Desastre de Annual, una tragedia nunca vista …

Puesto de socorro detrás de la línea de fuego de Tauima durante las campañas del Rif de 1921.
XL Semanal(D.M.Fernández) — «Cuerpos mutilados, momias cuyos vientres explotaron. Sin ojos o sin lengua, sin testículos, violados con estacas de alambrada, las manos atadas con sus propios intestinos, sin cabeza, sin brazos, sin piernas, serrados en dos», así relata el sargento de Ingenieros Arturo Barea lo que encontraron al reconquistar el territorio perdido tras Annual. El diputado Indalecio Prieto prosigue con la macabra descripción: «Cadáveres degollados; en la pared de una casa, un español crucificado».
El panorama se vuelve desolador cuando los testigos de la hecatombe hablan de las torturas antes de las ejecuciones: españoles quemados vivos, con sus carnes laceradas, despellejados, flagelados, con sus uñas arrancadas… ¿Cómo se llegó a esto?
– De América a África
Aunque África está separada en su punto más estrecho por algo menos de 15 kilómetros de España, ese continente no fue un decidido objeto de deseo hasta tiempos recientes.
Es verdad que, tras la expulsión de los musulmanes de la Península Ibérica en 1492, hubo una serie de incursiones militares en el Magreb, pero el descubrimiento de América desvió las energías castellanas más allá del Atlántico.
Unos cuatro siglos después, en 1898, España perdió los últimos restos de su imperio ultramarino y la mirada imperial de la vieja potencia peninsular se tornó hacia las abrasadas tierras africanas. Marruecos aparecía ante destacados sectores españoles como el recambio de América.
No hay que perder de vista que estamos a finales del siglo XIX y principios del XX, momento de enorme agresividad en las relaciones internacionales. Era la época del darwinismo social: el más fuerte sobrevive. Es decir, la potencia débil constituía la carnaza con la que se alimentaba y crecía la potencia vigorosa.
En el caso marroquí, los feroces carnívoros que se disputaban la presa eran Francia y Alemania. España trataba de parecer un carnívoro, sin mucho éxito, pero contaba con la nada desinteresada ayuda británica para reivindicar su pequeño bistec.

Miles de soldados españoles murieron en el Norte de África en el verano de 1921.
El sultanato de Marruecos no había sido objeto de reparto en la Conferencia de Berlín de 1884-1885, que congregó a las grandes potencias para dividirse el continente africano. Era una región codiciada, puesto que contenía la llave meridional del estrecho de Gibraltar, un punto geoestratégico fundamental para el comercio y dominio naval del mundo.
Gran Bretaña dominaba ‘La Roca’ y no quería la bandera de una potencia de primer orden ondeando en su contraparte sureña: su ruta a la India podía peligrar. Por ello, Londres decidió apoyar a España en sus aspiraciones territoriales en Marruecos. Mucho mejor tener españoles, con artillería desfasada y graves problemas estructurales en su ejército, que un hipotético escenario con franceses o, especialmente amenazador para un británico, alemanes frente a las costas gibraltareñas.
Los españoles debían haber entonado el «no te fíes de los ingleses ni cuando traen regalos», pero no lo hicieron y aceptaron la manzana envenenada, que, además, era la de la discordia.
Francia aceptó a regañadientes ceder a España la franja norte del Protectorado que había impuesto al sultán, pero no se preocupó de vigilar con mucho celo su frontera con la zona española. Contrabandistas, espías y aventureros pasaban sin demasiados problemas de un lado al otro de Marruecos. También armas y municiones.

– Ovejas protegiendo lobos
La zona española eran unos 23.000 kilómetros cuadrados (similar a la provincia de Badajoz), de los cuales poco más de un diez por ciento eran llanos. Tal y como se describía en un informe militar de 1925, era «una madeja inextricable de alturas ásperas y generalmente desoladas».
El Protectorado era una serie de territorios que «no tienen físicamente ninguna unidad y son un verdadero caos». No había caminos ni buenas comunicaciones naturales. La población estaba dispersa y se dividía en 66 cabilas -tribus-, lo que se traducía en cerca de medio millón de personas.
El clima tampoco era propicio: extremadamente caluroso en verano y frío y lluvioso en invierno. El general Manuel Goded lo describió: «Luchando contra el enemigo y contra el clima, con los calores abrasadores del verano africano, con las lluvias torrenciales del invierno, con los devastadores temporales de viento y nieve». Lo cual se traducía en caminos de tierra polvorientos en época estival y fangales impracticables en la invernal.

Regimiento de Artilleria Mixto de Melilla en Marzo de 1920.
Las fuentes de agua no eran abundantes y muchas veces resultaban malsanas. Los nativos tenían fama de bravos guerreros, acostumbrados a las luchas intestinas. El sargento de Regulares Enrique Meneses los describió como «gente sin civilizar, de otra mentalidad, semisalvajes; la guerra es su pasión, su diversión favorita».
El territorio que se pretendía colonizar era indómito a todo poder extraño, si bien es cierto que había una cierta sumisión al lejano sultán, en cuanto autoridad religiosa por ser descendiente de Mahoma. Nada de esto eran buenos presagios para las fuerzas españolas.
El ciclo de campañas militares en Marruecos empezó en 1909. Estas operaciones no fueron bien acogidas por el pueblo español, cansado de las guerras del siglo anterior. España, en consonancia con su economía, no tenía un ejército boyante. Además, los pudientes y/o poderosos podían hacer que sus hijos escapasen del servicio a la patria.
Fueron los menos afortunados los que cargaron con buena parte del peso de la expansión en el norte de África. El territorio por colonizar se convirtió en un sumidero de hombres y de recursos y, por lo mismo, los políticos lo tildaron con el significativo nombre de «el problema marroquí».
Desde los gobiernos de Madrid se trató de minimizar costes -humanos y económicos- y ello se tradujo en intervencionismo político y en la limitación extrema de los recursos disponibles. Tan extrema que se dieron situaciones como la detallada por el sargento Meneses: «Los soldados llega el invierno y trascurren buena parte de él con una manta apenas y sus tiendas de lona agujereadas, penetrando el agua y el frío, como si durmiesen al cielo raso».

– El infierno: Annual
Para 1921 se había conquistado algo menos de la mitad del territorio que se pretendía dominar sobre el papel, si bien había habido una aceleración desde 1919: se avanzaba decididamente desde la Comandancia General de Melilla y la de Ceuta y todo hacía pensar en una temprana unión de ambas.
Alhucemas era el punto donde habían de converger las fuerzas occidentales del general Dámaso Berenguer y las orientales de Manuel Fernández Silvestre. Sin embargo, el 31 de mayo de 1921 todo comenzó a torcerse: la línea de Silvestre estaba demasiado avanzada y era demasiado débil.
Este general tenía una especie de competición personal con Berenguer por llegar primero a Alhucemas -algunos dicen que incentivada por el rey Alfonso XIII- y siguió adelante. A unos seis kilómetros de la posición principal, Annual, se tomó el monte Abarrán.
No era una buena elección: mal comunicada, mal abastecida y sita en terreno muy quebrado. Los rifeños la reconquistaron en cuatro horas y se hicieron con artillería, obteniendo una gran victoria.
Una semana después se trató de consolidar la posición española con la toma de Igueriben, otra pésima elección geográfica del mando. Hostigada desde el principio, fue crecientemente aislada y la dificultad de abastecimiento era manifiesta: cada cuba de agua se pagaba con litros de sangre.
Era una dinámica común en Marruecos, el soldado Juan Rivera escribió de las aguadas: «Era la causa principal de nuestras bajas, pues cada vez que salíamos, como quedábamos al descubierto, y la protección era pequeña, los moros mataban a los soldados en número considerable».

El general Dámaso Berenguer visita junto a otros oficiales la posición de Monte Arruit, octubre de 1921. Frente a ellos los restos de los soldados muertos.
Para mediados de julio, el cerco era definitivo e Igueriben se convierte en ejemplo de lo que muchísimos soldados españoles hubieron de vivir en las campañas de Marruecos, a saber: un grupo de hombres aislados del mundo en una barraca de madera, reforzada con planchas metálicas, sacos terreros y alambre de espino -en el mejor de los casos-, trataba de resistir las embestidas nativas, habitualmente nocturnas, con el consiguiente trastorno del sueño.
Solían estar sometidos a fuego constante para evitar que se pudiese salir de las cuatro paredes que constituían su refugio. Sin suministros, pasaban sed y hambre.
El verano africano, de más de cuarenta grados, hacía mella en un puñado de hombres hacinados sin agua y sin siquiera posibilidad de defecar u orinar fuera de la posición.
El olor agrio del sudor, la pestilencia de la comida -o sus restos- en descomposición, los aromas de los excrementos humanos -en latas de gasolina reconvertidas en orinales- y, demasiado frecuentemente, los restos humanos y/o animales putrefactos en el pequeño fortín o en sus alrededores conformaban parte del escenario dantesco que se vivía en Marruecos.
Igueriben fue un ejemplo más. Después de beber el vinagre, sus propios orines, la tinta, la sangre del ganado, el jugo de patatas aplastadas y mascar trozos de cuero para tratar de vencer la sed, llegaba la desesperación absoluta.
Convivir con ratas, piojos, chinches, mosquitos y legiones de moscas era un sufrimiento anecdótico en comparación con el tormento de la sed. La falta de comida y la debilidad por la enfermedad tampoco eran comparables a la primera. El resultado de una estancia en una de estas posiciones -llamados ‘blocaos’-, si se tenía la suerte de ser liberado de esta, solía ser la descrita por el oficial Fermín Galán: «Están famélicos, barbudos, no tienen fuerzas, se caen. Están destrozados».

El suboficial Antonio Carrascosa, con graves heridas -pulmón y brazo- es atendido por el capitán médico Rafael Ramírez en Melilla.
El 21 de julio de 1921, lo mejor de las fuerzas españolas trató de romper el sitio de Igueriben y acabar con su calvario. Los cabileños del caudillo rifeño Abd el-Krim no retrocedieron ni un palmo. La operación de rescate fracasó y se ordenó la retirada: los cercados abandonaban la posición y los indígenas se abalanzaron sobre ellos.
No llegaron a una docena los que lograron alcanzar las líneas españolas. Su salvación aún quedaba lejos. Silvestre mandaba la retirada de Annual por sorpresa la madrugada del 22 de julio, sin un claro plan de repliegue ni apoyos. El caos fue total y la visión de varias columnas enemigas avanzando empeoró la situación.
El comandante general dejó de dar órdenes porque desapareció, algunos relatan que murió bajo fuego enemigo y otros que se suicidó, lo que descabezó la maniobra. La línea española se hundía y muchas tribus sometidas -pero que conservaban sus armas- decidieron no ofrecer ‘puente de plata’ al europeo: hubo una insurrección general, muchas fuerzas indígenas al servicio de España se pasaron al enemigo y unos y otros aprovecharon para vengar las afrentas del colonizador, reales o imaginarias.

– Los platos rotos
No se sabe exactamente cuántos soldados españoles murieron, pero las cifras más realistas rondan los diez mil hombres entre julio y agosto, siendo sus cadáveres objeto de todo tipo de vejaciones. El impacto en España fue enorme. Nadie se esperaba una derrota así y menos de un enemigo ‘primitivo’.
Fue tan hondo el golpe que incluso se puso sobre la mesa la responsabilidad del rey Alfonso XIII. Los militares entendieron que iban a ser la cabeza de turco, y el rey-soldado aceptó un golpe de Estado en 1923 para asegurar su trono. Un sector de militares colonialistas, los africanistas, se convirtió en el instrumento ejecutor de la venganza por Annual.
Ahora sí, dotados por los gobiernos con el más moderno armamento, proveniente del stock de la Gran Guerra (carros de combate, aviones, gases tóxicos…), y con una férrea voluntad de vendetta, brillantes oficiales sofocaron toda resistencia en una guerra a sangre y fuego que se extendió hasta 1927.
Muchos quedaron marcados para siempre. Uno de aquellos oficiales fue el general Francisco Franco: «Mis años de África viven en mí con indecible fuerza […]. Sin África, yo apenas puedo explicarme a mí mismo, ni me explico cumplidamente a mis compañeros de armas».
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