Paul McCartney: su «muerte» y su gran amor…
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El auto destrozado de Paul McCartney… solo que él no iba en ese coche
Infobae(M.Bauso) — Lo que empezó con una llamada a una radio y una nota satírica en un medio universitario terminó convertida en una de las teorías conspirativas más tenaces del siglo XX. Cómo se gestó, los intentos del Beatle por negar su propio fallecimiento y la risueña aceptación años después.
Todas las conclusiones y datos añejos que esta nota reúna serán rebatidos por varios en las redes sociales. No hay pruebas contundentes que hagan dudar al creyente, al convencido. Están quienes prefieren pensar que eso sucedió y que desde hace más de cincuenta años se despliega una trama de mentiras, encubrimiento y falsedades para no revelar la verdad impactante: Paul McCartney está muerto. Sin importar lo inverosímil de la cuestión.
Lo que empezó como un juego, como un artículo satírico en una revista universitaria y como una llamada de un bromista o de un trasnochado a un programa radial de madrugada, terminó convertida en una de las teorías conspirativas más famosas de la segunda mitad del siglo XX.
La tapa de Abbey Road, una canción que se pasa para atrás, una referencia en el sobre interno de un disco, una foto descentrada, alguien descalzo. Cualquier elemento puede servir de pista, de indicio dejado adrede por los pocos que saben la verdad, para que aquellos que saben mirar, para que los iniciados conozcan los hechos reales. Los demás, los ingenuos y crédulos, viviremos sumergidos en la mentira.
El hecho de que alguien pueda creer que Paul McCartney murió a los 28 años y que luego siguió más de medio siglo de encubrimiento y engaño, que alguien pueda creer que una de las personas más famosas del mundo, prolífica en su profesión y que siempre estuvo en la mira de los medios haya muerto en un accidente automovilístico hace pensar que cualquier teoría conspirativa puede encontrar terreno fértil para propagarse.
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A pesar de las desmentidas, la teoría conspirativa sobre la muerte de McCartney prendió en muchos. Aquí, el músic en 1968, un año antes de su supuesta muerte
– Hola, ¿Quién habla?- preguntó Russ Gibb en la madrugada del 12 de octubre de 1969. Era el conductor de un programa radial en una FM de Michigan y, entre canción y canción, conversaba al aire con oyentes. Entre los que llamaban había, como siempre, de todo. Solitarios, los que pedían algún tema, los que buscaban fama, los que querían dedicarle una canción a la persona que amaban y hasta gente que no estaba bien.
El oyente no se identificó. El locutor insistió.
-Tom- dijo el otro de mala gana.
Su voz era rugosa y adormecida. Urgido y solemne, escupió:
– “Paul está muerto”– dijo.
Hubo un silencio. Tom, o cómo se llamara, repitió: “Paul McCartney está muerto”. En el estudio se escuchó una risa. Una risa incómoda.
– “Poné Revolution 9 al revés y en la parte que John repite number nine, vas a ver que dice con claridad Turn me on, dead man (Enciéndeme, hombre muerto)”- conminó al DJ radiofónico.
Dos días después en un diario universitario, The Michigan Daily, un estudiante que esa madrugada, desvelado, escuchaba a Russ Gibb, urdió una larga nota en la que enmarcaba esa afirmación, imaginó las condiciones en las que eso sería verdad y la firmó como Fred LaBour. El titular impactaba “La muerte de McCartney: Nueva evidencia sale a la luz”.
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Los «Fab Four» en 1967: Paul, John, Ringo y George
El artículo sostenía que Paul había muerto en un accidente de autos en la madrugada del 9 de noviembre del 66 después de salir enojado del estudio de grabación. En el camino había subido a una chica que hacía dedo para acercarla a su casa. Ella recién cuando el auto se puso en marcha se dio cuenta quién era el conductor y se abalanzó emocionada sobre él. Esto habría hecho que Paul perdiera el control y el Aston Martin terminara debajo de un camión. El Beatle terminó decapitado.
El hecho causó una lógica conmoción en el grupo. George Martin convocó a una reunión secreta. Sólo eran cinco. El productor, los tres Beatles sobrevivientes y Brian Epstein, su manager. Decidieron seguir adelante. Pero siendo otra vez cuatro. Paul seguiría con ellos. Lo reemplazarían pero nadie debía darse cuenta de ello. No informarían de la muerte de su compañero. Organizaron un concurso de dobles de Paul que ganó un señor llamado William Campbell (al que algunos también le agregan un segundo apellido, Shears, de dónde surgiría Billy Shears, mencionado en Sargent Pepper).
Este hombre no sólo tenía una cara como la de Paul -parecido que se extremó con algunas cirugías estéticas-, su voz también era similar aunque algunos dicen que a partir de la grabación de Lady Madonna se nota el cambio de cantante.
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Otra imagen de Los Beatles en 1967.
De pronto, surgió un obstáculo en ese plan. Brian Epstein se arrepiente y amenaza confesar el engaño. Alguien solucionó el tema: el manager aparece muerto. Una supuesta sobredosis. Luego el artículo de LaBour develaba pequeñas pistas que los de Liverpool habían dejado sembradas en sus canciones y discos para que alguien atara cabos, para no mentir tanto; otros atribuyen esto a una variante más elaborada: que todo fue idea del MI5 (el servicio secreto británico) y que los tres Beatles sobrevivientes no pudieron negarse pero sí plantar indicios para ser descubiertos.
Lo que al autor, al editor y a los primeros lectores les pareció evidente, a otros no. La publicación tenía un evidente tono satírico. No tenía más ambición que la de ser un chiste elaborado, eso sí, y nacido de una situación bizarra en una radio local. Sin embargo, la nota (o su contenido) se propagó con facilidad: bastó con un puñado de lectores que la leyeron literalmente. Circuló como lo hacían las noticias en esos tiempos. Lenta pero firmemente, sin que se pusiera en duda la verosimilitud de lo dicho. El argumento de autoridad: si lo decían los diarios debía haber sucedido. La fuente se olvidó. Y la historia se fue repitiendo.
Tal fue el revuelo que los mismos Beatles debieron salir a desmentir la información. Ringo dijo que todo era mentira pero que importaba poco lo que él dijera porque la gente creería lo que quisiera creer. John se enojó, lo consideró ridículo.
El que peor la pasó fue Paul. Encontró merodeando e intrusando su propiedad a un periodista y a un fotógrafo de la revista Life. Peleó con ellos, hubo una agria discusión. La reconciliación se selló con un pacto. McCartney les daba una foto, con toda su familia pero aseado y ellos no utilizaban las fotos robadas y se iban de su propiedad.
La tapa de Life mostraba en blanco y negro a la familia McCartney en pleno en un paisaje campestre. Paul con el hastío instalado en su cara, a Linda y a sus dos hijos. El título era: “Paul todavía está con nosotros”. En una solapa externa que agregan varias revistas norteamericanas a modo de sumario reducido, la referencia a la supuesta muerte también se hacía presente: “McCartney: Los hechos detrás de la muerte que no fue”.
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La tapa de Life donde se desmentía la noticia de la muerte
Paul, parafraseando a Mark Twain, pudo haber dicho que la noticia era cierta sólo que algo prematura. Se mostró sorprendido y no pudo disimular que toda la situación le parecía ridícula. En cierto punto lo interpretó como una extorsión porque durante años hizo apariciones semanales en la prensa y en el momento que decidió recluirse se vio obligado a volver a aparecer para aclarar esta situación. “Los rumores sobre mi muerte han sido algo exagerados- dijo con humor-. De todas maneras si estuviera muerto, sería el último en saberlo”.
Un rumor, argumentaciones endebles y ridículas para sostenerlo, una desmentida contundente e inmediata, pruebas fotográficas. Asunto zanjado. O eso debería haber sucedido. Muy por el contrario, la versión siguió corriendo y engordando. Se generó la duda en muchas personas. Y, de esa modo, la muerte de Paul, el famoso Paul is dead, mutó de broma a teoría conspirativa.
Y como todas las de su especie, se invirtió la carga de la prueba: Paul debía probar lo que nunca pensó que le sería exigido: que estaba vivo.
Antes del llamado telefónico al programa de radio de Michigan se encuentra un antecedente de la versión. El 17 septiembre de 1969 se publicó en el diario de la Universidad de Drake de Iowa una nota de alguien llamado Tim Harper. Hay quienes sostienen que hay una versión anterior del rumor que recorrió, tenuemente, sin llegar a demasiadas personas, en Inglaterra.
El hecho, el accidente automovilístico, tenía un antecedente real.
A fines de diciembre del 66 Paul chocó con su automóvil. Como resultado le quedó un diente partido, una ligera cicatriz sobre el labio superior y una estadía en el mecánico para arreglar las abolladuras del vehículo. El 7 de enero de 1967, un asistente del Beatle, el marroquí Mohammed Hadjij chocó el Minicooper de Paul y lo destrozó. Hadjij no sufrió lesiones de gravedad. La foto del auto destruido tuvo alguna difusión. Paul no iba en ese auto, sino en el de atrás con dos célebres compañeros, Mick Jagger y Keith Richards.
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La tapa de Abbey Road generó un sinfín de teorías conspirativas sobre la supuesta muerte de Paul y su reemplazo
Una revista que hacía un reporte pormenorizado de las actividades de los de Liverpool, una especie de órgano de club de fans llamada Beatles Book Monthly publicó en su número de febrero de 1967 un recuadro titulado “Falso Rumor”. Consignaba que la mañana del 7 enero se había producido un accidente con el auto de Paul pero que él no iba dentro y que nadie había resultado herido.
Las pistas dejadas por los otros tres y por George Martin en las canciones, según quienes creen en esta teoría conspirativa, son múltiples y evidentes. En realidad, cada verso oscuro o poco claro, cada juego de palabras, cada referencia a la muerte o a una fuerza superior, es interpretada como señal de que Paul se encuentra muerto. Por ejemplo afirman que al final de Strawberry Fields Forever, John canta “I buried Paul” (Enterré a Paul).
Sin embargo, parece que la línea correcta es “Cranberry sauce” (salsa de arándano). Pero no sólo hay que buscar huellas en las letras. La parte gráfica de los discos también es terminante. En la tapa de Sargent Pepper creen hallar casi una decena de referencias. El bajo hecho con flores -en realidad homenaje al fallecido Stu Sutcliffe-, en una mano que sobrevuela la cabeza de Paul, un Aston Martin de juguete, una insignia que lleva el bajista en su pecho que no dice lo que los conspiranoicos afirman y varias más.
También hay rastros dejados adrede en el libro que iba en el interior de Magical Mistery Tour. Casi uno por página creen los que prefieren creer. Cada foto en la que un Beatle, en especial Paul, mira para otro lado o está de espaldas se considera semiplena prueba de la muerte prematura del bajista.
Alguien también esgrimió que existe un estudio antropométrico realizado por dos universitarios que determinó sin lugar a dudas que el rostro y la cabeza de Paul en 1966 y los de 1967 no corresponden a la misma persona. Es una lástima que sólo conozcamos esa conclusión pero no cómo se arribó a ella ni los antecedentes de los pretendidos expertos.
Pero sin dudas el punto máximo de toda esta elucubración es la tapa de Abbey Road. En ella los cuatro cruzan por la cebra peatonal. Paul es el único descalzo. Eso que tuvo origen en el calor reinante al momento de sacar la foto y en una broma medio boba de Paul se convirtió en el principal argumento para sostener que se encontraba muerto: a los cadáveres se los entierra descalzos. La vestimenta de los demás y el orden de aparición serían otros datos irrefutables.
Cada uno cumple un rol específico: Lennon, delante de todos y de prístino blanco, sería el sacerdote, el celebrante, o el mismísimo Dios; Ringo, de negro, el de la funeraria; Paul, descalzo, con los ojos cerrados y un cigarrillo en la mano (en la mano ¡DERECHA!, y todos sabemos que es/era zurdo) el muerto; y George con camisa y pantalón de jean, el enterrador, el que cava la tumba. Por detrás un auto estacionado con una chapa que dice IF28.
Es decir, Si 28. Lo que significa: Si Paul viviera, tendría 28 años. Esto se esgrimió como gran dato, como elemento incontrastable durante años, sin que se tuviera en cuenta que al momento de la foto y al momento de la publicación del disco, Paul tenía 27 y no 28.
Pero los datos, las pruebas por sencillas y esclarecedoras que sean no interesan demasiado en estas circunstancias. Siempre es preferible creer en la conspiración.
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A los 51, Paul parodió la situación en la tapa de un disco en vivo
Fred LaBour, el autor de la nota original, todavía hoy se muestra atónito ante la repercusión que tuvo su texto paródico. Lo siguen contactando, cinco décadas después, quienes creen en este complot para presentarle nuevas pruebas. Recuerda que poco tiempo después lo invitaron de un programa de televisión. Él les aclaró que se trataba de una broma. El productor lo llamó al orden: “Usted no puede decir eso. Piense en nosotros. Tenemos una hora de aire que llenar”.
John Lennon otra vez se hizo eco del rumor en su diatriba contra Paul en esa canción enojada y furiosa post-divorcio beatle que es How do you sleep: “Esos freaks tenían razón cuando decían que estabas muerto; el error que cometiste estaba en tu cabeza”.
En 1993, Paul se rió de este tema desde uno de sus discos. El trabajo era el registro de sus presentaciones en directo. Paul is live (Paul está vivo) fue el título. En la tapa Paul atravesando la senda peatonal de Abbey Road llevando de la correa un perro. Al fondo el escarabajo blanco, subido a la verdad. La chapa ya no es I28. Ahora dice: 51 IS (Tiene 51: la edad de Paul en ese momento).
Paul McCartney con su vitalidad permanente desmiente esta teoría cada día de su vida. Con cada presentación en vivo, con cada disco nuevo. Su vitalidad deslumbra cuando se está acercando a los ochenta años. En el peor de los casos habría que reconocer que los Beatles, al menos los otros tres, eran geniales hasta para decidir castings. William Campbell en este medio siglo demostró, más allá de las coincidencias fisonómicas, dos cualidades que hicieron que la gran mayoría hayamos creído en que nada había sucedido. Campbell demostró ser longevo e increíblemente talentoso.
Linda, el gran amor de Paul McCartney: cómo lo salvó de la depresión, su romance con Jagger y su difícil final
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Linda y Paul en los años ochenta. La pareja estuvo junta durante tres décadas y apoyándose mutuamente
Hoy, Linda Eastman hubiera cumplido ochenta años. Fue fotógrafa, integrante de una de las bandas de rock más importantes de los setenta, defensora de los derechos de los animales y ferviente impulsora del veganismo. Linda fue, también, la esposa y el gran amor de Paul McCartney. Tuvo uno de los matrimonios más estables y duraderos del mundo de la música.
Nació en Nueva York. Su padre, Lee Eastman era abogado especializado en artistas. Músicos, actores y hasta pintores integraban su lista de clientes. De allí provino el primer tema en llegar a la cima de los chats con el que Linda estuvo relacionada. Además de Tommy Dorsey, Harold Arlen, William de Kooning o Mark Rothko, otro de los que contrataba al Doctor Eastman era Jack Lawrence, compositor de varios éxitos de Sinatra como All or Nothing At All.
El abogado le pidió que compusiera un tema en honor a su hija pequeña. Y Linda, la canción de Lawrence en homenaje a la futura esposa de Paul McCartney llegó al puesto número uno del ranking en 1947.
Al terminar el secundario estudió artes en la universidad. En esos años su madre murió en un accidente aéreo. Se casó con Joseph Melville See, un antiguo compañero de estudios. Tuvieron una hija, Heather pero el matrimonio se deshizo tres años después.
Linda Eastman -retomó su apellido de soltera- era una joven aficionada a la fotografía que trabajaba como recepcionista en la revista Town and Country. Después de mucho insistir consiguió que sus jefes le enviaran a cubrir una fiesta que los Rolling Stones daban en un yate.
Linda con su juventud, belleza y simpatía consiguió ser la única fotógrafa a bordo. Al resto se le negó la posibilidad y vieron desde el muelle como zarpaba la embarcación. Linda aprovechó su oportunidad. Tenía talento. Sus fotos de los Rolling Stones llegaron a todas las revistas. Desde ese momento se convirtió en una de las fotógrafas favoritas del rock.
Obtuvo imágenes de Jimmy Hendrix, Simon and Garfunkel, Bob Dylan, Eric Clapton (su retrato del guitarrista fue tapa de uno de los primeros números de la Rolling Stone: Linda es la única persona en la historia de la revista en ser tapa como fotógrafa y como fotografiada; estuvo en la portada junto a Paul en 1974), Aretha Franklin y Neil Young. Sus fotos de estas grandes estrellas generalmente las obtuvo en el Fillmore East. Su habilidad para la fotografía y su apellido provocaron un largo malentendido. Linda no era descendiente de Eastman Kodak. Su padre, Leopold Val Epstein, cambió su nombre al de Lee Eastman.
Después de su separación ella estuvo en pareja durante un tiempo con el fotógrafo David Dalton. Y salió entre otros con Mick Jagger, al que conoció en ese paseo en yate. En una carta que se conoció hace algunos años, Linda cuenta que tuvo un romance con Mick y escribió que era muy amable y correcto.
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La pareja se casó el 12 de marzo de 1969. Paul fue el último de los Beatles en contraer matrimonio. John, que ya estaba separado de Cynthia, y Yoko lo hicieron una semana después
La primera vez que se cruzó con Paul McCartney fue en un recital de Georgie Fame; luego en la presentación de Sgt. Pepper. A partir del tercer encuentro el romance se consolidó. No importó la fama y las múltiples ocupaciones de Paul, ni que ella tuviera una hija de un matrimonio anterior ni que viviera en Estados Unidos. A los pocos meses ya estaban juntos y no se separarían por las siguientes tres décadas.
Paul había estado de novio durante el ascenso y apogeo de los Beatles con Jane Asher, una actriz británica. Asher dio por terminado el noviazgo tras una de las tantas infidelidades del músico.
Paul, en ese tiempo, era el soltero más codiciado del mundo. Y no hay exageración alguna en la afirmación. Un Beatle, el Beatle de las canciones románticas, el que en los últimos tiempos estaba a cargo, era el candidato soñado para casi todas las chicas del mundo. Jóvenes, todos atravesando su segunda década de vida, los cuatro se casaron prematuramente.
Súper estrellas, codiciados por las mujeres, sin horarios rígidos, con las tentaciones al alcance de la mano. Sin embargo, la alienación era tan grande, la presión tan inmanejable, la fama inusitada ponía todo fuera de escala humana (John Lennon tenía razón cuando afirmó que eran más famosos que Jesucristo), que los cuatro Beatles se casaron muy jóvenes. Se refugiaron en sus esposas, en intentar mantener una vida familiar para volver a tomar contacto con la realidad. Paul fue el último en abandonar la soltería. Una semana después, John concretaría su segundo matrimonio, esta vez con Yoko Ono.
La boda fue sólo un trámite. Pero nada era sencillo para un Beatle en esos tiempos. Cuando llegaron al registro civil una multitud de fotógrafos, periodistas y fans los esperaba. Algunas de las seguidoras de Paul no podían contener su frustración. Se les esfumaba su última esperanza.
Paul vistió un traje negro, formal y discreto, y una corbata clara y brillosa. La falta de hábito hizo que el cuello de la camisa se escapara por sobre la solapa del saco. Linda combinó su vestuario con el de su hija Heather de seis años. Las dos usaron un tapado corto de cuatro botones ceñido al cuerpo por un ancho cinturón. El pelo corrido hacia los costados y casi sin maquillaje. Una hermosa y original novia -Linda era divertida, inteligente y emprendedor con una belleza serena, fluida, sin subrayados- que escapaba al lujo y a la ostentación esperable. Luego del trámite, hubo una pequeña bendición religiosa.
A partir de ese momento, Paul y Linda pasaron a ser Los McCartneys. No se separaron en tres décadas. En alguna ocasión Paul recordó que en esos 29 años sólo diez noches habían dormido separados: las diez noches que él estuvo detenido en Tokio por posesión de Marihuana.
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Paul y Linda en una gira con Wings en las que viajaban con sus hijos. En la foto las tres hijas del matrimonio: Heather, Stella y Mary
Paul parecía tener todo. Juventud, fama, prestigio, dinero, una hermosa familia, una actividad que lo gratificaba y lo realizaba. Sin embargo, luego de la separación de los Beatles entró un profundo estado depresivo.
Linda, con dos hijas (ya había nacido Mary), a menos de un año de haberse casado, lo sostuvo y le dio el impulso para salir adelante. Le mostró que había vida más allá de los Beatles. En esos doce meses pasó de casarse con un joven en la cima del mundo a convivir con un hombre emocionalmente roto y perdido. Ella pudo lidiar con la situación. Paul se lo reconoció públicamente: “Linda me rescató y me salvó”.
La primera medida que tomaron para alejarse de los ecos de las ondas expansivas de ser un Beatle (ninguno de los cuatro dejará de serlo nunca: esa condición, una condición excepcional, los acompañará eternamente) fue irse a vivir lejos de la ciudad, lejos de las groupies, los pedidos de autógrafos, la histeria. Un tiempo antes, Paul había comprado una propiedad en la campiña escocesa. Una extensa tierra para trabajar con algunos animales y una casa de tres ambientes, frugal y poco sofisticada.
Los cuatro (luego llegarían los otros dos hijos: la hoy prestigiosa y excepcional diseñadora Stella McCartney y James, el único varón) hacían una reposada vida de campo. Existen algunas fotos muy hermosas obtenidas por Linda en esos años. Una de ellas: Paul hace equilibrio sobre una valla de troncos con una gran sonrisa, Heather salta sobre unos fardos de heno, Mary busca algo en el pasto, el campo, el cielo abierto y la construcción nada ostentosa. La vida rural los hacía felices.
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Linda fue corista y tecladista de Wings la banda que Paul formó en los años setenta
En cierto modo, Paul eligió para su música el mismo camino. Eliminar la sofisticación, volver a las fuentes, evitar la grandilocuencia. Ese movimiento no fue bien recibido ni por la crítica ni por el público. Nadie esperaba algo en tono bajo, artesanal, casi sin ambición como los primeros trabajos solistas de Paul. Esos primeros años post Beatles fueron, al mismo tiempo, de búsqueda y de fuga para McCartney. Una búsqueda que se transformó en música menos convencional de lo que el público cree recordar y un escape vitalicio de la gigantesca sombra de su ex grupo.
Linda lo acompañó en ese camino e impidió que el tomara malas decisiones. Lo disuadió de formar un súper grupo (que en caso de haberse formado ninguna otra reunión de músicos famosos podía haber merecido el calificativo de “súper grupo”: él, Eric Clapton, John Bonham y Billy Preston). Linda le recordó que los Beatles cuando empezaron eran desconocidos y sólo tenían sus ganas y su talento.
En su lugar formó Wings. Y tomó una decisión muy polémica. Le ofreció a Linda, que no contaba con el más mínimo conocimiento musical, hacerse cargo de los teclados. Ella al principio se resistió. Pero él la convenció. Paul era un pésimo profesor, carecía de toda paciencia. Linda procuró aprender por su cuenta.
Esa primera formación de Wings se completó con músicos profesionales: el baterista sin demasiados laureles anteriores Denny Seiwell y el guitarrista Denny Laine, ex Moody Blues. Wings empezó de abajo. Tocando en pequeños lugares, sin publicidad previa, saliendo de gira en caravanas nada fastuosas. Un pequeño equipo, los músicos y la familia McCartney en pleno. Allí dónde iban Paul y Linda iban los chicos. La familia rodante.
Linda ensayaba con denuedo. Trataba de mejorar y de suplir no sólo la ala de experiencia sino sus carencias innatas.
El lugar de Linda en el grupo provocó muy pocas polémicas. Casi se alcanzó unanimidad al respecto. Todos los medios se mofaron de su papel. Les parecía incomprensible la elección de Paul. Decían que su habilidad con los teclados era nula y que desafinaba en cada intervención vocal. Era cierto. Sin embargo los músicos de Wings, con el paso del tiempo, reconocieron el lugar de Linda en el grupo. Ella era la que los unía, la que aportaba la armonía de trabajo, la que hacía posible la convivencia. El baterista Denny Seiwell dijo hace unos años: “Linda no era importante para WIngs, era imprescindible”.
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La formación de Wings: Paul McCartney, Linda McCartney, Jimmy McCulloch, Denny Laine y Geoff Britton en una gira de 1974
Lo que siempre fue cuestionable en ella fueron los estrambóticos peinados de los setenta: unas crestas trabajadas e inexplicables. Con el tiempo su aporte musical se fue profesionalizando y su labor fue siendo cada vez más digna. En 1986, los Smiths la invitaron a tocar los teclados en Frankly, Mr. Shankly de su casi perfecto álbum The Queen Is Dead. Pero Linda declinó la oferta. A principios de los setena grabó un tema solista pero recién salió al promediar la década: Seaside Woman (el video lo animó el dibujante argentino Oscar Grillo).
El otro inconveniente que Paul y Linda debieron enfrentar en esos primeros tiempos fue que el músico se negaba a hacer en vivo canciones de los Beatles, lo que generaba una enorme decepción en los espectadores.
Una nueva polémica se produjo con el matrimonio. Empezaron a firmar juntos las canciones. Ya no era Lennon-McCartney sino McCartney-Eastman. Esto produjo otra ola de burlas. Nadie creía en el aporte autoral de Linda. Paul se limitó a recordar que pasaban todo el día juntos y agregó: “Si estoy en el estudio y mi esposa me sugiere agregar una línea o cambiar determinado acorde, eso mejora la canción y ella merece el crédito”.
Detrás de esta cuestión subyacía otra disputa. Northern songs, la compañía que poseía los derechos de las canciones de los Beatles, sostenía que a ella le correspondían los derechos de las composiciones de los cuatro aún en sus carreras solistas. De este modo, mientras la situación se aclaraba, poniendo en los créditos a Linda, Paul lograba quedarse al menos con el cincuenta por ciento de los derechos de cada canción.
Las sospechas pueden permanecer y los críticos pueden seguir burlándose pero Linda ostenta como coautora cinco canciones que encabezaron los charts: Uncle Albert/Admiral Halsey, My love, Band on the run, Listen to what the man said y Silly love songs. Además de una nominación al Oscar por Live and Let die, tema de la película de James Bond.
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Paul afirmó que durante treinta años, él disfrutó de la presencia de Linda, no sólo en su vida, sino sobre el escenario. “Siempre fuimos amigos y amantes. A mí me divertía y, fundamentalmente, me hacía bien estar al lado de ella”.
La prensa y el público, con naturalidad, se refería a ellos como Los McCartneys. Y se fueron acostumbrando a verla a ella en los teclados. Cada tanto surgía algún comentario ácido que recordaba que había conseguido el trabajo sólo por ser la esposa del líder del grupo. En una época circuló (todavía se puede escuchar en internet) una grabación que aislaba la interpretación en vivo de Linda durante una versión de Hey Jude.
Se puede afirmar que esa noche sus capacidades vocales se encontraban en un punto muy bajo. Luego de Wings, Linda siguió integrando las distintas formaciones que acompañaron a Paul por todo el mundo.
Además de su capacidad como fotógrafa, Linda fue una consecuente activista por los derechos de los animales y propulsora del veganismo. Publicó libros de cocina y hasta tuvo una exitosa línea de comida vegana. Esta faceta hizo que el matrimonio llegara, una vez más, a la cumbre del mundo pop varias décadas después de su primer triunfo con los Beatles.
Para las nuevas generaciones, Paul y Linda es la pareja que aparece en el capítulo Lisa, la vegetariana en la que la pequeña Simpson descubre que ya no puede comer carne animal y se inclina por lo vegetariano. Del final de los Beatles pasando por James Bond hasta llegar a los Beatles.
En 1995 a Linda le detectaron cáncer de mama. Tres años después como consecuencia de una metástasis en el hígado murió, en los brazos de Paul, a los 58 años. Sus últimos días los pasó rodeada por su esposo y sus hijos, andando a caballo, en medio del campo. En su funeral los tres Beatles que sobrevivían se juntaron a tocar en vivo por primera vez desde el famoso Concierto de la Terraza. Paul, George y Ringo, en honor a Linda, ejecutaron una estremecedora versión de Let it Be.
Paul luego tuvo otros matrimonios y otras malas experiencias. Hace poco declaró que luego de tomar unos potentes alucinógenos vio a su fallecida esposa encarnada en una ardilla.
Paul y Linda, los McCartneys, construyeron y disfrutaron, con sus altos y bajos, una familia mientras grababan pequeñas gemas pop y tocaban alrededor del mundo. Su historia de amor fue un oasis en los fastos del estrellato. Criaron cuatro hijos mientras cincelaban tontas canciones de amor y otras maravillas.
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