Del espacio exterior …

eitb.eus/infobae/20bits(R.Holgado)/Yahoo Noticias(M.Artime)/L.B.V.(A.Corujo/J.Álvarez)/BBC Newa — El asteroide Apophis, descubierto en 2004, está ya oficialmente fuera de la lista de objetos con riesgo de colisión con la Tierra que elabora la Agencia Espacial Europea.
En los últimos 17 años, esta roca con nombre de demonio egipcio, de 325 metros de largo, ha estado en el top ten de los titulares catastrofistas sobre peligros procedentes del espacio.
Nuevas observaciones han descartado que Apophis pueda impactar contra la Tierra en al menos un siglo.
El ingeniero Aeronáutico Juan Luís Cano es responsable del Sistema de Información de NEOS de la ESA. Los NEOS, objetos cercanos a la Tierra, se vigilan con precisión precisamente para anticipar posibles riesgos. Con él charlamos sobre la logística organizada para la defensa planetaria ante este tipo de peligros, incluidas dos misiones de NASA y ESA que probarán si es factible desviar un asteroide que viene derecho hacia la Tierra.
Cometa interestelar
Hasta el momento se han detectado dos objetos interestelares de paso por el sistema solar. Oumuamua, que pasó cerca de la Tierra en 2017, catalogado como cometa. El segundo viajero es el cometa errante 21- Borisov, descubierto en agosto de 2019.
Un estudio publicado en Nature revela que este objeto es uno de los más prístinos observados jamás, lo que lo convierte en una reliquia inalterada desde su formación en una nube de gas y polvo. Uno de los autores es el astrofísico Toni Santana, investigador de la Universidad de Alicante y del Instituto de Ciencias del Cosmos de la Universidad de Barcelona.

La NASA calculó que el asteroide que podría impactar contra la Tierra en 2022 tiene el poder de 150 bombas de Hiroshima
Una explosión con el poder de 150 bombas de Hiroshima podría dejar un escenario apocalíptico en la Tierra en 2022. Mucho se habló del fin del mundo en 2012, pero parece que, de acuerdo con la NASA, esta predicción podría ocurrir diez años más tarde, es decir, el próximo año.
Es que la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio (NASA, por sus siglas en inglés) ha definido como “potencialmente peligroso” al asteroide 2009 JF1, ya que podría impactar contra la Tierra el 6 de marzo del año 2022 a las 08:34 horas, según ha informado la agencia espacial, aunque también estima que la probabilidad de impacto es de 1 entre 3.800 (un 0,026%).
La fecha establecida para la colisión se ha concretado tras la observación exhaustiva del asteroide a través de un sistema de monitoreo de colisiones de la agencia espacial estadounidense que cataloga a los objetos cercanos al planeta según su tamaño, velocidad, dimensiones y año en el que se cree que se producirá el impacto.
Esta roca espacial es considerada “potencialmente peligrosa” por la NASA, que la ha calificado como Objeto Cercano a la Tierra (NEO), lo que significa que está suficientemente cerca como para considerarse una amenaza para la Tierra. Los asteroides son cuerpos celestes, los cuales se mueven en órbitas, ya sean de excentricidad escasa o considerable alrededor del Sol, y cuya inclinación sobre la elíptica puede ser de cualquier ángulo.
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Un asteroide, calificado como peligroso por la NASA, podría chocar contra la Tierra en 2022
“Algunos asteroides y cometas siguen caminos orbitales que los llevan mucho más cerca del Sol de lo habitual y, por lo tanto, de la Tierra”, explica la NASA en un comunicado. Estos asteroides son constantemente monitoreados por el Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA, usando un sistema automatizado llamado Sentry. Este sistema logra medir una gran cantidad de datos que permiten determinar, por ejemplo, que 2009JF1 es un asteroide Apolo, es decir, que su órbita alrededor del Sol es más grande que la de la Tierra.
Según precisa la NASA, “Sentry es un sistema de monitoreo de colisiones altamente automatizado que escanea continuamente el catálogo de asteroides más actual en busca de posibilidades de impacto futuro con la Tierra durante los próximos 100 años. Siempre que se detecte un impacto potencial se analizará y los resultados se publicarán inmediatamente aquí, excepto en casos inusuales en los que busquemos una confirmación independiente. Es normal que, a medida que se disponga de observaciones adicionales, los objetos desaparezcan de esta tabla cuando ya no haya detecciones de posibles impactos. Por esta razón, mantenemos una lista de objetos eliminados con la fecha de eliminación”.
El asteroide 2009 JF1 está actualmente a 375.587.595 km del planeta, aproximándose 18 km hacia nosotros cada segundo. Vuela más allá de la Tierra a una velocidad increíble, a 65.293 kilómetros por hora. La Agencia Espacial lo visualizó a través de Sentry en 2009, estimando que mide alrededor de 13 metros de diámetro. Su impacto contra la Tierra podría causar una explosión equivalente a 230 kilotones de dinamita. Hay que calcular que la bomba de Hiroshima tenía solo quince kilotones de poder.
Si bien la probabilidad de colisión en muy baja, rocas más pequeñas que suelen acompañar al cuerpo espacial pueden ingresar a nuestra atmósfera, arder en ella mientras descienden al suelo, creando meteoros y meteoritos que muchas veces vemos como lluvias de estrellas en el cielo nocturno.
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El asteroide 2009 JF1 podría impactar contra la Tierra el próximo 6 de mayo del año 2022 a las 08:34 horas
Misiones para atacar o desviar asteroides
Las agencias espaciales están trabajando actualmente para elaborar misiones para atacar a estos asteroides que suponen una amenaza para el planeta y poder desviarlos de su trayectoria.
Tal es el caso de la nave espacial DART, lanzada con el objetivo de colisionar contra Dimorphos, uno de los asteroides más peligrosos para la Tierra por sus características. DART pertenece a la misión Hera de la NASA en colaboración con la Agencia Espacial Europea (ESA).
Lo cierto es que la probabilidad de que un asteroide colisione contra la Tierra, aunque sea muy baja, preocupa a bastantes humanos. Por ese motivo, fuera de la ficción, la NASA también parece estar preparándose por si ocurre lo mismo que ocurrió en la trama del filme.
Para llevar a cabo su investigación, la NASA se alejará 11 millones de kilómetros de la Tierra con la misión DART (Prueba de redireccionamiento de doble asteroide) que esta mañana ha sido lanzada al espacio desde un Falcon 9.
La nave que ha despegado de nuestro planeta, tardará en llegar a su destino aproximadamente 10 meses, es decir, en otoño del año que viene. Allí se encontrará en el sistema binario Didymos que está compuesto por el asteroide de 780 metros de diámetro homónimo, y otro que orbita alrededor del primero de 160 metros de diámetro llamado Dimorphos.
El objetivo de la NASA en su misión es que su nave choque contra el asteroide más pequeño y desviar su órbita “una fracción de un uno por ciento”. Según la agencia, esto cambiará “su periodo orbital en varios minutos, lo suficiente para ser observado y medido por telescopios en la Tierra”.
La misión DART consiste en una prueba tecnológica de defensa planetaria que pretende prevenir el impacto de un objeto espacial sobre la Tierra. Sin embargo, este experimento se realizará muy lejos de nosotros, por lo que Didymos no es ninguna amenaza ahora ni con la desviación que tienen previsto realizar.
La nave espacial que se ha lanzado esta mañana desde la base Vandenberg (California) de la Fuerza Aérea de EE UU pesa unos 620 kilogramos en total. Una hora después de su lanzamiento, se tenía previsto que la nave encendiese su transpondedor para que una antena de la ESA capte su señal.
Los datos que DART recopile servirán de información a la NASA sobre el estado de la nave durante su trayecto. Además, esta señal también permitirán que la agencia pueda enviar instrucciones a la nave cuando sea necesario.
Los resultados obtenidos en 2022 con la misión DART servirán de apoyo a la misión Hera de la ESA, que tiene previsto lanzarse en noviembre de 2024 al sistema binario Didymoon.
El síndrome Kessler: la amenaza espacial sobre la Tierra de la que nadie habla
Representación artística del año 2008 creada por la ESA en la que se mostraba el número de objetos (útiles o no) que orbitaba la Tierra.
En 1978 el científico y consultor de la NASA Donald J. Kessler, consciente del creciente número de satélites que las potencias ponían en órbita cada año, y la previsibilidad de que tal número creciera con el paso del tiempo, propuso un escenario futuro nada halagüeño que podríamos describir con el término “reacción en cadena” que manejan los físicos cuando hablan de fisión nuclear.
En aquel escenario “apocalíptico” Kessler imaginó un volumen de basura espacial en la órbita baja terrestre tan alto, que los innumerables objetos que volarían de forma incontrolada (como balas perdidas) impactarían con frecuencia sobre otros objetos (pensemos en satélites en operación). A su vez, los objetos resultantes del impacto, convertidos en nuevos proyectiles de basura espacial, impactarían contra otros, aumentando el caos en cada ocasión. Como veis, la expresión “reacción en cadena” es efectivamente la analogía más gráfica para entender lo que podría llegar a suceder, si seguimos poniendo más y más satélites nuevos en órbita, al tiempo que no nos preocupamos de retirar los viejos.
Hablar hoy del Síndrome Kessler es más relevante que nunca, especialmente después de que el mundo conociera lo que los rusos han hecho al efectuar pruebas de misiles tierra- espacio usando un viejo satélite Kosmos-1408 lanzado en 1982 como diana. La kosmos, averiada desde hace años, pesaba más de una tonelada y los múltiples objetos que salieron despedidos tras el impacto del misil llegaron a preocupar seriamente a los tripulantes de la ISS, desatando como es lógico la indignación de las autoridades de los Estados Unidos, que tacharon las maniobras rusas de “peligrosas e irresponsables”.
En la actualidad existe una cifra aproximada de 330 millones de pedazos de tecnología humana en el espacio. Obviamente no es que la humanidad haya lanzado todos esos objetos de forma individual, sino que muchos de son restos pequeños desprendidos de otros objetos más grandes. De no detener esa reacción en cadena, la Tierra terminará orbitada por cinturones de basura espacial, lo cual sería un problema sumamente grave si pretendemos viajar con seguridad al espacio, ya que nos veríamos obligados a superar esos cinturones de detritus.
Donald J Kessler en una vídeo entrevista con el canal PBS desde su domicilio en 2011.
En 2009 un satélite de comunicaciones estadounidense operativo, llamado Iridium 33, colisionó con un satélite de comunicaciones ruso abandonado llamado Cosmos 2251, en algún lugar de la órbita situada a unos 780 kilómetros de altitud sobre el norte de Siberia, generando unos 1000 fragmentos de basura espacial. (Muchos de los cuales siguen girando sobre nuestras cabezas de forma incontrolada).
Por desgracia, cada vez nos acercamos más al punto fatídico del cual Kessler pretendió alertarnos, ya que el ritmo al que lanzamos satélites a la órbita excede ampliamente al de la caída de objetos a la Tierra, algo de lo que el consultor estadounidense ya era conocedor en 2009, cuando advirtió que de no hacer nada, los choques entre satélites serían la fuente más común de creación de nuevos detritus espaciales.
Hoy en día, los modelos empleados por las fuerzas aéreas de los Estados Unidos ya concluyen que el ambiente espacial es “inestable”. Incluso la ESA está de acuerdo en que aunque se pusieran en marcha proyectos encaminados a retirar viejos satélites de la órbita, y se espaciaran los lanzamientos (algo sumamente improbable) pronto comenzaremos a ver impactos entre objetos. Esto será especialmente común en algunas órbitas geosíncronas muy empleadas (y atestadas) actualmente para instrumentos de comunicación estatal y comercial.
La maniobra rusa con el viejo Kosmos-1408 no les haya puesto los pelos como escarpias a los astronautas de la ISS, que tuvieron que refugiarse en lo más profundo de la estación por si la cosa se complicaba.
La irrupción de nuevas compañías orientadas al negocio espacial ha conseguido abaratar notablemente el precio de los lanzamientos, y eso solo puede suponer una cosa, muy pronto la expresión “síndrome de Kessler” dejará de ser desconocida, para convertirse en toda una pesadilla que amenazaría sectores tan críticos como las comunicaciones, el GPS y las predicciones meteorológicas.
B612, la fundación científica cuyo objetivo es detectar asteroides peligrosos para la Tierra
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La nave Deep Impact actuando sobre el cometa Tempel 1 (ilustración de Pat Rawlins)
El paso del siglo XX al XXI y la primera década de éste fueron prolíficos en noticias catastrofistas debido a la entrada en un nuevo milenio y toda la palabrería que eso suele arrastrar. Que si el final del calendario maya, que si los ordenadores se iban a liar en el 2000… Los cuerpos celestes suelen tener también su papel y si el cometa Hale-Bopp ya hizo correr absurdos ríos de tinta, la órbita del asteroide Apofis, que según cálculos tenía un 2,7% de probabilidades de impactar contra la Tierra en 2029 o 2036, hizo recordar las preguntas que surgieron unos años antes por películas como Deep Impact o Armaggedon: ¿es real la posibilidad de una hecatombe así? ¿Hay forma de evitarla o de prevenirla? ¿Se ha tomado alguna medida al respecto?
La respuesta a esas cuestiones está en El principito de Antoine de Saint-Exupèry. Quienes lo hayan leído recordarán que un aviador tiene que hacer un aterrizaje de emergencia en el desierto del Sahara y allí se encuentra a un niño extraterrestre con el que entabla amistad. Pues bien, este principito procede de un minúsculo asteroide del tamaño de una casa llamado B612. Éste es el nombre que, a manera de homenaje, adoptó en 2002 una fundación privada sin ánimo de lucro que tiene su sede en Mill Valley (California, EEUU) y cuyo objetivo es precisamente la defensa de nuestro planeta frente a amenazas exteriores del tipo de la de Apofis, lo que se conoce como NEO (Nearth Earth Objects, Objetos Cercanos a la Tierra).
Ese asteroide mide 325 de diámetro así que constituiría un riesgo evidente y, según cálculos de la NASA, si se estrellase contra la Tierra podría producir millones de víctimas, bien directas (si cae sobre zonas habitadas), bien a posteriori (si lo hace en el océano generaría un tsunami de 240 metros de altura). Y eso sin contar otros efectos colaterales, como vimos en el artículo de la guerra que estuvo a punto de estallar en 2002 al confundir un bólido con una bomba. Por suerte parece que los científicos han descartado la colisión de Apofis, pero en el espacio hay muchos parecidos y siempre existe la posibilidad de que uno aparezca amenazando con su siniestra presencia nuestro futuro. Ahí entra en liza la B612 Foundation.
Esta organización no gubernamental asegura que es seguro que habrá un incidente de ese tipo, aunque no se sepa cuándo, por lo que convendría estar preparados y, para ello, es necesario detectar al objeto con una antelación suficiente que permita tomar medidas. De hecho, la Tierra atraviesa diariamente unos 100 millones de partículas de polvo interplanetario y restos cósmicos, de ahí que cada día caigan meteoritos sobre nuestro plantea del tamaño de un balón y cada año lo haga uno tan grande como un coche; pero no suelen provocar daños porque se desintegran en partículas minúsculas al entrar en la atmósfera, originando lo que conocemos como estrellas fugaces.

Órbita de Apofis en 2029, descartando el riesgo
Los que superan esas medidas son la verdadera amenaza global porque si bien son más escasos (aunque ahora se cree que la frecuencia es de 3 a 10 veces superior a lo que se creía antaño, una vez al siglo en vez de una vez cada mil años), no quiere decir que no hayamos tenido ya alguna visita por su parte. Ahí están cráteres como el Barringer (Arizona), de 1.200 metros de diámetro, producido por el impacto de un meteoro de sólo 46 metros pero que chocó a una velocidad de 12,8 kilómetros por segundo, produciendo un efecto equiparable al de un artefacto de 10 megatones (o sea, 625 veces mayor que la de Hiroshima). Ese episodio tuvo lugar hace 50.000 años pero otros son más recientes, como el de Tunguska (Siberia, Rusia) de 1908.
Por tanto, la implacable Naturaleza no nos excluye de su punto de mira y si hemos desarrollado programas para detectar huracanes, terremotos o erupciones volcánicas, con más razón habrá que hacerlo con asteroides peligrosos. B612 trabaja en ello con un equipo de científicos compuesto por astrónomos, astrofísicos, ingenieros aeroespaciales y ex-astronautas del Institute for Advanced Study, Southwest Research Institute, Stanford University, la NASA y la industria espacial en general, que además tienen la colaboración de instituciones de su país y de otros, como la europea NEOShield, la Spaceguard International, etc.

Vista aérea del Cráter Barringer, también llamado Meteor
Todo empezó en octubre de 2001, cuando el astrofísico holandés Piert Hut y el astronauta estadounidense Edward Tsang Lu organizaron en el Johnson’s Space Center de la NASA (Houston, Texas) un taller informal sobre estrategias para desviar asteroides potencialmente peligrosos en el que participaron una veintena de científicos. Se debatieron varias propuestas, entre ellas alterar la velocidad de rotación del asteroide o cambiar directamente su órbita con un motor de iones de baja potencia, aterrizando sobre su superficie con un vehículo, etc. Se descartaba el uso de explosivos por los impredecibles resultados y se asumía que harían falta años de experiencia para tener éxito.

Ed Lu, cofundador y CEO de B612, en una imagen de la NASA
Los asistentes a aquel evento quisieron ir un paso más allá y fundaron B612 al año siguiente con el objetivo principal de «alterar significativamente la órbita de un asteroide de manera controlada», tal cual se veía en las películas reseñadas antes. Estimaban que haría falta un presupuesto de 450 millones de dólares para financiar el programa de búsqueda y detección, bautizado con el nombre de Sentinel Mission. Sin embargo, el Congreso de EEUU no les concedió la partida por un curioso legalismo (la protección de todo el planeta excedía sus atribuciones), así que optaron por iniciar una campaña de captación de fondos que aspiraba a conseguir unos 30 o 40 millones anuales.
Años de descubrimientos de asteroides cercanos a la tierra

Scott Manley realizó un impresionante vídeo con todos los asteroides cercanos a la tierra que han sido descubiertos desde 1980 hasta 2011.
La animación muestra una parte del sistema solar y cómo se han ido descubriendo los asteroides en los últimos 30 años, para ello utiliza una serie de colores diferentes para indicar los descubrimientos.
- Blanco: Nuevos descubrimientos.
- Rojo: Se cruzan con la órbita terrestre.
- Amarillo: Se acercan a la tierra.
- Verde: El resto.
Un gran trabajo llevado a cabo por Manley y en el que se pueden ver los patrones de descubrimiento y como a partir de la década de los 90 se incrementa el número de descubrimientos gracias a las nuevas tecnologías. El número de asteroides descubiertos ronda los 500.000, y parece que las estimaciones indican que se van a seguir descubriendo más.
Para qué servirá el James Webb, el telescopio espacial que podrá mirar hacia el pasado
Es un observatorio espacial que puede mirar hacia el punto más remoto del pasado y es difícil exagerar la emoción que rodea a los descubrimientos a los que podría conducir.
El telescopio espacial James Webb (JWST), una misión internacional de las agencias espaciales de Estados Unidos (NASA), Europa (ESA) y Canadá (CSA), lleva varios años en construcción con un costo de miles de millones de dólares.
Sus responsables planean lanzarlo el 18 de diciembre a millones de kilómetros de la Tierra y los científicos afirman que tendrá la capacidad de detectar cualquier galaxia en el universo.
Pero una pieza clave del JWST es un instrumento creado por un equipo de astrónomos e ingenieros de Edimburgo, Escocia.
Es el MIRI (Mid Infrared Instrument), una herramienta diseñada para medir el rango de longitud de onda del infrarrojo medio.
El MIRI, uno de los cuatro detectores clave del JWST, permitirá mirar hacia el pasado, a unos cientos de millones de años después del Big Bang, un momento que se cree ocurrió hace más de 13.500 millones de años.
¿Cómo puedes mirar hacia el pasado?
La capacidad para mirar el pasado está basada en el hecho de que incluso la luz tiene un límite de velocidad.
La luz viaja a 300.000 km/s.
Así, debido al tiempo que tarda en recorrer el espacio, cuanto más lejos está un objeto más atrás vemos en el tiempo.
Por ejemplo, como la luz del Sol tarda ocho minutos en llegar a la Tierra, en realidad los que estamos en la Tierra vemos al Sol como era hace ocho minutos.
El James Webb es el instrumento perfecto para estudiar esos mundos y planetas distantes que orbitan otros soles, conocidos como exoplanetas.
Entonces, la imagen de una estrella que está a mil millones de años luz distancia tarda mil millones de años en llegar a nosotros.
Y cuando vemos esa estrella, lo que estamos viendo es cómo era hace mil millones de años.
El telescopio James Webb es el instrumento perfecto para estudiar esos mundos y planetas distantes que orbitan otros soles.
La existencia del primer exoplaneta fue confirmada en 1995. Ahora sabemos que hay más de 4.000 de ellos.
El MIRI permitirá a los astrónomos mirar esos cuerpos celestes en mayor detalle, incluida la observación de sus atmósferas para prometedores signos de vida extraterrestre.
¿Cómo funciona?
Como todos los telescopios espaciales, el JWST tiene una ventaja sobre sus contrapartes establecidos en la Tierra.
No hay una atmósfera que distorsione nuestra visión así que las estrellas no centellean en el espacio.
Todos los instrumentos del James Webb observarán la luz infrarroja, lo cual es vital para entender el universo.
Los objetos más lejanos que podemos detectar se ven con luz infrarroja porque ésta puede atravesar el polvo interestelar que bloquea la luz visible.
Además la luz visible que viaja desde una estrella lejana se distorsiona en su trayecto hacia nosotros.
El espejo del JWST tiene 6,5 metros y deberá viajar doblado en 18 segmentos hexagonales que se desplegarán en el espacio.
La longitud de onda se vuelve más larga, lo que significa que la luz que estaba en el rango visible para los humanos es desplazada hacia el infrarrojo del espectro electromagnético.
Este es un efecto llamado «desplazamiento hacia el rojo» y significa que si quieres ver hacia puntos más remotos del pasado debemos mirar objetos que resultan invisibles para nosotros.
Pero estos objetos «invisibles» no serán invisibles para el James Webb.
Tres de sus detectores están sintonizados hacia el infrarrojo cercano. Como el término sugiere, esos son los rojos que podemos ver en el espectro electromagnético.
Pero el cuarto detector, el MIRI, puede mirar más profundamente, hacia el infrarrojo medio. Lo que significa que podrá observar mucho más lejos y a puntos mucho más remotos.
El JWST cuenta con un enorme parasol diseñado para mantener su temperatura a pocos grados sobre el cero absoluto.
El profesor Alistair Galsse, principal científico del MIRI, le explicó a la BBC cómo funciona el detector.
«Este puede ver los colores de los objetos, por ejemplo, los que están a aproximadamente temperatura ambiente. Esto hace particularmente interesante el estudio de planetas que orbitan otras estrellas».
Y lo más fascinante es que el MIRI será capaz de mirar hacia casi el comienzo del universo.
«Pensamos que las primeras estrellas que se formaron eran muy grandes y comenzaron la cadena de producción de los elementos y estrellas que vemos a nuestro alrededor», le dice a la BBC la profesora Gillian Wright, principal investigadora europea del MIRI.
«No sabemos mucho sobre esta era. Sabemos cómo se veía la estructura del universo poco después del Big Bang y, por el (telescopio) Hubble y otras misiones, cómo se ven las galaxias ahora o en épocas posteriores», explica Wright.
«Pero, la pequeña porción en el medio, cómo se formaron las primeras… no sabemos mucho sobre esa era», dice la científica.
La capacidad para mirar hacia el pasado está basada en la velocidad de la luz.
Un espejo más grande que el del Hubble
El JWST es, literalmente, un enorme proyecto. Tiene el tamaño de una cancha de tenis y su espejo de 6,5 metros es varias veces más grande que el del Hubble.
En su configuración funcional es demasiado grande para cualquier cohete por lo que deberá ser doblado en 18 segmentos hexagonales que se desplegarán en el espacio.
Gráfico que comparar el espejo del Telescopio Espacial Hubble y del Telescopio Espacial James Webb
De la misma forma, el JWST cuenta con un enorme parasol diseñado para mantener su temperatura a pocos grados sobre el cero absoluto.
El parasol está compuesto de cinco delgadas capas de película de polimida que debe ser desplegado en el espacio.
El telescopio está siendo probado exhaustivamente en la Tierra porque irá a lugares donde nadie podrá arreglarlo si sufre una descompostura.
Operará cerca del punto de Lagrange Tierra-Sol L2, a un millón y medio de kilómetros de la órbita de la Tierra, un punto en el espacio donde pueden orbitar el Sol en sincronía con la Tierra, lo que permitirá que el telescopio permanezca a una distancia casi constante.
La misión está programada para ser lanzada en diciembre del 2021 y está planeado que dure menos de seis años.
nuestras charlas nocturnas.
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