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Sheriff´s y bandidos en el lejano oeste…


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Comisión de paz de la ciudad de Dodge City

LaVanguardia(C.Joric)/lavozdigital.es(J.M.Villatoro)/DiarioCrítico  — Por mucho que hayan insistido los famosos «westerns», los agentes que lidiaban con el crimen en las calles polvorientas del Lejano Oeste no eran los «sheriffs». Nada más lejos de la realidad. La verdad es que, en las pequeñas urbes, los que impartían justicia a base de revólver eran los «marshals», mientras que sus colegas lo hacían en los condados.

Aquellos hombres con placa eran inquebrantables y un paradigma de la rectitud, corruptos unos, sanguinarios otros, algunos no dudaron en aprovecharse de su placa para obtener un beneficio a cambio.

Henry Newton, de un lado a otro de la ley

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Diciembre de 1882 fue mes de jolgorio en Caldwell, una de las ciudades con los bandidos más rudos del Lejano Oeste.

Tras haber enterrado a dos «marshals», y después de la jubilación del último, las autoridades locales habían logrado encontrar a un nuevo héroe capaz de mantener la ley y el orden en la región.

El flamante agente no era otro que Henry Newton Brown, uno «de los hombres del suroeste más rápidos con el gatillo», según publicó el Caldwell Post.

Lo que los ciudadanos no sabían era que este personaje delgado y con entradas en la melena tenía un oscuro pasado que se iba a volver pronto en su contra.

Henry Newton Brown nació en Missouri allá por 1857. Dato obligado, aunque de poca importancia, pues pronto abandonó su hogar y dirigió sus pasos hacia el Oeste. Allí se echó a perder.

Cuando adquirió la suficiente destreza con el revólver se marchó a México, y allí fue donde conoció a William Henry McCarthy, más popular hoy en día por su apodo: «Billy el Niño». Así lo explica la «Kansas Historical Society» en su dossier sobre este personaje.

Texto en el que también confirma que su primer gran delito fue asesinar al «sheriff» del condado, William Brady, en 1878 debido a que había sido nombrado por una facción enemiga.

Fue lo peor que se les pudo ocurrir. Aquel asesinato les granjeó estar presentes en todos los carteles de «Se busca» y les obligó a esconderse durante varios meses para escapar de la justicia. Tiempo, por cierto, en el que sobrevivieron a golpe de robar caballos en Nuevo México.

Así que no, no se puede decir que fuera un buen chico. Quizá por ello, el entonces todavía treintañero Brown quiso cambiar de vida y dedicar su puntería a tareas más legales como ser ayudante del «sheriff» del condado de Oldham. Pero, por aquello de la cabra y el monte que tanto se dice, fue despedido por sus continuas peleas con borrachos y forajidos.

Perdido, desesperado y necesitado de dinero, el bandido Brown solo pudo conseguir un trabajo como ayudante del nuevo y anciano «marshal» de la ciudad de Caldwell.

Cuenta Gregorio Doval en su interesante «Breve historia del Salvaje Oeste» que, cuando aceptó, el alcalde le dedicó unas premonitorias palabras: «Muy bien, acaba de firmar usted su sentencia de muerte». Y vaya si llevaba razón, pues los tres últimos agentes contratados habían sido asesinados a sangre fría en sendos tiroteos y asaltos.

Pero parece que lo que la ciudad necesitaba eran los métodos de un forajido para mantener el orden. Así, desde julio de 1882, Brown se convirtió en el azote de los bandidos de la zona.

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Banda de Henry

Cuando su superior se jubiló en diciembre de 1882, Brown fue ascendido.

Los ciudadanos estaban tan contentos con su labor que le regalaron un nuevo rifle Winchester con grabados de oro para sustituir su vieja y desgastada arma.

La inscripción que lucía demostraba que era más que querido entre la población a pesar de sus rudos métodos: «Por los valiosos servicios rendidos a Caldwell».

Todo indicaba que el viejo bandido había cambiado de vida: había dejado de beber, había abandonado los atracos y se había casado con una mujer local.

¿Qué podía salirle mal? Una cosa: su obsesión de vivir por encima de sus posibilidades. Derrochador hasta la saciedad, tras haber atesorado una infinidad de deudas se marchó un día de abril de 1884 de la ciudad con su ayudante bajo la excusa de perseguir a un forajido. Pero su objetivo era otro…

En las afueras de la urbe se reunió con dos vaqueros amigos suyos y, apenas unas jornadas después, el 30 de abril, entraron armados en el banco de Medicine Lodge dispuestos a robar hasta la última moneda de su interior. El destino, esta vez, no fue benévolo con él. Brown fue detenido, encarcelado y los mismos ciudadanos que habían aplaudido sus gestas pidieron que fuera colgado.

En el frío de su celda, y a sabiendas de que le quedaba poco de vida, Brown escribió a su mujer una emotiva carta que todavía se conserva: «Querida. Estoy en la cárcel.

Te enviaré todas mis cosas y puedes venderlas, pero quédate con el Winchester. Es difícil para mí escribir esta carta, pero quiero que sea todo para ti, mi dulce esposa, por el amor que te tengo». Sus presagios se cumplieron y, en un intento de fuga, recibió varios disparos de revólver y rifle.

Timothy Courtright: extorsionador y agente

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Uno de los agentes de la ley más controvertidos del Lejano Oeste fue Timoty Isaiah Courtright, más conocido como «Longhair Jim» por la extensa melena que lució durante su etapa de explorador militar.

Si la vida de otros tantos está bien documentada, poco se sabe sobre los primeros años de este cruento personaje más allá de que nació en Illinois y que sirvió en el ejército de la Unión durante la Guerra Civil norteamericana.

A partir de este punto, su mito como bandido se construyó sobre dos bases: una novela y un ensayo de un sacerdote franciscano.

La realidad nos cuenta que, tras pasar por el ejército, Courtright trabajó en una infinidad de lugares como carcelero, asesino a sueldo o chantajista.

Así lo afirma la historiadora Kathy Weiser-Alexander en un artículo dedicado a este personaje para «Legends of América».

Pero, al igual que su colega Brown, el asesino de largos cabellos decidió, allá por 1876, que podía obtener más réditos del servicio a la ley que los que hallaba fuera de ella y presentó su candidatura para convertirse en el «marshal» de la ciudad fronteriza de Fort Worth, nido de bandidos y capital de la violencia, ese mismo año. Otuvo el puesto.

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Para entonces, Courtright ya se había empapado de toda la violencia de una ciudad en la que el crimen, la bebida y la prostitución campaban a sus anchas.

No solo eso, sino que estas tres patas se habían convertido en la base de la economía de la urbe.

Podríamos decir que nuestro protagonista se dejó llevar y se limitó a mantener las calles libres de sangre, pero no de corrupción ni de alcohol.

Él, por su parte, se valió de la extorsión y de la corrupción para enriquecerse.

Pronto se hizo famoso por exigir dinero a cambio de protección a los propietarios de negocios del barrio rojo y por tener poca paciencia a la hora de sacar los dos revólveres que llevaba en la cintura.

Le fue bien durante tres años, hasta que fue derrotado por S. M. Farmer en la reelección a «marshal».

A continuación se marchó de la ciudad e intentó montar una agencia de detectives que falló de forma estrepitosa. Poco después fue acusado de participar en dos asesinatos, por lo que regresó a Fort Worth.

Allí decidió hacer aquello que le había ido bien antes: montó la agencia comercial TIC, encargada de dar «protección» a los negocios locales. En la práctica, una extorsión en toda regla hacia las casas de juego, los «saloons» y los prostíbulos. Dinero a cambio de no interponerse en su camino, vaya.

Jim Pelolargo (si me permiten la castellanización) se topó con la muerte por sus ansias de dinero. «Su conducta condujo en 1887 a su fatal enfrentamiento con el propietario de un saloon, el famoso pistolero Luke Short (1854- 1893), que lo mató.

Short, por cierto, era buen amigo del clan Earp y también de Bat Masterson, con quienes había formado años antes la famosa “Comisión de Paz”, en realidad una banda de matones que impuso su ley en Dodge City», añade Doval. El de ambos fue uno de los pocos duelos reales que se celebraron en el Lejano Oeste, pero provocó una impresión tal que, en la actualidad, ha quedado grabado en la sociedad.

Patt Garret: asesino con placa

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Patrick Floyd Garret nació en 1850 en Alabama y tuvo la suerte de ser criado en una próspera plantación de Louisiana.

Con unos escasos 19 años, tras la muerte de sus padres, se marchó del rancho familiar y encontró trabajo como «cowboy» en Texas.

A partir de entonces vivió del ganado y de la caza. Aunque las crónicas coinciden en que sabía defenderse y en que generaba respeto entre sus iguales por su alta estatura.

Valga como ejemplo que, en 1879, acabó de un disparo con un irlandés con el que mantuvo una fuerte discusión.

Sus arrestos quedaron demostrados, pero le obligaron a marcharse hasta Nuevo México, donde abrió su propio «saloon».

Allí, el amor que «Juan el Largo» (como le conocían) profesaba por el póker le llevó a conocer a los pistoleros más famosos de su tiempo. Y entre ellos, Billy el Niño.

Su afición por los juegos de cartas les unió hasta tal punto que aquellos que les conocían terminaron apodándoles «Gran Casino» y «Pequeño Casino» en alusión a su estatura. Algo que mencionó el futuro sheriff en su libro, «The Authentic Life of Billy, the Kid» (un éxito de ventas a finales de 1882).

Los vaivenes de la vida hicieron que, en 1880, fuese nombrado «sheriff» del condado de Lincoln después de la dimisión del hombre que sentaba sus reales en el cargo. Por entonces este rudo personaje era miembro del Partido Republicano y había ganado ya cierta fama como pistolero.

¿Quién mejor que él? Lo que no imaginaba es que, poco después de colgarse la placa, iba a recibir el encargo más duro al que se enfrentaría jamás: atrapar al fugado «Billy el Niño». Garrett, logró rápido su objetivo, pero su presa volvió a escapar en 1881 tras asesinar a sus guardias.

Garret volvió a acecharle y, el 14 de julio de ese mismo año, cuando el Niño sumaba 21 primaveras a sus espaldas, arribó con sus hombres hasta la región que se convertiría en su tumba. El mismo «sheriff» narró cómo acabó con la vida de Billy en su libro.

Según él, para dar por finalizadas las mil mentiras que estaban publicando los diarios. Al parecer, le atrapó en su escondrijo y, tras reconocerle, acabó con él. «Saqué mi revólver lo más rápido que pude y disparé, arrojé mi cuerpo a un lado y volví a disparar.

El segundo disparo fue innecesario: el Niño cayó muerto. No llegó a pronunciar palabra. Lo intentó, pero lo único que pudo emitir fue un leve sonido estrangulado mientras se debatía por respirar. Y así fue cómo el Niño se reunió con sus múltiples víctimas».

La muerte de Billy supuso una orgullosa muesca más en la Colt de Garrett. Sin embargo, no produjo el mismo efecto entre los ciudadanos de los Estados Unidos. Según Doval, la sociedad entendió que el agente había asesinado «a sangre fría» al forajido, y no «en el curso de una acción policial».

Por ello, no recibió los 500 dólares de recompensa. Aquel fue el comienzo de su particular calvario. A pesar de su victoria, no logró ser reelegido como «sheriff» después de que acabara su mandato.

En 1884 fue derrotado en las elecciones al senado de Nuevo Méxic. «Por entonces, su áspero carácter y los rumores sobre […] su forma de acabar con Billy “el Niño” comenzaron a afectar seriamente su popularidad», desvela el autor español.

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Garrett, dolido, se marchó de Nuevo México, aunque volvió años después como detective privado para investigar los turbios tejemanejes de unos agentes de la ley protegidos por un poderoso juez local.

Aquel pudo haber sido su último éxito. O eso creía él. Es cierto que el viejo agente logró reunir pruebas en contra de los acusados y los capturó, pero al final quedaron libres.

Por entonces todavía gozaba de la gracia del presidente Roosevelt, pero no le duró demasiado. Concretamente, hasta 1902, cuando una diferencia entre ambos dejó a nuestro protagonista solo.

Tras este golpe, Garrett se retiró a su rancho en Nuevo México. Olvidado, solo quería pasar sus últimos días tranquilo. Pero las deudas empezaron a minar su ánimo.

«Mantenía una fuerte deuda fiscal y, además, se le hizo responsable subsidiario del impago de un préstamo en el que había avalado a un amigo. Se hipotecó gravemente para poder afrontar el pago de ambas deudas y todo acabó con una grave crisis personal, que le arrastró hasta la bebida y el juego lo que, a su vez, le llevó a caer en nuevas deudas», añade Doval.

Murió en 1908, en una absurda trifulca.

Wyatt Earp

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Wyatt Earp (1848-­1929) es, sin duda, el sheriff más popular de las películas del Oeste. Su dilatada y agitada vida contribuyó a que su figura apareciese en numerosas películas, algunas tan aplaudidas como Pasión de los fuertes o Duelo de titanes (John Sturges, 1957).

Antes de ponerse la placa, Wyatt se ganó la vida como cazador de búfalos y jugador de faro, el juego de naipes más popular del Oeste. En 1874 llegó a la ciudad de Wichita (Kansas), donde su cuñada regentaba un burdel y uno de sus hermanos traficaba con armas y licores.

Ni su pasado como tahúr ni los negocios de su familia fueron un impedimento para que fuera elegido ayudante del sheriff local.

A partir de esa primera experiencia, Earp comenzó una floreciente carrera como agente de la ley por varias de las principales ciudades del Oeste: la ganadera Dogde City (Kansas) y las mineras Deadwood (Dakota del Sur) y Tombstone (Arizona), donde sucedió el duelo del O.K. Corral, un célebre tiroteo entre los hermanos Earp y su amigo Doc Holliday contra los Clanton y los McLaury, dos familias que controlaban la ciudad.

La refriega causó varios muertos y heridos y acabó con su carrera como sheriff. Earp pasó sus últimos años en Hollywood, trabajando como asesor cinematográfico.

William Barclay Masterson

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William Barclay Masterson (1853­-1921) fue un personaje secundario en el cine, pero no en la vida real. Bat fue un sheriff seductor y vanidoso a quien le gustaba pasear por la ciudad en calesa y vestido como un dandi.

Pero también era un hombre de acción, un virtuoso de las armas. Aunque nació en Quebec (Canadá), creció en Wichita, donde empezó a trabajar como cazador de búfalos.

Tras varios sucesos que pusieron de manifiesto su habilidad con las armas, en 1876 fue nombrado ayudante del sheriff en Dogde City, donde coincidió con Wyatt Earp.

Desde ese primer nombramiento, la carrera de Bat Masterson como agente de la ley fue fulgurante.

Ejerció como sheriff en varias de las ciudades más conflictivas del Oeste, y su labor fue muy reconocida.

Pero la atracción que sentía Masterson por las ciudades tumultuosas no respondía a razones morales o profesionales, sino a las oportunidades que le ofrecían para desarrollar su gran pasión: el juego.

Convertido en uno de los hombres más famosos del Oeste, Masterson acabó sus días en el Este. Se introdujo en el floreciente mundo de las apuestas pugilísticas y terminó trabajando en Nueva York como periodista deportivo en el diario The Morning Telegraph.

James Butler «Wild Bill» Hickok

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James Butler “Wild Bill” Hickok (1837-­76) vivió poco tiempo, pero intensamente.

Su vida ha generado más leyendas y alimentado más ficciones que la del propio Wyatt Earp. Su figura pintoresca (alto, melena larga, gran mostacho y elegante vestimenta) y su gusto jactancioso por la fabulación le convirtieron en un personaje irresistible para los cronistas de la época.

Antes de adquirir fama como agente de la ley, Wild Bill fue conductor de diligencias, explorador y espía de la Unión durante la guerra civil estadounidense, cazador de búfalos, jugador profesional y artista de circo junto a Buffalo Bill.

Entre 1865 y 1871 ejerció como sheriff en varias poblaciones de Kansas y Misuri. Durante esos seis años se vio involucrado en varios tiroteos.

Estos enfrentamientos contribuyeron a expandir su leyenda. Una leyenda que llegó hasta su muerte.

En 1876, decidió probar fortuna como buscador de oro en Deadwood (Dakota del Sur). El 2 de agosto, mientras jugaba una partida de póquer en un salón, otro jugador, Jack McCall, movido supuestamente por la venganza, le descerrajó un tiro en la nuca.

La leyenda dice que en ese momento Wild Bill tenía cuatro cartas: dos ases y dos ochos, doble pareja. Esta jugada, asociada a la mala suerte, empezó a ser conocida como la “mano del muerto”.

Algunos de los mejores y más famosos pistoleros (reales) del Lejano Oeste

Clay Allison (1840-87):

«Crazy Clay», el loco Clay era llamado aún desde su adolescencia por «buenos» motivos. Ya era todo un personaje en su Texas natal,vaquero y cuatrero de gatillo fácil y con varias órdenes de búsqueda y captura que nadie se atrevía a ejecutar.

Se casó joven,y a los pocos dias,su esposa desapareció y no se volvió a saber de ella. A Clay le hallaron beodo y recitando poemas en su rancho baldío sin ofrecer respuestas sobre su paradero.

Finalmente, se cargó en Abilene a dos Rangers de sendos escopetazos sólo porque le intimidaron a dejar de gritar en un salón de juego. El caso esta vez era grave, pero recien estallada la Guerra de Secesión, Clay se alistó con 21 años en el Batallón del sanguinario coronel sureño Quantrill.

Su absoluta falta de escrúpulos, buena punteria y ausencia de miedo, le hicieron ascender rápidamente a oficial. Todo el mundo, incluso sus compañeros, le tenía por psicópata.

Participó en el famoso Asalto a Lawrence de 1863, donde se dijo que ejecutó personalmente a más de 20 «botas rojas» (fanáticos comandos abolicionistas). Al concluir la contienda, huyó a su tierra natal y vagó sin rumbo fijo trabajando como vaquero con nombres falsos en distintos ranchos.

Pero siempre le echaban porque terminaba matando a alguien… Cuando se enteraba de que en tal o cual sitio había un «chulito» que presumia de habilidad con el revolver, allí acudía él con su inseparable Colt del 38 y su botella de whisky añejo a retar al figura en cuestión y ser aclamado como vencedor cual justa medieval.

Acabó matando a un comisario y, perseguido por los Rangers, quien ya le habían identificado y ansiaban venganza, se refugió con los apaches tras casarse con una india. Retornado después de una aministía a raiz de la rendición de los Apaches al general Crook, apareció solo y sin su mujer india en su antiguo rancho abandonado.

Se dice que le encontraron muerto por causas naturales unos buhoneros rodeado de botellas de alcohol. John Ford dijo de él «que fue el mayor bastardo del Far West». Se calcula que mató a unas 50 personas (sin contar la guerra).

Joaquín Murrieta (1829-53):

Mexicano de familia noble, de su leyenda proviene la mítica e idealizada figura de «El Zorro«. Tras la invasión de EEUU de México en 1846 y la Anexión de su California natal a los EEUU, se hizo bandolero y asaltante de haciendas, diligencias y bancos pequeños.

Se decía de él que sólo atacaba a los gringos anglosajones y a los ricos vendidos,y eso le proporcionó el favor del pueblo llano que le adoraba y escondía como si fuese un moderno Robin Hood.

En realidad, Murrieta era un sanguinario asesino que dispara a cualquiera que tuviese dinero para robarle, y cómo los yanquis eran los potentados, pues ellos solían resultar sus víctimas. Remataba a las indefensas personas que atracaba sin necesidad, por pura diversión.

Abatió a varios soldados de Caballeria e intentó huir a México, pero le cortaron el paso en Rio Grande y le destrozaron con tantos balazos que su cuerpo quedó irreconocible.

John Wesley Hardin (1854-1895, El Paso):

Se le considera el record man letal del Far West, pues se le atribuyen 58 muertes, entre ellas 4 sheriffs marshalls, entre los cuales se cuenta el conocido Bat Masterson,»hazaña» que le hizo famoso en todo el Oeste.

Clint Eastwood quiso una vez rodar una película sobre él, pero había tanto material y tan contradictorio que dejó el proyecto. Forajido sin tapujos, siempre actuaba sólo,bien asaltando bancos o pequeños ferrocarriles de esos que empezaban a desangrar las llanuras.

Una vez,sin ninguna ayuda, paró un convoy de 100 pasajeros en Topeka interponiendo piedras en los railes, asesinó a los dos revisores y a un pasajero que intentó desenfundar cuando el tren se detuvo obligatoriamente a ver qué pasaba en la via, y se llevó un botín de 20.000 dolares entre el contenido de las sacas de correo que contenían las nóminas de los soldados de Fort Lessington y las pertenencias de los viajeros…

Una fortuna para la época. A pesar de ello, siguió con su carrera criminal hasta que le hirieron en un tiroteo en Kansas y pasó 16 años preso.

Es un misterio no aclarado por qué no fue ahorcado. Se dice que una prostituta con la cual mantenía tratos «sobornó» con dinero y otros favores al juez federal enviado a la localidad. En la cárcel se comportó bien, se sacó el título de Abogado y parecía un hombre nuevo cuando le indultaron la cadena perpetua y le liberaron.

Nada más en la calle, volvió a las andadas pero actuando con más inteligencia: seleccionaba establecimientos lucrativos con caja fuerte y los asaltaba cuando apenas estaba el dueño.

Mantenía una doble identidad como letrado respetable en una u otra ciudad hasta que «pelaba» la localidad y emigraba a otra a seguir con el negocio.

Ahora sólo mataba si se le resistían. Le reconocieron al final por un duelo que mantuvo con 7 cuatreros en un burdel de Austin (no los cuatreros,a esos los reventó a tiros usando dos colts,uno en cada mano….). Hubo de cambiar de identidad y esconderse a salto de mata por la frontera mexicana.

Siempre se le consideró el pistolero más rápido de la Historia del Oeste. El mito decía que desenfundaba y disparaba a dos manos antes de que un hombre pudiese chasquear los dedos. Se las arreglaba como ladrón de poca monta y jugador bajo nombre falso cuando hirió a un sheriff en El Paso.

Le dio por muerto y huyó unas semanas a las montañas. Ése fue su error. Al volver,sin interesarse nada más que por el burdel y el juego, el alguacil, recuperado, un tal John Selman, le acribilló por la espalda mientras echaba una partida a los dados en una taberna que aún hoy se enseña a los turistas, «The Castle». Bob Dylan le compuso una canción.

Jesse James (Misuri 1847-82):

Obstenta el record de la recompensa más grande ofrecida jamás por la captura de un bandolero,100.000 dolares de la época,unos 2 millones de euros actuales.

También es el pistolero sobre quien más películas se han rodado.Fue un héroe popular en su tiempo y le consideraron mártir….

Como Clay, luchó con el Batallón de Quantrill por la Confederación y terminó siendo Comandante. Era inteligente,atractivo y duro como el acero. Acabada la contienda,fanático outlaw,alegó que las leyes USA no eran legítimas y que él no se había rendido y proseguía la guerra por su cuenta…

Nunca se consideró un bandido a sí mismo,sino un fugitivo justiciero o un guerrillero.

Formó con su hermano Frank y otros antigos conocidos y amigos de su tierra una banda letal que igual asaltaba trenes que bancos,logrando botines inmensos y burlando a las autoridades en trepidantes huidas atravesando estados sin dejar de cabalgar.

En el Este,sus historias de atracos y «hazañas» eran tan cotizadas que empezaron a publicar folletines gráficos exagerados con ellas,transformándole en un mito viviente en todo el país.

En invierno se escondía tranquilamente en un pueblecito aislado por las nieves de Montana con su hermano,y en primavera reunía a su banda,reclutaba nuevos hombres e iniciaba su «campaña anual» de atracos tan exitosos que fue considerado un hombre riquísimo,pero a él le enfurecía que dijesen eso y vivía espartanamente.

Al final,ocurrió lo inevitable:Por pura estadística, durante el asalto a un banco de mineros en Nordlenheim,la población de origen emigrante sueco,les hizo frente a tiros y,tras un frenético enfrentamiento en el que murieron 34 lugareños y 7 atracadores, Jesse, malherido y su hermano Frank ,también herido,escaparon de milagro sin botín.

A partir de ahí se les buscó sin tregua por todo el Oeste ofreciendo fantásticas recompensas.Pero fue un chaval de 20 años, «el cobarde Robert Ford» como pasó a la Historia por siempre,quien le asesinó de un balazo en la nuca mientras colgaba un cuadro en una casita que era su escondite en las Rocosas.

El chico era un admirador suyo y acababa de ser reclutado por otro secuaz de Jesse mientras éste se reponia de las heridas,pero resultó ser más admirador de la recompensa.Que gozó poco tiempo,pues Frank le encontró y le mató salvajemente en un campamento de vaqueros de Idaho 3 años después.

William H. Boney, alias ‘Billy El Niño’, (1859-1881):

Quizás el más conocido pistolero si hiciesemos una encuesta, y enormemente popular también en su época: en el Este, las «novelitas gráficas» con sus aventuras, ficticias la mayoria, batieron records de difusión y contribuyeron a crear una falaz memoria de quien fue un temible asesino y ladrón, pero pasó por héroe audaz…

Desde que mató con 15 años a dos hombres cerca de su casa antes de huir rumbo a la nada, The Kid no cesó de disparar y correr. Robaba al por menor en comercios y pueblos adquiriendo una enorme destreza con el colt cuando fue enrolado por uno de los bandos enfrentados en la Guerra del Condado de Lincoln, una sangrienta pugna entre terratenientes ganaderos y agricultores en Nuevo México que trajo toneladas de plomo y cientos de víctimas.

Billy se destacó enseguida como lider natural de una banda al servicio del bando rural y personalmente abatió a más de una decena de hombres, incluido un marshall-sheriff y un Comisario de Territorio en Santa Fe.

Espectacular fue su huida de la prision estatal mientras esperaba el ahorcamiento, matando a 6 guardias. Terminada la pugna, el Gobernador indultó a todos los implicados, por lo cual, William tenia la oportunidad de empezar de cero. Contaba 20 años apenas y poseía un aspecto engañosamente inofensivo.

Pero había encontrado su vocación: formó un banda con los antiguos compañeros del condado, y bajo su dirección atracaron tantos bancos y asaltaron tantos trenes que ninguna compañia aseguradora de Sudoeste de EEUU quería cubrir a los establecimientos de la zona.

Su máximo botín fue de 62.000 dólares, el presupuesto anual de toda Nueva York en esos días. Ante la alarma pública, se enviaron incluso efectivos militares, pero William se movía en los montañas de Arizona como pez en el agua. Nunca nadie reunió tantas órdenes de busca y captura en tan poco tiempo como él.

La presión militar fue reduciendo sus actividades y diezmando a los miembros de su banda. William decidió esconderse en Fort Sumter como proxeneta y, estando en compañia de una de sus chicas y desarmado, fue tomado por sorpresa por uno de sus antiguos compañeros que se había hecho ayudante de sheriff, Pat Garret, a quien le fue denegada la recompensa por su turbio pasado.

 Harry Alonzo (alias Sundance Kid,1867-1908) y Butch Cassidy (Utah 1866-1908):

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Éstos son los personajes que inspiraron la idílica y nada más alejada de la realidad, pelicula de «Dos Hombres y un Destino«.

Sundance Kid atracaba por su cuenta y le buscaban por asesinato en medio país cuando se integró en la salvaje banda de psicópatas criminales especializados en asaltar trenes encabezada por Cassidy.

Su primera acción conjunta fue la sonada toma del Banco de Montpelier en Carson,donde hicieron rehenes a toda la plantilla,mantuvieron un tiroteo con decenas de agentes de la ley que les rodeaban en una increible balacera donde se gastaron se cuenta 100.000 casquillos,para lograr huir a la noche abriéndose paso a tiros ellos dos solos con un espectacular botín en bonos del tesoro,dejando atrás a 15 o 20 alguaciles muertos además del resto de la banda de Cassidy.

Eso les convirtió en amigos fraternales,relación que casi se va al garete cuando se encapricharon de una misma ranchera los dos, Ann Basset (la de la bici de la peli, ésa sí).

Superada la rencilla con ayuda de otras féminas, el duo atracó y quemó trenes al por mayor,siendo su éxito supremo el asalto al Tren de las Nóminas de la Union Pacific en Juction (llamado el Tren del Dinero), que les reportó una incalculable cantidad y varias muescas más en sus revólveres al matar a unos 10 empleados de la Compañia que custodiaban las sacas además de a los maquinistas.

Se ofreció tal recompensa por ellos que no tuvieron más remedio que huir del país tras quemar casi toda su fortuna en burdeles y casinos de Nueva Orleans.

Embarcados como ricos caballeros con identidad falsa, partieron rumbo a Argentina.Allí se encontraron libres,pero pronto arruinados por sus desastrosas dotes para los negocios y sus aficiones…

No pudieron resistir viajar por Sudamérica como vulgares salteadores de caminos, hasta que perseguidos por el Ejército Boliviano después de un golpe con muertos, fueron acribillados en una choza de Tupiza, donde resistieron a 100 soldados durante 3 dias. Muchos en EEUU dudaron de su muerte y nació la leyenda de que escaparon vivos y que vivían en el Este ricos y felices.

David Rudabaugh, alias El Sucio Dave, (Illinois 1854-Chiguagua 1886):

Terrorífico bandido y asesino profesional que disfrutaba matando y contando el número de sus víctimas, estimadas en un total de 50 o 55 sin contar las no confirmadas…

Pronto se unió a una banda y partió al Oeste a asaltar diligencias y ranchos indefensos donde David,para disgusto de sus compañeros,exterminaba a sus habitantes incluso después de obtener el botín por pura diversión.

Los propios Bat Masterson y el hipócrita criminal de Wyatt Earp le persiguieron a título particular como cazarrecompensas con cierto éxito,pues mataron a sus compañeros y le apresaron.

Sin embargo,logró escapar rompiéndose varios huesos al saltar desde el muro de la prisión en la que aguardaba el patíbulo y la persecución continuó.

Se dice que «pactó» con el canalla de Earp alistarse en su facción de mercenarios durante la Guerra de los Ferrocarriles en medio de la anarquía que era el Oeste.

Más bien,actuó con su cuenta asesinando y asaltando a rio revuelto sin que lograsen capturarle hasta pasados 4 largos años de andanzas sangrientas

.Volvió a fugarse cargándose a dos ayudantes del Sheriff en Las Vegas durante un traslado (también se cargó a los otros presos porque ,al parecer, le molestaban declaró el único superviviente) y se refugió en México.

Allí vivió del juego y del robo y contrabando de caballos con los indios. Al fin,tras una discusión en un burdel,mató a dos de los matones del local,pero a la salida le disparó una de las chicas del local por la espalda.Su cabeza fue cortada y exhibida en una pica.

Los rumores que le vincularon en vida con Billy el Niño son pura fantasia. Ninguno hubiese soportado que el otro le mandase…

 Samuel Bass (Indiana 1851- Texas 1878):

Célebre asaltante de trenes con una banda reclutada selectamente entre antiguos militares excombatientes del Sur.

Bass, al contrario que los anteriores,sólo mataba en último extremo y en caso de necesidad,nunca por placer,por lo cual se consideraba a sí mismo un profesional.

Era atractivo,listo y bromista,motivo que le convirtió en la mayor estrella de las novelitas gráficas del Oeste en Boston y Nueva York,hasta el punto de que en Baltimore le hicieron una estatua de cera para su museo local basada en una fotografia dudosa,la cual un juez ordenó fundir cuando se supo que Bass había matado a varios vigilantes de un tren asaltado en Lubbok…

Decidió asaltar con su banda el Expresso de Yuma,un tren blindado que transportaba fondos federales.Sería su gran golpe y el último antes de retirarse a vivir como un pachá.Pero el tren resultó un hueso demasiado duro de roer aunque Bass usó dinamita contra los vagones,en lo que fue una batalla campal.

Aparte de todos sus compañeros cayeron treinta vigilantes.Él salió herido y se escondió en la gran ciudad de Amarillo.

Allí se enamoró de una prostituta-bailarina de saloon y,cuando unos cuatreros mexicanos violaron a la chica, Bass cogió varios rifles y colts además de un buen surtido de cartuchos de dinamita.

El campamento nocturno de los mexicanos,una horda de unos 50,estaba en una hondonada de las afueras. Tranquilamente,Bass,aprovechando la oscuridad,primero lanzó todos los cartuchos explosivos con letal destreza, y ,a medida que iban surgiendo los supervivientes de las sombras ,los abatía con los rifles.

Cuando se quedó sin escopeteria,echó mano a los revólveres. Había soltado a los caballos de los mexicanos,así es que no pudieron huir de aquella especie de Terminator demoniaco.

Bass disparó y destrozó hasta hacerse de dia. Los testigos desplazados al dia siguiente mencionan 40 muertos.

Fue portada de los periódicos más destacados y la mayor matanza individual conocida del Far West.Su propio deceso es confuso.Oficialmente,le atraparon unos cazarrecompensas en un garito en medio de la nada en las Rocosas.

Logró cargarse a los tres que le intentaron apresar,pero cuando se iba, el tendero o su hijo (no se sabe de cierto) le hirieron gravemente por la espalda y ,aunque consiguió ensillar y perderse en la arboleda nevada,nunca se supo de él.

Nadie cobró la recompensa.

Las armas más letales de los sheriffs y los odiosos forajidos del Lejano Oeste

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Billy the kid

Resulta fácil imaginar el inicio del clásico tiroteo del «far west».

Los ingredientes están cristalinos: un bandido que llega, airado y ávido de revancha, a un pueblo minero a la puesta de sol y un sheriff que sale a su encuentro decidido a hacer cumplir la ley. ¿Hace falta más?

Tristes precedentes como el intercambio de balas en OK Corral, enfrentamiento que encumbró al agente Wyatt Earp allá por 1881, así parecen atestiguarlo. Y si no, que se lo digan a los Billy el Niño, Jesse James o hermanos Dalton de turno; todos ellos, emblemas incólumes de que el Lejano Oeste y las armas de fuego dejaron tras de sí ríos y ríos de sangre.

Pero una vez más, amable lector, existen luces y sombras alrededor de esta imagen tan extendida por Hollywood y las películas de vaqueros de marca blanca, los «spaghetti westerns». No; aunque cueste creerlo, y según demostró el académico Robert McGrath ya en 1993, infracciones como «los asesinatos y los allanamientos» ocurrían con poca frecuencia en las ciudades.

Y otro tanto sucedía con los asaltos a bancos, las violaciones o los tiroteos masivos. Aunque eso no quita que existieran y que fueran el atajo perfecto para que cuatreros y forajidos se hicieran con una buena suma de dinero o un rebaño huérfano que intercambiar por billetes. Crímenes palpables, en efecto, pero en ningún caso masivos.

Más cierto es que, para garantizar su seguridad en unas fronteras donde costaba tanto como un baño hacer cumplir la ley a los escasos agentes que vestían la estrella, era habitual que todo hijo de vecino luciera un revólver en su cinto o un rifle en la espalda.

Al menos, y tal y como explican en sus obras autores como Stephen Aron (profesor de historia en la Universidad de California) o Adam Winkler (especialista en derecho constitucional estadounidense del mismo centro), en los ranchos privados, las minas, los fuertes, o los pueblos más alejados de la civilización. Los lugares más peligrosos, vaya.

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Así pues, revólveres como el famoso Colt Single Action de 1873; rigles como los Springfield y los vetustos Henry; las escopetas de dos cañones o pistolas como la Vulcanic ayudaron a agentes de la ley, forajidos e indios por igual en sus andanzas por el «far west».

Y es que, gracias a ellas, tareas como trasportar correo, llevar el ganado de un lado a otro o proteger un olvidado rancho de la frontera se hacían mucho más sencillas.

Aunque, curiosamente, no fueron tan útiles a la hora de protegerse en las grandes ciudades ubicadas en Nevada, Kansas, Montana o Dakota del Sur, donde se restringió su uso en las calles en un vano intento por garantizar la seguridad.

Uso masivo de armas

Mucho se ha escrito de la conquista del Lejano Oeste, aunque la mayor parte fuera de nuestras fronteras. La verdadera historia del «far west» comenzó en el siglo XIX, época donde la guerra se había asentado en un continente todavía sin explorar y dominado aún por los nativos americanos en buena parte.

La frontera –el territorio conocido y en el que vivían los estadounidenses- se hallaba en 1845 a la altura de Montana. Oklahoma y Luisiana, lo que aún dejaba un buen pellizco del país por anexionar. En principio, no se dio mayor importancia a este territorio, pero la superpoblación de las ciudades y la falta de trabajo provocaron que esta región se viera con otros ojos.

Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, a la conquista de este inexplorado territorio partieron cientos de peregrinos que, muertos de hambre en sus hogares, poco tenían que perder.

Acababa de comenzar, en definitiva, la toma del lejano oeste americano; un movimiento apenas planeado que incluyó a emigrantes de Europa, Oriente o México y, menos de una década después, también a unidades militares con órdenes de proteger a los viajeros y expulsar de sus tierras a los nativos a golpe de fusil y revólver.

Y así nacieron también los pueblos fronterizos y mineros (estos últimos, favorecidos por la fiebre del oro de 1848), los ranchos, los fuertes y, en definitiva, todos aquellos emplazamientos que los largometrajes han retratado una y otra vez.

Winchester 1873

Winchester 1873

Sobre estos pilares no cuesta entender por qué se generalizaron las armas entre colonos y militares.

Según explica Gregorio Doval en su «Breve historia del salvaje oeste», a la obligación de protegerse de los nativos americanos se sumó pronto la necesidad de salvaguardar las riquezas frente a los cientos de «cuatreros, timadores, rufianes, buscavidas y ladrones» que existían.

Sujetos cuyo único medio de subsistencia era el latrocinio y que, en muchos casos, se habían dado a la mala vida tras fracasar en su búsqueda de oro. Entre sus objetivos predilectos se halló el sudoeste, cuyos habitantes se dedicaron de forma masiva a la cría de ganado para alimentar a los nuevos pueblos que emergían como setas.

En palabras de Doval, uno de los territorios más peligrosos tras la Guerra de Secesión (acaecida entre 1861 y 1865) fue Texas. «La renovación de muchos funcionarios locales, que habían sido fieles a la Confederación, y la imposición de la ley militar generaron un gran resentimiento y muchos pensaron en resarcirse tomándose la justicia por sus propias manos», desvela en su obra.

Sus ciudades y pueblos se transformaron pronto en el perfecto caldo de cultivo para aquellos que ansiaban vivir al margen de la ley, huir de ella o contravenirla. Y qué mejor para lograr sus objetivos que valerse de armas como los revólvers o las escopetas.

Por último, la rápida colonización de regiones tan extensas como Kansas, Nevada, Colorado, Montana, Idaho o Wyoming, a las que tardaron en arribar los agentes de la justicia, motivó también el uso masivo de armas.

«Esta situación, obviamente, era muy favorable para que la delincuencia floreciese en tierras que se habían convertido en el paraíso de la impunidad para ladrones, atracadores y asesinos», completa el autor español. Para los residentes en estas zonas, los Colt y los Winchester se transformaron en herramientas tan básicas como los picos y el lazo.

Cinco armas letales

Entre las firmas más famosas del Lejano Oeste se hallaba Colt. Aunque no en sus momentos iniciales. Ejemplo de ello es que su fundador, Samuel, se vio obligado a cerrar su fábrica después de dar a conocer el que fue su primer prototipo, el Colt Paterson, en 1836.

De nada le valió por entonces que la suya fuera la primera «pistola giratoria» efectiva de la historia. Por suerte para él, el arma se convirtió a toda velocidad en la más utilizada a lo largo y ancho del «far west» gracias a su bajo coste, su resistencia y su gran potencia de fuego.

Por si fuera poco, los míticos Rangers de Texas terminaron de forjar su leyenda cuando reprimieron con ella a los comanches en 1841.

Mucho más famoso es el Colt Single Action Army Revolver (más conocido como «Peacemaker»). El mismo con el que el agente Pat Garrett segó la vida de Billy el Niño en Nuevo México allá por 1881 (en mitad de la noche y en su casa, eso sí, y no durante un épico tiroteo).

Considerado por muchos oficiales como el arma más equilibrada y ergonómica de la época, se transformó desde que se generalizó su venta en 1873 en la predilecta de bandidos y hombres de ley. No en vano se fabricaron hasta 192.000 en el siglo XIX. Y eso, a pesar de que, en sus comienzos, fue diseñado para tropas a caballo.

Peacemaker

Peacemaker

Entre sus usuarios más destacados se hallaron los hermanos Dalton o el mismo Wyat Earp.

Y no es para menos, pues era bastante barata para la época (apenas 17 dólares) y ligera (unas tres libras, menos de kilo y medio).

Además de las ingentes ventas, el que fue un arma adorada por los «cowboys» queda patente en la infinidad de modelos de este revólver que Colt sacó al mercado.

Por ejemplo, uno que disparaba balas del calibre .45 (el primero), otro de cañón corto o, a la postre, uno de calibre .44-40 (ideal para los pistoleros que portaban el rife Winchester 1873, pues usaba la misma munición). A su vez, se hizo famoso entre los sheriffs porque era lo bastante resistente como para golpear en la cara con su cañón a los forajidos sin sufrir desperfectos.

Quizá su mayor tara consistía en que era de acción simple: había amartillarlo tras cada uno de los disparos. Algo que las firmas paliaron en los años venideros al producir los revólveres de doble acción (aquellos en los que este proceso lo hacía el gatillo).

En la noche en la que fue asesinado, tanto Billy el Niño como su verdugo, Patt Garret, portaban uno. El primero, un Colt 1877 que llevaba en el cinto; el segundo, un Merwin & Hulbert & Co que usaba solo en casos extremos.

Resulta curioso que a estas armas les costó ganarse el cariño de los vaqueros por su escasa fiabilidad inicial.

Así lo explica el historiador Joseph A. Rosa en «The Gunfighter: Man or Myth?», donde narra que, cuando un vendedor aconsejó a un vaquero llevarse un revólver de doble acción en Nuevo México allá por 1884, este le mandó al infierno: «No vale ni unas judías.

Nadie quiere algo así. Dame un arma vieja, pero que haya sido siempre fiable, y verás como dejo frío a alguien que sí se haya dejado engañar».

En todo caso, se sabe que, durante la batalla de Little Bighorn, el teniente coronel George A. Custer combatió con dos de ellos. Y que no le sirvió de mucho…

En lo que se refiere a distancias largas, el arma más famosa del Lejano Oeste fue el rifle de palanca manual Winchester 1873 de calibre .40-44.

Con más de medio millón de unidades fabricadas, esta arma se convirtió en la favorita de los vaqueros, agentes y forajidos occidentales gracias a su alta cadencia de disparo (una bala cada tres segundos, algo portentoso para la época), a su facilidad de uso, a su resistencia, a que era sumamente sencilla de limpiar y a que sus reducidas dimensiones hacían que fuese idónea para portarla a caballo.

Sus usuarios más famosos fueron Patt Garret, el forajido Butch Cassidy o el presidente Teddy Roosevelt.

La potencia de fuego en el Salvaje Oeste la aportaban las escopetas de doble cañón de ánima lisa. Expertos en la época como el editor de la revista «True West», Phil Spangenberger, confirman que, en los primeros meses de la conquista, este tipo de armas eran las elegidas por los colonos.

Fiables y muy baratas (se habla de hasta dos dólares si se compraban varias unidades) eran versátiles y fáciles de mantener.

Su mayor tara era que había que recargarlas con mucha frecuencia; fallo que Winchester superó en la primavera de 1888 cuando diseñó la primera escopeta de repetición que tuvo éxito entre sus clientes. Disponible en dos calibres, este modelo fue el utilizado por Jeff Milton para acabar con uno de los últimos ladrones de trenes del «far west», Jack Dunlop.

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