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Himmler, en busca del Grial y el martillo de Thor …


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El 23 de octubre de 1940, en plena segunda guerra mundial, el dirigente nazi Heinrich Himmler, vajo a Barcelona

LaVanguardia(S.V.Sáes)/ElEspañol(J.Berrueta)  —  En la Alemania de los años 30 y 40 del siglo XX, durante el Tercer Reich, se emprenden con grandes esfuerzos misiones para encontrar y rescatar algunos objetos míticos como el arca de la alianza, el santo grial, el martillo de Thor, la espada de Turingia o la lanza de longinos.

El naturalista Ernest Schäfer (Colonia, 1910) viajo hasta el monasterio de Potala en Lasha, capital del Tíbet, a la búsqueda de lugares fantásticos como Agartha y Shambala. La expedición tenía como objetivo primordial encontrar las huellas primigenias de lo que suponían que siglos atrás había sido la raza aria.

El hallazgo de la Atlántida se convirtió en un hecho prioritario para Herman Wirth director del instituto Ahnenerbe, La Sociedad de Estudios para la Historia Antigua del Espíritu. Realizo excavaciones arqueológicas en el Ártico europeo para encontrar la isla de Thule, considerada por ellos como la cuna en donde apareció la raza aria.

La obsesión de los nazis por encontrar la Atlántida le llevo a Edmund Kiss a Tiahuanaco en Bolivia.

Alemania conoció desde el siglo XIX la aparición de asociaciones que, como la Sociedad de Thule, mezclaban el ocultismo con ideas racistas y pangermanistas. De hecho, algunos miembros de esa agrupación estuvieron en el germen del DAP, el Partido de los Trabajadores Alemanes, fundado en 1919, que Hitler convertiría un año después en NSDAP, Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes.

Entre los nuevos afiliados al movimiento nacionalsocialista figuraba un tímido joven de aire respetable que parecía esconderse tras sus redondos quevedos. Se llamaba Heinrich Himmler, y aunque no hay constancia de que hubiera pertenecido a la Sociedad de Thule, se sabe que trabó amistad con algunos de sus componentes.

Era formalmente católico, pero su relación con aquellos círculos y sus lecturas hinduistas (solía llevar un ejemplar del Bagavat-Gita consigo) le convencieron de la doctrina del karma. Él mismo llegó a creerse la reencarnación del rey sajón Enrique I el Pajarero (876-936), considerado el fundador del primer estado alemán. Sus nuevas influencias le hicieron dudar del dogma de la Iglesia católica, hasta que la abandonó.

Cada vez más interesado por la astrología y la videncia, hizo suyas diversas teorías espiritualistas y neopaganas. Pensaba que los alemanes eran víctimas de una conspiración urdida por los judíos, y el único remedio contra ella consistía en depurar la raza germana de elementos extraños, volviendo a los orígenes sociales y religiosos que la habían hecho fuerte.

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Himmler en 1929.

Los Artamanen fueron para Himmler una fuente de inspiración de la que tomó muchos de los elementos externos de sus SS, como el color negro de los uniformes, las runas o los rituales del fuego. Estos Artamanen (algo así como “hombres de la tierra”) eran una agrupación juvenil ultranacionalista que preconizaba la vuelta al campo y a la vida sana.

Defendía el entrenamiento militar como forma de combatir el destructivo urbanismo cosmopolita. Sus rígidas normas de conducta, casi conventuales, y su obsesión por la pureza racial fueron los principios en los que Himmler basaría su “orden negra”, las SS, llamada a regir, en un futuro que nunca llegó, los destinos de la Gran Alemania.

Al parecer, Himmler llegó a creer que los germanos estaban emparentados con los supervivientes de la Atlántida, quienes habrían fundado una poderosa civilización en las estribaciones del Himalaya. Del mismo modo, estaba obsesionado con el Grial, entendido como unas tablillas inscritas con misteriosos conocimientos. Fue a raíz de la lectura de Cruzada contra el Grial (1933), libro de Otto Rahn que suponía que el misterioso objeto se hallaba en algún lugar del país cátaro. Posteriormente, Rahn ingresó en las SS y prosiguió sus investigaciones por encargo directo de Himmler.

El influjo sobre Himmler de otro curioso personaje acentuó esta deriva. Se trató de Karl Maria Wiligut, que empezó a moverse a sus anchas en su entorno. Wiligut, con antecedentes psiquiátricos, decía provenir de un antiquísimo linaje que se remontaba al dios Thor, y se atribuía una memoria ancestral clarividente gracias a sus crisis extáticas.

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El Castillo de Wewelsburg,

Él fue quien sugirió a Himmler la remodelación de la antigua fortaleza sajona de Wewelsburg para convertirla en centro espiritual de las SS. Para ello, se la dotó de una gran biblioteca de temas germánicos y ocultistas, y de una cripta en la que celebrar las reuniones capitulares de la organización.

No obstante, este entramado de creencias necesitaba, en una sociedad tan culta como la alemana, de un soporte científico en el que apoyarse, y Himmler lo sabía. De ahí la necesidad de crear una institución respetable que confirmara sus principios. Esa iba a ser la Ahnenerbe.

En busca de pruebas

La Herencia Ancestral Alemana (Sociedad para el estudio de la historia de las ideas primitivas), popularmente conocida como Ahnenerbe (“herencia ancestral”), nació en 1935 por expreso deseo de Himmler. Su propósito era hallar evidencias del pasado germano que justificaran la supremacía de la raza aria y recuperar su supuesto saber ancestral.

Sus hallazgos debían ser transmitidos por todos los medios posibles: publicaciones y conferencias, radio y documentales, a fin de que el pueblo tomara conciencia de esa realidad. Contaría con el culto filólogo holandés Herman Wirth como presidente y con el enérgico germanista Wolfram von Sievers como gerente.

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Herman Wirth en los años 20

La Ahnenerbe pronto empezó a captar a destacados académicos de todas las ramas, dispuestos a adecuar sus investigaciones a ideas preconcebidas y a moldear la verdad científica al gusto ideológico de sus patrocinadores. Pese a todo, algunas de sus extravagantes investigaciones (como las del propio Wirth, que decía haber hallado evidencias de una escritura sagrada nórdica de la que derivarían todas las demás; el estudio de los rituales mágicos de Carelia, en la frontera ruso-finlandesa; o la búsqueda del “martillo del dios Thor”) agotaron la paciencia del propio Hitler.

Finalmente, el Führer forzó un cambio de rumbo en la Ahnenerbe: Wirth fue sustituido por Walter Würst, un prestigioso experto en literatura sánscrita. El nuevo presidente purgó la institución de charlatanes y fichó a reputadas celebridades con impolutos expedientes, pero se mantuvo fiel a los planteamientos propugnados por Himmler.

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Algunos de los expedicionarios nazis que viajaron al Tibet

Mientras los lingüistas trataban de reconstruir la ancestral lengua aria y los clasicistas buscaban las raíces nórdicas de las culturas griega y romana, la asociación organizó también varias expediciones.

Rodeadas de la correspondiente publicidad, su objetivo consistía en rastrear las migraciones de los arios tras la desaparición de su supuesto continente perdido.

La expedición más famosa sería la destinada al Tíbet, pero hubo otras, como las dirigidas a Oriente Próximo, Croacia, Noruega e Italia.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial impidió realizar las que había previstas a Canarias y a Bolivia, pero no por ello la Ahnenerbe paralizó sus estudios.

Para entonces, miles de museos, bibliotecas y colecciones particulares en los países ocupados estaban a su alcance, y las expediciones (en su mayor parte predatorias) a Polonia, Francia o Rusia sustituyeron a las primeras.

La derrota de Alemania comportó el fin de la Ahnenerbe. El destino de sus miembros fue desigual. Algunos habían perdido la vida en la contienda. Otros fueron juzgados como criminales de guerra. Muchos simplemente reemprendieron sus carreras universitarias sin grandes consecuencias.

La odisea de Himmler en España: en busca del Santo Grial por Toledo y Barcelona

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Himmler en San Sebastián, junto a José Finat y Gerardo Caballero.

En 1940 la Alemania nazi todavía mantenía con relativa tranquilidad la hegemonía sobre el continente europeo. En junio había caído París y el frente oriental que tantos problemas acarreó a Hitler no se había abierto. En esta tensa pero cómoda atmósfera, los experimentos nacionalsocialistas seguían llevándose a cabo por todo el globo.

Un año antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial un grupo reducido de alemanes viajaron hasta Tíbet para buscar el origen de la raza aria.

Otra de las mayores obsesiones de la cúpula del Reich, encabezadas principalmente por Heinrich Himmler, fue la búsqueda del tan mitificado Santo Grial, el recipiente usado por Jesucristo en la Última Cena.

Todos los rincones germánicos habían sido explorados; todos excepto España. Y es que los visigodos llegaron a la Península Ibérica en el siglo V y no serían expulsados hasta la conquista musulmana en el 711.

En esta coyuntura, Himmler viajó a España en octubre de 1940 —apenas una semana antes de la reunión entre Hitler y Franco en Hendaya—.

Realmente la visita del oficial nazi fue principalmente turística aunque se interesó en conocer ciertos monumentos que podían estar relacionados con el Santo Grial y estar al tanto de los dispositivos de seguridad españoles.

Por parte del régimen franquista se ejecutó todo un despliegue propagandístico.

Cruzó la frontera desde Irún y llegó a San Sebastián, ciudad en la que fue recibido por autoridades locales hasta llegar al museo San Telmo. Pasando por Burgos, donde hizo una parada estratégica en la catedral, el embajador alemán en Madrid y Serrano Suñer le dieron la bienvenida en la Estación del Norte, esta vez sí, en la capital de España.

La larga y ancha Gran Vía se llenó de esvásticas y saludos fascistas para honrar a uno de los líderes más importantes del Tercer Reich.

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Himmler, recibido con honores en la Estación del Norte de Madrid.

Franco lo tenía todo preparado para ofrecerle a Himmler una de sus estancias más placenteras. Lo primero fue acudir a una corrida de toros en Las Ventas. Sin embargo, tal y como relata Fernando González-Doria en Memorias de un fascista español, el alemán terminó horrorizado de aquel «espectáculo cruel«.

Tras este fallido intento por complacer al oficial nazi, se trasladó a El Escorial para ver con sus propios ojos la tumba de José Antonio Primo de Rivera. Después pasarían por Toledo, donde se especula que su interés por la ciudad toledana residía en su origen templario, alquimista y nigromante.

El Santo Grial catalán

La obsesión de Himmler por el Santo Grial era una realidad. Abandonó Madrid y puso rumbo a Barcelona. Aterrizó en el aeródromo del Prat la mañana del 23 de octubre y se reunió con el monje Andreu Ripol en Montserrat, con el cual entabló una conversación tensa —el nazi era un anticlerical declarado y Ripol no sentía simpatía por el nazismo—.

La fijación de Himmler por la joya cristiana era incomprensible para los monjes del monasterio, quienes insistieron en que los archivos relacionados con la ubicación del Santo Grial no se encontraban allí.

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Himmler junto a Franco y Serrano Suñer, en la recepción del Palacio de El Pardo.

El fracaso estrepitoso en su campaña por la búsqueda del recipiente se volvía a repetir. Finalmente, Himmler volvería a Alemania el 24 de octubre de 1940, un día después de la entrevista entre el führer y Franco en Hendaya. Aquel día, a 500 kilómetros de diferencia, en Hendaya y en Barcelona, los nazis se decepcionaban con su visita a la dictadura de Franco.

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