vasilii Zuiev para decorar el huevo con seis retratos ovales (el zar, la zarina, las grandes duquesas Olga, Tatiana y Anastasia y el zarévich Alexéi) y nueve escenas del mandato de Nicolás.
Tres estaban relacionadas con la coronación: la procesión previa, la coronación misma y la posterior recepción. Cuatro retrataban inauguraciones: la del puente de Alejandro III en París, la del monumento a los 200 años de la batalla de Poltava, la del Museo de Alejandro III en San Petersburgo y la de la estatua ecuestre de Pedro el Grande en Riga. Las dos restantes ilustraban el traslado de los restos de san Serafín a la catedral de Sarov y la conferencia de paz celebrada en 1899 en La Haya a instancias del zar.
El Museo Fabergé de San Petersburgo: mucho más que huevos de Pascua

Se trata de un museo bastante reciente (se inauguró en 2013). El caso es que suele sorprender gratamente a todos aquellos que lo visitan.
Se encuentra en pleno centro de San Petersburgo, en el canal Fontanka, muy cerca de la avenida Nevsky, es un museo privado, que alberga algunos de los famosos huevos Fabergé, los huevos de Pascua más caros del mundo, unas extraordinarias piezas de la orfebrería rusa de los siglos XIX y primeras décadas del XX.
Pero el Museo Fabergé no solo alberga huevos, sino que el recorrido por el museo incluye más de 4.000 obras artísticas de diferente procedencia, también de los siglos anteriores a los huevos.
El primer huevo era totalmente blanco por fuera, como un huevo de gallina, pero en su interior contenía una yema de oro y esta, a su vez, se abría para para extraer una gallina de oro, que en su interior contenía diminutas joyas de la corona imperial que por desgracia se han perdido.

Existen catalogados 69 huevos, creados entre 1885 y 1917 (año de la Revolución Rusa), de los cuales 8 están desaparecidos. De los 69 huevos, 52 fueron encargados por la familia imperial, motivo por el cual reciben el nombre de huevos imperiales.
Actualmente 10 huevos imperiales se encuentran en la Armería del Kremlin y 9 en el Museo Fabergé de San Petersburgo. 5 huevos se encuentran en el Museo de Bellas Artes de Virginia (Estados Unidos). Como curiosidad, la reina de Inglaterra posee tres de los huevos imperiales. El resto se encuentran repartidos en diversos museos y colecciones privadas.
En pleno siglo XX el precio que alcanzaron los huevos de Fabergé empezó a ser astronómico Algunos de los huevos Fabergé podrían ser valorados en 30 millones de euros la pieza en nuestros días.

Hace unos años apareció en Estados Unidos uno de estos huevos desaparecidos. Un chatarrero compró el huevo en un mercadillo de objetos de segunda mano en un pueblo del Midwest de Estados Unidos por 13.300 dólares, con la intención de sacarse un buen dinero con la fundición del metal. Nadie le compró la pieza, al pensar que estaba sobrevalorada, y el chatarrero dejó la pieza durante años en su casa, mientras pensaba qué hacer con ella.
Un día de 2012 buscó en Google «huevo» y «Vacheron Constantin», el nombre del reloj que hay en el interior, y acabó descubriendo que tenía en su poder una obra maestra valorada en 20 millones de libras.
El Museo Fabergé

El Museo Fabergé, de propiedad privada, se inauguró el 19 de noviembre de 2013 en el Palacio Shuvalov a cargo de la Fundación Link of Times, entidad de carácter histórico y cultural, creada por el multimillonario ruso Viktor Vekselberg.
Malcolm Forbes, el multimillonario y editor de la revista Forbes, consiguió reunir a lo largo de su vida (1919-1990) la mayor colección de huevos Fabergé: nueve huevos, y aproximadamente otros 180 objetos de Fabergé. Sus herederos iban a subastar la colección en febrero de 2004. Sin embargo, antes de que comenzara la subasta, la colección fue comprada en su totalidad por Viktor Vekselberg.
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En un documental de 2013 de la BBC, Vekselberg reveló que había gastado poco más de 100 millones de dólares en la compra de los nueve huevos Fabergé. Afirma nunca haberlos exhibido en su casa, diciendo que los adquirió por su importancia para la historia y la cultura rusa, y porque cree que son el mejor arte de joyería en el mundo
Además, adquirió joyas Fabergé de otros propietarios y rastreó piezas por Europa, Asia y América. En total, compró más de 4.000 artículos de calidad, de la Casa Fabergé o de otras colecciones, que pertenecieron, originariamente y muy a menudo, a cortes reales europeas.
El Palacio Shuvalov, sede del museo
El Museo Fabergé se encuentra en el Palacio Shuvalov, con una ubicación muy céntrica (Terraplén del río Fontana, 21). Se sitúa al lado de la arteria más famosa de San Petersburgo, la avenida Nevsky, muy cerca del puente Anichkov y en la orilla del río Fontanka (o más bien canal), enfrente de la Biblioteca Nacional Rusa, la segunda en importancia del país después de la Biblioteca Estatal ubicada en Moscú.

De las 4.000 piezas que alberga el museo, unas 1.500 son de la casa Fabergé, que hacen que el Museo Fabergé albergue la mejor colección de obras Fabergé del mundo. Entre estas 1.500 piezas destacan los 9 huevos imperiales y los 6 huevos no imperiales.
Toda la colección se puede ver en 10 salas, que se encuentran en el piso superior. Algunas de las salas tienen nombres de colores y destacan por sus tonalidades acordes: la roja, la azul, la dorada, o la blanca y azul.
La sala roja está dedicada a la plata rusa, la dorada a los regalos de los zares mayoritariamente, mientras que hay otros espacios más centrados en la porcelana, los esmaltes, la vajilla e, incluso, la pintura, esculturas de piedra, pitilleras o iconos rusos.

Pero, la “joya de la corona” es, sin lugar a dudas, la sala azul, la que nos presenta los huevos de Pascua imperiales, sobre todo regalos de los zares a sus esposas y emperatrices, o a su madre, María y Alexandra Fiódrovna, cada uno con su propia historia, nombre y características.

Algunos de los huevos de Pascua más importantes expuestos son:
- El primer huevo de Gallina (1885), del cual ya te he hablado anteriormente.
- El huevo de la Resurrección (1890). Hecho con cristal de roca, representa a Jesús saliendo de la tumba. Se ha especulado que fuera la sorpresa perdida del huevo del Renacimiento.

El huevo del Renacimiento (1894). Huevo de ágata con joyas que incluyen diamantes. Horizontalmente tumbado, se perdió la sorpresa que albergaba en su interior.

El huevo de Rosebud (1895). De estilo neoclásico, se abre como un bombón. Decorado con los símbolos del amor y los lazos del matrimonio.

El huevo de la Coronación Imperial (1897). De oro con esmalte translúcido de color amarillo. Lleva como secreto el carro de coronación de Nicolás II y su esposa

El huevo de los Lirios del Valle (1898). Estilo art noveau con las flores favoritas de Alexandra Fiórodovna. Incorpora arriba los retratos en miniatura del emperador y sus dos hijas mayores.

El huevo de Gallina Kelch (1900). Encargado por el multimillonario Alexander Kelch a su esposa Bárbara. Esmalte rubí dorado con banda de diamantes brillantes. La sorpresa principal es una bonita gallina.

El huevo de la Duquesa de Marlborough (1902). Es de los más grandes. Inspirado en un reloj de Luis XVI con dial giratorio. Fue encargado por un estadounidense.

Resulta anecdótico comentar que existe otro Museo Fabergé, ubicado en Baden-Baden (Alemania). Se inauguró el 2009 por el coleccionista de arte ruso Alexander Ivanov, pero solo cuenta con un huevo de Pascua imperial, el huevo de Abedul de Carelia, y el resto de la colección no es ni tan grande ni tan prominente como la de San Petersburgo. Ni mucho menos.
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