Un poco de Arte…

Título original: The Tattoo Artist/Museo: Museo de Brooklyn, Nueva York (Estados Unidos)/Técnica: Óleo (109,5 x 84,1 cm.) – 1944
El tatuador (El amor no siempre dura. Los tatuajes sí.)-Norman Rockwell.
Historia del arte(M.C.Santos) — Otra portada de Rockwell (la enésima) para el Saturday Evening Post.
Aquí el artista más americano de la historia reflexiona, con su habitual sentido del humor, sobre la permanencia de los tatuajes frente a lo rápido que se puede ir el amor. Y nada mejor para ilustrarlo que este marinero, que ha dejado amores a lo largo y ancho del mundo y se está tatuando el nombre de Betty, quizás el definitivo. Poco espacio le queda ya en este brazo.
Ahora lo raro es que alguien no tenga tatuajes, pero en 1944 profanarse la piel con tinta era exclusivo de marineros y presidiarios, o quizás de alguna tribu de algún país lejano.
Norman Rockwell deja de lado por un momento su característico naturalismo cotidiano y se pone un poco «moderno» eliminando el fondo para llenarlo de diseños de tatuajes populares para convictos y marinos en esos años, y el resultado es estupendo.
Para recrear esta pintura, Rockwell llamó a un vecino, Clarence Decker, para que posara como el marinero, y utilizó a su amigo y colega ilustrador Mead Schaeffer para dar vida al tatuador. Decker (que no tenía un solo tatuaje en su cuerpo) volvería a posar para el artista en varias ocasiones, pero Schaeffer, al ver la obra acabada se quejó a Rockwell de haberle pintado un culo demasiado grande.
– El arte del remake. Salvador Dalí

Museo: Museo Dali, San Petersburgo, Florida (Estados Unidos)/Técnica: Óleo (25,4 x 33 cm.)
(I.Ibiricú) – Los remake los solemos asociar a las series o las películas, pero no existen solamente en las pantallas. En el arte también tienen su hueco. La desintegración de la persistencia de la memoria representa, en todo su esplendor, la evolución en el tiempo de una de las obras más memorables del pintor catalán, La persistencia de la memoria. Aunque, en cierta manera, no fue una segunda parte de su cuadro, sino uno totalmente novedoso.
En esta obra se ve reflejado el avance de la ciencia y la guerra, en concreto, la creación de la bomba atómica unos años antes, desde el punto de vista de Salvador Dalí.
Por lo que esta obra representa —una vez más— ese amor y esa pasión que el pintor tenía hacia la ciencia y su progreso. Como se puede observar, algunos de los elementos más icónicos de la primera versión se mantienen. Entre ellos, los relojes derretidos o el paisaje costero de Cadaqués, aunque en esta nueva versión tengan un toque y enfoque pictórico diferente. A través de estos trazos, Dalí representó de forma figurativa asuntos tan contrapuestos como la propia destrucción humana, a través de los misiles atómicos y el pez, representando la propia vida.
En definitiva, a través de esta pintura, Dalí da un paso más en el movimiento del surrealismo, uniendo —una vez más— ciencia, arte y actualidad.
Goya: Autorretrato («Verdadero retrato suyo, de mal humor, y gesto satírico».) Francisco Goya

Título original: Autorretrato. Francisco Goya y Lucientes, pintor/Museo: Museo del Prado, Madrid (España)/Técnica: Grabado (30,6 x 20,1 cm.)/Aguafuerte, aguatinta, punta seca y escoplo (o buril) sobre papel verjurado ahuesado.
(Francisco de Goya) – En la imagen que veis en vuestras pantallas aparece nada menos que el señor Francisco de Goya y Lucientes, de oficio «Pintor».
El artista se autorretrata con un gran sombrero de copa, melena encrespada sobre el cuello y tremendas patillazas, todo muy del gusto de la moda masculina de esos primeros años del siglo XIX. El Antiguo Régimen llegaba a su fin y entraba una nueva época en la que iban a cambiar muchas cosas, entre ellas la indumentaria. Medias, pelucas y lunares falsos se iban al armario de ropas horteras.
Goya fue un artista bisagra que vivió esos dos tiempos: fue el último gran maestro antiguo y el primer artista moderno, en su caso, modernísimo. Con un pie en cada época, tan fascinado por la superstición como por la Ilustración, tanto por la irracionalidad como por la razón, fue consciente de que era ante todo «Pintor» y dejó en toda su obra una huella de su visión apasionada de la vida y el arte, dos conceptos que para él siempre estuvieron unidos.
Un comentario manuscrito sobre esta estampa se conserva en la Biblioteca Nacional: Verdadero retrato suyo, de mal humor, y gesto satírico.
Ya nos garantizan en el comentario que este era el semblante del autor por esa época. Los tiempos de juventud de Goya quedaban lejos. A sus casi cincuenta años está completamente sordo, pero por esa nariz achatada que muestra, podemos comprobar que no había perdido el olfato para captar la esencia de la vida, como bien vemos en sus Caprichos, que se encabezan con esta estampa.
El mal humor por el que era conocido se demuestra en ese gesto satírico, entre la melancolía y el cinismo; y con esa mirada sesgada, como de desconfianza, con la que parece que acaba de escrutarnos y recopilar algunas de las tragicomedias del alma humana.
Elegía a la República Española (Canción fúnebre visual) Robert Motherwell

Título original: Elegy to the Spanish Republic, 108/Museo: MoMA, Nueva York (Estados Unidos)/Técnica: Óleo (208,2 x 351,1 cm.)
(M.C.Santos) – Motherwell fue uno de los expresionistas abstractos de la Escuela de Nueva York, y como otros compañeros, le dio mucha importancia al automatismo —una técnica surrealista de rascar un poco el subconsciente— del que surgían colores y formas, ritmos e intervalos.
En el caso de la obra de este artista, casi siempre surgían esas características formas de color negro, en algún lugar entre la geometría y el gesto, casi como caligrafías. Repeticiones. Eran parte de su vocabulario pictórico. Y además enormes, inmensas, alguna de casi cinco metros de largo.
Motherwell realizó unas cuantas Elegías a la República Española (más de 100, entre 1948 y 1967). La que tenéis en pantalla es de las últimas. El artista quiso recordar una muerte terrible que no debe olvidarse, aunque las imágenes también son metáforas generales del contraste entre la vida y la muerte, y su interrelación.
De joven escuchó hablar sobre la Guerra Civil Española en una manifestación en San Francisco. Tenía 22 años y se quedó impactado por la terrorifica contienda fraticida que serviría de premonición y laboratorio de los grandes conflictos ideológicos que marcarían el siglo XX.
Motherwell utilizó eso como motor moral para sus exploraciones plásticas, creando finalmente una canción fúnebre para las cosas que importan,
una canción visual. Es sorprendente lo cercanas que están a veces la pintura abstracta y la música.
La Visión de Constantino («Con este signo vencerás».) Gian Lorenzo Bernini-1667

Título original: Visione di Costantino/Museo: San Pedro del Vaticano, Roma (Italia)/Técnica: Escultura
(L.C.Guerrero) – En un principio, esta estatua ecuestre fue pensada para colocarla en el interior de la Basílica de San Pedro, pero cuando un ya veterano Bernini recibió este encargo del mismísimo Papa, estaba ya trabajando en la imponente Scala Regia, una escalera construida durante el Renacimiento para conectar el Palacio Apostólico con Basílica. Bernini realizaba en aquel momento algunas modificaciones para reconvertir la escalera al Barroco, utilizando el recurso del trampantojo que tanto gustaba.
Comenzó a realizar la obra teniendo en cuenta la localización que le habían pedido, hasta que en algún momento, por razones desconocidas, prefirieron situar la escultura en la escalera modificada por el artista.
Bernini realizó pequeños cambios en la creación a medias, ya que el punto de vista cambiaría desde el cual sería vista cambiaba considerablemente.
No era de extrañar recibir un encargo con el protagonismo del emperador Constantino, ya que en el siglo XVII recibía gran interés al ser el emperador que se convirtió al Cristianismo, un hecho extremadamente relevante.
Bernini, como buen barroco, escoge el momento idóneo: Constantino tiene una visión antes de enfrentarse en la Batalla, ve la cruz proyectada en el cielo, cual holograma, acompañada de la frase «con este signo vencerás». Y así fue, los enemigos huyeron y Constantino se proclamó vencedor.
La localización de la estatua, después de todo, resulta perfecta. Según la hora del día, entra luz natural por las ventanas más próximas y choca contra la figura de Constantino, que parece estar extasiado en plena visión.
– Baile de tarde Bailar pegados en el taller de Casas. Ramón Casas 1896

Título original: Ball de tarda/Museo: Cercle del Liceu, Barcelona (España)/Técnica: Óleo (170 x 230 cm.)
(P.Egea) – El artista Ramon Casas fue uno de los máximos exponentes del Modernismo catalán en las disciplinas de la pintura, el dibujo y el cartel. Siendo muy joven (15 años) consiguió continuar sus estudios de arte en París. Allí se descubrió su brillantez. Su Autorretrato (1883) pintado con solo diecisiete años fue lo que le definió como artista.
La escena plástica Baile de tarde nos transmite su pasión por plasmar grupos de personas y costumbres. Esta acción está captada en su ciudad natal, Barcelona, se supone que el lugar donde se refleja la escena es el propio patio del taller de Casas. Es sabido que allí se organizaban eventos culturales y reuniones de artistas, aunque en este caso nos encontremos ante una escena festiva y desenfadada de la alta burguesía a media tarde. La luz que se filtra en el toldo ocre crea una atmosfera cálida parecida a los atardeceres luminosos de los que se apoderó el artista en su viaje a Granada.
La destreza que Ramon Casas demostraba con el pincel elaboró que Baile de tarde fuese un abanico lleno de detalles y le diese a cada personaje su propia narrativa: los gestos de cada personaje le confieren un estado de ánimo diferente. El hombre de negro sentado en primer término, acompañado de una figura femenina, muestra un abatimiento que resalta en la armonía del resto de la composición.
El artista define delicadamente a unas mujeres sentadas de espalda al espectador, ricamente vestidas de tul blanco, en actitud de espera a que alguien las invite a bailar. Corrillos de hombres, que perspectivamente están más alejados del espectador, y que muestran tener una conversación entre ellos. En medio de este ambiente tan desenfadado y amigable, destaca llamativamente la soledad de una mujer sentada a la izquierda de la composición, posiblemente vigilando a su pupila.
Las tonalidades claras de las vestimentas femeninas (rosados, blancos y grises) muestran la elegancia y refinamiento de la alta sociedad de la época. La seriedad de los trajes negros de los hombres contrasta con la delicadeza de las telas femeninas. Ramon Casas crea una imagen exquisita sobre los eventos de la burguesía catalana, muy al contrario de Toulouse-Lautrec que recreaba bailes de la noche de la bohemia parisina como en la obra Moulin Rouge, La Goulue.
En el mar. Familia. Baño de realismo. Dmitri Zhilinsky 1964

Título original: СЕМЬЯ У МОРЯ/Museo: Galería Tretyakov, Moscú (Rusia)/Técnica: Temple (123 x 88 cm.)
(C.Carnota) — Para crear sus estampas de la vida de una familia de vacaciones en la URSS, Zhilinsky reúne el estilo del Renacimiento europeo, un poco de iconografía rusa, lo pasa por la batidora de la modernidad y le pone la guinda de su propio estilo de Realismo Social Soviético, en su caso bastante mágico.
En 1964, cualquier ciudadano ruso tenía derecho a sus vacaciones anuales pagadas. En algunos casos de 45 días laborables, dependiendo del trabajo. El Estado necesitaba que sus trabajadores gozaran de buena salud para producir, además de poseer un sentimiento de seguridad en su país, y más que nada, de dependencia de sus lugares de trabajo.
La gente se iba a futuristas balnearios soviéticos, o los que tenían coche se iban de acampada al lado de algún lago, o a la casa de algún familiar en el campo. Y los más afortunados, los que tenían contactos en sindicatos o el Partido, se podían marchar a la costa Báltica o a Crimea, para tostarse al sol y darse un baño en el Mar Negro.
Zhilinsky vivió un verano en la playa, y se nota que le sentó bien por la armonía y la calma que transmite este cuadro.
El color, la monumentalidad, el equilibrio, la composición… El el mar. Familia muestra en el fondo a soviéticos disfrutando en el mar, y en primer plano a su esposa, la escultora Nina Zhilinskaya, y a sus hijos Olya y Vasya, y además aprovecha para autorretratarse con un pez recién pescado. Zhilinsky nos mira, «rompiendo la cuarta pared», como diciendo que esta bucólica estampa no es todo lo realista que parece. Que es más bien símbolo, propaganda y fantasía.
Deja un comentario