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Idi Amin, el carnicero de Uganda: las excentricidades y la extrema crueldad del dictador africano …


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abc(A.Miras)/LaNación/Infobae(M.Bauso)  —  Hace más de 50 años del golpe de Estado que en los 70 encabezó Idi Amin, apodado el carnicero de Uganda, y que inauguró una dictadura de ocho años, signados por la crueldad y las excentricidades. Según cálculos oficiales durante este período fueron asesinados unos 500.000 opositores.

El 25 de enero de 1971, Amin, hasta entonces jefe de las fuerzas terrestres de su país, aprovechó un viaje al exterior del presidente Milton Obote para liderar un golpe de Estado que abrió un periodo de decisiones insólitas, persecución a extranjeros y una profunda crisis económica.

Con sus más de 100 kilos, sus casi dos metros de altura, sus títulos en boxeo y su humor cambiante, este dictador africano, quien falleció en 2003, a los 78 años, era un confeso admirador de Adolf Hitler y conocido por matar a sus enemigos políticos de las formas más terribles.

Por ejemplo, decapitarlos. De hecho, cuando fue expulsado del poder en heladeras de la residencia presidencial fueron encontradas varias cabezas. Incluso hay versiones que señalan que comió varios hígados de sus víctimas, siguiendo una tradición de guerreros que tenía como finalidad apropiarse del valor del muerto.

El título era largo, muy largo. Y era dicho en su totalidad en cada aparición pública, mencionado en cada audición radiofónica, rubricado en cada documento oficial e impreso en cada artículo de la prensa gráfica. No había posibilidad de abreviarlo.

Nadie se hubiera animado a hacerlo. Presidente vitalicio, Jefe de las Fuerzas Armadas, Mariscal de campo, Doctor, Vc, DSO, MC, Señor de todas las bestias de la tierra y de todos los peces del mar, conquistador del Imperio británico de África en general y de Uganda en particular, y último rey de Escocia (las iniciales eran menciones honoríficas y condecoraciones que él mismo se había otorgado).

Así se presentaba Idi Amin, dictador ugandés durante buena parte de los años setenta. La desmesura que sus múltiples títulos anticipan fue la que puso en práctica mientras gobernó a su antojo a Uganda entre 1971 y 1979.

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Fue, en un tiempo generoso en dictadores, uno de los más conocidos y estuvo entre los más sanguinarios

Sin embargo, este terrible holocausto perpetrado por el asesino pasaría a la Historia como un circo. Pero fue esta misma deshumanización mediática la que nos ha vendido uno de los episodios más oscuros de África del siglo XX, como un simple performance surrealista y cómico; en el que Dadá protagonizaría incontables espectáculos dignos de pena.

De esta manera, mientras se atentaban contra los Derechos Humanos en varios países occidentales; la desgracia en Uganda servía como un entremés, a causa de la bizarra personalidad del tirano. Se hacía más hincapié en los nuevos disparates -motivados por ser analfabeto y estar loco- que en el exterminio civil. No obstante, para la prensa aquello no tenía desperdicio; sino todo lo contrario.

«La perla de África», como así la llamó Winston Churchill, perdió todas sus esperanzas entre los muertos del régimen. Tras perpetrarse un golpe de Estado y autonombrarse presidente, sucedería una serie de desdichas durante ocho años; en las cuales la locura, la territorialidad, y la maldad del dictador hicieron a Uganda desgraciada por siempre. Aquellas tierras fértiles serían «el infierno».

La ignorancia le haría tomar las decisiones más absurdas y peligrosas que no solo hundiría la economía desde el primer minuto. Por si fuera poco sembró el odio entre los supervivientes de aquella matanza. Finalmente había logrado que su maldad brotase de aquellos campos ugandeses, los que prometían prosperidad hasta su llegada. Dadá había convertido la «perla de África» en un país fantasma, un estado fallido.

Era un hombre de una contextura física imponente. 1.95 de altura, más de 150 kilos de peso. Arrogante, desbocado, cruel, asesino de masas, personaje mediático -uno de los primeros-, publicista de su propia persona, déspota voraz. Su figura y su recuerdo persisten aunque el paso del tiempo haya puesto en primer plano, haya privilegiado su costado excéntrico, las anécdotas desopilantes a su descomunal capacidad criminal

Aquel sujeto de 1.90 -que había sido campeón nacional de boxeo de peso semipesado- no había terminado ni siquiera los primeros años de la primaria. En tiempos de dominación inglesa pasó un día cerca de un cuartel y al ver su físico imponente lo invitaron a sumarse.

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Sin conocer siquiera el abecedario y la violencia en la piel ingresó en el Ejército ugandés; de donde pasaría de pelar patatas a convertirse en la pequeña estrella militar entrenada por los británicos -desde 1884 a 1964, era colonia del Reino Unido-.

Durante la emancipación de Uganda del Imperio británico, exigió la retirada de los soldados del país y la subida salarial de los militares ugandeses; a lo que el presidente Milton Obote respondió favorablemente.

Tenía 21 años y ningún oficio; era un bayaye según explica Kapuscinski: una persona que llegó del campo a la ciudad pero que no tenía nada para hacer, un desarraigado que sólo vagaba por la ciudad; había millones de ellos en Uganda.

Fue creciendo en la fuerza por su obediencia y su audacia, una combinación que los jefes valoraban. Cuando Uganda se independizó, él ya había llegado a la cúpula del poder militar. Desde allí acompañó a Obote, el primer jefe de estado del nuevo país libre. Para 1971 las relaciones entre los dos estaban deshechas. La cercanía de Idi Amin con el poder lo había tentado a quedarse con dinero que no le correspondía. Su codicia se había desatado.

El presidente Obote lo acusó (con fundados motivos) de quedarse con (mucho) dinero destinado a la lucha insurgente en otro país africano. Pero Obote, demasiado seguro de su poder, luego de la denuncia pública viajó a Singapur a un encuentro multilateral. Idi Amin se dio cuenta que corría peligro y apostó fuerte.

El 25 de enero de 1971 inició un golpe de estado. En cuestión de horas tuvo el país bajo su mando. Prometió que el orden constitucional regresaría, que sólo se trataba de una medida de excepción, que en cuanto el país estuviera estabilizado llamaría a elecciones: “Soy militar, no un político”, dijo. Pero a medida que pasaban los meses, la palabra “elecciones” se fue borrando de su vocabulario, se perdió en la bruma de su locura autoritaria.

Uganda, abierta en canal

Uganda caminaba hacia la prosperidad gracias a la inversión asiática. Este colectivo había consolidado los pilares económicos del país. Sin embargo, los caprichos y la ignorancia de este dictador detonarían como una bomba para aquella estabilidad. No solo se les expulsaría del país, también se les expropiarían todas las propiedades y negocios; pero eso sólo era un asomo al letal abismo.

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El dictador con su esposa «mayor» y el primer ministro británico Edward Heath, en el centro, durante una visita a Gran Bretaña en 1971

Cuando Amín borró del mapa a los antiguos funcionarios de Milton Obote, comenzó a llenar los puestos vacantes con gente sin ningún tipo de entendimiento. Y por si fuera poco, las empresas expropiadas fueron repartidas entre los suyos; los cuales -sin distinción- se encargaron de llevarlos a la quiebra en un «visto y no visto» -eso sí, no fue con mala intención, simplemente no tenían ni idea porque no eran ni negociantes ni empresarios-.

La persecución de las distintas etnias que residían allí estaban bajo la amenaza de uno de los hombres más crueles de la Historia, al que se le atribuyen además la muerte de varias de sus esposas. Uganda estaba abierta en canal, durante 9 años se estima que fueron asesinadas 500 mil personas.

En Occidente su figura fue muy conocida. Tuvo una evolución (en realidad una involución) desde su asunción. Fue tapa de las revistas más importantes (El hombre salvaje de África lo llamó la Time) y hasta objeto de burla en los programas cómicos más exitosos de Estados Unidos (en Saturday Night Live lo imitaron varias veces) y en Inglaterra (fue ridiculizado por Benny Hill).

No hay en la actualidad una figura similar. Ningún primer mandatario africano tiene el nivel de conocimiento que tenía Idi Amin en ese momento.

Como suele ocurrir, recibió apoyos varios a su llegada al gobierno. Pero cuanto más poder acumulaba, más despóticamente lo ejercía. Y más se separaba de sus primeros sostenes.

Al principio fue bien recibido por Occidente. En esos tiempos, los países europeos y Estados Unidos tenían menos remilgos para recibir dictadores. Es más, en medio de la Guerra Fría los apoyaban abiertamente. Los derechos humanos no ocupaban un lugar importante en la agenda. Lo fundamental parecía que ningún país emergente cayera bajo el influjo soviético.

Un día en los primeros años de la década del setenta, Amin tomó su avión y llegó de improviso a Inglaterra. El protocolo se activó rápido y esa misma noche cenó en el Palacio Real con la Reina y el Primer Ministro.

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Idi Amin, en su visita al papa Paulo VI

La Reina en medio de la cena, con amabilidad y algo de cinismo, le dijo: “Debería avisarnos con más tiempo la próxima vez, así lo recibimos como corresponde. ¿Qué lo trajo a nuestro país?”. Idi Amin siguió comiendo con fruición, mostrando un apetito voraz, y sin dejar de masticar respondió: “En Uganda es casi imposible conseguir buenos zapatos de talle 48”.

Después envió varios telegramas a la Reina. Siempre los encabezaba de la misma manera: “Liz”. Se proclamó último Rey de Escocia y obligó a su séquito a usar polleras cuadriculadas y a tocar la gaita. Cada vez que podía ofrecía sarcástica ayuda alimentaria a los ingleses para que sobrellevaran la crisis de fines de los años setenta.

También fue en visita oficial al Vaticano. Antes de ser recibido por Paulo VI, alguien del protocolo papal tuvo la precaución de cerciorarse cuál sería la vestimenta del dictador ugandés: uniforme militar cargado de medallas y condecoraciones, charreteras y cordones dorados, decenas de ellos colgaban de su pecho ancho (de no haber medido tanto más de diez medallas deberían haber quedado en un cajón).

La aclaración es casi innecesaria: ninguna de esas condecoraciones había sido otorgada por nadie más que él mismo. Un especialista en la autoveneración.

Su diplomacia a través de los telegramas era al menos excéntrica. Riccardo Orizio en su libro Hablando con el diablo. Entrevistas con dictadores da algunos ejemplos. A Richard Nixon en medio del Watergate le escribió: “Si tu país no te entiende, vení a ver a Papá Amin, que te quiere mucho.

Cuando está en peligro la estabilidad de una nación, la única solución, por desgracia , es encarcelar a los jefes de la oposición”. A Kurt Waldheim, secretario general de la ONU le mandó una misiva en la que expresaba “mi apoyo a la figura histórica de Adolf Hitler, que cometió el único y grave error de perder la guerra”.

También envió sendos telegramas a Leonid Brezhnev y a Mao Tse-Tung en medio de las tensiones entre la U.R.S.S. y China: “Últimamente medité mucho sobre ustedes. Me preocupan. Me gustaría verlos felices. SI necesitan un mediador, acá me tienen”. Nadie pudo determinar si se trataba de un genio del sarcasmo o alguien con las capacidades intelectuales menguadas.

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Idi Amin, con el rey Faisal de Arabia Saudita durante su visita a Uganda en 1972

El giro en su política exterior, en su sistema de alianzas internacionales no fue, esta vez, fruto de sus caprichos, sino de sus conveniencias. Del soporte norteamericano y europeo pasó a sostenerse en el bloque soviético, Kadafi y el dinero de los príncipes saudíes.

Estos premiaron la manera en que Amin hizo entrar al Islam en su país. Más del 70 % de los líderes militares y de las autoridades políticas de Uganda eran musulmanas a pesar de que sólo el 5% de la población lo era. Luego de la caída lo protegerían en su arena y sus hoteles 5 estrellas.

En Uganda se hacía lo que él decía. Los ministros debían obedecer sus órdenes, adivinar sus deseos, satisfacer sus caprichos. Nadie podía negarse. Un ministro de justicia se enteró por la radio de su nombramiento. No existía posibilidad alguna de que se negara. Tomó la precaución de, apenas asumir, enviar a su familia a Londres.

Pocos meses después cuando se produjeron las primeras desavenencias, Idi Amin ordenó que el ministro muriera en un accidente automovilístico. Pero ya que iban a provocar el siniestro lo mejor era subir a varios enemigos más a ese auto. Así cayeron un obispo y un titular de otra cartera. Pero el Ministro de Justicia salvó su vida escapando a Kenia un día antes. Nadie le había avisado, no era necesario. Era evidente que pendía sobre él una virtual pena de muerte.

«A Idí Amín, los términos de derechos humanos le sonaban a chino, por algo acabó con la vida de casi medio millón de compatriotas durante sus nueve años de dictadura. Asunto que no preocupaba al resto de líderes africanos, porque le llevaron a la presidencia de la Organización para la Unidad Africana, la OUA, y total, sólo porque Amín criticaba abiertamente el régimen racista de Sudáfrica», escribió Nieves Concostrina en su obra «Menudas historias de la historia».

«Me gusta la carne humana porque es más blanda y salada», dijo el dictador en alguna oportunidad y por ello se ganó el nombre de «El carnicero de Uganda», de acuerdo con lo publicado por la agencia Télam.

Desde el comienzo, Amin dio muestras de su sadismo para con los prisioneros: se ejercían torturas de todo tipo, mutilaciones de órganos sexuales, castigos inhumanos y persecuciones extremas. En este marco, armó un cuerpo de 23.000 personas para su protección y fortaleció al Ejército con ayuda de Libia y Sudán. Y como parte de sus temores, expulsó del país a británicos, estadounidenses y soviéticos.

Si bien el número de víctimas de su dictadura nunca fue claro, el Tribunal de La Haya lo acusó de genocidio. A lo largo de sus años en el gobierno, lideró una campaña contras las tribus que no eran la suya, contra los paquistaníes y contra los indios.

Alguna vez un ministro de economía le presentó unos números fatales. El país estaba quebrado. Debían tomar medidas de excepción, clamó. Idi Amin se levantó de su silla furioso y gritó : “Estoy cansado de que los ministros me vengan a retar. No alcanza la plata, fabrique más. ¡Para qué tenemos la máquina que los hace!”. El ministro de economía partió al exilio apenas salió de la reunión. La prudencia le indicó que ni siquiera debía pasar por su casa.

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Idi Amín – Elizabeth Bagaya

Un caso especial fue el de Elizabeth Bagaya, hermosísima y muy capaz hija del rey de una de las tribus más importantes del país. Ella era abogada y fue la primera ugandesa en graduarse en Oxford. Fue embajadora en París, en la ONU y, finalmente, Ministra de Relaciones Exteriores.

En el medio mantuvo un affaire con Idi Amin. Él salió por la radio anunciando que tenía intenciones de separarse de tres de sus cuatro esposas. El antecesor de Elizabeth en la cartera no llegó a renunciar. Desapareció. Lo encontraron semanas después a orillas del lago Victoria comido por los cocodrilos.

Después de un tiempo, la relación entre Amin y Elizabeth se deterioró. Él zanjó la cuestión a su manera. En una cadena nacional dijo: “Nuestra ministra de Relaciones Exteriores ha cubierto de vergüenza al país. Fue descubierta haciendo el amor con un blanco en los baños del aeropuerto de París. Queda fulminantemente despedida”. La mujer había tomado la sabia precaución de cruzar la frontera hacia Kenia unas horas antes. Elizabeth luego participó desde el exterior en el derrocamiento de Amin.

Sufrió varios atentados (hay que reconocer que a los enemigos se los ganaba con facilidad) pero siempre consiguió salir indemne. No así sus acompañantes, ni sus guardias de seguridad. Se vanagloriaba de su inexpugnabilidad, como si tuviera un súper poder, como si esa buena fortuna fuera un argumento más de su condición cercana a la deidad, un motivo más para sus arbitrariedades.

A pesar de eso, Idi Amin tomaba sus recaudos. Vivía en un estado de paranoia permanente -bastante justificado-: no dormía dos veces seguidas en la misma casa, no se sabía en qué lugar tendría las reuniones, nadie podía contactarse con él; Amin llamaba a sus ministros y secretarios desde sus escondites y guaridas, y estos debían estar disponibles las 24 horas del día para él.

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Amin era un admirador de Hitler y fue acusado de comer partes del cuerpo de los opositores que asesinaba

Cuando se exilió, mantuvo esa costumbre nómade. Y pese a la lejanía, soledad y seguridad de Arabia Saudita, él siguió siendo escurridizo e inhallable.

Así como no se sabe con exactitud el número de víctimas del dictador, tampoco se conoce cuántos fueron sus hijos. Algunas fuentes hablan de 54 y otras de 41. El hijo mayor durante años dirigió un grupo insurgente que desde las fronteras ugandesas trató de tomar el poder.

Vida personal

La versión oficial indica que nació en una familia musulmana pobre de Koboko (noroeste de Uganda), en 1925, pero no existen registros de la época que lo confirmen. En 1946, cuando el país aún era una colonia británica, se alistó en el ejército «para escapar del hambre», según él mismo aseguró. Ya en el poder, se autodesignó con varios títulos: «señor de todas las bestias de la tierra y peces del mar», «conquistador del Imperio británico» y «el último rey de Escocia» fueron algunos.

Sus esposas fueron siete. Varias de ellas simultáneas, era polígamo. Con las tres primeras se volvió a casar en sus primeros meses en el poder. Su intención no era renovar el vínculo, hacer una nueva demostración de amor (de hecho se separó de ellas poco después), sino poder televisar el evento en su país y conseguir que le hicieran buenos regalos.

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En 1975 se casó con una joven bailarina desnudista de 19 años. El antiguo novio de la chica apareció muerto a los pocos días

En 1975 se casó con una joven bailarina desnudista de 19 años. Con su quinta esposa mantuvo una relación tormentosa que terminó en ruptura. Luego de que el matrimonio se disolviera no se supo de ella por unos días hasta que apareció en el baúl de un auto. Llevaba casi una semana muerta, había sido decapitada y estaba desmembrado; sus brazos y piernas se amontonaban en una bolsa plástica.

En el ejercicio del poder persiguió a las minorías, a los opositores, a los que osaban contradecirlo, a los que les caían mal y hasta a los que no conocía (por si acaso). Ordenaba torturas y asesinatos con frecuencia diaria. Sobre él se tejieron los más diversos rumores. En esa figura pantagruélica y despótica todo se concebía como posible. Se dijo que guardaba los cráneos de sus enemigos en un salón de su palacio y que era caníbal.

Las torturas se realizaban en edificios céntricos que, por el calor asfixiante, tenían siempre las ventanas abiertas. Desde la calle se escuchaban los gritos y gemidos de las víctimas y hasta los disparos de los torturadores.

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Idi Amin posa con 27 de sus hijos

Cuando el problema parece broma

La periodista Nieves Concostrina en su obra «Menudas historias de la historia» relata una anécdota que le hizo ser recordado como todo un «personaje». Un problema que germinó un importante medio impreso cuando se le calificó como «el mejor cómico desde Woody Allen»; después de que saliese a la luz el documental de Schroeder, en el cual se abordó la locura del dictador.

«Uno de los episodios más surrealistas de su gobierno se produjo el 2 de octubre de 1975: obligó a cinco británicos a arrodillarse ante él, a integrarse en el ejército ugandés y a prometer que lucharían contra el régimen del apartheid. La foto de aquel momento es para verla: cinco ingleses con traje y corbata, arrodillados frente a un mastodonte de casi 2 metros y 110 kilos de peso, vestido de militar y puesto en jarras.Aquella peripecia de los británicos arrodillados no fue la única por la que pasaron los ciudadanos ingleses residentes en Kampala, en la capital. Aquel mismo año de 1975 también los obligó a que, de vez en cuando, le llevaran a hombros en su trono», relató Concostrina.

Las excentricidades, los momentos graciosos, los excesos y frivolidades son inagotables y hasta producen un innegable efecto cómico. Esa frontera en la que no se sabe si actuaba en serio o aprovechaba para reírse de todo el mundo. Sin embargo, la dimensión bufonesca no debe postergar el cariz absolutamente criminal de su conducción de Uganda.

El cine se ocupó de Amin en más de una oportunidad. Probablemente El último rey de Escocia sea la cinta más conocida, pero es el documental General Idi Amin Dada: Autoportrait, de 1974 y del francés Barbet Schroeder, donde se ve al dictador en las imágenes más curiosas: baila, canta, hace bromas, encabeza «tropas» ugandesas en una batalla ficticia contra Israel y sugiere a médicos no ir a trabajar borrachos.

Un tiempo después, Amin encerró en un hotel a 200 franceses para obligar a Schroeder a cambiar algunas partes del film que, parece, no lo conformaban. El director debió aceptar.

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Murió en 2003 en Arabia Saudita

Su final

Lo que desencadenó su caída fue, una vez más, su megalomanía. El odio personal que sentía por el primer mandatario de Tanzania hizo que intentara invadir ese país. El intento ugandés fue repelido con sencillez. Pero las fuerzas de Tanzania no se limitaron a defenderse y pasaron al ataque. La ofensiva breve y casi incruenta (los tanzanos sólo perdieron un tanque en la campaña: lo que habla del estado de preparación de las fuerzas armadas ugandesas).

Fue de alguna manera la debacle económica, cuando ni el Reino Unido ni la entonces Comunidad Europea mantenían su ayuda, lo que empezó a empujar su salida del poder. El 11 de abril de 1979, el frente Liberación Nacional de Uganda, formado por 18 grupos de exiliados y apoyado militarmente por Tanzania, derrocó a Amin, que jamás pasó en una cárcel un solo día de su vida.

Idi Amin escapó de Uganda. Su reinado atroz había finalizado. Primero quien le brindó una guarida fue el libio Kadaffi; después recaló definitivamente en Arabia Saudita donde bajo el calor del sol abrasante y de los petrodólares permaneció protegido en la ciudad de Yida.

Las veces que fue entrevistado ya lejos de Uganda, cuando le consultaban si se arrepentía de algunas de sus acciones, el hombre repetía que no tenía ningún remordimiento, «sólo nostalgia».

En sus últimos años pidió impunidad para regresar a Uganda pero le fue negada. Debía pagar por sus crímenes.

Murió en 2003 en Yida sin haber sido juzgado por los cientos de miles de muertes que provocó.

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