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Página Negra Claude Eatherly: El piloto del apocalipsis …


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La nación/XLSemanal(C.M.Sánchez)/ElCorreo(I.Ibañéz)  —  El cómic ‘Memorias de la Tierra’, de Miguel Brieva, relata con humor cómo un extraterrestre observa desde la distancia del tiempo y el espacio el empeño del ser humano en cargarse el planeta.

Una de las viñetas está dedicada a la figura de Claude Eatherly, uno de los pilotos que el 6 de agosto de 1945 formó parte del escuadrón que voló a Hiroshima para lanzar la bomba atómica.

No viajaba a bordo del famoso ‘Enola Gay’, el avión que llevaba en sus tripas a ‘Little Boy’, que cayó sobre la ciudad arrasándolo todo, sino del ‘Straight Flush’, que abría camino para advertir de cómo estaban las condiciones meteorológicas sobre el objetivo.

Al parecer, cumplió con su misión y se dio la vuelta para regresar a la base antes de poder comprobar los efectos de aquella explosión. Evidentemente pronto supo las consecuencias de aquello en lo que había participado. Y su vida cambió. Hace 41 años que murió, el 1 de julio de 1978.

Un zumbido de libélulas batió el aire. La espuma de las olas rizaba la arena de un mar esmeralda. Abajo, la ciudad y su gente parecían hormigas sobre un mantel blanco. Los crisantemos se abrían al amanecer.

Algún curioso vio caer del cielo un huevo metálico. Segundos después un relámpago partió el sol en mil pedazos y una lengua ígnea evaporó a niños, mujeres, hombres, ancianos, plantas y animales.

En una millonésima de segundo el estallido atómico elevó la tibia mañana a un millón de grados centígrados; una onda expansiva de seis mil grados de calor carbonizó a todo ser vivo en 12 kilómetros a la redonda y, sobre la ciudad calcinada, se irguió un hongo fosforescente de 13 kilómetros de altura, que mató de golpe a 70 mil personas y cinco minutos después liquidó a 130 mil más, bañadas por una lluvia radiactiva.

Todo ardía y a su lado, el infierno era una primavera eterna. A las mujeres que llevaban un vestido estampado, les quedó tatuado en la piel como un arabesco; los relojes de pulsera quedaron soldados al hueso de la muñeca.

Los cadáveres vivientes deambulaban por las calles con la sangre licuada, muchos no tenían ojos, en lugar de brazos y piernas les colgaban muñones, la boca era un agujero y gritaban como cigarras.

A las 8.15 de la mañana, el Apocalipsis. El Enola Gay lanzó la primera bomba atómica de la historia sobre la población civil en Hiroshima Solo hubo un pequeño error; el comandante Claude Eatherly hizo mal los cálculos del viento, y la bomba explotó sobre el Hospital Shima, en lugar del puente Aioi, donde originalmente debía caer.

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Claude Eatherly: El piloto del apocalipsis

Los japoneses la llamarán pika-don. Pika: un fogonazo deslumbrante. ¡Don! Una explosión equivalente a 13.000 toneladas de trinitrotolueno.

Una bola de fuego de un millón de grados centígrados.

El copiloto de la aeronave exclama al contemplar el hongo: «¡Dios mío! ¿Qué hemos hecho?».

Ni Eatherly ni sus compañeros de misión son plenamente conscientes de su obra. Se han limitado a cumplir órdenes.

Pero nadie los había preparado para asumir las consecuencias: 70.000 muertos y 130.000 heridos de una tacada. Los testigos dicen que toda la ciudad hiede a fritura de calamar, pero no es un banquete, sino una inmensa barbacoa humana.

Las mujeres que llevaban vestidos estampados tienen ahora un arabesco tatuado en la piel.

Los hombres que llevaban reloj lo tienen soldado al hueso de la muñeca.

Miles de supervivientes deambulan por las calles en estado de choque. Los llaman los “caimanes”.

Tienen quemaduras en el 95 por ciento del cuerpo. Algunos se arrastran sobre muñones. Muchos no tienen ojos. Y el hueco donde estaban sus bocas es incapaz de articular sonidos. No gritan. Emiten un murmullo como de cigarras. La septicemia acabará con ellos en cuestión de días. La radiactividad, de la que todavía se sabe poco, lo hará en cuestión de semanas, meses, años.

Fuera de peligro y aún con sus anteojos polarizados para evitar cegarse por el resplandor, los pilotos norteamericanos celebraron el éxito de la misión. De la escuadrilla de siete bombarderos el Straight Flush debía guiar al Enola Gay hacia el objetivo, para que abriera su panza y expulsara a Little Boy, el tierno nombre que le endosó el coronel Paul Tibbets a la primera bomba nuclear lanzada, el 6 de agosto de 1945, sobre la japonesa ciudad de Hiroshima.

Agazapado en la cabina del Straight Flush, Eatherly lucía extraviado, disperso y lejos de la algarabía de sus camaradas.

Apenas aterrizaron en la base aérea de Tinian Eatherly cayó al piso, no pudo dormir, lo llevaron a la enfermería y ahí le recetaron analgésicos porque le dolía mucho la cabeza. Fatiga de combate, diagnosticó el médico.

La historia se repite en Nagasaki el 9 de agosto. Esta vez, Eatherly no participa, pero se despierta en su litera en el mismo instante en que la segunda bomba atómica detona a 2.500 kilómetros de distancia. Grita con desesperación. Cree que los sesos se le fríen dentro del cráneo.

Le dan una aspirina. No habla con nadie durante días. Le diagnostican fatiga ocasionada por el combate. Japón se rinde. Taciturno, Eatherly espera la desmovilización y la vuelta a casa. Es un héroe de guerra, pero se siente un miserable. Esto no era lo que se imaginaba cuando dejó los estudios en su Texas natal y se enroló voluntario.

Tres días después Claude se despertó gritando, sentía que el cráneo le hervía. A esa misma hora, a las 11 de la mañana, el B-29 Bocks Car, liberó sobre Nagasaki a Fat Man, otro dispositivo nuclear que mató en el acto a 80 mil personas.

El Reino del Crisantemo se rindió el 15 de agosto de 1945, miles de samuráis hicieron el sepuku y ya no hubo más vientos divinos que se inmolaran por el Emperador Hirohito. Solo devastación y ruinas quedaron de un imperio que sería eterno.

Eatherly ha pasado a la historia como la figura que encarna el arrepentimiento por aquella acción y la lucha posterior por que algo así no volviera a repetirse. Como si fuera el alter ego del Coronel Paul Tibbets, piloto y comandante del ‘Enola Gay’, el nombre de su madre con que bautizó aquel aparato.

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Paul W. Tibbets (en la foto) tuvo una vida muy distinta a la de Eatherly tras lanzar la bomba sobre Hiroshima. El piloto del Enola Gay alcanzó el grado de general y siempre vivió como un héroe de guerra.

‘Straight Flush’, sin embargo, el avión de Eatherly, significa ‘Escalera de color’, una buena baza dentro del juego del póker al que Eatherly, dicen, era más que simple aficionado. Tibbets, que pasó a la historia como el hombre que tiró aquella bomba (murió en 2007 a los 92 años) nunca se arrepintió.

Hablaba así en 2005, en el 60 aniversario del bombardeo, para el diario ‘Columbus’: «Supe cuando recibí la orden que iba a ser algo emocional. Teníamos sentimientos, pero debíamos dejarlos a un lado. Sabíamos que la bomba iba a matar a gente.

Pero mi interés principal era hacer el trabajo lo mejor que pudiera». Aseguró siempre que aquello era un «deber patriótico» y que «hizo lo correcto». «Duermo tranquilamente todas las noches», sentenció.

Sin embargo, Eatherly dejó de hacerlo aquel 6 de agosto, desde su regreso de aquella ‘misión’ que costó la vida de unas 120.000 personas, casi todos civiles, y 360.000 heridos, muchas de ellas víctimas de mutaciones genéticas por la radiación. En la base de Tinian, dice sentirse mal, no puede conciliar el sueño.

Enmudece durante días y empiezan las pesadillas. Se convierte en la encarnación de la culpa colectiva, un enorme peso sobre una sola persona.

A partir de aquí, hay dos versiones, y, como suele suceder, especialmente cuando el tiempo va haciendo su labor de distanciamiento, será difícil saber exactamente cuál es la auténtica y completa verdad sobre este hombre.

Es curioso que dos libros que recogen la historia de Eatherly con igual título en castellano (y muy similar en inglés), ‘El piloto de Hiroshima’, dibujan retratos diferentes.

El escrito en 1961 por el filósofo pacifista austriaco Günther Anders, ‘Burning Conscience: The Case of the Hiroshima Pilot Claude Eatherly, told in his Letters to Günther Anders’ le convierte en víctima, en el antihéroe por excelencia; recoge la correspondencia entre ambos mientras el soldado permanecía encerrado en el Hospital Militar de Waco, en el pabellón psiquiátrico, entre 1959 y 1961.

No le importaron las medallas ni la gloria concedida por Estados Unidos a aquellos hombres que habían cumplido con su deber Robert Jungk, autor de ‘Más brillante que mil soles’, que versa sobre la primera bomba nuclear, deja claro que en los primeros meses tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, Eatherly fue el único participante en aquellos bombardeos que se negó a ser tratado como un héroe y a participar en los homenajes.

Enviaba cada mes su pensión de las Fuerzas Aéreas, «dinero de sangre», lo llamaba él, a familias japonesas, a las que también expresaba su arrepentimiento a través de cartas.

El piloto loco

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Cuando Claude dejó sus estudios en Texas, para enrolarse en el ejército, creía en la honorabilidad de la guerra y en el cumplimiento del deber. Pero, al regresar de Japón, se sentía un miserable.

Todos los tripulantes de los bombarderos que destruyeron Hiroshima y Nagasaki fueron recibidos como héroes, condecorados y adorados por las multitudes. No era para menos, porque si bien ellos no iniciaron la guerra si la acabaron.

A los 29 años se retiró del ejército y sepultó a sus fantasmas. Consiguió trabajo en una empresa petrolera en Houston e intentó llevar la vida normal de un ciudadano ejemplar. Nunca faltó a la oficina, estudió leyes, lo ascendieron a director de ventas, compró una casa linda con jardín para invitar a los amigos a tardes de hamburguesas y cervezas.

Quiso ser feliz, tenía esposa, hijos y un hogar seguro. El mundo era perfecto, de no ser por una razón: ¡No podía dormir!

Apenas cerraba los ojos aparecían ante sí miles de rostros desfigurados, quemados hasta los huesos, irreconocibles, triturados por el fuego, sombras que una vez tuvieron vida y ahora habitaban en el fondo de sus sueños.

La culpa corroía sus entrañas. Los somníferos de nada servían. El dinero de su pensión lo enviaba íntegro a las víctimas de Hiroshima y les suplicaba perdón, pero sus cartas fueron interceptadas por las autoridades y jamás llegaron a su destino.

Estas son algunas más de las frases de Eatherly recogidas en aquellas cartas: «He estado en hospitales y he pasado alguna que otra temporada en la cárcel. Tengo la impresión de que en la cárcel me he sentido siempre más feliz: el castigo me permitía expiar mi culpa».

«He hecho todo lo posible para convencer a los médicos y a la gente de que solo me anima un deseo: ver triunfar la paz y la igualdad entre los hombres y trabajar en favor de nuestra causa. Puede que sepas que en este país no está demasido bien visto decir o escribir este tipo de cosas, por lo que me consideran un obstáculo».

«Para la mayoría, mi rebelión contra la guerra es una forma de locura. Pero no hubiese podido encontrar otra manera de explicar a los hombres que una guerra atómica no solo trae consigo destrucción física, sino que también desmoraliza al ser humano.

Me da completamente igual qué piensen los hombres de mi moralidad si de esta forma puedo causarles perplejidad y lograr que comprendan que no pueden volver a hacerse esto a sí mismos, ni a sus hijos».

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Comienza a beber, toma somníferos. Por esa época mete cheques en sobres y los manda a Japón, junto con cartas en las que se declara culpable y pide disculpas. Sus misivas son interceptadas y devueltas a EE.UU.

En 1950 intenta quitarse la vida ingiriendo barbitúricos.

Le hacen un lavado de estómago y un par de días después ingresa en el hospital militar de Waco, especializado en la atención de los veteranos de guerra con trastornos mentales.

Allí permanece seis semanas. Le dan el alta, aunque no hay mejoría alguna.

Por muchas vueltas que le dé a la cabeza, Eatherly no sabe qué hacer. Sólo tiene ocurrencias peregrinas.

Falsifica un cheque por un importe insignificante. La Policía lo detiene cuando intenta cobrarlo.

La falsificación es tan burda que parece que quisiera que lo cazasen. ¿Por qué? El escritor Robert Jungk sugiere que el ex piloto pretende explicar su caso y tiene la necesidad de ser castigado.

«Él quería alegar que había mandado esa suma como un gesto simbólico a una fundación que ayuda a los huérfanos de Hiroshima.» Pero el juez no le deja hablar y lo condena a un año de cárcel.

Sale a los nueve meses por buena conducta. Próximo intento en Dallas. Atraco con una pistola de juguete. El ladrón no se lleva nada y el juicio se suspende cuando el abogado explica que su cliente padece enajenación mental. Otros cuatro meses en Waco.

Un tribunal médico reconoce que Eatherly sufre trastornos psicológicos ocasionados por la guerra y éste deja el hospital con una pensión mensual de 132 dólares. «Contrariamente a lo que Eatherly anhela, no se lo considera un criminal», explica Jungk.

La vida de Eatherly transcurre entre tribunales y hospitales. Asalta cajeros sin llevarse el dinero, fuerza oficinas de correos sin echar mano a la caja. Consigue, por fin, que la opinión pública preste atención a su caso. Los periódicos lo bautizan como “el piloto loco”.

Sus ex compañeros de misión se avergüenzan de él. Paul Tibbets, comandante del Enola Gay, nunca pidió perdón al pueblo japonés: «Duermo muy tranquilo todas las noches». Joe Siborik, responsable del radar, se justificó con desparpajo: «Sólo era una bomba, aunque un poco más grande».

El presidente Harry Truman, que ordenó el bombardeo, dijo que en su vida sólo se arrepentía de haberse casado a los 30 años.

Todos se avergonzaban de su conducta. Su mujer lo abandonó, sus amigos lo tildaron de cobarde y el gobierno montó contra él una campaña de desprestigio, al punto que no hay biografías ni rastros de su existencia.

Su propio hermano lo denunció y la paciencia militar llegó a su límite. En el Hospital de Veteranos de Waco lo sometieron a baños helados y electrochoques, para curarlo de un trastorno ansioso y de esquizofrenia.

Nada cambió. Vivió muchos años entre tribunales y hospitales. Un día robó un cajero, pero no se llevó un centavo. Atracó oficinas de correos y al fin logró llamar la atención de la prensa y lo bautizaron como el “piloto loco”.

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Eatherly, a la izquierda, con un periodista, en 1959.

Pero nadie se enfrenta al poder y sale ileso.

La prensa lo acusó de traidor, alcohólico, ludópata y vicioso.

Según ellos, las fantasías de Eatherly surgieron porque no fue escogido para pilotar el Enola Gay, y por envidia con el General Paul Tibbets, un auténtico héroe que “duerme muy tranquilo todas las noches”, o de Joe Siborik, reponsable del radar, que dijo: “Solo era una bomba, aunque un poco más grande”.

¿Quién se creía Claude Eatherly para cuestionar el ideal del héroe de guerra?, y para arruinar un proyecto que costó dos mil millones de dólares y fue una advertencia a la Unión Soviética, para evitar su avance hacia Japón, en los albores de la Guerra Fría.

Su caso llegó a oídos del filósofo austríaco Günther Anders y este le ayudó a liberarse de los terrores, del dolor y de la culpa. Escribió el libro El piloto de Hiroshima , más allá de los límites de la conciencia, como testimonio de que la culpa es el único enemigo real del hombre.

Victoria puede ser, a su vez, sinónimo de derrota. Estamos en la primavera de 1959. Claude Robert Eatherly, ex piloto de combate, no ha levantado cabeza desde que terminó la Segunda Guerra Mundial.

Allí recibe una carta. El remitente es el filósofo alemán Günther Anders, que ha leído un reportaje sobre Eatherly en una revista y decide escribirle, impresionado por el drama íntimo de este hombre atormentado y, en opinión de Anders, perfectamente cuerdo.

«Que usted no haya podido superar lo sucedido es consolador. Y lo es porque demuestra que sigue intentando hacer frente al efecto de su acción; porque este intento, aunque fracase, indica que ha logrado mantener viva su conciencia, a pesar de haber sido una simple pieza del aparato técnico y de haber cumplido su función.»

«Debo decirle que su intento [de superar la tragedia] fracasará. ¿Por qué? Porque hacer daño a un hombre, pese a ser algo concebible, no es fácil de superar. Usted tiene la desgracia de haber dejado detrás de sí 200.000 víctimas. ¿Cómo iba a ser posible sentir dolor por 200.000 personas?

Por más que lo intentemos, el dolor y el arrepentimiento son impotentes», le advierte el filósofo en esa primera carta al manicomio. Eatherly le responde el 12 de junio. Es una epístola serena y profunda, impropia de un demente. «Desde que tengo uso de razón, siempre me he interesado vivamente por la cuestión de cómo se debe obrar y actuar.

No soy ningún fanático en temas religiosos ni políticos, pero estoy convencido de que la crisis en la que todos estamos inmersos exige que reexaminemos profundamente todo nuestro sistema de valores y lealtades.» Filósofo y ex combatiente intercambiarán 71 epístolas.

«No vio la explosión»

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Y aquí viene la otra versión.

Con las cartas de Anders y Eatherly ya publicadas, el pensamiento de éste comienza a hacerse público y a tener demasiado eco y comienza a extenderse la idea de que se trata de un elemento de riesgo que toma drogas y es un enfermo del juego; además de padecer esquizofrenia seguramente por el recor acumulado contra su ejército, que prefirió a Tibbets para pilotar el ‘Enola Gay’.

En 1964, el periodista y novelista estadounidense William Bradfords Huie echa por tierra algunos de los argumentos apuntados en el libro de Günther Anders con su obra ‘The Hiroshima Pilot: The case of Major Claude Eatherly who has been called The American Dreyfus’.

Asegura que éste continuó practicando para posibles futuras misiones de bombardeo nuclear en los años posteriores a la guerra y acusa al movimiento pacifistas de exagerar o inventar elementos de su historia en su propio interés. Insinúa además que el piloto pudo cooperar en este engrandecimiento del mito.

En este sentido, algunos han acusado a Eatherly y a Anders de intentar que se hiciera una película basada en su correspondencia para así cobrar ambos los derechos sobre el filme (que no llegó a hacerse).

Paul Tibbets, en su autobiografía ‘El vuelo del Enola Gay’ dice no entender el sentimiento de culpabilidad de su compañero, apoyándose en el hecho de que él ya había vuelto a la base cuando se produjo la explosión: No participó en el ataque y no vio la explosión de una bomba que supuestamente le ha perseguido durante muchas noches sin dormir».

Aunque quizá sea mucho decir que «no participó» en la tragedia de aquel 6 de agosto de 1945 cuando cincuenta minutos antes de que se formara el tristemente famoso hongo atómico era él quien estaba informando de que las nubes dejaban ver claramente el objetivo al que había que apuntar.

Ya sea una figura manipulada por los defensores de la causa antinuclear o un personaje perseguido por la sociedad estadounidense de la época, necesitada de héroes y no de arrepentidos, la historia de culpa, de sufrimiento y lucha que ha trascendido a Eatherly es lo que importa.

El poeta inglés John Wain escribió un poema dedicándole versos como éstos: «Su arrepentimiento no le quitará nuestra culpa / No lo castigamos por gritos o pesadillas / Nosotros lo castigamos por robar cosas de las tiendas» y «No digas nada de amor, o agradecimiento, o penitencia. / Di solamente ‘Eatherly, tenemos el mensaje'».

La autora estadounidense de origen nipón Katie Kitamura, colaboradora de ‘The New York Times’ y ‘The Guardian’, escribió en su libro ‘Japanese for Travellers: A Journey Through Modern Japan’: «Las verdades y los hechos se convirtieron en irrelevantes cuando Eatherly cesó su existencia humana ordinaria como un hombre construido a partir de la historia y comenzó su existencia casi divina como una creación de la necesidad pública».

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Claude Eatherly está enterrado en el cementerio de Houston. Paul Tibbets no quiso que quedara rastro de sus restos. Un amigo suyo, Gerry Newhouse, desveló que antes de morir, el comandante del ‘Enola Gay’ pidió que no hubiera funeral ni lápida en su tumba, ante el temor de que pudiera convertirse en lugar de peregrinación para antibelicistas.

Eatherly morirá en el manicomio en 1978, con 70 años. Nunca obtuvo el consuelo de que lo considerasen oficialmente culpable. Pero en 1959 recibió otra carta que alivió su carga. Estaba firmada por 30 jóvenes japonesas. Dice así. «Estimado señor: Todas nosotras somos chicas que, aunque tuvimos la suerte de escapar a la muerte, fuimos heridas en nuestros rostros y en nuestro cuerpo por las bombas atómicas. Nuestros rostros muestran cicatrices y heridas, y es nuestro deseo que esa cosa horrible a la que se llama “guerra” no se repita jamás. Hemos sabido que los sentimientos de culpabilidad lo atormentan y que ha sido internado en un psiquiátrico. Le escribimos para expresarle nuestra más profunda conmiseración y asegurarle que no sentimos odio hacia usted […]. Lo consideramos una víctima más.»

Nunca se liberó del laberinto de su soliloquio y tal vez aún sigue atado a la cabina del avión –como el Segismundo de la Vida es sueño – donde respira las cenizas de lo destruido, y un largo y solitario espacio lo rodea para siempre.

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