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A 30 años de la muerte de Freddie Mercury…


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A pesar de su deterioro físico, Freddie Mercury continuó cantando y grabando hasta el límite de su resistencia

El comunicado fue breve. Y contundente. No admitía segundas lecturas: “En virtud de las enorme atención que la prensa ha brindado al asunto en las últimas dos semanas, deseo confirmar que he dado positivo de HIV y que por lo tanto padezco de SIDA. Creía adecuado mantener en secreto esta situación hasta la fecha para conseguir la tranquilidad de quienes me rodean. Pero llegó el momento para que mis amigos y fans de todo el mundo conozcan la verdad y junto a los doctores me ayuden en la batalla contra esta terrible enfermedad”.

Es la noche del sábado 9 de agosto de 1986. 120 mil personas abarrotan la capacidad del Knebworth Park, un amplio parque en la localidad de Stevenage, al norte de Londres, que no dispone de una parcela de pasto libre. Están para ver a Queen. Los músicos llegaron en helicóptero: la única forma para sortear el caos de gente. Los presentes no saben que será el último concierto de la banda con su formación original. Es el fin de la gira “Magic Tour”, en el que presentaban su undécimo álbum de estudio, A Kind Of Magic, editado en junio de aquel año. Y el comienzo del fin de Freddie Mercury.

“Gracias, bellas personas. Ustedes son tremendos, han sido un público realmente especial. Muchísimas gracias, buenas noches. Dulces sueños, los amamos”, dice esa noche el cantante tras dos horas de concierto. Es lo último que dirá sobre un escenario. Tenía 39 años. Morirá seis años después. En esos años, editará dos discos, un tercero póstumo, y dos trabajos como solista, incluido el recordado dúo con la soprano Montserrat Caballé, morirán dos amantes, tendrá amantes nuevos, asumirá una enfermedad, será tapa de revistas y diarios. Dirá el 23 de noviembre de 1991, un día antes de su muerte, lo que todos intuían.

Cuando la gira terminó, se afincó en Garden Lodge, una mansión de estilo georgiano al oeste de Londres. Tenía decidido que no iba a realizar más conciertos por un buen rato. Su activa vida social se fue disipando y cerró filas junto a los íntimos. Su salud empezó a deteriorarse progresivamente. Sospechaba que esa enfermedad que nadie sabía de dónde venía pero no paraba de propagarse lo estuviese consumiendo. Lo confirmó a mediados de 1987. Fue Mary Austin, su primera y única novia, su gran amor, quien lo incentivó a realizarse el test. El diagnóstico fue positivo. Freddie Mercury tenía HIV y solo su círculo íntimo lo supo.

A mediados de los ochenta, el sida hacía estragos y la homosexualidad todavía era un tabú. De hecho, Mercury nunca se manifestó abiertamente sobre su sexualidad, incluso lo mantuvo a resguardo de sus padres hasta su muerte. Fue el público el que lo enarboló como bandera gay. Él, en cambio, prefería la ambigüedad y la ironía, para dejar en claro que lo que importaba realmente era su trabajo artístico. “He escuchado que duermes con hombres”, lo interpeló un periodista en una ocasión. El contraataque del cantante fue letal: “Yo duermo con hombres, duermo con mujeres y duermo con mis gatos… ¿qué tiene que ver eso con mi música?”.

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Las últimas fotos que Jim Hutton, su pareja, le sacó en los jardines de su mansión en Londres. Por entonces, ya se lo veía flaco y desmejorado

Le confesó su diagnóstico a Jim Hutton, su pareja y a quien había conocido hace apenas dos años, con una propuesta: separarse. “Yo te amo Freddie, y no me voy a ir a ningún lado”, le contestó. Mientras, casi en simultáneo, Paul Prenter, quien se había convertido en su amante, asistente y mánager, (hay quienes lo consideran una especie de Yoko Ono de Queen), vendió información del cantante a la prensa amarillista por 32 mil libras de la época.

“En un cruel goteo, The Sun fue publicando las declaraciones de Prenter día a día. Primero llevó a la tapa la noticia de que dos de los amantes de Mercury habían muerto de sida.

Al día siguiente la portada se cubrió con un textual de Prenter: ‘Es más fácil que Freddie camine sobre las aguas que verlo salir con mujeres’. Ese día también contó que Freddie tuvo su primera relación homosexual a los 14 años en la India mientras cursaba sus primeros años en el colegio secundario, y que en las giras Mercury continuaba de fiesta todos los días hasta las 7 de la mañana y que siempre conseguía algún hombre con quien dormir; ‘Odiaba dormir solo’, dijo Prenter.

El tercer día fue el golpe de gracia: título con letra catástrofe, ‘All the Queen’s men’ (Todos los hombres de la reina) y una doble página con decenas de fotos de Mercury abrazado con distintos hombres”, apuntó el periodista Matías Bauso en una nota publicada recientemente en este medio.

En su crónica, también se dimensiona la noticia: “El escándalo se esparció a una velocidad pasmosa beneficiándose de la sed de sensacionalismo del público y en la homofobia reinante”. Freddie, entonces, se refugió en el trabajo y en su entorno. Fueron años de producción frenética, de grabaciones abundantes. Todos sabían que quedaba poco tiempo. Había primado el hermetismo y los trabajos en estudio.

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En sus últimos días de vida, Freddie se apartó de la música y se refugió en la pintura, un hobbie que había dejado suspendido en el tiempo desde su graduación en Arte y Diseño Gráfico

Su deterioro físico era evidente: perdía peso y energías y sus apariciones públicas eran cada vez más escasas. Los rumores de su salud proliferaban.

“En agosto de 1991, mientras los periodistas buscaban que alguna enfermera les diera información sobre la salud de Mercury, se les pasó una noticia que hubiera ocupado la primera plana de los diarios sensacionalistas por varios días. Paul Prenter había fallecido como consecuencia del sida. Solo, abandonado, sin dinero y sin siquiera conseguir la atención final de la prensa que buscó con denuedo”, escribió Bauso.

Ese año lanzó Innuendo, su último álbum. El 18 de febrero de 1990, durante la premiación de los Brit Awards, hizo su última aparición pública. Estaba flaco, sin bigote, con un traje cruzado gris que camuflaba apenas su extrema delgadez. El rubor en las mejillas ocultaba su palidez. Al micrófono, solo dijo: “Gracias. Buenas noches”. Fueron sus últimas palabras en un escenario. La prensa sacó su conclusión sin especulaciones: aseguraban que Freddie estaba muy enfermo. Mientras que Brian May y Roger Taylor escondían la verdad: “Freddie no tiene sida. Sólo está pagando momentáneamente una vida salvaje de rockero”.

Había estado trabajando en los estudios Mountain en Montreux, Suiza, para sus últimos dos discos: no solo Innuendo, sino también The Miracle, en 1989. Regresó a Garden Lodge en 1991 y decidió que suspendería su medicación y que solo tomaría los calmantes. Lo confirmó Peter Freestone, asistente personal y amigo de Freddie Mercury: dijo que dejó de tomar los cócteles que lo mantenían con vida porque quería “controlar” su enfermedad. Lo hizo dos semanas antes de su final.

Freestone, a quien Freddie llamaba cariñosamente ‘Phoebe’, reveló que el músico “sabía” que su enfermedad eventualmente lo mataría. “Decidió dos semanas antes del final que no quería más drogas que lo mantuvieran vivo”, afirmó el hombre que por más de una década trabajó para el cantante. “Tenía el control, aunque la enfermedad lo estaba matando”, agregó.

“Fue decisión de Freddie terminar todo -contó Mary Austin-. Su calidad de vida había cambiado dramáticamente y cada día sufría más dolor. Había perdido la vista, su cuerpo era cada día más débil”. Quienes lo conocieron coinciden en una reflexión: él fue quien decidió hasta cuándo quería vivir.

En sus últimas dos semanas, Freddie se alejó de la música. Regresó a sus pasiones de su adolescencia: la pintura, aquel hobbie que había dejado suspendido en el tiempo desde su graduación en Arte y Diseño Gráfico. Le pidió a sus amigos que lo acompañaran a un paseo por su casa: Terry, guardaespaldas y chofer, lo cargó para bajar las escaleras, y Freddie caminó por el living y el salón japonés para contemplar sus cuadros.

“La reacción de Freddie ante su enfermedad fue de total incredulidad. No se hundió hasta las últimas semanas, cuando realmente se estaba muriendo”, expresó Freestone. Fue cuando realmente se estaba muriendo que decidió acabar con los trascendidos y hacer pública su enfermedad. El viernes 22 de noviembre de 1991 convocó de urgencia al manager de Queen, Jim Beach, para redactar un comunicado, que se publicó al día siguiente.

Decía: “Respondiendo a las informaciones y conjeturas que sobre mí han aparecido en la prensa desde hace dos semanas, deseo confirmar que he dado positivo en las pruebas del virus y que tengo sida. Sentí que era correcto mantener esta información en privado para proteger la privacidad de quienes me rodean. Ha llegado el momento de que mis amigos y mis fans en todo el mundo conozcan la verdad, y deseo que todos se unan a mí, a mis médicos y a todos los que padecen esta terrible enfermedad para luchar contra ella. Mi privacidad siempre ha sido especial para mí y soy famoso por casi no dar entrevistas. Por favor entiendan que esa política continuará”.

El comunicado confirmó lo que casi todos sospechaban. La presión ya era demasiada y el entorno sólo pretendía que Freddie pasara sus últimos días con tranquilidad.

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La última aparición en público fue el 18 de febrero de 1990 en los Brit Awards. Solo dijo: «Gracias. Buenas noches»

Los meses finales habían sido dolorosos pero serenos. Una larga despedida. El cantante sabía que el final era inexorable y que no era lejano. Grabó hasta que no pudo más, se recluyó en su casa de Londres y se refugió en sus amigos más cercanos.

El 24 de noviembre de 1991, un día después de dar a conocer su enfermedad al mundo, de reconocer los rumores que circulaban hacía años, Freddie Mercury murió en su cama. Tenía, apenas, 45 años.

En estos días la BBC puso al aire un documental llamado Freddie Mercury: The Final Act en el que a través de testimonios de amigos y allegados recrea cómo el cantante pasó los momentos finales de su enfermedad. Se centra en sus últimos cinco años de vida y llega hasta el concierto tributo que grandes estrellas y el resto de los miembros de su banda brindaron en 1992. El otro gran tema del documental es el Sida y cómo el tema era tratado por la sociedad. Ese aspecto es fundamental para entender las actitudes públicas de Freddie en esos años.

La primera vez que los medios sensacionalistas ingleses hablaron sobre la posibilidad (en realidad lo gritaban desde la primera plana con títulos catástrofe) de que Freddie tuviera Sida fue en 1986. Pero es imposible saber si se filtró alguna información o si tan solo fue una especulación de los periodistas. Al fin y al cabo, en esos años, se publicó el mismo rumor de cada celebridad de la que se sospechaba que era homosexual. Ante la escalada de casos de Sida, Freddie le contó a un amigo, a mediados de la década del ochenta: “No lo puedo creer. Me convertí en una monja. Ya no salgo y dejé la vida salvaje atrás”.

Cuando The Sun publicó el rumor en 1986, los periodistas buscaron declaraciones de Freddie. Él, que no solía responder a ese tipo de situaciones, ni alterar el humor, se mostró muy enojado. Cuando un reportero le preguntó si era cierto, Mercury respondió: “¿Me ves mal? ¿Parezco un moribundo? Estoy en perfecto estado y muy sano”.

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Freddie y Paul Prenter, quien había sido su pareja y manager de Queen. Vendió la historia íntima del cantante al diario The Sun por 32 mil libras. Murió en agosto de 1991 de Sida

Según sus biógrafos, ante el aumento de casos -muchos de su círculo cercano-, Freddie se empezó a realizar exámenes habitualmente. Es por eso que no se sabe con certeza si él se enteró en 1986 o en 1987.

En esa época una lesión en el hombro lo comenzó a molestar. El dolor era persistente y la herida había tomado formas y colores poco habituales. Una biopsia determinó que se trataba de un Sarcoma de Kaposi, una complicación del Sida.

La primera en enterarse fue su ex novia Mary Austin. Como Freddie estaba de viaje, había dejado el teléfono de ella de contacto. Ante la insistente búsqueda por parte de la clínica de Freddie y su falta de respuesta, acudieron a Austin. Cuando recibió la llamada urgida, pese a la confidencialidad, ella imaginó que el resultado era positivo.

Freddie supo a partir del diagnóstico que el tiempo corría para él más de prisa que para el resto. Sólo tenía 41 años y se apuró a grabar todo lo que pudo.

Freddie no hablaba de su sexualidad en público y la prensa, por lo general, tampoco lo hacía. Cuando le preguntaban él solía salir con respuestas ingeniosas y lo suficientemente ambiguas. Hasta que un escándalo se esparció a una velocidad pasmosa beneficiándose de la sed de sensacionalismo del público y en la homofobia reinante.

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Freddie con Mary Austin, su ex novia que lo acompañó hasta el final

En 1987 una publicidad gubernamental australiana que tenía como fin concientizar sobre la enfermedad y sobre los cuidados a tener, decía que primero le había tocado morir a los homosexuales y a los drogadictos y que ahora el sida venía por el resto (el resto de nosotros podemos ser devastados por la enfermedad, decía textualmente el aviso). Como si diera a entender que a los primeros les correspondía el castigo y que desde allí se derramaba hacia “los normales”.

Esa era la concepción habitual. La enfermedad era una doble condena. Por un lado a un estilo de vida, a una manera de ejercer la sexualidad y funcionaba como estigma; por el otro, era una condena de muerte: no había cura en esos años y la degradación corporal era veloz y terrible.

Por eso Mercury pidió absoluta confidencialidad a sus amigos. La banda se enteró un poco después. Los reunió cuando ingresaron a grabar The Miracle. Algunos ya lo sospechaban. Todos se pusieron a su disposición y cerraron filas. En seguida, antes del lanzamiento de ese álbum, entraron a grabar en Suiza Innuendo, el opus final.

“Freddie estaba muy mal. Todos estábamos preocupados y pendientes de él. Intentábamos que la pasara bien. A pesar de esas circunstancias, fue un buen momento para nosotros. Tal vez uno de los mejores porque estuvimos más unidos que nunca”, dijo años después Roger Taylor. Los cuatro miembros se movían como una unidad. Todos estaban pendientes de Freddie y trabajaban con celeridad para poder llegar a grabar las canciones necesarias para editar un disco.

En algunos temas Freddie grabó la parte vocal desde la cabina de control. No tenía fuerzas para trasladarse hasta la sala del estudio. Su piel no resistía ni siquiera el uso de los auriculares. Debía estar sentado pero si permanecía en un sillón mucho tiempo los dolores se volvían insoportables. Pero la voz se mantenía vital y luminosa. Por momentos parecía que cuánto peor estaba, mayor era su necesidad de cantar. Era su paliativo. Y al mismo tiempo seguía construyendo su legado. El tema que eligieron para cerrar el disco, con la convicción que sería el último con Mercury, fue The Show Must Go On, otra evidente declaración de principios.

“Por dentro, mi corazón se está rompiendo, mi maquillaje se sale, pero mi sonrisa sigue ahí”, canta Mercury. Y eso era lo que estaba haciendo. La canción la había aportado Brian May. Al verlo derrumbado en un sillón, Brian le propuso a Freddie cambiar algunas partes y cantar él otras, las más exigentes. Freddie lo miró con sorpresa y hasta con cierta indignación. ¿Para qué estaba él ahí? Cantar era su trabajo y eso iba a hacer. Hasta el final.

Estiró con lentitud el brazo derecho, agarró un vaso de vodka que descansaba sobre la tapa de un piano y lo terminó de un solo trago. Se puso de pie, con esfuerzo, como si cada movimiento de su cuerpo debiera ser previamente urdido, y con decisión dijo: “Lo voy a hacer yo”. Y lo hizo.

A partir de ese momento se recluyó en su casa de Garden Lodge en Kensington. No salía para evitar ser visto. La enfermedad avanzaba.

Una de las obsesiones de Freddie en esos meses era no ser fotografiado. No quería que su imagen llegara a la tapa de los tabloides. Todo su entorno procuró que eso no sucediera. Estuvieron, atentos, también a que no se filtraran noticias de lo que sucedía dentro de la mansión. Esa era una de las mayores obsesiones del cantante. Cuando veía algún video viejo o una foto suya de unos pocos años atrás, cuando su carrera y su salud estaban en el apogeo, la tristeza lo invadía: “Pensar que alguna vez fui tan hermoso”, decía.

Sabía que negarle a los tabloides la imagen del deterioro final era parte del cuidado de su legado. Tan preocupados estaba el periodismo por obtener alguna imagen de Mercury o lograr una infidencia de algunos de sus asistentes y amigos, que se les pasó por alto una noticia que hubiera provocado un gran escándalo: Paul Prenter había fallecido de Sida en agosto de 1991.

El 5 de septiembre cumplió 45 años. Ese mismo día apareció en Estados Unidos el single “These Are The Days of Of Our Lives”. Freddie hizo una fiesta en su casa. Invitó a treinta personas. Sólo a los más íntimos. Más que una fiesta de cumpleaños era una ceremonia del adiós. Quiso estar junto a sus seres queridos una vez más, verlos a todos juntos por última vez. Como en la vida cotidiana de Freddie, la enfermedad no se mencionó.

No fue una de esas fiestas orgiásticas, repletas de excesos que Freddie solía dar (hasta la discográfica organizó una con periodistas de todo el mundo para el lanzamiento de uno de sus discos) pero ese sosiega obligado por las circunstancias no le quitó intensidad. Todos entendieron que era una despedida y nadie quiso arruinarla con llantos ni gestos melancólicos.

Freddie no hablaba sobre la muerte. La asumía como algo inminente. No se desesperó nunca, tampoco, según sus allegados, parecía triste. Sólo se oscurecía su ánimo cuando la fuerzas lo abandonaban cuando hacía algo que le gustaba, cuando no podía continuar una conversación o si no podía dejar la cama.

Sus más cercanos armaron una coraza alrededor suyo. Su pareja Jim Hutton, su asistente personal desde hacía quince años Peter Freestone, sus amigos Joe Fanelli yDave Clark (el de los Dave Clark Five), y su ex novia y amiga Mary Austin que siempre estuvo a su lado y a cargo de la situación pese a estar en pareja y estar embarazada de su segundo hijo. Se repartían los turnos de cuidados. Las decisiones más importantes y las comunicaciones con el exterior las consultaban con el manager y con miembros del a banda.

Para evitar disputas tras su muerte, Freddie dejó testamento. Allí asentó con claridad cuál era su voluntad respecto a sus bienes. A Hutton, Freestone y Fanelli les dejó 500.000 Libras esterlinas a cada uno. A Mary el resto de su patrimonio y la convirtió en albacea, en ella confió para manejar su legado. A su madre y su hermana los derechos de sus canciones y su obra.

En octubre de 1990 realizó su último viaje. Junto a Jim Hutton, su pareja desde 1985, habían ido unos días a su propiedad en Suiza. Pero al poco tiempo debieron regresar a Londres debido a que los malestares físicos avanzaban día a día. A partir de ese momento el decaimiento general de su sistema se aceleró. Sus energías eran muy escasas y las funciones orgánicas fallaban.

A principios de noviembre decidió abandonar la medicación. Ya no valía la pena. El AZT tenía contraindicaciones, efectos adversos que estaban convirtiendo sus días en un infierno. Y ya no lo iba a curar, sólo prolongar sus días pero a un costo demasiado alto. Siguió tomando la medicación contra los dolores que por momentos eran muy intensos. Sólo restaba esperar y los cuidados paliativos. Sus amigos sostienen que Freddie se mantenía sereno, en paz.

Casi no podía caminar y sentarse significaba un esfuerzo enorme. Estaba muy delgado. La piel, traslúcida, se adhería a sus huesos. La fragilidad era extrema. Los últimos vestigios de energía se iban en el intento de una charla, en la odisea de llevarse una taza de té a los labios.

El 20 de noviembre, cuatro días antes de su muerte, pidió salir de la cama. Quiso que lo ayudaran a llegar hasta la planta baja de su casa. Al llegar se sentó en un gran salón y admiró una por una las obras de arte que lo rodeaban. En especial la frondosa colección de estampas japonesas a las que se había aficionado un tiempo antes. Se había convertido en un gran coleccionista de arte, en especial del proveniente de Japón. Compraba casi compulsivamente.

Y contagió esa afición a Elton John que también adquiría obras en las subastas internacionales. En esos días finales Freddie quiso rodearse de belleza y de las cosas que le gustaban. Por eso quiso recorrer su colección una vez más.

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Icónica imagen de Freddie Mercury

Dicen que pidió ir al baño antes de entrar en el coma definitivo. Dave Clark afirma que él era el único que estaba a su lado en el momento de la muerte. Hutton, en sus memorias Mercury and Me, afirma que Freddie estaba solo y que cuando entraron a la habitación junto con Clark descubrieron que ya no respiraba. Detalles menores que no modifican la historia, discrepancias para alimentar egos sobre méritos fúnebres.

Mientras las redacciones estaban conmocionadas por el comunicado del día anterior, cuando los diarios ya estaban cerrando y traían los ecos y las diferentes versiones sobre la confesión de Freddie sobre su enfermedad, llegó la noticia de su muerte. Los paparazzis rodearon la casa. Nadie lo había confirmado, pero la versión se había dispersado como una certeza. Al ver el movimiento inusual de la casa, la entrada y salida de familiares y amigos, a los periodistas ya no les quedaron dudas.

Aprovechando la oscuridad de la medianoche, sacaron de la casa el cuerpo de Freddie. Con la ayuda de la policía que llegó para rodear el lugar y para que nadie se metiera en la casa, consiguieron que la operación no fuera fotografiada.

Después llegaría el comunicado oficial, las muestras de dolor de los fans, los homenajes y las repercusiones. Freddie Mercury era ya una leyenda.

“Innuendo”: historias y secretos del disco que Freddie Mercury grabó sabiendo que se moría

Faltaban todavía dos meses para que saliera The Miracle, el álbum que habían grabado luego de un parate de más de un año. Pero eso no importó. En marzo de 1989, Freddie Mercury citó a sus compañeros y les pidió que volvieran a entrar al estudio. Sabían que no quedaba mucho tiempo.

Se reunieron en los Mountain Studios de la ciudad suiza de Montreux, un lugar que ya habían utilizado para el anterior disco. Les sirvió para escapar de los periodistas ingleses que perseguían a Freddie por todos lados: entre intimidades sexuales y trascendidos sobre su salud, el cantante se había convertido en la presa favorita de los tabloides.

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Las sesiones de grabación duraron más de siete meses. La metodología de trabajo la determinaron al comienzo pero los cuatro músicos sabían que las circunstancias determinarían la rutina. En un principio decidieron que grabarían tres semanas (la mayoría en Montreaux y algunas en Londres) y descansarían las dos siguientes. Esas dos semanas libres las utilizarían para que Freddie se recuperase y para que el resto se dedicara a proyectos propios. Además, en el medio, estaba el lanzamiento de The Miracle. Debían dar notas a medios de todo el mundo; de esa tarea se encargaron Roger Taylor y Brian May.

Durante ese trabajo promocional, May y Taylor tuvieron que responder recurrentes preguntas sobre la salud de Freddie. Mintieron cada vez. Decían que el cantante se encontraba muy bien. Querían que estuviera lo más tranquilo posible. “Escuchen cómo canta en el álbum. ¿Acaso parece alguien que está enfermo o desfalleciente?”.

En las semanas en que no grababan, Freddie descansaba en la casa que se había comprado recientemente a orillas del lago de Ginebra. Allí se sentía seguro y tranquilo. En sus últimos tiempos en Londres los paparazzis no lo dejaban tranquilo. Desde que unos años antes Paul Prenter vendió sus secretos sexuales al Sun, su presencia en los tabloides era constante. Esos medios estaban ávidos de nuevo material. Freddie vendía. Y el desmejoramiento físico los hacía montar guardias interminables para obtener al menos una foto.

En el año que transcurrió entre esa última aparición pública y la entrada al estudio para grabar Innuendo, el estado de Freddie empeoró de manera evidente. Las fuerzas lo abandonaban. Nadie sabía qué podía suceder, cuánto tiempo aguantaría en el estudio y si su voz todavía conservaba algo de poder.

El título del disco, y del primer tema, lo aportó Freddie. La causa de inspiración fue bastante menos profunda o esotérica de lo que se podría suponer. Era una de las palabras con las que él solía sorprender a sus rivales en el Scrabble. Mercury estaba muy orgulloso de su habilidad en ese juego de mesa. Innuendo era una palabra derivada del latín que significaba un presagio, o era un eufemismo para nombrar algo malo que podría ocurrir.

La canción en especial y todo el disco es como un repaso por la carrera del grupo. Allí están sus temas, sus modos, sus obsesiones. El tema, que fue elegido como primer sencillo, es largo, más de 6 minutos. Tiene una estructura operística que hace recordar a Bohemian Rhapsody. Hay diversas partes, guitarras, arreglos vocales, grandilocuencia. También participa Steve Howe, de Yes, con una guitarra española. Su participación fue fruto de la casualidad. Descansaba en Montreaux cuando un asistente de Queen lo vio y lo invitó al estudio. Luego de escuchar el disco, Brian May le pidió que grabara una parte de guitarra para el tema inicial.

Freddie estaba muy mal. Todos estábamos preocupados y pendientes de él. Intentábamos que la pasara bien. A pesar de esas circunstancias, fue un buen momento para nosotros. Tal vez uno de los mejores porque estuvimos más unidos que nunca”, dijo años después Roger Taylor. Los cuatro miembros se movían como una unidad. Todos estaban pendientes de Freddie y trabajaban con celeridad para poder llegar a grabar las canciones necesarias para editar un disco.

Cada una de las canciones estaba firmado por Queen. Desde el trabajo anterior habían dejado de lado los créditos individuales. Sin importar quién era el que aportaba la mayoría de las ideas, los cuatro compartían la autoría de los temas. Era una manera de reconocer la unión del grupo en los malos momentos, una reacción ante la enfermedad de Freddie. Eso tenía también consecuencias económicas: las regalías ahora se repartían en partes iguales. Y ya no había tantas peleas en el momento de decidir cuál serían los simples de difusión, al quedar los egos de lado. Ahora las canciones eran de todos. “Era algo que tendríamos que haber hecho hace muchos años”, explicó Brian May.

Los temas tuvieron diferentes orígenes. La que da título al álbum fue fruto de una tradición del grupo. Cada vez que se juntaban para iniciar la grabación de un disco, pasaban los primeros dos o tres días zapando. Esas improvisaciones los hacían entrar en calor, volver a tomar confianza, engrasar al grupo. En ese relajado proceso previo encontraron lo que luego sería Innuendo. Otros temas estaban destinados a ser parte del disco solista de Brian May. Pero los otros tres lo convencieron de que las comparta y de inmediato, con los aportes musicales de Deacon y Taylor, y con la voz de Freddie, se transformaron de inmediato en canciones de Queen.

All God´s People parecía condenada a no ver la luz. Escrita para Barcelona, el trabajo que Mercury grabó con la catalana Monserrat Caballé (Africa by night se llamaba en ese tiempo), fue dejada fuera del disco. Freddie la ofreció al grupo para The Miracle pero una vez más fue desechada. Finalmente fue aceptada para este trabajo. Tal vez, el motivo haya sido que el rápido reingreso en los estudios los haya dejado sin material y tuvieron que echar mano a canciones que en el pasado no los habían convencido.

These are the days of our lives nació de unos apuntes de Roger Taylor. Al escribir la letra tenía en mente a sus dos hijos. Recordaba momentos de la infancia de ellos con cierta nostalgia. Pero esos mismos versos cantados por Freddie, por ese Freddie final, adquirieron un nuevo significado. El mensaje era otro. Y estremecedor.

The Show Must Go On se editó como simple a mediados de octubre de 1991, para acompañar el lanzamiento del segundo volumen de los Grandes Éxitos del grupo. Un mes antes de la muerte de Freddie Mercury.

Los videos, piezas indispensables para el éxito de un disco y campo en el que Queen fue pionero con Bohemian Rhapsody, mostraron también, a su modo, la fragilidad de Freddie. Blanco y negro, difuminados, animaciones, grandes capas de maquillajes y pelucas. Modos de que no fuera tan evidente el avance de la enfermedad. Pero dos de esos videos son los que más impacto producen. El de The Show Must Go On es como un grandes éxitos visual del grupo, viejos buenos momentos de videos anteriores, el repaso a una carrera extraordinaria.

El de These are the days of our lives conmociona. En él hay poco artificio, casi nada de camuflaje más allá del maquillaje. Freddie canta con emoción y fuerza (uno se pregunta de dónde la saca) enfrentando la cámara, enfrentando la situación. Está muy flaco, los pómulos se marcan, los ojos parecen más grandes, la piel traslúcida y los dientes enormes; se pueden adivinar cada uno de los huesos de esa cara. Freddie Mercury no se mueve. Los pies clavados al piso. Uno puede imaginar que a la altura de la filmación cada desplazamiento para él era un esfuerzo supremo. Pero la interpretación es enérgica, vital. Las manos subrayan las palabras y los ojos conservan el entusiasmo de antes.

Innuendo es el testamento musical de Queen y, muy especialmente, el de su cantante. Es complicado juzgarlo, a pesar de las tres décadas que pasaron de su salida, sin tener en cuenta las circunstancias en que fue grabado. Freddie Mercury decidió morir de la misma manera en que vivió: cantando. Atrás habían quedado esas demostraciones de energía en el escenario, shows impactantes con un despliegue vocal y físico extraordinario.

Las fuerzas se habían esfumado, la salud lo había abandonado. Apenas se mantenía en pie. Libraba una batalla cuyo final era inminente. Sabía que le quedaba poco tiempo. No lo quería desaprovechar. Necesitaba hacer lo que mejor hacía. Cantar un poco más. Cantar hasta el final.

Lágrimas y flores en Londres por tres décadas sin Freddie Mercury

Corría 1991 y el fantasma del sida ya había salido de los círculos marginales para convertirse en una enfermedad que atacaba también a ricos y famosos.

El 7 de noviembre de 1991, el legendario baloncestista Magic Johnson, uno de los personajes públicos más populares en la década de los 80, reveló en una rueda de prensa de que era portador del VIH. Poco más de dos semanas después, el 23 de ese mismo mes, Farrokh Bulsara, más conocido por su nombre artístico Freddie Mercury, difundía un comunicado a través de su agente.

«Mi regalo de cumpleaños es venir a la casa de mi Freddie», dijo a Efe la mexicana afincada en la ciudad española de Getafe (Madrid) Sonia Olvera Villanueva.

Para esta mujer, que se convirtió en seguidora del vocalista a raíz de la película «Bohemian Rhapsody», visitar la última morada de Mercury es el «sueño» y la «ilusión» de su vida.

«Vine con mi hija, que me ha acompañado desde Getafe. Soy enfermera, trabajo de noche e hice cambios para poder venir aquí, estoy que no me lo puedo creer. Desde que estaba en la esquina he llorado de emoción, he gritado, me duele la cabeza y no me puedo creer que esté aquí, en la casa de Freddie Mercury», dijo Olvera.

La mujer recordó que trabajaba como azafata de vuelo el día en que murió el cantante: «Acababa de cumplir 24 años y recuerdo perfectamente ese día, que nos avisaron y nos dijeron la noticia».

Al igual que ella, el goteo de seguidores de Queen no cesó a lo largo del día. Venidos de Birmingham, del extranjero, de la propia capital británica, los presentes dejaron sus recuerdos en forma de fotos, flores o carteles.

Una joven mostraba orgullosa su brazo totalmente tatuado con la icónica imagen del cantante en el concierto de Wembley en 1986. Otros prefirieron dejar claro el mensaje «Todavía te amamos» sobre una bandera polaca, con los nombres de Sonia y Zbyszek.

Si la última casa del líder de Queen se ha convertido en su mausoleo, eso se debe sobre todo a un misterio, quizá el gran secreto que queda por resolver sobre la vida (o mejor dicho, la muerte) del polifacético artista.

Tras su fallecimiento, los restos de Mercury fueron incinerados y su expareja Mary Austin (a quien llamó el «amor de su vida» en la canción «Love of my life») los llevó a un lugar que nunca ha hecho público.

En 2013, pareció resolverse el enigma. Una pequeña placa aparecida en el cementerio de Kensall Green, en el oeste de Londres, parecía señalar el lugar donde sus restos fueron depositados.

El texto de la placa de bronce decía: «En memoria amorosa de Farrokh Bulsara. 5 Sept. 1946 – 24 Nov. 1991» (las fechas de nacimiento y muerte del cantante) y estaba firmada por «M», aparentemente en alusión a Mary Austin.

Pero solo unas semanas después de que la prensa británica difundiese ese descubrimiento, la chapa desapareció, sin que se haya vuelto a saber de ella.

Como dijo la propia Austin en una entrevista, «él quería que fuese un secreto y así seguirá siéndolo».

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