Armada y peligrosa …

“Con un arma en la mano resplandezco como un cristal. Brillo como el sol de la mañana”. Annie Oakley
JotDown(J.Lapidario) — En la serie de cómics The Walking Dead, la joven y pecosa Andrea descubre sorprendida que tiene un talento innato con todo tipo de armas. Escopetas, rifles y revólveres se convierten en extensiones de sus brazos, sin que eso altere su carácter fundamentalmente alegre y social.
En la serie de TV el personaje resulta mucho menos interesante y está más desdibujado, pero conserva su habilidad sobrenatural con las armas de fuego… Esa imagen de la mujer como excelente tiradora responde a un estereotipo sorprendentemente frecuente, una imagen grabada a fuego en el inconsciente colectivo occidental.
Hay mil ejemplos: fotos vagamente noir de Helmut Newton, retratos de Lindsay McCrum o mil películas de heroínas armadas, de la teniente Ripley de Alien a la Sarah Connor de Terminator.
Cuando en American Beauty la gran Annette Benning dispara una Smith & Wesson en el campo de tiro, descubre que ametrallar una diana le resulta liberador y le da confianza en sí misma. El estruendo, la sensación de absorber y domar el impacto del retroceso, el subidón al acertar el blanco…
Todo colabora en su empoderamiento, traducción forzosamente garbancera del empowerment del feminismo, la autoafirmación mediante el acceso de las mujeres a actividades y actitudes tradicionalmente reservadas a los hombres. Una mujer «armada y peligrosa» pone en peligro el statu quo, subvierte su rol tradicional de dadora de vida convirtiéndose en una femme fatale que un varón asustadizo podría ver como amenaza.
En el campo de la fuerza bruta y las armas blancas los hombres juegan estadísticamente con una ventaja significativa. Pero para dominar un arma de fuego, aunque sea necesaria una cierta forma física, lo que marca la diferencia son los reflejos, la puntería y el pulso firme.

Una mujer atractiva sosteniendo un arma de fuego puede resultar sorprendentemente sexy.
Una de mis múltiples obsesiones es coleccionar este tipo de imágenes, más fáciles de encontrar de lo que parece, y clasificarlas bajo el hashtag #chickswithguns.
El psicoanálisis clásico hablaría del simbolismo fálico del cañón de un revólver y de la querencia femenina por ese tipo de armas como una forma de superar la envidia del pene, pero no es ningún secreto que jamás he soportado a Freud y su obsesivo falo-centrismo.
En mi caso, lo que encuentro atractivo de estas fotografías es el juego de contrastes entre el arma de fuego (fría, metálica, angulosa) y la belleza femenina (cálida, flexible, curvilínea).
Sin necesidad de masculinizarse, la mujer establece una relación propia y original con el arma de fuego.
La mejor manera de explorar esta relación es con un recorrido por las mujeres armadas de la historia, y qué mejor punto para empezar que la época que más fácilmente puede asociarse a las armas de fuego: el siglo XIX en el Lejano Oeste Americano, cuando Calamity Jane exploraba junto al general Crook y Annie Oakley disparaba su rifle ante reyes y presidentes europeos.
Pero antes de seguir, y a modo de necesario disclaimer: no entraré a discutir si es necesario un mayor control de las armas de fuego ni mencionaré a Michael Moore, Charlton Heston, Columbine o el NRA. Una mujer armada resultará feministamente revolucionaria y estéticamente erótica sea cual sea la opinión política de cada uno sobre los permisos que deberían obtenerse para poseer un revólver.
- 1. Annie Oakley, la cazadora infalible
Octubre de 1875. Un pistolero irlandés llamado Frank Butler llega a Cincinatti y apuesta el equivalente a unos dos mil dólares modernos a que nadie puede vencerle en un duelo de puntería. La única persona que se atreve a desafiarle es una adolescente de 15 años y aspecto angelical llamada Annie.
El pistolero se echa a reír, pero la carcajada se le hiela en los labios a medida que Annie va igualando sus disparos contra pájaros cada vez más pequeños y veloces (defensoras de los animales, entendedlo: eran otros tiempos). En el vigésimo quinto tiro, Frank falla por primera vez, pierde el reto y cae perdidamente enamorado.
Algo más de un año le costó conquistarla (siempre me lo he imaginado pegando tiros al aire bajo su balcón a modo de serenatas), hasta que a Annie le pareció gracioso aquel irlandés bocazas y aceptó casarse con él.
Annie tenía talento innato con el rifle: empezó a cazar con siete u ocho años para alimentar a su familia tras la muerte de su padre, y a los 15 ya pagaba la hipoteca de la granja de su madre cazando bichos para venderlos a hoteles y restaurantes (he aquí una salida inesperada a la crisis: subir a Collserola a cazar jabalíes para Ferran Adrià).
Tras casarse con Butler en un matrimonio largo y feliz, empezó a ganarse la vida mostrando su puntería en circos y espectáculos de variedades cada vez más importantes. Con el tiempo se ganó la amistad del jefe indio Toro Sentado y entró a formar parte de la troupe del mismísimo Buffalo Bill.
En su show atravesaba de un balazo un as de picas lanzado al aire, o una moneda de 10 centavos, o acertaba a un puro que fumaba en el escenario su marido.
Aparentemente, era más seguro ser marido de Annie Oakley que esposa de William Burroughs. Annie no tardó en convertirse en la tiradora más famosa del mundo, y actuó en un tour europeo ante reyes, reinas, presidentes y el recién coronado kaiser Guillermo II, a quien le arrancó un cigarrillo de los labios de un tiro. Es inevitable pensar que si Annie se hubiera desviado un par de centímetros tal vez se hubiera evitado la I Guerra Mundial…

Como sabrá cualquiera que haya visto Deadwood, los miembros de la familia Hearst tienen un talento especial para convertirse en villanos de cualquier historia.
En 1903, William Hearst publicó un artículo afirmando que Annie Oakley había sido encarcelada por robar para pagarse la cocaína a la que era adicta.
Todo mentira: no está claro si fue un caso de periodismo creativo o una confusión con una yonqui que afirmó llamarse Annie Oakley como podría haber dicho Gwen Stacy.
La auténtica Annie, indignada, dedicó siete años de su vida a denunciar uno a uno a los periódicos que publicaron la noticia, ganando 54 de los 55 pleitos.
Mientras tanto, hombre previsor, Hearst aumentó el sueldo de sus guardaespaldas.
Se conservan muchas fotos de Annie y al menos un breve vídeo de una de sus actuaciones. Gracias a estos testimonios, sabemos que Annie era atractiva para estándares de la época, estaba en muy buena forma física y se sentía orgullosa de su bien cuidada melena.
A pesar de su talento con las armas, no se mostraba nunca brusca, violenta o agresiva, sino que solía lucir una sincera sonrisa y cautivar a quien la oyera con su voz extrañamente musical. Esta mezcla de encanto y puntería la convirtió en un personaje muy popular: Irving Berlin estrenó un musical sobre ella, y ha sido interpretada en la gran pantalla por Barbara Stanwyck, Gail Davis o, más recientemente, Geraldine Chaplin.
A lo largo de su carrera Annie enseñó a disparar a más de 15.000 mujeres, a las que recomendaba que aprendieran a manejar un arma no solo como método de autodefensa en una época peligrosísima, sino como ejercicio físico y especialmente mental de concentración, relajación y puntería. Como fan fatal de las #chickswithguns, me siento en deuda eterna con ella.
- 2. Las 90 millas de Calamity Jane
Quizá la mujer más famosa del Lejano Oeste sea Martha Jane Canary, alias Calamity Jane, o Juanita Calamidad si se siente uno castizo. Ya de adolescente Jane mostró fuerte carácter y afición a vestirse con pieles de ciervo y perderse en el bosque durante días, para sobresalto de sus padres.
Antes de cumplir los 18 había sido enfermera, lavaplatos, camarera, cocinera y conductora de carromato, aunque su verdadera vocación fue la de colonizadora y exploradora de territorios salvajes. Cabalgaba mejor que cualquier vaquero, disparaba con puntería y precisión y, sobre todo, bebía y soltaba palabrotas con tanta soltura como el peor borracho local.
Eso sí: como buena exploradora, no gustaba de meterse en peleas innecesarias ni atacar de frente, prefiriendo la velocidad y la astucia a la fuerza bruta. En una de sus hazañas más famosas, trabajando como mensajera para el General Crook, Jane atravesó a caballo 90 millas (unos 150 km) a toda velocidad, empapada de agua helada tras cruzar el río Platte.
Poco le faltó para caer muerta nada más llegar, como Filípides en Maratón, pero logró llegar a su destino en tiempo récord y sobrevivir a la pulmonía posterior.

Trabó amistad con el famoso pistolero Wild Bill Hickok y viajó junto a él y su amigo Charlie Utter, hasta asentarse un tiempo en el campamento de Deadwood.
Se llevaba muy bien con Hickok, y probablemente estuvo enamoriscada de él por su temperamento noble y caballeroso.
Tras el cobarde asesinato del pistolero durante una partida de póquer, Jane salió corriendo tras el asesino Jack McCall blandiendo un enorme cuchillo (aparentemente no tenía el revólver a mano), aunque no llegó a ponerle las manos encima.
Tiempo después de la muerte de Hickok, empezó a contar que se habían casado y tenido una hija en secreto, lo que nadie acabó de creerse en su momento.
Y es que Jane tenía dos características que hacían difícil tomarse sus historias en serio: una gran tendencia a la fabulación y un alcoholismo de nivel Leaving Las Vegas, especialmente tras la muerte de Hickok.
Eso de que los borrachos y los niños dicen siempre la verdad es probablemente el refrán más estúpido de la historia: tras la segunda botella de whisky, Jane inventaba historias en que cabalgaba al lado del general Custer (un hecho puesto seriamente en duda por los historiadores) o se enfrentaba ella sola a una tribu entera de sioux.
Esta tendencia al embuste hace difícil saber cómo recibió el apodo de Calamity, ya que cada vez que le preguntaban daba una respuesta diferente: por salvar a su capitán de una calamitosa situación desesperada, por ahuyentar a sus pretendientes diciendo que molestarla era «cortejar a la calamidad», por su talento como enfermera en plagas como la de viruela que asoló Deadwood en sus inicios.
En cualquier caso, Calamity Jane era básicamente una buena persona, y si bien a menudo era despreciada por su alcoholismo y sus lamentables modales de carretero, quien la llegaba a conocer a fondo acababa queriéndola inevitablemente.
Manejaba la pistola con maestría si era necesario (participó un tiempo en el show de Buffallo Bill, como Annie Oakley), pero odiaba la violencia y era de natural compasiva. Tras su muerte, y aunque nadie se creyera lo del matrimonio con Hickok, sus amigos la enterraron en Deadwood, justo al lado del pistolero.
En el cine ha sido representada por Doris Day en el musical Calamity Jane, Frances Farmer en Badlands of Dakota o Jean Arthur en The Plainsman. El retrato más reciente es el que borda Robin Weigert en la maravillosa Deadwood, una interpretación que algunos criticaron como demasiado histérica pero que probablemente sea el retrato más completo y fiel de esta desconcertante mujer armada.
- 3. Sally Skull hace bailar a un imbécil
En el extremo opuesto de Calamity Jane está la contrabandista Sally Skull, una asesina despiadada con tendencia a apretar el gatillo cada vez que se excitaba… en todos los sentidos posibles de la palabra «excitar». Y es que esta atractiva tejana de mal genio coleccionaba maridos con sospechosa afición a morir tiroteados en extraños incidentes.

Sally vivió la mayor parte de su vida en pueblos sin ley cerca del río Grande, en la frontera entre Texas y México.
Le encantaba el póquer, el sexo, bailar como una loca, soltar tacos y meterse en líos, lo que la hizo a partes iguales famosa, temida y respetada.
Durante la Guerra de Secesión traficó con caballos, algodón y suministros militares, convirtiéndose en un recurso imprescindible para la Confederación.
Su puntería era impecable, como descubrieron los desgraciados que se cruzaron en su camino en un mal día.
El coronel confederado John «Rip» Ford recuerda así a Sally Skull vengándose de un bocazas que la ofendió:
«Sally gritó: ‘¿Así que has estado criticándome? ¡Pues ahora baila, hijo de puta!’, y empezó a dispararle a las botas con sus dos revólveres que sonaban como ametralladoras, apuntando a los pies que se movían a toda velocidad en un frenético baile sobre la calle polvorienta. Aquello no fue precisamente un vals».
Sally era letal con el látigo, el cuchillo y el lazo, y muchos la recuerdan trayendo caballos salvajes desde las praderas y domándolos a pura fuerza de voluntad. A pesar de su actitud agresiva, se llevaba fenomenal con los críos, que lanzaban monedas al aire para que la habilísima Sally las atravesara de un tiro.
No se conserva ningún retrato suyo, pero a juzgar por las descripciones que han sobrevivido, debía de tener una presencia imponente. El periodista John Warren Hunter la recuerda así: «Orgullosamente erguida en su montura, llevando un vestido negro y cofia, tan tiesa como un oficial de caballería, con un revólver colgado del cinturón, complexión antes pálida y ahora morena por la exposición al sol y los elementos, ojos de color azul acero que penetran en los más ocultos rincones del alma. ¡Sally Skull!».
Desgraciadamente para Sally, su quinto marido, un jovencito apodado «Abrevadero», resultó algo más peligroso que los anteriores. Ambos salieron a cabalgar una tarde de otoño desde el pueblo de Banquete, pero solo volvió él. Nunca llegó a saberse con absoluta certeza si fue asesinada o simplemente huyó para empezar una nueva vida libre de matrimonios y obligaciones…
- 4. Belle Starr, la Reina de los Forajidos de Oklahoma
Un poco más calculadora y menos feroz que Sally Skull fue la bandolera Belle Starr, nacida como Myra Maybelle Shirley en 1848. Su padre la envió a una academia femenina en la que intentaron enseñarle a tocar el piano, pero con lo que realmente disfrutaba la cría era disparando revólveres y montando a caballo.
Durante la Guerra de Secesión esas habilidades le resultaron útiles: tras la muerte de su hermano a manos de soldados yanquis, la joven Belle lo dejó todo para alistarse como espía y exploradora en una guerrilla confederada.

En la relativa calma posterior a la guerra, el poco femenino comportamiento de Belle (emborracharse en los saloons, jugar a faro y póquer o participar en competiciones de tiro) provocó un cierto número de escándalos y le hizo convertirse en centro de rumores, leyendas y habladurías.
Resulta difícil averiguar cuánto hay de cierto en las historias que corren sobre esta mujer armada y peligrosa.
Mientras que a Calamity Jane le gustaba inventar anécdotas increíbles sobre sí misma, en el caso de Belle fueron los escritores de pulp fiction de la época quienes se divirtieron embelleciendo su biografía.
Lo que sí parece cierto es que Belle se fue convirtiendo en el poder en la sombra tras un buen número de bandoleros: planeaba sus robos, les ayudaba a esconder el botín, pagaba buenos abogados, sobornaba a los guardias de prisiones para planear fugas…
Aplicaba un elaborado sistema de recompensas para animar a sus forajidos: el premio gordo (si el bandolero en cuestión le parecía guapo además de hábil) era acostarse con ella.
Este comportamiento de abeja reina le valió el magnífico apodo de Reina de los Forajidos de Oklahoma.
Uno de esos amantes, un indio llamado Sam Starr, acabaría convirtiéndose en su segundo marido, un tipo algo atrabiliario pero con el que se llevaría de maravilla.
Ambos se establecieron en un terreno llamado Younger Bend, en un meandro del río Canadiano (hoy en día un fan de Starr intenta reconstruir la cabaña en que vivieron).
A diferencia de Sally Skull, Belle no era excesivamente atractiva, pero tenía un agudo sentido de la moda. Mientras Calamity Jane vestía como una cazadora o directamente con harapos, Belle llevaba casi siempre elegantes vestidos, pamelas anchas y botas relucientes… junto a sus dos revólveres en la cintura y una fusta de montar siempre atada a la muñeca.
Se especializó en robar ganado y objetos de valor a sus vecinos, aunque casi nunca en persona: al fin y al cabo para eso estaban los muchachos de su banda. Se la relacionó con algunos atracos sonados: siete mil dólares obtenidos de un saloon en Kansas, treinta mil en el robo de un banco tejano…
En 1882 Belle y Sam Starr pasaron nueve meses en la cárcel, acusados de robo de caballos. Tuvieron suerte, en realidad, teniendo en cuenta la cantidad de asuntos turbios en que se vieron involucrados a lo largo de los años. Y de hecho les acabó resultando útil su tiempo en la sombra, ya que ahí conocieron a más bandoleros a los que acabaron acogiendo en su rancho. Nunca pasaron apuros económicos ni volvieron a poner el pie en la cárcel, pero la vida al margen de la ley está llena de peligros.
La semana antes de Navidad acudieron a un baile en el que acabaron tiroteándose, por motivos poco claros, con el dueño del ferry que cruzaba el Canadiano. Sam murió en el intercambio de disparos. Pocos años más tarde, cuando Belle cumplió 41, fue abatida de un disparo de escopeta en un extraño asesinato que nunca llegó a resolverse. Una vida libre, original y turbulenta que fue simplificada en el cine, con las interpretaciones espectaculares pero más bien ingenuas de Gene Tierney en Belle Starr o Jane Russell en Montana Belle.
Muchas más mujeres dejaron huella en el Lejano Oeste (Lillian Smith o Georgia Duffy, por ejemplo), pero este póquer de diosas armadas debería bastar como muestra. Así que me despido por ahora, prometiendo volver pronto con más pólvora y curvas.

– Mujeres guerreras de la Antigüedad
Rudyard Kipling escribió en un curioso poema que la hembra de cualquier especie, incluyendo la humana, es siempre más letal que el macho. Históricamente la guerra ha sido cosa de hombres y se ha excluido a las mujeres de la vanguardia de los ejércitos; sin embargo, la imagen de la mujer armada y peligrosa, blandiendo una espada o abatiendo enemigos con arco y flechas, abunda en muchas mitologías.
Atenea era la diosa griega de la guerra, oponiendo estrategia y sabiduría a la caótica fuerza bruta del dios guerrero masculino, Ares. Las sociedad matriarcal y guerrera de las amazonas defendía su modo de vida con uñas y dientes…
No está claro hasta qué punto las amazonas de la mitología tienen una base histórica, aunque algunas crónicas, en particular de Heródoto, las identifican con guerreras sármatas o escitas. En cualquier caso, el arquetipo de las amazonas, y en general el de las mujeres guerreras, se ha movido entre los extremos del sueño erótico masculino y la utopía feminista.
En Amazonas, de Mainon y Ursini, se hace referencia a un experimento de la profesora Batya Weinbaum. Hizo comparar a sus alumnos dos textos antiguos en que aparecían amazonas: Sergas de Esplandián de Montalvo (1510) y La ciudad de las damas de Cristina de Pizán (1405).
Estas fueron sus conclusiones: «Las amazonas de Montalvo eran tontas, banales, vestidas con una elegancia excesiva, sensuales, incapaces, crueles e ineptas. Las de Pizán eran inteligentes, ingeniosas, cooperativas, amistosas, fuertes, valientes, valerosas, vestidas de forma práctica y creativas».
Pues bien, ¿cómo eran en realidad las mujeres guerreras? ¿Crueles o amistosas? ¿Sensuales o prácticas? Ambas cosas y ninguna, como veremos: si en el anterior artículo hablé de cuatro mujeres del salvaje oeste, hoy me remontaré a la Antigüedad en busca de cuatro féminas de armas tomar.
- 1. La venganza de la reina Boudica

Año 60 d.C. Midlands, Britania.
Un ejército de 70.000 guerreros observa con reverencia a una mujer altísima de mirada fiera, con una melena pelirroja que le llega hasta la cintura.
Su voz resuena, atronadora: «¡Mostremos a los romanos que no son más que liebres y zorros tratando de gobernar sobre lobos y perros!».
Apenas acaba de hablar, abre su colorida túnica y deja escapar de ella una liebre que huye aterrorizada hacia la izquierda, señal de buena fortuna.
Los soldados aúllan mientras la mujer blande su lanza y continúa su discurso: «Te doy las gracias, diosa Andraste, Gran Madre, y te invoco de mujer a mujer… ¡Suplico por la victoria y la libertad!».
Quien así grita entre vítores de su pueblo es Boudica (latinizado en Boadicea), reina guerrera de los icenos y aliada de los trinovantes.
Tiene sobrados motivos para estar cabreada.
Tras invadir las islas británicas, los romanos habían llegado a una tregua con la tribu de los icenos, gobernada por el rey Prasutagus, más interesado en los banquetes que en la guerra.
Al morir, Prasutagus legó el reino a su orgullosa esposa Boudica, pero los romanos se rieron ante la idea de que una mujer gobernara. Cuando Boudica acudió con sus hijas ante el prefecto para quejarse, fue azotada cruelmente, y sus hijas violadas con desprecio ante sus ojos. Aún no lo sabían, pero todos los hombres presentes acababan de firmar su sentencia de muerte.
En paralelo, según cuenta Dión Casio, varios inoportunos prestamistas romanos (entre ellos, Séneca el Joven) eligieron ese momento para exigir el retorno de sus inversiones en la isla. Para ello, aplicaron remedios muy parecidos a los que sugiere hoy en día la troika: saquear aldeas y vender a sus habitantes como esclavos. Con este caldo de cultivo, a la furiosa Boudica no le costó demasiado encender el fuego de la rebelión.
Aprovechando que las tropas del gobernador Suetonio estaban entretenidas exterminando druidas galeses, los rebeldes arrasaron la colonia de Camulodunum (Colchester), pasando a todos sus habitantes a cuchillo, demoliendo metódicamente los edificios y aniquilando a la Novena Legión Hispana (ejem), que trató de acudir al rescate.
Poco después, la mismísima Londinum (Londres), fue incendiada hasta los cimientos dejando un fino estrato geológico de cerámica quemada, monedas fundidas y rabia. Verulanium (St Albans) corrió la misma suerte… 80.000 cadáveres romanos, tres ciudades arrasadas, Roma planteándose abandonar Britania… No se le tocan los ovarios a una reina guerrera britona.
Suetonio reunió un ejército de 10.000 legionarios con el que plantar cara a los 70.000 guerreros de Boudica. Para que la inferioridad numérica no jugara en su contra, presentó batalla en un estrecho desfiladero. Y aquí volvemos al momento crítico con el que abría este relato: la liebre adivinatoria que suelta Boudica sale corriendo hacia la izquierda, señal de buen augurio.
Envalentonados, los icenos atacan aunque las condiciones del terreno no les favorezcan, y tras una lucha encarnizada, no solo pierden sino que son prácticamente exterminados. Si tan solo esa liebre hubiera huido hacia la derecha…

No está claro qué le ocurrió a Boudica tras la derrota. Tácito cuenta que se suicidó usando veneno, pero otras historias afirman que murió de enfermedad o asesinada en la vanguardia del ejército. En su maravillosa novela gráfica From Hell, Alan Moore convierte la derrota de Boadicea en el entierro de la última esperanza femenina de recuperar las sociedades matriarcales primigenias…
La muerte de la reina marcaría un punto clave en el paso de la adoración de una diosa madre lunar a un dios padre solar y apolíneo. Pero como la vida tiene extrañas ironías, durante la época victoriana se vivió un cierto revival de la historia de Boudica, probablemente porque la traducción de su nombre es… Victoria. Sí, como la reina.
Así pues, en el siglo XIX se construyeron estatuas en su honor en Westminster, Tennyson le dedicó un poema, nacieron a su alrededor leyendas y rumores… Si vais a la estación de King’s Cross de Londres, echad un vistazo al espacio entre los andenes nueve y diez. No se esconde ahí una entrada secreta a Hogwarts, sino (de hacer caso a la leyenda) el cadáver de la reina Boudica, que volverá a la vida cuando menos lo esperemos para vengarse de los invasores de Roma. Tiembla, Berlusconi.
- 2. Zenobia de Palmira apuesta en el juego de tronos

La segunda mujer de mi lista de guerreras es una presunta descendiente de Cleopatra llamada Julia Aurelia Zenobia.
Historiadores de la época (siglo III d.C) la describen como inteligente, hábil y hermosa, destacando sus ojos negros y siempre brillantes.
Hablaba griego, aramaico, egipcio y latín, y frecuentaba a escritores y filósofos.
Trebelio Polión comenta que, sin perder una elegante femineidad, solía comportarse «como un hombre», bebiendo junto a los soldados de la guardia, cabalgando y cazando con su propio arco.
Zenobia se casó con Odenato, rey de Palmira, rica ciudad siria sometida al Imperio romano.
No tardó en tener con él un hijo, al que bautizó con el magnífico nombre de Lucio Julio Aurelio Septimio Vabalato Atenodoro, o simplemente Vabalato, derivado del aramaico Wahb Allat, «regalo de la Diosa».
Vuelve a asomar un aspecto de la Madre primigenia. En cualquier caso, el heredero de Palmira era Hairam, hijo de Odenato de un anterior matrimonio.
Pero hete aquí que entra en escena el sobrino de Odenato, un camorrista con el desafortunado nombre de Meonio. Tras una estúpida disputa por una falta de respeto, Meonio saca su puñal en medio de una boda y lo clava repetidas veces en Odenato y el pequeño Hairam, matándolos a ambos.
En ese momento trata de tomar el poder para sí mismo y nombrarse emperador, pero muere a manos de la viuda Zenobia, a quien no había tomado en serio. Ya se sabe: en el juego de tronos, o ganas o mueres…
Según la Historia Augusta, probablemente parcial y manipulada, Zenobia habría sido la instigadora del crimen de Meonio, con el objetivo de asegurar el trono para ella misma y su hijo. Zenobia sostuvo siempre, en cambio, que Meonio trabajaba para los romanos. La verdad no la conocen ni mis queridos conspiranoicos.
Sea por casualidad o en un arranque de viudanegrismo, Zenobia emerge victoriosa de esta Boda Roja y asume el trono de Palmira como regente, hasta que su hijo Vabalato llegue a la mayoría de edad. Inmediatamente se rebela contra Roma, conquista Egipto y responde a las tímidas protestas del prefecto romano de Alejandría decapitándolo.
Invade territorios de Siria, Líbano y Palestina, ganándose el sobrenombre de «la reina guerrera» al acumular un triunfo tras otro. En pocos años crea un próspero imperio aprovechando las rutas comerciales, y Palmira («la Roma del desierto») vive un intenso florecimiento económico, cultural y artístico.
Pero el fuego de Zenobia-Daenerys no tarda en chocar con el hielo del emperador Aureliano-Stannis, un líder militar romano frío e implacable más temido por sus propias tropas que por el enemigo. Peleaba en primera línea, y se supone que en una sola campaña mató 1000 bárbaros con su espada (mille, mille, mille occidit, cantaban sus legiones).
El contraataque romano empieza reconquistando Egipto, con tanta furia que parte de la biblioteca de Alejandría queda destruida. A las tropas de Aureliano les cuesta atravesar el desierto, pero acaban sitiando Palmira y poniendo en fuga a Zenobia, que trata de escapar sin éxito, con Vabalato en brazos, sobre un veloz dromedario.
Aureliano se la lleva a Roma como trofeo, encadenada con grilletes de oro: así la representa Herbert Schmalz en La última mirada a Palmira de la reina Zenobia. El viaje resulta demasiado duro para el pobre Vabalato, todavía un crío, y al cabo de poco el «regalo de la Diosa» muere de agotamiento.
En cuanto al destino de Zenobia tras su llegada a Roma: se cree que fue decapitada, cayó víctima de la enfermedad, se suicidó dejándose morir de hambre… O fue indultada por un compasivo Aureliano, que la casó con un anónimo senador romano. No sé qué me parece más improbable: si el gélido Aureliano mostrando calidez humana o la ardiente Zenobia aceptando un frío matrimonio de compromiso.

- 3. La astucia letal de la comandante Artemisia
Septiembre del 480 a.C. Tras aniquilar a los 300 espartanos que protegían el desfiladero de las Termópilas y saquear Atenas, el ejército persa de Jerjes I planea derrotar definitivamente a los griegos con una batalla naval en el estrecho de Salamina. En un consejo de guerra celebrado en el mayor barco de la flota persa, los generales aconsejan uno tras otro a Jerjes que ataque inmediatamente.
Le llega el turno para hablar a Artemisia de Caria, gobernante de Halicarnaso, experta marinera y única mujer comandante en el ejército de Jerjes. En lugar del peloteo habitual, la capitana avisa de que los griegos, acorralados, son más peligrosos de lo que parece, y aconseja no presentar batalla de frente. El resto de comandantes contienen el aliento, pero Jerjes no se toma a mal el consejo, sino que aplaude la sinceridad de Artemisia… pero hace caso omiso y decide atacar igualmente.
Gran error. Los griegos, gracias a los trucos de desinformación y contraespionaje del ateniense Temístocles, cobran ventaja en la batalla naval. Artemisia lucha con valor al mando de sus cinco navíos, pero queda aislada del contingente principal, perseguida por un veloz barco ateniense. Solo podemos especular sobre lo que le pasó en ese momento por la cabeza a la capitana, pero el resultado es una estratagema un tanto cabrona pero brillante.
El velero de Artemisia se abalanza sobre un trirreme persa aliado, el perteneciente a Damasatimo, rey de Calinda, y lo hunde, matando a todos sus tripulantes. Artemisia había tenido encontronazos previos con Damasatimo, y quiso matar dos pájaros de un tiro consiguiendo a la vez vengarse y salvar la vida.
El navío ateniense ceja en su persecución, suponiendo que el barco de Artemisia pertenecía a desertores. Y allá en la lejanía, Jerjes piensa exactamente lo contrario: al divisar el velero de Artemisia (reconocible por peculiaridades de su construcción) hundiendo un barco que no identifica a simple vista, presupone que la víctima era un barco enemigo.
En ese momento el rey persa murmura: «Mis hombres se comportan como mujeres, y la única mujer de mi ejército se comporta como un hombre».
Toda esta historia la cuenta Heródoto con cierta retranca, sin disimular las simpatías que le inspira la astuta Artemisia. A quien quiera leer una versión novelada de la batalla, le remito a Salamina, de Javier Negrete, una maravilla en que Artemisia es uno de los personajes principales. Y en la segunda parte de 300, prevista para marzo de 2014, se ha anunciado que Eva Green interpretará a la capitana de rápidos reflejos.
- 4. Tomoe Gozen y las temibles onna-bugeisha

Me permito apartarme de la Antigüedad clásica para terminar este recorrido en el Japón del período Heian, entre los siglos VIII y XII, donde podemos encontrar más mujeres guerreras de lo que podría imaginarse.
Y es que estamos acostumbrados a la imagen de la cortesana lánguida y pasiva enfundada en un kimono en la corte imperial, pero la realidad femenina en el Japón antiguo era más compleja.
A menudo las mujeres defendían los territorios familiares cuando los hombres iban a la guerra, así que se entrenaban duramente con el arco y la naginata, arma similar a una alabarda.
El largo alcance de la naginata la convertía en letal contra asaltantes y bandoleros a caballo, sin que hiciera falta demasiada fuerza física para manejarla.
La presencia de mujeres guerreras (onna-bugeisha) en el campo de batalla fue escasa pero significativa.
La legendaria emperatriz Jingu lideró sus propias tropas durante la invasión japonesa de Corea allá por el siglo II, y se la representa a menudo armada y peligrosa.
Varios siglos más tarde la versátil Hōjō Masako fue monja budista, guerrera y regente todo en uno: se la llegó a conocer como «La Monja Shogun» (es decir, la Monja Comandante).
Pero la heroína militar más conocida de la historia japonesa se llamó Tomoe Gozen (Gozen es un término honorífico, no un apellido), guerrera que aparece en el famoso Heike Monogatari. Allí se la describe con mucho entusiasmo:
«Era muy hermosa, con piel blanca, largo cabello y rasgos encantadores. También era una arquera notablemente fuerte, y como espadachina valía por mil. Siempre estaba lista para enfrentarse a un demonio o un dios, a pie o a caballo. Manejaba potros sin domar con habilidad soberbia, cabalgaba sin hacerse un rasguño a través de peligrosos senderos.
Cuando la batalla era inminente, Yoshinaka la enviaba como su primera capitana, equipada con una resistente armadura, una espada de enorme tamaño y un poderoso arco. Tomoe cumplía mayores hazañas que cualquiera de sus otros guerreros».
Los historiadores dudan que Tomoe Gozen fuera una figura histórica, ya que el Heike Monogatari mezcla generosamente realidad y ficción. Sin embargo, su imagen mítica encendió la imaginación popular y generó muchas historias, estas sí verificadas, sobre valentía guerrera femenina.
Mi favorita ocurrió durante el Sengoku Jidai (siglos XV-XVI). Durante el largo asedio del castillo del señor Mimura Kotoku, en un momento de desesperación se produjo un suicidio en masa de mujeres y niños. Asqueada y rabiosa, la señora Kotoku se puso al frente de 83 soldados y cabalgó hacia el enemigo, aullando y «blandiendo su naginata como un molino de agua».
Desafió en combate singular al general enemigo Ura Hyobu, que en lugar de pelear se escondió tras sus soldados mientras rezongaba «¡Esa mujer es un demonio!».
Y ya que se acaba el artículo, me permito dar un último salto hasta el siglo XIX, durante la guerra de Boshin, que enfrentó a los samurais del shogunato Tokugawa con el cada vez más occidentalizado poder imperial.
Dos mujeres guerreras lucharon en la región de Aizu (en Fukushima) contra las tropas favorables al emperador.
La primera, Nakano Takeko, era una joven habilísima con la naginata.
A pesar de que no se le permitió formar parte oficialmente del ejército, esta onna-bugeisha reunió una tropa de mujeres (Jōshitai), que resultaría enormememente efectiva.
Durante una carga contra el ejército imperial Nakano recibió un disparo en el pecho, y al verse moribunda le pidió a su hermana que le cortara limpiamente la cabeza.
Otra defensora de Aizu fue una excelente tiradora con rifle: Yamamoto Yaeko, más occidentalizada pero igualmente luchando por los samurais.
La imaginación popular japonesa ha juntado a estas dos guerreras en varias obras de ficción: es muy tentador imaginar unos caracteres tan opuestos chocando como en una buddy movie.
Cada año la televisión japonesa NHK emite una serie histórica o Taiga drama… En este 2013 le ha tocado a Yaeko y la guerra de Boshin.
Y así, con un golpe de naginata, despido el artículo por ahora. Porque el siguiente paso me llevaría a hablar de mujeres armadas y peligrosas que lideraron revoluciones. Pero esa es otra historia y será contada en otra ocasión.

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