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Bob Dylan a los 80 años: la mentira, el talento y el misterio que han forjado el mito…


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Bob Dylan, en 2016.

Bob Dylan, una de las leyendas vivas de la música, acaba de cumplió 80 años este 24 de mayo pasado.

Su voz es una de las más reconocibles, pero solo cuando canta, porque Dylan no habla mucho, al menos ante las cámaras y los periodistas. Su vida es un misterio que ha sido contado de todas las maneras posibles: libros, artículos, documentales y, el próximo año, incluso a través de un museo, el Bob Dylan Center, en la ciudad de Tulsa, que estará dedicado a su vida y su carrera musical.

Mucha información sobre él siempre a través de otras voces, y en muy pocas ocasiones mediante la suya propia.

acobo Celnik es escritor, editor, docente, periodista y autor de varios libros sobre música, entre los que se encuentra ‘Bob Dylan. A las puertas del cielo’

Con su ayuda, vamos a intentar desentrañar la vida de este icono de la música del siglo XX que trae de cabeza a los biógrafos y estudiosos más obsesionados con su figura. Y es que es tanta la incógnita que dos de los biógrafos más reconocidos de Dylan se pelean por la veracidad de sus informaciones. ‘La doble vida de Bob Dylan’, una biografía de Clinton Heylin que acaba de salir a la venta con motivo del 80 cumpleaños del cantautor, plantea que este ficcionó partes de su vida privada y que construyó un personaje público falseando datos de su pasado. Sus peleas con Howard Sounes, bestseller 2001 con la biografía ‘Por la autopista: La vida de Bob Dylan’, han sido y son sonadas.

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Resulta curioso que un artista como Dylan, que cuenta con millones de fans alrededor de todo el mundo, posea a su vez una cara tan oculta. ¿Por qué ocurre esto?

Jacobo Celnik nos explica que “Dylan siempre fue un personaje ambiguo desde el principio de su carrera. Cuando al principio comienzan a hacerle todo el proceso de relaciones públicas en la casa discográfica Columbia, le piden información sobre su vida, sobre sus padres, etc, y dice mentiras. Dice que su padre ha muerto, que era panadero…, pero la realidad era otra. Una cosa es el Bob Dylan que tiene la máscara puesta, que es un performer, un gran intérprete y compositor, y otra cosa es el Dylan real. Esa faceta de él siempre ha sido muy ambigua. Él tiene una premisa, sacada de Antoine de Saint-Exupéry, del libro ‘El principito’, que dice “yo soy otro”. Esto ha sido una constante en su obra. En el álbum ‘Nashville Skyline’ hay canciones que si las escuchas, parece que no fuera Bob Dylan, sino otro cantante. Esa ambigüedad ha estado siempre presente en su vida y obra. Por eso fascina su figura, porque es un ser indescifrable. Esa cara oculta de su vida está presente en sus letras. Siempre está ahí ese discurso para confundir. Pero el que confunde reina”.

Algunos datos llamativos de la vida Dylan han apuntado en el pasado a que en su infancia fue a parar a un reformatorio, que fue criado por una familia de acogida y que incluso se escapó de su casa a los 12 años. Heylin asegura que esto no es cierto. ¿Qué es lo que se sabe hoy? Teniendo en cuenta las distintas investigaciones, ¿cómo vivió su infancia Dylan y cuál fue su realidad familiar que más se puede acercar a la verdad? Jacobo Celnik nos da las claves: “Si revisas el libro de Jonathan Cott, ‘Dylan sobre Dylan’, uno se da cuenta de que Bob Dylan tiene versiones diferentes sobre su pasado familiar. De la infancia de Dylan lo que sí sabemos es que crece en un hogar judío de clase media en Minnesota, en el seno de una familia trabajadora hija de inmigrantes que llegaron de la Unión Soviética a Estados Unidos. Su padre era electricista y tenían una tienda de electrodomésticos. Así que, por un lado, tenemos a un Dylan con una infancia en una familia trabajadora, apegada a la tradición judía, que va a la sinagoga con su padre, etc. Él era el centro de la familia. Era como una esponja que aprende rápido. Muy joven aprende a tocar el piano y la guitarra. Estudia en una escuela de secundaria estatal que tiene una relación tradicional con el judaísmo”.

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Sin embargo, Celnik asegura que Dylan no encaja bien con su entorno. “Hay como una incomodidad latente. Pensemos en Hibbing y Duluth, en Minnesota, dos pueblos pequeños, recónditos… Crece con una mirada muy diferente de su vida, nutrida por su placer por la lectura y marcada por la música country y folk. Era melómano y en su juventud era cliente habitual de una tienda de discos en Tuluth. La radio también lo marca profundamente. Hay un momento de quiebre en su vida, con 15 o 16 años, que es cuando escucha a Bill Haley cantando ‘Rock around the clock’ y cuando ve a Jerry Lee Lewis. Esto le cambia la forma de ver el mundo. La libertad, el ritmo, el baile… Llega a la universidad ya cuestionando con fuerza si su lugar está ahí”.

Al hablar sobre sus relaciones sentimentales, Sounes reveló que Dylan tenía un segundo matrimonio secreto, con una mujer llamada Carolyn Dennis. La noticia corrió como la pólvora. ¿Qué se sabe de la vida sentimental de Dylan? ¿Quiénes fueron sus parejas y cómo se desarrollaron estas historias de amor?

Jacobo Celnik asegura que, personalmente, no posee más datos sobre esta mujer, más allá de los que se han ofrecido en la prensa y se centra en otras mujeres a las que sí considera icónicas en la vida de Dylan: “Aunque él habla siempre de una novia en Minnesota que se llamaba Echo, la primera mujer icónica en su vida es Suze Rotolo, que es la mujer que aparece inmortalizada en la portada de ‘The Freewheelin’ Bob Dylan’ y a la que dedica varias canciones. Pero después hay dos mujeres que son las más relevantes en su vida: Joan Báez y Sara Dylan. A Báez la conoce en el 65 y su relación pasa por periodos de profundo enamoramiento y admiración mutua y donde hay un activismo político persistente en Báez y no tanto en Dylan, a quien nunca le gustó que lo encasillaran en ningún bando político. Cuando él se empieza a desligar de la parte política, hay un distanciamiento con Báez. Luego aparece Sara, que era amiga del mánager de Bob Dylan. Fruto de ese matrimonio tuvo cuatro hijos: Jesse, Anna Lea, Samuel Isaac y Jakob. Estos dos últimos son muy importantes en la discografía de Dylan, porque les dedica varias canciones, entre ellas ‘For ever young’, dedicada a Samuel. Jakob es el que ha seguido sus pasos en la música, como líder del grupo The Wallflowers”.

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Joan Báez, en 2015.

“La relación con Sara Dylan es complicada dentro de su obra. En el 75 empiezan a tener problemas y muchas canciones de esa época hablan de Sara. ‘Blood on the Tracks’ es un disco de desamor dedicado en su totalidad a Sara Dylan. Desde el año 77, Dylan comienza una etapa en la que se sumerge en el cristianismo. Lo hizo porque no pudo arreglar su matrimonio con Sara”.

Solitario, huraño, poco amable, con un punto divo, incluso cruel con sus seguidores y su equipo… Se ha dicho de todo sobre Bob Dylan, pero ¿cómo es la verdadera personalidad del artista? Como gran estudioso de Dylan, Jacobo Celnik lo describe como “camaleónico y enigmático. Es un artista en el sentido completo de la palabra. La imagen pública del artista no significa que el artista sea necesariamente así. Y quién sabe si Dylan en la intimidad es un tipo simpático que cuenta muchos chistes. Pero lo cierto es que sí es un ser solitario y algo retraído. Si ves las sesiones de grabación de la canción ‘We are the world’, se ve a Bob Dylan como perdido. Para poder descifrar su personalidad, diría que es enigmático, camaleónico pero absolutamente coherente con su rol de artista. Intuyo que es un personaje tímido que en cierta manera se siente abrumado por la fama y lo sobrepasa”.

Dylan ha alcanzado hoy la edad de 80 años, pero a punto estuvo de perder la vida mucho antes. Fue cuando sufrió un accidente de moto. “En torno a ese accidente hay muchos mitos”, aclara Jacobo Celnik. “Sucede cerca de Woodstock, en Nueva York. Allí vivía en una granja con Sara. Fue en el año 66. Hay muchas versiones sobre el accidente: que el sol lo cegó, que la moto resbaló con aceite esparcido en la carretera… Lo cierto es que ese accidente lo dejó fuera de combate durante un año porque se rompe una vértebra y queda con problemas de movilidad. Lo lleva con cautela, una vez más para no hacer mucho ruido mediático. Antes de ese accidente ya gozaba de cierta popularidad por su ‘Like a Rolling Stone’. A Bob Dylan, dentro de lo malo, le viene bien el accidente porque vivía un momento de controversia. Había electrificado su sonido folk, había metido la guitarra eléctrica en sus canciones y muchos fanáticos lo calificaron de judas por haber roto con esa tradición del cantautor folk. Él estaba cansado de tener que dar explicaciones y no se sentía para nada la voz de su generación. Ese accidente sucede en ese momento de cansancio y ese repliegue le viene bien, aunque lo aleja de uno de los momentos más míticos de la música. Parece ser que las secuelas del accidente no le permitieron estar en Woodstock”.

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Bob Dylan, durante un concierto en 2004.

Pero si hay un periodo en la vida de Dylan que fascina a Jacobo Celnik es el que se conoce como los ‘Jesus years’, un proceso de conversión al cristianismo que arranca en enero del 79 cuando su relación con Sara finaliza. “Conoce a un grupo de pastores de la comunidad de la villa de California y se da cuenta de que hay un camino espiritual para recomponer las piezas emocionales de su vida. En sus canciones hay una mirada muy distinta de la vida, del amor, de las relaciones. Es extraño, porque un judío no puede convertirse al cristianismo. Un judío no deja de ser judío, Él no dejó de serlo, pero no vio problema en mirar hacia al cristianismo como una opción de salvación. Ese periodo es muy interesante porque existe una mirada analítica al Nuevo Testamento y hay un cambio en la narrativa de sus letras y una experimentación con el lenguaje”.

Todas las estrellas terminan apagándose. Es ley de vida. Uno podría pensar que, con 80 años, Dylan también lo hace, pero de momento sigue dando guerra desde su mansión de Malibú, donde ha vivido en solitario y recluido en la pandemia: “El año pasado sorprendió a sus seguidores sacando un álbum que se llama ‘Rough and Rowdy Ways’ y, a juzgar por lo que ahí mostró y conociendo su capacidad tan prolífica de componer, seguro que tiene muchas canciones que verán la luz pronto”, nos comenta Jacobo Celnik cruzando los dedos para que esta intuición se cumpla mientras suplica que al menos continúe apareciendo un poco de genialidad entre tanto reguetón.

Que el Dios judío o cristiano te oiga, Jacobo.

Los atormentados amores de Bob Dylan

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De Robert Allen Zimmerman, así llamado realmente Bob Dylan, se sabe que su primera amante fue Joan Báez, considerada en su tiempo, finales de los años 50, como «la reina del folk». Con una tesitura de soprano, este norteamericana nacida en Puebla, México, era por entonces una destacada intérprete, ganadora de tres discos de oro, cuando conoció a un desconocido cantautor, de aire desgarbado, una ya visible pelambrera y ajeno a cualquier convención social en su vestimenta. Un anticipo de cómo sería en líneas generales la juventud de posteriores años.

Era el año 1961 y el encuentro acaeció en un festival, el Gerde´s Folk. La amistad entre ambos se forjó en los garitos existentes en el Greenwich Village neoyorquino. El chico era Bob Dylan, componía baladas y Joan Báez no sólo las encontró maravillosas; es que se enamoró como una colegiala del recién llegado. Lo curioso es que junto a Joan estaba su hermana Mimi, que es al principio de la que se prendó Bob. Pero Joan, persuasiva y prendada de él lo protegió, lo ayudó y lo llevó consigo a una gira donde en poco tiempo, si bien la estrella era Joan, él resultó ser un descubrimiento para los jóvenes esos primeros años 60.

Sus letras contenían unas palabras, unos conceptos, hasta entonces no cultivados por otros cantautores. El Festival de Woodstock sería el arranque para aquel extraordinario binomio de artistas. Se convirtieron en el referente para los jóvenes luchando en pro de los derechos civiles. Mas aquella sucesión de canciones surgidas en esa época, etiquetadas como de protesta, no acababan de entusiasmar a Dylan. Y entre discusiones al respecto y pérdida de interés sentimental hacia ella, su relación fue enfriándose.

Influyó también que a finales de 1964 él acudió a la boda de su representante y allí conoció a una atractiva modelo, aspirante a aparecer en las páginas de «Playboy», llamada Sarah Lownds. No le importó a ésta, casada con el fotógrafo Hans Lownds y madre de una hija, María, abandonar su casa unas semanas después para instalarse en una habitación contigua a la que ocupaba el cantante en el hotel Chelsea.

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Sara Dylan

A Bob Dylan se le presentó la ocasión de marcharse a Inglaterra, meca entonces de la más avanzada música juvenil europea.

Lo hizo al frente de la Paul Butterfield Blues Band. Joan Báez lo siguió, con la esperanza de reconquistar a su amor, pero él no se dejó.

Reconocería mucho después que en aquella ocasión estuvo muy desconsiderado con Joan, pues ésta le pidió el favor de dejarla subir al escenario en el Festival de Newport, y Dylan se negó.

Para Joan Báez fue una decepción. Pero Bob Dylan ya no podía dejar en la estacada a Sara Lownds, que esperaba un hijo de él. Embarazada, contrajeron matrimonio el 22 de noviembre de 1965.

Ceremonia secreta, sólo con la presencia de un par de testigos. El New York Post informó del enlace ¡un año más tarde! La hija que ella tuvo con su anterior marido se fue a vivir con ellos y Bob la adoptó como propia. Y el pequeño que vino al mundo fue bautizado con el nombre de Jesse. La pareja tuvo dos hijos más: Samuel y Jacob.

Por su parte, Joan Báez, en tanto seguía protestando por la guerra de Vietnam, encontró a un estudiante con el que hizo buenas migas, pues pensaba como ella. Es curioso que se conocieron en la cárcel de Santa Rita Jail, donde él llevaba un tiempo cumpliendo condena y ella ocupaba la sección de mujeres por haber armado un alboroto a las puertas de un cuartel. Cuando quedaron libres prepararon su boda, en marzo de 1968 y se fueron a vivir a una comuna, donde cultivaban verduras. A David Harris, que así se llamaba el esposo, lo volvieron a encarcelar por negarse a ingresar en el Ejército.

Ella tuvo un hijo de esa relación, Gabriel y como el padre seguía preso, decidió divorciarse en 1973. Aún seguía acordándose de Bob Dylan. Éste, por su parte, ya estaba hasta el gorro de su mujer, Sara. No se entendían. Ella lo acusó de maltratador. Firmaron el divorcio, que al cantautor le costó un ojo de la cara: treinta y seis millones de dólares. Con la condición imprescindible de que jamás ninguno de los dos se refiriera públicamente a su desastroso matrimonio contando detalles a las revistas del chismorreo. Sarah no abrió la boca para nada. Y Dylan se hizo cargo de la prole.

Extrañamente a su personalidad, fue un buen padre, al menos a sus hijos los protegió. Era el año 1975 cuando Joan Báez, que no dejaba de pensar en él, retomó la amistad con su antiguo amante. Ambos se enrolaron en una gira conocida con la leyenda Rolling Thunder Revue. Y compusieron la banda de una película, Ronaldo y Clara, de cuyo rodaje se encargó totalmente él. Volvieron las noches de pasión en la pareja. Joan Báez siempre lo consideró el hombre de su vida, para el que creó estas canciones, entre otras: «To Bobby», «Diamonds and Rust» y sobre todo «Winds of the Old Days», donde recordaba lo mucho que él la hacía sufrir en aquellos días ventosos y de furia. Porque Dylan no parece fuera tierno nunca con las mujeres. Pero lo disimulaba, como tantas otras cosas de su maldito carácter, su inestabilidad, sus cambios de humor.

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El caso es que se decidió a componerle una melodía a su amada, a Joan, que resultó ser «Spanish in the loving tongue». El español es la lengua del amor. Quedaba muy lírico, muy bonito, pero como Joan Báez declaró: «Si él nunca quiso aprenderse ni una palabra en español». Porque Joan Báez, como sabrán, es bilingüe. Cuando al preguntarle por Bob Dylan lo definió con esta frase: «No es un hombre normal». Aquella reanudación de sus amores en 1975 tuvo su punto final un par de años después. En 1978 él contrató para sus conciertos a una vocalista que había formado parte de los coros de Stevie Wonder, Carol Dennis. De la colaboración profesional entre escenarios y viajes acabaron un día encamados. Ocho años más tarde se celebraron sus esponsales. También en secreto. Tuvieron una niña, Desirée. Se divorciaron en 1992, y también se preocupó de la pequeña, estando de acuerdo en pasarle una pensión a su «ex».

Los destinos de Bob Dylan y Joan Báez volverían a encontrarse en 1984, cuando cantaron nuevamente juntos en una gira organizada por Carlos Santana. Yo creo que el amor que ella seguía sintiendo por Bob, no siendo correspondido por él con la misma intensidad, no se apagaría en los decenios siguientes, hasta la actualidad. Pero las rarezas del divo, como ella repito me confió, imposibilitaban una estabilidad entre los dos. Que, por cierto, aunque parezca un contrasentido, coincidían en una cosa. Joan confesaría: «Estoy hecha para vivir sola». Que es lo mismo que ha acabado haciendo él. Cuando pasó por el mal trago de una pericarditis, de todos sus hijos, la única que lo cuidó fue María, precisamente la niña adoptada cuando celebró su primer matrimonio.

A lo largo de los años, aunque muy de tarde en tarde, en publicaciones musicales como Rolling Stone, Bob Dylan ha realizado algunas declaraciones, a las que dudamos darle mucho crédito. Como contar que se llevó mal con sus padres y que se fue de casa, lo que era mentira. Sucede que no quería involucrarlos en sus embrollos. Confesó ser adicto a la heroína, pero eso lo desmintió en otra ocasión. Es probable que abusara de las drogas más de una vez. Como anécdota se contaba que fue él quien facilitó por primera vez marihuana a John Lennon y a Paul MacCartney, lo que quizás sea otra falsedad. ¿O es que Los Beatles no conocían ya toda clase de sustancias desde su etapa en Hamburgo, pasando luego por Liverpool y Londres? El caso es que las extravagancias de Dylan han sido una constante.

Para provocar a su clientela, afirmaba haber sido prostituto. Cosas de un tipo difícil de clasificar, genial por otra parte por su ya abultado repertorio musical. Estrafalario, ajeno a todo convencionalismo. Le importó un pepino que le concedieran el premio Príncipe de Asturias y se negó a viajar a Oviedo. Lo mismo que ha repetido con el caso del Nobel. Insistimos: un tío muy raro…

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