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Ghats de Varanasi, macabra tradición …


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marcianosmx.com/Rita Report(R.Abundancia)  —  Llueve en la ciudad sagrada y las pequeñas y empedradas calles que llevan a los ghats, esos muelles fascinantes a través de los cuales Benarés se asoma al Ganges y que conforman auténticos microcosmos, están húmedas y resbaladizas.

A pesar de todo, los  hombres que transportan el cadáver en una camilla improvisada y que llevan por todo calzado unas chancletas viejísimas, sucias y a punto de romperse no dan un paso en falso, no tropiezan ni resbalan aun cuando su andar es acelerado, acompañado de un cántico que ha perdido ya toda intención para convertirse en una murga incesante.

El humo es espeso alrededor del funeral público. Los ojos producen escozor y el aire está cargado con los olores de madera quemada, incienso, y – lo más preocupante – un aroma descrito como si fuera barbacoa de carne. Pilas de madera arden a lo largo de la rivera del rio, ocasionalmente avivadas por hombres o niños con el fin de mantenerlas encendidas.

Aquí y allá, sobresalen de los lotes apilados, una extremidad del cuerpo o la cabeza del difunto – se cree que su alma ha partido hacia el cielo. Este no es un lugar para las personas delicadas.

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Quizás antes las telas que hoy tapan al difunto y el anda que lo sostiene eran tules, brocados,  algodones indios con esos tintes de colores intensos, pero últimamente se han sustituido por ornamentos baratos de un material inclasificable, similar al de los adornos navideños que venden los bazares chinos, con ese brillo extra que podría divisarse desde un satélite espacial.

Tras dejar atrás un laberinto de callejuelas a las que ya casi nadie se asoma desde las ventanas o puertas, puesto que el espectáculo se ha vuelto algo cotidiano, la comitiva fúnebre llega a la explanada que conforma el ghat de Manikarnika.

India es el único país del mundo que ofrece la posibilidad de ver en vivo y en directo como los cadáveres van siendo devorados por el fuego, sin entrada ni recargo alguno.

La muerte, que tan vergonzosamente se esconde y censura en la mayor parte del mundo, aquí se pasea desnuda, hace un striptease, y seduce a su audiencia de tal manera que, tras el impacto de ver como un cuerpo se va consumiendo sobre las llamas, como alguien viene y le da la vuelta con un palo para que se haga del otro lado y hasta escuchar un ruido sordo que, según cuentan, es el que produce el cráneo al estallar, uno acaba volviendo a este lugar indescriptible, donde la muerte se exhibe sin pudor.

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Los Ghats de Varanasi son grandes pasarelas de piedra construidas en las orillas del rio sagrado de la India, el Ganges.

Durante siglos, la gente ha venido aquí para orar, meditar, bañarse y, como es sabido, incinerar a sus muertos. A pesar del carácter antiguo y sagrado del lugar, los visitantes deben esperar más un ambiente de mercado lleno de empujones y bullicio que un lugar para la meditación en silencio.

El más grande de los ghats para incinerar, el Manikarnika (donde se tomaron las fotografías), se cree recibe alrededor de 200 cremaciones funerarias en un solo día.

Los funerales en los Ghats de Varanasi son bien conocidos, la mayoría de los visitantes no sólo son conscientes de lo que pasa aquí, muchos vienen especialmente para observar este antiguo ritual – ya sea por curiosidad cultural o simplemente por morbosa fascinación.

El Manikarnika Ghat y Harishchandra Ghat son los dos ghats que se utilizan para las incineraciones funerarias en Varanasi. La leyenda dice que un antiguo rey hindú, Harishchandra, alguna vez trabajo en las tierras donde se encuentran los ghats (mas tarde uno fue nombrado en su honor) después de haber sido vendido como esclavo. En esos días, las tierras eran trabajadas por los miembros de la «intocable» casta Dom.

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Se cuenta que el trabajo era tan despreciable que los Doms lloraban cuando sus hijos nacían y se alegraban cuando uno de ellos moría – la muerte, representaba una liberación final de su desagradable vida.

Con visión impresionante para los negocios, los Doms han conseguido sacar lo mejor de las circunstancias, aparentemente adversas.

En Varanasi, controlan el negocio de las funerarias, y nadie puede ser incinerado sin antes haber pagado a los Doms por sus servicios. Se cree que los Doms se han enriquecido gracias a sus responsabilidades tradicionales, el actual ‘Dom Raja’ o líder, es descrito como un multimillonario.

Las hogueras se mantienen ardiendo hasta que solo quedan cenizas – pero sólo si los dolientes pueden darse el lujo de quemar la suficiente madera. Los ghats crematorios de Varanasi se derivan de la creencia hindú de que las personas cuyos restos sean sumergidos en el río sagrado Ganges después de la muerte se les garantiza una buena vida eterna.

Incluso las celebridades occidentales como George Harrison querían que sus cenizas fueran esparcidas aquí.

También se considera un lugar especialmente propicio para morir, aquellos que se bañan o rocían con agua del Ganges al momento de su muerte serán liberados del ciclo de reencarnación y muerte y vivirán en el paraíso por siempre.

Un entierro decente en general, cuesta entre 12 dólares y 71 dólares, pero los costos pueden variar ampliamente. Las familias pobres sólo son capaces de comprar una pizca de polvo de sándalo sagrado, mientras que los ricos pueden pagar por una pira entera de madera.

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El llanto en los funerales no está recomendado – en parte porque no es vista como una ocasión triste y en parte porque los fluidos corporales, como las lágrimas, se consideran contaminantes en los ritos religiosos.

Por esta razón, las mujeres han sido tradicionalmente excluidas de los rituales funerarios, el razonamiento es que son más propensos a llorar que el hombre.

Antes de situar el cuerpo en la pira funeraria (actualmente un sudario blanco), los familiares lo hunden rápidamente en el Ganges y luego lo frotan con manteca – esto último por razones religiosas, y, posiblemente, para que se queme mejor. Los hombres generalmente se colocan boca arriba en la pira mientras que las mujeres son incineradas boca abajo.

El hijo mayor o pariente de sexo masculino (la cabeza de duelo) por lo general enciende la madera, comenzando cerca de la boca, con una llama sagrada tomada de un templo cercano.

Es entonces cuando intervienen los Doms para supervisar que el fuego se queme de manera uniforme mediante la adición de paja y mantequilla clarificada, y pinchando con palos el cuerpo de ser necesario.

Una incineración de esta forma normalmente toma alrededor de tres horas y media para reducir el difunto a las cenizas.

Si los dolientes tienen suerte, el cráneo explotará debido al calor, según la creencia hindú, libera el alma al cielo. Si esto no sucede, le corresponde a la cabeza del duelo abrirlo él mismo una vez que el fuego se ha apagado. Toda una responsabilidad.

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A veces la gente más pobre no puede permitirse suficiente madera para quemar un cuerpo. En este caso las partes carbonizadas del cuerpo son simplemente arrojadas al río con las cenizas.

Ciertas personas, como los niños pequeños, mujeres embarazadas y hombres santos, no son incinerados en absoluto, sino que simplemente sus cuerpos son lastrados con piedras y se dejan caer en el Ganges. No es muy agradable para los abundantes bañistas alrededor de los ghats.

Como una solución al problema de que los restos humanos obstruyeran el Ganges, tortugas fueron criadas y liberados en el río, en concreto para comer cadáveres y huesos. Una buena idea, tal vez, pero es posible y muy común ver aún órganos y partes del cuerpo flotando por todo el río.

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Después de la cremación, los huesos restantes (por alguna razón, usualmente el hueso de la cadera para las mujeres y un hueso del pecho para los hombres) se tiran junto con las cenizas en el río.

Pero la muerte es también un negocio, y en esta ciudad de los más lucrativos. La casta de los intocables, la más baja de la India, es la única que puede ‘ocuparse’ de los muertos y, curiosamente, la más rica en Benarés, donde la clientela está siempre asegurada. Una cremación suele costar desde 10.000 rupias (127 euros), dependiendo, sobre todo, del tipo de leña que se utilice.

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Infinidad de troncos se apilan en las callejuelas adyacentes a Manikarnika, creando auténticos muros junto a pequeños templos o torreones, y formando un decorado de ciencia ficción. Enormes balanzas donde en un lado se pone la madera y en el otro al muerto, para así determinar la cantidad de leña necesaria para su incineración.

Una imagen tan potente que admitiría cualquier tipo de metáfora: la vida y la muerte, lo material y lo espiritual, el cielo y el infierno, la sabiduría y la estupidez humana…

Todo tiene cabida en la verdadera hoguera de las vanidades; donde, incluso después de muerto, todavía hay clases sociales y anatomías que arden mejor que otras.

Todo depende del dinero que uno esté dispuesto a desembolsar y así, los pobres compran leña húmeda (más barata) y los ricos de la seca; al mismo tiempo que todo tipo de aceites y sándalo, para perfumar la destrucción de esa carcasa con la que muchos identificaron su vana existencia.

Contrariamente a lo que se pudiera pensar, aquí no huele a carne quemada sino a incienso, a hoguera, a esencias, a excrementos de animales. Más que a muerte, en Manikarnika huele a humanidad.

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Todo este proceso transcurre en un rocambolesco escenario donde, a orillas del río, no faltan las vacas que comen los collares de flores que los difuntos ya no necesitarán; cabras ataviadas con camisetas, que intentan hacer otro tanto, niños que vuelan sus cometas entre los escombros y cenizas; hombres que discuten y regatean el precio final del sepelio, después de darle su último baño en el Ganges al que acaba de abandonar el mundo de los vivos.

Por todas partes pululan intocables cargados de troncos que mantienen las pequeñas hogueras sobre las que se colocarán a los muertos. Cuerpos perfectamente musculados, sin un atisbo de grasa y que se mantienen con el mínimo aporte calórico.

Anatomías que ni el mejor entrenador personal conseguiría jamás y que aquí las regala la escasez, el río sagrado, el karma, el Samsara.

Manikarnika no es lugar frecuentado por mujeres, excepto las extranjeras, ya que los indios consideran que el llanto, propio de los delicados espíritus femeninos, impide al alma desprenderse del cuerpo como es debido y comenzar su viaje.

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Visitar de noche este lugar es algo todavía más sobrecogedor porque las hogueras brillan en la oscuridad mientras, en un negro Ganges, las barcazas cargadas de leña esperan su turno para desembarcar. No está permitido sacar fotos en esta metáfora del averno, pero se sacan.

La tentación de intentar alcanzar lo imposible, plasmar en una imagen la encarnación de la muerte, es demasiado fuerte en la era de los móviles e Instagram. Otra cosa es que se consiga.

La figura del guía local, el cuentapropista que pretende sacarse unas rupias haciendo de comentarista de este show macabro, a modo de Dante en La Divina Comedia, es cada vez más numerosa en este ghat, y uno de los anzuelos que se tira al mar del marketing es el de prometer lugares discretos desde donde tomar las fotos prohibidas.

Tras varias visitas a Manikarnika, la muerte pierde su solemnidad para convertirse en un elemento cotidiano. Un observador atento puede saber ya cuándo la hoguera está preparada para recibir el cuerpo o cuando hay que darle la vuelta al cadáver para que las llamas lo consuman del otro lado.

Y desde luego, los sepelios ‘civilizados’ empiezan a parecer mucho más siniestros (como esas películas de terror psicológico, que dan mucho más miedo que los monstruos) y desprovistos de cualquier significado. En Occidente uno muere aséptica y anónimamente como, seguramente, vivió.

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Aquí, sin embargo, los muertos se funden, se disuelven con la vida y sus cenizas, sus micro partículas, viajan en el aire para depositarse en el pelo y entrar en las fosas nasales. Prácticamente, puede decirse que aquí uno está respirando la muerte.

Pero no solo lo que arde en Manikarnika es interesante, también lo son los personajes locales que pululan por sus alrededores. Gurús que prometen un acercamiento a la iluminación a precio de saldo, vendedores de bhang (marihuana) que ofrecen un atajo para alcanzar lo mismo en escasos minutos, jóvenes que te piden hacerse un selfie con ellos, como si fueras una estrella de cine, y personas con ganas de hablar e intenciones poco claras (no siempre oscuras).

A los indios les gusta acercarse a los desconocidos y mantienen todavía una cierta curiosidad infantil. Preguntan de dónde eres, cuántos días llevas en la ciudad o What is your cualification?

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Había un sadu instalado en el ghat que vestía un minúsculo tanga, recubría su piel con las cenizas del crematorio y robaba leños y brasas de las hogueras para calentarse.

A menudo estos ascetas, que eligen la vida austera para obtener la iluminación, cuentan también con muy mala leche, tienen un pésimo concepto del ser humano, se comunican por sonidos (evitan la palabra), gruñen y se rodean de perros y chacales, únicos seres en los que confían.

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