Opinión: ¿Por qué y por quién dar la vida?…

Ideas/La Gaceta(J.Bilbao) — Se pretende recorrer un camino de vuelta hacia un imperio europeo, que la población asuma sacrificios y aún la muerte en nombre de la UE. Ernst Jünger tenía clara la respuesta en las primeras páginas de Tempestades de acero, el fascinante relato de su experiencia luchando en la Primera Guerra Mundial:
«A la vista de las colinas del Neckar, que estaban coronadas de cerezos en flor, experimenté un intenso sentimiento de amor a la patria.
Qué bello era aquel país y cómo merecía que por él derramásemos la sangre y diéramos la vida (…) este pedazo de tierra, que en cualquier momento puede transformarse en un cráter ardiente, es el campo que ahora nos toca labrar a nosotros y en el que tal vez quedemos enterrados como semillas.
Detrás, hacia el este, queda la patria, su voluntad de vivir se encarna en nuestra voluntad de morir».
Podríamos creer que eran reflexiones fruto de su bisoñez, pero tras páginas y páginas de explosiones, metralla silbando en sus oídos, compañeros caídos y heridas malamente cicatrizadas que se acumulaban en su maltrecho cuerpo como insignias ganadas en combate, seguía manteniendo sus convicciones:
«Ahora miré hacia atrás: cuatro años en mitad de una generación predestinada a la muerte, pasados en cuevas, trincheras llenas de humo y tierras yermas iluminadas por el fuego de los proyectiles; años animados solo por los placeres de un mercenario y noches de guardia tras guardia en una perspectiva interminable; en resumen, un calendario monótono lleno de penurias y privaciones, dividido por los días señalados en rojo de las batallas.
Y casi sin que yo lo pensara, la idea de la patria se había destilado de todas estas aflicciones en una esencia más clara y brillante».
Ahora bien, el problema de Jünger es que no había leído a Cayetana Álvarez de Toledo, quien hace unos días se preguntaba «¿Estamos los europeos dispuestos a matar y morir por la libertad?». Cuestión que en su propia formulación ya resulta reveladora, pues primero evade la nacionalidad de quienes interpela —¿es la UE, puede llegar a serlo, una patria o sucedáneo de tal para alguien?— y seguidamente proporciona la causa última por la que morir y matar: la libertad.
¿Pero la libertad de quién y para qué? Si los españoles tuviéramos que matar a quien ha limitado inconstitucionalmente nuestra libertad en los últimos años entonces deberíamos apuntar en una dirección distinta de la que Cayetana nos indica (no queremos dar ideas a nadie, Dios nos libre, solo nos ponemos en tal hipótesis).
Es el problema de recurrir a un término tan polisémico, de significado tan elástico, que podrá resonar en cada uno de nosotros, sí, pero de manera distinta según cada caso, igual que ocurre con «felicidad», de tal forma que no permite deducir un mandato colectivo, naufragando en la pura subjetividad.

¿Es la libertad mera ausencia de coacción estatal o un logro efectivo de las metas que uno se proponga? Si es solo lo primero ¿Estará dispuesto un joven español que viva en casa de sus padres porque no puede irse a ningún otro sitio a morir por su libertad meramente formal para residir en cualquier parte del territorio nacional? ¿Y un desempleado por la de sindicarse libremente? Es poco probable…
La distinción entre libertades positivas y negativas, entre «libertad de» y «libertad para» ha venido siendo objeto de un largo debate político-filosófico en el que no es cuestión de entrar ahora, pues queríamos simplemente apuntar que a tal palabra habrá que añadirle algo más si queremos expresar algo que tenga sentido.
La patria ya es otra cosa. Sí, también abarca mucho y puede interpretarse de varias formas, pero necesariamente está delimitada por unas fronteras, una historia, acoge unos paisajes coronados o no por cerezos en flor y alude, también, a un pueblo que habita tal territorio, con unos antepasados y una tradición cultural de ellos heredada.
Todo ello, sumado, ciertamente ha resultado un poderoso reclamo por el que pelear y hasta dar la vida pues ya escribió Horacio, convertido luego en lugar común: «Dulce et decorum est pro patria mori»: dulce y honorable es morir por la patria. Etimológicamente la tierra de los padres, la tierra donde uno nació.
Es la tribu, la comunidad de pertenencia. Cuyos vínculos de unión tendrán que ver, según el tamaño, o con el parentesco o bien con ciertos símbolos, tradiciones, creencias y estructuras de poder compartidas.
Invocar a la patria es por tanto lo opuesto a invocar a la libertad, pues apela a lo que une al individuo al colectivo y no a lo que lo emancipa de él, le habla a nuestra naturaleza social y no a la particularidad de cada uno.
No minusvaloraremos la enseñanza de Don Quijote acerca de que «por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida», pero no es lo mismo asumir riesgos —lo hacemos desde que salimos del portal cada día— que encarar el martirio, que es lo que la guerra exige.
Por ello, bajo ese enfoque, la persona movida por el patriotismo podría llegar a entregar su propia existencia si las circunstancias lo exigieran, pues sacrificando su cuerpo pervivirá simbólicamente en la comunidad cuya continuidad contribuye a defender.
De ahí que desde su composición allá por 1869 el himno nacional de Cuba reza que «morir por la patria es vivir», mientras que la Canción del Legionario promete que «si en la guerra hallas la muerte, tendrás siempre por sudario, legionario, la bandera nacional».
Por eso, también, el coronel Moscardó aceptó el sacrificio de su propio hijo durante el asedio del Alcázar de Toledo recomendándole que encomendara su alma a Dios y muriera gritando «¡Viva España!». Así no moriría del todo.

No es de extrañar, en vista de todo lo anterior, que la proliferación de los nacionalismos desde finales del siglo XVIII cambiara la naturaleza misma de la guerra. Lo explicaba Clausewitz, que algo sabía del asunto, rememorando la derrota a cargo de Napoleón de los ejércitos prusianos de los que él formó parte:
«Apareció una fuerza que superaba toda imaginación. De repente, la guerra volvió a ser asunto del pueblo, un pueblo de treinta millones, todos los cuales se consideraban ciudadanos… El pueblo se convirtió en un participante de la guerra; en lugar de ser solo gobiernos y ejércitos, como hasta entonces, todo el peso de la nación se lanzó a la balanza.
Los recursos y esfuerzos ahora disponibles para su uso sobrepasaban todos los límites convencionales: nada impedía ya el vigor con el que podía librarse la guerra».
Por su parte Goethe, presente en la batalla de Valmy de 1792, en la que dicen que se atacó al grito pionero de «¡Vive la Nation!» por las tropas de los recién intitulados ciudadanos franceses, ofreció un diagnóstico similar: «En este lugar y desde hoy comienza una nueva era en la historia del mundo, y todos vosotros podéis decir que estuvisteis presentes en su nacimiento».
Si las contiendas pasaban a ser una cuestión nacional entonces el servicio militar se volvía universal y obligatorio, la conciencia de formar parte de una misma comunidad algo a inculcar desde la escuela, la propaganda de guerra debía alcanzar al conjunto de la población, y el esfuerzo bélico una tarea en la que volcar la economía del país.
El patriotismo insuflaba valor al soldado en el frente, pero también se volvía esencial en la retaguardia. La nación debía honrar a sus mártires y los símbolos que la definían adquirían connotaciones sagradas, trascendentes. El resultado es que los imperios multiétnicos eclosionaron en múltiples Estados-nación modernos, más cohesionados y eficaces para la guerra.
Así, cada país pasaba a tener su ejército, considerado «la columna vertebral de la patria», al servicio de sus fronteras, de su pueblo y de su soberanía… Al menos así ha sido a grandes rasgos hasta el presente, momento en que se empieza a hablar de un ejército europeo y de una hipotética implicación de los ejércitos de diversos países del continente en un conflicto a miles de kilómetros ajeno a sus respectivos intereses nacionales.
Es decir, se pretende recorrer un camino inverso hacia un imperio europeo, donde los soldados volverán a ser mercenarios y la población dejará de asumir como propio el esfuerzo bélico. Las élites que toman esta decisión creen que funcionará, que la población asumirá sacrificios y aún la muerte en nombre de la UE, de no se sabe bien qué libertades formales o de la integridad territorial y soberanía de patrias que no sean la propia. Permítanme que lo dude.
nuestras charlas nocturnas.
¿Qué es la verdad?…

MEER¿Qué es la verdad? A lo largo de los siglos, el pensamiento humano ha dominado las fuerzas mentales en busca de la verdad absoluta. Han sido invocadas posibles respuestas, y la ciencia ha tratado de explicarla a través de sus postulados: naturalistas, humanismo en la ciencia, axiomas.
La problemática de la especificidad y el uso del instrumentalismo para la comprensión sobre la búsqueda de una verdad tiene un porqué… Sin embargo, la verdad es todo aquello que se piensa sobre un hecho real, es decir, una afirmación…
Es el método por el cual las mentes resuelven dicha premisa… más allá del propio hecho real. En otras palabras, la verdad podría encontrarse en la construcción de otras verdades similares o en que la afirmación de la verdad se podría hallar en una resultante, pero nunca ser la verdad.
El choque de las culturas de pensamiento sobre la verdad tuvo su origen después de que el hombre abandonó el uso de la alquimia primitiva, esotéricas, metafísicas, religión y creencias traídas de las edades grecorromanas, pensamientos cristianos, sanagustinianos, renacimiento, hasta las ideas de la ilustración.
El método científico de problema, observación, contraste y ley natural no hizo más que desechar de plano el empirismo del viejo mundo.
Este cáliz de vida, la verdad, empieza a fluir en la nueva epistemología sobre el pensamiento humano. Las respuestas, a través de un método observable y medible, hacen que el ser humano desarrolle su libre pensamiento, el cual ahora es contrastado empíricamente por las leyes naturales que le dictan el porqué de los fenómenos y así va obteniendo la verdad.

Pero toda metodología tiene sus límites, pues los métodos ofrecen ciertas reglas que limitan el pensamiento, ya que lo llevan a recorrer solo el camino inducido deductivamente o inductivamente.
En otras palabras, lo que es científicamente comprobable y está dentro de estas reglas básicas de control es aceptable, y lo que no es científicamente comprobable es desechable.
Por tanto, el hombre crea el mundo objetivo y de allí extrae el conocimiento, pero si se toma una visión popperiana, se encontrará incluso con subjetividades que surgen de otros universos de pensamiento en la búsqueda de la verdad absoluta.
Es un pensamiento más racional y no tan científico como contraste para hallar la verdad absoluta dentro del pensamiento humano en un cierto grado de verosimilitud a teorías o es una tarea netamente científica.
Pero toda teoría, en cuanto a los términos y las interpretaciones, surge de un contexto observable. Por ejemplo, un objeto que se desplaza con una velocidad durante un período de tiempo como principio de la mecánica lo hace solo si necesitó una fuerza que lo sacó de su estado de reposo.
Ese mecanismo tiene una fórmula física para llevar a cabo su cometido de movimiento. Es una ley universal, sin necesidad de la intervención del pensamiento humano.
Para argumentar su presupuesto, el científico no busca sus respuestas a la verdad en brujos o magos; se basa en su empirismo metodológico observable. Pero aquí, sin limitar su investigación, deberá valerse de un cuerpo de hipótesis teóricas, falsas o no, que utilizará en su pensamiento deductivo para el uso de sus instrumentos en la búsqueda de la verdad.
De esta manera, cualquier oposición a los resultados de su pensamiento no se dirigirá hacia el núcleo teórico de hipótesis, sino hacia los supuestos que las acompañan, pues es una inducción.
Quizás, entonces, todo hecho observado hallará su verdad al ser empíricamente comprobable, y si no lo es, será rechazado o sustituido por otra teoría de pensamiento para obtener su verosimilitud. O cada núcleo duro de hipótesis generales dependerá de la decisión de aceptación o no.
Este camino que hemos recorrido juntos nos invita a volver al principio: “¿Qué es la verdad?”. Una comprensión del pensamiento humano. Análisis, reflexión o metodología para poder dar respuestas que pueden ser próximas a la verdad real. ¿Cuál es el límite para la ciencia y la no ciencia?
A modo de cierre, usted tiene una idea epistemológica, una visión, un nuevo conocimiento que le ayudará a pensar en cómo es que sonríe y llora.
nuestras charlas nocturnas.
Se desata guerra cultural sobre lo «woke» en EE. UU. …

DW(S.Wünch) — Para Donald Trump, la palabra «woke», que se usa para designar la «sensibilidad hacia las injusticias», es un término irritante. Según el Gobierno estadounidense, términos como «sexualidad», «transexual», «no binario», «crisis climática» o «racismo» deberían desaparecer de los documentos gubernamentales estadounidenses.
Según el diccionario Duden, «wokeness» es la «alta sensibilidad (a veces de miras estrechas o asociada con el activismo militante) hacia la discriminación particularmente racista, sexista, la desigualdad social y similares».
Trump, con sus críticas, apunta principalmente contra los programas de «Diversidad, Equidad e Inclusión» (DEI), que, en realidad, se supone que garantizan una sociedad tolerante.
Con sus demandas contra la «tiranía» DEI, Trump ya ha presionado a varias grandes empresas estadounidenses, entre ellas, la cadena de comida rápida McDonald’s, el gigante de los supermercados Walmart, el fabricante de aviones Boeing y al fabricante de automóviles Ford, que están reduciendo sus programas DEI.
– Trump: «La teoría crítica de la raza es veneno»
Donald Trump también declaró que había eliminado «el veneno de la Teoría Crítica de la Raza» (CRT) de las escuelas públicas. Este concepto también puede llamarse «woke», porque identifica los prejuicios racistas en muchas partes de la sociedad occidental.
En concreto, se examina en qué medida el origen, el color de la piel, el género o la orientación sexual influyen en la búsqueda de empleo o de alojamiento, en la calificación en escuelas o universidades o en las investigaciones policiales.
En muchos estados de EE. UU., la enseñanza de esta teoría ya está prohibida, con la justificación de que sitúa a todas las personas blancas bajo sospecha de ser racistas.
– «Las críticas al ‘woke’ radical son comprensibles»
Para la psicóloga y escritora Esther Bockwyt, por muy fuertes y radicales que sean las críticas en EE. UU., también son comprensibles desde un punto de vista racional y científico, afirma en entrevista con DW. En su libro «Woke. Psicología de una guerra cultural», analiza críticamente el «wokismo», incluidos sus aspectos negativos.
«No es sólo el miedo clásico al cambio lo que está detrás de esto, sino también una cierta cantidad de sentido común, porque bajo la apariencia de la toma de conciencia se están produciendo excesos malsanos», dice. Y cita el debate sobre los hombres biológicos que se consideran mujeres en el deporte femenino o en las cárceles de mujeres en Estados Unidos.
En opinión de Bockwyt, el rechazo del «wokismo» extremo, incluso desde el centro y no necesariamente desde los extremos de la sociedad, está justificado. «No se trata sólo de querer ser conscientes de la discriminación –casi todo el mundo estaría de acuerdo con eso–, sino que es algo más radical», afirma a DW.
«Y es por eso que se le está dando tanta importancia en Estados Unidos, porque es relevante y tangible y también separa a las personas en lugar de unirlas», agrega.
– La gran olla «woke»
En Alemania, las cuestiones transgénero, el veganismo, la protección del clima, el feminismo y la llamada cultura de la cancelación se mezclan en la gran olla «woke». La ira contra todo lo que es «woke» se dirige principalmente contra las personas que tienen una postura política de izquierda o verde y se consideran progresistas.
Los conservadores, a menudo, acusan a una «minoría moralizadora» de querer educar e imponerse sobre quienes piensan diferente.

– ¿Es el lenguaje inclusivo una amenaza para la democracia?
Para muchas personas, el lenguaje de equidad de género o inclusivo se considera exagerado y, peor aún, una «violación de la lengua». Pero se pierde de vista el hecho de que solo se trata de hacer visibles a personas que no se sienten ni hombres ni mujeres y de no herir a los demás con el propio lenguaje.
En los últimos años, los libros que no sólo critican la «toma de conciencia ‘woke'», sino que la consideran una «amenaza a la democracia», se han convertido en los más vendidos en Alemania.
La etnóloga Susanne Schröter, por ejemplo, escribió en su libro «La nueva guerra cultural. Cómo una izquierda ‘woke’ amenaza la ciencia, la cultura y la sociedad» (2023), entre otras cosas, sobre el «terror ideológico» y la «construcción progresiva de un nuevo estado de vigilancia».
– Izquierda «woke», la imagen del enemigo
Estos libros alimentan la imagen enemiga de la «izquierda woke» y, según Bockwyt:
«Creo que se trata de una actitud de verdadero rechazo. Por supuesto, uno puede exagerar la crítica y formularla de una manera particularmente radical y buscar enemigos. Pero no es difícil encontrar enemigos, porque genera rechazo en mucha gente mucho más allá de la derecha conservadora. Por eso también es una imagen enemiga bienvenida».
Los debates en torno a este tema seguirán ocupando a las sociedades occidentales durante mucho tiempo. A pesar de todas las críticas del sector conservador de derecha, la toma de conciencia a favor de un tratamiento más sensible hacia las minorías existe y no se eliminará ni siquiera con prohibiciones.
Esther Bockwyt aboga por el camino intermedio. «Creo que es útil no quedar atrapado en esta imagen en blanco y negro, no decir en general: todo lo que es ‘anti-woke’ es de derecha y todo lo que es ‘woke’ es bueno, sino tratar de hacer una distinción».
nuestras charlas nocturnas.
La paciencia, el arte de saber esperar…

La mente es maravillosa — La paciencia no es precisamente uno de los cultivos que más cuide esta sociedad.
Sin embargo, ser impacientes nos trae sufrimiento e insatisfacciones, ya que no nos permite disfrutar porque estamos siempre pensando en el futuro y, cuando este llega, rara vez es suficiente porque seguimos pensando en el siguiente futuro.
La paciencia es una actitud necesaria para vivir en el aquí y ahora, disfrutando del momento presente, viviéndolo, sintiéndolo y siendo conscientes del mismo.
Para ello, es necesario potenciar las actitudes que nos centran en cada momento que vivimos.
“La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte.”
-Immanuel Kant-
– La vida a ritmo frenético
“El tiempo es oro”, es un lema que nos indica que no hay tiempo que perder. Parece que hemos sido programados para hacer y hacer, sin permitirnos parar, porque perdemos tiempo, y quizás dinero. Esto nos hace vivir a ritmo frenético, sobrepasando los límites de la salud.
Esta dinámica se está convirtiendo en algo que nos está destruyendo, ya que no podemos acelerar el ritmo de la vida y sus tiempos. Aunque queramos ir más deprisa, todo tiene su ritmo y, por ello, viviremos frustrados y sufriendo por lo que aún no hemos conseguido, en vez de disfrutar de lo que sí está a nuestro alcance.
No sabemos esperar, nos han enseñado a correr, a vivir con estrés y con los plazos de fechas límites en nuestros talones. Por eso, no tenemos tiempo para esperar a meditar una decisión, ni un resultado, queremos que todo sea rápido, aunque eso signifique perder una gran oportunidad para nuestra vida o equivocarnos.
“Lo quiero Ya”, la antítesis de la paciencia

Hemos convertido nuestra sociedad en el mundo del “Ya”.
No podemos esperar a mañana, ni a llegar a casa, ni a ver a una persona…
Todo nos va indicando que tenemos que resolverlo ahora y acabamos haciendo cosas “Ya”, de forma poco premeditada, como una manera de liberarnos de la ansiedad.
Hablamos o enviamos mensajes cuando caminamos, conducimos o incluso cuando estamos tomando un café con alguien porque no nos han enseñado a esperar y la tecnología nos facilita que sea “Ya”.
En todo momento estamos comunicados, localizados, sin tiempos en los que simplemente no estamos para el mundo y sí para nosotros.
Creemos que podemos adelantarnos al mañana y lo que ocurre es que perdemos el presente.
La sociedad cultiva la impaciencia, el ritmo frenético, el estrés y nos dejamos llevar sin plantearnos las consecuencias de esto, hasta que llega. Piensa que en algún momento nos inundará el sentimiento de no haber vivido para nosotros, porque quizás lo hemos hecho para “otros”, para el “sistema” o la “empresa”.
Además, viviremos las consecuencias físicas y mentales de no saber esperar. Aparecerán la enfermedad y los conflictos personales e interpersonales, ya que no todo es como queremos y los demás, no podrán facilitarnos siempre las cosas “Ya”.
Vivir desde la sala de espera

Podemos vivir desde la paciencia, sabiendo esperar a que las cosas ocurran de forma natural, sin forzarlas, sin presiones, y en muchas ocasiones sin buscarlas.
Cada día va a amanecer, para ello no tenemos nada que hacer, salvo disfrutar de ese momento y, mientras esperamos que ocurra, disfrutaremos del resto de cosas que ya encargamos y de las que nos hemos olvidado rápido en post del siguiente deseo.
Para cultivar la paciencia, es necesario bajar el ritmo, centrarnos en el presente y vivirlo conscientemente.
Manteniendo la seguridad y tranquilidad de que habrá un futuro, siempre que lo acompañemos de buenas prácticas saludables y buenas actitudes.
La paciencia nos permite vivir la vida desde la actividad paciente. Nos ponemos en marcha, seguimos avanzando y acompañamos la vida, ajustándonos al momento y al ritmo de la misma.
Se trata de no pretender que sea de otra manera, sino de saber esperar y mantener la calma, para que las cosas ocurran cuando tengan que ocurrir.
“La paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces.”
-Proverbio persa-
– Ser paciente, dejar fluir
Dejar que las cosas fluyan, no significa, “sentarse a ver pasar la vida”. Fluir con la vida significa que hacemos elecciones y con ellas renuncias, nos marcamos un rumbo como el que marca en el mapa una dirección para caminar. Y vamos caminando al ritmo saludable que necesitamos, es decir, desde la calma, sin pretender llegar en tan solo un día. Se trata de no quedamos parados, sino caminar a un paso pausado.
Ser paciente es saber esperar a que lleguen las oportunidades. También es saber aprovecharlas desde el momento presente en el que ocurren, ni antes ni después. Ser paciente es observar la vida y aprender de ella, al ritmo que nos marcan los ritmos naturales.
“Quien tiene paciencia, obtendrá lo que desea.”
-Benjamin Franklin-
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‘Dating burnout’ o por qué los ‘millenial’ están cansados de ligar a través de aplicaciones…

The Objective(J. de Las Heras) — Las aplicaciones de citas han transformado por completo la forma en que los millennials y parte de la Generación Z abordan sus relaciones. Lo que en su momento se presentó como una solución tecnológica para facilitar la interacción entre personas y ampliar las posibilidades de conocer a otros, ha demostrado ser un arma de doble filo.
Con unos pocos clics, la posibilidad de conectar con personas nuevas parece infinita, pero esta misma facilidad también ha derivado en problemas inesperados. Sin embargo, también ha propiciado la aparición de situaciones como el dating burnout.
Muchos usuarios reportan una sensación de fatiga emocional tras semanas o meses de interacciones fallidas. El exceso de mensajes sin respuesta, la superficialidad de las conversaciones y la aparente falta de compromiso por parte de los interlocutores han generado frustración.
A esto se suma el constante desplazamiento por perfiles que convierte la experiencia en algo mecánico y poco satisfactorio. Tanto como para que eso acabe hastiando a sus usuarios.
El fenómeno conocido como dating burnout describe este agotamiento emocional asociado al uso intensivo de aplicaciones de citas. Esta situación está cobrando relevancia entre quienes, después de un tiempo usando estas herramientas, sienten que el esfuerzo no compensa los resultados, lo que puede generar ansiedad, desánimo y una visión negativa de las relaciones.

– Qué es el ‘dating burnout’
El dating burnout es un término que se utiliza para describir el cansancio mental y emocional que surge tras un uso intensivo de aplicaciones de citas.
Aunque no se trata de un diagnóstico médico, es una experiencia que afecta a muchas personas.
Este concepto comenzó a ganar popularidad en los últimos años a medida que las aplicaciones como Tinder, Bumble o Hinge se han convertido en herramientas comunes para socializar y encontrar pareja.
No obstante, no se ha convertido en oro todo lo que reluce.
Así, al menos, lo traslada una encuesta de la revista estadounidense Forbes donde el 79% de los miembros de la Generación Z confiesan este cansancio.
La sensación de burnout se caracteriza por una combinación de frustración, apatía y agotamiento.
A menudo, quienes lo experimentan sienten que dedicar tiempo a estas aplicaciones resulta una tarea tediosa, sin recompensa emocional o conexiones significativas.
Este fenómeno también está relacionado con la paradoja de la elección: tener demasiadas opciones disponibles puede dificultar la toma de decisiones y aumentar la insatisfacción. Tanto para que ya empiece a haber literatura científica que hable sobre esta situación.
Las aplicaciones de citas, aunque diseñadas para facilitar encuentros, pueden incrementar esta sensación de cansancio. La naturaleza repetitiva del desplazamiento por perfiles y la falta de respuestas genuinas contribuyen al desgaste. Además, el ghosting —cuando alguien desaparece sin explicación tras haber iniciado una conversación o incluso una relación— es una práctica común que deja a los usuarios con sentimientos de rechazo e inseguridad.
– Reconociendo el ‘dating burnout’

Reconocer los signos de dating burnout es el primer paso para afrontarlo. Si sientes que cada interacción en la aplicación te resulta agotadora, es el momento de pausar y reflexionar. Identificar lo que realmente buscas —ya sea una relación seria, amistad o simplemente explorar— puede ayudarte a enfocar tus esfuerzos de forma más clara y evitar frustraciones innecesarias.
Otra clave es establecer límites. No dejes que estas aplicaciones absorban gran parte de tu tiempo y energía. Dedicarles un horario limitado y equilibrar su uso con otras actividades puede ayudarte a mantener el control. Por ejemplo, prioriza actividades fuera de las aplicaciones que te hagan sentir bien contigo mismo, como practicar deporte, leer o pasar tiempo con amigos.
Es fundamental también ser sincero contigo mismo y con los demás. Si no tienes intención de mantener una relación a largo plazo, exprésalo claramente.
Del mismo modo, aprende a identificar comportamientos tóxicos, tanto propios como ajenos. En este sentido, desaparecer (ghosting), hacer luz de gas o el mosting (la versión más potente del ghosting) han de ser fáciles de ver.
El anonimato que proporcionan las aplicaciones puede fomentar actitudes poco respetuosas, pero reconocer estos patrones te permitirá protegerte de ellos y tener una experiencia más saludable.
nuestras charlas nocturnas.
¿Eyaculación precoz o eyaculación involuntaria?…

Psicología y mente(A.Skcardocci) — La famosa eyaculación precoz. Un término que le ha denominado a un problema real que afecta a muchos hombres, su calidad de vida, seguridad personal, autoestima y relaciones.
Este es un término que defino injusto y que considero que la palabra precoz no es acertada ya que soy de las que define este problema como: Eyaculación involuntaria. A continuación te explicaré por qué y sus diferencias.
– ¿Qué significa ser «precoz»?
Ser precoz implica hacer, o llegar a algo antes de lo esperado o de manera demasiado rápida o precipitada, ya sea por impulsividad, falta de autocontrol, desconocimiento o simplemente por naturaleza. Puede ser una característica positiva o negativa, dependiendo del contexto.
En el ámbito sexual, el término eyaculación precoz es común y se refiere a cuando un hombre eyacula más rápido de lo que él o su pareja desean o esperaban, es básicamente en relación al tiempo y expectativas del coito. No significa que él no disfrute, sino que el conocimiento y dominio sobre su excitación es limitado.
Imagina que un hombre y su pareja están en los “juegos previos”, apenas han comenzado a besarse y tocarse, y él eyacula en cuanto penetra y sin poder evitarlo. Esto es ser precoz porque su respuesta es demasiado rápida en relación con la expectativa de duración del encuentro sexual.
Mucho se habla sobre la eyaculación precoz, pero casi nadie habla de penetración precoz. El Penetrador Precoz, es un hombre que se apresura por penetrar sin tener en cuenta los tiempos de su pareja de esto podría escribir otro artículo, si te interesa contáctame y házmelo saber.

– Ahora la diferencia significativa: ¿qué significa sufrir de eyaculación involuntaria?
Una persona con eyaculación involuntaria implica que hace, tiene o responde sexualmente a algo sin una intención consciente de hacerlo. No se trata de rapidez o anticipación a las expectativas de tiempo, sino de la falta de dominio sobre la acción o la respuesta.
El caso Real: Un claro ejemplo de respuesta eréctil involuntaria es cuando el cuerpo reacciona de manera automática a veces sin que haya un deseo o intención explícita. Un hombre puede tener una erección en una situación incómoda (como en el transporte público, haciendo ejercicio o en una reunión de trabajo), aunque no esté pensando en nada erótico.
Su erección es involuntaria, no tiene dominio ni intención sobre ella.
Entonces la eyaculación involuntaria es muy común y diferenciarla en sueños eróticos (polución nocturna). El hombre no decide, ni toma la decisión de eyacular, simplemente su cuerpo responde a los estímulos cerebrales y nerviosos mientras duerme.
Un hombre que sufre de eyaculación involuntaria durante sus relaciones sexuales es aquél hombre que en medio de su excitación no tuvo la intención de eyacular y sin embargo eyaculó.
– ¿Por qué no promuevo el concepto de eyaculación precoz, sino de eyaculación involuntaria?
Simplemente porque el asunto de los tiempos de expectativa de la duración de los coitos, al final del día es irrelevante. No importa si se dura mucho o poco. Se trata de que sea una decisión consciente si el hombre desea eyacular o no, en qué momento sí y cuando no.
No se trata de tiempos o de que sin eyaculación no “hay paraíso” o que es la interpretación directa del orgasmo, lo cual es falso, tal como lo ha vendido el porno. Eyacular se trata de una elección relacionada al placer individual y de pareja, especialmente cuando de tener hijos conscientemente se trata.
– Consecuencias de no tratar la eyaculación precoz

Un hombre con eyaculación involuntaria que no busca soluciones que simplemente se acostumbra, tiene que saber que parte de sus implicaciones pueden aparecer una serie de consecuencias a corto, mediano y largo plazo como baja la autoestima, inseguridad personal, sentimientos de insuficiencia, desconexión con el placer y posteriormente tendrá repercusiones negativas en la relación de pareja.
1. Disminución En la autoestima y confianza
Puede sentirse menos “hombre” o incapaz de satisfacer a su pareja. La preocupación por eyacular sin haberlo deseado hace que el hombre entre en un ciclo de ansiedad e inseguridad que agrava aún más el problema.
Por miedo al «fracaso» o quedar mal, algunos hombres empiezan a evitar las relaciones sexuales y hasta de perder el interés en las interacciones sexuales de pareja, lo que puede llevar a la crisis de pareja.
Mario tuvo varias parejas y en las más recientes empezó a experimentar eyaculación involuntaria. Al iniciar sus encuentros más recientes, su ansiedad e inseguridad lo consume, al principio se valió del uso de retardantes sin embargo la dependencia de uso y el gasto significativo por su consumo prolongado y cada vez en mayores cantidades ya que su cuerpo se terminaba siempre adaptando, pues el problema se repetía.
**Con el tiempo, prefería evitaba relacionarse con mujeres para evitar la frustración, lo que terminó afectando su vida afectiva.
2. Conflictos de pareja y la vida sexual
La pareja logra no sentirse satisfecha, lo que genera frustración, distanciamiento y se abre la posibilidad de la infidelidad en relaciones monógamas. El sexo es un eje fundamental en relaciones sexoafectivas; si uno de los dos lo evita, o si las interacciones eróticas y sexuales dejan de ser satisfactorias la relación puede deteriorarse rápidamente.
No en todos los casos, pero en la mayoría terminan por buscar satisfacción en otra parte cuando la falta de calidad en las interacciones sexuales empiezan a impactar el vínculo emocional, discusiones, desconfianzas etc al no buscar una solución al problema antes de que impacte negativamente en la relación.
“Pedro” y su novia estuvieron juntos por 2 años. Aunque su relación fue buena, el problema de eyaculación involuntaria de él, los distanció. Ella intentó ser comprensiva, pero conforme avanzaba el tiempo sentía que no disfruta del sexo con Pedro. Pues él vivia inseguro sexualmente, evitaba los encuentros, una de las razones que provocó discusiones constantes y el deterioro de su relación.
3. Impactos en la salud mental
Puede generar:
- Estrés y frustración constante
- Ciclo de evitación sexual, aislamiento y depresión
- Predisposición al uso y abuso productos, medicamentos y/o fármacos para «relajarse» en el sexo, pero con efectos contraproducentes
- Disminución de la seguridad personal
- Vergüenza y ansiedad: Eyacular involuntariamente con personas de mucha atracción y/o deseo sexual lo que puede ser humillante.
- Miedo a la interacción social: Si se vuelve recurrente, algunos hombres desarrollan ansiedad social o incluso fobias relacionadas al contacto físico.
– Abordaje desde la Sexología Somática: Recuperar el Dominio Sobre la Eyaculación

Desde un enfoque somático, trabajamos con el cuerpo, la respiración, la consciencia sensorial y la regulación del sistema nervioso para restaurar el dominio eyaculatorio. La clave no es «luchar» contra la respuesta del cuerpo, sino entrenarlo física y mentalmente para que responda de manera alineada con el placer y en el momento decidido.
. Para la Eyaculación Involuntaria: Reentrenamiento Neuro-Sensitivo
Uno de los principales Objetivos: Es no solo ampliar la capacidad de sentir, sino sostener la excitación sin distraerse, reconocer y modular la respuesta eyaculatoria.
- Reconocer el patrón corporal
- Respiraciones específicas para favorecer el reflejo pre-eyaculatorio
. Para la Eyaculación Involuntaria: Regulación del Sistema Nervioso
En estos casos, el enfoque es más profundo: calmar la hiperreactividad del cuerpo y entender los desencadenantes involuntarios. Es necesario, descifrar el Origen de la Respuesta Automática Practica la técnica del escaneo corporal (reconocer dónde hay tensión sin juzgarla). Usa la exhalación larga como regulador nervioso (exhala el doble de tiempo que inhalas).
Trabaja en aprender a manejar el estrés, ya que el sistema simpático hiperactivo puede inducir respuestas sexuales involuntarias. Desde el enfoque Somático, nos enfocamos en la expansión del Placer sin Eyacular.
Algunos hombres con eyaculación involuntaria tienen una hipersensibilidad genital. Reentrenar la percepción del placer ayuda a redistribuir la energía erótica.
– Conclusiones
Se aborda la integración del Dominio Natural, lejos de las dependencias de medicamentos, lociones y cualquier producto milagro que pueda causar dependencia y que pueda tener implicaciones de salud a mediano y largo plazo.
Para la eyaculación involuntaria, el secreto está en aprender a sentir más sin distraerse mientras se entrena el sistema nervioso para que no dispare eyaculaciones no deseadas o no gestionadas.
No se trata de «aguantar», sino de educar al cuerpo a responder en armonía con el deseo sin sacrificar el placer ni la seguridad personal del hombre. No importa dónde estés, esto es perfectamente viable.
nuestras charlas nocturnas.
Muertes anunciadas: los finales que la ciencia prevé para nuestros vecindarios en el cosmos…

JotDown(A.Aparici) — Es un buen momento para nacer. Tenemos medicina, educación, comunicación instantánea a largas distancias y suficiente perspectiva para saber que la mayoría de los humanos no puede acceder a ninguna de ellas. Tenemos también un buen batallón de conocimiento que nos ayuda a entender cuál es nuestra posición en el universo: que somos más bien delicados y que el cosmos es en general hostil para criaturas sensibles como nosotros.
Cada paso que damos allá afuera, cada velo que levantamos, nos descubre lugares fascinantes y, habitualmente, mortíferos. Cuando nos decidamos a abandonar este mundo tan acogedor, y eso ocurrirá tarde o temprano, lo habremos de hacer pertrechados con nuestro mejor ingenio porque la física no está dispuesta a ponernos las cosas fáciles.
Prueba de ello es no solo lo que vemos en otros lugares del espacio, sino también lo que empezamos a comprender sobre nuestro entorno en otros momentos del tiempo. La Tierra en el pasado no siempre fue habitable; la galaxia no fue siempre el escenario estable y pacífico que conocemos.
Y empezamos a tener herramientas suficientes para predecir que en algún momento del futuro van a dejar de serlo. Este es el viaje que os proponemos en el día de hoy: descubrir que casi nada en el cosmos va a durar para siempre.
Los tiempos que nos encontraremos en este viaje serán a veces muy largos; otras, inconcebibles.
Para ayudarnos en el trayecto algunas referencias pueden sernos útiles: la especie humana lleva 200 000 años sobre nuestro planeta; los dinosaurios lo dominaron durante 140 millones de años; los animales y plantas modernos aparecieron hace 600 millones; la vida en la Tierra, hace casi 4000 millones.
El Sol y el Sistema Solar llevan existiendo 4600 millones de años, y el origen del universo, el evento que llamamos big bang, nos remonta a hace 13 800 millones de años.
Armados solo con estos pocos números y algo de física vamos a imaginar el futuro. Es realmente un buen momento para haber nacido. Aunque solo sea para ver desde la barrera cómo el universo se desintegra.
- El fin de la vida en la Tierra

La primera parada de nuestro viaje no nos lleva muy lejos: 800 millones de años en el futuro. Algunas cosas en nuestro planeta han cambiado, como la forma de los continentes y las constelaciones en el cielo. Los días y las noches son más largos; el aire es húmedo y hace algo de calor. De vuelta al cielo, el Sol parece un poco más grande y brillante de lo que estamos acostumbrados; la Luna, en cambio, se ve un poco más pequeña.
Pero lo más perturbador es que la Tierra parece vacía. Los continentes son marrones, grises y amarillos. Los océanos siguen ahí, pero son solo eso: agua. Parece como si estuviéramos ante una mala imitación, un experimento en el que algo salió dramáticamente mal. Cuesta reconocer en este desierto silencioso lo que durante millones de años había sido un vergel.
La explicación nos enseña que las leyes de la naturaleza no siempre juegan a nuestro favor. Como sabéis, las plantas son el sustento de casi toda la vida en nuestro planeta. Ellas toman luz del Sol y CO2 de la atmósfera y los transforman en azúcares que luego se pueden comer. Se los comen ellas… y nos los comemos nosotros, claro.
Las plantas no son los únicos seres capaces de transformar materia inorgánica en comida, pero sí son las que han aprendido a hacerlo de forma más eficiente. Podríamos decir que para ellas el CO2 y la luz son, en cierta manera, una forma muy cruda de comida que han aprendido a digerir.
En el futuro una conspiración que involucra a nuestra estrella y a la química atmosférica hará que el imprescindible CO2 sea un recurso cada vez más escaso. El Sol, en su evolución natural como estrella, está aumentando su brillo de forma lenta pero continua: cada 100 millones de años su luminosidad aumenta un 1 %.
Aquí en la Tierra hay un proceso químico que es sensible a la temperatura: el ciclo del carbonato-silicato extrae CO2 de las rocas cuando las temperaturas son bajas y transforma el CO2 en piedras cuando son altas. Es un proceso muy lento, tarda medio millón de años en actuar, pero solemos pensar en él como una especie de termostato geológico: si hay mucho CO2 en la atmósfera y el efecto invernadero calienta el planeta, el ciclo secuestra el CO2 en forma de piedras para que bajen las temperaturas; si hace frío, lo libera y las temperaturas suben.
La conjunción de estos dos factores será fatal para la vida vegetal de la Tierra: el aumento en la luminosidad del Sol calentará el planeta; fiel a su programación, el ciclo del carbonato-silicato empezará a convertir CO2 de la atmósfera en piedras.
Pero ahora no porque haya un efecto invernadero demasiado fuerte, sino porque el Sol está calentando la Tierra, y el Sol no va a dejar de hacerlo. Ciegamente, el ciclo retira más y más CO2 del aire y las plantas empiezan a notar que les falta comida.
No todas las plantas se ven afectadas inmediatamente. Las primeras en caer son las que utilizan la fotosíntesis de los tres carbonos, que es menos eficiente y necesita más CO2. Este grupo incluye el 90 % de las especies actuales, incluyendo todos los árboles. Durante millones de años todas esas especies languidecen hasta extinguirse, más o menos dentro de 600 millones de años. Tal vez algunas evolucionen hacia fotosíntesis más eficientes y logren llegar un poco más lejos.
También resistirán un poco más las plantas que emplean fotosíntesis de cuatro carbonos, como muchas hierbas y la mayoría de los cactus. Durante un periodo que puede parecer largo, de 200 millones de años, se convierten en las plantas dominantes del planeta. Pero ese periodo tiene un final anunciado: el Sol sigue aumentando su brillo y el carbonato-silicato sigue retirando CO2 del aire.
Al llegar a la Tierra de dentro de 800 millones de años la atmósfera es tan pobre en CO2 que ninguna planta conocida puede sobrevivir. Es posible que algún grupo encuentre una fotosíntesis todavía mejor, será sin duda un momento apasionante para la biología evolutiva, pero el fin está sellado.
Con las plantas mueren los animales. Es una extinción lenta, programada, nada que ver con la de los dinosaurios. En algunos lugares a lo largo de la Tierra algunas especies de bacterias y arqueas sobreviven: obtienen su comida de otra manera, menos dependiente del CO2.
Las bacterias siempre han sido las grandes inventoras del árbol de la vida; encontrarán, sin duda, una manera de resistir hasta el final, pero es difícil que logren llenar el planeta de vida como lo han hecho las plantas durante más de 1000 millones de años. El tiempo de la vida está llegando a su fin, y esto es solo el principio.
- El fin del sistema solar

La frágil superficie terrestre, como hemos visto, es muy sensible a los cambios en nuestro entorno, incluso a los pequeños: un poco más de luz solar puede ser suficiente para cambiar el clima, o la química de la atmósfera. En comparación, nuestro vecindario planetario es extremadamente estable: nació hace 4600 millones de años y, aunque tuvo un periodo inicial un poco convulso, viene presentando la misma cara en los últimos 3800 millones.
Un planeta gigante, Júpiter, domina la escena; otros siete, de los cuales cuatro son muy pequeños, ocupan órbitas privilegiadas; y un gran número de cuerpos menores, que se ven sometidos a la dictadura de los planetas, habitan varias regiones en el interior y el exterior del sistema. Este paisaje perdurará todavía durante otros 7500 millones de años.
La razón de que nuestro club planetario sea tan estable es muy sencilla: la fuerza que domina todo el sistema solar es la gravedad, y la práctica totalidad es ejercida por el Sol. El Sol contiene el 99,9 % de la masa de nuestro sistema, y el otro 0,1 % es básicamente Júpiter. Este reparto hace imposible que ningún planeta pueda disputarle a Júpiter la primacía, y el propio Júpiter es irrelevante comparado con el Sol.
El poder absoluto, en definitiva, es garantía de estabilidad. Pero cuidado, porque el razonamiento puede leerse también al revés: si el poder central flaquea todo el sistema se tambaleará. Nuestro Sol no es eterno, y todo lo que le pase va a tener consecuencias para el resto de la familia.
En la actualidad el Sol vive la etapa más estable de su vida. En su núcleo, el hidrógeno calentado hasta 15 millones de grados se fusiona, forma helio y libera calor. Pasará otros 7000 millones de años en esta fase, durante los cuales lo más noticiable será que el núcleo del Sol se volverá más denso, a medida que acumula helio. Más denso significa más pequeño, así que las capas que están encima del núcleo irán cayendo a profundidades mayores, donde la gravedad es más intensa.
Aplastadas por la gravedad, esas capas se calentarán y empezarán a fusionar el hidrógeno más rápido: el Sol, como ya sabíamos, irá haciéndose poco a poco más brillante. Esto, que tendrá consecuencias catastróficas para el clima de la Tierra, no afectará demasiado al sistema solar.
La situación empezará a caldearse cuando el Sol abandone su fase de madurez, dentro de 7000 millones de años: con un núcleo de helio cada vez más grande pero una temperatura demasiado baja para que fusione, toda la región interior del Sol quedará a merced de la gravedad, que la aplasta con fuerza.
Además del núcleo también se comprimen las capas superiores donde se está fusionando el hidrógeno. Esas capas alcanzan temperaturas tan altas que el calor procedente de la fusión empuja a las capas externas hacia fuera. El Sol empieza a crecer hasta convertirse en un leviatán un millón de veces más grande de lo que es hoy: es una gigante roja.
En el proceso engulle al pobre Mercurio, que solo pasaba por allí. Quizá también a Venus.
En la fase de gigante roja la superficie del Sol está sometida a tanta presión desde el interior y está tan lejos del núcleo que la gravedad no puede contenerla. Empieza, literalmente, a evaporarse, y las partículas que salen de ella a toda velocidad forman un potentísimo flujo, el viento solar.
A lo largo de 200 millones de años el Sol pierde hasta el 50 % de su masa de esta manera. Los planetas que no tienen un campo magnético poderoso son barridos por el viento y pierden sus atmósferas. La Tierra, Marte y Venus, si es que aún existe, sufrirán este destino.
A medida que el Sol pierde masa otro fenómeno tiene lugar: los planetas, que se movían a la velocidad adecuada para contrarrestar la gravedad solar, se encuentran con cada vez menos gravedad. Visto de otra manera, van demasiado rápido para este nuevo Sol cada vez más ligero. Como consecuencia empiezan a «escapar», alejándose del Sol.
Ninguno podrá huir del sistema solar de esta manera, pero todo el sistema planetario reculará, alejándose a medida que su líder se descompone.
El Sol vivirá varios de estos episodios. En los últimos, que durarán menos de 500 000 años, las reacciones nucleares se encenderán violentamente alrededor del núcleo y, como una convulsión, expulsarán todo el material que haya por encima. Terminados estos estertores en el centro del sistema solar solo quedará el núcleo de la antigua estrella, extremadamente caliente pero no lo suficiente como para continuar las reacciones de fusión.
A su alrededor quedará una hueste de planetas consumidos, azotados durante millones de años por vientos estelares y privados de su principal fuente de energía. Este es el aspecto que tiene un sistema planetario moribundo.
- El fin del Sol

Aun después de arrasar el vecindario, el Sol seguirá brillando. Ya no será una «estrella» en el sentido habitual, porque no habrá reacciones nucleares en su interior. Será una bola caliente de carbono y oxígeno, más o menos del tamaño de la Tierra, pero con tanta masa como la mitad de una estrella: un objeto ultradenso conocido como enana blanca.
De su etapa de estrella heredará una temperatura de millones de grados, pero hasta eso es insuficiente para encender el horno nuclear del carbono y el oxígeno, así que permanecerá como una esfera inerte que poco a poco va radiando su calor hacia el espacio.
Este es el futuro que les aguarda a muchas estrellas, a todas aquellas que son ligeras y no terminan su vida en una explosión de supernova. Las enanas blancas son uno de los tres tipos de remanente estelar, lo que queda cuando la estrella ha agotado su combustible nuclear.
La historia es siempre parecida: sin reacciones nucleares para frenar a la gravedad esta aplasta el cuerpo de la estrella y el aplastamiento desencadena una reacción violenta. Las estrellas pequeñas, como nuestro Sol, dejan una enana blanca después de vomitar sus capas externas; en las estrellas grandes la reacción es mucho más dramática e involucra una gran explosión, una supernova.
En este último caso el remanente puede ser una estrella de neutrones, si la masa inicial era moderada, o un agujero negro, una región del espacio en la que la gravedad es tan intensa que nada puede escapar.
Es tentador pensar en los remanentes estelares como «cadáveres de estrellas», objetos inertes que ya han recorrido su vida útil y no tienen nada interesante que hacer más allá de surcar el espacio silenciosamente y apagarse poco a poco. No nos equivoquemos. Los tres tipos de remanente son cuerpos muy densos y con campos gravitatorios intensos, y lo que mejor se les da es engullir cualquier cosa que se encuentren en su camino.
Las enanas blancas pueden robarle materia a otra estrella y, al calentarla, desencadenar explosiones extremadamente violentas; las estrellas de neutrones, si consiguen engordar por encima de tres veces la masa del Sol, se convierten en agujeros negros. Y los propios agujeros negros no tienen límite conocido para su apetito; además, como veremos, les aguarda mucho protagonismo en los capítulos finales de la historia del universo.
Pero la importancia de los remanentes estelares no termina en las aventuras que puedan tener por su cuenta: su misma existencia afecta a la evolución del universo. Cuando una estrella nace recoge material de una nube de polvo y lo calienta hasta que empiezan las reacciones nucleares. Cuando muere parte de ese material es devuelto al medio interestelar, pero otra parte se queda secuestrado dentro de los remanentes.
La materia de una enana blanca o una estrella de neutrones difícilmente servirá para que nazcan nuevas estrellas. Así que, poco a poco, con la muerte de cada estrella, la materia prima se va agotando. El universo está en una carrera que lo lleva únicamente a un destino: el nacimiento de la última estrella. Estimamos que ese evento tendrá lugar dentro de 100 billones de años. Para que nos hagamos una idea, el tiempo transcurrido desde el big bang es solo un 0,01 % de esa cantidad.
La última estrella nos espera en un futuro extraordinariamente remoto, es verdad, separado de nosotros por un muro de tiempo casi inconcebible, pero inquietantemente finito.
El universo no terminará con la luz de la última estrella. En un cosmos sin estrellas vivas todavía habrá una fuente de luz: las enanas blancas, brillando como luciérnagas en un espacio cada vez más oscuro. Las que no se hayan destruido en alguna colisión fortuita y tampoco hayan engordado lo suficiente para destruirse a sí mismas seguirán enfriándose cuando la última estrella se apague.
Por aquel entonces la mayoría de ellas estarán tan frías que solo serán brillantes en las microondas o en las ondas de radio: primero habían sido blancas y azuladas, después rojas, pero ahora se habrán convertido en enanas negras, y tal vez por entonces sean los objetos más abundantes del cosmos.
Poco a poco, parsimoniosamente, seguirán enfriándose. En el futuro de dentro de 1000 billones de años la mayoría de las enanas negras, incluyendo la de nuestro Sol si es que sigue existiendo, apenas estarán un par de grados por encima del cero absoluto. Y seguirán enfriándose. Tal vez tengan toda la eternidad para hacerlo.
- El fin de la Vía Láctea

Las galaxias tampoco son eternas. Y ojo, no me refiero a que chocan y se fusionan y dan lugar a galaxias gigantes. Seguramente habréis leído que la Vía Láctea y la galaxia de Andrómeda van a colisionar en un futuro a medio plazo. Algunos hasta han buscado un nombre para la futura galaxia: «Lactómeda», un término que no es menos Frankenstein que el objeto al que se refiere.
Pero aun estas galaxias gigantes siguen siendo, al fin y a la postre, galaxias. Debo insistir: ninguna galaxia es eterna. Y para desmantelarlas solo necesitamos las leyes de Newton.
¿Qué es una galaxia, en definitiva? Una isla de estrellas en medio del espacio. Pero hemos dicho hace un momento que esas estrellas tienen fecha de caducidad: a lo largo de los próximos 1000 billones de años todas las galaxias del universo van a ir sustituyendo sus componentes estelares, calientes y brillantes, por enanas blancas, estrellas de neutrones y agujeros negros, remanentes mucho más fríos y oscuros.
Un habitante del mundo de dentro de 1000 billones de años, si es que tal cosa existe, posiblemente diría que una galaxia es «uno de esos enjambres de objetos fríos que orbitan en torno a un centro común».
Las galaxias van a cambiar de cara; a medida que el universo se apaga ellas también van a hacerse frías y oscuras, quizá iluminadas de tanto en tanto por la colisión de dos cuerpos despistados que tuvieron mala suerte. Podríamos argumentar que una galaxia apagada ya no es una galaxia, es otra cosa. Pero para lo que hemos venido aquí nos va a dar igual: esa «otra cosa» va a morir también.
La razón es insultantemente sencilla. En esos enjambres de objetos, ya sean fríos o calientes, cada uno sigue su propia órbita alrededor del centro. Según el tipo de galaxia de que estemos hablando, esas órbitas estarán confinadas en un disco más o menos plano o serán más libres, y todas juntas configurarán una esfera o un elipsoide.
En cualquiera de estos casos, ocasionalmente uno de los miembros del enjambre pasará cerca de otro. Si la cercanía es suficiente podrán interaccionar a través de la gravedad: tirarán el uno del otro como si una cuerda los mantuviera unidos, y cuando se alejen esa «cuerda gravitatoria» se esfumará.
Como resultado del encuentro sus velocidades habrán cambiado: normalmente el más ligero habrá ganado velocidad y el más pesado la habrá perdido; el primero, gracias a su velocidad extra, se alejará un poco del centro galáctico; el segundo, con menos energía para oponerse a la gravedad, caerá un poco hacia el interior de la galaxia.
Estos encuentros solo ocurrirán muy de vez en cuando, pero lo bueno del universo es que tiene todo el tiempo del mundo. Después de muchos de estos eventos de ballet gravitatorio los cuerpos ligeros conseguirán suficiente velocidad para escapar de la gravedad de la galaxia, mientras que los pesados se acumularán cada vez más en el centro.
Cómo ocurra esto exactamente depende de la composición inicial de la galaxia, pero estimamos que más del 90 % de los objetos serán expulsados y la galaxia se reducirá a una fracción de su masa inicial concentrada en una nube esférica alrededor del centro. Serán necesarios cerca de 100 trillones de años para alcanzar esta configuración.
Durante ese tiempo la idea de pasar una tarde emocionante consistirá en ver a una enana negra pasar a medio año luz de otra.
El epílogo de esta historia lo cuentan los cuerpos que todavía permanecen en órbita alrededor del centro galáctico. Como los encuentros cercanos han seleccionado a los objetos más pesados de la galaxia, la nube esférica está llena de agujeros negros.
Y ya sabéis lo que se les da bien a los agujeros negros: poco a poco irán recolectando cualquier otro cuerpo que se acerque demasiado a ellos; cuando sean dos agujeros negros los que se encuentren frente a frente se fusionarán y formarán otro agujero negro mayor. En un tiempo muy breve este proceso escalará, y lo que quedaba de la galaxia se convertirá en un solo y gigantesco agujero negro, con una masa equivalente a billones de soles y un tamaño mayor que el del sistema solar.
Este será el fin de las galaxias: solo quedarán cuerpos fríos flotando libres por el espacio intergaláctico y en el centro un solitario monstruo hambriento.
- El fin del universo

Después de la muerte de las galaxias la estructura del universo se ha vuelto bastante más simple. Esencialmente tenemos dos clases de objetos: los agujeros negros y los que intentan no caer en un agujero negro. Y por una vez la física conspira para salvar a los segundos en lugar de para destruirlos.
La expansión del universo es tan eficiente separando regiones del cosmos que cuando llega la época en que las galaxias se desintegran cada una de ellas ya está aislada en su pequeño pedazo de universo. La galaxia más cercana siempre queda tan lejos, y el espacio que las separa se expande tan rápido, que haría falta moverse más rápido que la luz para llegar de la una a la otra.
Como ningún objeto material puede moverse más rápido que la luz, los cuerpos que van siendo eyectados de las galaxias saben que no se van a encontrar con nadie en su camino. Tampoco pueden volver, porque han escapado a la gravedad de su galaxia. Simplemente se adentran en el espacio intergaláctico, más vacío y oscuro que nunca, y se pierden para siempre.
Entre tanto, los agujeros negros supermasivos que han engullido lo que quedaba de las galaxias han terminado su festín y no les queda nada para comer. En el universo que pueden ver lo único que hay es cuerpos ligeros huyendo a toda velocidad y una gran enormidad de espacio vacío.
La física en este punto se vuelve incierta: ¿qué le sucede a un agujero negro con el paso de cuatrillones o de quintillones de años? No podemos estar seguros, porque hemos observado pocos agujeros negros y siempre de forma indirecta. Es posible que un agujero negro aislado simplemente pase a un estado de latencia del que nunca despierte.
En ese caso la historia del universo terminaría aquí, con muchos agujeros negros dormidos por toda la eternidad.
Pero hay otra posibilidad. En 1974 Stephen Hawking nos regaló un cálculo según el cual los agujeros negros deberían evaporarse. En ese trabajo describía que cuando se forma un agujero negro el espacio a su alrededor se llena de partículas de forma espontánea. Estas partículas, llamadas radiación de Hawking, parecen radiar del agujero negro, y en principio aparecen de la nada.
Como sabemos que la materia no puede aparecer de la nada, la única opción es que esas partículas le estén robando energía al agujero negro. Literalmente, el agujero negro se va consumiendo mientras su masa escapa al espacio en forma de radiación. Si Hawking está en lo cierto los agujeros negros deberían ser de todo menos negros.
No sabemos si la radiación de Hawking es real, pero si lo fuese los agujeros negros no serían eternos: se evaporarían, llegaría un momento en que consumirían toda su masa. El cálculo de Hawking es muy concreto en este sentido: cuanto más pequeño es el agujero negro más caliente es la radiación que emite y más rápido se evapora.
Por ejemplo, un agujero negro con tanta masa como un asteroide de buen tamaño brillaría de color rojo, como una estrella fría. Lo que lo diferenciaría de una estrella es que sería del tamaño de un virus y que aun así tardaría en evaporarse casi un sextillón de años.
Ahora volvamos a nuestros agujeros negros galácticos e imaginemos que se evaporan a través de la radiación de Hawking. De repente todo un capítulo de la historia del universo, el más largo de todos, los tiene a ellos como protagonistas. Solos en medio del cosmos, empiezan extremadamente fríos, emitiendo partículas de tan baja energía que ni siquiera las podríamos detectar.
Pasan en este estado un tiempo tan largo que es casi delirante: un hexadecillón de años, uno de los tiempos más amplios imaginados por la física. Pero poco a poco, con paciencia, van perdiendo masa y calentándose. Durante otro periodo extremadamente largo están literalmente calientes, emiten en el infrarrojo.
Después se vuelven rojos, blancos y azules a medida que se van haciendo más pequeños que una bacteria, que una molécula, que un átomo. Y finalmente, en una etapa efímera de sus vidas, estallan en una pequeña explosión de rayos gamma. Del monstruo inicial ya no queda nada.
Con esto, el universo llega a su fin. Todo lo que queda en él es radiación dispersándose en todas direcciones y un puñado de objetos fríos aislados en medio del espacio vacío.
Así es como lo vemos hoy, pero ya estamos esperando a saber qué cambiará con lo que aprendamos mañana.
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Las palabras que usamos y los silencios que se imponen al hablar de la menopausia…

The Conversation(L.P.Hernández/C.V.sierra/M.A.O.Llopis) — En un inolvidable episodio de Verano Azul, Tito anunciaba a la pandilla la llegada de la primera menstruación de su hermana Bea: “Mi madre le ha dicho a mi padre que Beatriz es mujer desde hoy”. Su amigo Piraña respondía asombrado: “¿Y lo de antes no sirve?”.
Si la llegada de la regla nos eleva al estatus de mujeres, ¿qué ocurre cuando se retira? ¿Nos convertimos en seres asexuados? ¿Nos evaporamos? La menopausia es todavía hoy un tema tabú en muchos contextos, incluido el familiar.
Las madres preparan a sus hijas para su primera regla, pero es mucho menos frecuente que más adelante les hablen de su propia experiencia con la menopausia, a pesar de ser una fase igualmente relevante de sus vidas.
La menopausia ha sido silenciada durante siglos, pero cuando este silencio se rompe a menudo es para presentarla desde una perspectiva negativa. Una simple búsqueda de esta palabra en Google Images nos muestra cómo la asociamos al sufrimiento (sofocos, dolores, ansiedad), al inexorable paso del tiempo y a su tratamiento médico.

Investigar el lenguaje que usamos para hablar de la menopausia en diferentes contextos puede ayudarnos a comprenderla mejor y a descubrir algunos sesgos socioculturales que a menudo nos pasan desapercibidos.
– El discurso biomédico sobre la menopausia
Hablar de la menopausia en el entorno médico ha implicado utilizar metáforas reduccionistas y patologizantes que la equiparan con enfermedades mentales (neurosis, a comienzos del siglo XX) o con fallos orgánicos (ovárico, hormonal).
La menopausia se ha entendido como un problema que debe corregirse. Hasta se ha llegado a comparar con la obsolescencia programada. Y así se sugiere que el cuerpo de la mujer deja de ser funcional al cesar la menstruación, dando comienzo al declive, la pérdida de valor y la vejez.
En este contexto, expresiones como “la edad crítica” o “el climaterio” refuerzan su visión negativa, como si, a su llegada, las mujeres debiésemos entrar forzosamente en la unidad de cuidados intensivos.
Un estudio reciente de más de 600 textos biomédicos ha identificado un predominio de palabras asociadas a emociones negativas en este ámbito. También constata la abundancia de metáforas que presentan a las mujeres como “víctimas” de una “enfermedad” caracterizada por fluctuaciones hormonales y emocionales, pérdida de identidad y calidad de vida (sofocos, ansiedad, e insomnio).
El lenguaje biomédico ha dado voz y respuesta a las inquietudes de muchas mujeres que viven la menopausia con distintas experiencias físicas y emocionales. Sin embargo, también ha reforzado los estereotipos negativos sobre ellas y promovido actitudes socioculturales negativas hacia el envejecimiento.

Ejerciendo presión sobre las mujeres para encajar en estándares irreales de juventud y belleza, el discurso biomédico ha favorecido la promoción generalizada de la terapia hormonal sustitutiva, frecuentemente presentada como un “elixir de la juventud”.
Este lenguaje homogeneizante sobre la menopausia choca frontalmente con las perspectivas feministas que resaltan su naturaleza única y personal para cada mujer. También contrasta con numerosos estudios interculturales en los que emergen visiones más diversas y menos patologizantes.
Mientras algunas culturas carecen incluso de una palabra para nombrarla, en otras su significado varía enormemente. En Occidente, se asocia con una fase crítica y conflictiva para la mujer. Sin embargo, en sociedades orientales y matrilineales, representa una etapa de mayor autonomía y de alto prestigio social.
– ¿Qué dicen las mujeres?
Una investigación sobre el lenguaje de las mujeres británicas en sus conversaciones sobre la menopausia revela que utilizan metáforas maleables que les permiten expresar experiencias muy diversas y cambiantes.
Entienden ese periodo como un viaje con muchas estaciones. El camino a veces está lleno de baches y túneles. Otras veces se asemeja a una montaña rusa, a una larga travesía por un mar embravecido o a un breve paseo por aguas pantanosas. Y en ocasiones se trata de un viaje de autodescubrimiento, un trayecto lento por carreteras secundarias, en el que no hay fecha límite, que permite disfrutar del paisaje sin preocupaciones.
También entienden la menopausia como una fuerza negativa. Esta impacta sobre ellas sin previo aviso trayendo el caos a sus emociones, a su estabilidad mental y a sus relaciones familiares y sexuales.

Sin embargo, esa misma fuerza a menudo se torna positiva. Las saca de su zona de confort, les obliga a repensar sus necesidades y a ponerlas en primer lugar después de años de cuidados familiares. La menopausia les empuja al autocuidado y cambia el rumbo de sus vidas para mejor.
Durante su viaje a través de la menopausia muchas refieren sensaciones de pérdida de identidad mediante la metáfora del yo dividido: “Dejé de sentirme yo misma […] como si un alienígena se hubiese apoderado de mi cuerpo”. Pero esa misma metáfora les sirve para expresar los efectos positivos de la transformación que la menopausia finalmente ejerce en su persona: “Me sentía como si fuera una nueva yo y era maravilloso”.
El lenguaje que utilizan las mujeres para hablar de esta fase vital presenta un escenario mucho más diverso y equilibrado que el que emerge del discurso biomédico. Incluye tanto los problemas físicos y emocionales asociados a ella como sus beneficios (liberación de la menstruación y de embarazos no deseados, final de la fase de crianza y cuidados familiares, recuperación de autonomía y libertad).
– Los silencios también hablan
Los efectos físicos y psicológicos de la menopausia pueden convertirse en un obstáculo laboral o en la causa de la pérdida de su empleo para algunas mujeres. En el Reino Unido varios fallos judiciales han reconocido explícitamente esta etapa de la vida como una fuente “invisible” de exclusión del mercado laboral.
Un estudio comparativo sobre el discurso judicial revela que en España, por el contrario, las referencias explicitas a la menopausia en juicios de incapacidad laboral de mujeres en este periodo son escasas.
La base oficial de datos CENDOJ, cuya función principal es gestionar, procesar y difundir la jurisprudencia del Tribunal Supremo, apenas recoge evidencias de mujeres que hayan alegado discapacidad o impedimento causado por la menopausia entre los años 2020 y 2022.
El análisis de seis procesos judiciales (tres españoles y tres británicos) muestra diferencias significativas en el uso del lenguaje.
En los procedimientos judiciales británicos se menciona abiertamente la palabra menopausia para explicar los problemas físicos y psicológicos que afectan la capacidad laboral de la demandante. Se enumeran abiertamente sus síntomas (insomnio, estrés, depresión, migrañas, sofocos, etc.) y su impacto en el desempeño profesional.
En contraste, en los procesos judiciales españoles sorprende la ausencia de la palabra menopausia en dos de los tres casos analizados y su uso marginal en el tercero. Se opta por términos genéricos como “accidente”, “incapacidad temporal”, “trastorno”, “estrés” o “ansiedad”.
Las demandantes no quieren o no pueden vincular la causa de sus dolencias con las propias de la menopausia. Este silenciamiento refleja la persistencia de estigmas y prejuicios hacia la menopausia en España. También revela una brutal asimetría legislativa respecto al Reino Unido, donde se reconoce como causa de discapacidad laboral.
Las palabras y los silencios que rodean a la menopausia son reveladores. Frente a los sesgos negativos que reflejan los discursos biomédico y judicial, el lenguaje que utilizan las mujeres la presenta como un viaje único y cambiante. Prestar atención a sus relatos puede evitar tanto su sobre-medicalización como la falta de atención en el ámbito jurídico y laboral.
nuestras charlas nocturnas.
Nada de lo que hagas estará bien para muchas personas, pero ¿qué importa?…

La mente es maravillosa(C.Sabater/Imágenes cortesía de Isabelle Arsenault, Kristin Vestgard) — No lo hagas, no te estreses, no te amargues la existencia porque nada de lo que hagas estará bien para muchas personas.
Pero, ¿qué importa?
Dejar de preocuparnos por lo que no vale la pena es ganar en salud mental, y es, ante todo, poner fin a esos pensamientos rumiantes que nos roban la energía y la tranquilidad.
Hemos de admitirlo, esa entrega constante hacia los demás es casi un acto reflejo en muchos de nosotros.
Es como un tendón psíquico que durante mucho tiempo ha cumplido una función muy concreta en el ser humano: lograr ser aceptados por el grupo.
Porque quien piensa diferente o quien actúa mediante un egoísmo sano a veces queda aislado del gran rebaño de ovejas blancas. Y eso, para muchas personas puede ser traumático.
– Adaptación y autoestima

Por irónico que parezca, pensar en si lo que hacemos estará bien, cronificar esa entrega constante hacia los demás lo que consigue en realidad es cercenar nuestra autoestima y ahogar nuestras ilusiones.
Porque igual que hay complacientes absolutos, también abundan los depredadores sin escrúpulos.
Especímenes preparados casi instintivamente, para sacar provecho de esas personas para las cuales, la palabra “NO” no existe o está prohibida en su conciencia.
Por ello, lo creamos o no, la necesidad de ajustarnos casi a cada instante a expectativas ajenas es también una forma de autoagresión.
Poco a poco entramos en una compleja dinámica donde descubrir que estamos siendo manipulados, que decir “sí” es ya un acto reflejo imposible de controlar. La frustración, deriva en ira, la ira en desconsuelo y el desconsuelo en una depresión nerviosa.
“La autoestima no es tan vil pecado como la desestimación de uno mismo”
-William Shakespeare-
Nada es tan desolador como alzarnos como nuestro propio enemigo solo por no atrevernos a practicar el egoísmo sano, por pensar siempre silo que hacemos estará bien o no a los ojos de los demás. Te proponemos reflexionar sobre ello.
– Hagas lo que hagas no estará bien a ojos de muchos
Caer en la obsesión por cumplir cada cosa que esperan nuestras parejas, familia o jefes nos roba fuerza mental. Adelgazamos en recursos emocionales y psicológicos, e incluso desarrollamos un tipo de anemia existencial donde el tejido de nuestra autoestima queda seriamente afectado.

Lo más complejo de todo ello es que este sacrificio vital no siempre se ve recompensado.
No todo el mundo entiende de reciprocidad ni aprecia nuestros esfuerzos, pero aún así, seguimos invirtiendo en ellos.
Asimismo, esta dedicación mental no conoce los festivos ni los descansos al final de la jornada.
La sobrecarga psíquica en la que deriva la persona complaciente se intensifica con pensamientos obsesivos y con un refrito de diálogos internos dominados por el “si no hago esto es posible que…”he de hacerlo muy bien porque si no está perfecto puede qué…”
Hay que tener claro un aspecto esencial: este estrés continuado, basado en que cada vez asumimos más exigencias de las que podemos manejar, deriva muchas veces en el ciclo de la depresión.
Albert Ellis, célebre psicoterapeuta cognitivo, nos recuerda que este sufrimiento vital no se debe solo a esas personas que nos demandan, que nos exigen perfección y favores envenenados. Somos nosotros quienes con nuestras creencias irracionales intensificamos un sufrimiento que podría evitarse.
Una de esas creencias irracionales es pensar que la aprobación ajena nos valida como personas. Es posible que de niños nos lo hicieran creer así. No obstante, crecer, madurar y evolucionar es acercarse un poco más a uno mismo para descubrir que la única persona a la cual no debemos defraudar nunca somos nosotros.
Así pues, cuanto antes entendamos que en ocasiones, hagas lo que hagas no estará bien para muchos, mejor. Lograremos ir a la cama con una conciencia tranquila, sin peso alguno, sin ansiedades. Es un modo sensacional de invertir en calidad de vida.
– Aquello que hagas, que te haga feliz
No importa que no tengas gracia para contar anécdotas. Ni que te negaras a cursar esa carrera que soñaban tus padres. Tampoco importa que tus amigos se cuenten con los dedos de una mano o que rías de forma escandalosa. Nada importa mientras seas TÚ en toda su esencia, TÚ en cada palabra dicha, en cada acto llevado a cabo.
“Tú mereces lo mejor de lo mejor, tú eres una de esas pocas personas que en este mísero mundo, siguen siendo honestas consigo mismas y eso es lo que realmente importa”.
-Frida Khalo-
Cuando uno tiene la valentía de dejar a un lado la complacencia, emerge ese ser auténtico, pleno y maravilloso que todos llevamos dentro. Y a quien no le agrade que se de la vuelta. A quien no le guste que tome el camino opuesto.
Porque mientras haya respeto habrá convivencia. No obstante, tal y como hemos señalado antes, el primer paso está en respetarnos a nosotros mismos. Te explicamos cómo conseguirlo.
– Cómo dejar de ser una persona complaciente

Una persona complaciente es uno de los seres más amables que existen.
Los demás lo saben, y a menudo le sacan partido.
Esto es lo que nos enseñan Richard y Rachel Heller en “Egoísmo sano: cómo cuidar de uno mismo sin sentirnos culpables” .
Un libro donde describen ese agotamiento mental y físico al que suele llevar este tipo de perfil comportamental.
- El primer paso para dejar de alimentar dicha abnegación hacia los demás es reencontrarnos. Hay personas que llevan tanto tiempo ayudando, cuidando y complaciendo que han olvidado por completo cuáles eran sus pasiones, sus ilusiones. Aquello que les identificaba.
- El segundo paso, una vez hayamos tomado conciencia de nuestros intereses y deseos, es empezar a practicar el egoísmo sano. Para ello, recuerda la siguiente regla: atrévete a decir “SÍ” sin miedo y “NO” sin culpa.
Al principio nos va a costar. Los actos reflejos no desaparecen así como así. No obstante, ten en cuenta este sencillo consejo: deja que discurran unos cuantos minutos entre la petición del demandante y tu respuesta, y procura que esta te haga feliz.
Ese será el momento en el que habrás dejado de ser un complaciente.
nuestras charlas nocturnas.
La Biblia del Diablo: Un manuscrito medieval gigantesco y misterioso…

Ancient Origins(A.McDermott) — Hay tres preguntas importantes sobre el Codex Gigas, más conocido como «La Biblia del Diablo», y son: ¿quién lo escribió, por qué y por qué es tan grande?
Algunos dicen que el Códice fue inspirado por el mismo Satanás. Otros dicen que el enorme libro ha sido malinterpretado y que su verdadero propósito es advertir a la gente sobre los malvados propósitos del Diablo. Ambos bandos dicen que su inmenso tamaño tiene como objetivo captar la atención de la gente, para que presten más atención a su mensaje.
La Biblia del Diablo es famosa por dos características: su tamaño y su representación única del Diablo a toda página. Se la conoció como el Codex Gigas, «libro gigante», debido a su inmensidad. Es tan grande que se necesitaron más de 160 pieles de animales para hacerlo y es tan pesado que se necesitan dos personas para levantarlo.
Mide 36 pulgadas (91 cm) de alto, 20 pulgadas (50,5 cm) de ancho y casi nueve pulgadas (22,86 cm) de grosor. Pesa 165 libras (74,8 kg). Es tan grande que probablemente sea más preciso decir que fue construido, como una especie de monumento medieval, en lugar de simplemente escrito.

– Orígenes legendarios del Codex Gigas
Según la leyenda, el manuscrito medieval fue creado a partir de un pacto con el diablo, por lo que a veces se lo conoce como la Biblia del Diablo. La uniformidad de la escritura sugiere que fue escrito por un solo escriba y las historias dicen que estaba bajo una enorme presión cuando creó el libro.
La leyenda que se esconde tras la creación del Codex Gigas cuenta que fue obra de un monje, a veces llamado Herman el Recluso, que fue sentenciado a muerte emparedado vivo por romper sus votos monásticos .
Como último recurso para sobrevivir, hizo un trato: crearía un libro lleno de conocimientos del mundo a cambio de su vida. Su propuesta fue aceptada, pero su libertad de morir solo le sería concedida si el monje conseguía completar el monumental manuscrito en una noche.
La única manera en que el monje podía verse a sí mismo completando la insuperable tarea era con la ayuda del Diablo. Después de vender su alma, el escriba pudo generar la energía frenética e impía necesaria para cumplir la orden y obtener su libertad.
Supuestamente, este pacto con el Diablo explica por qué el Príncipe de las Tinieblas está representado de forma tan destacada en el códice. Pero se desconoce el origen de este mito y no hay pruebas que sugieran que el autor del libro quisiera glorificar a Satanás de ninguna manera (la representación que hace el autor del Diablo lo retrata como un monstruo salivante y sediento de sangre).

– ¿Cómo se hizo realmente el Codex Gigas?
Aunque la historia de un pacto con el diablo es bastante inverosímil, el análisis del nivel de uniformidad del texto latino sugiere que fue escrito por un solo escriba. Esa persona puede no haber sido Herman el Recluso, pero probablemente fue un monje del siglo XIII que vivió en Bohemia , una parte de la actual República Checa.
Según National Geographic , una persona habría necesitado trabajar día y noche durante cinco años para recrear a mano el contenido del Codex Gigas (excluyendo las ilustraciones).
Por lo tanto, siendo realistas, el escriba habría tardado al menos 25 años en crear el códice desde cero. Sin embargo, durante todo este tiempo, la escritura conservó una uniformidad increíble de principio a fin, sin vacilar en absoluto a causa de la edad o la mala salud. Esta puede ser la inspiración para la leyenda que dice que el monje lo escribió en un solo día.
Originalmente, la Biblia del Diablo estaba compuesta por 320 páginas de pergamino creadas con la piel de 160 burros, pero en algún momento de su historia se le quitaron diez páginas. Se cree que esas páginas eran la Regla de San Benito , una guía para vivir la vida monástica en el siglo VI.
– ¿De qué trata realmente la Biblia del Diablo?
El Codex Gigas contiene una traducción latina completa de la Biblia, así como otros cinco textos importantes. Comienza con el Antiguo Testamento y continúa con las «Antigüedades de los judíos» de Flavio Josefo (siglo I d. C.); la «Enciclopedia Etimológica» de Isidoro de Sevilla (siglo VI d. C.); una colección de obras médicas de Hipócrates , Teófilo y otros; el Nuevo Testamento; y «La Crónica de Bohemia» de Cosmas de Praga (1050 d. C.), la primera historia de Bohemia.

También se incluyen en el manuscrito textos más pequeños , siendo los más famosos aquellos escritos sobre exorcismo , fórmulas mágicas y un calendario con una lista de santos y personajes bohemios de interés y los días en que se les honraba.
Como se trata de un manuscrito iluminado , se encuentran ilustraciones y decoración por todo el Codex Gigas. Muchos de los dibujos son impresionantes, pero los más famosos son los dibujos a página completa del Diablo y la Ciudad Celestial , que se yuxtaponen entre sí.

El Diablo es representado como una figura grande y monstruosa que ocupa la totalidad del Infierno . Está dibujado con grandes garras en las puntas de los brazos extendidos, cuernos con puntas rojas, pequeños ojos rojos, una cabeza verde y dos largas lenguas rojas. Se lo muestra agachado entre dos grandes torres y viste un taparrabos de armiño .
Este material era utilizado generalmente por la realeza y puede ser un guiño al Diablo como el Príncipe de las Tinieblas. Aunque los retratos del Diablo eran algo común en el arte medieval , su representación en el Codex Gigas se destaca por presentarlo completamente solo en una página grande.
Frente al Diablo hay una representación a página completa de la Ciudad Celestial. Se muestra en hileras de edificios y con torres detrás de muros rojos. También hay torres que sobresalen de los muros y la Ciudad Celestial está bordeada por dos torres más grandes, como el retrato del Diablo. Esta imagen probablemente tenía la intención de inspirar las ideas de esperanza y salvación y contrastar con la naturaleza malvada del Diablo.
En conjunto, el retrato y la ciudad probablemente pretendían ser una reflexión sobre lo que te aguardaría si vivieras una vida buena o mala. El texto que está antes de la Ciudad Celestial se refiere a la penitencia y el texto que está después del Diablo trata de los exorcismos .
Cabe destacar que el Diablo y la Ciudad Celestial son las únicas ilustraciones que ocupan páginas completas en el Codex Gigas, por lo que está claro que el mensaje que pretendía transmitir el autor aquí, fuera cual fuera, se consideraba de vital importancia.

– La historia conocida del Codex Gigas
Como ya se ha dicho, se desconoce el verdadero origen del Códice Gigas. En el texto hay una nota que indica que el manuscrito fue empeñado por los monjes de Podlažice en el monasterio de Sedlec en 1295.
Desde allí se lo encontró en Břevnov, cerca de Praga . Dado que los monasterios asociados con la historia temprana del Códice Gigas estaban ubicados en Bohemia y el texto hace referencia a la historia de esa zona, se acepta generalmente que también fue creado en Bohemia .
La siguiente mención del Codex Gigas se produce cuando Rodolfo II lo llevó a su castillo de Praga en 1594. Allí permaneció hasta el asedio sueco a Praga al final de la Guerra de los Treinta Años en 1648. El ejército sueco saqueó la ciudad y uno de los tesoros que se llevaron fue el manuscrito medieval. Así fue como acabó en Estocolmo.
En 1877, el Códice Gigas pasó a formar parte de la colección de la Biblioteca Nacional de Suecia en Estocolmo, donde se conserva hasta hoy. Las historias y leyendas dicen que el Códice Gigas estaba maldito y que acarreaba desastres o enfermedades a quien lo poseyera durante su historia.
Afortunadamente, la Biblioteca Nacional parece inmune a la maldición del códice , ya que sigue siendo una exposición popular que atrae a muchos visitantes.

nuestras charlas nocturnas.
Las leyes del prójimo y de las generaciones…

MEER(A.R.Contreras) — La muerte no siempre nos sobreviene. Está inscrita en la vida. Las células albergan en su código genético la fecha programada de su muerte. La biología ha descubierto la apoptosis como un mecanismo normal de la vida. Se piensa que ésta constituye un mecanismo biológico de control para células anormales.
En el cuerpo humano cada célula debe vivir para el conjunto. Nos maravilla la capacidad de reproducción y crecimiento de una célula. Pero cuando dicha célula no coopera con las otras convierte el crecimiento en expansión y ésta en muerte. Es el cáncer. Su individualidad no es política, es decir, no puede reclamar derechos de autonomía.
Por ello debemos analizar con gran cuidado toda metáfora biológica de la sociedad y del cuerpo político en general. Es como si un principio de egoísmo biológico se apoderara de la célula cancerosa, cegándose a sus células próximas y a todo su entorno. En la historia reciente de la ciencia el proyecto del genoma humano causó gran expectación.
Se creyó que los genes constituían las unidades mínimas de información de la vida, sus “bits”, con los cuales podríamos sintetizar cada proteína y con ellas, la totalidad del cuerpo humano. De la mano iría la curación de toda enfermedad heredada, pero también una ilimitada posibilidad de diseñarnos.
La decepción llegó pronto: aun poseyendo el mapa completo de los genes su mecanismo de expresión (el paso del genotipo al fenotipo) seguía siendo un misterio. No sólo había una compleja interacción entre los genes, sino entre ellos y su entorno.
El desarrollo del individuo biológico poseía una globalidad que no podían explicar los genes, pensados inicialmente como átomos biológicos o las letras del alfabeto de la vida.
Uno de los más entusiastas defensores fue Richard Dawkins, quien no dudó en concederles personalidad a los genes. Su libro más famoso lo tituló El gen egoísta y nos hablaba, en una tónica neodarwinista ya clásica, de la lucha de cada gen individual por perpetuarse en la descendencia.
Cada átomo de vida luchaba a muerte como los individuos de la sociedad salvaje que describía Hobbes en el Leviatán. Según este temprano teórico político inglés los primeros humanos, sumidos en el “estado salvaje de naturaleza”, eran completamente ajenos a toda cooperación.

Ellos vivían para sí, encerrados en un acérrimo egoísmo, luchando todos contra todos.
El resultado era una vida corta, bruta y violenta.
Hobbes dice que para detener la autodestrucción era preciso instaurar una figura de poder superior que diera cohesión a los individuos guerreros.
Lo llamó el soberano y le puso por tarea salvar a los humanos de sí mismos, a pacificarlos, pero por la fuerza y el miedo.
En vez de temerse mutuamente, todos temerían a una única figura.
La obedecerían.
A cambio, él aseguraría poner fin a la guerra de todos contra todos.
Biología y política tienen una larga historia de intercambios conceptuales y metafóricos.
Se suele explicar lo político en relación con la naturaleza, sea como elevación, caída o continuación.
Como elevación se interpreta la cultura como salida del salvajismo. Como caída se habla del buen salvaje y de cómo la cultura nos ha pervertido y hecho olvidar la naturaleza.
Como continuación se dice que la vida social no es más que una naturaleza potenciada, sea destructiva o constructiva.
Dawkins pertenece a esa amalgama nacida en el siglo XIX y extendida durante el siglo XX entre evolución y sociedad según la cual ambas consisten en una guerra en la que triunfa el más fuerte. En la naturaleza sobrevive el más apto, en la sociedad, el más fuerte. Sociedad de tiburones que se hacen fuertes al competir entre sí.
Ya Mandeville contaba en su Fábula de las abejas que las sociedades más prósperas en industria y ciencias son aquellas donde se da rienda suelta el egoísmo.
Economistas, biólogos y sociólogos que parten del individuo como entidad última tienden a concebir el mundo como una lucha egoísta, como un gran campo de batalla donde muy pocos sobreviven. El psicoanalista Sigmund Freud no fue ajeno a estas discusiones.
Él también coqueteaba con la idea de que no somos sino una continuación de la naturaleza, que la psique es una estructura egoísta que busca su placer propio, su satisfacción, sólo que la sociedad le impone barreras (la represión) para hacer posible la vida en común.
En un raro texto titulado “Más allá del principio del placer” Freud reconoce que hay en los humanos algo más que una estructura de satisfacción natural, según la cual toda nuestra vida psíquica estaría dirigida al equilibrio, a la homeostasis.
En realidad, buscamos el exceso. El desbordamiento. Lo llamamos deseo el cual, a diferencia de las necesidades, no puede ser satisfecho. Si lo fuera, moriríamos como sujetos. Pero lo que más le preocupa a Freud en este texto es la destructividad humana. No es sólo que instrumentalicemos a los otros para nuestros fines egoístas.
Algo en nosotros quiere la muerte, entendida, dice Freud, como un retorno a un estado anterior de la evolución: lo inorgánico. Es decir, que algo en la vida busca la muerte. Si el ser viviente busca el equilibrio interno (metabolismo de funciones) y externo (con su entorno y otros seres) él mismo es un desequilibrio relativo.

De otro modo, no sería individuo, sino sería parte indiferente de un todo continuo.
Lo individual se ha separado del todo y de otros individuos, se ha destacado y ha ganado cierta autonomía.
Eso es cierto para el gen, para la célula, para el organismo, para el humano, aunque cada individuación tenga implicaciones diferentes.
Freud se detiene en la observación de biólogos de su tiempo de que cada especie tiene un límite específico de vida.
Los animales pueden ser matados, pero ellos mismos morirán por “causas internas” a una cierta edad promedio.
Pero, ¿qué relación hay entre la pulsión de vida, que busca perpetuarse a partir de un cierto equilibrio y la pulsión de muerte, que busca el equilibrio absoluto, el estado de máxima entropía, diríamos?
¿Y cómo se relacionan ambas tendencias al equilibrio con el desequilibrio que supone la vida en general respecto a lo inanimado y la muerte, respecto a lo vivo?
Freud dice haber estudiado medicina gracias a un poema atribuido durante mucho tiempo a Goethe, aunque finalmente se reconociera la verdadera autoría de Christoph Tobler: La naturaleza.
Éste no solamente constituye una joya poética, sino un pináculo en la filosofía de la naturaleza romántica alemana.
En ella la naturaleza es concebida como el absoluto del cual todo surge. Sus hijos son los individuos, las criaturas que la habitan. Todo en ella es producción, creatividad, génesis primera. Al mismo tiempo, ella se oculta, no revela sus secretos más allá del juego mismo de las criaturas.
Pero, y he aquí el punto que conecta con Freud, la biología y la vida humana, todos los individuos saben del destino ineluctable que les espera: la muerte. Todo individuo nace y muere. Es su ley. Su alegría y su dolor infinito. La naturaleza no vive sino a través de criaturas que, eventualmente, devorará.
A su vez, sabemos que la vida posee una crueldad insoportable porque se alimenta de otras vidas. El poema, sin embargo, nos dice cómo la naturaleza redime la vida finita: por medio de la vida no de uno, sino de varios. El poema reza en una de sus últimas líneas:
Desde la nada hace brotar a sus criaturas sin decirles de dónde vienen y a dónde van. Deben sólo transcurrir. […] La vida es su más bella invención y la muerte su artimaña, para más vida poseer.
Los individuos transcurren entre dos extremos, el nacimiento y la muerte. La primera la celebramos. La segunda, la lloramos. Si la vida es la más bella invención de la naturaleza, ¿no es espantoso que deba terminar? Tobler responde: la muerte es la artimaña de la naturaleza para producir más vida. Cuando un animal se alimenta la vida salta de un individuo a otro.
Porque este animal morirá y alimentará a otro y éste a otro… Un animal morirá, pero proseguirá en las generaciones futuras.
Según Freud la destructividad humana proviene de una fuerza natural, un impulso o fuerza que tiende a la desorganización y a lo simple. La vida, en cambio, es una fuerza que busca que el individuo persevere en su ser. Sin embargo, la pulsión de muerte no opera solamente en contra de la vida.

Ella es, como en el poema de Tobler, un instrumento de la vida, aunque no del individuo.
La vida es multitud de seres porque unos pasan la llama de la vida a los otros y les hacen espacio.
Mientras que lo universal de los conceptos consiste en cercar, atrapar, aprehender, lo universal de la vida consiste en acoger.
Hay algo hospitalario en la vida en el sitio mismo del drama de la muerte. Por un lado, la vida alberga algo de muerte en ella.
Pero la muerte asegura también el tiempo y el espacio que será de otros y para otros, actuales o venideros, es decir, prójimos e hijos.
He aquí la ley de la vecindad y de la herencia inscrita en la vida que porta la muerte.
Llegar al mundo y ser para la muerte constituyen los dos extremos de la existencia vistos desde el individuo, pero no desde el espacio de las generaciones.
“Existencia” es la palabra del egoísmo.
En efecto el derecho primero que tengo es el de la sobrevivencia, la defensa propia, la autoconservación.
Pero no es el último, ni el más alto, porque el derecho es siempre relación con otros. Relación entre voluntades, cuerpos y las cosas del mundo, para los presentes, los ausentes y aquellos por venir.
Todo esto sonará conocido a quien esté familiarizado con el romanticismo, especialmente el de Schelling. En sus Investigaciones sobre la libertad humana Schelling nos dice, en la misma línea de Tobler, que la naturaleza es una fuerza oscura, misteriosa y creadora de individuos, que van desde lo inerte hasta lo químico, de lo químico a lo vivo y de lo vivo a lo inteligente.
Nacemos como individuos y luchamos todo el tiempo por conservar esa individualidad que es nuestra vida.
Sabemos que ella está hecha de otras generaciones, de otros seres y de diversos materiales, pero eso no niega que seamos individuos. Hay, pues, en efecto un principio egoísta en la naturaleza capturado en el individuo que busca perpetuarse en abstracto. Pero hay otra fuerza, igualmente presente, y que no lucha contra la individualidad, sino que la eleva por su relación con otra individualidad.
Schelling decide llamarla “amor”. El amor no significa fusión; requiere que cada individuo subsista como individuo, pero que se abra más allá de su individualidad, donde la autoconservación y su potenciación constituye su máxima ley. Lo decía Hume, el escéptico: nunca vamos más allá de nosotros mismos. Y tiene razón, porque la relación con otro no está basada en la evidencia, sino en promesas, expectativas y fe.
A principios de los años 70 Lynn Margulis publica un trabajo donde presenta el concepto de endosimbiosis. Su hipótesis es que las células eucariotas son el resultado de la simbiosis de dos organismos diferentes y originalmente independientes. Su encuentro fortuito dio lugar en un momento determinado a un nuevo individuo.
Mitocondrias y cloroplastos poseen material genético propio que habla de este pasado de independencia y aun ahora conservan ciertos comportamientos de independencia en las células que las acogen. A mediados de los 90 Stuart Kauffmann desarrolló la hipótesis de que la emergencia de nuevos seres y propiedades en la evolución responde a encuentros fortuitos que no provienen de mecanismos clásicos de la evolución.
El agujero de una piedra puede un día convertirse en el nicho donde prospere una especie de arañas, creando una relación individuo-entorno nueva. En fechas más recientes el biólogo británico Denis Noble ha polemizado contra Dawkins afirmando que la asociación entre seres, así como intercambios horizontales de material genético entre ellos es un mecanismo fundamental de la evolución.
El individuo deja de ser el átomo de la evolución, trátese del gen o del organismo, para mostrar relaciones fundamentales con otros individuos y con su entorno.

Estas relaciones de vecindad y cooperación desbordan el cuadro unilateral de la naturaleza como un sitio de individuos guerreros egoístas.
Los trabajos de Margulis, Kauffman o Noble hablan de otra potencia “amorosa” o al menos asociativa y cooperativa en la naturaleza, frente a la guerra de los átomos en el vacío.
Pero digamos algo más del amor.
El poema de Tobler y el ensayo de Schelling culminan sus pensamientos en el amor.
La naturaleza, ciega, incapaz de sentir, indiferente a todo individuo, no es nada sin ellos.
Por ellos y en ellos vive y siente.
Ella misma no puede contemplar el drama que pone en marcha.
Es así que la finitud no constituye una caída respecto de un absoluto perfecto.
El absoluto debe caer para ser absoluto.
Porque lo absoluto no está en la unidad, en el seno de un todo autosuficiente, sino en el encuentro amoroso que persevera en medio de un mundo desgarrado pero que, pese a todo, se atrae y se entrelaza.
El individuo surge en la naturaleza como singularidad frágil. Debe cuidar de sí. La alteridad le amenaza por todos lados: por fuera como depredador, como entorno hostil; por dentro, como desbalance que siempre retorna. La existencia es así penuria y no tiene otro fin que, primero, su autoconservación y luego, la producción de una reserva que le asegure un futuro más amplio.
Es así, entonces, prevención y estrategia. Pero este encierro en sí mismo, aunque recibe toda la atención del organismo individual, no puede mantenerse sin un intercambio interno y otro externo.
Es decir, que su individualidad es trazada por una frontera que lo destaca al mismo tiempo de otros individuos y de un medio circundante. Es así que el mundo y los otros están ahí para el enfrentamiento o la cooperación en la misma medida. En el desarrollo embrionario hay siempre una primera casa que le cuida: el útero o el huevo, y que espera a su momento preciso para dejarle salir.
Afuera, el individuo debe negociar con otros individuos asuntos vitales como su segundo techo, la guarida, el alimento o la reproducción. El ser vivo debe cuidar su interioridad sin poder encerrarse. Es un espacio dinámico y de intercambio.
Ahora bien, en un momento de la historia de este planeta surgió la vida. Eso quiere decir, que, al mismo tiempo, surgió su contraparte, la muerte. Hubo entonces reproducción y también, en otro punto, sexualidad, es decir, separación de los sexos y los gametos. En cierto punto de su historia la evolución elevó a los individuos a un nivel nuevo de complejidad.
Ya no harían copias de sí mismos, sino se combinarían entre sí. A cambio, la unidad se dividiría en sexos. Y ambos sexos estarían condenados a muerte. El costo de una vida más compleja y más variada sería la combinación de vida y muerte.
Como en el poema de Tobler, el surgimiento de la muerte en el universo traía consigo el surgimiento de la ley de las generaciones. El individuo no sólo debe interactuar con lo otro (el entorno) y los otros (individuos), sino que, destinado a morir, debe acceder al plano temporal de la herencia.
Trabajar para “sus” genes significa trabajar para su descendencia, cuyo destino es siempre incierto. Schelling dice en sus Investigaciones sobre la libertad humana que la vida de los hombres comienza con una individualidad encerrada en sí misma. Como la semilla, crece en la prisión de la oscuridad, encerrada sobre una reserva propia. Pero al salir a la luz queda irremediablemente expuesta a todas las otras criaturas con las que comparte la tierra.

Dichas criaturas cooperan entre sí sin saberlo: al producir su semilla el árbol también da de comer a mamíferos, insectos, hongos y bacterias.
Las hojas fertilizan la tierra. Existe una larga cadena de préstamos porque cada ser está múltiplemente conectado.
La naturaleza en ello no es avara, no toma el camino más corto sin más, sino al mismo tiempo, el más rico, no siendo nunca igual.
En la sociedad el ser humano tiene todo el derecho a la autoconservación, a perseverar en su ser y a acrecentar sus potencias.
Pero todo ello forma parte de una potencia que poco a poco destruye a los otros que le rodean y al entorno que le mantiene, porque le quita a los primeros y devasta al último.
Si no para, se convierte en plaga o célula cancerosa.
Al trabajar sólo para sí, trabaja, eventualmente, contra él mismo.
La individualidad que procede con egoísmo se consume; no redunda jamás en un bien colectivo sin acuerdos ni cooperación.
Pero si el individuo desease ceder en su ímpetu de individualización, entonces simplemente se dejaría morir, sería disuelto en el suelo que le vio nacer.
Como lo advertía Freud: el individuo puede desaparecer porque no tiene las fuerzas para perseverar en su existencia, se disgrega y es comido por los hongos que desde su nacimiento le han estado esperando como aves rapaces. Si trabaja sólo para sí, llega a un equilibrio que, primero le mata de aburrimiento, pero que después le empieza a destruir porque no puede mantener la relación equilibrio-desequilibrio con lo otro.
El ser humano puede dejarse morir o morir por querer egoístamente su vida. Al final, la respuesta de Freud es la misma que la de Schelling y de Tobler: el amor. Pero no como amor propio, ni como potenciación de sí o voluntad, ni siquiera como deseo. Porque el deseo está dirigido al otro, pero sólo me concierne a mí como sujeto solitario.
La vida individual sólo puede redimirse en una individualidad que persevera, pero que cede a convertirse en el todo. Es decir, es la individualidad que ama sabiendo que va a morir. Por ello, como diría una querida maestra, Silvana Rabinovich, el amor es más fuerte que la muerte, pero sólo porque no la quiere desterrar, sino que la asume para formar parte de la vida de las generaciones.
Sólo el individuo siente y piensa y actúa. Pero lo que siente está limitado si no es, al mismo tiempo, tocado por otros. Y no piensa sino trabajando sobre las ideas de otros. Y no actúa sino frente a los otros.
Individualidad, finitud, muerte y amor son inseparables. Más amplio que el nacer y ser para la muerte es el amor, porque las conjuga a ambas. No el devenir, que siempre puede ser el mío, sino el tiempo escalonado de las generaciones, que incluye la gracia y el luto.
Es así que progenitores y descendencia dejan de aparecernos como una irrelevante peculiaridad de la evolución para demostrar su carácter de verdadero acontecimiento en la historia natural.
El egoísmo nos asegura una reserva para vivir como ser biológico y psíquico. Mantiene los ligamentos y las fuerzas atractivas en orden para que el sistema no se disgregue y funcione bien. El amor, en cambio, es lo que siempre nos permite salir de nosotros mismos.
No la “negatividad”, que viene siempre de fuera y la cual puede muy bien destruirnos, sino la salida desde nosotros por nosotros mismos, que sólo así puede transformar la “universalidad” (ese “para todo el mundo sin distinción”) que abarca y aprehende en una universalidad que acoge.
Pero si el amor requiere que individuo insista y resista, que no se inmole ni se funda con el amado ni el humus de donde proviene, sí exige un precio: la renuncia a ocuparlo y a serlo todo.
Renunciamos a la eternidad y hacemos espacio a los hijos. Renunciamos a la omnipresencia y hacemos espacio a los vecinos. Pero hay algo más, si esto sucede, se hace espacio, si se presta oído, entonces no puedo perseverar con mis fronteras originales. Es decir, no puedo admitir a nadie en mi casa sin que esta deje de ser solamente mi casa.
No puedo estar con otros sin estar presto a modificar los bordes que supongo entre lo propio y lo ajeno, sin hacer permeable la membrana que me contornea.
Schelling dice en su escrito sobre la libertad que el “mal” consiste en dirigir la voluntad humana a la autoconservación, cuando es posible el amor. Es decir, cuando nos contentamos con la supervivencia y el cuidado propio sin consideración de lo demás y los demás.
Podríamos decir que el mal consiste en cerrarse a la posibilidad del amor y al amor mismo en favor de un individuo cerrado sobre sí y que se sirve de los otros para su propio metabolismo. Todo esto es un juego de resonancias entre biología, antropología y filosofía.
No pertenece, en sentido estricto, a ninguna disciplina. Y sin embargo, ¿no es eso lo que toda disciplina lamenta, su encierro, su autocomplacencia, su egoísmo conceptual?
nuestras charlas nocturnas.
Tu cerebro cambia al ser madre: lo que la ciencia acaba de descubrir…

Psicología y mente(G.Rodríguez) — ¿Qué pasa en el cerebro de las mujeres cuando se convierten en madres? El cerebro de una madre no vuelve a ser el mismo tras el embarazo y ahora, por fin, la ciencia tiene una explicación.
Un nuevo estudio publicado en 2024 en Nature Neuroscience confirma que la maternidad modifica la materia gris para fortalecer el vínculo con el bebé. Pero ¿qué significa realmente este cambio? ¿Y qué pasa con las madres que no han gestado? La ciencia responde.
Que las mujeres cambiamos durante el embarazo es una obviedad, pero hasta hace muy poco no había evidencia científica al respecto. No se trata solo de un cambio físico, de carácter, de relación con el entorno o de percepción de una misma, sino también de un cambio a nivel cerebral.
Con el embarazo, el cerebro de las madres experimenta cambios anatómicos relacionados con la neuroplasticidad, que es la capacidad para cambiar a lo largo de la vida. Se trata de cambios muy similares a los que se producen durante la adolescencia, de ahí que a este proceso se le denomine Matrescencia.
El concepto lo acuñó por primera vez, en los años 70, la antropóloga Dana Raphael y sirve para describir el proceso de convertirse en madre desde un punto de vista físico, emocional y social.
La doctora en neurociencias Susana Carmona, investigadora del Instituto de Investigación Sanitaria del Hospital público Gregorio Marañón de Madrid, hace años que estudia los cambios que se producen en el cerebro. Recientemente, en 2024, ha coordinado un estudio pionero que constata que durante ese periodo se produce una reducción de la materia gris.
“Disminuye de igual manera que lo hace en la adolescencia para optimizar el procesamiento de información”, explica Carmona en declaraciones a Psicología y Mente. Añade que esta reducción no es algo negativo ni una atrofia, “sino más bien todo lo contrario: una optimización de ciertos procesos”.
El resultado del estudio abre muchas incógnitas, pero sobre todo aporta una certeza: cuanto más cambios en el cerebro de las madres, más vinculación tienen con sus bebés.
Esta conclusión abre también un debate: ¿qué pasa con las madres que no son gestantes o con las madres adoptivas? En este sentido, Carmona es muy clara: “La conducta maternal no depende del cambio del cerebro. Sería absurdo pensar que una mamá adoptiva no va a ser una buena madre porque no pasa por una gestación y un posparto.
Nuestro estudio lo que dice es que a mayor transformación, más vinculación. No hace falta una imagen cerebral para ver que una mamá adoptiva es fantástica, pero sí que hace falta una imagen cerebral para demostrar lo que pasa durante una gestación, porque algo parecido ocurre en la menopausia”, subraya la científica.

– No, no estás distraída: tu bebé ha secuestrado tu atención
“Desde que tuve a mi primer hijo noté dos cosas muy evidentes: la primera es que me volví una loba, tenía una sensación y una necesidad casi biológica de proteger y tener encima a mi bebé; no quería que nadie lo cogiera”, explica María, madre de dos pequeños de 1 y 4 años.
“La otra cosa que noté claramente es una falta de concentración tremenda, ya desde el embarazo, y también que después, en el posparto, se me olvidaban palabras, una sensación muy extraña”, continúa. Las sensaciones de María son comunes en muchas madres y ahora también tienen una explicación científica.
En la vida de las mujeres se producen tres etapas hormonales: la pubertad, el embarazo y la menopausia. El equipo de la neurocientífica ha demostrado con datos de neuroimagen que los cambios que se producen en las gestantes son muy parecidos en tamaño y forma a los que se producen en la adolescencia.
Se trata de grandes momentos de plasticidad cerebral con muchos cambios cognitivos y emocionales, donde el cerebro tiene que adaptarse para aprender cosas nuevas. En el caso de las madres, hay que aprender a mantener con vida a un ser humano muy demandante.
Carmona, que también es autora del libro Neuromaternal: ¿Qué le pasa a mi cerebro durante el embarazo y la maternidad? (Ediciones B, 2024), cuenta que muchas veces, cuando las mujeres se quedan embarazadas, se dice que “se vuelven tontas o que pierden la memoria”, cuando lo que realmente pasa es que tienen que aprender un millón de cosas nuevas y muy relevantes.
Las incógnitas son todavía muchas, pero en modelos animales se ha visto que las hormonas gestacionales modifican el cerebro para que los estímulos del bebé sean muy relevantes, tanto que son capaces de secuestrar la atención de la madre: “Si antes, el 100% de la atención estaba destinada al día a día, con el bebé el 50% se destina a él y con el otro 50% hay que hacer todo lo demás”, explica.

-El cerebro de la mujer, un gran desconocido
Estudios como el desarrollado en el Gregorio Marañón servirán para estudiar el cerebro de la mujer, “puesto que existe un sesgo de sexo y género en biomedicina”. Solo el 0,5% de los estudios de neuroimagen abordan aspectos relacionados con el cerebro de la mujer.
Para Carmona, estudiar el cerebro de la mujer es importante no solo para prevenir la depresión posparto, sino también para abordar la menopausia, ya que lo que sucede durante la gestación tiene efectos en ese periodo y en el riesgo de demencia.
nuestras charlas nocturnas.
Responsabilidad: del inveterado arte de escurrir el bulto…

JotDown(A.García) — Si hay un punto de inflexión en la historia contemporánea es sin duda la mayor matanza de la historia; el mundo que sale de la II Guerra Mundial es muy diferente al de preguerra en casi todos los ámbitos de la actividad humana.
El arte, el pensamiento, la ciencia o la tecnología experimentan cambios profundos y acelerados: la magnitud de la masacre, así como la sanguinaria crueldad del sistema de exterminio nazi desembocaron en un lógico interés por encontrar explicación a lo que había pasado.
Detrás del boom de la psicología de la posguerra (por todas partes florecen modelos teóricos nuevos como la psicología cognitiva, de la mano del descubrimiento de los ordenadores, el constructivismo o la psicología humanista, hoy en día aún muy vigentes) se encuentra el interés por responder a la cuestión esencial:
¿Cómo es posible que ocurriera aquello? ¿De quién era la culpa del desastre?
A primera vista, parecía inexplicable que un amplio sector de la población de una de las naciones más adelantadas y cultas del planeta hubiera desatado una guerra de aniquilación tan brutal como aquella.
Estallaron debates filosóficos sobre culpa y responsabilidad, si esta era colectiva, individual o ninguna de las anteriores, y proliferaron estudios sobre conceptos como conformidad u obediencia que pretendían averiguar si los alemanes habían sido obligados o condicionados de alguna manera y si esto era extensible a toda la especie humana.
Estas reflexiones no eran solo por puro afán de conocimiento ni en absoluto inocentes, pues hay un trasfondo político evidente: nos encontramos en los movidos años de la guerra fría y la confrontación política entre un sistema basado en una filosofía individualista como es el capitalismo y otro en la colectivización como era el comunismo, confrontación de resultado incierto.
Sí, se ve que tenemos tendencia a pensar en binario y si no lo creen, dense una vuelta por internet a leer debates.
¿Pero culpa y responsabilidad no vendrían a ser lo mismo, se preguntará alguno? No exactamente.
Para los existencialistas (como Viktor Frankl, Rollo May, Sartre o el tío de Spiderman), la responsabilidad va ligada a un gran poder como es la libertad de elección. Implica por tanto «hacerse cargo» de los riesgos, consecuencias, ventajas e implicaciones de cada decisión que tomamos; en psicología humanista, se trata de recuperar o tomar conciencia de aquello que depende de nosotros —incluidas esas cosillas feas que no queremos ver— y por tanto es una fuente de autonomía.
Esto de escoger también puede dar bastante vértigo, lo que se llamó «ansiedad existencial», que queda mucho más bonito, dónde va a parar.
La culpa sería grosso modo un sentimiento, mezcla de rabia y tristeza, que aparece cuando las consecuencias de nuestras decisiones causan algún daño o se saltan alguna norma básica para nosotros.
Se trata, como cualquier párroco sabe, de un mecanismo de control extremadamente eficaz cuya potencia habrán experimentado cuando tratan de dejar a su pareja y esta pone inmediatamente ojos de gatito de Shrek mientras susurra un lastimero «pero… es que yo no puedo vivir sin ti…».
El concepto de culpa ya había sido tratado ampliamente por los psicoanalistas, empezando por tito Freud, que en plan nietzscheano la consideraba un mecanismo de defensa neurótica y punto. Ciertamente tendemos a reprimirnos culpándonos por deseos, acciones o pensamientos que consideramos impropios (y que en realidad son aprendidos, un regalo de nuestros mayores que aceptamos como nuestro), distorsionando las consecuencias o nuestra responsabilidad en ellas.
Un ejemplo clásico sería el niño que se culpa por la separación de sus padres. Pero la culpa no siempre es una neurosis; en ocasiones nos sentamos a analizar la situación, concluimos que hemos actuado erróneamente y nos dedicamos a reparar el daño realizado. Aquí hablaríamos de sentimiento de culpa sana.
Una vez hecho este inciso, volvamos a la posguerra. En 1961 tuvo lugar en Jerusalén el famoso juicio a Adolf Eichmann tras el cual Hannah Arendt postuló sus reflexiones alrededor de la «banalidad del mal», como llamó ella a la vulgar intrascendencia funcionarial que exhibió el nazi.
El manido «solo cumplo órdenes», aquella gris y mortal eficiencia burocrática no representaba en absoluto la figura de un asesino sediento de sangre. Las conclusiones de Arendt influyeron en un psicólogo estadounidense, Stanley Milgram, que diseñó uno de los experimentos más polémicos de la historia de la disciplina para corroborar empíricamente el peso de la obediencia en la comisión de crímenes y maldades varias.

Básicamente, Milgram engañó a los sujetos del experimento haciéndoles creer que se trataba de probar la efectividad del castigo en el aprendizaje. Un individuo en bata blanca, el experto, les mostraba un aparato —falso, obviamente— para suministrar descargas eléctricas a un tercero, el «alumno», si respondía incorrectamente una serie de preguntas.
Las descargas se graduaban de 15 a 450 voltios, y se advertía al sujeto del grave riesgo para la salud del alumno que suponía darle a fondo al botón. Si dudaban, el experto les animaba a continuar. Los resultados del experimento original fueron sorprendentes: el 65% de las personas acababan friendo al alumno incluso a pesar de sus propias objeciones al respecto.
Asombrado, Milgram repitió el experimento hasta dieciocho veces alterando algunas de las variables: un actor hacía de alumno al que se podía observar a través de un falso espejo, dos expertos discutiendo sobre seguir o no, repetirlo solo con mujeres, escoger sujetos de similar condición socioeconómica, etcétera, obteniendo resultados entre 0% y nada menos que el 90%.
Milgram concluyó que las personas pasamos de un estado de autonomía, en el que nos hacemos responsables de nuestros actos, a lo que llamó «estado agéntico», donde uno acaba incluyéndose en una jerarquía y traspasando la responsabilidad a las autoridades; así, Eichmann habría caído en ese estado agéntico desde el cual manejó la logística del Holocausto sin rastro de culpabilidad.
Diez años después, otro controvertido psicólogo, Zimbardo, llevó a cabo un experimento aún menos ético y bastante más cinematográfico; el de la prisión de Stanford.
Los estudiantes elegidos asumieron alegremente sus roles de guardián o prisionero, acabando todo como el rosario de la aurora, y Zimbardo, tras cancelar el desastre no sin apuros, apuntó al peso de la situación y el contexto como factor decisivo para que alguien difumine su responsabilidad personal y se genere obediencia.

Alguno dirá que muy bien, que vale, llega la autoridad y tendemos a plegarnos a ella, pero… ¿si no hay una jerarquía evidente qué ocurre? Pues aquí nos vamos al barrio de Kew Gardens, New York, 1964. Una chica llamada Kitty Genovese es asaltada y apuñalada cuando volvía a su casa de madrugada.
El agresor, asustado por los gritos de algunos vecinos, huye para regresar diez minutos más tarde y encontrar a Genovese tirada en el suelo delante de la puerta trasera de su casa. Allí la violó, robó y apuñaló hasta la muerte y no por ese orden. El New York Times publicó la historia remarcando el hecho de que durante la tragedia treinta y ocho vecinos habían visto u oído parcialmente la agresión sin hacer nada.
El caso se volvió emblemático en el estudio de lo que se llamó «efecto espectador»; cuantas más personas son testigos de una situación de emergencia, es menos probable que alguna actúe.
Al parecer, solemos valorar que la probabilidad de que algún otro tome la iniciativa (y nos libre así de destacarnos) aumenta y así nuestra posición frente al grupo queda a salvo, porque… ¿y si metemos la pata delante de todos? ¿Y si rechazan nuestra ayuda? ¿Y si no es necesaria?
Por otro lado, en otro ámbito diferente como es la toma de decisiones en grupos, Janis investigó en 1972 este aspecto analizando los errores de bulto cometidos por la Administración estadounidense en asuntos como la guerra de Vietnam o la crisis de Cuba.
El mecanismo de pensamiento grupal también diluye la responsabilidad, primando la consecución de consenso incluso por la vía de la presión sobre el discrepante. Más allá de solucionar el problema de manera efectiva, se trata de alcanzar un compromiso donde los intereses y la posición grupal de todos los implicados quede fuera de riesgo.
Aunque le echemos gasolina al fuego. La historia de la humanidad es pródiga en encontrar figuras abstractas donde colocar la responsabilidad por cualquier atropello; Deus vult, o la Patria, el Mercado, la Compañía, el Partido, incluso la libertad, la seguridad o la coyuntura económica son utilizadas recurrentemente como fuentes de las que emanan decisiones arbitrarias o perjudiciales como sabrán todos aquellos que no hayan vivido en un sótano la mayor parte de su existencia.

Me figuro que llegados a este punto la tentación de ingresar en la Iglesia del Individualismo Extremo es muy grande, pero antes de hacerse ermitaño y huir del contacto con el prójimo son necesarias bastantes matizaciones. Se podría decir que Milgram en su investigación empezó la casa por la ventana; sin hipótesis de partida, sus explicaciones son a posteriori, sin que pudiera aportar más datos sobre cómo y cuándo se pasa a estado agente.
La buena noticia es que dejó perfectamente documentados los detalles de su estudio, por lo que se sabe que muchos de los sujetos se resistieron activamente (en general alrededor de los 150 voltios) y mostraron abierta desobediencia. De Eichmann hoy se conoce que no era un simple burócrata, sino un nazi convencido, activo y dinámico.
Por su parte, el mítico caso de Kitty Genovese resultó muy manipulado por la prensa para ofrecer una imagen de apatía social en medio de graves tensiones en EE. UU. sobre los derechos civiles; la cifra de treinta y ocho vecinos parece un invento periodístico, que destacó unos datos (el agresor era negro) y ocultó otros (el lesbianismo de Genovese, la dificultad de ver lo que ocurría).
Sin embargo, el efecto espectador existe, como demostraron posteriores experimentos inocuos. En definitiva, todo apunta a darle la razón a Zimbardo: dependiendo de la situación, y para alegría de existencialistas, tendríamos una opción de decisión propia a pesar de la presión social.
Por malvados que parezcan estos mecanismos de generar conformidad en grupo, lo cierto es que en esencia son «amorales»; un cierto grado de acuerdo es necesario para poder preservar la cohesión de un grupo humano. En el fondo nos capacitan para negociar, para el intercambio y para poner en marcha iniciativas conjuntas mucho más eficaces que el esfuerzo individual.
Favorecen el comportamiento prosocial, imprescindible para mantener la paz de la comunidad, y también pueden corregir o mitigar comportamientos individuales dañinos. El problema radica en su uso patológico o criminal, o para servir a intereses de otros grupos de poder, pero para esto se me leen a Foucault.
La otra cara de la moneda es el individualismo, bandera ideológica de Occidente. Proviene de las revoluciones burguesas, tiene un innegable componente político y económico (ya saben, Hobbes y demás) y ha ido cobrando fuerza a medida que avanzaba el siglo XX y su rosario de horrores industriales.
Tal como resume Rousseau, postula que el hombre nace bueno y libre, y después la sociedad lo pervierte. Pues bien, nacer nacemos buenos (como dijo Berne, todos nacemos príncipes y nuestros padres nos convierten en ranas) pero lamento comunicar que libres solo lo somos parcialmente.
Desde incluso antes de nacer ya tenemos un hueco preparado; una habitación, un nombre elegido, somos depositarios de esperanzas, aspiraciones, miedos, éxitos o fracasos imaginados por nuestros padres.
La partida la juegas tú, pero las cartas te vienen. Nada de tabula rasa, hay ya unos cuantos futuros posibles señalando hacia adelante, y creo que es importante remarcarlo en una época de mensajes individualistas e hiper-responsabilizadores como la que vivimos: si te va mal, es por tu culpa, si no estás feliz, «empoderado» y exitoso, algo has hecho incorrectamente.
Tú puedes transformar el universo y todos esos absurdos mensajes coelhianos. El contexto se desatiende, la situación no existe, se ignora la influencia social en una especie que nace, vive y muere en grupo. Es difícil distinguir en qué medida cae bajo tu entera responsabilidad que tu empresa te meta en un ERE, que te atropelle un camión, que el Gobierno meta mano en tus ingresos para solucionar su problema de deuda, que te asalten por la calle o que la chica que te gusta te rechace.
En el fondo es otro mecanismo de difusión de responsabilidad, que mágicamente recae en cada uno de nosotros. Como ven, es la patata caliente por definición.

Este mensaje institucional de responsabilidad proviene de las mismas élites políticas y financieras a las que vemos día tras día eludir la suya en la profunda crisis que atravesamos, sin aparente rastro de culpa o arrepentimiento. Por el contrario, estos grupos de poder siguen abusando de los métodos de creación de conformidad y obediencia descritos.
Se trata de un doble mensaje contradictorio: la parte explícita anima a responsabilizarnos de todo mientras que implícitamente vemos que se evita asumir las consecuencias de las propias decisiones.
Estaríamos ante un ejemplo de lo que Bateson llamó teoría del doble vínculo; en el ámbito más reducido de la familia, este tipo de comunicación paradójica (Watzlawick) es fuente de ansiedad, neurosis diversas y en los niños que la sufren por parte de sus cuidadores sería un factor relacionado con la aparición de esquizofrenia u otros trastornos disociativos.
Dado el empeoramiento general de la salud mental en una sociedad cada día más confusa, perdida y desestructurada, no parece descabellado extenderlo al plano social. Baste leer los comentarios a cualquier noticia en internet, convertidos en una feroz lucha por identificar culpables de algún desafuero aunque ello destroce los más elementales principios de pensamiento analítico, empatía o solidaridad humana.
No es más que una versión neurótica del antiguo deporte de encontrar quién asumirá las consecuencias de aquello que pueda fallar.
Que como decía aquel cínico, era la tarea esencial del trabajo en equipo.
nuestras charlas nocturnas.
Razones por las que lloramos cuando estamos tristes…

La Mente es Maravillosa(L.M.Carpio) — Si hay un acto que fluye con naturalidad para manifestar el desconsuelo es el llanto. Lloramos cuando estamos tristes para sacar todo lo que nos acongoja, ya sea por perder a una persona amada, porque tuvimos alguna experiencia negativa, porque nos sentimos mínimos ante los reveses de la vida o porque nos agobia la falta de propósito.
Llorar es la respuesta física a las emociones de gran intensidad. Sucede que desde niños aprendemos que la tristeza es la emoción contraria a la alegría y es por eso que al llorar exteriorizamos dolores profundos, esos que los analgésicos no sanan.
El significado de esta reacción va más allá de derramar lágrimas; implica un mecanismo cerebral que persigue el alivio o la calma. ¿Qué la produce? ¿Tiene consecuencias? ¿Qué buscamos con ella? Acompáñanos a descubrir por qué lloramos cuando estamos tristes.
– Pedir ayuda
Cuando lloramos nos valemos de un medio para comunicarnos. Sumemos que el llanto por tristeza cumple papel funcional: encontrar apoyo. Una investigación encabezada por profesores de la Universidad del Rosario, en Colombia, destaca que las lágrimas que provocan la tristeza denotan indefensión y necesidad de ayuda.
Se llaman emocionales y se distinguen de las lágrimas basales (las que limpian y humedecen los ojos a diario) y las de reflejo (causadas por olores irritantes).
Cualquiera que nos vea sollozar, sabrá que estas secreciones son distintas a las basales o de reflejo, porque se acompañan de angustia, mejillas y cejas caídas, ojos cerrados, etc. Así, lo que activamos en otros es una conducta prosocial en la que, muy probablemente, nos ofrezcan apoyo y demuestren empatía.
– Desahogarnos
Casi en modo automático, apelamos al llanto emocional para desahogarnos cuando estamos tristes. Y si este llanto es profundo y auténtico, influye en la actividad de las neurotrofinas (proteínas que benefician la supervivencia de neuronas). Estas últimas fomentan la plasticidad neuronal, es decir, una propiedad del sistema nervioso gracias a la que se da el aprendizaje.
En resumen, llorar de tristeza funciona como un consuelo que, en simultáneo y gracias a la neuroplasticidad, ayuda a aprender de las experiencias que desencadenaron el sentimiento y nos hace más creativos para responder con conductas que favorezcan a la adaptación en cualquier contexto.

– Reducir el estrés
Entre otros beneficios de llorar, la Universidad Nacional Autónoma de México menciona en un artículo que el llanto minimiza el estrés, cumpliendo un papel catártico.
La publicación argumenta que «al terminar de llorar, el cerebro libera endorfinas, uno de los neurotransmisores que más nos tranquilizan y que, al mismo tiempo, generan la sensación de beneplácito, de esperanza y fe». El efecto es que nos sentimos más tranquilos y menos estresados, con claridad para pensar mejor qué hacer ante aquello que nos entristeció.
Además, en medio de la tristeza, el organismo libera hormonas y neurotransmisores como el cortisol, relacionado con el estrés. Entonces, llorar sería una manera de soltar el estrés que se mezcla con el dolor emocional.
– Sobrellevar el duelo
Ya sea por la muerte de un familiar, el despido de un trabajo, una ruptura amorosa u otra causa, todo duelo en cualquiera de sus fases implica llanto. Quizás has percibido que mientras lloras, liberas un peso, drenas las emociones negativas y sientes que te encaminas hacia la aceptación que supone la pérdida. En este caso, manifestamos con lágrimas lo que sentimos.
– ¿Qué ocurre en nuestro cerebro para que la tristeza nos genere llanto?
Como reseñan en el Diccionario de las Emociones, de la Gaceta UNAM, la tristeza se manifiesta con pesimismo, insatisfacción y tendencia al llanto. Lo que sentimos es un vacío debido a la ausencia de una persona, de una rutina o experimentamos una desconexión con nosotros mismos que nos conduce a las lágrimas. Entonces, lloramos para expresar esa marea sentimental.
Este acto responde a un proceso cerebral en el que es necesario comprender el papel de las lágrimas emocionales. Estas se generan a partir de una combinación de hormonas como la leucina encefalina, la cual actúa como un calmante natural, explica La Universidad EAFIT. ¿Pero cómo se orquestan estas y los sentimientos? ¿Por qué salen lágrimas cuando estamos tristes?
Así lo describe la Academia Estadounidense de Oftalmología: ante cualquier situación penosa, el área del cerebro que activa las emociones, o lo que conocemos como el sistema límbico, avisa al troncoencefálico o pons. De inmediato, esta parte remite una señal al sistema lagrimal para producir las lágrimas, originándose la reacción fisiológica que llamamos llanto.

– ¿Qué pasa si lloras mucho de tristeza?
Está bien llorar si eso es lo que queremos. No hay que reprimir tal respuesta fisiológica cuando se presenta. Pero debemos tener en cuenta que si lloramos mucho porque estamos tristes nos expondríamos a las siguientes consecuencias:
- Dificultades para dormir: tanto la angustia como los pensamientos que nos acompañan cuando estamos tristes entorpecen conciliar el sueño.
- Fatiga emocional: las sesiones intensas de llanto nos dejan bastante cansados, lo que interfiere en nuestra calidad de vida y responsabilidades.
- Deterioro de la salud física: el lloro excesivo trae consigo migrañas, tensión en la musculatura del cuello y cara, dolores de cabeza. Aparte, en las lágrimas se pierden enzimas y sodio en grandes cantidades.
- Problemas en las relaciones interpersonales: la familia, los amigos o la pareja, a veces no saben qué hacer o cómo responder cuando ven que lloramos demasiado por la tristeza, derivando en inconvenientes.
– Cómo afrontarlo
Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades señalan que para sobrellevar la tristeza y no acabar en sesiones extendidas de llanto, lo principal es reconocer lo que pasa y entender que no eres la única persona que lo experimenta; otros atraviesan por lo mismo. La tristeza se va cuando aceptas lo que quiere decirte.
También, proponen cuidar de ti, descansando, comiendo saludable, ejercitándote y entendiendo que haces lo mejor que puedes. Con este mismo fin, realiza cualquier actividad que disfrutes y que mantenga tu concentración en el aquí y ahora, así estarás consciente de lo que te produce satisfacción.
Una última estrategia para contrarrestar esa tristeza que tanto te hace llorar es rodearte de personas vitamina. Pueden ser familia, amigos, compañeros de trabajo o quien conozcas que te transmita una vibra positiva, te escucha, es empático y tiene buen sentido del humor. Si en un momento de pena no hay nadie cerca, llama por teléfono, envía mensajes. No te ahogues en lágrimas y menos en soledad.
Si el llanto por tristeza es excesivo, frecuente y no lo puedas controlar, solicita ayuda profesional. A veces no es un tema de melancolía, sino que otras causas subyacentes provocan ese dolor emocional, por lo que la intervención médica es imprescindible.
– El llanto de tristeza es natural y necesario, pero no dejes que se instale
Es válido sentirse triste y llorar en ocasiones. Lo que no podemos permitir es que la tristeza se instale en la mente y en el corazón. Aunque el panorama parezca gris, siempre existen motivos para salir adelante y sobreponernos a las circunstancias, cualesquiera que sean.
Vive tus emociones entendiendo que la tristeza es de valientes, es natural y hasta necesaria. Rescata de ella solo lo que te haga crecer y reflexionar. No eres débil por llorar. Una vez que superas ese episodio, podrás pensar con más claridad, secar tus lágrimas y afrontar la realidad con una mejor actitud.
nuestras charlas nocturnas.
Los superpoderes de los polifenoles…
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AARP(L.David) — Has oído hablar de los antioxidantes: compuestos que protegen el cuerpo de las moléculas inestables. Pero hay otro nutriente clave que se encuentra en muchos alimentos de origen vegetal que funciona como los antioxidantes y está atrayendo mucho interés.
Los investigadores están prestando atención y estudiando cómo estos nutrientes pueden ayudar en la lucha contra las enfermedades crónicas y mantener el cuerpo sano.
Dales la bienvenida a los polifenoles. «Existen investigaciones específicas que afirman que el consumo de [polifenoles] puede mejorar la calidad de vida, la esperanza de vida y la salud, ya que ayudan a prevenir el envejecimiento cognitivo y específicamente la enfermedad de Alzheimer», dice Samantha Dieras, enfermera registrada y directora del servicio de nutrición ambulatoria en el Hospital Mount Sinai.
– ¿Qué son los polifenoles?
Los polifenoles son moléculas con propiedades antioxidantes y antiinflamatorias que se encuentran en las plantas y en los alimentos de origen vegetal.
«Las plantas producen polifenoles para protegerse del medio ambiente», dice Beth Goodridge, dietista registrada de Kaiser Permanente en el norte de California. «Cuando comemos plantas que tienen polifenoles, también nos proporcionan a nosotros cierta protección».
Es posible que hayas oído hablar de algunos polifenoles, como los flavonoides y el resveratrol, pero hay más de 8,000 de estas pequeñas moléculas agrupadas en categorías según sus estructuras químicas.
– ¿Por qué los polifenoles son buenos para ti?
«El superpoder principal [de los polifenoles] es que actúan como un antioxidante en el cuerpo», dice Goodridge.
Los antioxidantes son compuestos naturales que neutralizan las moléculas inestables o radicales libres y protegen el cuerpo.
«Los radicales libres interrumpen el flujo natural», afirma Goodridge.
«Causan daño en el cuerpo». La acumulación de radicales libres en el cuerpo daña las células; esto se conoce como estrés oxidativo. Los antioxidantes ayudan a ralentizar el proceso oxidativo y a retrasar el envejecimiento.
– Ayudan a los adultos mayores
Los polifenoles tienen muchos beneficios para la salud, especialmente para los adultos mayores.
Un análisis del 2022 de los beneficios para la salud de los polifenoles en las especias (en inglés), publicado en Current Research in Food Science, señala que el estrés oxidativo, un desequilibrio de antioxidantes y radicales libres en el cuerpo, es una causa importante de muchas enfermedades crónicas y el envejecimiento de las células.
Según los autores, los polifenoles pueden ayudar a minimizar el daño celular debido al estrés oxidativo.
– Proporcionan beneficios para la salud
Los polifenoles pueden ayudar con la función cerebral y la cognición. Una revisión sistemática publicada en Frontiers in Nutrition determinó que comer polifenoles durante períodos moderados y largos puede mejorar tanto la memoria de trabajo como la memoria episódica en adultos de mediana edad y adultos mayores.
Un análisis publicado en la revista Antioxidants en el 2022 hipotetizó que los polifenoles como la curcumina podrían ayudar a proteger el cerebro al prevenir la acumulación de las placas beta-amiloides, que son una de las características distintivas de la enfermedad de Alzheimer.
– Mejoran la salud intestinal
Muchos alimentos que contienen polifenoles también tienen fibra, que es importante para las evacuaciones intestinales regulares. «Los polifenoles pueden ayudar con la digestión, y eso puede ayudarnos en el baño», dice Goodridge.
Según un estudio publicado en Journal of Food Biochemistry en el 2022, el microbioma intestinal transformó los polifenoles en compuestos bioactivos que podrían tener «efectos terapéuticos» en la salud intestinal (en inglés).
– Protegen contra las enfermedades del corazón

Las enfermedades del corazón son la principal causa de muerte en Estados Unidos, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades; una persona muere cada 33 segundos.
«Uno de los problemas causados por las enfermedades del corazón es que el interior de nuestras arterias puede volverse rígido y duro con los años», explica Goodridge.
Las arterias necesitan ser elásticas, pero el estrés oxidativo puede hacer que se vuelvan rígidas. «Los polifenoles pueden proteger la salud del corazón», dice Goodridge.
– Previenen los efectos negativos de la muerte celular
Los polifenoles pueden reducir la senescencia celular. La senescencia celular ocurre cuando las células mueren y se acumulan en el cuerpo en lugar de eliminarse. Pueden emitir compuestos dañinos, provocar inflamación y contribuir a otras enfermedades coronarias, dice Dieras. «El número de células que están en esa etapa aumenta a medida que envejeces», afirma.
– Alimentos ricos en polifenoles
Muchas frutas, verduras, nueces, hierbas, especias y bebidas, como el té verde y el café, contienen polifenoles. Las cantidades de polifenoles varían según el alimento o bebida, la frescura, el procesamiento e incluso la variedad. Comer una dieta saludable y variada ayuda a asegurar que estás comiendo suficientes polifenoles.
«Probablemente los obtienes de tu dieta si comes una dieta diversa con frutas, verduras, nueces y semillas», dice Dieras. Los polifenoles también se encuentran en el aceite de oliva, los granos integrales y las legumbres. Además, cuando comes estos alimentos, también te beneficias de la fibra y las vitaminas que contienen, explica.
Las frutas y verduras de colores vivos, especialmente las de color rojo, son ricas en polifenoles, dice Goodridge. Entre los alimentos ricos en polifenoles se encuentran los arándanos rojos; las granadas; las uvas rojas; las bayas, como fresas, arándanos azules y frambuesas; y ciertas verduras, como tomates, zanahorias, papas y cebollas, explica.
Come un arcoíris de colores para obtener una nutrición adecuada durante toda la semana, aconseja Goodridge. «Todos los diferentes colores ayudan al cuerpo de diferentes maneras», afirma. «El color es la forma en que la madre naturaleza dice: ‘Soy realmente bueno para ti, ya sea por los distintos polifenoles o vitaminas'».
– Por qué la frescura importa
Los productos frescos tienen un contenido de nutrientes más alto que las frutas y verduras que han estado en el frutero o en el cajón del refrigerador por un tiempo.
Cuanto más tiempo se tarda uno en consumir las frutas o verduras después de la cosecha, hay una disminución constante en la biodisponibilidad de los nutrientes, dice Dieras. «Muchos de los nutrientes, entre ellos los polifenoles, pueden oxidarse y degradarse con el tiempo», agrega.
¿Tienes muchas frutas y verduras que no vas a comer rápidamente? Mantenlas frescas. «Los polifenoles son delicados», dice Goodridge. Guarda las frutas y verduras en el refrigerador para preservar los polifenoles, aconseja.
Los productos frescos tienen más polifenoles que los productos enlatados. «Va a haber un mayor contenido de polifenoles en alimentos frescos en comparación con los enlatados», dice Goodridge. «La frescura definitivamente importa».
– ¿Cuánto necesitas?
Existen pautas sobre la cantidad de macronutrientes, como las proteínas, que deberías consumir diariamente. Entonces, te puedes preguntar si los polifenoles tienen recomendaciones similares. «Aún no hay pautas sobre la cantidad de polifenoles que los adultos deberían comer todos los días», dice Goodridge.
En lugar de tales recomendaciones, lleva la cuenta de las porciones de frutas, verduras y granos integrales que comes en un día. «Por ejemplo, intenta comer al menos una taza y media de fruta al día y al menos dos tazas y media de verduras o más», dice Goodridge.
La mitad de tu ingesta diaria de granos, como mínimo, debería estar compuesta de granos enteros, como arroz integral o pan de trigo, explica. Al hacer esto, estarás incluyendo una cantidad adecuada de polifenoles saludables en tu dieta.
– ¿Deberías tomar suplementos?
Las personas pueden recurrir a un suplemento cuando sienten que no están consumiendo una cantidad adecuada de una vitamina, un mineral o, en este caso, polifenoles. Los nutricionistas recomiendan que la mejor manera de obtener polifenoles es con la comida.
Cuando comes alimentos con polifenoles, también estás obteniendo macronutrientes importantes, entre ellos fibra y micronutrientes, como la vitamina C, dice Goodridge.
El cuerpo absorbe mejor los polifenoles en los alimentos que cuando están aislados en un suplemento. «Los otros componentes en la comida ayudan a que esos polifenoles se digieran y se absorban adecuadamente», afirma Goodridge. «No ocurre eso cuando es solo un suplemento».
Ten en cuenta que los medicamentos pueden interactuar con los suplementos de polifenoles.
«Una parte significativa de la población mayor de 50 años está tomando varios medicamentos», dice Dieras. «No sé específicamente cómo los distintos polifenoles interactuarán con sus medicamentos». Antes de tomar suplementos, siempre debes hablar con tu proveedor médico sobre cualquier riesgo o efecto adverso que pueda ocurrir.
«Es importante hablar con tu proveedor sobre todos los medicamentos que estás tomando y averiguar cómo interactúan entre sí, y cómo interactuaría un suplemento de polifenol con esos medicamentos», dice Dieras.
nuestras charlas nocturnas.
Todos los escritores son plagiaristas…

JotDown(A.A.Martín) — Hoy, día de afelio, paradójicamente el día de mayor alejamiento entre el Sol y la Tierra, nace el Movimiento Plagiarista en la sobremesa de El Greco. Borges es el Padre, Bolaño es el Hijo, y César Vidal es el Espíritu Santo. Más allá de eso, padrastros ni en los dedos.
Así comienza el Manifiesto plagiarista que firmaron hace casi diez años los escritores Leandro Romaña y César Ruiz-Tagle, dando lugar al Movimiento Plagiarista, que «nació» en el punto más alejado posible del Sol, de la órbita literaria, con el objetivo de ir acercándose progresivamente a él.
Desde las primeras charlas etílico-creativas subidas de tono que mantenían esos dos jóvenes escritores en un bar de Madrid (El Greco), hasta la reciente publicación de su segunda obra, Los escritores plagiaristas (Bandaàparte, 2017), la distancia entre tierra firme y el astro rey, entre el extrarradio de la literatura y el establishment, ha disminuido tanto que resultaría cómico si no fuera algo necesariamente trágico.
Todo lo que empieza como comedia acaba como tragedia, como misterio, o como monólogo cómico, pero ya no nos reímos. Bolaño dixit.
¿Quiénes son Leandro Romaña y César Ruiz-Tagle? Durante años solo fueron dos escritores anónimos que, escondidos bajo estos dos seudónimos, escribían cuentos, debatían sobre literatura y bebían mezcal. Romaña cuenta qué pasó el día de la fundación del Movimiento.
«Cuando terminamos de escribir el Manifiesto nos reímos como dos niños que acaban de hacer una gamberrada, hicimos fotocopias, las repartimos por las calles de Malasaña el Día del Libro, y cuando nos cansamos de hacer el ridículo quemamos las hojas que nos quedaban en una esquina que olía a meado».
El Manifiesto plagiarista es el meollo de todo este asunto, el big bang, el aleph escondido en un sótano entre dos escaleras. Contiene diez puntos, diez epígrafes, diez sentencias que condensan y explican las motivaciones, las deudas y los compromisos de los escritores plagiaristas.
«El Manifiesto —dice Ruiz-Tagle— es probablemente la pieza más lograda que hemos creado. Es la puerta de entrada al Movimiento. Si te gusta el Manifiesto, te encantarán nuestros libros. Pero si no es así, bueno, no es necesario que te molestes…».
1. El plagiarismo y el humor son cosas muy serias.
Desde su fundación, el Movimiento Plagiarista ha seguido ciertos patrones prototípicos de las vanguardias europeas de principios del siglo XX. La clandestinidad, la subversión, el ensalzamiento de la literatura y la parodia, la necesidad de regeneración y el hastío generalizado.
Hasta que apareció su primera publicación, Romaña y Ruiz-Tagle llevaron a cabo varios actos plagiaristas, acciones pseudovandálicas que poco o nada repercutían en la vida literaria, pero que conmovían a sus participantes.

Según cuentan ellos mismos, publicaron entrevistas falsas con autores reputados; se hicieron pasar por un escritor de autoayuda en la Feria del Libro de Madrid y firmaron docenas de ejemplares; sustituyeron, en las placas conmemorativas que hay en algunas calles de la capital, los nombres de los escritores homenajeados por los nombres de escritores birmanos que nunca existieron; reventaron recitales de poesía entrando a gritos con el rostro tapado por un pasamontañas.
En medio de esos avatares apareció su primer libro, Doce cuentos del sur de Asia, una antología de textos de autores desconocidos en Occidente, quizá, más que nada, porque nunca llegaron a existir. Sin embargo, el libro era perfectamente posible.
La página de créditos aludía a una antigua edición en francés, que ahora se presentaba ampliada y mejorada, y en las solapas se hablaba de dos editores renombrados, Virginie Ooy y Alexi La-Bàs, quienes eran los encargados de presentar al lector los autores seleccionados.
Entre ellos estaban los birmanos Dee Jo Pai y Saw Htoo, la poeta tailandesa Renata Tarsio, el laureado escritor vietnamita Kokoro Pattani y el incivil filipino Queveco Chao. El artefacto era tan plausible que desde su aparición hubo periodistas, escritores y lectores que pensaron que ese libro, en efecto, era real (que lo era) y que estaba rescatando del olvido una literatura hasta entonces desconocida (que lo hacía).
Esa primera edición ilustrada cuya portada reproducía un viejo mapa del sur de Asia se agotó en poco tiempo.
La broma parecía a punto de agotarse, pero entonces surgió de la nada una pequeña editorial, El Hombre Bombilla, que ahora sí rescató a los plagiaristas e imprimió una nueva edición de los cuentos, esta vez advirtiendo al lector de las posibles grietas en la propuesta, pero de nuevo sin desvelar la verdadera identidad de los autores de los textos, y atribuyendo la responsabilidad de su aparición a la infatigable Virginie Ooy, verdadera heroína de la obra.
2. Una obra plagiarista es como un juego de niños. Antes de empezar el juego, un primer niño pregunta cómo se juega. Durante el juego, un segundo niño invierte las normas. El juego termina cuando un tercer niño empieza a llorar.
Romaña y Ruiz-Tagle rehusaron firmar ese primer libro, jugando con la idea de la autoría dispersa y el anonimato subversivo que está detrás de otros colectivos literarios, cuyo grupo más emblemático quizá sean los italianos Wu Ming. Sin embargo, cuando llegó la hora de publicar su segundo libro, ellos mismos invirtieron las normas y fue entonces que decidieron dar la cara.
En esta segunda obra descubrimos que Leandro Romaña era Félix Blanco, filólogo e investigador, y que César Ruiz-Tagle era Daniel Jiménez, autor de la obra Cocaína (Galaxia Gutenberg, 2016), galardonada con el II Premio Dos Passos a la primera novela. Además, para este segundo proyecto, Los escritores plagiaristas (Bandaàparte, 2017), Blanco y Jiménez cooptaron, como se hace en el OULIPO, a Daniel Remón, guionista y director, y a Minke Wang, poeta y dramaturgo.
Entre los cuatro escribieron una nueva antología de cuentos, una colección de relatos originales que juegan a reinventar, versionar, homenajear o parodiar el estilo, la estructura o los temas que suelen emplear otros escritores. Entre ellos están, cómo no, Borges y Bolaño, padre e hijo del Movimiento, pero también podemos encontrar a Enrique Vila-Matas, a Ray Loriga, a Georges Perec, a Bryce Echenique y a Cortázar, autores reconocidos por su tendencia a componer sus obras evidenciando la fuerte influencia de los textos de otros.

En este segundo libro se materializa aún más claramente su propuesta literaria, un posicionamiento a favor de la metaliteratura, la autorreferencialidad, la intertextualidad y la transgenericidad, palabras quizá poco afortunadas, que arrastran una fama dudosa o controvertida, pero indispensables porque aluden a los recursos, técnicas y artificios que despliegan los escritores plagiaristas para crear una obra original y honesta a partir de lo viejo y lo ajeno.
- El movimiento plagiarista hunde sus raíces en la obra de autores como Homero, Cervantes y Joyce, quienes son, sin ellos saberlo, autores plagiaristas; de hecho, en una carta escrita por el irlandés dirigida a su fiel amigo de la infancia, John O’Connor, podemos leer: «(…) sí, lo admito, pues, mi obra se [el siguiente párrafo es ininteligible] poder tachar sin escrúpulos de un monumental ejercicio plagiario. El plagiarismo se extiende por el tiempo y en la historia. Hubo muchos de entre los [la palabra siguiente es ininteligible] del XVI que lo practicaron. Otros, ya entonces, lo denostaban». En el siglo XXI hay escritores plagiaristas en Birmania y en Guayaquil, en Tlön y en Tordesillas. El plagiarismo no tiene fronteras ni lenguas. Es una tradición oculta y universal.
Tras la publicación de Doce cuentos del sur de Asia, el escritor Patricio Pron celebró en un artículo en el número 32 de la revista Dossier la llegada del Movimiento con el lema: «Aquí comienza la Internacional Plagiarista».
Recogía así la idea que postulan los fundadores de esta broma literaria muy seria: que antes de que existiera el término plagiarista propiamente dicho, tanto Borges como Bolaño, Joyce, Cervantes y Shakespeare, e incluso Homero, fuera uno o trino, fueron «plagiaristas por anticipación». Jiménez hace una genealogía temeraria pero posible:
«Si asumimos que Patricio Pron no habría escrito como escribe si no hubiera leído a Bolaño, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a Cortázar, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a Bioy Casares, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a Borges, que no habría escrito como escribía si no hubiera leído a todos y cada uno de los miles de autores que leyó, y que de algún modo plagió, entre ellos a Cervantes, que creó la primera novela moderna fusionando los estilos, los temas y los géneros que se practicaban en la época, llegaremos a la conclusión de que estamos salvados, de que no estamos solos en esto, y de que todos somos, lo sepamos o no, escritores plagiaristas».
Por si no bastara con la auctoritas inherente a estos escritores, los plagiaristas mencionan otros referentes contemporáneos. Juan Rodolfo Wilcock y La sinagoga de los iconoclastas, Stanislaw Lem y Vacío perfecto, Monterroso y Lo demás es silencio. Se ven reflejados en el periodista Clifford Irving, autor de una falsa biografía de Howard Hughes, y de Fraude, la biografía del falsificador Elmyr de Hory en la que se basó Orson Welles para su película documental F for Fake.
Y aluden a Tommaso Debenedetti, el periodista italiano que se hizo célebre porque inventó entrevistas con escritores contemporáneos en revistas italianas para denunciar la falta de contraste de la información en los medios, la pérdida de la relevancia de la literatura y la impostura inherente a la sociedad actual.
- La escritura plagiarista se asemeja al principio de incertidumbre enunciado por Werner Karl Heisenberg. El plagiarista lee, y si le queda tiempo escribe sobre lo que ha leído. Vuelve a leer lo leído y a escribir lo escrito y es incapaz de distinguir cuál de las sombras que le rodean le pertenece (al igual que valores como la posición y velocidad de los átomos cambiaban al ser observados a través del microscopio del físico alemán haciendo imposible medirlos con exactitud). Así, los plagiaristas conocemos la naturaleza de nuestra literatura, pero esta naturaleza varía durante el acto de la escritura, y se vuelve incognoscible.
Es tan manido el ejemplo que se vuelve contraproducente, pero no está mal recordar que se atribuye a Picasso la frase: «Los artistas copian; los genios roban». No obstante, como no está documentado que fuera Picasso quien dijera esto, estamos ante un acto plagiarista generalizado en toda regla.
Quien sí dijo algo semejante fue Aristóteles, pues en su Poética dejó escrito que «el origen de la poesía es la imitación». Blanco amplía esta idea: «Hasta el Romanticismo, el poeta quería imitar a la naturaleza. A partir de ahí nace, como si dijéramos, el concepto de autor, y el poeta se diviniza y pasa a querer imitar a Dios y crear un nuevo lenguaje, cuando lo que está haciendo es transformar y reformular lo aprendido de otros autores, puesto que nadie escribe sin haber leído antes».
Está disponible en internet un breve informe sobre el plagiarismo escrito por el profesor de la Universidad de la Sorbona Kevin Perromat Augustin con el nombre Plagiarismo: ¿Estética o movimiento contemporáneo?. En apenas cinco páginas el autor hace un repaso sumarial al estado de la cuestión, en el que no faltan las menciones a Borges, las vanguardias, Lautréamont, los situacionistas, el OULIPO, Wu Ming y la pospoesía de Fernández Mallo, de quien luego hablaremos.
Perromat pasea su genealogía por la Edad Moderna, la Edad Media y llega hasta la Antigüedad, porque el plagiarismo estaría en el origen mismo de la concepción de la escritura occidental. En medio de su discurso lanza la siguiente pregunta:
«¿Debemos considerar el plagiarismo como un rasgo inherente, es decir necesario, de la posmodernidad, o, por el contrario, deberíamos escribirlo siempre con mayúscula, como denominación de un movimiento con vida autónoma, con múltiples adherentes en las literaturas nacionales contemporáneas más allá de denominaciones colectivas, con genealogías, escuelas y subgrupos propios?».
- El plagiarismo es una brecha en mitad del territorio por el que deben transitar todos los escritores del siglo XXI. ¿Y cuál es ese territorio? El mismo de siempre, pero distinto, que es una forma de decir que no lo sabemos.

El propio Patricio Pron documentó muchos de estos casos de supercherías literarias en su obra El libro tachado (Turner, 2014). El escritor norteamericano Jonathan Lethem escribió una obra profundamente plagiarista, Contra la originalidad (Tumbona ediciones, 2008) escrita a base de fragmentos de otras obras en una especie de éxtasis de la influencia.
Algo similar hizo David Shields en el libro Hambre de realidad (Círculo de Tiza, 2015), un manifiesto a favor del arte, el plagiarismo y la transgenericidad de la literatura contemporánea, un ensayo a caballo entre la mitomanía del autor enunciada por Foucault y la desaparición del mismo postulada por Roland Barthes, en el que se encuentran fragmentos dispersos que contienen datos como este: «En el 450 a. C., Baquílides escribió: Un autor roba lo mejor de otro y llama a eso tradición».
«En el trasfondo del Movimiento Plagiarista —señala Jiménez— está el inconformismo, las ganas de sacralizar un tipo de literatura y desacralizar otra. Nosotros, como decía Borges de Kafka, queremos crear a nuestros precursores, insertarnos dentro de una genealogía enmarcada en una tradición de filias y fobias para construir finalmente nuestro propio canon literario, que seguramente no será el de nadie más».
- Un plagiarista en ninguna ocasión olvida el célebre dictum: En literatura no hay nada escrito; es decir, que todo está escrito; es decir, que todo está por escribir. Si un alpinista sabe que al llegar a cualquier cumbre del planeta encontrará centenares de pisadas de todos aquellos que la hollaron antes que él, y no por ello deja de escalar; los plagiaristas escribiremos libros a pesar de saber que todos ellos están ya en las infinitas salas hexagonales de la biblioteca de Babel.
No hay nada nuevo bajo el sol. En el libro de Shields también se apunta que, en el siglo II antes de Cristo, Terencio dijo: «Ya no hay nada que decir que no haya sido dicho». Blanco explica así la voluntad de seguir escribiendo a pesar de saber que la originalidad se ha convertido en un mito inalcanzable, o al menos de difícil verificación:
«Los escritores plagiaristas, y cualquier escritor honesto, en verdad, sabemos que todo está escrito, sí, pero el espíritu de Pierre Menard nos impulsa a escribir el Quijote de nuevo, porque está claro que si lo escribimos nosotros será forzosamente distinto».
Escritores tan originales como Kurt Vonnegut se atrevieron a afirmar que «la ignorancia absoluta es la madre de la originalidad», mientras que Julia Kristeva, una eminencia en cuestiones plagiarias, no se cansó de exponer que «todo texto es absorción y transformación de otro texto». Estas dos premisas son aceptadas por la mayoría de los escritores contemporáneos, sean o no sean plagiaristas, lo admitan o no.
Jiménez cuenta que le entregó el libro Los escritores plagiaristas a Ray Loriga cuando este estaba firmando ejemplares de su obra Rendición, puesto que él es uno de los autores homenajeados, versionados o parodiados en dicha antología. Loriga se sorprendió al tenerlo en sus manos. Ya lo conocía, le dijo, y se rio.
Jiménez le entregó su ejemplar de Rendición a Loriga para que se lo firmara. Se despidieron afectuosamente y se separaron. Cuando leyó la dedicatoria de Loriga fue Jiménez quien se sorprendió, primero, y se rio, después. Ray Loriga había escrito en la página de cortesía: «Para Daniel, de un plagiarista a otro».
- El escritor plagiarista se comporta como un farmacéutico sin titulación que no investiga ni prescribe, pero es quien otorga el acceso a la medicación conveniente. Nosotros le entregamos una receta, y él nos da la espalda y abre un cajón al azar. De ahí saca una caja. Antes de entregárnosla advierte: Lea detenidamente el Manifiesto plagiarista. Como todos los movimientos, el plagiarismo puede tener efectos secundarios, y estos son competencia exclusiva del lector. En caso de duda, dude.

El escritor español Agustín Fernández Mallo y el escritor argentino Pablo Katchadjian saben de qué efectos se habla en este punto.
La alargada sombra de María Kodama, la viuda (y heredera de los derechos de las obras) de Borges, llevó a que los libros El hacedor (de Borges), Remake, del español, y El aleph engordado, del argentino, fueran retirados del mercado, el primero «voluntariamente» por Alfaguara, pero el segundo tras un litigio que podría haber acabado de forma menos amistosa.
Ambos libros —sus títulos se explican por sí solos— son dos reescrituras de la obra de Borges, dos formas de expandir los límites del universo borgiano. Dos ejemplos audaces y ya canónicos de lo que se puede hacer con la literatura si se juega al plagiarismo, y de lo que ello puede suponer en la vida real.
En España, Mallo recibió el apoyo de escritores como Marta Sanz, Manuel Vilas y Jorge Carrión, y de editores como Constantino Bértolo, quienes firmaron una carta contra la retirada del libro, que a día de hoy sigue sin estar «legalmente» disponible.
En Argentina, César Aira dirigió la defensa intelectual de Katchadjian, quien tuvo embargados sus bienes y temió por su libertad.
En una entrevista, el escritor argentino defendió así su postura creativa cuando le preguntaron si no había pensado antes en las consecuencias que podía traerle su artefacto creativo si caía en manos de María Kodama:
«Yo no pienso en Kodama. Nadie piensa en Kodama. Yo no sentí que estuviera haciendo nada malo, ni que estuviera molestando a nadie. Nadie me lo preguntó tampoco. Si me lo hubiesen preguntado, en ese momento hubiera pensado que quizá no le gustaba, pero ¿cuánto puede hacer una lectora que se enoja? Yo no publiqué el cuento de Borges. Publiqué una novela mía. Es distinto. El plagio no es un concepto literario. Es un concepto jurídico, legal, lo que sea, pero no es un concepto literario. Yo estaba pensando en literatura».
- Los escritores plagiaristas, huelga decirlo, no sirven para nada. La literatura entera no sirve para nada. La literatura solo sirve para la literatura, y para el plagiarista eso es más que suficiente.
Una de las posibles razones por las que el plagiarismo se ha apoderado de tantos creadores es la subversión, el rechazo a los modelos establecidos, y la crítica al capitalismo que mercantiliza y uniformiza los productos culturales.
La tendencia puede haberse trocado, y lo que antes era lo raro o minoritario, como defender públicamente el carácter polimorfo de tus textos y las deudas de tu obra, poco a poco se está convirtiendo en una postura mainstream, lo que no es necesariamente mejor. Así, lo que empezó siendo una broma, como el propio Movimiento Plagiarista, puede acabar convirtiéndose en una tragedia.
Puestos a exagerar, la asimilación masiva de la doctrina plagiarista podría estrechar el obligatorio debate interno sobre qué es y qué no es literatura, sobre qué es original y qué es copia, sobre la dicotomía entre tradición y vanguardia, sobre la necesidad y los límites de la creación, y sobre el origen de la cultura y su transmisión a las generaciones futuras.
Si todos somos plagiaristas, es factible pensar que en algún momento del futuro nadie cuestionará la naturaleza de ese nuevo sistema de pensamiento único.
Porque, como señala Blanco, «el Movimiento Plagiarista es inútil, sí, pero irrevocable. Cualquier contrariedad o negación del Movimiento será incorporada a él al instante, ya que el plagiarismo a gran escala ha aprendido del capitalismo a integrar las dudas, las críticas y las discrepancias.
Cuando no nos valen los grandes relatos, cuando todo es falso o fácilmente manipulable, es cuando hay que volver a los orígenes. Pero ¿cuál es el camino para llegar hasta ese paraíso terrenal? Nosotros no tenemos ni idea. Lo único que hacemos es dar machetazos a las ramas que nos vamos encontrando para buscar una nueva senda, que será válida o no, eso no depende de nosotros, en medio de la selva de la literatura».

- El plagiarismo y el humor son cosas muy serias, es cierto. Son tan serias que, si alguien se las toma a broma, se convierten en una tragedia. Son cosas tan serias que, en lo más profundo de sus motivaciones, esconden el deseo enorme de ponerse a llorar.
En 1988, María Kodama intentó reclamar derechos de autor por la reedición de un libro de conversaciones publicado por Osvaldo Ferrari con el título Diálogos con Borges. Inició un litigio que llegó a dirimirse en la Corte Suprema de Justicia argentina. En esa ocasión, los jueces dictaminaron que «el universo de los derechos de Kodama tiene sus límites y no está en perpetua expansión».
Un universo que tiene límites pero está en perpetua expansión es una imagen claramente borgiana para explicar las enormes paradojas que conlleva hacer una lectura legal y jurídica de un proceso libre, abierto y multidireccional, incontrolado e incontrolable, como es el plagiarismo en todas sus versiones.
Uno de los últimos relatos del libro Los escritores plagiaristas es una reescritura del cuento de Julio Cortázar Instrucciones para dar cuerda a un reloj. En él, los plagiaristas han mantenido la estructura y la sintaxis del relato, pero han cambiado por otros todos los sustantivos del texto, dando lugar al relato Instrucciones para dar cuerda a Cortázar.
En YouTube puede verse un vídeo casero en el que dos personas con caretas leen ambos relatos enfrentándolos frase por frase. ¿Qué habría hecho Aurora Bernárdez, la albacea de los derechos de la obra del argentino, si hubiera leído este ejercicio plagiarista, que no plagiario? ¿Quién está ahora a cargo de esos derechos? ¿Cabe la posibilidad de que los plagiaristas sean llevados a los tribunales? ¿Hasta qué punto están admitidas por la legislación actual estas prácticas? ¿Qué puede y qué no ser considerado como un plagio?
- Todo lo demás se deduce de lo anterior.
Merecería la pena detenerse a responder esa última pregunta, pero como dice este último punto del Manifiesto plagiarista, todo lo demás, lo que sea que esté por venir, se deducirá imperiosamente de lo anteriormente expuesto. Es decir, que la pregunta lleva implícita su propia respuesta, y no nos compete a nosotros descifrarla.
Al fin y al cabo, estamos hablando de literatura, no de jurisprudencia. Para elevar el desconcierto, Jiménez recomienda leer las críticas de los lectores de varios diarios que comentaron en las respectivas webs los artículos dedicados al libro Los escritores plagiaristas para entender la dimensión del rechazo que genera la mala comprensión de este fenómeno literario y creativo, y la confusión que implican conceptos tan difusos como los que estamos hablando.
«Hasta el momento —apunta Jiménez— nosotros no tenemos constancia de haber hecho nada ilegal, Dios nos libre, o inmoral, aunque en cierto sentido lo sea. Pero está claro que esos lectores opinaban todo lo contrario»
En la carta abierta que firmaron los escritores, críticos, profesores y editores defendiendo a Fernández Mallo se podía leer lo siguiente:
«¿Cuántas obras artísticas y webs hoy en día se valen de textos, vídeos, imágenes o sonidos de procedencias diversas? El hacedor (de Borges), Remake, más que como singularidad, podría tomarse como ejemplo de un procedimiento que se aplica de forma masiva en la actividad creativa de nuestros días, a través de formas que no son más que la versión actualizada de un principio rector de la cultura y el conocimiento: lo nuevo siempre se construye a través de lo viejo, y de lo ajeno. Seguir ese principio, que se halla muy por encima de legislaciones e intereses particulares, no solo es legítimo; es fundamental».
Ahí está la clave de todo este asunto. Que todos somos plagiaristas de nacimiento es algo innegociable y evidente, puesto que nacemos con un ADN que nos condiciona y aprendemos a movernos en el mundo a partir de la imitación de gestos, palabras, conductas y pensamientos.
El plagiarismo va a llegar, diría Fernando Arrabal si ahora le llevaran a un plató de televisión y le pusieran el mismo jersey y la misma copa al lado de la mesa que se va a vencer si no la sujeta Campillo.
«Pero el plagiarismo ya está aquí, siempre ha estado aquí, en realidad, mirándonos dormir, como el dinosaurio de Monterroso. Por eso —dice finalmente Blanco— todos los escritores son plagiaristas, porque llevan décadas, siglos, construyendo a partir de lo viejo y de lo ajeno sin haberle puesto nombre a su proceso creativo. Y ahora, por fin, lo tiene. Ya era hora».
nuestras charlas nocturnas.
Menos hijos, a edades más tardías y más familias monoparentales…

En las últimas décadas se observa un cambio demográfico en países de medianos y altos ingresos, especialmente manifestados a través de las tasa de natalidad y tasa de fecundidad a nivel global. En las últimas décadas, se ha observado un aumento sostenido en la edad promedio a la que las mujeres deciden tener hijos, junto con una disminución en la cantidad de hijos por mujer.
Este fenómeno, que se replica a nivel global, responde a una compleja interacción de factores sociales, económicos y culturales.
A nivel mundial, la tasa de fecundidad ha experimentado un descenso constante en las últimas décadas. Según datos del Banco Mundial, en 1990 la tasa promedio de fecundidad global era de 3,3 hijos por mujer, mientras que en 2022 se ubicó en 2,3. En Argentina, la tendencia no es diferente. Entre 2010 y 2022, la tasa de fecundidad total pasó de 2,35 a 1,88 hijos por mujer.
En simultáneo, la edad promedio de embarazo ha aumentado de manera sostenida. A nivel del total del país, según el Informe de Natalidad y la Fecundidad en Argentina entre 1980 y 2019 publicado en 2021 por la Dirección Nacional de Población, en los años 1980, 1991 y 2001, los más altos niveles de fecundidad se concentran en el grupo de 25-29 años.
Mientras que en 2019, las cifras se extendieron a la población entre 30-34 años.
“Entre los factores que han llevado a este cambio en las decisiones reproductivas, se encuentran principalmente el acceso a la educación y la inserción de las mujeres en el mercado laboral. La búsqueda de desarrollo profesional y autonomía financiera es crucial, ya que muchas mujeres prefieren establecerse profesionalmente antes de formar una familia.
Además, el acceso a métodos anticonceptivos, el aumento de hogares monoparentales de mujeres que deciden encarar solas la maternidad y la diversidad de modelos familiares, han modificado la percepción social sobre la maternidad y permitido a las mujeres decidir con mayor libertad el momento adecuado para tener hijos.” señaló Romina Pesce, médico especializada en ginecología y obstetricia, MN 105243.
Este cambio en la dinámica maternal tiene tanto consecuencias positivas como negativas. Por un lado, se destaca la mayor autonomía y libertad de las mujeres para tomar decisiones sobre su vida reproductiva. Sin embargo, también existen desafíos que deben abordarse.
La maternidad tardía puede aumentar el riesgo de infertilidad y complicaciones durante el embarazo y el parto, tanto para la madre como para el bebé.
“Cabe recalcar que los problemas de infertilidad en mujeres de edad avanzada, no siempre pueden solucionarse con tratamientos de fertilización asistida (TRA). Esto es una falsa percepción donde se asume que la dificultad reproductiva puede resolverse en todos los casos con tratamientos.
Los programas de concientización deberían orientarse a educar y hacer visible las limitaciones en el éxito reproductivo tanto en la búsqueda espontánea como con aquellas asociadas con tratamientos , conforme al avance de la edad materna.” agregó la especialista.
La decisión de ser madre es una de las más importantes en la vida de una mujer. Es fundamental que esta decisión se tome de manera libre, responsable e informada, considerando todos los aspectos involucrados, tanto personales como sociales. Ser madre implica una gran responsabilidad y un compromiso de por vida, por lo que es esencial estar preparada para afrontar este desafío.
nuestras charlas nocturnas.
Los libros y las armas…

JotDown(A.Piñar) — Se calcula que el mundo hay un arsenal de 650 000 000 de armas. La cifra es escalofriante, pero en países como Estados Unidos es especialmente llamativo: se calcula que hay más armas que personas.
En agosto de 2010, Google recurrió a algunos de sus misteriosos algoritmos para determinar el número exacto de libros que había en el mundo y dio esta cifra: 129 864 880.
A pesar de que han pasado unos cuantos años desde entonces, y de que se habrán publicado varios miles de nuevas historias y varios miles de armas más habrán sido puestas en circulación, podemos afirmar con toda seguridad que en el mundo hay más armas que libros.
Un libro y un arma no se parecen en nada, a pesar de que los libros tienen hojas como las espadas, a pesar de que puedan disprar verdades y, a veces den en el blanco.
Creo que coincidiréis conmigo al considerar que, a priori, cualquier persona desestimaría considerar que son cosas parecidas, incluso que son cosas que pueden llegar a convivir, pero la realidad se empeña en contradecirnos: en ocasiones, armas y libros han estado juntos en la misma escena.
El 8 de diciembre de 1980, en Nueva York, Mark David Chapman se acercó a John Lennon para pedirle un autógrafo. Después disparó cinco veces contra la espalda del cantante causándole la muerte. Acto seguido, se alejó un poco de la escena y abrió el ejemplar de El guardián entre el centeno de J.D. Salinger que llevaba bajo el brazo para leerlo mientras llegaba la policía.
Cuando le preguntaron porqué había asesinado a Lennon, Chapman afirmó que sus razones estaban descritas íntegramente en ese libro que le habían sido confiscado junto a su arma.
Dentro pudieron encontrar una nota que decía «Esta es mi declaración» y que había firmado como Holden Cauldfield, el protagonista de la historia. Muchos de nosotros, que compramos y leímos esa historia, creíamos inocentemente que guardábamos solo un libro en nuestra librería, pero nada más lejos: en realidad, guardábamos un relato de gran calibre.
Los libros no son armas, a pesar de que muchos de nosotros los utilicemos para matar el aburrimiento. Y qué útil le hubiera resultado a Meursault vivir un poco esas horas de soledad consciente y gratificante que proporcionan. El protagonista de El extranjero de Albert Camus asesina a balazos a un hombre durante un paseo estival por la playa.
El tedio, el aburrimiento, la ignorancia, le llevan a matar, a asestarle cuatro disparos a un árabe que «fueron como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia».
Se trata de una muerte ficticia, pero nos habla de tantas otras muertes que han sucedido en la realidad, y de lo absurdo que es que un ser humano muera a manos de otro. Se trata de un libro que, como tantos otros, atenta contra la realidad y sus cimientos, y aunque solo sea dentro de esa insobornable región que es la imaginación, no deja de señalarnos las mentiras que a nuestro alrededor nos siguen contando cada día.
Ese libro es un arma de doble filo capaz de asestar una herida mortal sobre nuestra conciencia.

Los libros no son armas, no.
Están muy lejos de serlo.
Pero nos han contado historias donde sí lo son.
Como esa en la que Guillermo de Baskerville descubre que uno de los libros de la abadía está envenenado, y que al leerse mata a todo aquel que se lleva el dedo a la boca para pasar sus páginas.
No extraña que en El nombre de la rosa a Umberto Eco se le ocurriera mezclar libros y tóxicos, porque pocas cosas intoxican más que la literatura para un escritor: una vez que se te mete dentro, nadie puede hacerla salir.
Y tampoco se le debió escapar el hecho de que un remedio es un veneno que se administra en dosis adecuadas.
Es posible que para él un libro bien leído sea la receta para muchas enfermedades distintas.
Y a pesar de que las listas de ventas son testarudas, no olvidemos que en el mundo hay más de ciento veintinueve millones de libros, lo que significa que no es posible que llevemos todos dentro el mismo veneno.
Si los libros fueran armas podríamos entender por qué los totalitarismos se sienten vulnerables ante los escritores y les condenan al castigo del exilio o terminan con ellos fusilando sus ideas. Puede que para los dictadores, los libros sean armas de papel cargadas con las certeras balas de la libertad, un arsenal dañino para aquellos que ametrallan con la imposición.
Si los libros fueran armas (que no lo son) podríamos comprender cómo algunos títulos cargados de odio han ayudado al deliberado ostigamiento de algunas razas, religiones o géneros, han disparado rencor y han utilizado las palabras como un ejército frente a hombres desarmados.
Las armas y los libros no son lo mismo, aunque en ocasiones hayan hecho el mismo daño. Pero la puntería de un libro se mide por el impacto de sus ideas, no por una herida que sangra. Porque el dolor que causa sana con el curativo parche de la cultura. Porque el precio que pagamos por él no es el de una vida cercenada.
Si los libros fueran armas, los desfiles militares tendrían más sentido, porque exhibirían la fuerza de miles de historias sin bandera, ya que las palabras no tienen dueño, solo intérpretes, no tienen fronteras, solo idiomas. Si lo fueran, qué rematadamente diferente sería responder al grito de ¡PRESENTEN ARMAS!
Cada vez que los libros y la muerte están juntos en un macabro escenario, no paramos de preguntarnos qué otra cosa hubiera podido suceder si en lugar de armas de fuego solo tuviéramos armas de papel. Si solo pudiéramos defendernos con las palabras.
Porque aunque los libros y las armas hayan tenido que convivir, sabemos la diferencia entre una cosa y otra: sabemos de qué lado queremos estar, qué estadística queremos romper, qué página de la historias queremos pasar.

Los libros que antaño eran considerados peligrosos solían quemarse, porque el fuego es un arma contra el papel.
Afortunadamente, no se puede acabar con algunos de ellos de un solo golpe.
Ahora ya no se queman libros, a pesar de que Bradbury viera nuestro futuro ardiendo a 451 grados fahrenheit.
Los libros ya no se consideran peligrosos.
No dan miedo.
Se exhiben en librerías y en escaparates como si nada.
Hay tantos que apenas se puede discernir cuáles son de armas tomar.
Tal vez por eso no les hagamos mucho caso, porque un montón de páginas cosidas no puede hacer nada por nosotros, contra nosotros.
Tal vez por eso los envenenamos con nuestra indiferencia.
Los libros no son armas, tal vez no lo fueron nunca, a pesar de que podrían estar cargados de futuro, como la poesía. No son un valor en alza, no crecen en número a la misma velocidad que las armas, porque parece para defendernos las palabras no nos bastan.
Si los libros fueran armas, las bibliotecas contendrían arsenales esperando a ser desenfundados, exhibidos en las estenterías con la misma inocencia que una pistola en la funda o una espada en la vaina. En todos los casos, hace falta una persona con una cierta puntería para darle un buen uso, porque leer sin cuestionarse nada es como no dar en el blanco.
Si fuera así, en las bibliotecas nos armaríamos para la vida, repondríamos nuestra primera línea de defensa con armas blancas, porque escribir es poner blanco sobre negro, como decía Mallarmé.
Los libros no son armas, porque si lo fueran en el mundo habría países con más libros que personas, porque habría ministerios de defensa que se gastarían millones en armar de historias a unos hombres que ya no se dedicarían a matarse, sino a escucharse unos a otros.
Tal vez, si los libros fueran armas los ejércitos estarían compuestos por personas que agachan la cabeza para mirar lo que otro tiene que decir. Si los libros fueran armas, y es una lástima que no lo sean, tal vez nos sentiríamos a salvo más a menudo, porque el ambiente olería más a tinta que a pólvora.
Si lo fueran, tal vez una vida no tendría el precio de una bala, el tiempo de un disparo, sino un montón de páginas por delante.
Pero la realidad es otra. En el mundo hay más armas que libros y eso es algo que nos define, que sirve para decirnos qué decisiones tomamos cuando nos sentimos vulnerables, solos o cuando queremos protegernos.
Qué preferimos tener en las manos cuando todo lo demás nos ha fallado. Los libros y las armas no son lo mismo, pero no dejo de preguntarme qué pasaría si se parecieran un poco.
nuestras charlas nocturnas.
Disney, entre millennials y la generación Z…

Meer(P.R.Fernández) — Estaba inmersa en elegir qué película de Disney ver una tarde cuando, de pronto, me asaltó una inquietud.
Hoy en día, el gigante cinematográfico del ratoncito cuenta con numerosas películas que simulan o directamente emplean personajes de sus películas animadas originales. Algunos ejemplos son las sagas Los descendientes y Una Cenicienta moderna (A Cinderella Story).
Todas las adaptaciones al mundo real son algo libres: una Cenicienta que va al instituto y lleva zapatillas, un Peter Pan adulto que ha olvidado quién era, una Bestia que en vez de tener extra de pelo se queda calvo y le sale maquillaje venoso en 3D… Las versiones son infinitas y, como decía, libres en su interpretación del personaje.
La inquietud fue, entonces, la siguiente: ¿qué pasaría si los personajes de las originales vivieran en el siglo XXI, tal como se presentan en sus versiones animadas?
He ahí el tema a tratar en mis próximos dos artículos (¡toma ya, dos partes!).
Voy a explorar algunos de los clásicos de Disney imaginando el papel que tendrían en la sociedad de hoy, qué pensarían de ellos, qué actual estereotipo social cumplirían… Con las redes sociales, Internet, argot actual, etc. de fondo.
Si el experimento ha captado tu atención, comencemos entonces sin más dilación.
Silbando al arrancar…
(Disney clásico, ¡vamos allá!)

– Blancanieves y los siete enanitos (1937)
Blancanieves tendría la tez como la nieve… si esta tuviera urticaria. En la película, Blancanieves tiene catorce años; es decir, está en plena pubertad. Y por muy espectacular que pudiera tener la piel, sería imposible que la tuviera prístina, pues ningún adolescente (o, al menos, ninguno que yo conozca) logra mantener su piel intacta durante la revolución hormonal.
Lo siento, pero en esto no admito disparidad de opiniones: si eres un puberto, tienes acné o intentos de ello. Y ya. ¡No se salvaría ni Blanca!
Por supuesto, nuestra ingenua y cursi adolescente tendría redes sociales llenas de ingenuidad y cursilería. Sin embargo, también usaría sus plataformas para denunciar públicamente su situación. Haría vídeos con un hashtag tipo #RompiendoElSilencio; un título escogido con razón, si tu madrastra te quiere arrancar el corazón (y no de forma metafórica como si fuera una canción de Alejandro Sanz o Marc Anthony).
Creo que en todos sus vídeos la pobre Blanca se mostraría bastante perdida, sin entender muy bien qué ocurre en general.
Seguramente, iniciaría esa campaña contra su madrastra por consejo de sus amigos los ciervos; no porque saliera de ella. Sabemos que Blanca no es necesariamente perspicaz….
La mayoría de sus seguidores naturalmente le brindaría todo el apoyo y medios para luchar contra su injusta y cruenta situación (porque, sí, en las redes sociales también se forman comunidades positivas y de apoyo).
Sin embargo, otros se darían a las teorías conspiranoicas sobre la salud mental de la pobre Blanca, su pertenencia a algún grupo religioso extraño, los mensajes escondidos entre sus mensajes bastante claros y simples… Daría para mil versiones nuevas del cuento.
La Reina Malvada tendría también redes sociales, aunque las emplearía con otros fines. Sus plataformas se caracterizarían por una plétora de fotos de ella divina y estupenda, con alguna publicación ocasional quejándose de lo incomprendida que se siente y lo difícil que es vivir en una sociedad con tamaños estándares de belleza.
Sería embajadora de millonarias marcas de cosméticos y ropa y subiría fotos supuestamente sin maquillar, para que sus seguidores vieran lo bella que es sin necesidad de retoques.
Sus seguidores, por supuesto, escribirían comentarios típicos de hoy en día como: «mi Imperio Romano», «menuda reina», o «slayyyy, queen!». Este último sería un comentario bastante desafortunado pero certero, teniendo en cuenta que slay significa «matar» y que, en fin, es la reina.
Eso sí: todo serían halagos porque ella los seleccionaría o porque la mayoría estarían escritos por el aterrorizado cazador al que contrató para poder convertirse en, literalmente, una «slay queen».
Los siete enanitos se encontrarían en una suerte de impasse social. Por un lado, recibirían apoyo y elogios por visibilizar un tipo de discapacidad que durante siglos ha sido considerada como divertimento (algo que Velázquez ilustró en su saga pictórica de bufones).
Sin embargo, creo que otra parte de la sociedad se centraría más en sus comportamientos machistas y explotadores. O a lo mejor se consideraría lo positivo y lo negativo; una de cal, y otra de arena.
Aunque no sé si la sociedad aceptaría a siete hombres hechos y derechos que se aprovechan de la ingenuidad de una adolescente para convertirla en su ama de casa sin pagarle un centavo, haciéndole trabajar a destajo mientras le recuerdan constantemente lo bella que es de esa forma tan perturbadora.
Yo creo que no. Por no hablar de su clara falta de higiene… Creo que tendrían que dedicar menos tiempo a trabajar en la mina y más a asearse y limpiar su casa. Así, nuestra pobre Blanca tendría una preocupación menos.
No podemos olvidarnos del Príncipe Florian (sí, así se llama). Este hombre sí que no se libraría de ser cancelado por la sociedad… Y con razón. Este señor tiene, por lo menos, dieciocho años en la película (por lo que sabemos). ¿Qué hace un mayor de edad cortejando y, sobre todo, besando a una adolescente inconsciente?
Creo que coincidirás conmigo en que se le consideraría un acosador. Observa, escucha y sigue a la pobre Blanca cuando canta, cuando friega, cuando respira, cuando no respira… Seguro que esto terminaría en orden de alejamiento por parte de Blanca, alentada por sus amigos los pájaros. Y encima tendría que hacer más vídeos en redes sociales para denunciar el acoso del que es víctima. Todo esto, con solo catorce años. Pobre Blanca, de verdad.
– Cenicienta (1950)
Cenicienta, aparte de ser víctima de una clara explotación laboral (si es que se le puede llamar así, considerando que tampoco a ella le pagan ni un centavo), tendría que aguantar, encima, comentarios sobre lo aburrida y aguafiestas que es por querer marcharse a las doce en lugar de seguir con la fiesta.
La gente pensaría que es una adicta al trabajo y que, como poco, tiene insomnio severo, porque no es normal que hable con ratoncitos y pajaritos en la soledad de su alcoba por las mañanas.
¿Y el príncipe? Pues creo que no podríamos decir gran cosa sobre él; ni en el mundo ficticio ni en el real actual. Porque, a ver, ¿qué rasgo de personalidad podrías destacarle a alguien cuyo nombre en su propia película es Príncipe Encantador? Tendrían más personalidad los ratones que él, y eso que en el mundo real los ratones no hablan.
Si algo se pudiera resaltar de su «personalidad» sería su insistencia en la búsqueda de la dueña del zapatito. Seguro que dedicaría fondos de las propias arcas del reino para pegar carteles de este, como si el calzado en cuestión fuese la persona desaparecida.
En lugar del Príncipe Encantador terminaría por ser apodado el «Príncipe Estupor», con esa confusión tan incomprensible que tiene sobre la identidad de la dama con la que estuvo toda la noche. Y, claro, en vez de usar cualquier medio sencillo para lograr encontrar personas (por ejemplo, hacer un grupo de Facebook para ver quién fue a su fiesta), seguro que este hombre se iría por la vía más difícil y rudimentaria, costándole el triple encontrar a Cenicienta.
Es cierto que sería altamente improbable que Ceni tuviese redes sociales, Internet o siquiera teléfono dada su situación. Pero bueno; el caso es que a este hombre se le vería más pesadito y atolondrado que encantador.
Las hermanastras y madrastra serían la viva representación del odio en redes sociales por pura envidia. Se crearían cuentas falsas para poder insultar y criticar tantas veces como quisieran a la persona que fuera objeto de su envidia. Seguro que las «niñas» compartirían fotos autoproclamándose las más bellas del reino porque así lo dice su madre.
Y los comentarios que recibirían… pues nos los podemos imaginar. No creo que cayeran muy bien. ¡Ah! ¿Y Lucifer? Pues sería un gato. Y ya. Los gatos maliciosos también existen aquí, qué le vamos a hacer.

– Peter Pan (1953)
Peter Pan sería el epítome de la falta de compromiso y de carencias en madurez, responsabilidades, etc. ¡Por algo existe un síndrome que lleva su nombre! A ojos de la sociedad sería un secuestrador, puesto que se dedicaría a tiempo completo a llevarse a menores a un país que nadie sabe ni dónde está… Muy perturbador.
Y si a eso le añadiéramos el hecho de que le parezca tan gracioso que un cocodrilo se comiera la mano de su contrincante… la sociedad lo incluiría en la lista de villanos seguro. Le harían exámenes psicológicos para determinar si padece de alguna afección mental grave, además de exámenes del cerebro que dio origen a un síndrome psicológico.
Seguro que se haría, como poco, una serie sobre este señor. Esta podría tomar dos caminos: o sería una serie ficticia como You ambientada entre Londres y Nunca Jamás (siendo Wendy el objeto principal de su obsesión), o un documental tipo «Las cintas ocultas de Peter Pan: ¿Fantasía infantil o atroz realidad?».
Wendy produciría un libro o documental titulado «Cómo sobreviví a mi síndrome de Estocolmo por Peter Pan». Seguramente revelaría cosas impactantes como, por ejemplo, de qué estaba realmente compuesto ese polvo de hadas que le hizo volar.
La comunidad positiva que habita Internet tendría la bondad de crear una campaña de recaudación para comprarle una mano ortopédica a Garfio. Y, al final, terminaría por ser como Maléfica: un villano comprendido por la comunidad de incomprendidos.
Ahora que somos más conscientes de las enfermedades mentales, a nadie se le pasaría por alto el claro estrés postraumático que presenta este pobre hombre por culpa del señor Pan. Así, seguro que se convertiría en un símbolo de supervivencia al acoso y el maltrato, así como al estrés postraumático por un accidente tan violento como cruento.
En serio: ¿alguna vez se habrá disfrazado alguien de Peter Pan para Halloween?
Con Campanilla (Tinker Bell) se abriría todo un debate sobre la importancia de la sororidad, la competitividad sana, el diálogo honesto… Y, como muchos otros personajes, probablemente se vería en la obligación social (no moral, porque siempre estaría enfadadísima creyendo tener razón), de hacer un curso de gestión de la frustración y la ira.
Más que nada, por haber querido deshacerse de la existencia de Wendy. Demasiadas cosas que desempacar de esta cinta…
– La Bella Durmiente (1959)
Aurora necesitaría intervención médica ipso facto; o bien por un caso de narcolepsia severo o por un coma prolongado.
O incluso tendrían que conectarla a un soporte vital, dada la profundidad de su inconsciencia.
Por otro lado, dado su bajo sentido del peligro, estoy segura de que no sería preciso hechizarla para que se pinchara con la rueca. Mándale algo por el móvil y se clava la rueca entera por no levantar la vista del teléfono.
Felipe, teniendo en cuenta cómo en la película le recuerda a su padre que están «en pleno siglo catorce» donde príncipes puede casarse con campesinas, probablemente sería progresista, feminista, naturalista y todo-ista.
Pero, ¿te has dado cuenta de que no dice palabra alguna en un tramo extremadamente largo de la película, desde que lucha contra Maléfica? Igual Felipe también necesitaría atención médica, pero de otro tipo. No creo que sea fácil asimilar que lucharas contra un dragón. El shock debe de ser alto.
Pero, ¿y qué hay de Aurora? Piénsalo. ¿Te resultaría romántico despertar de un estado comatoso para descubrir que tu campo de visión está enteramente ocupado por el hombre que tanto te estuvo insistiendo en veros de nuevo en la parte más escondida del bosque? A mí me parecería terrorífico.
Aurora y Blanca podrían hacer terapia juntas, dado que ambas tuvieron que sufrir la misma situación. Lo bueno es que podrían contar con las hadas madrinas de Aurora como guardaespaldas.
Blindaron su existencia durante dieciséis años; seguro que estarían encantadas de garantizar de nuevo su seguridad y la de su amiga. Si fuera Aurora, desde luego me sentiría bien segura con ellas, sobre todo teniendo en cuenta el carácter explosivo y temerario de algunas (no miro a nadie, Primavera).
En cuanto a Maléfica, creo que la gente simpatizaría con ella. Al fin y al cabo, es víctima de discriminación social (igual que Elphaba en Wicked; ¿será coincidencia que ambas tengan la tez verde?).
Se crearían campañas de apoyo con el hashtag #JusticiaParaMaléfica. Y así, surgiría una comunidad en la que personas de todo el mundo compartirían sus experiencias como víctimas de discriminación social, racial o de género, pudiendo así desahogarse y ayudar a otros con su historia.
De un supuestamente justo castigo para una villana, saldría un potente movimiento contra la discriminación. ¡Maléfica terminaría por convertirse en un icono! (Aun así, creo que también tendría que hacer un curso de control de la ira para que la brujería no volviera a írsele de las manos).
Así, llegamos al final de la lista de hoy. Espero que hayamos coincidido en la visión que le he dado a estos personajes tan queridos o que, al menos, te hayas entretenido. En realidad, este artículo es una licencia que me he tomado para hacer algunos vuelos de imaginación y fantasía y dejar volar mi mente más allá del estrés y las preocupaciones.
Sin embargo, también es una invitación para que tú, que estás leyendo esto, te permitas realizar esos vuelos. Te invito a que trates siempre de dedicar al menos un instante de tu tiempo a viajar allá donde solo estáis tú y tu imaginación; donde las preocupaciones no existen, solo la magia y la fantasía.
Y es que, al final, ¡no hay nada como dejar a la mente volar (preferiblemente sin turbio polvo de hadas)!
nuestras charlas nocturnas.
La Gestión Emocional en las diferentes etapas vitales…

Psicología y Mente — La gestión emocional es una habilidad fundamental para el bienestar psicológico a lo largo de la vida. Desde la infancia hasta la vejez, las emociones juegan un papel clave en la forma en que enfrentamos los desafíos y nos relacionamos con los demás. Sin embargo, la manera en que regulamos nuestras emociones no es la misma en todas las etapas vitales, ya que está influenciada por el desarrollo cognitivo, la experiencia y el contexto social.
En la infancia, el aprendizaje emocional depende del entorno y de la guía de los cuidadores. En la adolescencia, los cambios hormonales y la búsqueda de identidad generan altibajos emocionales. La adultez trae consigo mayores responsabilidades y estrés, mientras que en la vejez se prioriza la estabilidad emocional. Comprender cómo gestionar las emociones en cada fase es clave para un desarrollo saludable.
– La infancia: el aprendizaje emocional
La infancia es la etapa en la que se sientan las bases de la gestión emocional. Durante los primeros años de vida, los niños y niñas experimentan emociones intensas, pero aún no poseen la capacidad para regularlas de una forma autónoma y efectiva. Es en este periodo cuando el papel de los cuidadores resulta esencial, ya que a través del apego seguro y la validación emocional, los niños aprenden a identificar y expresar sus sentimientos de forma adecuada.
Uno de los aspectos clave en la gestión emocional infantil es el aprendizaje de la autorregulación. Estrategias como el modelado de comportamientos por parte de los adultos, el uso de palabras para describir emociones y la enseñanza de técnicas de calma (como la respiración profunda o el juego) son esenciales. Además, la socialización temprana con otros niños contribuye a mejorar la empatía y la resolución de conflictos.
Si un niño o niña no recibe apoyo adecuado en esta etapa, puede desarrollar dificultades en la regulación emocional en el futuro. Por ello, fomentar un entorno afectivo y comprensivo permite que crezca con herramientas sólidas para gestionar sus emociones de manera saludable.

– La adolescencia: la montaña rusa emocional
La adolescencia es una etapa marcada por intensos cambios emocionales. El cerebro aún está en desarrollo, especialmente en áreas relacionadas con la autorregulación, lo que hace que las emociones sean más intensas e impredecibles. Además, los cambios hormonales propios de la pubertad pueden aumentar la impulsividad y la reactividad emocional, generando dificultades en la gestión de sentimientos como la frustración, la ansiedad o la tristeza.
En esta fase, los adolescentes comienzan a construir su identidad y a buscar mayor independencia, lo que puede generar conflictos con su entorno. También experimentan una gran influencia del grupo de iguales, lo que puede reforzar tanto hábitos emocionales saludables como patrones de comportamiento impulsivos o desadaptativos.
Para mejorar la gestión emocional en la adolescencia, es clave fomentar el desarrollo de la inteligencia emocional a través del autoconocimiento, la expresión saludable de sentimientos y el uso de estrategias de afrontamiento positivas, como la práctica de mindfulness o el deporte. Además, el apoyo de la familia y el acceso a espacios seguros de comunicación ayudan a los adolescentes a comprender y regular sus emociones de manera más efectiva.
– La adultez: equilibrio y desafíos
La adultez se caracteriza por una mayor estabilidad emocional en comparación con la adolescencia pero también con el afrontamiento de múltiples responsabilidades. El trabajo, la vida en pareja, la crianza de hijos o la toma de decisiones financieras pueden generar altos niveles de estrés, ansiedad y frustración. En este periodo, la gestión emocional juega un papel clave para mantener el bienestar mental y evitar el agotamiento.
Uno de los principales desafíos en esta etapa es equilibrar las emociones en contextos exigentes. La inteligencia emocional, que implica reconocer, comprender y regular las propias emociones, se vuelve esencial para afrontar conflictos, tomar decisiones acertadas y mantener relaciones saludables. Estrategias como la gestión del tiempo, la práctica del autocuidado y la búsqueda de apoyo social ayudan a reducir el impacto del estrés.
Además, la adultez permite consolidar habilidades de afrontamiento, como la resiliencia y la aceptación. Aprender a manejar la frustración, a diferenciar entre lo que se puede controlar y lo que no, a mantener una mentalidad flexible son clave para una vida emocionalmente equilibrada y satisfactoria.

– La vejez: adaptación y bienestar emocional
La vejez es una etapa en la que la gestión emocional adquiere un matiz distinto. Aunque pueden presentarse desafíos como la jubilación, la pérdida de seres queridos o los cambios en la salud física, muchas personas mayores desarrollan una mayor estabilidad emocional y capacidad de afrontamiento. Esto se debe a la experiencia acumulada y a una mejor regulación de las emociones negativas.
Uno de los factores clave en el bienestar emocional durante esta etapa es el sentido del propósito. Mantenerse activo, ya sea a través de hobbies, voluntariado o actividades sociales, contribuye a un estado emocional positivo. Además, el apoyo de la familia, los amigos y las redes comunitarias ayuda a reducir la sensación de soledad y fortalecer la resiliencia.
A nivel psicológico, las personas mayores tienden a centrarse más en lo positivo y a priorizar las relaciones que les aportan bienestar. Sin embargo, la gestión emocional sigue siendo fundamental para afrontar los cambios de esta etapa. Desarrollar estrategias como la aceptación, la gratitud y la flexibilidad mental permite vivir la vejez con mayor satisfacción y equilibrio emocional.
nuestras charlas nocturnas.
¿Es el derecho a voto a los 16 años el fin de la infancia?…

The Conversation(D.S.Neira/I.J.L.Fuentes) — En los últimos tiempos se ha puesto sobre la mesa el debate sobre una rebaja de la edad de voto de los 18 a los 16 años.
Esto ya se ha introducido en algunos países, como norma general o limitada a determinadas convocatorias electorales.
La rebaja de la edad para votar tiene precedentes, pues la frontera no siempre estuvo en los 18 años, sino mayoritariamente en los 21.
Checoslovaquia fue el primer país europeo en introducir el voto a los 18 años en 1946, en tanto que España no abrió esa posibilidad hasta la Constitución de 1978, hace casi 50 años.
Curiosamente, el referéndum para la aprobación de la Constitución española que instauraba el voto a los 18 años solo pudo ser votado por mayores de 21, lo que dejó al margen de las urnas a dos millones de electores.
El primer antecedente histórico del voto a los 16 años tuvo lugar en la República Sudafricana en 1890. Una ley, refrendada por el Volksraad (parlamento) en junio de ese año y recogida en la página 495 del siguiente documento histórico, establecía que “para ser votante debe alcanzarse la edad de 16 años”.
En Escocia se autorizó el voto a partir de esta edad en el referéndum de independencia celebrado en 2014, y en todas las elecciones venideras.
En Alemania, es posible votar con 16 años en algunas elecciones regionales y municipales. Una medida que se extendió en los comicios europeos de 2024, al igual que sucedió en Grecia, Bélgica, Austria o Malta.
– Fidelización democrática
La decisión de facilitar este derecho a los menores se justifica a partir de un argumento según el cual un adelanto en la edad para votar incide positivamente en la cultura democrática, ya que acerca a los más jóvenes a los asuntos políticos y consolida su participación en las elecciones a largo plazo.
Son sobre todo los partidos liberales y de izquierda los promotores de este tipo de iniciativas, aunque sus efectos en los resultados electorales no siguen una pauta universal.
Hay quien cuestiona la madurez de los jóvenes, niños y niñas para tomar decisiones de calado político. Un argumento que también se utilizó para negar el voto a las mujeres.
– Sujetos de derecho
Más allá de si esta iniciativa llegará a nuestros sistemas electorales o cuándo lo hará, se plantea una cuestión de fondo sobre los derechos de la infancia y lo que entendemos por “menor de edad”.
Todas las personas menores de edad son “niños”. No en su desarrollo físico, experiencias o potencialidades, pero sí en su consideración como sujeto de derechos.
En la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, se entiende por niño “todo ser humano menor de dieciocho años de edad, salvo que, en virtud de la ley que le sea aplicable, haya alcanzado antes la mayoría de edad”.
A lo largo de la historia nunca hubo la misma consideración de la infancia. Tampoco la mayoría de edad se consideró siempre igual, no solo para ejercer el derecho al voto, sino también en todos los aspectos de la vida, por ejemplo, para disponer del patrimonio, la edad de matrimonio o la responsabilidad penal. La mayoría de edad general para todos los aspectos de la vida es una herencia del Código Napoleónico de 1804, que la rebajó a los 21 años.
Podríamos afirmar que los menores existen como un grupo con rasgos esenciales inamovibles, un colectivo definido por características comunes de índole biológico, que establecen su madurez física y cognitiva con límites claros y precisos. Bajo esta argumentación se acaba el debate. Pero si asumimos que se trata de una convención destinada a su protección, se le da la vuelta a la tortilla.

– Madurez social
Esto nos lleva a la paradoja de determinar cómo es factible defender sus derechos a la vez que le son limitados, más atendiendo al hecho de que esas fronteras de edad se están desplazando. ¿Cómo se establece la madurez social? ¿Cuál es el límite de edad mínimo admisible? ¿Es legítimo aplicarlo en unos casos y no en otros?
Se abre un camino con consecuencias más allá de los resultados electorales. La definición de la infancia como sujeto de derecho es una cuestión de estabilidad y defensa de un orden social sustentado bajo la idea de un ciudadano libre, responsable y autónomo.
El papel de la familia, la escuela y las políticas de la infancia son un conglomerado de herramientas destinadas a configurar ese futuro ciudadano. La antigua autoridad familiar (tradicionalmente paterna) era la responsable sobre los hijos e hijas. Ahora los derechos son de los individuos, así como su responsabilidad.
Existe una legislación específica para menores de edad, y mecanismos para su protección. Esto se sostiene bajo el principio de su falta de capacidad o autonomía. Se busca el interés superior del menor. Rebajar la edad de voto supondría abrir una vía de agua en la idea del menor de edad. Si es apto para votar, se podría considerar adulto en otros ámbitos (responsabilidad penal, matrimonio, reclutamiento militar, consumo de drogas, etc.).
Las personas menores de edad están sometidas a una paradoja. Adquieren la condición de ciudadanía con su registro civil, pero no gozan de los derechos de una ciudadanía completa en sus tres ámbitos definitorios: lo civil, lo político y lo social. Nos encontramos ante titulares de derechos reconocidos pero limitados.
Las personas adultas velan por el cumplimiento y respeto de sus necesidades. Para Unicef, las niñas y niños son un capital futuro. Una inversión en capital humano que se justifica bajo argumentos éticos (el de los derechos), de oportunidad (la apertura de sus ventanas de oportunidad) y rentabilidad (es más fácil educar niños y niñas para un mundo futuro que hacerlo con adultos).
– Los menores en la sociedad
Así, cualquier iniciativa sobre la rebaja de edad en menores no supone únicamente el reconocimiento de una mayor capacidad de participar en la vida política. Es un indicio que los cambios sobre el papel de los menores como sujetos de derecho. Y de su emergencia como ciudadanos con voz propia, en más ámbitos cada vez.
No sabemos si se trata de una simple rebaja de edad, si estamos asistiendo a una nueva forma de ser menor o si se ha iniciado una transformación radical de su papel en la sociedad.
Esto nos sitúa ante el reto de repensar las políticas de protección. Lo que no está libre de riesgos. ¿Estamos poniendo en peligro la infancia? ¿A partir de qué edad se reconocen determinados derechos y no otros? ¿Por qué a los 16?
Rebajar la edad de voto conlleva un debate más amplio y complejo sobre los menores de edad, su condición de ciudadanía y lo definitorio de la infancia. Un proceso más profundo que una simple decisión electoral.
nuestras charlas nocturnas.
¿Cómo será la anatomía del hombre dentro de 1000 años?…

La mente es maravillosa(E.Sánchez) — ¿Hacia dónde vamos? Vivimos en un mundo que va a una velocidad sin precedentes. Pero, ¿cómo afectará este dinamismo a nuestra anatomía? Vamos a intentar responder a este pregunta, tomando como marco las diferentes hipótesis sobre el futuro de la humanidad.
El siglo XXI es velocidad, dinámica y cambios. Ya al final del siglo XX se produjo una transformación del paradigma en la sociedad con la irrupción de las nuevas tecnologías. Unos avances que han modificado nuestras rutinas -con un dedo podemos mandar un mensaje al otro lado del planeta- y que, por extensión y evolución, terminarán dejando su huella en nuestra anatomía. Ahora bien, ¿cómo pueden afectar estos cambios a la anatomía del hombre?
La especie humana ha tenido una evolución fabulosa desde que puso sus pies sobre la Tierra. Con todos sus defectos, es la única que ha logrado dar forma a un pensamiento abstracto muy complejo basado en unas posibilidades de comunicación inmensas. Aunque no lo detectemos, seguimos evolucionando. El cambio de las condiciones ambientales y culturales es en gran medida responsable de ello.
La anatomía del hombre ha cambiado mucho desde que dejamos de ser recolectores y cazadores para convertirnos en una especie sedentaria. De ahí en adelante, los desarrollos en la cultura y los cambios en el planeta han operado otras modificaciones más graduales. Sin embargo, es probable que en los próximos 1 000 años presentemos grandes cambios en nuestra fisonomía.
En un siglo o dos, o nos destruiremos o -lo más probable- utilizaremos la tecnología para hacernos una actualización a algo distinto”.
-Yuval Harari-

– La anatomía del hombre dentro de 1000 años
Frente al tema de los cambios en la anatomía del hombre hacia el futuro no hay un acuerdo pleno. Esto se debe en gran medida a que tampoco existe un consenso sobre cómo va a evolucionar la sociedad. Sin embargo, y pese a algunos buenos augurios, la mayoría de los expertos en el tema no son demasiado optimistas.
El doctor Oliver Curry, teórico de la evolución del London School of Economics, en el Reino Unido, ha dicho que el apogeo de la humanidad se dará justo en 1000 años, cuando lleguemos al año 3000 de nuestra era. Después de esto, vendrá la decadencia de la especie.
Oliver Curry, que comparte tesis con otros muchos investigadores, señala que dentro de 1000 años es muy probable que haya dos grandes subespecies: una de élite y otra de “desecho”. Desde el punto de vista de la anatomía del hombre, la raza élite probablemente medirá más de dos metros y vivirá como mínimo 120 años. Además, contará con una juventud todavía más prolongada que la actual.
Esta raza selecta será sana, atractiva e inteligente. Mientras tanto, los “no elegidos” mantendrán una estatura más baja y tendrán poco atractivo físico. Morirán más jóvenes y tendrán una vida menos saludable. Las grandes diferencias en el mundo vendrán dadas por la genética dirigida y no por las diferencias naturales.

– La visión de Harari
La perspectiva de Yuval Harari, no solo sobre la anatomía del hombre, sino sobre el futuro en general, es todavía más desalentadora. Según este historiador, al ser humano le quedan apenas uno o dos siglos de existencia. A su juicio, somos una especie vulnerable, en vía de extinción. Lo más paradójico es que somos nosotros mismos los que estamos escribiendo ese final.
Harari señala que se vive una etapa de la historia en la que vamos a contar con tecnologías muy inteligentes. Esto llevará a un punto en el que se rompa con la vida orgánica y se cree, por primera vez, una forma de vida inorgánica.
Con la manipulación genética y la inteligencia artificial, es cuestión de tiempo que se cree un ser muy superior, sin las limitaciones y las flaquezas del humano.
Por lo tanto, desde esta perspectiva, estamos siendo testigos de las últimas generaciones de homo sapiens. Quizás que mucho tiempo para que la especie sea sustituida por otra inorgánica, mucho más eficiente y capaz de sobrevivir a condiciones extremadamente adversas.
– Un futuro incierto
Aunque Harari es quizás el más radical de esos expertos “apocalípticos”, lo cierto es que quienes han dedicado tiempo a hacer proyecciones sobre el futuro de la humanidad no se encuentran muy lejos de su visión.
Son ya muchos los que piensan que faltan apenas unas cuantas décadas para que las máquinas alcancen esa parte innovadora que de momentos parece solo reservada a nuestros cerebros.
Otros piensan también que la manipulación genética hará que la anatomía del hombre sea mucho más uniforme, para bien. Cada vez seremos más guapos, inteligentes y hábiles. Sin embargo, esa uniformidad podría llevar a que un solo factor terminara con toda la especie.
Algunos han hablado de la posibilidad de que el humano sea inmortal en poco tiempo. Es un tema que ha desatado muchísimos debates y que solo se considera una hipótesis plausible, pero todavía frágil. ¿Qué pasará? Vivimos en un mundo tan inestable, que lo más sensato sería decir que cualquier cosa puede suceder.
nuestras charlas nocturnas.
España crea empleo… salvo si tienes entre 35 y 44 años: son los únicos que no han recuperado los niveles de empleo prepandemia…

Business Insider(I.Benedito) — El mercado laboral en España parece incombustible… salvo si tienes entre 35 y 44 años.
«La creación de empleo está siendo generalizada, excepto entre la población española de 35 a 44 años», revela el último Observatorio Trimestral del Mercado de Trabajo elaborado por Fedea junto a BBVA Research y Sagardoy Abogados, correspondiente al último trimestre de 2024.
2024 cerró con un mercado laboral efervescente, con 468.000 ocupados más a final de año, una caída de la tasa de paro al 10,6%, el nivel más bajo desde 2008, y un descenso de más de 1 punto de la tasa de temporalidad.
«Se está produciendo una aceleración en creación de empleo», constata Rafael Doménech, economista jefe de BBVA Research. Incluso en 2025, los datos diarios de enero y los de la primera quincena febrero apuntan a una tasa de crecimiento interanual de 2,8 puntos.
El repunte en el empleo es generalizado entre los trabajadores, independientemente de la nacionalidad y el grupo de edad. Todos han superado los niveles de empleo que había antes de la pandemia. Todos… salvo uno. Los jóvenes de entre 35 y 44 años son los únicos que no han recuperado los niveles de empleo prepandemia.
Y no solo no recuperan, sino que pierden. La ocupación se redujo entre los empleados con entre 35 y 44 años, tal como viene sucediendo durante los últimos 12 trimestres, y continuaba en diciembre por debajo de los niveles de empleo de diciembre de 2019, antes de la pandemia.
«Destaca el crecimiento de la ocupación entre la población extranjera de 45 o más años, mientras que la española entre 35 y 44 años es la única que no ha recuperado el nivel de empleo prepandemia», matiza el informe. Se trata de una franja de edad caracterizada por encontrarse en los últimos años del segmento de los jóvenes, aunque acumulando suficientes años en el mercado laboral.
El crecimiento más destacado lo protagonizó la población de nacionalidad extranjera, que aunque apenas representaba el 14,2% de los ocupados en 2023, explica más del 44% de la creación de empleo desde el cuarto trimestre de 2019 y el 70% del crecimiento del empleo a finales de 2024.

– ¿Ha tocado techo la reforma laboral?
Fedea también advierte en su informe de que algunos de los efectos de la reforma laboral podrían haber tocado techo: «Los efectos en el corto y medio plazo de la reforma laboral sobre las tasas de rotación han sido limitados y parecen haberse agotado».
La tasa de rotación es el resultado de la diferencia entre aquellos trabajadores que entran en el mercado laboral por aquellos que salen. «El mismo puesto de trabajo podría ocuparlo un empleado distinto cada día del año, esto revelaría una tasa de rotación muy alta», ilustra Florentino Felgueroso, investigador asociado de Fedea.
Lo cierto es que, lejos de reducirse desde la reforma, la tasa de rotación de la afiliación a la Seguridad Social apenas ha variado desde el segundo año de aplicación de la reforma laboral, y eso pese a que la economía española se encontraba en una fase expansiva del ciclo económico.
Según el informe, los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA) revelan que se está produciendo «una reducción constante» de los flujos de empleo asalariado, en línea con el patrón anterior a la pandemia.
La tasa de rotación de los trabajadores cayó en 1,5 puntos entre 2019 y 2024, frente a una caída de 1,2 puntos entre 2014 y 2019. Entre los menores de 25 años, la tasas de rotación también descienden debido a la contracción de las tasas de alta, mientras que Fedea no aprecia variaciones significativas en las de baja o permanencia desde la entrada en vigor de la reforma laboral.
«En conjunto, estos datos indican que los efectos en el corto y medio plazo de la reforma laboral sobre las tasas de rotación han sido limitados y parecen haberse agotado«, subraya el estudio.
Aunque España ha pasado de doblar la tasa de temporalidad media de la Unión Europea a converger con las economías de su entorno, Fedea también avisa de que sigue liderando el ránking europeo de tasas de transición del empleo al paro.
«La reducción de estas tasas se ha detenido a partir de 2022. En 2024, el número de fijos discontinuos activos creció en la EPA, y los demandantes de empleo con relación laboral, que incluyen esencialmente a los fijos discontinuos en periodo de inactividad, alcanzaron su nivel más alto desde la aplicación de la reforma del mercado de trabajo», añade el informe.
Los expertos anticipan que el dinamismo del empleo observado en el cuarto trimestre de 2024 se prolongará en los próximos meses, y que la brecha abierta por las vacantes ha empezado a cerrarse, lo que apuntaría, a su juicio, «a una mejora de la eficiencia de los emparejamientos laborales».
nuestras charlas nocturnas.
Distopía, estado natural

- Historia de d (para una teoría de la distopía)
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JotDown(A.F.Mallo) — Se trata de una distancia (d). Sobre el dibujo son apenas unos centímetros pero en nuestra experiencia cotidiana se mide en años luz. Nos referimos a la distancia que, en el popular Hombre de Vitruvio, separa la punta de sus dedos de la circunferencia en la que su cuerpo —nuestro cuerpo— se halla circunscrito.
Tal breve espacio d (véase la imagen) es consecuencia de que los brazos no emerjan del centro geométrico —el ombligo—, sino de la parte superior del tronco.
La explicación a tal asimetría no es otra que nuestro salto evolutivo: un buen día nos erguimos, comenzamos a caminar, y, verticales sobre dos extremidades que hasta entonces eran patas y de pronto mutaron en piernas, nos distanciamos definitivamente de la piedra y del mono, del mar y de las aves, del roble y del insecto.
Nos hicimos humanos introduciéndonos en un tiempo específicamente humano, con conciencia de pasado y de futuro, lo que es tanto como decir asunción de la existencia de la muerte. Esa d, en definitiva, nos hizo artificiales —sofisticadas inteligencias artificiales—.
Aparece una cosa llamada tiempo histórico. Solo el humano le teme a ese tiempo que está en perpetua gestación, que siempre se adivina pero que en estricto nunca llega: el futuro. Lo que en los párrafos que siguen sostendremos es que en tal representación hecha por Leonardo —y con independencia de los lógicos sesgos de raza y sexo que por el contexto de época se evidencian— se halla el origen de lo que llamamos utopía; también de la distopía.
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Convenimos que utopía es un estado social que cumple dos requisitos: además de idealmente bueno, ni existe ni podrá existir —de ahí su nombre, literalmente, territorio sin tierra—. De este modo, se perfila como un horizonte asintótico, algo a lo que infinitamente nos acercamos sin llegar a alcanzarlo.
Por su parte, convenimos que distopía —también llamada utopía negativa— es un estado social naturalmente dañino, que, al contrario que la utopía, sí podría existir. He ahí una primera asimetría entre ambos conceptos, distopía no es exactamente lo contrario que utopía, en tanto que la utopía no es algo potencialmente existente, y la distopía, aparentemente, sí.
Por eso, entre otras cosas, legislamos el mal y no el bien. Las sociedades, bajo la articulación de fórmulas legales, se previenen contra las distopías por considerarlas realmente posibles. Por el contrario, para el bien no parece precisarse control legislativo alguno. Pero esta forma de pensar, que podría resumirse en el dicho «cuanto más bien, mejor», no está del todo clara.
Podemos dar por cierto que si el bien no se regula, crecerá y crecerá sin ser ni visto ni oído y, como una incontrolada expansión big bang o como un desparramado avance de volcánica lava, sin forma acabará ocupando todo el espacio, creándose así un lugar invivible por amorfo. Es cuando la utopía, en vez de alcanzar el supuesto bien absoluto, se transforma en pesadilla, en distopía.
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Toda distopía es una utopía que salió mal.
Si la utopía, por definición, nunca puede darse, basta sumar dos más dos para darse cuenta que buscar denodadamente utopías no puede conducir sino a los distópicos escenarios.
Pero esto tampoco es del todo cierto, en tanto que no todo estado social que busca el bien termina necesariamente en distopía.
Quizá tengamos entonces que replantear las cosas, darnos cuenta de que pensar en términos de utopía como oposición a la distopía es, a su vez, hacerlo en términos que vienen de un pensamiento que ya no tiene vigencia, un pensamiento determinista, newtoniano, heredero de una concepción del tiempo lineal que ya estaba en el programa de despliegue universal del cristianismo o del marxismo tal como históricamente los hemos conocido.
Por el contrario, si cambiamos la óptica de nuestro instrumento de visión y pasamos a una concepción de avance social ni lineal ni dialéctico sino de azar y de necesidad, de sistemas complejos y de fenómenos emergentes, nos daremos cuenta de que los sistemas sociales no son programas utópicamente predeterminados sino dinámicas en las que el presente emerge, se crea y se destruye a cada instante —a medida que se representa—, se ramifica en una red sin centro estable ni calculado final.
Dicho de otro modo, no existen el Bien y el Mal categorialmente sino, como decía Spinoza, sencillamente lo bueno y lo malo, acciones que, socialmente consensuadas, se ajustan a una conveniencia puntual y particular, proceso que en cualquier momento puede invertir su signo.
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En los sistemas sociales realmente existentes, la distopía puede aparecer en dos situaciones.
La primera es cuando, como ocurre por ejemplo en el «todos contra todos» del anarcocapitalismo, la libertad individual toma una aceleración que tiende a infinito, crece como principio absoluto de las cosas hasta el punto de que el Estado y sus fuerzas coercitivas no pueden reconducirla ni darle forma —no olvidemos que, en tanto que movimientos liberales y libertarios, el capitalismo y el anarquismo tiene una raíz común, el capitalismo es una suerte de anarquismo amplificado y sujeto a un refinamiento legislativo—.
La segunda posibilidad de distopía ocurre cuando se da el efecto exactamente contrario: es el poder del Estado el que crece sin posibilidad de control por parte de la soberanía popular, llegando a aplastar la libertad individual, que adquiere una aceleración que tiende a cero —caso de, típicamente, todos los regímenes dictatoriales, o de cualesquiera democracias trampantojo—.
Conviene recordar que, en realidad, ambos polos son a su vez invertibles entre sí, y lo que es utopía para unos, es distopía para otros. Por ejemplo, el actual Estado de Corea del Norte es una utopía hecha realidad para sus dirigentes, siendo una distopía de facto para sus ciudadanos.
O la utopía derivada de esa distancia (d) en el dibujo de Leonardo, que, tal como ha sido históricamente utilizada, no es otra que la del varón blanco que ha gozado de su utópico programa hegemónico, resultando ser un estado distópico para el resto de los pueblos y para los otros géneros sexuales.
O las utopías desarrolladas por los movimientos de guerrilla libertarios, utopías que en caso de crecer terminan por conformarse en distopías para los poderes de los Estados o incluso en ocasiones para el resto de la población.
Una vez más, llegamos a la conclusión de que ni utopía ni distopía existen de un modo absoluto, sus conceptualizaciones recuerdan más bien a moralistas e infantiles relatos bíblicos encaminados a inducir en las poblaciones el binomio euforia/miedo; cuando consigues inducir la euforia o el miedo en la vida de una población, la tienes controlada para siempre.
Lo que sí existen son configuraciones sociales que se van atravesando mediante sucesivos periodos de crisis y de vanguardias, en las que la proyección de un tiempo futuro se retroalimenta de la certezas del pasado, y así la dinámica social avanza y se ramifica en una nueva correlación de relatos compartidos, que emergen.
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Lo nuevo —cualquier novedad creada por una cultura— es una repetición de salió mal.
En efecto, toda sociedad tiende a perpetuar sus dinámicas, toda sociedad tiende a repetir lo que cree que funciona bien, pero a veces, en tal intento de copia y perpetuación de lo ya existente, algo sale mal, algo falla —por fortuna, esto casi siempre ocurre porque el ser humano copia muy mal—, y entonces se produce una mutación que, si es negativa, la sociedad desechará espontáneamente y, si es beneficiosa, se consolidará.
En las dinámicas sociales ocurre, pues, lo mismo que en las mutaciones celulares y genéticas, o lo mismo que en las mutaciones de las artes, que las hace ir cambiando en el tiempo: nadie crea desde la nada, todo nuevo movimiento artístico es una combinación de una copia más un «error positivo», una mutación de lo ya existente que, una vez efectuada, finalmente resulta ser beneficiosa.
Y si toda novedad social es una copia que salió mal, podemos, como paralelismo y parafraseando, ver ejemplificado lo antes apuntado: toda distopía es una utopía que salió mal. De modo que al fin y al cabo no han de ser tan malas las distopías; sin ellas, probablemente no tendríamos novedades y estaríamos aún en la rueda y el fuego, o en rígidas primitivistas configuraciones sociales.
Dicho de otro modo, la repetición, la perpetuación de un estado ideal, es un pensamiento utópico —compartido por sistemas feudales y religiosos, que odian el cambio—, y, por el contrario, el cambio real, la novedad, la evolución humana, es ese estado de permanente crisis que algunos llaman distopía.
En efecto, en contra de lo comúnmente aceptado, la distopía es más progresista que la utopía. En símil: la utopía es teatro —guion establecido, situación más o menos controlada—, en tanto que la distopía es performance —representación abierta a la complejidad y a los imprevistos de las interacciones más allá de un supuesto escenario establecido—.

- Instrucciones para construir una torre
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En francés, territorio (pays), viene de la voz latina pango, que da cuenta del ancestral gesto de clavar un palo en un terreno, introducir verticalmente una estaca en un lugar a fin de señalar una territorialidad, el utópico sueño que es fundar un coto, un país, y que traerá sus distopías asociadas —exclusiones, fronteras, patriotismos, nacionalismos, el concepto del otro, etc.—, guerras todas al fin y al cabo derivadas del concepto de propiedad privada.
Construir una utopía es construir esa verticalidad que comienza con una sencilla estaca hundida en la tierra y termina con el levantamiento de una torre que quiere llegar al cielo. Y hay muchas formas de construir una torre, pero principalmente dos. La primera y más ancestral es levantarla sin cimientos, sin cavar la tierra.
Para ello, y a fin de poder sostener el peso, a medida que la edificación gana en altura será necesario ir haciendo más y más ancha la base de sustentación. La torre crecerá entonces hacia arriba del mismo modo que lo hará horizontalmente sobre la superficie terrestre.
Tal es el modo con el que se levantaron las pirámides o la Torre de Babel —indiscutible ejemplo de utopía revertida en distopía—, pero es también el modo en el que se inventaron las ciudades. Así es, a cada ciudad —esa extensión horizontal— le corresponde una torre no visible consistente en las aspiraciones y sueños que toda ciudad tiene para sí misma.
La ciudad es entonces la horizontal parte visible de un sueño que no vemos, de una vertical utopía colectiva. Huelga decir que en las representaciones míticas, la ciudad se halla asociada al pecado, a Caín, a dioses caídos, lugar natural para las distopías. Llegamos así a este resultado general: a cada utopía —verticalidad— le corresponde una distopía en la horizontalidad.
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Y ocurre el mismo principio vertical/horizontal en muchos otros ámbitos, por ejemplo en el lenguaje humano, en el que la metáfora es una suerte de vertical torre —invención de significados previamente no existentes, al fin y al cabo, utopías—, la cual se contrapone en todo momento a la horizontalidad de la metonimia —asociación de continuidad espacial en los significados de las diferentes palabras—.
U ocurre también con la música al contraponer armonía/melodía. En efecto, la armonía, que es la vertical y compleja combinación de las diferentes notas que cada uno de los instrumentos realiza en un momento dado, lucha en todo momento contra la melodía, la cual es una expresión horizontal, una «media aritmética» de todos los instrumentos, un flujo que nos permite tararear canciones y hacerlas reconocibles.
De hecho, la historia de la música occidental desde el Renacimiento hasta hoy no es otra que la lucha de la armonía contra la melodía, la lucha de la verticalidad cada vez más y más compleja de la armonía —llegando al límite en el atonal Schoenberg o en el abstracto ruidismo de las vanguardias electrónicas— contra la horizontal melodía de una música que vagamente podemos asociar a lo popular, fácilmente tarareable.
Así pues, la verticalidad de esa torre que es la armonía —utopía— se halla en permanente lucha con la terrestre y supuestamente burda melodía —distopía—.

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Pero habíamos dicho que había una segunda forma de construir una alta torre. Se trataría de, en vez de hacer su base más y más ancha, construirle unos cimientos, hacer crecer la torre hacia abajo, hacia el centro de la Tierra a medida que la elevamos hacia el cielo.
Lo cual da a entender que también en este caso a toda verticalidad hacia arriba —a toda utopía, a todo asalto al cielo—, le corresponde su infierno, su distopía, su oculto y vertical descenso bajo tierra.
Esta simetría de pares, cielo/infierno, arriba/abajo, utopía/distopía, no puede no darse. Lo dijo Nietzsche: se desciende a medida que se asciende, y, en la construcción de una torre, cuanto más te elevas, más deberás hundirte en la tierra, más profundos han de ser los cimientos.
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En la prosa de Pascal Quignard hay un leitmotiv que, con más o menos continuidad, atraviesa sus páginas: la contraposición de la vida vivida en la placenta —cuando ya somos pero todavía nada somos—, con la vida vivida una vez nuestros cuerpos son dados a la luz.
La contraposición de esos dos mundos —placenta/luz—, y el cómo durante el resto de nuestras vidas no dejaremos de en vano intentar infiltrar el uno en el otro, es objeto de brillante reflexión y poetización en numerosas páginas de este autor.
Si tuviera que especular una imagen de torre/cimientos —y, por lo tanto, de utopía/distopía— en su extraordinaria obra literaria, sería la siguiente: para Quignard, la torre que visible se eleva al cielo —y, por lo tanto, la parte utópica— es la vida que pasamos durante nueve meses en la placenta, la vida en la que se gestan los futuros sueños, la cual viene a oponerse a la vida desarrollada una vez nacidos, a la vida en la que yo ahora estoy escribiendo esto y usted leyéndolo, vida esta que constituiría los cimientos —y, por lo tanto, la distopía— de aquella otra utópica existencia vivida en la oscuridad de un vientre.
Así las cosas, es esta vida consciente, esta vida por la que transitamos con verdadera consciencia de lo que somos, el sumando distópico de una ecuación total. Distopía, estado natural.