Dennis Stock: Desmontando América…

Retrato de Dennis Stock
fotogasteiz.com(G.Bravo)/Jotdow(T..J.Ramón) — Dennis Stock nació el 24 de julio de 1928 en la ciudad de Nueva York.
Pasó su infancia en el Alto Manhattan, cerca de Harlem.
De niño, acompañaba a su padre al famoso Teatro Apollo de Harlem, donde actuaban destacados músicos de jazz de la época como Duke Ellington y Dizzy Gillespie.
“Tenía pasión por el jazz. Había escuchado y asistido a muchas sesiones de jazz desde que era niño».
A la edad de 17 años, acabando la Segunda Guerra Mundial, se unió Marina de los Estados Unidos tras morir su padre, donde empieza a fotografiar a los soldados a cambio de un dollar el retrato.
Y en 1947, a los 19 años de edad, fue ayudante del fotógrafo de la revista ‘LIFE’ Gjon Mili. Era muy bueno y ganó el primer premio en el concurso de jóvenes fotógrafos de la revista ‘Life’s Young Photographers’.
En 1947, recién llegado de ultramar, Stock buscó la manera de dedicarse a la cámara de un modo profesional. Dio vueltas y más vueltas en la ciudad de los rascacielos hasta que finalmente dio con un hombre llamado Gjon Mili. Mili, que pasaría a la historia por sus fotos de Pablo Picasso, era un fotógrafo estadounidense de origen albano, famoso por su uso del flash y de determinados instrumentos estroboscópicos en un ámbito en el que todo aquello sonaba —aún— a marciano. Stock encontró en él al mentor que necesitaba y fue este el que le introdujo en la legendaria revista Life, donde el de Nueva York acabaría iniciando su fulgurante carrera.

Con Mili, Stock aprendió las mil maneras de manejar un objetivo y —sobre todo— a reflexionar sobre lo que fotografiaba, buscando huir de lo obvio, del manto de glamur que parecía invadir al país en aquella época, finiquitadas las grandes guerras y con la economía en subida libre, en una Norteamérica subida a las hombreras de los políticos y que se negaba a mirar hacia abajo.
En 1951, y con solo veintitrés años, se hizo con el premio al mejor fotógrafo joven de Estados Unidos que convocaba cada la revista Life y acto seguido recibiría la llamada de Magnum.
En 1951, a los 23 años de edad, se unió a la prestigiosa agencia de fotógrafos Magnum, creada apenas cuatro años antes (1947) y entonces comenzó su fulgurante carrera fotográfica.
Magnum, la agencia fotográfica más importante del mundo, buscaba a un freelance de ojo clínico, alguien capaz de saltarse los convencionalismos y de bucear en el barro de una ciudad (Nueva York) que estaba en plena ebullición, donde los poetas del Village convivían con las grandes agencias de publicidad (inspiración a la postre de series como Mad Men) o los eventos artísticos de primer orden.
Stock, que seguía siendo un hombre de pocas palabras y rostro circunspecto, decidió que su primer encargo para el titán (una inmensa responsabilidad) sería una visita a los muelles, donde fotografiaría a los inmigrantes que día tras día llegaban a la ciudad, muchas veces con lo puesto, en busca de eso que llamaban —y llaman— el sueño americano.
Aquella fue la primera ocasión en la que Stock haría añicos el mito de la Norteamérica de escaparate, esa gran nación donde no había lugar para sentirse desgraciado. Su trabajo, en glorioso blanco y negro (siempre en blanco y negro), era un cruel pero realista retrato de aquellos que siempre permanecen en las sombras porque en la luz no resultan del gusto de los optimistas.
La combinación de su talento y una indudable intuición convirtieron aquella serie de fotografías en un referente americano. Los muelles de la ciudad de los rascacielos, un lugar sombrío, donde los sueños se desvanecían como por arte de magia, sirvieron a Stock para realizar una suerte de manifiesto sobre lo que escondía aquella ciudad, recipiente de la fantasía global, donde todo el mundo tenía derecho a su oportunidad.
La década de los 50 fue una explosión para él. Todos los años de esa década o bien publicaba un libro o bien inauguraba una exposición internacional: Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia, Japón… E impartía talleres.

El fotógrafo llevaba ya unos meses paseándose por diferentes platós de cine, tirando de la mano de Hollywood (donde se hizo amigo de Billy Wilder o John Wayne), buscando la manera de salir del bucle de celebridades al que sometían los grandes estudios.
Por el camino fotografiaría a Marlon Brando, Gregory Peck, Grace Kelly o la deliciosa Audrey Hepburn (en una de sus imágenes más míticas, aquella en la que la estrella asoma la cabeza por la ventanilla de un coche).
Así fue como Dennis Stock conoció a un joven llamado James Dean. Dean era un chaval de Indiana, extremadamente apuesto, y con esa pose atormentada que tanto gustaba en Hollywood, que sabía que podía vender la historia del chaval de pueblo que lograba asentarse en la meca del cine y convertirse en leyenda.
Stock y Dean empezaron a relacionarse por culpa de la afición de este último a las cámaras de fotos. Además, Dean, al que se le atribuía un olfato excepcional a la hora de detectar a los farsantes y aquellos que se acercaban a él con intenciones dudosas, encontró en Stock a un tipo auténtico, alguien que había alcanzado el éxito sin plegarse a las convenciones, que había roto tópicos con cada fotografía. En cierto modo, el fotógrafo era un modelo para el actor y la frescura del actor (que apenas empezaba) impresionó al fotógrafo.
De esa relación salió una profunda amistad y la fotografía más legendaria de la (corta) historia de Dean: aquella en la que el actor avanza bajo la lluvia, pitillo en la boca, con las manos en los bolsillos de un abrigo negro con las solapas levantadas. Al fondo, Times Square.
En invierno de 1954 Dennis Stock (26 años de edad), fotógrafo de Life desde hacía 7 años y miembro de Magnum desde hacía 3, acudió a una fiesta organizada por el director de la película ‘Rebelde sin causa’ Nicholas Ray. El gran descubrimiento del cine de Hollywood, James Dean (23 años de edad), era el protagonista de dicha exitosa película que se estrenaría un año después.
En aquella fiesta Dennis Stock se acercó a James Dean, comenzaron a charlar y la conexión fue inmediata. Aquel primer encuentro sería el comienzo de una estrecha relación profesional y de amistad. Y los próximos meses serían los mejores de las carreras de ambos, fotógrafo y actor, que alcanzarían la cima del éxito profesional en ese año que comenzaba: 1955.

El propio Stock explicaba que él no quería hacer la foto y que fue Dean el que insistió para que disparara.
La imagen, reproducida después hasta la saciedad, representó para Stock la tranquilidad financiera de por vida, especialmente porque meses después el actor moriría en un accidente de coche.
Aun así, el gran legado del fotógrafo con respecto a Dean fue el viaje que ambos hicieron juntos a Fairmont, el pueblo natal del intérprete donde —una vez más— Stock despojó al sujeto fotografiado de todas las capas que impedían al observador contemplar su verdadera naturaleza: un James Dean sin alhajas, ataviado con una gorra, observando su reflejo en un lago, o jugando con sus perros.
El chaval de pueblo que resistía como podía el empuje de una fama que llegaba para llevárselo por delante.
La muerte del actor sumió al fotógrafo en una profunda depresión, hasta tal punto que dejó de trabajar, periodo que dedicó a positivar todo el material realizado junto a Dean. Pocos meses después editaba el que es seguramente el tributo más bello a uno de los intérpretes más idolatrados de todos los tiempos.
1955: Las mejores fotografías de James Dean

En 1955, a los 27 años de edad, Dennis Stock, recién separado y padre de un hijo al que apenas veía, pasaba horas y horas con el meteórico icono del cine James Dean (24 años) a quien estaba fotografiando para la revista LIFE.

Inmersión fotográfica: Indiana
Gracias a este reportaje, que supuso una total introspección del fotógrafo en la vida del actor, entablaron una corta pero intensa amistad. El fotógrafo viajó con el fotografiado de Nueva York a la granja en la que se crió el actor en Fairmount (Indiana) -1.130 kilómetros- y suyas son las únicas fotos que existen de James Dean en la granja en la que se crió.
Gracias a Dennis Stock también se ha conocido la pasión de James Dean por los toros. En las fotos que le hizo se ve que en su habitación de su apartamento de Nueva York tenía un cartel de una corrida de Manolete, Domingo Ortega y Armillita en Perú en 1946 y unos cuernos y un capote de torero con el que a veces simulaba torear.
Sin duda alguna, la de Dennis Stock es la mejor y más íntima serie de fotos jamás realizada a James Dean, que en ese año 1955 vivía los comienzos de su espídica y fulgurante corta carrera cinematográfica y vital: rodó tres películas y sólo pudo ver una: ‘Al este del Edén’.
El 7 de marzo de 1955 la revista LIFE publicaba en su página 125 un reportaje titulado ‘Una nueva estrella inestable’, y con el subtítulo ‘El novato James Dean excita a Hollywood’, solo dos días antes de la première en Nueva York de ‘Al este del Edén’.

James Dean durante el rodaje de ‘Rebelde sin causa’.
Fotografías de los rodajes
El 7 de marzo de 1955 la revista Life publicaba en su página 125 un reportaje titulado ‘Una nueva estrella inestable’, y con el subtítulo ‘El novato James Dean excita a Hollywood’, solo dos días antes de la première en Nueva York de ‘Al este del Edén’.
Era el debut cinematográfico de James Dean, que rodó tres exitosas películas pero sólo pudo disfrutar el estreno de la primera: ‘Al Este del Edén‘ (1955). James Dean murió el 30 de septiembre de 1955. Su segunda película, ‘Rebelde sin causa‘, se estrenó 26 de octubre 1955. Y ‘Gigante‘ se estrenó en el 24 de noviembre de 1956.
James Dean tuvo dos nominaciones a los Oscar, dos nominaciones a los BAFTA y ganó un Globo de Oro.
James Dean adoraba los coches, las carreras y la velocidad. En 1953, para celebrar que Hollywood le había fichado para rodar ‘Al Este del Edén’, se compró una motocicleta Triumph T-110 de 650 cc y un MG TD deportivo del 53. Y dos años después, en 1955, su gran año cinematográfico, se compró el nuevo modelo de Porsche 550 Spyder, al que bautizó como ‘Little Bastard’. La Warner Bros le había prohibido competir en carreras para cumplir con el rodaje de la película ‘Gigante’, pero en cuanto acabó de rodar, volvió a competir.
Una semana antes del accidente mortal, cuando James Dean le enseñó el coche al actor Alec Guiness (Obi Wan Kenobi), éste le dijo: «Si te metes en ese coche, te encontrarán muerto la próxima semana». Y así fue.
El accidente mortal de Dean

Aquel 30 de septiembre, horas antes del accidente mortal, James Dean decidió pasar el día conduciendo por la Ruta Estatal 466. Consta una multa por exceso de velocidad que le pusieron a las 15.30 horas. Iba a 105km/h. Tras la sanción paró a comprar una Coca-Cola y una manzana en Blackwells Corner, en Lost Hills. Unas horas después, en Cholame, a 25 millas de Paso Robles, abandonaba la Ruta Estatal 466 en el cruce con la Highway 41.
Un Ford Custom Tudor venía de frente. Dean dio un volantazo y chocó contolateralmente rompiéndose los brazos y el cuello. Murió en apenas unos minutos, en la ambulancia de camino al hospital.
Noches de Jazz

En 1957, a los 29 años de edad, dos años después de hacer mundialmente famoso por sus fotos de James Dean, decidió explorar fotográficamente en mundo de los músicos de de jazz de Estados Unidos que tanto le apasionaba desde niño: Louis Armstrong, Billie Holiday, Sidney Bechet, Gene Krupa, Duke Ellington… Lo haría por tres años y fruto de ese proyecto nació el libro ‘Jazz Street’ (1960).
Mientras, seguía en Magnum, donde permanecería durante seis décadas.
Por aquel entonces a Dennis Stock ya habían empezado a llamarle «Dennis the Menace» (Daniel, el travieso) por las tiras cómicas de Hank Ketcham y se le consideraba un hombre al que no le iban las conversaciones de cortesía o la charla barata. A Stock le gustaba ir al grano y eso le generó muchos enemigos y miles de admiradores, que iban a multiplicarse por diez en su siguiente trabajo: los músicos de jazz. Un colectivo al que era imposible llegar por las vías convencionales y que había resultado ser un chasco para los grandes medios de comunicación, que habían llegado tarde al jazz, como a casi todo el resto.
Aunque algunos fotógrafos habían intentado acercarse a Harlem para inmortalizar a los mitos de la música que se movían en un barrio en el que los blancos no eran excesivamente bienvenidos, sin embargo, y más allá del trabajo de leyendas de la fotografía como Art Kane, los integrantes de la tropa jazzística resultaban un objeto hermético, que devolvía el reflejo, y que no se sentían nada cómodos con las cámaras y los ojos ajenos. Stock decidió que aquel era otro mito, que la idea de que nadie pudiera traspasar aquel muro de opacidad que rodeaba Harlem era —simplemente— otro tópico de la Norteamérica envenenada, la que dividía a sus hijos entre «nosotros» y «ellos».
Un año después, y sin hacer ruido, el neoyorquino se iba de copas con Charlie Parker, Louis Armstrong o Thelonius Monk, y se había convertido en íntimo de un tipo tan esquivo y huidizo como Miles Davis. A algunos de sus colegas, que habían tratado durante un lustro de entrar en aquella comunidad de trompetas y contrabajos, de clubes llenos de humo y tipos con gafas de sol, la cosa les dejó del revés: lo que Stock había tumbado no era solo un asunto fotográfico sino una barrera racial.

Las imágenes de Stock, con Davis sumido en la penumbra, Armstrong al borde una carretera, Parker en pleno trance o la —deliciosa— serie en la que un músico vuelve a casa arrastrando su trombón, con Times Square como testigo mudo del agotador paseo, reflejaban el grado de intimidad que observador y observado habían adquirido.
A Davis le gustaba la actitud del fotógrafo, siempre a la espera, aguardando el momento justo para presionar el percutor. En cierto modo, el músico apreciaba la paciencia y el talante de Stock, un hombre que no pretendía caer simpático ni hacer amigos, que prefería dedicarse a lo suyo: para el que el oficio lo era todo y no tenía más prioridad que la cámara.
Davis era célebre por su mala baba y su afición a los desplantes y todo lo que no fueran sus colegas y su trompeta; Stock era uno con su cámara. Ambos congeniaron de inmediato: las fotos del neoyorquino a Miles Davis son las más buscadas por los coleccionistas y las más auténticas que jamás le hicieron.
El fotógrafo desmontó con ellas el mito de las dos Norteaméricas y su imposible conciliación (artística y social), creando por el camino su propia leyenda: su ascensión en las filas de Magnum fue vertiginosa y pronto le llegaría el encargo que todo fotógrafo sueña. «Haz lo que te de la gana. Compramos».
Última etapa

En 1968, llevando ya 17 años en Magnum, y a sus 40 años de edad, se tomó un respiro temporal de la agencia para crear una productora cinematográfica con la que rodó varios documentales.
La productora se llamaba ‘Visual Objectives’.
Era la época de los hippies y él retrató los intentos de los hippies de California de cambiar la sociedad con los ideales del amor y el cuidado.
Viviendo ya en Los Ángeles, Stock decidió alejarse de los platós de cine y dedicarse en el que a la postre se convertiría en uno de sus libros más recordados: Road People.
Tras viajar por California durante años, el fotógrafo no había dejado de prestar atención a la civilización debajo de la civilización: lo que él llamaba la gente de la carretera. Los viajeros, los turistas, los ángeles del infierno, los hippies… Stock se sentía fascinado por aquella Norteamérica sin ataduras, que vivía al día y que —sin embargo— era un espejismo. La Norteamérica que no existía a ojos del estadounidense medio, una nación invisible que vivía en las arterías del país.
El fotógrafo dedicó tres años a viajar por todo tipo de carreteras, locales, nacionales y secundarias, con su cámara como bloc de notas, aprovechando para parar en festivales de música, ferias de arte y eventos varios, componiendo uno de los mejores mosaicos que jamás se han compuesto de un continente hundido hasta las rodillas en mitos que dejaron de existir hace siglos.

«Si lo piensas es completamente lógico, Stock se pasó años viajando de una punta a otra del país para fotografiarlo todo: un día podía estar tomando fotos en el rodaje de El planeta de los simios y al siguiente en en un festival nudista en San Francisco.
Para él, Norteamérica era un sitio fascinante que había que descubrir y mientras muchos se empeñaban en ver el mundo desde Los Ángeles o Nueva York, él se iba a rincones del continente que muchos no sabían que existían.
Creo que esa era una de las grandes cualidades de Dennis Stock, su capacidad para explicar su país sin recurrir a los tópicos y una curiosidad enfermiza que le llevaba a tratar de saber más, continuamente.
Eso y su obsesión por enterrar mitos le convirtieron —paradójicamente— en un mito», decía Tony Nourmand, uno de los mayores expertos del mundo en Stock, propietario de Reel Art Press y editor de American Cool, el mejor libro —por exhaustivo— sobre el fotógrafo.
Poco después, Dennis Stock era nombrado vicepresidente de Magnum y dejaba la carretera para los que venían detrás de él. Sus imágenes, convertidas en testimonios donde estudiar las batallas que no aparecían en los libros de historia (ni en ningún otro), se consideran hoy imprescindibles elementos de consulta para cualquiera que desee conocer un pedazo de la historia de Estados Unidos (y de la fotografía mundial) durante el periodo que va desde mediados de los años cuarenta hasta bien entrados los setenta.
Stock representó esa idea en la que el fotógrafo es el martillo que golpea con obsesión lo sagrado, hasta hacerlo pedazos. En su cámara, todos esos seres invisibles se materializan para el espectador, redibujando las líneas de un país que muchos conocen solo en la pantalla de un televisor. Para este neoyorquino al que no gustaban las multitudes, el mito de una sola Norteamérica tenía que ser repudiado a toda costa y en su lugar debía erigirse un homenaje a todos los que eran ignorados sistemáticamente. Pocos profesionales de la fotografía pueden presumir de haber contribuido tanto a la revisión de los mecanismos que dan forma a una nación: con el blanco y negro como única bandera Dennis Stock creó un país certero, alejado por igual del tópico y los extremos. La autenticidad, por encima de cualquier otro factor, constituye el núcleo duro de su majestuosa herencia.
En 1969, a los 41 años de edad, y 1970 (42 años) fue el presidente de la división de películas y nuevos medios de Magnum.
Durante los años 70 y 80, trabajó en libros de colores, enfatizando la belleza de la naturaleza a través de los detalles y el paisaje.

En los años 90 retomó sus orígenes urbanos, explorando la arquitectura moderna de las grandes ciudades.
Su trabajo posterior se centró principalmente en la abstracción de flores.
Trabajó como escritor, director y productor para televisión y cine y sus fotografías han sido adquiridas por la mayoría de las colecciones de museos importantes.
En el año 2006, a los 78 años de edad se casó con la escritora Susan Richards. En sus últimos años, Dennis Stock residía a caballo entre Woodstock, Nueva York, y Sarasota, Florida.
Dennis Stock murió en 2010, a los 81 años de edad en Sarasota, Florida, a causa de un cáncer de colon.
El fotógrafo murió dejando tras de sí un impresionante legado visual y un sello inconfundible, quizá no demasiado conocido para el gran público pero imprescindible para los profesionales del medio. Algunas de sus fotos han trascendido el ámbito de esta disciplina artística para convertirse en iconos que han superado el imán de una generación concreta para incrustarse en el inconsciente colectivo.
LIFE, la película

Cinco años después de su muerte, en 2015, el fotógrafo y director holandés Anton Corbijn, genio de la composición y autor de los maravillosos videoclips de U2, Depeche Mode, Nirvana o Coldplay
estrenó la película ‘Life’ (2015), basada en hechos reales. El filme gira en torno a la relación entre el que fuera fotógrafo de la revista LIFE Dennis Stock (interpretado por Robert Pattinson) y el actor James Dean (Dane DeHaan interpretó su papel tras cinco negativas).
«La gente sabe bastante poco del fotógrafo Dennis Stock y hay mucha más libertad para retratarle, más de lo que se supone para retratar a James Dean. Eso fue muy difícil para Dehaan porque James Dean era su actor favorito y pensaba que no podía retratar a su héroe, pero me alegro que se lo replanteara y se decidiera al final».
Logrado el reto de convencer al actor que interpretaría a James Dean, con el actor de iba a interpretar a Dennis Stock lo tuvo más fácil: le regaló su Leica analógica unos meses antes de comenzar a rodar, le contagió su pasión por la foto y le hizo sentirse fotógrafo los meses previos.
«Es gracioso porque ahora tenía que mirar desde el otro lado. Le dije ‘piensa como un fotógrafo’. Quería que se sintiera como un fotógrafo y estuviera pensando en el momento ideal para sacar una foto porque, además al no ser una cámara digital, hay que pensar antes de tirar una foto. Robert Pattinson tiene un gran cuidado con lo que rueda y lo que coge».
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