Ser inteligente te abre muchas puertas en la sociedad. Pero también te pone las cosas más difíciles en otros aspectos. Y si no los gestionas bien, pueden acabar destruyéndote. La lista de genios intelectuales que acabaron suicidándose, en la cárcel, o aislados del mundo, es larga y desoladora.
William James Sidis está considerado el hombre más inteligente de la historia. Su Cociente Intelectual (CI) estaba entre los 250 y los 300 puntos, según su hermana. Albert Einstein por ejemplo tenía 160, que ya se considera un superdotado. Pero su vida es también una de las más tristes y conmovedoras.
“Quiero vivir una vida perfecta”, dijo, alguna vez, William James Sidis. “La única manera de lograrlo es a través del aislamiento, de la soledad. Siempre he odiado a las multitudes.”
El, más que nadie, podía darse el lujo de decir algo así. Era inimitable, y ese don le servía para flagelarse a sí mismo todo el tiempo.
William James Sidis tenía 300., mientras que el coeficiente de una persona adulta con una inteligencia media es de 90 a 110. Una persona por encima de la media mide de 111 a 120. Una persona dotada (el 6 por ciento de la población mundial) oscila entre 121 y 130.

Nació el 1 de abril de 1898 en Nueva York. Su padre, Boris Sidis, nacido en Ucrania y de ascendencia judía, era un prestigioso psiquiatra.
Su madre, Sarah Mandelbaum, era doctora.
Su familia había recalado en Nueva York en 1889 huyendo de los pogroms en Rusia. Sarah, cuyo apellido de soltera era Mandelbaun, estudió en la Universidad de Boston y se graduó en la Escuela de Medicina en 1897.
Todavía estaba en la facultad cuando conoció a Boris Sidis, médico psiquiatra y filósofo, que publicó muchos libros y artículos, y se destacó principalmente en psicología anormal.
El también era inmigrante, había llegado en 1887 a Estados Unidos huyendo de la persecución política en su país de origen, Ucrania. Tenía 17 años cuando se incorporó al ejército ruso; poco después, lo acusaron de “enseñar a los campesinos a leer” y lo metieron en prisión, donde la policía zarista lo interrogó y lo torturó.
Tenía un año y seis meses cuando, de golpe, sin previo aviso, le pidió a su madre que le prestara una hoja de The New York Times y se puso a leerla, en voz alta.
A los 4 años aprendió griego. Con 6 años dominaba la lógica de Aristóteles, y a los 8 años hablaba 8 idiomas: griego, latín, francés, ruso, alemán, turco, armenio y hebreo. Los consideraba mejorables, así que inventó su propio lenguaje, que llamó Vendergood.
Los padres de Boris, elaboraron un proyecto un poco demencial: el de tener un hijo y estimularlo convenientemente para que fuera un pequeño genio. No los movía, quiero imaginar, otro deseo que el darle a su hijo posibilidades infinitas. También el de poner en práctica ciertas teorías pedagógicas que Boris había desarrollado en esos años.
El pequeño William aprobó el tercer curso de primaria en tres días. Escribió cuatro libros (dos de anatomía y dos de astronomía) entre los 4 y los 8 años. A esa edad hablaba ocho idiomas, los que le habían enseñado y los que lo rodeaban en la entonces comunidad rusa en Nueva York: el latín, el griego, el francés, el ruso, alemán, el hebreo, el turco y el armenio, además del inglés.
Curiosamente la única ciencia que no dominaba era las matemáticas. Así que con 6 años su padre le inculcó esta materia por medio de las clases y estudios intensivos.
En el colegio, sus profesores se quejaban porque era un niño muy distraido y no atendía en clase. Es algo común en los superdotados. Ya sabía todo lo que explicaba el profesor, y se aburría. Con 6 años él ya habia aprendido varios idiomas, pero en clase le ponían exámenes para ver si se sabía el abecedario…
Antes de cumplir los 8 años, fue aceptado en el MIT, a los 11 entró en la Universidad de Harvard, y era experto en matemáticas aplicadas.

Con 9 años ya había aprobado todos los exámenes de bachillerato e instituto, así que su padre pidió que lo admitiesen en la Universidad de Harvard. Fue rechazado por su edad. Pasó dos años buscando errores en las teorías de Einstein y aprendiendo más idiomas. A lo largo de su vida dominó más de 25 lenguas, y podía defenderse en 40 idiomas.
Finalmente a los 11 años, Harvard cedió: William James Sidis se convirtió en el universitario más joven de sus más de 300 años de historia.
Sidis nunca había practicado deporte, una actividad que su padre consideraba «propia de bárbaros«, pero que era esencial en la universidad.
Y no sabía comportarse en público. Una anécdota relata cómo un profesor lo ridiculizó porque «llevaba media hora intentando colocarse correctamente el sombrero«.
A William le costó mucho hacer amistades en la Universidad, y ya entonces se llevaba mal con la prensa y la fama. Desde niño había aparecido en los periódicos y en el campus destacaba por su menor edad. Le molestaba porque no sabía gestionarlo, y en esa época la sobreinteligencia no se veía como una virtud, sino como una cosa de bichos raros.
Sus compañeros de campus se burlaban a menudo de él escribiéndole falsas cartas de amor de chicas que querían casarse con él. Llegó a cosechar algún suspenso, y se dice que fue en aquella época cuando decidió ser célibe. Como otros genios de la talla de Platón, Leonardo Da Vinci, Pitágoras o Kant, nunca se casó ni se le conocen relaciones.
Se graduó Cum Laude con solo 16 años, en 1914.

Con 16 años Sidis tenía pensado matricularse en Harvard en otras carreras. Pero tras ser agredido físicamente por unos estudiantes su padre le encontró trabajo de asistente del profesor en la Universidad Rice, en Houston.
Con 17 años empezó a impartir algunas clases de Geometría en la universidad, pero prontó comenzó a estar en desacuerdo con las directrices del departamento, y sufrió amenazas de estudiantes que tenían más años que él.
Llegó a matricularse en Derecho en Harvard pero abandonó en el último curso, en 1919. Algo empezaba a torcerse en la vida del genio superdotado.
Sidis se consideraba a sí mismo un socialista. Con 19 años participó en una manifestación del Día de los Trabajadores, que terminó en disturbios. Fue detenido y condenado a 18 meses de prisión.
Este incidente le puso en portada de todos los periódicos. A la prensa le encantan los casos de los genios que caen en desgracia, y un titular con el adolescente graduado en Harvard que acaba en la cárcel, tenía mucho tirón.
Finalmente su padre acordó con el juez que, en lugar de la prisión, lo confinaría dos años en el manicomio en donde trabajaba.
Pasado ese tiempo, con 21 años, William James Sidis dijo a sus amigos que había decidido recluirse y pasar al anonimato.
Dejó de hablarse con sus padres y la segunda mitad de su vida la pasó realizando trabajos mal pagados arreglando máquinas y otras tareas mecánicas porque «no quería pensar«. Cuando su padre murió en 1923, no acudió a su funeral.
Aún así escribió varios libros bajo pseudónimo que no llegó a publicar, porque los editores no querían publicar libros con nombres falsos. Algunos de ellos, como The Animate and the Inanimate, en donde explica el origen de la vida y formula sus propias leyes, son realmente brillantes. Se conservan cuatro libros, 13 artículos y un centenar de columnas en revistas.
William empezaba a sentir los efectos de la soledad. A pesar de ser un intelectual ambicioso, la comunidad científica le daba la espalda. Encima había heredado las tendencias de izquierda de su padre, lo que no le hacía la vida más fácil: en una de sus múltiples entrevistas se declaró ateo y socialista, y se negó a alistarse para la Segunda Guerra Mundial. Otra vez fue arrestado, por celebrar el Primero de Mayo junto a unos obreros.
Empezó a sentir los síntomas de la enfermedad que lo llevaría a la muerte, especialmente las migrañas que lo atacaban casi todos los días.
Vivía, entonces, encerrado en un pequeño y bastante sucio departamento de Boston, saliendo solo para visitar a sus padres de vez en cuando o participar en alguna actividad política.
Conoció a una mujer, Foley era una activista irlandesa. Le llamó la atención, en cambio, el aire de soledad que el joven arrastraba por todas partes como un lastre. Se acercó, entonces, y habló con él, pero Sidis era tan tímido, sobre todo en presencia de una mujer, que apenas pronunció palabra. Foley representaba para él la vida, desnuda y cruda, que le había sido negada en su infancia: de ahí el miedo.
Sus padres le recomendaron abandonar esa relación y él nunca más volvió a ver a Foley, la que fuera la mujer de su vida
La alargada sombra de su padre

Durante su primera década de vida Sidis se convirtió en un niño prodigio tutelado por su padre, que controlaba absolutamente todos los aspectos de su vida. Como psiquiatra, Boris Sidis creía que «si los niños empiezan a estudiar a los dos años y mantienen un aprendizaje intensivo, a los 10 años pueden aprobar el instituto«.
Boris y Sarah eran jóvenes y ambiciosos y tenían al destierro como marca de nacimiento. Ambos elaboraron un proyecto un poco demencial: el de tener un hijo y estimularlo convenientemente para que fuera un pequeño genio. No los movía, quiero imaginar, otro deseo que el de darle a su hijo posibilidades infinitas.
También el de poner en práctica ciertas teorías pedagógicas que Boris había desarrollado en esos años.
Hasta ese momento se consideraba a la inteligencia como algo hereditario, pero Boris creía que era fruto de una estimulación temprana. “Conducimos la mente del niño por canales estrechos atrofiando y deformando su mente hacia la mediocridad.
Si el niño se desenvuelve en los rígidos moldes del hogar y la escuela el resultado será una permanente mutilación de su originalidad y genio”, decía. Y aprovechó el nacimiento de su hijo, William, en 1898, para demostrarlo.
Boris no era el primero, y tampoco sería el último, en usar a su propia familia como conejillo de Indias: lo que no sabía era que estaba condenando a su hijo a una vida de excentricidad (Raleigh St. Clair, el personaje de Bill Murray en Los excéntricos Tenenbaum, de Wes Anderson, está inspirado en Boris Sidis y en la larga estela de Médicos Que Experimentan Con Niños que dejó tras de sí).
Como creía que el contexto en donde se impartían las clases era importante, preparó una de las habitaciones de la casa, la más iluminada y alegre, con fotos en las paredes, un escritorio y una biblioteca que al principio sólo constaba de libros con imágenes y cuentos de hadas. Muchos años después, William recordaba todavía ese cuarto: era un pequeño mundo mágico.
El experimento dio sus frutos rápidamente. El pequeño William aprobó el tercer curso de primaria en tres días. Escribió cuatro libros (dos de anatomía y dos de astronomía) entre los 4 y los 8 años. A esa edad hablaba ocho idiomas, los que le habían enseñado y los que lo rodeaban en la entonces comunidad rusa en Nueva York: el latín, el griego, el francés, el ruso, alemán, el hebreo, el turco y el armenio, además del inglés.
Los padres publicaban informes académicos cada poco tiempo mostrando los logros del niño. La prensa estaba pendiente de él, así como la comunidad científica. Se sabe que mientras estudió en Harvard sufrió el acecho diario de la prensa.
Boris Sidis era un respetado psiquiatra que escribió numerosos libros. No creía en la educación regulada y se obsesionó con la genialidad de su hijo. Cumplió su objetivo: a los 11 años William estaba en la universidad más prestigiosa y destacaba en Matemáticas, la matería que no dominaba, llegando incluso a dar clase algunos días, en lugar del profesor.
Pero el precio, posiblemente, fue demasiado alto. William James Sidis no tuvo infancia. Nunca fue un niño, ni aprendió las habilidades sociales necesarias para desenvolverse en la vida. Y eso comenzó a pasarle factura en sus años de universidad.
William James Sidis murió a los 46 años, de una hemorragia cerebral. La misma muerte que su padre. Algunas crónicas de la época aseguran que «murió solo y amargado«, pero cartas de sus conocidos afirman que tenía bastante amigos y que era una persona agradable a la que le gustaba contar historias.
Hoy solo queda de él una sencilla y casi anónima tumba en el cementerio de Boston.
¿Se puede medir la inteligencia?

Desde que la Humanidad dejó de guiarse por la ley del más fuerte, las supersticiones y las religiones, y abrazó la ciencia, la inteligencia se considera una virtud a la hora de encontrar un buen trabajo o ganarte la vida.
Durante siglos solo se podía confirmar… demostrándola.
Alguien se consideraba inteligente porque sobresalía en la escuela, o en su profesión.
Pero a principios del siglo XX comenzaron a estandarizarse unos test psicológicos que permitían determinar la inteligencia de una persona.
El psicólogo William Stern fue el primero que usó el término Cociente Intelectual, en 1912.
En la siguientes décadas numerosos psicólogos y matemáticos de todo el mundo, desde Alfred Binet a Lewis Terman y otros muchos, han ido perfeccionado el método.
Aunque se tiende a pensar que los test de inteligencia analizan principalmente lo que sabes o lo rápido que respondes, en realidad usan métodos muy complejos que analizan tanto el rendimiento como la percepción visual y auditiva, diferentes tipos de inteligencia, e incluso la carga génetica y cultural de la sociedad en la que se vive.
Con los métodos modernos, un Cociente Intelectual de 100 se considera la media. Pero existe una desviación estándar de 15, que está dentro de los márgenes. Por tanto cualquier cociente entre 85 y 115, se valora como una inteligencia normal.
A partir de 130 se habla de superdotados, y de 155, de inteligencia superior. Se sabe por ejemplo que Albert Einstein tenía un CI de 160, igual que Stephen Hawking. Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook, tiene 152.
Se estima que genios de siglos pasados como Isaac Newton, Leonardo Da Vinci o Marie Curie rondan los 180 o 200 puntos.
Pero no todas las personas inteligentes se dedican a las ciencias. El actor James Wood tiene un CI de 180, la actriz Sharon Stone alcanza los 152, y el jugador de ajedrez Garry Kasparov llega a los 198.
Hoy en día estos test se consideran válidos para la ciencia: quien los supera es realmente inteligente, no se puede hacer trampas.
Y esto nos lleva a William James Sidis. Según los psicólogos, cifras mayores a 201 solo se dan una vez entre 8.000 millones de personas. Y en el planeta viven actualmente 7.500 millones personas, aunque a lo largo de la historia podrían haber vivido más de 100.000 millones de humanos.
Diversos estudios fijan el coeficiente intelectual de Sidis alrededor de los 200. Su propia hermana Helena asegura que unos años antes de morir llevó a cabo un test de inteligencia y no supieron medirlo, porque daba valores entre 250 y 300. Es difícil precisarlo, pero todos coinciden en que fue uno de los seres humanos más inteligentes de la historia.



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