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7 cañones famosos de la Historia …


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Desde que los chinos inventaran la pólvora hacia el año 1044 la artillería fue adquiriendo progresivamente mayor importancia en la guerra hasta convertirse en parte fundamental. Al igual que ocurría con otras armas, como los caballos, espadas, aviones, barcos o tanques, los cañones eran bautizados por los artilleros con nombres propios y, los hay que alcanzaron la fama por diversos motivos, la mayoría relacionados con su tamaño. Ésta es una pequeña lista de los más significativos, aunque seguro que me olvido de alguno importante.

1. Mons Meg (Castillo de Edimburgo)

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Para realizar una visita completa al Castillo de Edimburgo no te puedes perder el cañón de Mons Meg que, entre otras, es una de las principales atracciones que debes ver. ¿Por qué? Porque es imposible no asombrarse al contemplar las grandes dimensiones del cañón de Mons Meg. Cada parte del Castillo guarda su propia historia y este cañón nos traslada a las guerras medievales.

Historia del Mons Meg

El Mons Meg fue construido en el siglo XV como mandato del rey Felipe el Bueno, duque de Borgoña. Esta bombarda fue un regalo para Jacobo II de Escocia.

El Mons Meg es una bombarda medieval que podemos encontrar en el Castillo de Edimburgo. Uno de los momentos «estrella» del Mons Meg fue el cañonazo que se disparó en la boda de María Estuardo, reina de Escocia.

Es uno de los cañones más grandes del mundo: por su medida, 4’6 metros, por su peso, más de 6 toneladas y media, por sus 510 mm de calibre o por el peso de sus balas: 175 Kg.

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Además es el cañón más importante de la trayectoria militar de Escocia. Al principio fue utilizado como cañón de asedio a otras castillos, pero por su gran tamaño y su excesivo peso, era muy difícil transportarlo, por lo que se dejó de utilizar para asedios y se empezó a utilizar como cañón de salvas.

Durante un bombardeo en 1680, el Mons Meg estalló y nunca más pudo ser utilizado. No obstante, se conservó en el Castillo de Edimburgo como recuerdo nacional. Una vez más, como ya ocurrió con la Piedra de Scone, el Mons Meg fue llevado a Inglaterra, más concretamente a la Torre de Londres. Años más tarde, en el siglo XIX, fue devuelto a Escocia.

Desde entonces ha sido restaurado y está ahora en exhibición en el castillo, justo enfrente de la Capilla de Santa Margarita y al lado del Cañón de las 13 horas de manera que puede ser visitado por todos aquellos que se acerquen a la capital escocesa.

2. El cañón de los Dardanelos

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El Cañón de los Dardanelos fue fundido en bronce en 1464 por Munir Alí en la ciudad de Adrianópolis, tiene un peso de 16,8 a 18 toneladas y una longitud de 518 centímetros, siendo capaz de disparar balas de piedra de hasta 630 mm de diámetro.

La recámara y su caña se unían mediante un mecanismo de tornillo, lo cual facilita el transporte del voluminoso cañón. Medía 8 metros de largo en dos piezas de bronce unidas entre sí, el espesor del bronce era de unos 20 centímetros, y su circunferencia de 80 centímetros en la recámara, y 240 centímetros en la caña, por donde se introducían los proyectiles esféricos de granito que pesaban entre 680 y 850 kilogramos.

Su precisión era muy baja, ya que su proyectil podía caer en cualquier lugar en un radio de 1.600 metros. Su dotación de 200 hombres apenas podían hacer 7 u 8 disparos al día, ya que se tardaba 3 horas en recargarlo.

Las bombardas de gran tamaño habían sido empleadas en los asedios en Europa occidental desde principios del siglo XV,​ siendo introducidas en el ejército otomano en 1453 por el fundidor de cañones húngaro Orbón durante el asedio de Constantinopla. Se asume que la pieza diseñada por Alí siguió el patrón de estos cañones.

Junto a una serie de otros cañones enormes, el Cañón de los Dardanelos aún estaba presente para servicio activo más de 340 años después en 1807, cuando una fuerza de la Royal Navy apareció y comenzó la Operación de los Dardanelos. Las fuerzas turcas cargaron las antiguas piezas con pólvora y proyectiles, y luego dispararon contra los barcos ingleses. La escuadra británica sufrió 28 muertos por este bombardeo.

En 1866, con ocasión de una visita oficial, el sultán Abdülaziz I dio el Cañón de los Dardanelos a la reina Victoria como un regalo. El cañón se convirtió en una parte de la colección de la Real Armería y se mostraba a los visitantes en la Torre de Londres y luego fue trasladado a Fort Nelson en Portsmouth.

3. El Zar

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El Cañón del Zar en el Kremlin de Moscú está registrado en el Libro Guinness de los Récords como el cañón de avancarga más grande del mundo. Fue diseñado para disparar proyectiles que pesaban 800 kg cada uno. El cañón pesa casi 40 toneladas y se necesitan 200 caballos para transportarlo.

El calibre del Cañón del Zar es de 890 milímetros, pero existen las armas de artillería aun más grandes, como el Mortero de Mallet en el Reino Unido y el “Pequeño David” en Estados Unidos, cuyo calibre es de 914 milímetros. Sin embargo, estas armas son morteros, no cañones, y eso significa que el Cañón del Zar situado en el Kremlin es una pieza de artillería insuperable por su tamaño.

También hay que tener en cuenta que los morteros se fabricaban en los siglos XIX y XX, con el uso de tecnología (relativamente) moderna, mientras que el Cañón del Zar fue moldeado de bronce y data del año 1586. El cañón fue fabricado en Moscú por el moldeador de bronce, Andréi Chójov.

Chójov creó este gran cañón durante el reinado del zar Fiódor Ivánovich, hijo de Iván el Terrible. Sobre la superficie del cañón hay una imagen del zar a caballo, con una corona en la cabeza y un cetro en la mano. La inscripción encima de la figura del zar reza: “La gracia de Dios, el zar y el gran duque Fiódor Ivánovich, autócrata de toda la Gran Rusia”. Hay otras dos inscripciones, una de ellas dice quién fabricó el cañón y la otra especifica que su construcción fue realizada a petición del zar.

Existe la teoría de que el nombre del cañón (Zar) viene de esta imagen de Fiódor Ivánovich. Sin embargo, la mayoría de la gente cree que el nombre, más bien, tiene que ver con el gigantesco tamaño de este arma, que fue absolutamente extraordinario en su época.

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¿Disparó alguna vez o no?

Algunos afirman que Chójov creó su cañón para impresionar a los extranjeros con el supuesto poder del estado de Moscú, pero no para utilizarlo como un arma de verdad. Según esta teoría, el cañón no habría disparado nunca. Sin embargo, en 1980, cuando empezó la restauración del cañón, fue inspeccionado por los especialistas de la Academia de Artillería. Encontraron restos de pólvora y llegaron a la conclusión de que el cañón había disparado al menos una vez.

La información que tenemos sobre la forma en la que se usó el Cañón del Zar también contradice a la teoría que afirma fue el cañón fue fabricado únicamente con fines propagandísticos. El cañón fue instalado en la Plaza Roja. Se suponía que debía de ser usado para defender el acceso al Kremlin desde el Este, pero nunca se usó en ningún combate real. En el siglo XVIII, el cañón fue trasladado al Arsenal del Kremlin.

Durante la invasión de Napoleón en 1812, hubo un incendio en Moscú y el carro de madera del cañón fue destruido. Más tarde, se creó el carro de hierro que se mantiene hasta ahora. En aquel momento se fabricaron también las balas, que ahora están colocadas delante del arma. Los proyectiles del cañón son puramente decorativos y son demasiado grandes para ser usados, incluso con el Cañón del zar.

Además del Cañón del Zar, también hay una Campaña del Zar. Pronto, Russia Beyond le contará la historia de esta pieza fascinante…

4. El Tigre

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En el año de 1768, reinando Carlos III, el maestro fundidor Juan Solano fundió el cañón El Tigre en la Real Maestranza de Artillería de Sevilla. El Tigre es un cañón de bronce de los de a 16 (tiraba pelotas de hierro que pesaban 16 libras, lo que en términos actuales se puede traducir a que su calibre es de 133 milímetros).

Su alcance máximo, tirando por elevación y con ‘bala rasa’, era de 2.200 toesas (3.900 metros), pero con muy poca precisión. Su empleo normal era el tiro con puntería directa, de ‘punto en blanco’, con un alcance eficaz de 300 toesas (700 metros).

En la noche del 24 al 25 de julio de 1797, El Tigre hizo fuego con saquetes de metralla (llenos con balas de mosquete), que aunque su alcance era entonces muy pequeño, sus efectos a bocajarro eran devastadores.

El día 24 de julio, el teniente de las Milicias de Artillería Francisco Grandi Giraud observó que al pie de la batería de Santo Domingo había una fracción de la playa de La Alameda que no podía ser batida por ninguno de los cañones del castillo, lo que podría ser muy peligroso si los ingleses desembarcasen en aquel lugar. Expuso el problema a sus superiores que lo autorizaron a abrir una tronera provisional en dirección a la playa; una vez abierta la tronera por el personal a sus órdenes, emplazó allí a El Tigre, cargado con saquetes de metralla (de los que había de dotación).

Cuando en la madrugada del día 25 la primera de las lanchas de desembarco, donde iba el contralmirante Nelson, varó en aquella zona de la playa, el primer disparo de El Tigre hirió gravemente a Nelson, mató a varios de los tripulantes e hirió a muchos más. Tal y como dijo el poeta…

“Maté a Bowen atrevido, / a Nelson le quité un brazo, / a veinte y dos de un balazo /
muertos, al inglés vencido”.

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De San Cristóbal a paso alto

Después de la batalla, El Tigre permaneció durante muchos años en el Castillo de San Cristóbal y más tarde en el fuerte de San Pedro, hasta que en 1882 un hecho providencial le devolvió la notoriedad: se recibió la orden de crear una batería provisional de salvas en Las Palmas; las piezas que se asignaron fueron unos cañones de bronce que estaban en Tenerife y que ya habían sido dados de baja por inservibles.

Cuando ya se iban a embarcar sin darse cuenta de que entre ellos se encontraba El Tigre, la oportuna intervención del entonces comisionado de la República de Venezuela, don Manuel Martel Carrión, lo salvó de un futuro incierto; ya que recordándoles a los presentes su historia evitó su embarque y con ello logró elevarlo a la categoría de trofeo muy preciado.

Para conmemorar el primer centenario de la Gesta del 25 de Julio, el Ayuntamiento de Santa Cruz pidió su cesión al Ministro de la Guerra y, el 23 de abril de 1894, El Tigre pasó a ser propiedad del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y se convirtió en uno de sus símbolos más entrañables.

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El 2 de mayo de 1955, con motivo de la inauguración del Museo de Paso Alto, fundado como homenaje a la Gesta del 25 de Julio de 1797, El Tigre fue encabalgado de nuevo en una cureña, réplica de la original, que había sido construida en la Unidad de Servicios, Talleres y Municionamiento del Regimiento de Artillería, y se asentó en la plataforma del Castillo junto con otros cuatro cañones de bronce, estos ‘de a 24’: El Orible, El Torpe, El Inbensible y El Espanto, a los que también se les construyeron cureñas en la misma U.S.T y M. y que hoy están, encabalgados, en Almeida.

El Tigre permaneció en el castillo de Paso Alto hasta que al fundarse el Museo Militar Regional de Canarias, hoy Museo Histórico Militar de Canarias, siendo alcalde don Manuel Hermoso Rojas, fue trasladado a este Museo, donde ocupaba un lugar de honor rodeado de trofeos y otros recuerdos de la Gesta: las banderas inglesas tomadas al enemigo que estaban en la iglesia de la Concepción y que, una vez magníficamente restauradas, se colocaron en sendas vitrinas donde pueden ser contempladas por los visitantes, armas procedentes de las tropas inglesas y de las españolas; la mesa y los objetos de escritorio en donde se firmó el acta de rendición, una reproducción del cuadro del General Gutiérrez pintado por Luis de la Cruz, el magnífico cuadro del Santo Cristo de Paso Alto y tantos otros objetos relacionados con aquellos hechos, que convertían al Museo en el mejor “centro de interpretación” posible de La Gesta.

Tan importante, que El Tigre estuvo acompañado durante varios meses por el Pendón de Santa Cruz, con el Escudo de la Ciudad, que tanto contribuyó a lograr El Tigre, cedido en depósito por la Corporación Municipal, que es su propietaria legal.

Allí recibía la visita de todos los que recorren el Museo, entre los que, además de los cada vez más tinerfeños y de los turistas, solos o llevados por agencias de viaje, destacan cientos de alumnos de los colegios de la Isla (los visitantes más importantes, a los que se les dedica la mayor atención) que, en el Museo, acompañados por sus profesores y por los guías, aprendían la historia de las Islas y de España.

Hoy, lejos El Tigre de su Museo, no lo visitan, o lo hacen en un número muy reducido y, pocas veces, acompañados de sus profesores, reacios a perder el tiempo en una visita tan poco atractiva.

Sin embargo, en el Museo Histórico Militar, rodeados de los objetos y explicaciones adecuadas, podrían interpretar, o mejor, conocer -porque allí no hay que interpretar nada- la intervención decisiva de El Tigre en la batalla.

Por estas razones, en mi nombre y en el del resto de los componentes de la Tertulia Amigos del 25 de Julio, ruego al Excelentísmo Ayuntamiento de Santa Cruz de Santiago de Tenerife y al Excelentísimo. Cabildo Insular de Tenerife, que permitan el regreso del cañón El Tigre a su lugar en el Museo de Almeida. Así harán justicia y permitirán que los interesados puedan contemplar a El Tigre en el lugar más idóneo.

5. El Abuelo

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En los comienzos de la Primera Guerra Carlista, el ejército de Zumalacárregui carecía de artillería y tuvo que arreglarse con un viejo cañón de la Guerra de la Independencia que se encontró abandonado en una playa. Los soldados lo bautizaron el Abuelo.

Aunque en el inicio de la guerra los carlistas contaban con 4 cañones pertenecientes a los Voluntarios Realistas de Vitoria, a los pocos días los perdieron al dispersarse los voluntarios.

No podemos hablar de artillería carlista hasta finales del año 1834, cuando se capturan 2 cañones a O’Doyle en Alegría de Alava y se incorpora a las filas carlistas Vicente Reina, que se dedicó a fundir nuevas piezas.

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Zumalacárregui fue informado de la existencia de un viejo cañón en una playa vizcaína y lo mandó trasladar a Urbasa, donde lo enterró hasta mejor ocasión. El tipo de guerra que desarrollaron los carlistas los primeros meses les impedía trasladarse con los cañones, por lo que se enterraban tras cada uso hasta la siguiente oportunidad.

Cuando los voluntarios vieron el cañón vizcaíno, lleno moho y roña lo bautizaron como «el abuelo». Participó, junto a los cañones fundidos por Reina en la toma de Irurzun, Echarri-Aranaz, Treviño y Ordizia. Reventó varias veces, pero lo arreglaban y siguió dando servicio a los artilleros.

Con la obtención de nuevas piezas, los carlistas dejaron de usar «el abuelo» tras el primer sitio de Bilbao.

En 1835 se unió a los carlistas el brigadier de artillería Joaquín Montenegro, que se encargó de organizar el cuerpo y fue su responsable durante toda la guerra. Montó la Maestranza y fundición de Zubillaga en Oñate, organizando hasta una escuela para artilleros.

Su capacidad organizativa hizo que los carlistas dispusieran de entre 60 y 70 cañones durante la mayor parte del conflicto. No obstante los seguidores de Don Carlos nunca llegaron a tener una fuerza de artillería de envergadura para conquistar una plaza fuerte como Pamplona o San Sebastián y, en los sitios de Bilbao, siempre estuvieron en inferioridad con respecto a la artillería liberal.

En cuanto a la munición, al iniciarse la guerra las fábricas de pólvora y balas fueron itinerantes y ya a partir de 1836 se establecen en Tolosa, Villarreal de Alava y las Amescoas. Sin embargo la principal fuente tanto de armas como de munición para los carlistas durante la primera fase de la guerra fue el propio ejército liberal.

Por ejemplo en enero de 1834 Zumalacárregi conquistaba la fábrica de armas de Orbaizeta, capturando un cañón y 50.000 cartuchos.

6. Parisen Kanonen

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Frecuentemente se considera la Segunda Guerra Mundial como una secuela de la Primera Guerra Mundial porque las causas que provocaron la Primera, lejos de desaparecer cuando acabó, lo único que hicieron fue hacer de caldo de cultivo para que la Segunda viniera con más fuerza.

Sin embargo, no solo pasó esto en el plano político, sino que en el aspecto técnico, el avance del armamento de la Segunda no pudo haberse producido sin el desarrollo armamentístico de la Primera. Estos auténticos «cañones del Juicio Final» no podrían haber sido desarrollados sin los conocimientos técnicos adquiridos con unas moles infernales que llevaron el frente de guerra a la misma ciudad de París durante la Gran Guerra. Me refiero a los Parisener Kanonen, los cañones más grandes de la Primera Guerra Mundial.

Los 4 años que duraron la terrible Primera Guerra Mundial significaron la transición a machamartillo entre las coloridas y casi románticas guerras napoleónicas y la apocalíptica guerra moderna. En esos pocos años se pasaron, sin solución de continuidad, de las cargas de caballería sable en mano a la repugnante guerra química a base de llevar al matadero a millones de seres humanos en una orgía de sangre y tripas que haría escandalizar a los propios Jinetes del Apocalipsis (por ejemplo Passchendaele, la pírrica batalla donde el barro se tragó 40.000 soldados).

Con todo, y a pesar de que la guerra se había estancado en las trincheras, los ingenieros tanto de uno como de otro bando pisaron el acelerador a fondo a fin de superar este límite prácticamente inamovible. Los aviones estaban todavía en pañales, pero la artillería no, por lo que desarrollar cañones que llegasen cada vez más lejos se convirtió en vital.

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Placa recordatoria del primer impacto

En este caso, como el frente se había estancado a unos 100 km al norte de París, los desesperados ingenieros alemanes vieron en el bombardeo de la capital francesa una forma de romper el frente de trincheras, a la vez que de forzar una guerra psicológica que hiciera rendir a las desgastadas fuerzas galas… y para ello necesitaban un cañón muy grande. Mucho. Y lo hicieron.

Así las cosas, el 23 de marzo de 1918, a eso de las 7.20 h de la mañana un obús impactó de forma imprevista delante del nº 6 de la calle Quai de la Seine, en el distrito 19 de París, produciendo 10 muertos y 15 heridos.

¿Qué había pasado? ¿Cómo había podido llegar un bomba a semejante distancia del frente? ¿Un avión? ¿Un dirigible? Pronto lo servicios de inteligencia supieron que se equivocaban.

Había sido el cañón con mayor alcance que había sido construido jamás. Los franceses lo llamaron la Grosse Bertha y los alemanes Dicke Bertha o Kaiser Wilhelm Geschütz (Cañón del Kaiser Guillermo), si bien se hizo famoso simplemente por ser «El Cañón de París» (Parisener Kanone), ya que ese fue su único y obsesivo objetivo.

El cañón, ubicado a unos 120 km al noreste de la Ciudad de la Luz, en el pueblo de Crépy, en el departamento del Aisne, era simplemente monstruoso para la época.

Transportado por vía férrea hasta su ubicación, el cañón pesaba 750 toneladas y «calzaba» un cañón de 34 metros capaz de llegar a objetivos situados a 130 km de distancia. Curiosamente no disparaba obuses «excesivamente» grandes, siempre y cuando que por «moderados» podamos definir a proyectiles de 1 metro de altura, 21 cm de diámetro, con una cabeza de 120 kilos cargado con 8 kg de TNT e impulsada por entre 150 y 200 kg de pólvora.

La máquina fue diseñada y construida por la empresa siderúrgica Krupp (la misma que construyó durante la Segunda Guerra Mundial el Pesado Gustavo y el Dora, y que hoy en día se dedica a construir ascensores en España), y necesitaba unos 15 días para ser instalado en su puesto de acción, ya que no permitía su disparo desde una plataforma ferroviaria y se tenía que construir una base de cemento de 12 m2 y 4 metros de espesor.

Al ser una derivación técnica de la artillería naval el Pariser Kanone quedó bajo la gestión de la Armada alemana que era la que se encargaba de dispararlo. A pesar de toda su potencia, el cañón o mejor dicho, cañones (porque se hicieron 3) tenía sus limitaciones.

Para alcanzar la distancia máxima, los Parisener Kanonen tenían que estar en un ángulo muy elevado, por lo que su ángulo de tiro oscilaba tan solo entre 50º y 52º. Ello le permitía, tras un vuelo de unos 170 segundos a una velocidad de 1.500 m/seg y alcanzar los 40 km de altitud, llegar a París, aunque con una precisión muy baja.

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Asimismo, era tal la deflagración para enviar el obús a semejante distancia que los tubos del cañón sufrían una erosión del acero que obligaba a cambiarlos cada 65 disparos. Justo por ello, se veían forzados a utilizar proyectiles progresivamente más anchos, comenzando por los de 210 mm y acabando por los de 240 mm con una cadencia máxima de un tiro cada 15 minutos.

No en vano, uno de los 3 construidos y que de marzo a agosto dispararon contra la capital francesa reventó al explotar uno de los obuses dentro del ánima del cañón.

Pese a los ataques del ejército francés en el intento de neutralizar semejante engendro balístico, los Parisener Kanonen no se vieron afectados por su artillería, teniéndose documentado el último disparo de este tipo de arma el 9 de agosto de 1918 a las 14 h.

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A partir de entonces, en viendo como inminente la derrota alemana, los mandos militares teutones deciden repatriarlos, desmontarlos y hacer desaparecer todo rastro tanto documental como físico de la existencia de dichos cañones.

De hecho, todo lo que se conoce sobre estas armas se conoce por el trabajo de la Inteligencia francesa (necesario para poder destruirlos), los testimonios de presos alemanes y los pocos documentos gráficos de su existencia, lo cual deja a los Parisener Kanonen con un halo de leyenda, pero demasiado real.

La participación en la guerra de los Cañones de París fue poco menos que testimonial. Tras 5 meses de disparos, se hicieron 367 tiros que produjeron 256 muertos y 620 heridos, una muy baja tasa de afectación (el máximo daño lo originó en la iglesia de Saint-Gervais, con 91 muertos al hundir la techumbre durante la misa de Viernes Santo el 29 de marzo de 1918) para el dispendio de recursos que, para una Alemania bloqueada significó su construcción y despliegue.

¿Y en el plano psicológico? Igual, o menos, incluso. Al tener una cadencia de tiro tan espaciada a la que se tenía que sumar el tiempo que no disparaban por mantenimiento y la poca puntería, la gente no se sintió atemorizada y, en contrapartida, despertó la rabia y las ganas de los franceses por seguir la batalla y de darlo todo contra el enemigo alemán. Un éxito absoluto, sin duda.

En definitiva, que los Parisener Kanonen, pese a su monstruosidad y avance técnico sin parangón (los franceses no pudieron igualar sus características hasta el año 1929), para lo único útil que sirvieron fue para desarrollar la técnica artillera que sería la base para que la enloquecida Alemania Nazi -y con ellos las fuerzas Aliadas, años a venir, hiciera armas aún más destructivas y mortíferas. Un monumental esfuerzo intelectual y tecnológico que la Humanidad, francamente, se podía haber ahorrado.

Muchos millones de muertos se lo hubieran agradecido.

7. Schwere Gustav

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Luego, en la Segunda Guerra Mundial, la Wermacht insistió en el asunto con el cañón más grande jamás construido, el Schwere Gustav (del que hubo una segunda unidad llamada Dora), para destruir la Línea Maginot, aunque no llegó a usarse allí. Necesitaba un tren de 25 vagones para desplazarse y una dotación de 2.000 hombres. Suele llamársele, erróneamente, Gran Bertha.

Oficialmente designados como cañón “K(E) Schwerer Gustav”, fueron conocidos como “Gustav” y “Dora”, tal vez adelantándose a futuras críticas feministas. Construidos en Essen (Alemania), pasaron a ser las piezas de artillería más grande que se hayan construido jamás.

Sus proyectiles de 80 centímetros de diámetro, hicieron palidecer a los del cañón “Gran Berta” –también alemán– de la Primera Guerra, con sus “tan solo” 42 centímetros. A pesar de las expectativas puestas en ellos por el régimen nazi, sólo uno entró en combate y estuvo operativo trece días, durante los cuales disparó un total de 48 proyectiles.

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Para llevarlo a su posición de tiro y ponerlo operativo, era necesario un convoy ferroviario de veinticinco vagones, una dotación de 1.400 hombres y alrededor de tres semanas para montarlo y dejarlo listo para el disparo. La cantidad de mano de obra necesaria para ensamblarlos era enorme.

Tenía un destacamento completo de no menos de 1.420 hombres al mando de un coronel. Este disponía de su propio cuartel general y personal de planificación. La dotación principal era de alrededor de 500 hombres, la mayoría de ellos necesarios para el complicado proceso de mantenimiento y manejo de la munición.

Una vez en acción, estos 500 hombres permanecerían junto al cañón, pero el resto del personal estaba formado por varias unidades auxiliares, incluyendo una de inteligencia para determinar qué objetivos debían bombardearse. 

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Proyectil en el Imperial War Museum de Londres.

Todo el despliegue comprendía también a dos batallones de artillería antiaérea ligera, que siempre acompañaban al cañón cuando viajaba y tenían como misión evitar que sea atacado por el aire. Dos compañías de centinelas patrullaban constantemente el perímetro de la posición para evitar algún golpe comando que intentara evitar el ataque.

Hay que recordar que se ordenó la construcción de tres piezas, de las cuales se terminaron dos y solo una entró en acción. «Gustav» fue la única que entró en combate durante el Sitio de Sebastopol (1941/42), mientras que “Dora” fue enviada a Stalingrado pero no llegó a disparar. 

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Una detallada ilustración del imponente “Dora”.

Sus primeros objetivos fueron algunas baterías costeras, que resultaron bombardeadas a una distancia de alrededor de 25 km. Se requirieron solamente ocho disparos para demoler estos objetivos. Más tarde, aquel mismo día, se hicieron seis disparos más contra la construcción de hormigón conocida como Fuerte Stalin dejándola en ruinas. En mayo de 1945, sus componentes estaban dispersos por toda Europa.

Los transportes ferroviarios de las enormes piezas de artillería habían sido atacados constantemente por aviones aliados, y lo que se salvó de las bombas fue destruido por los propios alemanes ya en retirada. Hoy todo lo que queda son algunos de sus proyectiles en museos, como testimonio de los cañones más grandes del mundo.

nuestras charlas nocturnas.

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