Historia de los utensilios diarios …

Curiosfera — Este es un peculiar ingenio amado por muchos y odiado por otros, por no poder hacerlo funcionar correctamente.
Qué duda cabe que poder conservar en latas los alimentos durante mucho tiempo, fue un gran invento para la humanidad. Pero debes saber que antes del abrelatas tenían que abrirlas con machetes, navajas e incluso… ¡a tiros!.
Cuando a principios del XIX William Underwood estableció en Nueva Orleans, Lousiana, la primera fábrica de conservas no creyó importante crear un instrumento para abrir las latas, cosa que dejaba al arbitrio del consumidor, que podía recurrir a cualquier objeto que tuviera por casa.
Aunque era absurdo, tenía cierta explicación, ya que las primeras latas de conserva eran pesadas, de gruesas láminas de hierro.
Era realmente una situación paradójica: aquellas latas, vacías, pesaban casi un kilo a veces sobrepasaban los tres con lo que llevaban dentro.
No era fácil manipularlas, parecían cajas fuertes.
Sólo cuando en 1850 se consiguió crear un envase más ligero con reborde en la parte superior se pudo pensar en la necesidad de tener algo parecido a un abrelatas.
Quién inventó el abrelatas

Abrelatas cabeza de buey
El primer abrelatas fue inventado por el norteamericano Ezra Warner, quien fabricó un artilugio o mezcla mecánica entre hoz y bayoneta, cuya gran hoja curva se introducía en el reborde de la lata y se deslizaba sobre la periferia del envase empleando la fuerza.
Durante varias décadas el abrelatas era el mismo tendero, que abría los botes a sus clientes para que se lo llevaran a casa.
En el catálogo de los economatos del ejército y la marina norteamericana figura ya en 1885 un abrelatas de manejo tan complicado que no solucionaba bien el problema. Era una alternativa al abrelatas del neoyorquino J. Osterhoudt, de 1866: la llave incorporada a la lata.
Todos pensaron que era un invento milagroso que hacía innecesario el abrelatas, pero no todas las fábricas de conservas podían adoptarlo y el abrelatas siguió pendiente.
Historia del abrelatas moderno

Tal como hoy lo conocemos, con su rueda alrededor del reborde de la lata y su uña cortante, el abrelatas es un artilugio patentado en 1870 por el norteamericano William W. Lyman con un éxito fulgurante.
Era el abrelatas de cabeza de buey, el primero que se fabricó.
Luego vinieron los abrelatas de garfio y los abrelatas de palanca que, aunque solucionaron razonablemente el problema, crearon uno nuevo la gente se cortaba dedos y manos, e incluso ocasionaba lesiones a quienes observaban la operación de cerca.
La prensa diaria se hacía eco de aquellos inconvenientes y circulaban chistes al respecto.
Fue necesario perfeccionar el sistema. Y, en 1925 la empresa californiana Star Can Opener añadió, al abrelatas de Lyman, una medita dentada llamada rueda alimentadora. Hacía girar el envase, con lo que al ahorrar esfuerzo aumentaba la seguridad
Esta idea, dio lugar al abrelatas eléctrico, comercializado en diciembre de 1931. Poco antes circulaba el abrelatas manual de Manuel Edlund, de acero inoxidablecon mordaza.
Por qué era necesario el abrelatas
Para hablar del abrelatas hay que hablar primero de las latas, y antes de la persona a quien se le ocurrió envasar comida previamente cocinada.
El filósofo alemán Gottfried W. Leibniz habla en sus Pensamientos de Utrecht (1714) del extracto de carne, y entre las ideas manejadas toma algunas prestadas del científico francés Denis Papin.

En definitiva se alude a la posibilidad y conveniencia de dar respuesta a la necesidad militar de alimentar a las tropas durante marchas y desplazamientos. Sería idóneo inventar algún método para poder contar con alimentos comprimidos que ocupen poco espacio y tengan efecto vigorizante.
Para aquel fin inventó unos polvos de carne formados por caldo deshidratado, pero de valor nutritivo escaso.

La idea de Leibniz rondó por la cabeza de Napoleón Bonaparte, a quien gustaba prevenir los problemas más que hacerlos frente.
Por eso premió con doce mil francos a Nicolás Appert, cocinero parisino que en 1809 tuvo la idea de calentar los alimentos dentro de un tarro de cristal del que extrajo el aire para crear el vacío. Tras lo cual lo cerró herméticamente con un corcho ajustado.

Así se inventó el tarro de conservas, y en efecto, las comidas tratadas de esa manera se usaban semanas después sin que perdieran su sabor.
En 1810, el inglés Peter Durand, cambió el tarro de cristal por la lata. Este hecho, pasó sin ser notado.
Aunque en realidad, eso de pasar sin ser notadas fue un decir; hubo quien se dio perfecta cuenta del negocio: los británicos Bryan Donkin y John Hall.
Fueron ellos quienes establecieron en Cornualles la primera planta de elaboración de alimentos en conserva en 1811 y compraron la patente de Peter Durand por mil libras.
La lata de hojalata para conserva de alimentos se utilizó por primera vez en una conservería de la localidad inglesa de Belmonsey en 1812, y aquel mismo año los soldados británicos las llevaban en su macuto.
Poco después, el norteamericano William Underwood, montó en Nueva Orleans la primera fábrica de alimentos en conserva. Ya en 1817, no estaba siendo un artículo raro en Estados Unidos.
Las tiendas londinenses las vendían en 1830. Parecía que todo iba a ir sobre ruedas pero a la hora de la comida comenzaba el problema: las tenían que abrir a bayonetazos. Si ofrecía dificultades se recurría al fusil, y un tiro salvaba la situación.

Nadie había pensado realmente en cómo abrirlas, excepto el neoyorquino J. Osterhoudt, que inventó hacia 1866 la lata de conserva con llave incorporada para su apertura. Una llave fijada a la tapadera: bastaba despegarla y darle un ligero giro.
Se cayó en la cuenta de la necesidad del abrelatas en 1824 cuando el explorador inglés William Parry llevó al Ártico latas de conservas de carne de ternera en la que el fabricante recomendaba: “Para abrir las latas córtese alrededor i la parte superior con escoplo y martillo”.
Muchos se cansaban y optaban por buscar cualquier otra cosa que llevarse a la boca. Se había inventado la lata de conserva, pero nadie sabía cómo abrirla.
Historia e inventor de la persiana

El inventor de la persiana fue el físico inglés Edward Bevan en el siglo XVIII. Creó un artilugio de láminas móviles de madera que se podía accionar mediante cordón sinfín y polea, encajadas en un marco. Fue ocurrencia de Bevan, llamar a su invento persiana veneciana.
La función de la persiana era a la de posibilitar la graduación de la intensidad de luz exterior y el ruido. Asegurar al mismo tiempo la privacidad, aunque servía asimismo para facilitar el pequeño espionaje doméstico y cotilleo que supone ver sin ser visto.
Las persianas venecianas cumplían ese fin y aportaban posibilidades decorativas con su despliegue de motivos ornamentales y los materiales empleados en combinación con las cortinas, bandas y tiras de telas pintadas en balcones y ventanas.
Evolución de la persiana

Las persianas de tambor datan del año 1760. Pero mediado el siglo XIX se le incorporó un muelle espiral para facilitar su enrollado. Por entonces cobraron notoriedad las persianas filipinas y valencianas:
- Las persianas valencianas eran de listones de palma de unos seis milímetros de grosor y casi dos centímetros de ancho, tejidas con bramante o hilo de pita en los extremos. Con una cuerda que al tirar enrollaba la persiana sobre sí misma envolviéndola y recogiéndola en la parte superior, y soltándola luego de forma que la persiana bajaba por su propio peso.
- Las persianas filipinas, muy parecidas, sólo se diferenciaban por la mejor calidad del tejido asiático del siglo XIX. Solían pintarse de colores llamativos, generalmente la gama de los verdes, a fin de proteger de la lluvia o la nieve el material del que estaban hechas.
De 1880 datan las persianas de láminas de cristal, empleadas por primera vez en Nueva York en ventanas, balcones y galerías. Sus extremos van armados de poleas donde se arrollan cuerdas con las que se abre o se cierra, con la ventaja adicional de que se convirtieron en objetos decorativos, ya que utilizaban cristales de colores formando dibujos.
Nuevos materiales hicieron posible la transformación de este elemento tan necesario. En Estados Unidos comenzaron a verse en las ventanas persianas de láminas metálicas ya en el siglo XX. Con el paso de los años fueron sustituidas paulatinamente por las persianas de fibra o plástico.
Etimología de la palabra persiana
Persiana es un término procedente del francés persienne, con el significado inicial de “tela de seda con varias flores y diversidad de matices” propio de Persia, o como “celosía de tablillas atravesadas”, y empezó a emplearse en el siglo XVIII en que lo recoge el Diccionario de autoridades.
En cuanto al término celosía o enrejado de madera puesto en las ventanas para ver sin ser visto, ya se utilizaba en el siglo XV, habiendo derivado su nombre del motivo que aconsejaba su uso: los celos.
Entre las expresiones generadas por la fraseología al respecto de este término sobresale la de “enrollarse como las persianas”, referido a la persona que trata de justificarse recurriendo a argumentos rebuscados o muy traídos por los pelos, parecidamente a como hace la persiana, que se enrolla dando una y cien vueltas sobre lo mismo.
Historia del candado

El candado es un cierre de seguridad de uso muy antiguo.
Se cree que fueron los chinos quienes inventaron el candado, ya que de hecho, fueron ellos también los que habían inventado la cerradura.
Es en esta cultura milenaria dónde encontramos el origen del candado.
En el Antiguo Egipto el candado protegía del robo los objetos preciosos, ya que en aquel país los ladrones estaban constituidos en cofradías o gremios con derechos reconocidos por el Estado.
Los candados primitivos eran artilugios sofisticados, como se deduce de los ejemplares guardados en el museo parisino del Louvre; tenían forma de pescado cuya cola se cogía con un cáncamo de hierro.
Resulta paradójico a propósito de cerraduras, cerrojos, llaves y candados, que aunque fueron pensados para dificultar la tarea a los ladrones, el robo no estuviera castigado en Egipto, donde parece que primero se generalizó el uso de la cerradura. Las autoridades egipcias consideraban el robar como actividad u oficio reconocido.
El historiador Diodoro Sículo, del siglo I a.C., cuenta que estaban tan organizados en las ciudades egipcias que cada uno de ellos tenía un jefe a quien entregaba el fruto de su trabajo, y que era ese jefezuelo quien se ponía en contacto con el dueño del objeto sustraído para ajustar el precio o rescate de lo robado, en caso de que se quisiera recuperar.
Evolución del candado
En Siria fueron de uso frecuente ciertos candados de inspiración griega.

También en Esparta, hacia el siglo V a.C., se consideraba el robo un negocio honorable: sólo el ladrón cogido in fraganti era castigado no por ladrón, sino por haberse dejado sorprender.
Los antiguos romanos llamaron será a una especie de candado o cierre móvil para proteger las puertas de las casas, artefactos de alguna sofisticación como puede verse en la colección que guarda el londinense British Museum, procedentes muchos de ellos de tumbas romanas de los primeros siglos del cristianismo.
Los mercaderes medievales incentivaron la inventiva de cerraduras fiables que pusieran a buen recaudo sus fortunas. Baúles y guardarropas, cofres y arcones se aseguraban con fuertes candados.
Se pusieron de moda los candados grandes profusa y artísticamente adornados, y en vez del pasador horizontal se generalizó el uso del fiador de gozne, con lo que se dificultaba a los ladrones tener éxito con sus ganzúas.
A lo largo de la Edad Media adquirieron su forma actual, aunque sus mecanismos eran fácilmente violables. En el siglo XIX, se habló de candados de secreto y combinación, sin llave, que se abrían mediante una clave formada por letras alineadas.
Candado es voz derivada del término latino tardío catenatum= encadenado, porque antaño se empleaba en conjunción con una cadena en vez de cáncamo.
En documentos castellanos de 1050 se encuentra el vocablo cadnato. En el Cantar de Mio Cid,un siglo después, se escribe ya como hoy.
Historia del aire acondicionado

El primer acondicionador fue idea de un mercader de Babilonia que hace cuatro mil años se fijó en que la baja humedad del aire da lugar a una rápida evaporación que enfría el ambiente.
Varias civilizaciones antiguas enfriaron sus palacios de esa manera: al ponerse el sol, los criados regaban el suelo y las paredes para que la evaporación resultante, combinada con el enfriamiento de la noche, aliviara el calor.
En la India antigua se colgaban esteras de hierba húmeda en puertas y ventanas para que al filtrarse el aire rebajara la temperatura.
Hace más de mil años, en algunos palacios del imperio musulmán el aire pasaba por una pared de vegetación rociada con agua cuya evaporación enfriaba el ambiente.
Aunque se sabe que Leonardo da Vinci se había interesado por el problema, el primer procedimiento técnico para acondicionar el aire surgió en el año 1555. Estaba basado en la ventilación artificial, sistema utilizado en la minería de la época.
No obstante aquel logro, el primer ventilador del que hay noticia no funcionó hasta 1711, forma científica de aportar aire fresco a los ambientes cerrados ideado por Johann Justus Partels, que con su artilugio introducía aire fresco en los túneles y espacios cerrados a la vez que extraía el aire viciado.
En 1715 el francés Gaugger publicó sus estudios donde demostraba la importancia de la necesidad de la ventilación y su transcendencia para combatir las enfermedades infecciosas.
Quién inventó el aire acondicionado
El invento del acondicionador de aire se atribuye a Stephen Hale y Martin Friewald, que en 1741 ventilaron las habitaciones de los enfermos de hospital y los camarotes de los barcos mediante un artefacto formado por dos grandes palas de molino.
Dicho mecanismo, al girar bombeaba el aire y lo dirigía a través de tubos creando corrientes de aire. El invento se probó en 1750 sobre la puerta de la cárcel londinense de Newgate.
Un siglo después, el norteamericano John Gorrie ideó una máquina frigorífica que utilizaba el principio de la expansión del aire. Gorrie, que era médico en Florida, aliviaba así el calor a sus enfermos.
Otro siglo más tarde, en 1859, Edmundo y Fernando Carré abrieron la posibilidad del acondicionador de aire moderno o aparato productor de frío por absorción. Un compatriota de los hermanos Carré, Willis H. Carrier, fue el gran precursor del aire acondicionado.
Por tanto, a la pregunta: ¿Quién es el inventor del aire acondicionado?. La respuesta es, Willis H.Carrier.

Carrier, que hizo realidad el sueño americano, tras haber sido mozo de granja consiguió una beca para estudiar en la Universidad de Cornell, donde se sintió fascinado por la posibilidad de manipular la temperatura, dedicándose a experimentar en los acondicionadores de aire, y demostrando que la refrigeración podía introducirse en las casas y mitigar los estragos del calor.
Su primer encargo lo recibió de un impresor de Brooklyn en 1901, y durante diez años experimentó en torno a la posibilidad de regular la humedad del aire, lo que le llevó en 1904 a concebir el aparato de aire acondicionado central con filtro de aire mediante un sistema de pulverización de agua, que aún hoy se utiliza.
Finalmente, en 1911 comercializó el producto que le hizo rico.
Evolución del aire acondicionado

El primer edificio climatizado fue un cine de Chicago en 1919.
Poco después, los grandes almacenes Abraham and Strauss de Nueva York instalaron un sistema de aire acondicionado consiguiendo que las ventas se dispararan.
La gente se metía en aquellos almacenes huyendo del calor.
Un cartel grande en la puerta invitaba a entrar diciendo: “No tiene que comprar nada, entre y siéntase como en su casa en un ambiente de aire acondicionado”.
La gente entraba en masa.
Animado por el éxito muchos se interesaron por el invento.
Carrier instaló en 1925, una gigantesca unidad de aire acondicionado en el teatro neoyorquino Rivoli.
La gente iba al teatro sin importarle el espectáculo.
El éxito de taquilla era sorprendente.
En 1930, más de trescientos teatros americanos anunciaban junto al programa que los locales contaban con aire acondicionado.
Las parejas se arremolinaban en las puertas de los cines con aire acondicionado, provistos de sus cubos gigantes de palomitas de maíz.
Se extendió la leyenda urbana de que el aire acondicionado alisaba la piel y evitaba el envejecimiento. Los empresarios sabían que en un ambiente de aire acondicionado se obtenía mayor rendimiento porque los operarios llegaban antes al trabajo y se iban más tarde. Tras dispararse las ventas de los aparatos aireacondicionadores se abarató el producto.
El acondicionador de aire para hogares fue ideado en 1926 en Estados Unidos por Schutz y Sherman, que lo patentaron en 1931.
Este artilugio podía ser instalado en el antepecho de las ventanas de las casas, proclamando el estatus de sus moradores, convirtiéndose en signo externo de riqueza.
Las revistas de sociedad solían incluir la siguiente coletilla cuando hablaban de encuentros sociales a celebrar: “La residencia de los señores de X cuenta con aire acondicionado”. Era un reclamo y a su vez un signo externo de afluencia económica y categoría social.
Desde ese año hasta la actualidad, este invento que por definición es un ingenio capaz de modificar la temperatura del aire a voluntad, no ha hecho otra cosa que evolucionar. Siendo cada vez más pequeño, más potente, consumiendo menor energía, siendo más eficiente y contaminando menos el medio ambiente.
Historia de la escoba

La escoba es un instrumento de limpieza casero, llamado por los romanos virga damnata, por estar destinada al servicio más bajo e inmundo.
El poeta hispano latino Marcial le dedica algún que otro epigrama.
Estos escobones, atados a un palo o caña eran manejados por los esclavos para limpiar las letrinas públicas.
También, los retretes de las casas de los ricos.
El filósofo Séneca, del siglo I, la describe con detalle en el libro X de sus Epistolae o cartas.
En la fabricación de las escobas más resistentes, se empleaba la retama, el taray o la rama de tamujo, que es como se hacían las utilizadas en el Madrid del siglo XVI y XVII. De 1680, es la pragmática de tasas que regulaba su precio:
“Cada escoba de tres ramas de caballeriza, que se llaman del Prado valgan no más de veinte maravedís”.
La escoba era un objeto de uso diario, tan popular como necesario, y no hubo antaño caballeriza que no la tuviera. Miguel de Cervantes escribe: “La Gananciosa tomó una escoba de palma nueva, que allí se halló acaso…”.
Las hubo para diversos fines. Las más habituales eran las que, como en nuestro tiempo, sirven para barrer el suelo y limpiar paredes, hechas de ramas de palmito, taray, juncos, con o sin mango.
En el campo se utilizaba la escoba de acebo, con la que se barrían las hojas, la paja, el estiércol y la leña menuda. Los albañiles del siglo XVIII, empleaban una escoba pequeña sin mango, con la que a modo de hisopazo remojaban la parte de obra que se iba a recibir, o el hueco que se rellena con yeso.
Para el barrido de calles, institucionalizado ya a finales del siglo XVIII, se empleó un tipo de escobón fabricado de ramaje de sarmiento y palmera.

Quién inventó la escoba
El inventor de la escoba modera es Shakers, a principios del siglo XIX. Era el nacimiento de la escoba plana, tal y como la conocemos en la actualidad.
El principal cambio de esta escoba es que cuenta con más anchura, que ayuda a empujar mejor la suciedad.
Por este motivo, hoy en día prácticamente todas las escobas del hogar que se fabrican son planas, y quedando relegadas a un segundo plano y casi obsoleta la escoba redonda.
Por otro lado, la primera escoba mecánica fue inventada por el inglés Boase en 1831, y consistía en cinco filas de cepillos espirales, que ponía en movimiento el eje del vehículo, sobre el que iba montado el ingenioso artilugio barredor.
Este aparato iba montado en un carro, y en el que el movimiento de las ruedas de éste pone en juego una serie de escobillas y cepillos que barren el suelo urbano.

Evolución de la escoba
A partir de 1831, la escoba no ha hecho más que evolucionar.
Por ejemplo, en 1842, un ingeniero de Manchester, empleó en su ciudad un aparato similar compuesto de una cadena sin fin, a la que iban unidas varias escobillas suspendidas en un bastidor, colocado en la parte trasera del carro, cadena que tomaba movimiento en sentido opuesto al de la marcha mediante un piñón y una rueda de engranaje.
Así se recogía con cierta eficacia el polvo y el lodo de la calzada que era arrastrado hacia una caja. Con este aparato se podía hacer el trabajo de quince barrenderos.
A principios del XX, ciudades españolas como Barcelona o Bilbao adoptaron la barredora pública inventada por el francés Sohy. Se había puesto en funcionamiento en París.
Se trata de un carro de dos ruedas, tras el cual va un grueso rodillo que hace de escoba. Esta máquina no recogía la basura, sino que la dejaba a los lados de la calle o camino en pequeños montones que los barrenderos auxiliares recogían en costales. Barrían 5.500 metros cuadrados por hora.
El fabricante de cepillos escocés emigrado a América, Alfred Fuller, en 1905, tuvo una idea feliz: patentar un cepillo de crin y alambres al que colocó un mango largo, naciendo de esa manera un escobón ideal para la limpieza de exteriores.
Cinco años, después Fuller inició la fabricación de escobas de interior utilizando los materiales que la ciencia ponía a su alcance y revolucionó el mundo del barrido.

La escoba tomaba aspecto moderno y dejaba el que había tenido desde la Antigüedad: un manojo de ramas o haz de espigas recortadas con empuñadura corta.
Pero no se había llegado a la perfección; en ese ámbito se llegó en España a finales de los 1950, en que alguien tuvo la genial idea de ponerle un mango largo al trapo de fregar el suelo y nació la escoba fregona. Pero ésa es otra historia.
Una de las últimas aportaciones al humilde mundo de la escoba y el escobón ha sido llevada a cabo por la firma italiana Termozeta, que en 1996, lanzó al mercado la escoba barredora-aspiradora que hace innecesario el recogedor.
No tiene cepillo como las escobas de los años sesenta, ni mocho, como las tradicionales escobas de siempre, sino una espuma que recoge la suciedad y se la traga. No necesita cable: este híbrido de escoba y aspiradora funcionaba con pilas recargables que le daban una autonomía de barrido de varias horas.
La palabra escoba es latina, de scopae= briznas. Se alude así al tipo de materiales de que normalmente estaba hecha: manojos entrelazados de palmitos, de cabezuela, de algarabía o cualquier otra planta ramosa.
Juntos y atados al cabo de un palo que servía de mango largo barrían patios, zaguanes y bodegas. Es término de uso antiguo en castellano: en documentos del siglo X, barrer equivale al latín escopare= escobear.
En Castilla se llamó escobón a la escoba que se pone en un palo largo para barrer y que se empleaba también para deshollinar chimeneas.
Historia del insecticida
A lo largo del río Nilo en Egipto, o en las cuencas de los grandes ríos de Babilonia, los mosquitos eran una plaga insoportable, una molestia nocturna.
Quien podía, construía su dormitorio en lo alto de un árbol, ya que los mosquitos no volaban muy alto por el viento.
Incluso las personas pobres descansaban envueltos en mosquiteras o en un lienzo.
El geógrafo e historiador griego Herodoto, del siglo V a.C., hace este relato: “En algunos lugares del país de Egipto, pasados los pantanos, sus habitantes pasan la noche en torres porque saben que los mosquitos no vuelan tan alto a causa del viento.
Cuando no, se envuelven en unas mallas a modo de redes, las mismas que durante el día les sirven para pescar. No es posible dormir, aunque sea vestido, porque los mosquitos pican a través de la ropa”.
De esa costumbre egipcia procede la palabra “conopeo” = velo en forma de pabellón que antiguamente cubría la cama: del griego konops = mosquito, de donde konopeion = mosquitero.
Si los mosquitos no dejaban dormir, los piojos no dejaban vivir, y con su multiplicación podían dar lugar a una muerte terrible. Dos hembras ponen dieciocho mil huevos en dos meses, lo que puede infestar a una persona. Son numerosos los personajes históricos que murieron por este problema, como Platón, Herodes, Juliano el Apóstata o Valerio Máximo.
El uso de insecticidas es una práctica antigua. El poeta griego Homero, del siglo IX a.C., habla de los buenos resultados del azufre quemado para acabar con los insectos. Ocho siglos después el naturalista latino Plinio recomendaba el arsénico contra las plagas rurales y urbanas.
La acción del hombre contra los insectos molestos fue constante en la Antigüedad. Había esclavos dedicados a esa tarea y muchos se distraían matando moscas. El emperador Tito Flavio Domiciano, del siglo I, se encerraba en sus aposentos para matar moscas y mosquitos. Y, no se le podía molestar en esta ocupación.
También los chinos hace dos mil años se tomaron en serio la amenaza de los insectos y los combatían con sulfuro de arsénico y polvo de crisantemo, o pelitre.
Otros pueblos, como aún hacen en Rodesia, la actual Zimbabue, capturan los mosquitos en redes especiales y los amasan formando una especie de pastel que se come.
Pero en el campo el mejor insecticida era el natural: un herrerillo, pájaro insectívoro de unos doce centímetros de largo, mata a lo largo de su vida seis millones y medio de insectos. Un chochín o pollo de la perdiz come cerca de diez mil insectos desde que sale del cascarón hasta que se independiza, y la madre lleva al nido hasta treinta saltamontes en una hora.
Golondrinas, vencejos y otros pájaros devoran a diario millones de moscas y mosquitos: muchos tenían alguno de estos pájaros revoloteando por los dormitorios con fines insecticidas: algunos antropólogos creen que ése es el origen de tener pájaros en casa.

Primeros insecticidas
A lo largo de la Edad Media se aconsejó usar arsénico contra las plagas de insectos que invadían casas, calles y sembrados. También se utilizaban velas de citronela para ahuyentar a los mosquitos.
Pero el hombre necesitaba ayuda extra contra los insectos. En el siglo XVII, se empleó un singular insecticida, la nicotina del tabaco: mano de santo contra el escarabajo de la ciruela, pulgas y pulgones de perros, gatos y hombres.
En 1828 fue tan grande la necesidad de combatirlos que se echó mano de todo tipo de productos. Se reparó en el valor insecticida del crisantemo, cuyo polvillo seco da lugar al piretro.
Se utilizó el tumbo del Brasil y el nikoe de las Guayanas cuyas raíces contienen rutenona, capaz de actuar sobre el sistema nervioso de los bichos.
A finales del siglo XIX estuvo de moda el arseniato de plomo y desde entonces hasta los primeros años del siglo XX causaron sensación los polvos del doctor Vicat para combatir insectos domésticos.
Numerosas fábricas pusieron en el mercado millones de kilos del producto que se vendía en botellas: no había enemigo más eficaz contra piojos y chinches, aunque las pulgas se resistían.

Invención del insecticida moderno (DDT)
En cuanto al DDT, siglas del compuesto químico de dicloro, difenil y tricoroetano, fue sintetizado en 1873 y tardó en ponerse de moda, no lo hizo hasta los años 1930.
Paul Müller llevó a cabo unos ensayos contra el escarabajo rojo de la patata, cuya consecuencia fue el relanzamiento en Suiza del DDT, lo que le valió el premio Nobel a Müller.
El DDT tuvo gran repercusión al comprobarse su eficacia en la lucha contra el tifus y la malaria, sobre todo en 1939, tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sustituía a los compuestos de arsénico, tan peligrosos para personas y medio ambiente.
Su triunfo llegó cuando en 1943 se desarrolló en Nápoles una epidemia de tifus que el DDT erradicó rápidamente. Se administraba rociando personas y lugares donde incubaban los insectos.
Evolución de los insecticidas

En 1941 hubo un cambio que simplificó radicalmente el uso y potenció la eficacia de los insecticidas: el spray.
Una modalidad del aerosol, inventado en 1926 por el noruego Erik Rotheim, que describió cómo el líquido contenido en un recipiente puede dividirse en partículas añadiendo un gas a presión: el freón.
En 1950 este peligroso invento se generalizó y nadie sabía que aquello podía acabar con la capa de ozono.
En 1975 se sintetizó en Francia la deltametrina o Decis, insecticida cien veces más poderoso que el DDT, pero sin sus inconvenientes. El producto se lanzó en 1978, y en 1982 lo empleaba todo el mundo.
A partir de entonces, el ingenio se disparó: surgieron desde las lámparas freidoras de insectos hasta los sonidos ultrasónicos que los alejaba, sistemas que sustituían a las repugnantes tiras adhesivas donde quedaban pataleando moscas y mosquitos.
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