actualidad, opinion, variedades.

El tenebroso doctor Shiro Ishii, el mayor criminal de guerra médico de la historia que jamás fue juzgado …


https://www.infobae.com/new-resizer/CMZgRC6rWJMIp6jx-uSfAlbf8vo=/768x1152/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/KQ7NWRIRGBGM7EMUVV3M3IG2FA.jpg

Shiro Ishii, al finaliar la guerra

Infobae(F.L.Muñóz/F.P.Fernández)/NationalGeographic(J.Gavaldá)  —  El microbiólogo y teniente general del ejército japonés condujo el escuadrón 731, una fachada para poner a prueba en humanos armas químicas y biológica y sus capacidades para resistir diferentes tipos de torturas.

Se calcula que unas 12 mil personas habrían muerto en sus ensayos.

En el marco de la Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945), y coincidiendo en parte con la II Guerra Mundial, el Ejército Imperial Japonés desarrolló un ambicioso programa de investigación de armas biológicas y químicas, poniendo en marcha experimentos a gran escala con seres humanos.

Para ello fueron creadas una serie de unidades de investigación médica, planificadas por el microbiólogo Shirō Ishii, posteriormente teniente general del Ejército Japonés.

A ellas se atribuyen miles de crímenes, así como horrendos experimentos médicos.

Estuvo al mando del Escuadrón 731, y hay quienes lo llaman el «Mengele» japonés por la serie de atroces experimentos que cometió, que incluso llegaron a superar a los cometidos por su tristemente célebre colega nazi.

Es posible que su comparación con el «ángel de la muerte» del Tercer Reich pueda quedarse corta ya que aunque sus aliados alemanes llevaron a cabo experimentos inhumanos, los científicos japoneses no se quedaron atrás. El horror en su bando tiene nombre propio: Shirō Ishii.

El cerebro organizador: Shirō Ishii

El responsable máximo del desarrollo de estos programas de investigación, focalizados inicialmente en el perfeccionamiento de armas de guerra químicas y biológicas.

Ishii nació en Shibayama, distrito de Sanbu, en 1892 y estudió Medicina en la Universidad Imperial de Kioto. Rápidamente ingresó en el Ejército y en 1922 fue asignado al Hospital del Primer Ejército y la Escuela Médica Militar de Tokio.

https://www.infobae.com/new-resizer/utNetCT27fJz-W34Orvr0RiHImc=/768x768/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/NOJ5ZWJH4FCG7IDJR6G7T7SADI.jpg

Fotografías de los experimentos con armas químicas realizados por unidades especiales del Ejército Imperial japonés en el territorio ocupado de Manchuria.

Dos años más tarde se especializó en microbiología, publicando numerosos artículos en revistas científicas. En 1928, Ishii efectuó un viaje de dos años a Europa para recabar información sobre los efectos de las armas biológicas y químicas durante la I Guerra Mundial.

A su regreso a Japón, Ishii se dedicó a promover entre sus superiores la necesidad de la investigación y fabricación de armas biológicas. Creía firmemente que la guerra moderna sólo se podía ganar mediante la ciencia y su capacidad para producir armas de destrucción masiva.

Paradójicamente, Ishii tendría años más tarde la prueba definitiva sobre la «efectividad» de este tipo de armas con los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki.

En 1930 ascendió a comandante y fue nombrado profesor de Inmunología de la Facultad de Medicina del Ejército en Tokio.

Allí, protegido por Koizumi Chikahiko, un alto cargo militar del Ejército Japonés muy interesado en la guerra química, Ishii organizó un departamento de Inmunología dedicado a investigaciones sobre guerra biológica.

Además, también le apoyaron importantes figuras políticas y militares de los círculos ultranacionalistas japoneses, como el general Nagata Tetsuzan o el Ministro de Guerra, Araki Sadao.

Finalmente, un hecho fortuito fue decisivo para que sus teorías fueran escuchadas. A su regreso de Europa, se desató una epidemia de meningitis en la región de Shikoku, e Ishii diseñó un filtro especial para el agua que ayudó de un modo decisivo a frenar la expansión de la epidemia.

El éxito fue tan abrumador que su talento como epidemiólogo empezó a ser muy tenido en cuenta, sobre todo por el ejército, al cual se dirigió para que sus teorías acerca del armamento biológico fueran al fin escuchadas.

https://www.infobae.com/new-resizer/FE9tf1-dAxSNXoFDXW8Y6ZQInu0=/768x432/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/TBSC37SGBBGP7OWST5I3ZUFQIQ.jpg

Soldados japoneses custodiando prisioneros chinos durante el periodo invernal en Manchuria para un experimento de congelación.

La toma de Manchuria por el Ejército Japonés dio a Ishii la oportunidad de utilizar seres humanos en sus investigaciones. En 1932, comenzó sus experimentos preliminares sobre guerra biológica en zonas ocupadas de China como parte de un proyecto secreto.

Bajo la cobertura de un plan para la potabilización de agua para las tropas japonesas en China, desde 1936, Ishii fue organizando departamentos de Prevención Epidémica y Abastecimiento de Agua, que eran, en realidad, centros y unidades de investigación médica, destacando la tenebrosa Unidad 731.

En 1939, Ishii tenía bajo su mando una gran red de centros, como los ubicados en Harbin, Beijing, Nangjing, Guangzhou, Singapúr y Tokio, con más de 10 000 trabajadores.

En 1940, Ishii fue nombrado Jefe de la Sección de Guerra Biológica del Ejército de Kwantung y, entre 1942 y 1945, ejerció como Jefe de la Sección Médica del Primer Ejército.

Los centros de experimentación

En 1936, el doctor Ishii se trasladó al distrito de Pingfang, a unos 20 km de Harbin, para crear un gran complejo de investigación, con 6 km cuadrados y más de 150 edificios, construido por 15.000 esclavos civiles chinos, de los que un tercio fallecieron debido a las duras condiciones de trabajo.

Este fue el epicentro de la tristemente célebre Unidad 731, también conocida en algunos momentos como Unidad Togo o Boeki Bu y técnicamente como “Escuadrón de Prevención Epidémica y Purificación del Agua”. En su momento de mayor actividad trabajaban allí 3 000 empleados, de los que el 10% eran médicos.

El Escuadrón 731, dirigido por Ishii, realizó en Pingfan numerosos experimentos con prisioneros, infringiéndoles grandes sufrimientos. Se estima que entre 3.000 y 6.000 personas, incluyendo niños, murieron víctimas de los mismos, además de otros muchos que fallecerían por las epidemias causadas.

https://www.infobae.com/new-resizer/f27M12C75QQ1sl7YxEm10K7hGqw=/768x768/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/4SZ4IWWOR5HQNLTXSJ6XCDGQEI.jpg

Fotografías de los experimentos con armas químicas realizados por unidades especiales del Ejército Imperial japonés en el territorio ocupado de Manchuria.

A finales de agosto de 1942, Ishii se trasladó de Pingfang a Nanking para participar en algunas campañas y experimentos. Uno de los objetivos a desarrollar fue el de contaminar todas las fuentes de agua del enemigo, dejando botellas con agua contaminada en los caminos o en las viviendas de las poblaciones cercanas.

Los experimentos

En los centros de experimentación se utilizaron prisioneros de guerra y detenidos políticos acusados de ser espías o miembros de la resistencia, fundamentalmente de origen chino, pero también soviéticos, mongoles y coreanos, además de enfermos mentales y discapacitados.

A los prisioneros forzados chinos se les llamaba “marutas”, que viene a significar “troncos” o “leños”, pues parte de la Unidad 731 estaba camuflada como un aserradero.

Ishii y sus colegas investigaron fundamentalmente sobre enfermedades infecciosas, inoculando a sujetos sanos los gérmenes del cólera, tifus, difteria, botulismo, ántrax, muermo, brucelosis, disentería, sífilis, peste, etc., para analizar el desarrollo de las enfermedades y probar la efectividad de ciertas vacunas.

Las víctimas eran forzadas a comer alimentos infectados o a beber líquidos contaminados, o bien se les obligaba a portar objetos o ropas contaminadas.

También se utilizaron cobayas humanos para probar la eficacia de las armas convencionales y de agentes químicos y biológicos como armas de guerra: se usaron blancos humanos para probar la efectividad de granadas, lanzallamas o bombas explosivas, se les obligaba a beber iperita o se les exponía a ácido cianhídrico y gas mostaza.

https://www.infobae.com/new-resizer/0nRmnk7s3FGkOEaHAIT2PTbJpnA=/768x432/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/MOP5UFAQZVATVFMBZ4N7SLIMKM.jpg

Médicos de la Unidad 731 extrayendo órganos en una necropsia.

También se realizaron experimentos de carácter fisiológico, muy similares a los efectuados por los médicos nazis, como la valoración del tiempo de asfixia tras colocar cabeza abajo a los prisioneros y de embolia después de la inyección intravascular de aire.

Se probaron los efectos de la inyección de orina de caballo y de agua de mar, la privación de alimentos, agua o sueño, la congelación, las radiaciones masivas con rayos X. Algunos prisioneros fueron incluso colocados dentro de máquinas centrífugas para determinar el tiempo de supervivencia.

Los experimentos de hipotermia eran una de las especialidades de Ishii. En ellos, se exponía a los prisioneros a temperaturas extremas durante los meses más fríos del año en distintas condiciones (con ropa mojada, con dieta normal, con dieta hipocalórica, etc.) y luego se estudiaban diferentes formas de reanimación.

La Unidad 731 realizó experimentos congelando extremidades de prisioneros y calentándolas luego con agua, observando la temperatura a la cual se desprendían la piel y los músculos.

Al finalizar aquellos «experimentos», y habiéndose quedado cortos los ensayos con la microbiología, Ishii decidió ir un paso más allá. Para ello se propuso explorar los límites de la resistencia humana y sometió a sus «pacientes» a la amputación de brazos y piernas sin anestesia.

También se dedicó a congelar y descongelar miembros para arrancarlos posteriormente. Asimismo, Ishii y su equipo sometieron a los sujetos de estudio a dosis letales de rayos X, los quemaron con lanzallamas, fueron expuestos a gases, los deshidrataron hasta la muerte y les inyectaron sangre de animales, entre otras torturas indescriptibles.

Aparte de experimentar con seres humanos, Ishii también lo hizo con animales, sobre todo con gatos. Para este experimento hizo pasar hambre a cien ratas que luego soltó en una habitación donde había encerrado a un gato bien alimentado. La conclusión de aquel ensayo era demostrar que un animal «inferior» es capaz de acabar con uno superior cuando se «trabaja» en equipo.

Existe constancia gráfica de la práctica de vivisecciones y autopsias en prisioneros moribundos, algunas realizadas por el propio Ishii, con el objetivo de obtener las muestras lo más frescas posible.

También se realizaron otras prácticas quirúrgicas: apendicectomías y traqueotomías, extracción de balas previamente disparadas a los prisioneros, amputaciones de miembros y, finalmente, asesinato de los sobrevivientes.

https://www.infobae.com/new-resizer/EtEe5l0ySGYvDfOwcB8PFZH0AZg=/768x432/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/XGHDFM573VEJTDITGQ5O3CD2RE.jpg

Hipotética fotografía del teniente general Shiro Ishii, responsable de la Unidad 731, realizando una vivisección.

Estas prácticas quirúrgicas estaban integradas, supuestamente, en el programa de formación de cirujanos del Ejército, para enseñarles cómo manejar a los soldados heridos en el frente.

Incluso se llegaron a publicar, después de la guerra, varios artículos en revistas médicas que estaban basados en estos experimentos.

¿Incapaces?

https://historia.nationalgeographic.com.es/medio/2020/06/24/en-la-imagen-el-campo-de-pruebas-de-la-unidad-731-en-china-shiro-ishii-y-la-bomba-biologica-desarrollada-por-su-equipo_36e30034_800x1060.jpg

En la imagen, el campo de pruebas de la Unidad 731 en China, Shiro Ishii y la bomba biológica desarrollada por su equipo.

En un principio, los estadounidenses no se tomaron demasiado en serio el programa de armamento biológico japonés.

La supuesta superioridad norteamericana respecto a los científicos del País del Sol Naciente se revela en unos informes de la época en los que se afirma que: «Los japoneses serían incapaces de desarrollar armas biológicas sin la ayuda de científicos blancos».

Pero una vez iniciada la Segunda Guerra Mundial, muchos soldados estadounidenses, británicos y australianos serían víctimas de los métodos empleados por la Unidad 731.

Durante la campaña del Pacífico, fueron capturados algunos médicos nipones que habían pasado por la terrible Unidad 731.

En ese momento, los norteamericanos no solamente descubrieron que el programa de armamento biológico japonés se encontraba mucho más avanzado de lo que habían sospechado, sino que al ser interrogados dieron a conocer el nombre de Shiro Ishii.

Pero las atrocidades y los crímenes cometidos en los campos de la Unidad 731 no fueron castigados de la misma manera que lo serían posteriormente los cometidos por los nazis.

El general Douglas MacArthur creyó que los Estados Unidos podían aprovecharse de los descubrimientos realizados por Ishii.

Nunca pasó, ni la justicia se pronunció

A pesar de que todos los experimentos quedaban perfectamente documentados en papel o en película, la mayor parte de las pruebas fueron destruidas, aunque se salvaron numerosas fotografías. Incluso los centros de experimentación fueron destruidos mediante explosivos durante los días próximos al final de la Guerra, previo asesinato de todos los prisioneros, tanto los infectados como los sanos, así como de los trabajadores civiles chinos, mediante inyecciones de cianuro potásico.

Tras la rendición de Japón en 1945, las autoridades, que habían alabado y premiado el trabajo llevado a cabo por Ishii, derribaron el campo de exterminio y procuraron borrar cualquier huella de las atrocidades cometidas tras sus muros.

Pero, como si de una venganza final se tratara, antes de marchar, los responsables del campo ejecutaron a los últimos prisioneros que quedaban y soltaron ratas y pulgas infectadas.

Aquella terrible acción provocó que durante los siguientes años, miles de personas murieran a causa de la peste y otras enfermedades infecciosas.

https://www.infobae.com/new-resizer/Ubx9wmbU4g9AEsfeNMqGKYY6GLA=/768x576/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/FJ3RYFLDHBCBTLCNOC7XZZ3N64.jpg

Prisioneros en la sala del Tribunal Internacional de Crímenes de Guerra para el Lejano Oriente el 14 de mayo de 1946.

Se estima que, en el marco de estos programas, podrían haber sido asesinadas directamente hasta 12.000 personas, aunque algunos historiadores cifran las muertes causadas por el Escuadrón 731 entorno a las 200.000.

No obstante, si se estimaran las muertes provocadas por las epidemias, la cifra podría elevarse hasta 580.000. En cualquier caso, los experimentos realizados en estos centros fueron calificados por la Organización de Naciones Unidas como “crímenes de guerra”.

Mientras que los médicos nazis fueron juzgados, en el marco de los Juicios de Núremberg, por un Tribunal Militar Internacional, siendo algunos de ellos condenados a muerte o a largas penas de prisión, no hubo ningún juicio contra los médicos del Escuadrón 731.

https://www.infobae.com/new-resizer/H5BkjQZ7-0wBm7J6NlyW9xUeu5g=/768x432/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/56UTZPE5YFFVLBED5UMFJKYAUQ.jpg

Oficiales científicos de la Unidad 731. Fotografía tomada el 25 de Junio de 1943, en el 8º aniversario de su creación.

Únicamente 12 oficiales japoneses de bajo rango fueron juzgados por la Unión Soviética en Khabarovsk (Siberia), en 1949, y las penas fueron muy limitadas (entre 2 y 25 años).

Ishii, quien fingió su propia muerte e intentó huir, fue arrestado por los estadounidenses en 1946.

Tanto él como otros integrantes del Escuadrón 731 lograron negociar su inculpación e inmunidad en el Juicio de Tokio (Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente, TIPLE), que comenzó el 27 de abril de 1946, a cambio de todos los datos sobre guerra biológica obtenidos de sus experimentos con seres humanos, y sin publicidad alguna.

De esta forma, Ishii nunca llegó a ser procesado por crímenes de guerra.

https://www.infobae.com/new-resizer/YvxMX374hFwo7YHxr2z4l-kPGaA=/768x432/filters:format(jpg):quality(85)/cloudfront-us-east-1.images.arcpublishing.com/infobae/VRWO6UMDONDXHBSVURFEHFJXCE.jpg

El doctor Shirō Ishii, organizador y máximo responsable de la tenebrosa Unidad 731 del ejército japonés.

Muchos de los científicos implicados en las actividades criminales de las Unidades de experimentación continuaron su actividad investigadora después de la Guerra, siendo incluso protegidos.

Ishii abrió una clínica de atención gratuita y murió en Tokio de un cáncer de garganta, tras convertirse al cristianismo, en 1959. Tenía 67 años de edad.

Una conspiración de silencio sigue rodeando estos hechos. En palabras de los propios perpetradores, fue “el secreto de los secretos”. Nunca pagó por las atrocidades cometidas, incluso en los juicios de Tokio se alegó que no había pruebas suficientes para acusarlo, y la opinión pública mundial nunca conoció los hechos cometidos en los campos hasta que la década de 1980, cuando la historia apareció en los medios de comunicación.

Sheldon Harris, historiador de la Universidad del Estado de California, ha calculado que las víctimas de Ishii pudieron rondar las 200.000. Pero, ¿cuánta gente murió a causa de las epidemias que posteriormente provocó? Algunas fuentes elevan la cifra hasta 580.000, y las víctimas de las torturas del Escuadrón 731 pudieron llegar a 12.000.

nuestras charlas nocturnas.

Deja un comentario

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.