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William James Sidis, la historia del hombre más inteligente de la historia del que nunca has escuchado hablar …


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William James Sidis

elconfidencialdigital.com/computerhoy.com(J.A.P.Estapé)  —  Casi doblaba el cociente intelectual de Albert Einstein. Con solo 11 años, ingresó en la Universidad de Harvard. Pero un padre manipulador obsesionado con convertir a su hijo en un prodigio, y la fama prematura, lo destruyeron casi por completo. William James Sidis murió solo y amargado de la vida a los 46 años.

Ser inteligente te abre muchas puertas en la sociedad. Pero también te pone las cosas más difíciles en otros aspectos. Y si no los gestionas bien, pueden acabar destruyéndote. La lista de genios intelectuales que acabaron suicidándose, en la cárcel, o aislados del mundo, es larga y desoladora.

William James Sidis está considerado el hombre más inteligente de la historia. Su Cociente Intelectual (CI)  estaba entre los 250 y los 300 puntos, según su hermana. Albert Einstein por ejemplo tenía 160, que ya se considera un superdotado. Pero su vida es también una de las más tristes y conmovedoras.

“Quiero vivir una vida perfecta”, dijo, alguna vez, William James Sidis. “La única manera de lograrlo es a través del aislamiento, de la soledad. Siempre he odiado a las multitudes.”

El, más que nadie, podía darse el lujo de decir algo así. Era inimitable, y ese don le servía para flagelarse a sí mismo todo el tiempo.

William James Sidis tenía 300., mientras que el coeficiente de una persona adulta con una inteligencia media es de 90 a 110. Una persona por encima de la media mide de 111 a 120. Una persona dotada (el 6 por ciento de la población mundial) oscila entre 121 y 130.

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Nació el 1 de abril de 1898 en Nueva York. Su padre, Boris Sidis, nacido en Ucrania y de ascendencia judía, era un prestigioso psiquiatra.

Su madre, Sarah Mandelbaum, era doctora.

Su familia había recalado en Nueva York en 1889 huyendo de los pogroms en Rusia. Sarah, cuyo apellido de soltera era Mandelbaun, estudió en la Universidad de Boston y se graduó en la Escuela de Medicina en 1897.

Todavía estaba en la facultad cuando conoció a Boris Sidis, médico psiquiatra y filósofo, que publicó muchos libros y artículos, y se destacó principalmente en psicología anormal.

El también era inmigrante, había llegado en 1887 a Estados Unidos huyendo de la persecución política en su país de origen, Ucrania. Tenía 17 años cuando se incorporó al ejército ruso; poco después, lo acusaron de “enseñar a los campesinos a leer” y lo metieron en prisión, donde la policía zarista lo interrogó y lo torturó.

Tenía un año y seis meses cuando, de golpe, sin previo aviso, le pidió a su madre que le prestara una hoja de The New York Times y se puso a leerla, en voz alta.

A los 4 años aprendió griego. Con 6 años dominaba la lógica de Aristóteles, y a los 8 años hablaba 8 idiomas: griego, latín, francés, ruso, alemán, turco, armenio y hebreo. Los consideraba mejorables, así que inventó su propio lenguaje, que llamó Vendergood.

Los padres de Boris, elaboraron un proyecto un poco demencial: el de tener un hijo y estimularlo convenientemente para que fuera un pequeño genio. No los movía, quiero imaginar, otro deseo que el darle a su hijo posibilidades infinitas. También el de poner en práctica ciertas teorías pedagógicas que Boris había desarrollado en esos años.

El pequeño William aprobó el tercer curso de primaria en tres días. Escribió cuatro libros (dos de anatomía y dos de astronomía) entre los 4 y los 8 años. A esa edad hablaba ocho idiomas, los que le habían enseñado y los que lo rodeaban en la entonces comunidad rusa en Nueva York: el latín, el griego, el francés, el ruso, alemán, el hebreo, el turco y el armenio, además del inglés.

Curiosamente la única ciencia que no dominaba era las matemáticas. Así que con 6 años su padre le inculcó esta materia por medio de las clases y estudios intensivos.

En el colegio, sus profesores se quejaban porque era un niño muy distraido y no atendía en clase. Es algo común en los superdotados. Ya sabía todo lo que explicaba el profesor, y se aburría. Con 6 años él ya habia aprendido varios idiomas, pero en clase le ponían exámenes para ver si se sabía el abecedario…

Antes de cumplir los 8 años, fue aceptado en el MIT, a los 11 entró en la Universidad de Harvard, y era experto en matemáticas aplicadas.

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Con 9 años ya había aprobado todos los exámenes de bachillerato e instituto, así que su padre pidió que lo admitiesen en la Universidad de Harvard. Fue rechazado por su edad. Pasó dos años buscando errores en las teorías de Einstein y aprendiendo más idiomas. A lo largo de su vida dominó más de 25 lenguas, y podía defenderse en 40 idiomas.

Finalmente a los 11 años, Harvard cedió: William James Sidis se convirtió en el universitario más joven de sus más de 300 años de historia.

Sidis nunca había practicado deporte, una actividad que su padre consideraba «propia de bárbaros«, pero que era esencial en la universidad.

Y no sabía comportarse en público. Una anécdota relata cómo un profesor lo ridiculizó porque «llevaba media hora intentando colocarse correctamente el sombrero«.

A William le costó mucho hacer amistades en la Universidad, y ya entonces se llevaba mal con la prensa y la fama. Desde niño había aparecido en los periódicos y en el campus destacaba por su menor edad. Le molestaba porque no sabía gestionarlo, y en esa época la sobreinteligencia no se veía como una virtud, sino como una cosa de bichos raros.

Sus compañeros de campus se burlaban a menudo de él escribiéndole falsas cartas de amor de chicas que querían casarse con él. Llegó a cosechar algún suspenso, y se dice que fue en aquella época cuando decidió ser célibe. Como otros genios de la talla de Platón, Leonardo Da Vinci, Pitágoras o Kant, nunca se casó ni se le conocen relaciones.

Se graduó Cum Laude con solo 16 años, en 1914.

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Con 16 años Sidis tenía pensado matricularse en Harvard en otras carreras. Pero tras ser agredido físicamente por unos estudiantes su padre le encontró trabajo de asistente del profesor en la Universidad Rice, en Houston.

Con 17 años empezó a impartir algunas clases de Geometría en la universidad, pero prontó comenzó a estar en desacuerdo con las directrices del departamento, y sufrió amenazas de estudiantes que tenían más años que él.

Llegó a matricularse en Derecho en Harvard pero abandonó en el último curso, en 1919. Algo empezaba a torcerse en la vida del genio superdotado.

Sidis se consideraba a sí mismo un socialista. Con 19 años participó en una manifestación del Día de los Trabajadores, que terminó en disturbios. Fue detenido y condenado a 18 meses de prisión.

Este incidente le puso en portada de todos los periódicos. A la prensa le encantan los casos de los genios que caen en desgracia, y un titular con el adolescente graduado en Harvard que acaba en la cárcel, tenía mucho tirón.

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Finalmente su padre acordó con el juez que, en lugar de la prisión, lo confinaría dos años en el manicomio en donde trabajaba.

Pasado ese tiempo, con 21 años, William James Sidis dijo a sus amigos que había decidido recluirse y pasar al anonimato.

Dejó de hablarse con sus padres y la segunda mitad de su vida la pasó realizando trabajos mal pagados arreglando máquinas y otras tareas mecánicas porque «no quería pensar«. Cuando su padre murió en 1923, no acudió a su funeral.

Aún así escribió varios libros bajo pseudónimo que no llegó a publicar, porque los editores no querían publicar libros con nombres falsos. Algunos de ellos, como The Animate and the Inanimate, en donde explica el origen de la vida y formula sus propias leyes, son realmente brillantes. Se conservan cuatro libros, 13 artículos y un centenar de columnas en revistas.

William empezaba a sentir los efectos de la soledad. A pesar de ser un intelectual ambicioso, la comunidad científica le daba la espalda. Encima había heredado las tendencias de izquierda de su padre, lo que no le hacía la vida más fácil: en una de sus múltiples entrevistas se declaró ateo y socialista, y se negó a alistarse para la Segunda Guerra Mundial. Otra vez fue arrestado, por celebrar el Primero de Mayo junto a unos obreros.

Empezó a sentir los síntomas de la enfermedad que lo llevaría a la muerte, especialmente las migrañas que lo atacaban casi todos los días.

Vivía, entonces, encerrado en un pequeño y bastante sucio departamento de Boston, saliendo solo para visitar a sus padres de vez en cuando o participar en alguna actividad política.

Conoció a una mujer, Foley era una activista irlandesa. Le llamó la atención, en cambio, el aire de soledad que el joven arrastraba por todas partes como un lastre. Se acercó, entonces, y habló con él, pero Sidis era tan tímido, sobre todo en presencia de una mujer, que apenas pronunció palabra. Foley representaba para él la vida, desnuda y cruda, que le había sido negada en su infancia: de ahí el miedo.

Sus padres le recomendaron abandonar esa relación y él nunca más volvió a ver a Foley, la que fuera la mujer de su vida

La alargada sombra de su padre

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Durante su primera década de vida Sidis se convirtió en un niño prodigio tutelado por su padre, que controlaba absolutamente todos los aspectos de su vida. Como psiquiatra, Boris Sidis creía que «si los niños empiezan a estudiar a los dos años y mantienen un aprendizaje intensivo, a los 10 años pueden aprobar el instituto«.

Boris y Sarah eran jóvenes y ambiciosos y tenían al destierro como marca de nacimiento. Ambos elaboraron un proyecto un poco demencial: el de tener un hijo y estimularlo convenientemente para que fuera un pequeño genio. No los movía, quiero imaginar, otro deseo que el de darle a su hijo posibilidades infinitas.

También el de poner en práctica ciertas teorías pedagógicas que Boris había desarrollado en esos años.

Hasta ese momento se consideraba a la inteligencia como algo hereditario, pero Boris creía que era fruto de una estimulación temprana. “Conducimos la mente del niño por canales estrechos atrofiando y deformando su mente hacia la mediocridad.

Si el niño se desenvuelve en los rígidos moldes del hogar y la escuela el resultado será una permanente mutilación de su originalidad y genio”, decía. Y aprovechó el nacimiento de su hijo, William, en 1898, para demostrarlo.

Boris no era el primero, y tampoco sería el último, en usar a su propia familia como conejillo de Indias: lo que no sabía era que estaba condenando a su hijo a una vida de excentricidad (Raleigh St. Clair, el personaje de Bill Murray en Los excéntricos Tenenbaum, de Wes Anderson, está inspirado en Boris Sidis y en la larga estela de Médicos Que Experimentan Con Niños que dejó tras de sí).

Como creía que el contexto en donde se impartían las clases era importante, preparó una de las habitaciones de la casa, la más iluminada y alegre, con fotos en las paredes, un escritorio y una biblioteca que al principio sólo constaba de libros con imágenes y cuentos de hadas. Muchos años después, William recordaba todavía ese cuarto: era un pequeño mundo mágico.

El experimento dio sus frutos rápidamente. El pequeño William aprobó el tercer curso de primaria en tres días. Escribió cuatro libros (dos de anatomía y dos de astronomía) entre los 4 y los 8 años. A esa edad hablaba ocho idiomas, los que le habían enseñado y los que lo rodeaban en la entonces comunidad rusa en Nueva York: el latín, el griego, el francés, el ruso, alemán, el hebreo, el turco y el armenio, además del inglés.

Los padres publicaban informes académicos cada poco tiempo mostrando los logros del niño. La prensa estaba pendiente de él, así como la comunidad científica. Se sabe que mientras estudió en Harvard sufrió el acecho diario de la prensa.

Boris Sidis era un respetado psiquiatra que escribió numerosos libros. No creía en la educación regulada y se obsesionó con la genialidad de su hijo. Cumplió su objetivo: a los 11 años William estaba en la universidad más prestigiosa y destacaba en Matemáticas, la matería que no dominaba, llegando incluso a dar clase algunos días, en lugar del profesor.

Pero el precio, posiblemente, fue demasiado alto. William James Sidis no tuvo infancia. Nunca fue un niño, ni aprendió las habilidades sociales necesarias para desenvolverse en la vida. Y eso comenzó a pasarle factura en sus años de universidad.

William James Sidis murió a los 46 años, de una hemorragia cerebral. La misma muerte que su padre. Algunas crónicas de la época aseguran que «murió solo y amargado«, pero cartas de sus conocidos afirman que tenía bastante amigos y que era una persona agradable a la que le gustaba contar historias.

Hoy solo queda de él una sencilla y casi anónima tumba en el cementerio de Boston.

¿Se puede medir la inteligencia?

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Inteligencia emocional

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La triste vida de William James Sidis se usa a menudo por los psicólogos para mostrar cómo la inteligencia no es suficiente para tener una buena vida, o ser feliz. También ha servido para que las universidades americanas establezcan nuevas normas de supervisión a la hora de admitir alumnos en edad infantil o adolescente.

Hoy en día además del coeficiente de inteligencia se tienen en cuenta otros aspectos, como la inteligencia emocional: la capacidad de las personas para relacionarse, y desenvolverse en sociedad.

El profesor del MIT Daniel F. Comstock llegó a decir de Sidis, cuando aún era estudiante universitario: «predigo que el joven Sidis será un gran matemático astronómico. Desarrollará nuevas teorías e inventará nuevas formas de calcular los fenómenos astronómicos. Creo que será un gran matemático, el líder en esa ciencia en el futuro«.

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¿Dónde y por qué se truncó esta predicción? Es algo que, con los pocos datos que tenemos, nunca los sabremos.

Seguramente fue el hombre más inteligente de la historia, pero por desgracia es recordado por otras cuestiones ajenas a sus logros.

No sabemos si él consideraría su vida desperdiciada. Lamentablemente, vista desde fuera, así lo parece…

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