Jamie Reid – Reino Unido, 1947
HA!(M.C.Santos/F.Lampkin) — Jamie Reid es un artista muy relacionado con la Internacional Situacionista, un movimiento post-dadá y pre-punk que pretendía intentar cambiar las cosas desde la única estrategia eficaz y plausible: el gamberrismo y el absurdo. En definitva, Reid sería el encargado de traducir a imágenes el movimiento punk inglés.
Reid estudió en la Universidad John Ruskin (que para los pre-rafaelitas era un mentor) junto al inefable Malcolm McLaren. Ahí entran en contacto con los escritos situacionistas, y de hecho contribuirá a la traducción y publicación en UK de los mismos.
A principios de los 1970, Jamie y otros tipos se compraron material de impresión y empezaron a publicar fanzines, folletos, panfletos y carteles. Con la ideología anarquista, la estética dadá y la filosofía del hazlo tú mismo propia del Punk, Reid fue creando un nuevo estilo de diseño gráfico basado en recortar titulares de periódicos con un estilo ransome note (unión aleatoria de tipografías distintas)
A finales de los 70, sería él el que definiría la imagen del punk (el inglés, ya que usaba localismos como la reina de Inglaterra). y sería el encargado del diseño de los discos y singles de los Sex Pistols, que causaron un gran impacto tanto a nivel sonoro como visual.
Dios salve a la reina

Colección particular
El 28 de octubre de 1977 se publica en el Reino Unido el mítico Never Mind the Bollocks (algo así como Qué cojones importa) de los Sex Pistols. El grupo ya tenía un éxito considerable por el lanzamiento el año anterior de Anarchy in the UK, pero al salir este álbum, estalló la bomba atómica.
Aunque los Pistols no inventaron nada nuevo en el rock and roll (en los años 50 era igual o más salvaje, primitivo y radical), pasaron la música por la coctelera de la posmodernidad, el punk que ya había nacido en Nueva York y el descontento de la juventud británica y crearon un monstruo que a la larga los acabaría devorando. Exactamente igual que el dadaísmo, breve movimiento autodestructivo que ya había hecho más o menos lo mismo décadas antes.
Como el dadá, el Punk duró poco, pero dejó pruebas de su paso por el mundo, entre ese excelente disco.

Never Mind the Bollocks, Here’s the Sex Pistols-Virgin Records, 1977
Para acompañar visualmente a la música, los Pistols optaron por Jamie Reid, un gamberro situacionista que editaba fanzines, panfletos y carteles anarquistas. Reid aceptó de buena gana el el ofrecimiento para diseñar los discos y carteles de Sex Pistols, con la única condición de tener el control artístico absoluto.
Entre sus creaciones, la más polémica fue esta distorsión dadaísta de la foto de la Reina de Inglaterra. Recordemos que Duchamp ya le había puesto bigotes a otra vaca sagrada del arte, la Gioconda, y con esto en mente (y los carteles situacionistas del mayo francés), Reid trasladó toda esa amargura, ira, confusión, alienación, frustración, crisis económica y falta de futuro y esperanza de los jóvenes británicos en una sola imagen.
Una mezcla posmoderna (y por lo tanto, pesimista) de ideología anarquista, la estética dadá y la filosofía del hazlo tú mismo propia del Punk, en la que retrata el absurdo de una monarquía, con ese alfiler atravesándole la boca a la reina y el mensaje «Dios salve a la Reina, ella no es un ser humano. Sex Pistols». Un collage tan absurdo, divertido y efectivo como el de los dadaístas.
Otra de las señas de identidad de Reid que comparte con los dadaístas y situacionistas fue su reconocible tipografía, basado en recortar titulares de periódicos con un estilo ransome note (unión aleatoria de letras distintas).
Jean Auguste Dominique Ingres – Francia, 1780–1867

HA!(M.C.Santos) — AD Ingres fue uno de los pintores franceses del neoclásico. Aunque siendo exactos, no defendió a capa y espada este movimiento. Incluso se puede decir que el artista tiene mucho de romántico y casi de realista. Libre y ajeno a etiquetas y clasificaciones (como debe ser un artista, aunque para un historiador facilita mucho las cosas), lo que a él le interesaba era el dibujo.
En efecto, Ingres era un dibujante magistral, y ya desde los 11 años demostró su talento. A finales del XVIII incluso el casi divinizado David lo acoge en su taller, pero parece ser que no se llevaron muy bien. El frío clasicismo del pintor oficial de la revolución no encajaba en el ideal de belleza de Ingres, que ya iba unos pasos por delante.
Eso sí… era neoclásico en el sentido de estar enamorado del Quattrocento e incluso vivió varias décadas en Roma, copiando a los grandes maestros del arte clásico. Por lo visto en Francia su obra no fue todo lo exitosa que debería y vivió un período bastante mísero durante el cual pintó con desgana todo aquello que se le encargaba.
No sería hasta 1841 cuando triunfó en su país e incluso se le encargó decorar las vidrieras de la Capilla de Notre Dame y fue entre otras cosas, senador. Al tiempo, dedicó parte de su talento a su otra gran pasión: el violín.
En esa época llamó la atención su rivalidad con Delacroix, el joven que estaba arrasando con su nueva pintura. Tanta fue su animadversión al romántico que en cierta ocasión, Ingres pidió que abrieran las ventanas del Louvre tras el paso de Delacroix por las salas para ventilar el «olor a azufre».
Ingres destacó sobre todo en 3 géneros: El retrato, que volvió locos a la nobleza y alta burguesía de la época, la pintura histórica, en la que intentó imitar a su mentor David, y el desnudo, exclusivamente femenino, en el que deja claro que como dibujante fue uno de los mejores artistas de todos los tiempos.
Murió a los 87, ya consagrado como una leyenda y sufriendo una enfermedad de los ojos, que no le impidió seguir pintando, aún con ayuda de sus colaboradores.
Menos de un siglo después, las vanguardias (Picasso a la cabeza) lo elevaron al Olimpo de los grandes artistas de todos los tiempos.
Retrato de Mademoiselle Caroline Rivière

Museo: Louvre, París (Francia)
(S.R.Comas) — Podría ser Natasha Rostova, la chiquilla de ojos negros protagonista de Guerra y paz, el año en que asiste a su primer baile. El aspecto de la joven y la moda que luce encajan perfectamente con el personaje. Pero no; la retratada es Caroline Rivière, una dama francesa que, en aquel entonces, contaba con apenas quince años.
Ingres era, ante todo, dibujante. Las figuras de sus cuadros están perfectamente delimitadas; las líneas se desenvuelven casi de forma mágica sobre el lienzo, claras y contundentes. Sin embargo, no se puede etiquetar al artista de neoclásico, ya que, en parte por su extensa trayectoria vital (nada menos que 87 años), en parte por su carácter rebelde, nunca se ciñó a un estilo concreto. Su curiosidad, como la de todo gran artista, bebió de muchas fuentes, incluido el tan denostado pasado medieval.
Mademoiselle Rivière aparece mirando al espectador, con el cuerpo un tanto ladeado y con un preciosista y detallado paisaje a sus espaldas, al más puro estilo quattrocentista. No es ningún misterio el amor que sentía Ingres por el siglo XV y por el arte italiano en general. De la misma forma, la estilización del personaje, la minuciosidad del detalle y la contundencia del dibujo refuerza la sensación de medievalidad, y acerca al pintor a los primitivos flamencos, especialmente Van Eyck y Van der Weyden. No en vano, cuando el cuadro se expuso en el Salón de París de 1806, fue tachado de demasiado goticista por sus contemporáneos.
El artista se sintió tremendamente hechizado por la modelo, a la que describió como «encantadora» en algunos de sus escritos. No tenemos constancia de un enamoramiento de verdad, aunque bien podría haber sucedido, dado que Ingres se hallaba entonces en su plena juventud (y ya sabemos la fascinación que siempre ejerció en él la figura femenina)… de ser así, la historia es digna de una tragedia romántica al uso: la joven fallecería solo unos meses después de terminar el cuadro, a los quince años.
Todo un tortazo emocional para el pobre Ingres, y por supuesto para los padres de la muchacha; por cierto, también retratados por el pintor ese mismo año.
Mademoiselle Rivière es apenas una niña, y el artista la representa vestida de blanco inmaculado. Casi no tiene pecho; sus rasgos son aún infantiles, pero en los gruesos labios y en la mirada húmeda vislumbramos a la inminente mujer. Una mujer que queda enfatizada con la sensual boa blanca que la envuelve y los guantes que le caen demasiado grandes. Sea como sea, la dulzura que el artista imprime en el retrato nos llega al corazón. Y ya nos da igual que el cuello de la joven sea demasiado sinuoso, la cara demasiado ovalada y la nariz demasiado larga. ¿Qué más darán las incorrecciones anatómicas, cuando se puede transmitir tanta ternura?
Júpiter y Tetis

Museo Granet, Aix-en-Provence (Francia)
(E.Iborio) — La Ilíada cuenta como Aquiles le pide a su madre Tetis que visite a Zeus (ya sabéis, Júpiter para los romanos) para rogarle una victoria de los troyanos y así lo muestra Ingres, de forma impecable: Júpiter en el Olimpo, en su trono de nubes, con su cetro y su águila. Lo hace romanizando algo tan griego, pero hay que entender que en esa época Ingres estaba en Roma y eso marca a cualquiera, más a un artista.
De vuelta en París, a nadie le gustó el cuadro. Al parecer, era demasiado bidimensional para los gustos todavía neoclásicos. Demasiado «primitivo». Júpiter está enorme, ocupa casi todo el cuadro, aunque esa era precisamente la idea: mostrar el poder de ese Dios y contrastarlo con la nereida suplicante. Al fondo, Hera observa la escena, que conocía demasiado a su marido Júpiter.
Pero hay algo raro en la escena:
«Acomodóse junto á él, abrazó sus rodillas con la mano izquierda, tocóle la barba con la diestra y dirigió esta súplica al soberano».
Ilíada, Canto I
Fijaos ahora en el cuadro. Ingres contradice por completo a Homero y hace lo contrario de lo que pone en la Ilíada: la mano derecha de Tetis está en las rodillas de Júpiter, y su mano izquierda en la barbilla.
Una teoría plausible es que Ingres «hiciese trampa» y utilizase para pintar el cuadro instrumentos ópticos al estilo de una proyección con cámara oscura (como ya habían hecho reputados artistas como Vermeer, Caravaggio y muchos más) que daría como resultado que la imagen se viera a la inversa.
Si investigamos un poco, hay muchísimos personajes zurdos en numerosos cuadros de grandes artistas. Quizás el uso de la cámara oscura sea el secreto mejor guardado de la Historia del Arte.
La apoteosis de Homero

Museo Louvre, París (Francia)
(L.C.Guerrero) — Homero es probablemente uno de los personajes literarios más importantes de todos los tiempos. Algunos creen que en realidad nunca existió, otros defienden que sí, y aunque la Ilíada y la Odisea no salieran de su imaginación, piensan que simplemente se dedicó a transcribir la tradición oral (el storytelling) que pasaba de generación en generación (¿O realmente imploraba a la musa Calíope, aquella de la poesía épica, que le cantara la historia?)
De una forma u otra, el caso es que Homero ha quedado como una de las figuras más importantes de la Antigua Grecia.
En esta obra, Ingres lo inmortaliza como tal, es todo un homenaje al personaje, sentado en su trono y coronado no por un ángel cualquiera, si no la Fama alada, simbolizando la fama póstuma de Homero, que ha llegado hasta nuestros días. Le coloca la corona de laurel, siempre símbolo de victoria y máximo reconocimiento.
Respecto a la composición de la pintura, crea un triángulo perfecto entre la posición de Homero y las dos mujeres a sus pies. Ambas son alegorías de sus dos obras. A la izquierda, vestida de rojo, vemos la alegoría de la Ilíada, con una espada a su lado, que representa la lucha en la Guerra de Troya. En el lado derecho, la alegoría de la Odisea viste de verde y lleva con ella un remo, que representa el largo viaje que hizo por mar Ulises u Odiseo para regresar a su amada tierra Ítaca.
Alrededor de estas figuras protagonistas, vemos un gran número de personajes ilustres, tanto de la antigüedad como de la época moderna. En la parte superior se encuentran los personajes antiguos: griegos y romanos. En la parte inferior en cambio, sitúa a los personajes modernos: entre ellos podemos reconocer fácilmente a Miguel Ángel y Molière (ambos en la esquina inferior derecha).
Sin embargo, hay algunas excepciones:
En el lateral superior izquierdo aparece vestido de azul Zeuxis, uno de los pintores más famosos de la Antigua Grecia. Según cuentan, tuvo una disputa con Parrasio, otro pintor, por ver cuál de los dos tenía más talento. Zeuxis pintó unas uvas tan realistas que los pájaros acudieron a picotearlas, y sin duda se proclamó vencedor. Zeuxis coje de la mano a otro personaje, lo invita a subir con él. Ese personaje no es otro que Rafael, pintor tan maravilloso que podría estar perfectamente con los antiguos.
Otro personaje de arriba rodea a otro moderno (relativamente, ya que es de la Edad Media) para que suba con él: es el poeta romano Virgilio, que invita a subir a Dante, perfectamente reconocible con su icónica caperuza roja.
Según Ingres, tanto Rafael como Dante (el primero por su pintura, el segundo por su poesía) consiguen cumplir una síntesis tan perfecta que podrían estar junto a los grandes artistas de la Antigua Grecia y la Antigua Roma.
Aunque Homero sea el gran protagonista, Ingres aprovecha también para homenajear a estos otros personajes, los cuales sí sabemos al cien por cien de su existencia.
La fuente

Museo d’Orsay, París (Francia)
(M.C.Santos) — «La Source» es un cuadro de la etapa neoclásica de Ingres. Aunque esos tiempos ya se habían superado, el pintor lo estuvo retocando 50 años (y eso que aún cuando lo dio por finalizado, no quedó satisfecho).
En el lienzo vemos a una odalisca que simboliza el nacimiento de los ríos. De ahí que tenga como atributo el cántaro. Esta iconografía es propia del quattrocento, que tanto apasionó al artista.
El dibujo es el protagonista absoluto del lienzo. Ingres apenas se interesó por la pintura, aunque eso no significa que, como vemos, las texturas de las carnes, la flora, los objetos y el agua sean absolutamente magistrales. Casi propias del realismo.
Baño turco

Museo: Louvre, París (Francia)
(M.C.Santos) — El viejo verde Ingres en sus últimos años. Todo un voyeur que se permite mirar por el ojo de la cerradura (¿de ahí el formato circular…?) para espiar a estas odaliscas bañándose.
El artista firma la obra AETATIS LXXXII («a la edad de ochenta y dos años»), un poco riéndose de sí mismo.
Ingres muestra el cuerpo femenino desnudo multiplicado por 24. Mujeres de todas las razas, algunas de las cuales ya habían pasado antes por sus cuadros, y que aquí el pintor recopila como el éxtasis del orientalismo erótico. No faltan incluso caricias lésbicas, que hacen de esta obra casi un icono LGTB.
Aquí ya no queda apenas rastro de neoclasicismo en Ingres. Las tropas francesas habían tomado parte de África y y occidente ve ese oriente colonizado como una nueva moda potenciada por el romanticismo. El exotismo que vemos en el cuadro viene dado también por la música (el laud), la comida (en primer plano) y el olor (el inciensario). Todo exaltando los sentidos, algo desde luego muy poco neoclásico.
Aunque el pintor, en el otoño de sus días, usaría esto como simple pretexto para pintar lo que más le gustaba desde siempre: mujeres desnudas.

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