El desopilante video que le dio el papel de Batman a Adam West y las confesiones sexuales de Robin…
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Adam West y Burt Ward, como Batman y Robin, el inolvidable Dúo Dinámico
Infobae(M.Bauso) — Durante los sesenta, los hombres norteamericanos tenían una meca: la Mansión Playboy. Ser recibidos en la casa de Hugh Hefner prometía todo tipo de placeres. Caminar entre las copas de champagne, entablar conversación con alguna celebridad del mundo del cine, de la música o del deporte, conquistar alguna de las conejitas. La atmósfera estaba dominada por el espeso humo azul de los cigarrillos. La banda de sonido la proporcionaba un trío de jazz que tocaba casi sin interrupciones.
Doug Cramer era un ejecutivo televisivo de la ABC. Cuando ingresó a la Mansión creyó que de esa velada le quedarían historias que podría contar durante décadas, que sus amigos lo envidiarían, que estaba en el lugar en el que todos querían estar. Pero, mientras se metía en clima, y procuraba iniciar un diálogo con alguna de las jóvenes que se paseaban por ahí, le sorprendió que todos los hombres centraron su atención en una pared.
Allí contra una gran pantalla comenzó la proyección de viejos seriales de los años cuarenta. Pasaron varios de Batman. El público dejó de prestar atención a todas las tentaciones que los rodeaban y se concentró en las historias del superhéroe. Pero no eran espectadores pasivos. Tal vez ayudados por el alcohol (y la excitación), vivaban a Batman cada vez que aparecía y abucheaban a los villanos. Cramer vislumbró que en esas reacciones había algo que él podía trasladar a su pantalla.
Al día siguiente compró todos los comics de Batman que encontró en el kiosco. Otro productor, William Dozier se empecinó a llevar adelante el proyecto. Desde el principio su idea original era imprimirle un tono de comedia a las historias. Pero los ejecutivos de ABC preferían que el foco estuviera puesto en el costado detectivesco y deductivo del superhéroe, al fin y al cabo carecía de súper poderes.
Una de las claves para que el programa tuviera buen rating era encontrar el actor que pudiera ponerse en las calzas del hombre murciélago. El elegido resultó Ty Hardin. El actor había sido descubierto por John Wayne y después había protagonizado durante cuatro años, de 1958 a 1962, Bronco, un western televisivo de moderado éxito. Luego siguió su carrera en Europa. Quería dar el salto al estrellato cinematográfico y aceptó varios Spaghetti Westerns. A esta altura sabemos que su suerte no fue la misma que la de Clint Eastwood.
Cuando le ofrecieron Batman, no aceptó y prefirió actuar en Pampa Salvaje, remake de Pampa Bárbara, también dirigida por el argentino Hugo Fregonese con guión de Homero Manzi y Ulises Petit de Murat. Con Robet Taylor a la cabeza la película fue rodada en España (¿habrá querido inaugurar el género del Mate Western?). Hardin no demostró un gran ojo para elegir proyectos. El mismo año rechazó la serie de Batman y Por un Puñado de Dólares de Sergio Leone.
Entonces fueron en busca de un actor al que veían en una propaganda de la chocolatada Quick. Adam West era elegante, de buen porte y parecía impasible. En la publicidad televisiva era el Capitán Q. Tenía una gorra de marinero y como una especie de James Bond algo chambón se salvaba de caer en una trampa en el piso, de una explosión y se lanzaba (con la caja del producto en la mano) por una ventana, casi en un anticipo de su descenso por el Batitubo. Todo eso lo hacía sin despeinarse casi sin ningún gesto más que una sonrisa entre irónica y divertida.
La publicidad que le dio el papel de Batman a Adam West
Los productores llegaron a un rápido acuerdo con West. Él no había tenido demasiada fortuna hasta el momento. Sólo había interpretado pequeños y esporádicos papeles en otras series. Estaba todo cerrado cuando lo llamaron para una prueba de cámara. Al llegar, su ánimo se desmoronó. Vestido con otro traje igual de ridículo que el suyo estaba Lyle Waggoner, un actor con más fama y recorrido. Los productores no le habían dicho que todavía debía competir contra alguien.
Waggoner (que luego actuaría en The Carl Burnett Show y en La Mujer Maravilla pero cuyo mayor logro profesional terminó siendo el de convertirse en el primer poster central de la revista Playgirl) hizo dupla con Peter Deyell. El compañero que le tocó a Adam West fue un joven de baja estatura y gesto ingenuo llamado Bert Gervis.
A ese joven alguien le avisó que estaban buscando a un actor como él para una nueva serie. Amante de las historietas, enloqueció cuando supo que iba a audicionar para Batman. Creyó que sus posibilidades eran buenas. Era chiquito, parecía tener menos años de los que tenía, mirada inocente y era muy ágil. Las condiciones para un Robin perfecto. Pero después se dio cuenta que las expectativas de quedarse con el rol no eran muchas. Una cuestión estadística: se presentaron 1100 candidatos. Cuando se enteró de este dato, decidió archivar sus ilusiones. Demasiados contendientes. Pero llegó el llamado de los productores. Debería enfrentar una prueba de cámara definitiva. Junto a él estaba uno de los candidatos a interpretar a Batman, Adam West. A esa altura, el futuro joven maravilla, ya había cambiado su nombre por el de Burt Ward.
Adam West tenía miedo. No le temía al fracaso, ni al ridículo. Hacía años que cosechaba rechazos y esta era su mejor oportunidad. Lo que le preocupaba era el éxito y la leyenda de Hollywood sobre los actores que interpretaban a héroes. La locura o la desgracia se abatía sobre ellos. Dos perfectos ejemplos: Johnny Weissmuller y George Reeves.
Casting de Burt Ward para el papel de Robin en Batman
Los directivos de la emisora seguían teniendo dudas pero hubo un punto de no retorno. La construcción de la Baticueva y del Batimóvil habían sido tan caros que había que probar el producto en pantalla, buscar de alguna manera recuperar la inversión. Hicieron algunas pruebas antes de emitirlo al aire y todas dieron resultados desastrosos: el público no sabía si lo que veía era en serio, se trataba de una parodia o los creadores habían errado el tono. Los pronósticos eran (muy) pesimistas.
El estreno se fijó para el miércoles 12 de enero de 1966. Eran dos capítulos por semana. Miércoles y jueves a las 19.30 hs.
“Uno actúa, dice sus líneas y tal vez entre una escena y otra pasan horas. Así se pierde perspectiva. El día que emitían el primer capítulo nos dejaron salir antes de la grabación para que lo viéramos en nuestras casas. La expectativa era enorme. Cuando vi la presentación, me vi dibujo, vi esos colores y escuché la música no podía creerlo. Luego estaban las peleas, los carteles con las interjecciones. Supe que teníamos un éxito, que mi vida había cambiado”, contó Ward en su libro de memorias Boy Wonder. My life in tights (Joven Maravilla. Mi vida en calzas).
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Batman y Robin, los Encapotados, fueron uno de los grandes éxitos de la tevé de los ’60
Al escuchar los primeros acordes, uno ya podía adivinar que lo que seguía no era algo habitual. La música de Neil Hefti, el Batman Theme, trae reminiscencias de las series y películas de espionaje pero con aires de guitarras surferas, y cada tanto, siempre en el momento exacto, aparece el coro recordándonos el nombre de nuestro superhéroe. Los títulos de apertura corren mientras en el Dúo Dinámico (podría ser el Duro Dinámico por la rigidez de sus movimientos) corren y se pelean, con onomatopeyas incluidas, en dibujos animados de colores lisérgicos.
La serie fue un éxito inmediato. Ese nuevo lenguaje dio de lleno con el tono de la época y con su público: la familia veía televisión reunida en casa donde sólo había un aparato que solía ocupar el centro del living. Ella, la televisión, aglutinaba a su alrededor y Batman les hablaba a todos los integrantes. Y los divertía. ¿Era una serie medio tonta? ¿o era demasiado solemne? Nadie lo sabía demasiado bien. El camp en horario central.
El formato era bastante similar, casi monolítico, en especial en las dos primeras temporadas. Las historias duraban dos capítulos. Un villano provocaba un desastre y el comisionado lanzaba la Batiseñal. Bruno Díaz (Bruce Wayne) dejaba sus cosas, se convertía en Batman y salía a enfrentar al mal. Pero el final del primer capítulo nuestros héroes se encontraban en riesgo cierto de muerte (los villanos siempre se mostraron remolones y vuelteros como para liquidar a los superhéroes; el regodeo previo permitió demasiadas aventuras). La continuación, al día siguiente, comenzaba con la salvación del Dúo Dinámico y la persecución de los malvados hasta que, al final, triunfaban los buenos y la calma retornaba -hasta la semana siguiente- a Ciudad Gótica.
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Batman y Robin junto al Batimóvil, uno de los emblemas de la serie.
Los personajes secundarios eran muy importantes. Alfred, el Comisionado, Batichica (que se incorpora de manera estable en la tercera temporada), la Tía Harriet, que fue creada a pedido de los directivos de ABC para eliminar las sospechas sobre la sexualidad de los protagonistas y no tener que andar explicando por qué dos varones vivían solos en esa mansión.
El otro gran gancho eran los villanos. Fueron muchísimas las estrellas de Hollywood que quisieron, aunque sea fugazmente, encarnar a alguno de ellos. Los más recordados fueron El Acertijo, el Pingüino, el Capitán Frío y el Guasón. El Acertijo que era alguien con escasa presencia en los comics se ganó un lugar en la serie gracias a la interpretación de Frank Gorshin (aunque fue reemplazado durante la segunda temporada). Gorshin participó en un programa de televisión todavía más histórico que Batman: estuvo invitado para realizar su rutina como imitador en el Show de Ed Sullivan, el día que los Beatles tocaron por primera vez en la televisión norteamericana.
El Guasón era César Romero que tenía un bigote fino que no aceptó afeitarse, lo que doblaba el trabajo del personal de maquillaje. El Pingüino era Burguess Meredith, que una década después alcanzaría la gloria con su papel de Mickey, el entrenador de Rocky Balboa. El Capitán Frío cambió todas las temporadas, siempre con grandes nombres: Otto Preminger, Eli Wallach y George Sanders. Otros actores que se pusieron los ropajes codiciados de villanos de Ciudad Gótica fueron: Vincent Price, Zsa Zsa Gabor, Tallulah Bankhead y Art Carney, entre muchos otros.
Pero había una villana más, insoslayable. Gatúbela. Inquietante, ronroneante, maléfica, seductora e inteligente. La atracción entre ella y Batman era evidente. También el enfrentamiento. Había tensión permanente. Ella era capaz de seducirlo, hasta de amarlo, de encender la pasión, y al mismo tiempo planificar con absoluta frialdad cómo asesinarlo. Gatúbela fue interpretada por la hermosa Julie Newmar en las dos primeras temporadas. Y por Eartha Kitt en apenas tres capítulos del año final.
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Batman y Gatúbela, una de las villanas más encarnizadas, pero también el amor imposible del enmascarado. Hubo dos Gatúbelas en la serie, pero la de Julie Newmar quedó en la retina de todos los espectadores
Grandes estrellas realizaron cameos en “El Gag de la Ventana”. Asomaban sus cabezas y tenían un breve diálogo con el Dúo Dinámico mientras estos escalaban edificios. Por allí pasaron Jerry Lewis, Sammy Davis Jr. y George Raft entre otros.
Otra marca indeleble de la serie eran las peleas a golpes de puño, extrañas tomas y patadas que ocurrían en todos los capítulos. Ese era el momento para que aparecieron las onomatopeyas, en coloridos carteles, explotando en la cara del espectador, subrayando cada impacto, quitándoles seriedad, creando un código novedoso. ¡Bammm! ¡Awkkk! ¡Clunk!
La serie produjo la Batimania. Todos veían Batman, todos querían sus productos. El merchandising se vendía de manera extraordinaria. Los chicos se disfrazaban como el superhéroe, las réplicas del Batimóvil entraron en todas las casas. Adam West y Burt Ward grabaron discos (el de Robin con participación de Frank Zappa). Hacían presentaciones por todo Estados Unidos. Fueron tres años en los que se convirtieron en grandes estrellas y sus ingresos fueron millonarios (más por las actividades extras que por el salario televisivo).
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El Dúo Dinámico con el entrañable Alfred, el mayordomo que siempre estaba para ayudarlos
La serie fue la primera en tener al mismo tiempo de estar en el aire una película en los cines. Para que volviera a suceder hubo que esperar más de dos décadas con Los Expedientes Secretos X. El film, en realidad, estaba pensado para ser estrenado antes que el programa televisivo como estrategia de marketing para atraer la atención de los espectadores. Pero se tuvo que postergar y se terminó filmando entre una y otra temporada del programa. No tuvo mayor suceso pero le dejó beneficios al Batman de la pantalla chica que heredó (gracias al mayor presupuesto de la película) la Batilancha y el Baticóptero.
Entre 1966 y 1968, la serie Batman fue un fenómeno de audiencia y de popularidad. El súper héroe del cómic dominaba la televisión en capítulos de media hora que combinaban aventuras, candidez, referencias pop, villanos tan malvados como inofensivos, humor y luminosidad.
Fueron 120 capítulos durante tres temporadas. En 1968, el rendimiento del programa había disminuido y era muy costoso de producir. Además, el clima social se iba enrareciendo. La ABC decidió dar de baja el programa. Sus protagonistas no se lamentaron demasiado. Creyeron que el éxito los seguiría acompañando. No comprendieron que lo que no los abandonaría era su personaje. Ninguno se pudo sacar el traje de encima nunca más. Adam West siempre será Batman.
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Adam West y Burt Ward, además de interpretar a Batman y Robin, se hicieron grandes compinches en la vida real
En un movimiento que era habitual en la televisión norteamericana, un canal rival intentar reflotar la serie. Se reunió con los productores y para producir la cuarta temporada sólo puso como condición utilizar los mismos decorados ya construidos. Pero llegaron tarde: unos días antes habían sido demolidos, en especial la Baticueva. Era extremadamente caro reconstruir todo y la idea fue desechada.
Luego del éxito inicial de las historietas en la década del cuarenta, Batman traspasó a otros lenguajes. Llegaron unos cortos seriados para el cine. Pero con el paso de los años y el cambio de costumbres, la revista mermó sus ventas. Los esfuerzos por atraer al público no cejaron. Se incorporaron nuevos personajes, se reconvirtió a tira de ciencia ficción en los cincuenta; los guionistas probaron diversos caminos para mantenerlo vivo. El declive parecía inevitable.
Pero a mediados de los sesenta llegó la serie televisiva. Una serie anclada en su tiempo. Un híbrido, una rareza que navega entre la parodia, el humorismo involuntario y la ingenuidad. Una pieza pop. Bang! Awkkk. Kapow!. Ouch. Las onomatopeyas cubrían la pantalla, se sobreimprimían encima de las peleas, y los golpes teatrales. Batman bailaba a go-go. Textos infantiles recitados por hombre en trajes imposibles, uno o dos números más chicos que sus talles, que los encaraban con una solemnidad digna de Shakespeare. Esta versión camp del superhéroe, más luminosa que el resto de la reencarnaciones, es la que se grabó a fuego en miles de infancias en base a repeticiones televisivas. Una versión de Batman sin dilemas, sin desbordes ni capacidad de daño.
Las confesiones sexuales de Robin: un curioso tratamiento hormonal, orgías con Batman y el acoso de las fans
Es el Robin más conocido, el Joven Maravilla de la serie televisiva que triunfó en los años sesenta. Burt Ward, uno de los pocos del elenco original que aún vive, consiguió al inicio de su carrera, su papel más trascendente, casi el único. Alguien que no era actor y al que su primer personaje le cambió la vida. Pero que también dejó su figura tan asociada al universo Batman que después encontró pocas posibilidades.
Ward, al contrario de muchos de sus colegas, no vive ese rol que lo cristalizó como una condena, sino como una bendición. Agradece la exposición, la fama, el cariño de la gente y, en especial, el incremento exponencial de su vida sexual.
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Adam West y Burt Ward en el Batman de los ’60s. Para el actor que interpretó a Robin, trabajar en la serie fue «una bendición»
Alguien le avisó que estaban buscando a un actor como él para una nueva serie. Amante de las historietas enloqueció cuando supo que iba a audicionar para Batman. Creyó que sus posibilidades eran buenas. Era chiquito, parecía tener menos años de los que tenía, gesto inocente y era muy ágil. Las condiciones para un Robin perfecto. Pero después se dio cuenta que las expectativas de quedarse con el rol no eran muchas. Una cuestión estadística: se presentaron 1100 candidatos. Cuando se enteró de este dato, Burt Ward decidió archivar sus ilusiones. Demasiados contendientes.
Pero llegó el llamado de los productores. Debería enfrentar una prueba de cámara definitiva. Junto a él estaba uno de los candidatos a interpretar a Batman, Adam West. Unas horas antes otra dupla había sido probada: Lyle Waggoner (después tuvo una larga carrera en el Show de Mary Tyler Moore y La Mujer Maravilla) y Peter Deyell. Los elegidos, ya sabemos, fueron West y Ward.
Bert Gervis -su verdadero nombre- no era trapecista como su personaje. Sus padres tenían un espectáculo de patinaje sobre hielo que recorría Estados Unidos y él integraba la troupe. Su conexión con el mundo del espectáculo se dio naturalmente. Apenas comenzó a acudir a castings decidió cambiar su nombre artístico. Bert se transformó en Burt y como su apellido le parecía complicada de pronunciar lo cambió por el materno.
La serie tuvo tres temporadas. Las dos primeras fueron enormemente exitosas. En total 120 capítulos entre 1966 y 1968. Los protagonistas se convirtieron en estrellas. Tenía un nuevo lenguaje. Camp, pop, humor, aventuras, las onomatopeyas; todo en colores fuertes y un aire inocente.
“Uno actúa, dice sus líneas y tal vez entre una escena y otra pasan horas. Así se pierde perspectiva. El día que emitían el primer capítulo nos dejaron salir antes de la grabación para que lo viéramos en nuestras casas. La expectativa era enorme. Cuando vi la presentación, me vi dibujado, vi esos colores y escuché la música de Neal Hefti, no podía creerlo. Luego estaban las peleas, los carteles con las interjecciones. Supe que teníamos un éxito, que mi vida había cambiado”, contó Ward.
El papel de Robin tenía algunas diferencias con el personaje del cómic. Su origen. En la serie no había margen para el pasado oscuro, para un chico huérfano tras la muerte violenta de sus padres. Así Robin, el Joven Maravilla, era el ladero de Batman pero sin mayores explicaciones.
Batman apareció por primera vez en la edición 27 de la revista Detective Comics. El personaje fue un éxito inmediato. Un superhéroe sin súper poderes. Un justiciero con un lado oscuro, con dos caras. No se permite usar armas de fuego (nos enteraremos después que por el recuerdo a lo sucedido con sus padres), ni asesinar. Pero sí puede hacer daño y desplegar su crueldad contra sus enemigos.
El nuevo superhéroe provocó tanto impacto que los guionistas continuaron durante unos números con las aventuras sin detenerse a explicar su pasado y sin molestarse en agregarle personajes a su alrededor. Por el momento no les hacía falta. Hasta que contaron el asesinato de sus padres y le sumaron a Alfred, el mayordomo discreto y leal. En el número 38 se incorporó alguien más. El anuncio estaba ya en la tapa. La presentación prometía: El Joven Maravilla. En el sector izquierdo, imperturbable como siempre, Batman. A su lado, entrando como una aparición de circo, atravesando un aro cubierto con un papel que destroza con su irrupción, Robin, su nuevo ladero.
Robin era Dick Grayson (para los latinos pasaría a ser Ricardo Tapia). Un chico que quedó huérfano cuando sus padres, artistas de circo, murieron en algo que pareció un accidente en medio de una función. Después sabremos que se trató de un atentado. Unos mafiosos extorsionan al dueño del circo y ante la falta de respuesta, sabotean el número de los trapecistas, los padres del futuro Robin. Batman lo acompañará a encontrar a los culpables y luego lo adoptará como ladero para luchar contra la injusticia. Los hermanó la orfandad.
La permanencia y popularidad de Batman puede tener varias claves, puede explicarse desde diversos ángulos. Pero, muy posiblemente, el factor más importante, el que determine su perdurabilidad sea esa ausencia de súperpoderes: su humanidad. Entendiendo este concepto más como vulnerabilidad, como inestabilidad demostrada en la lucha permanente, cotidiana, con los fantasmas del pasado, con sus carencias y contradicciones que como capacidad de empatía y solidaridad, de ayuda al prójimo. En la cabeza y el corazón de Batman habitan tormentas. Las contradicciones lo torturan; el dolor no se disipa. Su lucha contra el crimen responde a una predestinación, casi no hay opción en su accionar.
Robin por el contrario es un personaje menos oscuro, más alegre ya desde su vestimenta inspirado por Robin Hood con el amarillo, el rojo y el verde impactando a la vista.
Y en la serie es más alegre todavía. Sus muletillas (“Santas muletillas, Batman”), los gags, el atuendo extremadamente colorido, el aspecto infantil y en especial, la ausencia de explicaciones sobre su origen. En la serie no había margen para el pasado oscuro, para un chico huérfano tras la muerte violenta de sus padres. El Robin de Ward era el ladero de Batman pero sin mayores explicaciones.
Burt Ward, en el momento del comienzo de Batman, tenía 21 años pero debía encarnar a un adolescente. Casi un niño en calzas coloridas. Inocencia, bondad, búsqueda de la justicia. Alguien a quien todavía el tiempo no pudo erosionarle las ilusiones.
El actor contó que los productores le dijeron: “¿Sabés por qué te elegimos? Porque Robin tiene tu personalidad. Queremos que delante de cámara seas igual que en la vida real”.
Pese a eso, había algo que querían que modificara. Y no era menor.
La historia de la actuación desborda de desafíos físicos, de actores que se sometieron a transformaciones severas de su cuerpo para interpretar un papel. Ahí están las decenas de kilos que aumentó Robert De Niro para Toro Salvaje, o los que adelgazó Joaquin Phoenix para el Guasón; la nariz retocada de Gerardo Nieva en Gatica, o las modificaciones camaleónicas que encara Christian Bale en cada película.
Sin embargo, da la impresión que a ninguno se le pidió más que a Burt Ward.
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Durante años corrieron leyendas en Hollywood sobre las orgías en las que ellos participaban. Se cuenta que Adam West y Frank Gorshin, que hacía de El Acertijo, fueron expulsados, desnudos, de una gran fiesta sexual porque en medio de ella se pusieron a interpretar sus personajes
Apenas la serie se convirtió en un suceso apareció un problema impensado. La Liga de Madres Católicas a Favor de la Decencia se quejó. Utilizó un recurso que durante décadas fue muy efectivo en la televisión. Una censura solapada. Una extorsión epistolar. Inundaron de cartas a los anunciantes amenazando no comprar sus productos si seguían apoyando el programa. ¿Cuál era el motivo de la queja? La anatomía del Joven Maravilla. Sobre la medibacha blanca, Robin llevaba un ajustada calzón verde. Y las señoras, que eran la voz oficial de la decencia, consideraban eso una verdadera indecencia. Los atributos masculinos de Robin, decían, se marcaban demasiado. La gente de vestuario probó distintas técnicas. Calzoncillos más ajustados, anatómicos que comprimieran más, un nuevo diseño de la pequeña calza, o en alguna escena la capa oportuna para taparlo.
Burt Ward se queja, con cierta amargura, que a Batman le ponían medias u otros implementos para marcar más sus órganos sexuales mientras que con él intentaban que no se le viera nada. Que se convirtiera en un especie de superhéroe eunuco. De todas maneras cada vez que escribe o habla del tema no puede dejar de mostrar su orgullo por la dotación que recibió naturalmente.
Ese tema fue un grave problema hasta que un productor creyó encontrar la solución. Algo drástica debe decirse. Le propuso -se supone que le exigió- que tomara unas pastillas que achicarían su miembro. Un tratamiento hormonal para que las calzas del Joven Maravilla no distrajeran a las decentes señoras de la liga.
Burt Ward cuenta que tomó las pastillas durante tres días. Su deseo de no dejar pasar la oportunidad, de dar la talla (literalmente), de vivir el sueño de ser un superhéroe y una estrella, creyó que bien lo valía. Pero sin decirle a nadie interrumpió el tratamiento. Tuvo una revelación. Vio la situación en perspectiva y se dio cuenta de lo evidente. Aquello que en el mundo del espectáculo parece razonable, en el mundo real configura una locura, un disparate que puede dejar un daño permanente. Y afectarlo anatómicamente y en su fertilidad.
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Burt era 17 años más joven que Adam West. Su experiencia sexual era escasa, por no decir nula. A partir del éxito televisivo su vida cambió de manera rotunda. Y Batman fue quien lo guió en ese nuevo terreno de la seducción
La gran mayoría de estas historias, el actor las cuenta en su autobiografía. Las memorias de Burt Ward se llaman Boy Wonder. My life in tights (Joven Maravilla. Mi vida en calzas). El tono es picaresco y el contenido algo chismoso. Juega todo el tiempo con la tensión entre él y Adam West (entre Batman y Robin) y con el clima de época: dos jóvenes estrellas de la televisión en los sesenta y el manejo de la idolatría y las relaciones sexuales con sus fans y otras estrellas.
Ward narra una larga serie de “hazañas sexuales” surgidas a partir de la popularidad. Burt era 17 años más joven que Adam West, su compañero. Su experiencia sexual era escasa, por no decir nula. Esa inocencia, ese candor fue una de las causas de que obtuviera el papel. Sin embargo, pasó lo que pasa siempre. A partir del éxito televisivo su vida (y en especial su vida sexual) cambió de manera rotunda. Y Adam West, Batman, fue quien lo guió en ese nuevo terreno: “Hasta la serie sólo había salido con unas pocas chicas pero nada había pasado. Adam me arrastró a las mayores aventuras sexuales que uno se pueda imaginar. De nada a todo. ¡Sexo salvaje! ¡Y sin parar! Eran los años sesenta. En medio de la Revolución Sexual nosotros teníamos un éxito televisivo”, escribió Burt en sus memorias.
Las aventuras de Batman y Robin se extendían fuera del set. O dentro del set pero detrás de las cámaras. Las mujeres se abalanzaban sobre ellos. Muchas los preferían disfrazados. Querían sentir (o creer) que tenían relaciones con los superhéroes y no con los actores. “Aunque habría que reconocer que hacerlo con el traje puesto tenía sus limitaciones”, reconoció Adam West.
Robin por su parte lo recuerda de manera más festiva, sin incomodidades en su discurso: “Sucedían cosas mágicas. A las 7 de la mañana estábamos maquillándonos y un alud de mujeres nos invadía, nos rodeaba. Teníamos sexo detrás de los decorados, entre escena y escena, en nuestros trailers, en todos lados. Y los días que no rodábamos hacíamos presentaciones promocionales. Y en esos momentos todo se potenciaba. No parábamos”.
La actriz Shelley Winters, invitada de la serie, era conocida por sus avances a todo tipo de hombres, en especial a los más jóvenes que ella. En la primera escena que les tocó compartir, Robin estaba atado a una silla eléctrica de utilería. Ella, aprovechando la inmovilidad, se acercaba sugerentemente al actor, lo rozaba y le hablaba al oído. En el almuerzo, ella le entregó un regalo que él aceptó sonrojado: un libro titulado El encanto de las mujeres mayores.
Durante años corrieron leyendas en Hollywood sobre las orgías en las que ellos participaban. Se cuenta que Adam West y Frank Gorshin, que hacía de El Acertijo, fueron expulsados, desnudos, de una gran fiesta sexual porque en medio de ella se pusieron a interpretar sus personajes, lo que hizo reír a muchos y desconcentró a los otros participantes.
Si Burt Ward es más explícito en sus recuerdos, Adam West pocas veces habló de este aspecto y cuando lo hizo se mostró más reticente y discreto: “En cierto modo saqué partido de la fama. Y eso incluye todos los placeres humanos que usted pueda imaginar”. Aunque su compañero se haya animado a revelar que la fantasía de Adam West era realizar junto a Ward un Bati trío (lo llama así o Bati sandwich) con Yvonne Craig, la actriz que hacía de Batichica.
El énfasis que Burt Ward pone en sus aventuras puede tener diversos orígenes. Por un lado ese material era un buen gancho para vender más ejemplares de su libro. Por el otro, el subrayado en la Bati actividad sexual alejaría las sospechas de homosexualidad que míticamente se instaló sobre la pareja y que en una época sonaba como una imputación. “Siempre hicieron chistes sobre nuestra relación. Y así seguirá siendo mientras se pasen los programas. A nosotros nos causaba gracia. Teníamos tantas mujeres, tanta actividad sexual que no hubiéramos siquiera tenido tiempo para una relación homosexual”, escribió Ward.
Burt Ward siempre habló con mucho cariño de Adam West. Pese a la diferencia de edad forjaron una amistad sincera. En los comienzos hubo celos y cada uno peleó por su lugar. Pero la serie, el aura mítica que se generó alrededor de ella, los hermanó.
Luego de que la serie fuera dada de baja, llegó el tiempo de los revivals, de las repeticiones, de la transformación en objeto de culto, la caída en desgracia del género de superhéroes y el renacer con toda fuerza en la última década.
En ferias y eventos mantiene viva la leyenda; fue precursor en cobrar fotos autografiadas y presencias para satisfacer a los fans. El año pasado obtuvo el homenaje que, tal vez, nunca imaginó: instalaron una estrella con su nombre en el Paseo de la Fama en Los Ángeles.
Su principal labor en las últimas décadas fue, junto a su cuarta esposa Tracy Posner (hija del financista que inspiró el Gordon Gekko de la película Wall Street), el del cuidado de perros a través de una fundación. Por esa tarea fue reconocido en varias ocasiones. Según sus afirmaciones en dos décadas de trabajo salvaron la vida de más de 50.000 perros. En su casa tienen al menos 50 viviendo con ellos.
Después de interpretar a Robin, Burt Ward siguió intentando en el mundo de la actuación. Pero sus mejores años habían pasado. Participó en decenas de telefilms. Pero él siempre seguiría siendo el Robin pop, inocente y colorido que acompañaba al inmutable Batman de West. Todos esperaban que cada vez que abriera la boca la primera palabra de su parlamento fuera ¡Santas!.
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