La vida de la secretaria nazi que escribió el testamento del Führer …
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Gertraud “Traudl” Junge
Infobae(O.L.Mato)/ACV(A.G:Barnes)/ABC(M.P.VillatoroCon 22 años Gertraud “Traudl” Junge ingresó a la cancillería alemana y compartió las horas finales de Hitler, Eva Braun y Joseph Goebbels en el búnker durante el fin de la Segunda Guerra. Su historia inspiró la película “La caída”.
Gertraud “Traudl” Junge tenía 22 años cuando por una recomendación de una pariente de Martin Bormann, el oficial quizás más poderoso del Tercer Reich, se convirtió en secretaria de la cancillería alemana. Sus dotes literarios llamaron la atención de Adolf Hitler quien la tomó como asistente privada. Era un sueño convertido en realidad para la joven Traudl -como la apodaban-, que se había criado en un hogar afín al partido nazi.
Su padre, Max Humps, fue uno de los partícipes de Putsch de Múnich, y Gertraud se inscribió a temprana edad en la Liga de Muchachas Alemanas (abreviado BDM), una rama de las Juventudes Hitlerianas, presidida por Trude Mohr quien proponía que sus seguidoras debían formar una “generación libre de toda emoción sentimental y entusiasta de una femineidad claramente definida”. En esta época quería ser bailarina y por eso se trasladó a Berlín, donde se casó con Hans Junge, oficial de la SS que trabajaba en la cancillería.
La vida de Traudl tuvo un vuelco dramático cuando en 1944, ante la inminente llegada de las fuerzas aliadas a Berlín, Hitler se trasladó con toda su comitiva al bunker construido bajo la cancillería. Allí Traudl y Gerda Christian -la otra secretaria, casada con un oficial de la Luftwaffe- convivieron con Eva Braun, Joseph Goebbels, su esposa Magda y sus cinco hijos, además de Otto Günsche (edecán del Führer), Erich Kempka (chofer personal de Hitler) y el todopoderoso Martin Bormann, el hombre que manejaba los fondos secretos del partido.
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Adolf Hitler y Eva Braun
Traudl se sintió integrada al grupo y trabajaba cómodamente con devoción por su jefe, por quien sentía fascinación por ser un “hombre agradable y amigo personal”, además de sentir un afecto especial por Eva Braun.
Traudl vivió los momentos finales del Reich. Fue testigo de su casamiento con Eva y fue ella quien escribió el testamento del Führer. Le tocó presenciar la muerte de los hijos de Goebbels, y vio los cuerpos sin vida de Hitler y Braun. Muerto el Fuhrer y quemado su cuerpo, nada más podía hacer Traudl en la Cancillería, y se fue del edificio con una cápsula de cianuro que había recibido de manos de su jefe.
Kempka, Günsche, Bormann y su compañera Gerda huyeron del bunker con ella, pero el destino los separó en una ciudad caótica como lo era esa Berlín, tomada por soviéticos ansiosos de vengar las barbaridades cometidas por los nazis en su país. Bormann fue asesinado, Gerda violada por los soldados rusos -como ocurrió con otras 2 millones de mujeres alemanas-, y Günsche capturado por los soviéticos, mientras que Kempka pudo huir, hasta caer en manos de los norteamericanos. Con el tiempo publicaría un libro, llamado Yo quemé a Hitler.

Traudl Junge (secretaría de Hitler) el día de su boda 1943
Traudl tuvo más suerte y después de un tiempo detenida fue liberada e intentó rehacer su vida trabajando como periodista y escritora. En varias oportunidades describió su relación cercana con Hitler y aseguró no saber nada sobre las atrocidades que cometió en pos de la supuesta pureza racial.
Volcó sus memorias de esos días en un libro llamado Hasta el último momento, texto que sirvió como argumento de la película La caída (Der Untergang), de Oliver Hirschbiegel. “Ahora que he contado mi historia, puedo continuar con mi vida”, dijo en 2002 Traudl Junge antes de morir a los 81 años.
“Me han traicionado, esto se acaba aquí”: el misterio de las últimas palabras de Hitler
Día 30 de abril de 1945, alrededor de las siete de la tarde. Lugar, el conocido como ‘führerbunker’, el refugio antiaéreo berlinés donde Adolf Hitler se atrincheró junto a Eva Braun y algunos de sus últimos aliados como Joseph Goebbels, mientras el ejército ruso vencía las últimas resistencias a las puertas de la capital germana. “Baur, te quería decir adiós, esto se acerca a su fin”, comunicó el líder nazi al general Hans Baur, uno de sus grandes pilotos, que intentó disuadirle del plan que había elaborado un par de días antes: acabar con su vida y con la de Eva Braun, con la que se había casado unas horas antes, ante de tener que rendirse ante el enemigo. O algo peor.
“No me planteo abandonar Alemania. Podría ir a Flensburgo, donde Dönitz tendrá sus cuarteles, o al Obersalzberg, pero en dos semanas tendría que enfrentarme a lo mismo que ahora. Algunos de mis generales y oficiales me han traicionado. Mis soldados no quieren continuar. Y yo no puedo seguir. Podría aguantar en el búnker unos días más, pero tengo miedo de que los rusos nos arrojen gas. Tenemos extractores, pero no me fío. No me quiero ni imaginar qué pasaría si los rusos me cogiesen vivo”, continuó.
Así que dio las últimas órdenes a su piloto. La primera: “Debes responsabilizarte de que mi cadáver y el de mi esposa sean quemados para que mis enemigos no hagan con ellos lo mismo que con Mussolini”. La segunda: “Dönitz será mi sucesor natural, le he dado a Bormann varios mensajes para él. Asegúrate de que le sacas de Berlín y le pones en contacto con Dönitz usando tus aviones”. Como regalo, Hitler le entregó un retrato de Federico el Grande realizado por Lenbach, que había comprado en 1934. Era un guiño: el dictador nazi solía llevarlo siempre consigo en sus viajes, algo que hacía refunfuñar a su piloto estrella.

Yo fui el piloto de Hitler – Hans Baur
Después de estas indicaciones, Hitler le dio la mano y se giró hacia el coronel Betz, a quien también saludó. Baur se dio la vuelta para salir de la habitación cuando, por detrás, el Führer le dio unas últimas indicaciones. “¡En mi tumba deberían poner las palabras ‘fue una víctima de sus generales’!”, exclamó. “Baur, hay muchas cosas que no sabes, y descubrirás otras que te sorprenderán”. Fue la última vez que habló con el dictador, que apenas unos minutos después, entraría junto a Braun en la suite de la que jamás saldría con vida. Cuando Baur volvió al búnker un par de horas después, se topó con que no podría cumplir su promesa. Goebbels ya había quemado los cuerpos del dictador y de su mujer.
Rashomon en el búnker
Los ciclos de internet son caprichosos, y este relato que Baur recogió en ‘Yo fui el piloto de Hitler: las memorias de Hans Baur’ es conocido desde hace décadas (y fue publicado en español por la Editorial Barcelona en 1980), pero ha reaparecido en medios de todo el mundo debido a la reedición en inglés del trabajo, como si casi un siglo después hubiésemos descubierto, por fin, cuáles fueron las últimas palabras del Führer. Lo más probable es que Eva Braun se llevase el secreto a la tumba apenas unos instantes después de oírlas, envenenada con ácido prúsico.
La secretaria Junge no recuerda cuáles fueron las últimas palabras. ¿Una muestra de que quizá fueron más banales de lo que muchos piensan?
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Lo que sí sabemos es que Hitler pasó sus últimos momentos junto al resto de su séquito, entre los que se encontraban el citado oficial Martin Bormann, su secretario personal desde 1943; Otto Günsche, asistente y la mano que cerró la puerta del estudio de Hitler después de que entrase junto a su esposa, también el ejecutor de la cremación del cadáver, a quien le recordó que los soldados quedaban libres de su juramento de fidelidad; de Rochus Misch, el guardaespaldas personal que fue el primero en ver el cadáver de Hitler y que contó estos últimos instantes en su autobiografía; o del general Wilhelm Burgford, uno de los cuatro hombres que firmaron el testamento del líder nazi. Por supuesto, también de Goebbels, encargado de ejecutar las últimas voluntades de su superior.
También se encontraba Traudl Junge, otra de las secretarias personales del Canciller. En ‘Hasta el último momento’, la germana cuenta que compartió la última comida de Hitler (espaguetis con ensalada de zanahorias y uvas) antes de su despedida. Estaba presente cuando escuchó “el sonido de un disparo, tan alto y tan cercano que todos nos quedamos callados”. Fue la constatación de que “el Führer había muerto”, pero también de que no quedaba ninguna barrera entre el ejército ruso, a las puertas de la ciudad, y ellos. En su libro, Junge no acaba con el misterio histórico, al reconocer que no recuerda cuáles fueron sus últimas palabras. ¿Una señal de que quizá fueron más banales de lo que muchos piensan?

Una pareja fotografiada frente a los restos del búnker en 1959.
Cabe otra posibilidad, que es que consideremos que las últimas palabras de Hitler llegaron desde ultratumba. Todos los testimonios coinciden en que el nazi puso un gran esfuerzo en garantizar que su testamento político llegaba a las manos indicadas y que no decidió acabar con su vida hasta que se aseguró de que las tres copias habían partido hacia destinos diferentes. El texto final, conocido de forma pública desde el 31 de diciembre de 1945, al ser publicado publicado por ‘Los Angeles Times’, ajustaba cuentas con el pasado, declarando que ni él ni Alemania querían ir a la guerra, culpaba a Göring y Himmler de traidores y admitía que moría con “un corazón feliz”, en plenas facultades y tomando la decisión de suicidarse con total libertad. En el documento fijaba su gabinete de sucesión, con Dönitz como Presidente del Reich.
Entre ellos se encontraba el hipotético canciller Goebbels, a quien ordenaba, a pesar de su insistencia por quedarse a su lado hasta el fin, que defendiese “los intereses de la nación por encima de los suyos propios”. Como es bien sabido, el ministro de propaganda no le haría caso, y pondría fin a su vida, a la de su mujer, Magda, y la de sus seis hijos (Hildegard, Helga, Hedwig, Heidrun, Holdine y Helmut) al día siguiente, el 1 de mayo. En su despedida, Hitler volvía una vez más a pedir “a los líderes de la nación y todos aquellos que se encuentran bajo ellos a observar escrupulosamente las leyes de la raza y a oponerse sin piedad a los envenenadores universales de la gente, la judería internacional”. El testamento personal era mucho más breve, y en él, incidía en que su colección de arte no había sido adquirida para disfrute privado, por lo que la legaba al Estado.
“No quiero terminar expuesto en el museo de cera de Moscú”, le dijo a Günsche
Pero ¿escribió realmente Hitler el testamento de Hitler? Es otro de esos capítulos finales de la vida del alemán que seguirán por siempre envueltos en la niebla de la duda. A tenor de los testimonios con los que se cuenta, en concreto el de la secretaria Junge, es probable que en el texto que le dictó la noche anterior a su muerte tuviese una gran influencia Goebbels. Según sus recuerdos, el dictador le instaba a teclear rápidamente porque no había tiempo que perder, y como explica el historiador James P. O’ Donnell en ‘El búnker’, dictó su despedida a partir de unas notas manuscritas, muy probablemente escritas por Goebbels. Una razón: Hitler, debido al deterioro de su salud, tenía grandes dificultades para escribir. Otra razón: el léxico utilizado se parecía al de Goebbels.
Junge, además, recuerda haber escuchado la última conversación entre Goebbels y Hitler, en la que el primero le dijo que no cumpliría sus órdenes (es decir, que no huiría como le solicitaba). Fue también ella la encargada de mecanografiar el apéndice al testamento de Hitler escrito por Goebbels, en el que reconocía abiertamente que iba a rechazar las órdenes de su superior: “Aparte de por razones de camaradería y lealtad personal, no podemos dejar solo al Führer en su hora de mayor necesidad si no quiero sentirme el resto de mi vida un traidor sin honor y una comadreja”. Su sacrificio, reconocía, tenía también una voluntad política: “Los ejemplos son más importantes que los hombres”. Respecto a sus hijos, añadía que si ellos tuviesen la edad suficiente, estarían de acuerdo en la decisión que había decidido adoptar.

Morir en la sobremesa
Hay algo llamativo en el testimonio de Baur, que es su insistencia en recordar que fue llamado a la presencia del Führer entre las seis y las siete de la tarde, que abandonó el búnker alrededor de esa hora y que volvió al mismo entre las ocho y media y las nueve. La mayoría de relatos y el consenso histórico han fijado las tres y media de la tarde del 30 de abril como la hora en la que Hitler y Braun se suicidaron. Otros historiadores, como Antony Beevor en ‘Berlín. La caída: 1945’, recuerda que fue alrededor de las tres, y que el nazi ya había probado el cianuro en su querido perro Blondi.

Un soldado inspecciona los restos del búnker de Hitler.
Uno de los libros más concienzudos (pero no el mejor) para saber qué ocurrió ese último día es ‘El último día de Hitler: minuto a minuto’ de Jonathan Mayo y Emma Craigie, que como su nombre indica, detalla cada uno de los pasos que Hitler dio a lo largo de ese día. A las siete y media de la mañana, por ejemplo, sube las escaleras que dan al jardín de la cancillería para ver la luz del sol por un última vez. A las 12:45 del mediodía pidió a Günsche que cogiese la gasolina urgentemente: “No quiero terminar expuesto en el museo de cera de Moscú”, parece ser que le dijo. También relata el miedo de Rochus Misch en el búnker al ver al jefe de la Gestapo, Heinrich Müller, ya que pensó que estaba ahí para ejecutar a los testigos del suicidio del Führer.
Una vez más, vuelve a ser las tres y cuarto la hora en la que, en este caso, Heinz Linge, ayuda de cámara y oficial de protocolo, cierra la puerta del estudio después de las últimas súplicas de Magda Goebbels. La versión que, por cierto, refleja ‘El hundimiento’, la película de Oliver Hirschbiegel, que pone en boca de Hitler estas últimas palabras: “Mañana me maldecirán millones de personas, pero el destino lo ha querido así”. “El ayudante de Hitler, Otto Günsche, está haciendo guardia fuera del estudio”, escriben Mayo y Craigie. “Goebbels, Borman y varios miembros del personal merodean fuera, esperando el sonido de un disparo”. No aclara cuánto tiempo pudo pasar hasta que finalmente restalló. “Durante un momento, todos callan. Entonces, Helmut, el hijo de Goebbels, grita: ¡diana!”.
Uno de los primeros historiadores en escribir una narración detallada de los últimos días de vida de Hitler fue el británico Hugh Trevor-Roper, que en 1947, poco después de la muerte del dictador, publicó ‘Los últimos días de Hitler’. “Después de terminar la comida, sus invitados fueron despedidos”, narra. “Emergió de su habitación, acompañado por Eva Braun, y celebró otra ceremonia de despedida. Bormann y Goebbels estaban allí, con Burgford, Krebs, Hewel, Naumann, Voss, Rattenbhuber, Hoegl, Guensche, Linge y las cuatro mujeres, Crisian, Junge, Jureger y Manzialy”. Según su versión, Magda Goebbels no estaba presente, llorando desconsolada en su habitación. “Hitler y Eva Braun le dieron la mano a todos, y volvieron a su suite”. Una vez más, el sonido de un disparo y el hallazgo previsible.
Baur cogió el retrato prometido por el fallecido Führer antes de intentar huir. No tuvo suerte, ya que no solo no lo consiguió, sino que fue abatido por un disparo de bala que provocó la amputación de su pierna. Pasó 10 años en una cárcel soviética, donde fue interrogado y torturado ante la sospecha de que podría haber evacuado a Hitler antes de la caída de Berlín. Irónicamente, también se le interrogó acerca del paradero de la Cámara de Ambar, la lujosa habitación del Palacio de Catalina de Tsárskoye Seló que fue saqueada por los nazis. Fue liberado en 1957, y publicó en Alemania Occidental su autobiografía, cuyo título original era inequívoco: ‘Volé con los poderosos‘. Falleció el 17 de febrero de 1993, a los 95 años, en Herrsching, una pequeña localidad de Baviera. ¿Sus últimas palabras? Como las del “poderoso”, desconocidas.
Última voluntad

Página del diario ABC del 30 de diciembre de 1945
«El testamento, una prueba decisiva de la muerte de Hitler, fue descubierto por el Servicio de Contraespionaje británico, en cooperación con los norteamericanos. Lleva fecha del 29 de abril de 1945 y firman en él como testigos el doctor Josef Goebbels, ministro de Propaganda; Martin Bormann, adjunto de Hitler; Hans Ebers, adjunto de Himmler en Checoslovaquia, y Wilhelm Berdgorf. También ha sido hallado el contrato matrimonial original de Hitler y Eva Braun, en el que figuran como testigos Bormann y el doctor Goebbels. […] La recién casada firmó en el registro con el nombre de “Frau Hitler” (señora de Hitler)»
La última voluntad es un documento corto, solo tres páginas, titulado «Testamento privado». Fue firmado el 29 de abril a las cuatro de la madrugada, en el que Hitler:
- Reconoce que ha contraído matrimonio —aunque no nombra a Eva Braun— y que él y su cónyuge optan por la muerte antes de pasar por la desgracia del derrocamiento o la capitulación; indicando que sus cuerpos debían ser cremados.
- Lega su colección de arte a «una galería en mi ciudad natal de Linz en el Danubio.»
- Lega los objetos de «valor sentimental o necesario para el mantenimiento de una vida sencilla y modesta» a sus parientes y a sus «fieles co-trabajadores», como su ama de llaves, la señora Anni Winter.
- Lega cualquier objeto de valor al Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.
- Nombra a Martin Bormann como albacea o ejecutor de su última voluntad.
Firman como testigos en la última página: su secretario personal, Martin Bormann, Joseph Goebbels y el coronel Nicolaus von Below.
Enemigos y reivindicación
En su testamento político, Hitler comenzaba dejando claro lo que quería que sus acólitos hiciesen con sus cadáveres una vez que se hubiesen suicidado. «Es mi deseo que Eva Braun, que se casó conmigo y se presentó voluntaria para compartir mi suerte en el Berlín sitiado, sea cremada inmediatamente en el lugar donde he realizado la mayor parte de mi trabajo durante mis doce años de servicio a mi pueblo».
En las líneas siguientes el Führer dejaba claro que todo había terminado para ellos: «Mi esposa y yo hemos escogido la muerte para escapar a la desgracia de ser obligados a ceder o rendirnos».
En los párrafos escritos a continuación, el Führer rememoraba los meses en los que había participado en la Gran Guerra. «Más de treinta años han pasado desde que en 1914 intervine, como voluntario, en la Primera Guerra Mundial, un conflicto que se le impuso al Reich». A continuación incidía en que, «en los tres decenios» que habían pasado desde aquellos hechos, su conducta había «sido guiada únicamente por el amor y la fidelidad» hacia su pueblo.
Después, Hitler eludía la responsabilidad de haber comenzado la guerra el 1 de septiembre de 1939, cuando sus blindados se lanzaron de bruces contra la frontera polaca: «No es verdad que yo, ni nadie en Alemania, haya querido la guerra de 1939. Esta fue deseada y promovida, exclusivamente, por aquellos estadistas internacionales que eran de origen judío o defendían los intereses judíos», explicaba.
Su demagogia fue exagerada hasta el final: «Muchas veces propuse llegar al control y limitación de los armamentos, y la posteridad no podrá ignorar mis esfuerzos en tal sentido». Tampoco se ahorró adjetivos con respecto a sus enemigos, a los que tildó de conspiradores. «Pasarán los siglos, y de las ruinas de nuestras ciudades nacerá y crecerá el odio contra todos aquellos que, en última instancia, son los responsables de todo: el sionismo internacional y todos cuantos les ayudaron», dejó sobre blanco.
En este sentido, calificó a las naciones aliadas de haber utilizado a Alemania como un país destinado a «ser adquirido y vendido» por «conspiradores internacionales» que solo buscaban «actuar sobre el mundo del dinero y las finanzas». Por todo ello, dictó, «la responsabilidad» de las muertes sucedidas durante la contienda debía recaer «sobre aquella raza que es la verdadera culpable de esta sangrienta lucha: los judíos».

Testamento de A. Hitler
No hay huida
En el testamento, Hitler dejó patente también que no pensaba abandonar Berlín jamás. «Después de seis años de guerra, que pasarán un día a la Historia como la más gloriosa y alta demostración de firmeza de carácter de una nación, no puedo abandonar la ciudad que es la capital del Reich». En sus palabras, esta decisión la había tomado «por libre voluntad», lo mismo que la determinación de darse «muerte en el momento en el que considere no poder mantener más mi posición de Führer y Canciller».
Para entonces, ya había decidido que no tardaría en suicidarse. «Muero feliz en cuanto soy consciente de la grandeza de todo lo que nuestros soldados han hecho en los frentes. Desde lo más profundo de mi corazón expreso a todos vosotros mi agradecimiento», añadía.
Hasta el último hombre
No obstante, mientras afirmaba que sus hombres estaban extenuados tras años de dura contienda, también les instaba a morir luchando por el Reich:
«Por ninguna razón suspendáis la lucha. […]. Continuad combatiendo contra los enemigos de la Madre Patria […]. Del sacrificio de nuestros soldados y de mi unión con ellos hasta la muerte brotará en la historia de Alemania la semilla de un radiante renacimiento del movimiento nacionalsocialista».
En su locura, el todavía Führer creía que, tras su muerte, habría un renacimiento de su partido y, después de recuperar el poder, este forjaría una «verdadera comunidad de naciones».
Para los que no tuvo buenas palabras fue para sus principales generales. Hitler falleció convencido de que la mayoría de sus jerarcas le habían abandonado. Así pues, se despidió con un coscorrón metafórico de los oficiales del Heer (el ejército de tierra), aquel hacia el que más recelos había sentido durante todo el conflicto: «Quiero que, en el futuro, forme parte del Código de Honor del oficial alemán el principio -ya asimilado por nuestra Marina- de que la capitulación de un distrito o de una ciudad es imposible y de que los jefes deben marchar a la cabeza de sus hombres para dar ejemplo de fidelidad al deber hasta la muerte».
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