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Anécdotas y curiosidades de la Segunda Guerra Mundial (8)…


 

Perros antitanque soviéticos

En todas las guerras, se han utilizado a los animales, bien sea para misiones de socorrismo o de parapeto, y en el artículo que nos ocupa, los perros, por su fidelidad y fuerza física, fueron cientos los sacrificados por el Ejército soviético durante la Segunda Guerra Mundial, normalmente, el mas común utilizado fue el pastor alemán.

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Entrenamiento de un perro antitanque

En junio de 1941, cuando Hitler atacó a la Unión Soviética, el Ejército ruso fue cogido totalmente por sorpresa, de nada valieron los Tratados que Stalin había firmado con Alemania de No-Agresión.


El avance alemán fue imparable, aniquilando todo el potencial que podía ofrecer las Fuerzas Armadas de Stalin.


Ante la desorganización, caos y retirada, los soviéticos pensaron, desesperados, que el perro podía ser utilizado para frenar las columnas blindadas alemanas en las estepas ucranianas y rusas, ya que en 1924, se había autorizado por el Consejo Militar Revolucionario, que el perro ayudase en las labores del Ejército.

Se crearon tres escuelas de adiestramiento, enseñándolos para rescate de personas, localizar minas y transporte de suministros, y dado el éxito relativo, se crearon otras escuelas de adiestramiento, aunque como se ha relatado, fue al principio de la invasión cuando se pensó utilizarlos con explosivos.

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Pavlov con uno de sus perros

El origen de esta idea, era del científico Iván Pavlov (Premio Nobel de Medicina 1904), el creador de la «Psicología Conductivista», es decir, se basaba en modificar la conducta de los canes, bajo estímulos que crearan determinadas respuestas.

La primera repesa de estos perros con explosivo (TNT) adosados a sus lomos, se les conocían como «los perros de Pavlov», aunque después tuvieron diferentes nombres, como «perros bomba», «perros-mina» o «perros antitanque».

Los alemanes los conocían como die Panzerabwehrhunde y también Hundenminen.

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ilustracion que muestra el dispositivo que carga

La idea era sencilla. Los perros cargados con dinamita o minas, se tenían que meter debajo de los tanques alemanes y, una vez debajo (los bajos eran su parte más débil), detonar la carga explosiva. El perro quedaría desintegrado pero, al menos, habrían inutilizado el carro de combate. La teoría decía que podía funcionar y se pusieron manos a la obra.

Se empezó a entrenar a cientos de perros que pudieran llevar la carga explosiva (entre 6 y 12 kilos) con un arnés o mochila fijada a sus costillas para que se metieran debajo de los tanques, y la forma de que lo hicieran era haciéndoles pasar hambre.

Los canes eran encerrados durante días sin darle de comer, y cuando estaban desesperados, se les enseñaba que la comida estaba debajo del carro, cuando se les liberaba, salían rápidamente para meterse en un vehículo acorazado, porque sabían que debajo estaba la comida. La otra cuestión, era detonar la carga.

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Detalle del chaleco bomba

Llevar al perro hacia el tanque era relativamente sencillo, pero el explosionar la carga, no lo era tanto. El control remoto de los explosivos, si bien existía, era caro y no estaba disponible en masa, por lo que los soviéticos idearon primero un mecanismo en el que el propio perro se detonaba a si mismo al estirar de un tirador o anilla que llevaba atada a su cuello, y luego, al ver que fallaba, o se le añadía un temporizador o bien se le añadía una especie de palanca de madera de unos 20 centímetros que, al tocar los bajos del tanque, detonaba la dinamita o las minas. La idea era buena pero tenía sus inconvenientes.

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Desfile en la Plaza Roja con perros adiestrados, 1938

Los perros, como animales especialmente sensibles, se asustaban mucho de las explosiones y del ruido (no hay más que ver un perro cuando se tiran fuegos artificiales).

Ello hizo que los perros fueran entrenados con ruidos de explosiones y batalla, de tal forma que el hambre les inhibiera de su terror a los ruidos fuertes.

Todo parecía que tenía que funcionar, pero en el momento de entrar en batalla, la cosa no dio los resultados esperados, ya que algunas veces, se asustaban, daban media vuelta y se metían entre los propios vehículos soviéticos (los propios soldados rusos tenían que dispararles), o por el ruido de la batalla, escapaban, e incluso, al ser entrenados para meterse debajo de los tanques parados, los carros alemanes en movimiento, no los reconocían, también que al olfatear el carro, el olor del combustible no era el mismo, ya que los rusos utilizaban diesel, y los alemanes, gasolina.

Los primeros treinta perros fueron usados en 1941, con un resultado pobre, ya que la mayoría fueron acribillados por los propios rusos.

De todas formas, los soldados alemanes disparaban a cualquier perro que se encontraran en cualquier lugar, sin importar la raza, por si acaso, e igualmente los carros, disparaban con la ametralladora de la torreta, y aunque esto último presentaba alguna dificultad, por lo pequeño del perfil que presentaba, se llegó a utilizar incluso lanzallamas para desviarlo de su objetivo.

En octubre de 1941, ya se implantó el atar el explosivo al perro, en este caso, se accionaba una palanca conectada, y al impactar contra la parte inferior del vehículo, provocando la detonación.

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Recreación de perro bomba

A pesar de que la propaganda soviética, de cara a justificar las fuertes pérdidas de los canes, publicitaba que más de 300 tanques alemanes fueron abatidos de esta forma, la verdad es que no hay constancia fehaciente de todos estos objetivos exitosos. Se tiene noticia que, en el frente de Hlukhiv, 5 tanques alemanes fueron dañados por 6 perros, en el aeropuerto de Stalingrado, 13 tanques fueron destruidos.

Una de sus participaciones más destacadas, según las fuentes soviéticas, fue la batalla de Kursk (una de las batallas de toda la IIGM. en las que participaron un mayor número de carros de combate). Los soviéticos dijeron que, en esta batalla, 16 perros destruyeron 12 tanques. Sin embargo, las fuentes alemanas afirman que eran exageradas las bajas.

De todas formas, lo cierto es que los «perros bomba» destrozaban los nervios de los alemanes, quienes se veían obligados a acertar con sus armas a estos veloces animales dotados con grandes reflejos. En muchas ocasiones, este factor psicológico bastaba para desconcertarles. Aunque la efectividad de los “perros bomba” era modesta, sí que tuvo como consecuencia: minar aún más la moral de las tropas alemanas, que debían permanecer en constante alerta. Los soldados soviéticos eran conscientes de la importancia que tenían estos actos.

El uso de los perros, empezó a menguarse a partir de finales de 1942, por las enormes bajas de los canes con sus pobres resultados, en contraposición con las muchas horas de entrenamiento que necesitaban y las bajas reales al enemigo.

En 1944, sólo se utilizaban ya en el rastreo de campos de minas. En total, unos 40000 perros se utilizaron por los rusos en diferentes tareas.

Las escuelas de adiestramiento de perros fueron utilizados con fines militares en el Ejército ruso hasta 1996. Existe un monumento a estos perros en Volgogrado, inaugurado en mayo del 2011.

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Perros antitanques reunidos. Una de las más extrañas armas antitanques que el Ejército Rojo exhibía era un perro especialmente entrenado, sin ninguna raza en particular, que pudiera correr bajo un tanque alemán que se acercaba con una carga explosiva amarrada a su espalda. La explosión inhabilitaría el tanque, penetrando fácilmente la delgada armadura del vientre

 

Los perros paracaidistas en el Día D

En 1941, el Ministerio de Defensa británico había hecho llamamientos a través de la radio, a los dueños de perros para que prestaran sus mascotas al esfuerzo de la guerra. Esto llevó a la primera tanda de perros, a la «Escuela de Entrenamiento de Perro de Guerra», en Hertfordshire (Reino Unido), aunque también se convirtió en un refugio de animales, debido que sus dueños los habían abandonado por las penurias de la guerra.

A finales de 1943, el Primer Ministro británico, Winston Churchill, y el Presidente estadounidense, Franklin D. Roosevelt, se reunieron (también Iósif Stalin) en Teherán (Irán), para planear la invasión del continente europeo, entonces ocupado por los alemanes. Pero no fue hasta el 6 de junio de 1944, cuando se dieron las circunstancias oportunas, para el desembarco de Normandía, que marcó el inicio de la liberación de la Europa occidental ocupada.

Uno de los regimientos británicos que iban a participar, era el 13º Parachute Regiment and Airborne Forces(Regimiento de Paracaidistas y Fuerzas Aerotransportadas), al que le asignaron tres perros: Bing, Monty y Ranee, todos pastores alemanes, (este último era una perra, siendo la única que saltó en paracaídas durante la IIGM).

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Brian y su dueña Betty Fetch Brian

En la base de Larkhill Garrison (Salisbury, Reino Unido), los perros recibían el adiestramiento necesario para localizar minas y explosivos, realizar labores de vigilancia y actuar como mensajeros, familiarizarse con los escenarios de guerra, para que no se asustasen en medio de, explosiones tiroteos o bombardeos… y un entrenamiento específico para saltar de los aviones.

En la primera parte de este entrenamiento, los perros se sentaban dentro de la cabina durante horas para que se acostumbrasen al ruido de los motores, en la segunda fase, la más complicada, los paradogs debían perder el miedo a saltar desde el avión. Para ello, antes del salto los dejaban sin comida y los instructores subían al avión con un buen trozo de carne. Cuando llegaban a la altura señalada, los instructores saltaban enseñándoles el jugoso filete… los perros estaban tan hambrientos que saltaban tras la carne. Cuando llegaban a tierra, recibían el preciado botín.

Para ello tuvieron que ser adiestrados concienzudamente para que no se asustasen al estar en el avión, ni con los ruidos, ni por el habitáculo ni por nada. El miedo y la distracción convertirían el plan en fallido.

Salto a salto, fueron perdiendo el miedo e incluso parecía que se divertían.

Entre estos animales, uno con dos años de edad, el perro Brian, un pastor alemán con cruce de collie.

Brian se llamó después Bing, su propietaria civil era Betty Fetch Brian. Brian participó en dos misiones: en Normandía y en Alemania.

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Los cuerpos delgados de los perros demostraron ser ventajosos porque, durante su prueba de saltos, utilizaban los paracaídas (más pequeños), que en realidad habían sido diseñados para transportar bicicletas.

Con el fin de hacer más fácil para llegar a los perros para saltar de la aeronave, no se les daba de beber o comer de antemano.

El 2 de abril de 1944, Ken Bailey (instructor asignado), escribió en su cuaderno de notas sobre el primer salto con la hembra alsaciana Ranee. Señala que llevaba consigo un pedazo de 2 libras de carne, y que el perro se sentó en sus talones con entusiasmo viendo como los hombres en el frente de la línea saltaron del avión.

Era el momento del primer salto, que relata:

«Me volví hacia la línea de vuelo…. La perra estaba a unos 30 metros de distancia, la rampa del avión estaba abierta, «Ranee» parecía un poco desconcertada, se movía ligeramente para un lado y otro, pero no mostró ningún signo de temor, la llamé y de inmediato se volvió hacia mí y movió su cola vigorosamente.
La perra embarcó y durante el vuelo, me miraba, no hacía ningún intento de anticipar ni resistir cuando llegara el momento, fue lanzada fuera del avión, aterrizando sin contratiempos. Estaba completamente relajada, se dio la vuelta una vez, se puso de pie y se quedó mirando a su alrededor, yo aterricé cerca y de inmediato corrí hacia ella, la solté y le di la alimentación, dos libras de carne».
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El Yorkshire Smoky durante un descenso en paracaídas

Con cada nuevo salto los perros desarrollaban más y más placer en su trabajo, y en algún momento, los animales comenzaban a arrojase voluntariamente con sus compañeros humanos del avión.

Tras dos meses de saltos, estaban preparados para el día D.

Y llegó el día en que los perros habían sido entrenados, el 6 de junio de 1944: los tres aviones con los miembros del 13º batallón despegaron a las 23.30 pm en la noche anterior y se dirigieron a Francia. A la 01.10 de la mañana, con sólo 30 segundos de retraso, los aviones llegaron a Normandía. Cada aeroplano llevaba 20 hombres y un perro cada uno.

Aunque ninguna de las tres aeronaves fue alcanzada por las defensas antiaéreas alemanas, los aviones recibieron fuertes sacudidas por las explosiones cercanas.

Monty y Ranee mantuvieron el tipo, pero Bing se puso muy nervioso, comenzó a ladrar y se escondió asustado bajo un asiento. El salto todavía sería peor… para los tres perros: el paracaídas de Bing quedó enganchado en un árbol durante dos horas y fue herido con dos profundos cortes en la cara, antes de poder ser rescatado por los paracaidistas, Monty resultó gravemente herido, muriendo después, y Ranee no tomó contacto con el batallón y desapareció. Fueron sustituidos por otros dos pastores alemanes.

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Miembros del 13º Batallón de Paracaidistas después de la guerra cerca de Wismar

Bing, a pesar de recuperarse sólo en parte de sus heridas, consiguió hacer su trabajo detectando minas e incluso salvando a sus compañeros humanos de una emboscada en un segundo salto durante la «Operación Varsity», en marzo de 1945.

Fue galardonado con la Medalla Dickin en 1947, la condecoración que el Gobierno británico otorga a los animales por sus acciones durante los conflictos bélicos, por su «gallardía tan notoria y devoción al deber mientras servía en cualquier rama de las Fuerzas Armadas o de las Unidades de Protección Civil.».

Después de la guerra, el Ejército devolvió a Bing a su dueña, Betty Fetch. Tuvo una vida plena y feliz, y tras su muerte, en 1955, fue enterrado en un cementerio para animales de guerra próximo a Londres, y se hizo una estatua en su honor, se puede visitar en el Museo del Regimiento de Paracaidistas y Fuerzas Aerotransportadas, de Duxford, con un paracaídas a su espalda y la Medalla de Honor, la cual dice: «por su valentía» y «nosotros servimos».

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Bing, recibiendo la condecoración, junto a su propietaria

 

Medalla al único perro prisionero durante la Segunda Guerra

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Judy, la mascota de la Royal Navy, se convirtió en una prisionera oficial de guerra

Judy, que es como se llamaba ese perro, era una especie de mascota para los marineros de un buque de guerra inglés que fue torpedeado por los japoneses en 1942. Todos los tripulantes, incluida Judy que era una hembra de la raza pointer, fueron colocados en un campo para prisioneros de guerra en la isla de Sumatra. Uno de los marineros británicos, Frank Williams, se encargó de cuidar a Judy en el campo y más tarde, convenció a los oficiales nipones de que le otorgasen al perro el rango oficial de prisionero de guerra.

Judy logró sobrevivir tras varias heridas de bala y mordiscos de cocodrilo, y en más de una ocasión había ayudado a los reclusos ingleses desviando la atención de los guardias. Una vez terminada la guerra, Frank Williams se llevó al animal a su ciudad natal, Liverpool.

En 1946 Judy fue condecorada por su valentía con la Medalla PDSA Dickin, el equivalente de la Cruz de la Victoria para los animales. En 1950, ese perro leyenda murió y más tarde, cuando falleció también su amo, los parientes de Williams traspasaron la medalla y el collar de Judy a la colección del Imperial War Museum, cumpliendo la voluntad del difunto.

A pesar de que nunca he tenido la oportunidad de verla a Judy en vida, siempre ha sido un miembro más de nuestra familia – cuenta Doris Williams, la viuda de Frank -. No hay duda de que Judy la ha salvado la vida a mi esposo y a sus compañeros’.

 

La gran explosion de Fauld (Staffordshire, Reino Unido)

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Depósito de municiones de la RAF

EL HECHO

La explosión se produjo en un depósito subterráneo de municiones de la RAF a las 11.11 horas, del día 27 de noviembre de 1944, que era una antigua mina abandonada de yeso, de unos 17.000 metros cuadrados, fue la más grande deflagración no nuclear de la historia que se ha producido en el Reino Unido. Entre 3.500 y 4.000 toneladas de municiones sin estallar, incluyendo gran variedad de explosivos, asimismo 500 millones de balas para rifles.

Se formó un cráter de 120 metros de profundidad, y unos 1300 metros de anchura, se destruyó un depósito de agua de 450.000 metros cúbicos de capacidad, así como edificios cercanos y granjas, oyéndose la explosión a más de 30 kilómetros de distancia, el lugar está situado y se ve de forma clara en la aldea de Fauld, al oeste de la colina de Hanbury, en Staffordshire.

CAUSA

La causa exacta de la explosión no se ha podido determinar de forma oficial, en ese momento estaban trabajando en el lugar unos 189 prisioneros de guerra italianos inexpertos, pero no fue hasta 1974 cuando se dio a conocer el hecho, ya que en plena guerra, la noticia sería a todas luces impopular y se daría a conocer la falta de seguridad, incompetencia y las condiciones de los trabajadores, o peor aún, que hubiera sido por la acción de saboteadores enemigos.

Se informó que la causa sería probablemente por la acción de un técnico, el cual estaba manipulando el detonador de una bomba de 115 kilos con un cincel de cobre, en vez de hacerlo con uno de madera.

Un testigo declaró que lo había visto con el cincel, contraviniendo las estrictas medidas de seguridad en vigor.

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El cráter en la actualidad

BAJAS

El informe oficial comunicó que,
90 personas murieron, no se pudo determinar el número exacto, siendo:
26 muertos o desaparecidos, entre personal de la RAF, civiles y prisioneros.
37 ahogados.
8 trabajadores agrícolas que estaban trabajando en las granjas cercanas.
22 heridos.
También 200 vacas murieron de las granjas cercanas.

CONSECUENCIAS

Aunque gran parte de la instalación de almacenamiento fue destruida por la explosión, cabe reseñar que las secciones 3 y 4 aguantaron, ya que tenían barreras de rocas, evitando así una reacción en cadena, y los daños se extendieron a unos 1300 metros a la redonda, edificios cercanos, granjas y el gran depósito de agua, como se ha comentado anteriormente, e incluso el pueblo de Hanbury, sufrió daños por la caída de cascotes de escombros lanzados al aire.

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Monolito en recuerdo de las víctimas de la explosión

DESPUÉS DE LA EXPLOSIÓN

La instalación fue siendo utilizada hasta el año 1966, cuando se disolvió la Unidad de Mantenimiento, pero fue recuperada otra vez por el Ejército de EE. UU. para almacenar sus municiones que estaban antes ubicadas en Francia, ya que éste país se retiró de la OTAN en 1966, clausurándose definitivamente en el año 1973.

En 1979 el lugar fue cercado y desde entonces la naturaleza se ha adueñado del lugar, estando la zona restringida por carteles de aviso, por la cantidad de explosivos que aún están enterrados en el sitio.

El Gobierno del Reino Unido consideró su eliminación, pero resultó inviable por el alto coste.

 

 

 

El barco militar que fabricaba helados en la IIGM

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Ice Cream Barge

En momentos de depresión o baja autoestima, alimentos como el chocolate o los helados son un recurso habitual para tratar de elevar la moral de quien sufre esa apatía. En periodos de conflictos bélicos, donde casi cualquier solución es válida para mantener contentos a los soldados, esta perla de la sabiduría popular no podía ser ignorada por los mandos militares.

De hecho, el poder reconstituyente del helado fue tomado tan en serio que, en plena Segunda Guerra Mundial, la Marina de Estados Unidos construyó un buque, el «Ice Cream Barge», encargado de fabricar y distribuir miles de toneladas de este producto entre los barcos y bases que tenía desplegados en el Pacífico Sur.

Todo comenzó, cuando la cúpula militar buscaba soluciones para los principales problemas que el clima caluroso de la zona y la baja moral causaba entre las tropas. El consumo de helados, habitualmente prescrito por los médicos a los soldados para recuperarse de la fatiga, era una respuesta ideal, ya que atacaba ambos problemas a la vez.

Así, a partir de 1943, se distribuyeron más de 61.000 toneladas de helado deshidratado entre todas las bases militares del Pacífico Sur. Con un poco de agua y siguiendo las instrucciones que indicaba la lata del producto para diluir el polvo, cualquier soldado podía obtener su propio helado de vainilla.

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Sirviendo helados a la tropa

Sin embargo, el secretario de la Marina de los Estados Unidos, James Forrestal, estaba convencido del enorme beneficio de incluir este alimento en la dieta de los soldados. Por ello, decidió dar máxima prioridad a su distribución y, en 1945, se las ingenió para convencer a la Comisión Nacional de Presupuestos para que apoyaran su plan.

Con el millón de dólares que obtuvo, Forrest ordenó construir el barco más insospechado de la Segunda Guerra Mundial: uno destinado única y exclusivamente a la fabricación de helados. Conocido como «Ice Cream Barge», era una barcaza remolcada capaz de producir alrededor de 300 litros de helado cada hora que distribuía por todas las bases del Pacífico Sur.

El «Ice Cream Barge», además de ser la primera heladería flotante y ambulante del mundo, sin duda hizo las delicias de muchos de los soldados, a la vez que les sirvió de cierto apoyo moral mientras combatían en unos campos de batalla muy alejados de su hogar. Un curioso uso de los helados, quizá solo superado por el de los caramelos de chocolate que salvaron la vida de un batallón de marines en la Guerra de Corea.

 

Un gallego en Omaha Beach

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Manuel Otero Martínez

La historia es la siguiente:

Gema Martínez, una vecina del municipio de Serra de Outes, (provincia de A Coruña, Galicia, España), se pone en contacto con D. Manuel Arenas, fundador y presidente de la Asociación histórico-cultural «The Royal Green Jackets» de A Coruña y de la Asociación de Amigos del Museo Militar de A Coruña.

Esta mujer le comenta que tiene un féretro que perteneció a su tío y que su historia podría interesarle. Manuel al principio no se lo toma en serio pero ante la insistencia de la mujer y atraído por la curiosidad se acerca al citado municipio en busca de más información.

Gema le cuenta que su tío, Manuel Otero Martínez, nacido el 29 de abril de 1916 y marinero de profesión, se encontraba embarcado como mecánico en el vapor Inocencio Figaredo, amarrado en el puerto de Santander. Estalló entonces la Guerra Civil Española, siendo reclutado en el bando republicano antifranquista cuando contaba con 20 años de edad. Fue herido gravemente en un pulmón y un brazo durante la Batalla de Brunete y hecho prisionero en Barcelona pero, gracias a la intermediación y las influencias de su hermano que había luchado en el bando nacional profranquista, es liberado y regresa a su pueblo, Serra de Outes.

Sin embargo nada sería igual. Desde entonces, la persecución a la que fueron sometidos los que habían luchado en el bando republicano una vez finalizada la Guerra Civil, le impulsa a emigrar a EE.UU. en el año 1941 en busca de mejor fortuna. Y la encontró. Se muda a EEUU a través de Hawái, para evitar problemas con inmigración. Posteriormente se traslada a Nueva York donde abre un próspero taller mecánico. Su sobrina nos cuenta que, ya de pequeño, Manuel solía construir bicicletas de madera para jugar con ellas. Pero en su mente estaba el objetivo que todo emigrante desea alcanzar, el sueño americano de lograr la nacionalidad.

La forma más fácil de hacerlo era ingresar en el ejército durante 6 meses, así que, aunque en Europa había comenzado la guerra, se alista creyendo que aquel conflicto quedaba lejos de afectar a su país adoptivo, EEUU. Pero el destino, que parecía tenérsela jurada a este buen gallego, le jugó de nuevo una mala pasada. Tan sólo tres días después llegó el ataque a Pearl Harbor y con él la entrada de EEUU en la IIGM, así que Manuel Otero queda alistado en el ejército y en 1943 lo mandan a Inglaterra a completar su entrenamiento, ya de por si amplio dada su experiencia en la Guerra Civil Española. Posteriormente parte a Normandía en el marco de la Operación Overlord.

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Omaha beach el Día D

El Día D desembarca en Omaha Beach, sector este, con las primeras oleadas de infantería, como soldado de primera clase en el 16º Regimiento de infantería de la 1ª División, la mítica Big Red One. Allí como tantos otros encuentra la muerte.

Recibe el Corazón Púrpura a título póstumo y sus restos son enterrados en el cementerio americano de Colleville-sur-Mer, para después ser repatriados en 1948 a Galicia, por petición de su familia. Es enterrado en su panteón familiar en la Iglesia Parroquial de San Juan de Sabardes, y posteriormente se trasladan sus cenizas al cementerio nuevo cercano.

Lo paradójico es que el párroco, en el certificado de defunción, cita una postdata donde dice que «Ha sido enterrado por soldados del Ejército norteamericano con todos los honores. Fecha: 18 de septiembre de 1948».

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En esta imagen vemos el diploma original de concesión del Corazón Púrpura


«¿En esa época Franco permitiría venir a soldados de uniforme para hacer el entierro?», se pregunta Manuel Arenas, quien advierte de que no hay rastro del suceso en la prensa de la época. Sin embargo, el propio Arenas narra que una mujer del pueblo, que cuando sucedió aquello apenas tenía 9 años, dice recordar aquel entierro y especialmente cómo a la persona fallecida se le dio sepultura con una bandera roja y blanca que ella no conocía, además de unos militares que hablaban de una forma extraña y que acompañaban el féretro.

«Es decir, que compañeros suyos debieron venir al entierro de La Coruña», intuye Arenas.

«Es un personaje olvidado durante 70 años y su historia merece que sea conocida en toda España. Tuvo mala suerte en todos los sentidos, era un joven que tenía el sueño de prosperar, el sueño del emigrante gallego. Es el único gallego y el único español. Miramos todos los listados de fallecidos del Ejército americano y había puertoriqueños o mexicanos, pero el único que figura como español era Manuel Otero y murió un día como hoy hace 70 años», afirma Arenas durante el homenaje que se le ha dedicado en su pueblo natal este 6 de junio de 2014.

El paradero de la condecoración se desconoce, aunque se sospecha que pueda conservarla la única hermana viva que le queda, residente en Como, (Italia). También podrían tenerla unos familiares emigrados a Canadá.

La clave para confirmar la identidad del soldado gallego es el número de identificación, (32868826), que figura tanto en los registros americanos como en la caja de madera que contenía el féretro metálico en el que repatriaron los restos.

Se decide colocar una placa en su tumba y ofrecerle un homenaje en el que he tenido el gusto de participar, y al que acudimos con vehículos y uniformes de la época. Este acto se pretende repetir cada año coincidiendo con la fecha del Día D.

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La tumba de Manuel Otero

Su casa natal sería convertida en un hotel con una sala-museo y que, por supuesto, se llamará «Hotel Normandía».

Además, el escritor e historiador D. Antonio Osende Barallobre, vicepresidente de la Asociación «The Royal Green Jackets», está recopilando información para la elaboración de una biografía lo más completa posible sobre este soldado gallego, que prevé poder publicar en año y medio.

Así que esta es, en resumen, la historia del único español que murió en Omaha Beach y que, como no, tenía que ser gallego.

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La placa de Manuel Otero en Colleville-sur-Mer cerca de la playa de Omaha junto al monumento a la Big Red One

Varios miembros de la Asociación The Royal Green Jackets viajaron a Normandía y colocaron una placa conmemorativa en una poyata informativa, junto al monumento a la Big Red One, rindiendo homenaje a Manuel Otero.

Según las últimas averiguaciones parece que hay testimonios de que Manuel Otero murió al pisar una mina mientras trataba de cruzar la playa.

nuestras charlas nocturnas.

 

 

 

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