The New York Times(D.Overbye) — No hace falta consultar al hombre que da el pronóstico del clima para saber la dirección del viento en Júpiter. Basta la aguda vista del telescopio espacial Hubble, que nos ofrece un acercamiento a los nudos de nubes color caramelo y tormentas visibles en la faz del planeta más grande del sistema solar.
Cada año, el telescopio Hubble emprende una “gran gira” visual por Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno. NASA designa a este programa Outer Planets Atmospheres Legacy (Legado de la atmósfera de los planetas exteriores), cuyo propósito es darles una especie de reporte del clima cósmico a los científicos planetarios y astrónomos de la Tierra que les permita observar qué cosas han cambiado y lo que sigue igual.
El 18 de noviembre, la NASA reveló las fotografías correspondientes a la gran gira de este año. La galería de retratos de los planetas, con sus activas franjas, anillos etéreos, tormentas gigantescas y vientos embravecidos, es una muestra de la inagotable capacidad de la naturaleza para sorprendernos y cautivarnos. La NASA espera que los resultados ayuden a los científicos a comprender la dinámica de los planetas gigantes gaseosos, tanto en nuestro propio sistema solar como en otras estrellas, y les ayuden a comprender un poco mejor cómo funciona la atmósfera de la Tierra.
Además, los planetas son bonitos.
La característica más destacada de la cubierta de nubes de Júpiter es la Gran Mancha Roja, un anticiclón más grande que la Tierra que no ha dejado de rotar desde hace más de 150 años, a velocidades que rondan los 640 kilómetros por hora. Las nuevas observaciones muestran que los vientos del centro de la tormenta siguen perdiendo velocidad, mientras que los que se encuentran en el borde exterior están acelerando. Poco a poco, la mancha ha ido cambiando de forma, de óvalo a círculo, además de que aparecieron nuevas tormentas al sur de ella.
Era el principio del otoño en el hemisferio norte de Saturno, cuando el telescopio Hubble hizo su observación de este año. Un huracán misterioso de seis lados reapareció alrededor del polo norte del planeta. La sonda espacial Voyager detectó por primera vez esta tormenta, con el tamaño suficiente para engullir a cuatro planetas como el nuestro, a principios de los años ochenta. El año pasado casi no se podía observar, pero este año ha reaparecido.
En Urano, que está más alejado, es primavera. Urano sigue su órbita alrededor del Sol ligeramente inclinado con respecto a los demás planetas, así que la región correspondiente a su polo norte apunta directamente hacia el Sol. En consecuencia, las latitudes norte del planeta están bañadas en luz ultravioleta solar y resplandecen como una bombilla. Los investigadores sospechan que ese brillo se debe a cambios en la concentración de gas metano, un componente importante de la atmósfera de Urano, y esmog, así como a los patrones del viento alrededor del polo.
Neptuno nos atrae con el seductor azul intenso del océano. Por desgracia, ese color no es agua sino metano. En el octavo planeta del sistema solar también son muy comunes las tormentas, regiones de presión alta que parecen manchas oscuras difuminadas o moretones en su superficie. Su descubrimiento se registró en 1989, cuando la sonda Voyager 2 pasó por Neptuno, pero no volvieron a ser vistas hasta unos años después, cuando el telescopio Hubble asumió el cargo de centinela cósmico en los años noventa.
Por lo regular, estas tormentas aparecen en las latitudes medias y se desplazan hacia el ecuador del planeta, donde se debilitan y luego se desintegran. En 2018, el Hubble reveló en el hemisferio norte de Neptuno una enorme mancha oscura que se desplazaba en dirección sur hacia la “zona de la muerte” del ecuador.
Sin embargo, dos años más tarde, para sorpresa de los astrónomos y en contraste con las simulaciones por computadora, la tormenta había cambiado de dirección y estaba regresando al norte. Por si esto fuera poco, el cambio en reversa coincidió con la aparición de otra tormenta nueva, un poco más pequeña, llamada “Dark Spot Jr.”, al sur. La teoría propuesta fue que tal vez una parte del vórtice grande se había desprendido, lo que le había restado energía e ímpetu, como si se tratara de una especie de juego de billar cósmico.
“Fue muy emocionante ver que se comportaba como se esperaba y luego, de repente, verla detenerse e ir de regreso”, comentó Michael Wong, investigador de la Universidad de California, Berkeley, en una conferencia de prensa de la NASA el año pasado. “Fue sorpresivo”.
En el retrato más reciente de Neptuno, la gran mancha oscura todavía aparece en el norte. En cambio, la otra ya desapareció, y toda la región del polo norte está oscura. Los encargados del pronóstico del clima en Neptuno todavía no tienen ninguna explicación.
Disfruten estas postales cósmicas mientras duren. El telescopio espacial Hubble lleva más de 30 años en el espacio, mucho más de lo que se planeó en un principio, y últimamente ha tenido problemas más frecuentes. Este año, el telescopio tuvo tres apagones prolongados debido a problemas de software.
No obstante, es posible que pronto tengamos buenas noticias sobre el lanzamiento del telescopio espacial James Webb, programado para diciembre. El telescopio Webb es casi tres veces más grande que el Hubble. Está diseñado para captar radiación infrarroja, o “de calor”, en vez de ondas del espectro visible, lo que significa que podrá ver a través de las nubes y neblinas de estos planetas y trazar mapas del calor en las zonas debajo de ellas, lo que ayudará a revelar cómo funcionan estos planetas. De cualquier manera, si todo sale bien —aunque no siempre ha sido el caso—, los astrónomos bien podrían tener por un tiempo dos métodos complementarios para estudiar ese espacio.
Y este fue el reporte del clima desde los planetas exteriores. Hay corrientes de viento, y más vale llevar el bloqueador de luz solar más potente a Urano.
Yahoo Noticias(A.López) — Entre finales del siglo XVI y mediados del XIX, en diversos lugares del planeta se estuvo realizando un castigo ejemplarizante que consistía en vestir a los borrachos y rufianes con un barril y hacerlos pasear por las calles de la población como escarnio y mofa pública.
Este tipo de sanción era muy similar a la utilizada durante la época en la que ejerció la Santa Inquisición y que dio origen a la famosa expresión ‘Colgar el sambenito’(tela en forma de saco o túnica que se colocaba a los reos y con los que se le paseaba). En esta otra ocasión se usaba una especie de barril al que se le hacía una serie de agujeros en la parte superior (para meter la cabeza), en los laterales (para los brazos) y sin la base inferior (por donde asomaban las piernas).
Diversos son los nombres que se le ha dado a lo largo de la historia a esos barriles, siendo los más comunes los de ‘drunkard’s cloak’ (capa del borracho), ‘Newcastle cloak’ (capa de Newcastle, debido a que en esta población inglesa se extendió y popularizó su uso), ‘Spanish Mantle’ (traducido como ‘manto español’, una denominación que se le dio en algunos países del centro y norte de Europa y que, casualmente no en España, donde no existe información sobre su uso), ‘Schandmantel’ o ‘Schandtonne’(denominación en alemán y que se traducen como ‘manto de la vergüenza’ y ‘barril de la vergüenza’ respectivamente).
Los delitos o faltas que podía haber cometido una persona que era castigada a vestir uno de esos barriles era muy variado y podía ir de ser un borracho reincidente o beber alcohol en periodo o lugares en los que estaba prohibido hacerlo (como durante los once años, entre 1649 1660, de la república inglesa denominada Mancomunidad de Inglaterra y liderada por el denominado Lord protector, Oliver Cromwell).
También los vagabundos, delincuentes y rufianes de poca monta, a quienes habían pillado blasfemando o cazadores furtivos fueron perseguidos y condenados a pasearse por las calles con un barril e incluso se dieron casos de castigar a mujeres que ejercían la prostitución callejera en aquellos lugares donde no estaba permitido. Todos ellos eran conducidos por un aguacil, quien iba anunciando a los ciudadanos de la presencia del reo vestido con el barril del escarnio, siendo objetos de burla y mofa por parte de sus propios vecinos.
Se daban casos en los que no solo se burlaban de ellos, sino que se les lanzaban objetos (normalmente algún tipo de hortaliza) e incluso de les colgaban letreros donde se había escrito previamente algún insulto.
Se tiene constancia del uso de los barriles de la vergüenza hasta bien entrado el siglo XIX, existiendo alguna crónica, localizada en los Estados Unidos en 1862, en la que se describía cómo se había castigado de ese modo a un tipo que andaba holgazaneando.
Cada lugar tenía su propio diseño del barril, pudiendo encontrar que algunos incluso iban provistos en su interior con espinas de alambre con las que aquel castigo se convertía en una tortura.
Cabe destacar que la visión de un individuo portando uno de aquellos barriles de la vergüenza se convirtió en sinónimo de ser alguien desgraciado y con mala suerte y, con el paso de los años, aquella imagen acabó representando la pobreza y desesperación, siendo utilizada por los ilustradores y viñetistas de principios del siglo XX para representar a alguien que se había arruinado económicamente (sobre todo a partir del Crack de 1929 y el periodo conocido como la ‘Gran Depresión’) y denominándolo como ‘Bankruptcy barrel’ (Barril de la quiebra).
La cureña con los restos de John Fitzgerald Kennedy camino al cementerio de Arlington en Washington DC. Se calcula que un millón de personas acompañaron el cortejo fúnebre
Infobae(A.Amato) — Fue el crimen del siglo y el funeral del siglo. Y una más, en la larga lista de coincidencias que unieron la vida y muerte de John Fitzgerald Kennedy, 35 presidente de Estados Unidos, y la vida y la muerte de su presunto asesino, Lee Harvey Oswald. Porque en el mismo instante en que Kennedy era enterrado con todos los honores en el cementerio nacional de Arlington, en Virginia, vecino a Washington DC, a 1952 kilómetros de distancia, en Forth Worth, Texas, también era enterrado su matador, o el hombre al que culparon de haber disparado cuatro balazos contra Kennedy en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963, desde el sexto piso del Depósito de Libros escolares de la ciudad.
De aquel crimen pasaron ya cincuenta y ocho años y la única certeza sobre el asesinato es que está, estuvo y estará rodeado de dudas, sospechas y confusión. También de extravagancias. A todo lo mezcló el azar y sus caprichos, como el círculo que quedó cerrado con dos ceremonias fúnebres tan diferentes, tan opuestas y tan dramáticas que sellaron a su modo cuatro días tremendos de aquel noviembre trágico.
Kennedy fue asesinado en la Plaza Dealey cuando la caravana presidencial lo llevaba al centro comercial de Dallas para un almuerzo en el que iba a fijar en un discurso su política de paz, con los ojos puestos en Cuba: había pasado un año y un mes desde la crisis de los misiles soviéticos en la isla manejada por Fidel Castro, que habían puesto al mundo al borde de una guerra nuclear.: “(…) Una abrumadora fuerza nuclear no puede detener una guerra de guerrillas. (…)
Los Estados Unidos son una nación pacífica. Y donde nuestra fuerza y determinación son claras, nuestras palabras solo necesitan transmitir convicción, no beligerancia. Si somos fuertes, nuestra fuerza va a hablar por sí misma. Si somos débiles, las palabras no serán de ninguna ayuda”.
Los Kennedy en el funeral de JFK. Edward, Caroline (que tenía 6 años), Jackie, Robert y el pequeño John John, que tenía 3 años, y saludó a su padre haciendo la venia
Nada de esto fue dicho, truncado todo por los balazos que destruyeron la cabeza del presidente. A la una de la tarde, fue declarado muerto en el Parkland Hospital de Dallas. Poco después, con el ataúd ya embarcado en el avión presidencial, su sucesor, Lyndon Johnson juraba en la cabina del Air Force One, junto a la viuda de Kennedy, Jacqueline Bouvier que se empeñó en vestir el mismo modelo de Chanel, color rosa, ensangrentado por la carnicería desatada en el Lincoln presidencial que también había herido al gobernador de Texas, John Connally.
Como autor de los disparos fue acusado Lee Harvey Oswald, un personaje enigmático, ex marine, de pésima puntería, que había dejado de lado la ciudadanía americana y emigrado a la URSS, había vivido en Minsk y se había casado allí en 1959 con Marina Prusakova. La pareja, Oswald había regresado con su mujer a Estados Unidos, tenía dos hijas pequeñas: June Lee, que había nacido el 15 de febrero de 1962, y Aubrey Marina Rachel, que nació el 20 de octubre de 1963, un mes y dos días antes de los balazos de Dallas. Oswald, que era un empleado del Depósito de Libros y estaba en el edificio en el momento de los disparos contra Kennedy, logró salir, lo consideraron inofensivo, y se marchó a su casa.
Allí lo fue a buscar un patrullero con el oficial J. D. Tippit al volante. Al parecer conversaron ambos muy tranquilos, un breve diálogo, pero cuando Tippit bajó del auto Oswald lo mató de cuatro balazos. Huyó al centro de Dallas y se metió en un cine donde fue apresado por la policía, acusado del asesinato del policía. Y sospechoso de haber baleado a Kennedy. Lo llevaron al departamento central de policía de Dallas, donde pasó la noche.
Esa noche, la del 22 al 23 de noviembre, el cadáver de Kennedy estuvo en el hospital militar de Bethesda, Maryland, para una autopsia que, como todo en el caso Kennedy, estuvo y está cuestionada.
Ese día 23, el flamante presidente Johnson firmó su primera proclamación presidencial: declaró el 25 de noviembre como un día de luto nacional para que Kennedy, que tenía 46 años, había sido el primer presidente de Estados Unidos nacido en el siglo XX, el más joven en llegar a la Casa Blanca y el primer católico en ocupar ese cargo, fuese enterrado con honores militares. En Dallas, mientras tanto, Oswald era interrogado sobre su participación en el asesinato de Kennedy: en el Depósito de Libros había aparecido un fusil Mannlicher Carcano que Oswald había comprado por correo bajo el falso nombre de A. J. Hidell. En uno de sus caminatas desde la celda del Departamento de Policía a la sala de interrogatorios, los periodistas, que le acercaron sus micrófonos y le lanzaron preguntas en el marrullero idioma de la urgencia, le oyeron decir: “I’m a patsy” (”Soy un chivo expiatorio”).
Las autoridades decidieron que, al día siguiente, domingo 24 de noviembre, Oswald fuese trasladado a la cárcel.
Clinton Hill, custodio del presidente Kennedy, se abalanza sobre el automóvil para proteger a la primera dama, Jackie
El domingo 24 Kennedy fue instalado en la Rotonda de Capitolio, el edificio que lo había visto en sus años de senador jovencísimo por Massachusetts. Cerca de doscientas cincuenta mil personas desfilaron ante el ataúd cubierto por la bandera, custodiado veinticuatro horas por soldados de las fuerzas armadas a las que Kennedy había servido en la marina durante la Segunda Guerra, en el Pacífico, servicio por el que había sido condecorado. Fue el primer funeral transmitido en directo por las cámaras de una televisión en expansión, a la que Kennedy había contribuido a crecer con sus periódicas conferencias de prensa.
Había un detalle por decidir: ¿adónde iba a ser enterrado el presidente? Sus colaboradores cercanos propusieron su estado natal, en especial la ciudad de Boston. Kennedy había nacido el 29 de mayo de 1917 en Bookline, en el 82 de la calle Beals, un barrio cercano al centro de la ciudad y, fiel a las tradiciones, se había graduado en Harvard en 1940. Pero sus íntimos conocían un anhelo de Kennedy.
Su hermano Robert, su cuñado, Sargent Shriver y el secretario de defensa, Robert McNamara habían seguido al presidente en una visita no programada al cementerio de Arlington, en marzo de ese mismo año. Kennedy había quedado maravillado por el paisaje del río Potomac y sus alrededores que ofrecía una gran mansión, en lo alto de una colina: “Esto es tan hermoso que podría quedarme aquí para siempre”, dijo entonces el presidente.
Robert Kennedy toma la mano de Jackie, mientras una guardia de honor hace descender el féretro del asesinado presidente, cubierto por la bandera de los Estados Unidos
La mansión, de estilo renacentista griego, fue del general confederado Robert E. Lee, que combatió a las fuerzas del norte en la sangrienta Guerra Civil librada entre 1861 y 1865. Sobre el final de la guerra, y ya con Lee en el sur, las autoridades del Norte dispusieron que los alrededores de esa mansión fuesen usados como gran cementerio.
Guiaban la decisión dos razones: había muchos muertos para enterrar y el camposanto negaría toda posibilidad al general Lee de reclamar su antigua propiedad. Fue Robert McNamara, según reveló en el fantástico documental “The fog of war”, de Errol Morris, ganador del Oscar al mejor documental en 2003, quien eligió el sitio donde hoy está enterrado Kennedy, al pie de aquella mansión.
La tarde del 24 de noviembre, Jackie Kennedy visitó Arlington y dio el sí final: “Está bien aquí. Jack pertenece al pueblo”.
Más o menos a la misma hora en que se tomaban estas decisiones, en el Departamento Central de Policía de Dallas todo estaba listo para el traslado de Oswald a la cárcel estatal. En el subsuelo lo esperaba un patrullero, estacionado de culata hacia los ascensores del edificio.
De uno de ellos bajó Oswald, esposado, tomado por los brazos por los detectives James Leavelle, de clásico sombrero Stetson blanco, y L. C. Graves, con sombrero negro. Caminaron el breve tramo que los separaba del auto policial, pero antes de llegar una sombra veloz se interpuso en el camino de los tres y disparó contra Oswald que se desplomó con un grito de dolor.
El autor del disparo, también con sombrero negro, era Jack Ruby, Jacob León Rubenstein en la vida real, un conocido hampón de medio pelo, dueño de un local de strip tease, conocido de la policía, de la que también era informante.
Lo detuvieron mientras Oswald era trasladado, con llamativa demora, al hospital. Murió a la una y siete minutos de la tarde, cuarenta y ocho horas y siete minutos después que Kennedy, en el mismo hospital y en el shock room vecino al que había muerto el presidente.
El asesinato de Oswald, en la casa y frente a las narices de la policía, no sólo fue el primero en ser transmitido en directo por televisión, sino que cerró también toda posibilidad de investigar una eventual conspiración de para asesinar a Kennedy, que hoy se asume como un crimen de Estado.
Lo que argumentó Ruby no lo creyó ni él: dijo que admiraba tanto a la esposa del presidente, que quiso ahorrarle la humillación y el dolor que podría haberle causado un juicio al asesino de su esposo. A Jackie Kennedy le informaron enseguida de los hechos de Dallas: el asesino de su esposo había sido asesinado: “Otro acto de barbarie”, murmuró
Lee Harvey Oswald, a quien acusaron por la muerte de Kennedy, es escoltado por dos guardias instantes antes que Jack Ruby lo asesinara a balazos
Así fue como el 25 de noviembre un dolido funeral, seguido por las cámaras de televisión, por más de un millón de almas que se agolparon en la ruta que va de Washington a Arlington para rendir homenaje a Kennedy, junto con dignatarios y representantes de noventa y nueve países, contrastó con el patético entierro de su presunto asesino en Forth Worth, Texas.
Una cureña arrastrada por caballos llevó el ataúd de Kennedy desde el Capitolio hasta la catedral católica de San Matthew para una misa de réquiem. Fue a la salida de esa misa cuando quedó registrada la escena símbolo de aquellos días, y también la de una época: John-John Kennedy, el hijo menor del presidente, se adelantó un paso a su madre enlutada, e hizo el saludo militar a su padre.
Ese día, John-John cumplía tres años. Había nacido en 1960, diecisiete días después de que su papá fuese electo presidente: noviembre fue para Kennedy el mes de su gloria y su tragedia. El chico era zurdo, le gustaban los helicópteros y le maravillaban los desfiles y las salvas de veintiún cañonazos tradicionales en esas ceremonias. Pero hacía la venia con la mano izquierda. El que le enseñó a saludar con la mano derecha, sin sospechar la tragedia que se avecinaba, fue el agente del servicio secreto Clinton Hill, que tenía a su cargo la custodia de la primera dama y la de sus hijos.
Hill es el agente que corre detrás del Lincoln presidencial en Dallas y obliga a Jackie, trepada en el baúl, a volver al asiento para después cubrir con su cuerpo los de la pareja presidencial, Kennedy caído ya sobre el asiento, herido de muerte. Cuando tres días después, cerca de las escalinatas de St. Mattehw, mientras la cureña con el ataúd pasaba frente a ellos, Jacqueline Kennedy se inclinó hacia su hijo pare decirle: “Ahora podés saludar a papá como querías”, John-John hizo lo que el agente Hill le había enseñado.
En Texas, mientras tanto, Paul Groody tenía por delante una dura tarea. Era el director de la funeraria Miller y tenía que enterrar a Oswald. Mintió a los enterradores, les dijo que la tumba que cavaban era para un viejo vaquero de 75 años; encargó un par de coronas a nombre de Bobo para evitar cualquier intento de robo o de profanación del cadáver más odiado de los Estados Unidos.
El de Oswald era, también, el cadáver más custodiado: ocho agentes de la policía texana, que no había podido evitar su muerte, custodiaban ahora sus restos junto a dos unidades de perros. Groody había tenido la precaución de retirar el cadáver de Oswald del Parkland Hospital en la medianoche del 24 de noviembre, y había preparado un funeral para el día siguiente, una cosa modesta y rápida para que despidieran al muerto su viuda, Marina, su madre, Marguerite y su hermano Robert.
La agonía de Lee Harvey Oswald, trasladado en ambulancia. Moriría poco después
Pero la seguridad no era el único drama de Groody: no había nadie dispuesto a celebrar el funeral, a decir una oración última por aquel hombre. En realidad, hubo dos pastores luteranos que sí aceptaron en principio. Pero dijeron que no cuando se enteraron que la ceremonia sería al aire libre: temían a los francotiradores. Groody preparó todo para las cuatro de la tarde.
Y se sumaron los problemas. Marina llegó con June en brazos, una chica preciosa de un año y nueve meses. Y la madre de Oswald, que murió en 1981, tenía en brazos a la pequeña Aubrey, de un mes y cinco días. El único hombre con las manos libres era Robert Oswald, hermano del muerto. No había quien cargara el ataúd, de modo que recurrió a las únicas personas que sí habían aparecido en el cementerio: los periodistas.
Habló primero con Preston McGraw, a quien conocía, y quien aceptó dar una mano, que era lo que se le pedía. Michael Cochran, de Associated Press, que primero había dicho que no, aceptó ahora para acompañar a su colega McGraw. Otro periodista, Jerry Flemmons, también dijo sí con una lógica sangrienta de corresponsal veterano: “Si queremos escribir algo sobre el entierro de Lee Harvey Oswald, vamos a tener que enterrar al hijo de puta nosotros mismos”.
Otro profesional, Jack Moseley, que había aceptado unirse a sus colegas, y lo hizo en principio, soltó el ataúd a mitad de camino: dijo que no podía llevar el cuerpo del asesino de Kennedy. En total, siete reporteros cargaron a Oswald hasta su tumba. Las fotos los muestran con una mano en el manillar del féretro y, en la otra, sus libretas de apuntes.
El sacerdote que, pese a todo, aceptó decir algo fue el reverendo Louis Saunders. Fue breve y obvio: “La señora Oswald me dice que su hijo, Lee Harvey, era un buen chico y que le quería. Y hoy, Señor, te entregamos su espíritu a tu divina gracia”. Luego se abrió el ataúd para permitir la despedida familiar y enterraron a Oswald para siempre. O casi.
En Arlington, desbordaba la emoción. Los cronistas de la ceremonia destacaron que, a lo largo de toda la ruta hacia el cementerio de los héroes militares de Estados Unidos, los únicos sonidos que podían registrar eran los de la cadencia acompasada de los tambores, el hueco sonido de los cascos de los caballos, uno de ellos, con las botas colocadas al revés y a cada flanco, era el del presidente, y los sollozos ahogados de la multitud.
En el atardecer otoñal, Kennedy fue enterrado al pie de la casa de Lee y Jacqueline Kennedy encendió una llama eterna en su memoria.
Marina Oswald, la viuda de Lee Harvey Oswald, rodeada por su suegra, su cuñado y sus pequeñas hijas junto al féretro del presunto asesino de Kennedy. Los periodistas que cubrían el entierro debieron llevar el cajón: no había nadie más
Sobre la tumba de Oswald se colocó una placa con su nombre completo y la fecha de su nacimiento y muerte. La placa fue robada y reemplazada por otra en la que se lee su apellido. Su madre, Marguerite, fue enterrada junto a él en 1981, ocasión en que se exhumó el cadáver de Oswald para certificar que se trataba de sus restos y no de los de un doble, una de las tantas derivas de las teorías conspirativas sobre el asesinato de Kennedy. Las pruebas dentales dijeron que sí era Oswald.
Los restos fueron enterrados en un ataúd nuevo porque el original había sido dañado por el tiempo y la humedad. Pero ese cofre no se destruyó: fue rematado en 2010 por 87.468 dólares. Robert Oswald recurrió a la justicia que obligó a la funeraria a devolverle el original junto con una compensación económica.
A lo largo de cincuenta y ocho años, junto a John Kennedy descansan en Arlington Jacqueline, su mujer, que murió en 1994; Arabella Kennedy, una beba que nació muerta en agosto de 1956; Patrick Bouvier Kennedy, un chico que vivió sólo dos días, del 7 al 9 de agosto de 1963 y que fue el cuarto hijo de la pareja. Robert Kennedy, hermano del presidente, asesinado en 1968, está enterrado a pocos metros. Edward Kennedy, que murió en 2009, también está enterrado a metros de sus hermanos. John-John Kennedy, de 38 años, y su mujer, Carolyn Bessette, murieron cuando el avión que piloteaba el propio John se estrelló cerca de la isla Martha Vineyard en Massachusetts. La familia decidió dejar los restos en el mar.
La llama eterna que Jacqueline Kennedy encendió en Arlington en memoria del presidente asesinado, todavía arde.
Todos somos Weener. La sentencia que abre el libro es una mirada escéptica sobre la naturaleza humana
Wall Street International Magazine(G.G.Rodríguez) — Los acuerdos mundiales para contrarrestar el cambio climático avanzan a cuentagotas, como quedó en evidencia con la COP-26 celebrada en Glasgow. No hay mayor optimismo de cara a las próximas reuniones y las previsiones sobre el futuro del planeta se tiñen de un pesimismo de paisajes de desertificación, pequeños estados isleños sepultados por el aumento del nivel de los océanos, gigantescos bloques de hielo flotando a la deriva, exterminio acelerado de especies de la flora y la fauna y un largo etcétera de catástrofes ecológicas y humanitarias.
La escritora y periodista española Rosa Montero, que ha incursionado en la literatura de anticipación como émulo de Philip Dick, creó la saga de la detective replicante Bruna Husky, que ya acumula tres entregas. En la primera (Lágrimas en la lluvia, 2011), ambientada en 2109, encontramos a Melba, una osa polar artificial que bioingenieros construyeron con reservas genéticas del ADN de sus antepasados desaparecidos definitivamente alrededor del año 2050.
La distopía, como antítesis de la utopía, es más que un recurso narrativo que busca vender exageraciones y mundos futuros catastróficos. A veces las predicciones literarias superan a las proyecciones científicas o, al menos, prefiguran escenarios donde valen también sus miradas sobre la evolución, o involución, de la naturaleza humana, sus pasiones y ambiciones proyectadas a héroes, o antihéroes, individuales, a la sociedad e incluso a los modelos políticos.
1984 de George Orwell, la novela distópica por excelencia, fracasó aparentemente en todas sus profecías, aunque sin duda el escritor británico no jugó a la lectura del porvenir, sino que más bien trazó la síntesis del nazismo alemán y el estalinismo soviético como una alerta contra los sistemas totalitarios y la anulación de la libertad y del ser humano. Sin embargo, para muchos observadores 1984 fue propiamente un «año orwelliano», donde recrudeció la Guerra Fría, los países pobres se empobrecieron más de la mano de la deuda externa y adquirió vigor el socavamiento del multilateralismo y la cooperación internacional.
Profético igualmente Orwell con respecto al advenimiento del Gran Hermano, que se instalaría pocos años después con la masificación de Internet, sin el rostro hosco e impenetrable del personaje de la novela, sino más bien tras la amable y filantrópica sonrisa de Bill Gates, que convirtió al computador personal en la versión consumista, pero igualmente dominadora, de las pantallas de vigilancia de 1984.
Orwell, fallecido en 1950, publicó la novela en 1949. Dos años antes, en los Estados Unidos apareció Más verde de lo que creéis (Greener tan you think), considerada otro ejemplo relevante de la narrativa distópica y además una de las primeras novelas ecologistas, en una época en que las temáticas ambientales no estaban en el centro de las preocupaciones como ocurre hoy.
Precisamente la COP-26 y los otros esfuerzos infructuosos de la comunidad internacional por detener el deterioro del planeta, le dan una especial actualidad a esta narración escrita hace ya 74 años.
Su autor, Ward Moore (1903-1978), era nieto de un empresario judío-alemán emigrado a Estados Unidos. Escribió seis novelas, además de cuentos, críticas y artículos periodísticos. Su libro más difundido fue Lo que el tiempo se llevó (título original: Bring the Jubilee) de 1953, una narración ucrónica, o de historia alternativa, ambientadas en unos Estados Unidos donde la Guerra de Secesión fue ganada por el Sur. La traducción al castellano fue publicada en España en 1985.
Tal vez Moore influyó en otro de los ejemplos más notables de ucronía, la novela El hombre en el castillo, que Philip Dick publicó en 1962, donde el Eje ha triunfado en la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos está dividido en dos zonas de ocupación: Alemania en el este y Japón en el oeste, con una franja intermedia neutral y atrasada.
Más verde de lo que creéis ha tenido dos ediciones en español. La primera, en traducción de José María Aroca, fue publicada en 1977 por Acervo, una casa editorial catalana ya desaparecida, especializada en ciencia ficción, cuyas oficinas estaban sintomáticamente situadas en la calle Julio Verne, de Barcelona. En 1986, otra editorial catalana, Orbis, también desaparecida, publicó nuevamente la traducción de Aroca.
«Ni la vegetación ni las gentes de este libro son enteramente ficticios. Pero, lector, ninguna persona retratada aquí es usted. Con una sola excepción. Usted, señor, señorita o señora –sea cual sea su país o su situación– es Albert Weener. Tanto como yo soy Albert Weener». Este es el provocativo epígrafe con que se abre la obra y nos coloca ante su protagonista, que es a la vez el narrador en primera persona de Más verde de lo que creéis.
Se trata de un vendedor puerta a puerta de Los Ángeles, avecindado en el distrito de Hollywood, que acude un día a ofrecer sus servicios respondiendo a un aviso en la prensa. Se encuentra con J. S. (Josephine Spencer) Francis, una científica autodidacta, que ha desarrollado un «metamorforseador», un compuesto capaz de alterar la estructura básica de los vegetales y posibilitarles el aprovechamiento de los elementos naturales a su alcance para crecer sin necesidad de abonos artificiales.
J. S. Francis está convencida de que su invento podrá multiplicar la producción de trigo, maíz y otros alimentos aún en los terrenos más estériles para acabar así con el hambre en el mundo. Contrata a Weener y lo equipa con la bomba que contiene el «metamorfoseador», unida a tres metros de manguera, con la instrucción de que vaya a venderlo a las granjas de agricultores.
De la noche a la mañana, el césped se torna verde y vigoroso y no para de crecer
Pero a nuestro personaje eso le parece un trabajo excesivo e inútil. Opta por ofrecer el producto a los vecinos para que mejoren el césped de sus antejardines. Finalmente, llega donde la señora Dickman y tras hacerle notar el deplorable estado de su jardín y luego de un largo regateo sobre el precio consigue inocular el pasto con el compuesto. Y ahí empieza a desatarse la tragedia.
De la noche a la mañana, el césped se torna verde y vigoroso y no para de crecer. Con una voracidad incontrolada se traga literalmente la casa de los Dickman, que son rescatados en una operación de emergencia. Y así, va devorando la manzana, el barrio, luego la ciudad, más tarde se extiende por todo el país, cruza fronteras, ríos, zanjas naturales y artificiales, absorbe continentes, mares y no frena jamás su avance por todo el planeta.
En sus casi 300 páginas y seis capítulos el libro narra la incontrolable expansión de la hierba, contra la cual fracasan todos los recursos científicos y bélicos, desde lanzallamas, tanques, explosivos, bombardeos de sal y un sinfín de intentos. Todo esto en un caos permanente de cierres de empresas, agotamiento de petróleo, saqueos, violaciones, robos, especulaciones e incluso un rocambolesco intento soviético de invadir los Estados Unidos. No faltan las sesudas audiencias judiciales, los inútiles simposios científicos ni los fracasos de los gobiernos.
Weener, en tanto, no solo cobra fama como el involuntario iniciador del desastre, sino que esa misma condición le reporta ganancias que con ingenuidad invierte en la bolsa, en títulos de una empresa de alimentos concentrados, sumida en la decadencia. Un golpe de suerte, en medio de la progresiva debacle mundial, dispara la cotización bursátil de la empresa y nuestro ingenuo, ignorante y vanidoso vendedor se convierte en multimillonario, dueño de cadenas de fábricas e incluso de un periódico.
Una genialidad de Moore es haber retratado en su antihéroe a un self made man, dotado de intuición por todo lo que carece de cultura e inteligencia.
El perfecto hombre de empresa, el gran burgués insaciable que ya en 1947 simboliza la razón de ser de las corporaciones: crecer incesantemente, comprar, invadir y absorber todo al igual que la hierba.
Todos somos Weener. La sentencia que abre el libro es una mirada escéptica sobre la naturaleza humana, porque nuestro personaje-narrador se desliza en su propia historia de la mano del autoengaño, donde proclama gestos de bondad que a la postre son trucos para mayores ganancias. Un personaje solitario, incapaz de amar, que en contados pasajes de la novela se subyuga por una misteriosa y hermosa mujer de apariciones fugaces, como un ángel.
Porque si el desierto invade la Tierra, será de la mano del egoísmo inspirador del lucro que lleva a relativizar el calentamiento global y a hacer fracasar las cumbres ambientales. Y este desierto también puede ser verde, como en la distopía de Ward Moore, cuando observamos la deforestación de la Amazonía para dar lugar a grandes plantaciones de soya transgénica, o la eliminación de bosques nativos en el sur de Chile reemplazados por coníferas que destruyen los hábitats de plantas, insectos, reptiles y mamíferos.
La familia Clutter vivía en una granja en el pequeño pueblo de Holcomb. Los asesinos creyeron que guardaban en una caja fuerte 10 mil dólares. No los encontraron. Para no dejar testigos, los masacraron
Infobae(A.Amato) — Eran dos desgraciados, dos desesperados que en vez de bracear contra la corriente de una vida miserable, decidieron matar. En 1959, Richard Hickock y Perry Smith eran carne de prisión, compañeros de celda en la cárcel estatal de Kansas, Estados Unidos. Hickock por librar cheques sin fondos, por fraudes menores y por pederasta. Smith, un tipo sin educación formal, estaba a punto de terminar una condena por robo a mano armada.
Un recluso amigo, Floyd Wells, les dio el dato de su vida: había un granjero en las afueras de Holcomb, un pequeño pueblo no demasiado lejos de la cárcel de Garden City donde estaban encerrados, que guardaba una fortuna en dólares de la época: diez mil. Estaban en una caja fuerte de la casa, que se levantaba en medio de la granja. El apellido del granjero, Clutter. El golpe era una papa para los dos desgraciados. Ni bien obtuvieron la libertad condicional, decidieron ir a la granja de los Clutter, alzarse con los dólares y huir a México, a empezar una vida nueva. Nada podía salir mal.
Herbert William Clutter no tenía ni caja fuerte, ni diez mil dólares; a los 48 años, su única fortuna era su familia, su mujer, Bonnie y sus cinco hijos, cuatro mujeres y un varón. Las dos hijas mayores ya no vivían con la familia: Eveanna se había casado y formado una nueva familia, Beverly estudiaba enfermería en Kansas. Los Clutter vivían con Nancy Mae, de dieciséis años y con Kenyon Neal, de quince.
La granja “River Valley” era considerada una de las mejores y su dueño era el segundo hombre más rico de la región. Presidía la Confederación de Organizaciones Granjeras de Kansas y había sido miembro del Comité de Créditos Agrícolas. Era un activo fiel de la Iglesia Metodista, enemigo del alcohol, no contrataba en su granja a nadie que bebiera. Su mujer, Bonnie Fox de soltera, lidiaba en esos días de noviembre de 1959 con una depresión que la había llevado por más de cuatro años a consultar diversos psiquiatras hasta que, una semana antes de que Hickock y Smith se metieran en la granja, le habían asegurado que la raíz de su mal no era mental, sino física. Y que una operación de columna terminaría con sus crisis emocionales.
La casa de campo que se hizo famosa en el libro de Truman Capote. El 15 de noviembre de 1959 el agricultor, Herbert Clutter, su esposa y dos hijos adolescentes fueron asesinados
Los chicos Clutter eran todo lo populares que podían ser en Holcomb: Nancy participaba del club 4H, que desarrollaba programas de ayuda a los jóvenes, de orientación, de despliegue de habilidades personales, con ayuda de un adulto, para enfrentar los años por venir, encontrar una vocación y una carrera a estudiar. Kenyon Neal también participaba del club 4H, usaba anteojos de grueso cristal, lo que no le impedía soñar con una vida dedicada al atletismo. Los dos habían prestado el juramento de rigor para el club, que aún reza: “Prometo usar mi MENTE para pensar con más claridad, mi CORAZÓN para ser más leal, mis MANOS para ser más servicial, mi SALUD para cuidarme más, por mi club, mi comunidad, mi país y mi mundo.”
A las once y media de la noche del sábado 14 de noviembre de 1959, hace sesenta y dos años, la apacible vida de los Clutter terminó para siempre. Hickock, de veintiocho años, y Smith, de treinta y uno, sorprendieron a los cuatro miembros de la familia cuando dormían, los ataron, los amordazaron y empezaron a buscar la caja fuerte y los diez mil dólares. Cuando comprobaron por fin que la información que tenían era equivocada, o falsa, y para no dejar testigos, asesinaron a sus cuatro rehenes.
El primero en morir fue Herbert, a quien habían llevado al sótano de la casa y atado de pies y manos. Smith le cortó la garganta con un cuchillo de caza. En la desesperación, Clutter logró soltar su mano izquierda, Smith se asustó y le disparó en la cabeza con una escopeta. Después fueron por Kenyon, que estaba también atado sobre un sofá, en otro ambiente del sótano. Smith le disparó en la cara, cerca de la nariz, y le destrozó la cabeza. Después, con un humor de verdugo, le soltó una ironía a su amigo: “Me gustaría ver cómo va a hacer el embalsamador para rellenar ese agujero”. A Nancy Clutter la asesinaron en su cuarto, al lado de un gran oso de felpa que le recordaba su niñez recién dejada atrás; Smith le disparó un escopetazo en la parte posterior de la cabeza, detrás del oído derecho, sin escuchar las súplicas de la muchacha. Por último, Smith asesinó a Bonnie Clutter, atada y amordazada en la cama de su cuarto, con un disparo en la sien izquierda. Antes de escapar, se alzaron con su botín: unos prismáticos, una radio a pilas y cuarenta dólares.
A la mañana siguiente, extrañadas de que los Clutter no hubieran ido al servicio dominical de la iglesia metodista, Susan Kidwell y Nancy Ewalt, dos amigas de Nancy, fueron a buscarla. Entraron en la casa, de la misma forma que habían entrado la noche anterior los asesinos: en Holcomb nadie cerraba la puerta de su casa con llave, y descubrieron espantadas los asesinatos.
Herbert William Clutter y su esposa Bonnie junto a dos de sus cuatro hijos: Nancy Mae, de dieciséis años y con Kenyon Neal, de quince. Todos fueron asesinados «a sangre fría»
La policía estaba desconcertada. Cuatro asesinatos simultáneos y tanta violencia eran inusuales en Holcomb, en Kansas y aún en aquellos Estados Unidos gobernados por Dwight Eisenhower, con excepción de los crímenes mafiosos. No sólo no había rastros, no había un motivo que llevara a identificar a un sospechoso, en la casa no faltaba nada, ¿quién en ese pueblo inocente podía haber hecho algo así? Y si el asesino no era del pueblo, ¿por qué tanta ensañamiento?
Con las tribulaciones de los detectives terminó la confesión de Floyd Wells, el tipo que les había contado a Hickock y a Smith lo de la caja fuerte y los dólares. Con el nombre y apellido, y las fotos, de los principales sospechosos, a la policía le llevó un mes y medio dar con ellos: los pescaron en México el 30 de diciembre de 1959. Smith quiso repartir las culpas de los crímenes, pero al final admitió que él había disparado los escopetazos y cortado la garganta de Herbert Clutter. Los juzgaron y los ahorcaron cinco años y medio después en la prisión de Lansing, Kansas.
El asesinato estaba destinado a ser uno más en las páginas de sangre de la historia criminal de Estados Unidos. En cambio se transformó en el crimen del siglo, gracias a tres o cuatro hechos casuales. El primero, la cobertura del caso que hizo la revista Time: una breve nota a una columna, que relataba los asesinatos y la búsqueda de los autores, con ese estilo seco y despojado del periodismo americano. El título era perfecto: tres palabras breves y cortantes, a una palabra por línea en el ancho breve de la columna: “In cold blood – A sangre fría”.
El segundo hecho fortuito es que la historia, y sobre todo el título, interesaron a William Shawn, legendario editor de la revista New Yorker, que no sólo pensó en contar lo no contado de esa historia, sino en reflejar cómo había pegado tanto horror en un quieto y tranquilo pueblo de Kansas. Lo que más le fascinaba a Shawn era que creía tener en la plantilla de la revista, al periodista ideal para una nota de ese tipo: Truman Capote, de treinta y cinco años y ya un escritor famoso, un niño terrible de la literatura americana, que también había leído la columna de Time, “In cold blood”, que también se había sentido atraído por la historia y que, con el tiempo, titularía así, “In cold blood, A sangre fría”, su libro más famoso, el que creó un género nuevo en la narrativa literaria y periodística. La non fiction.
A la izquierda está Eugene Hickock, de 28 años, que había estado preso por robo, también pesaban sobre él denuncias por pederastía. A la derecha está Perry Edward Smith, de 31 años, que había cumplido una condena por robo a mano armada
El último hecho casual fue que, en principio, Capote tenía dos posibilidades de nota para New Yorker: los crímenes de Kansas eran muy atractivos, pero también debía retratar la vida de una mucama por horas que no conoce a los dueños de casa para los que trabaja. ¿Qué hacer? ¿Cuál de las dos notas debía elegir? Capote lo consultó con su amiga Slim Keith, que le dio el consejo que cambió su vida para siempre: “Truman, hacé lo más fácil: andá a Kansas”.
Truman también era un desesperado. Tal vez con la intensidad de Hickock y de Smith, pero que había elegido pelear contra la corriente de su propia vida. No se llamaba Capote, sino Truman Streckfus Persons. Sus padres se habían conocido y casado en 1923 cuando ella, Lilie Mae Faulk tenía diecisiete años y él, Arch Persons, veintiséis. El bebé llegó el 30 de septiembre de 1924, cuando los padres ya estaban separados. Lilie Mae fue a parir a Truman donde estaba Arch, pero Arch la echó y la mandó a casa de familiares en Monroeville, Alabama, al rincón más polvoriento del sur profundo de Estados Unidos. “Tuve una niñez difícil –recordaría el Truman ya adulto– Difícilmente veía a mi padre: él se casó tres o cuatro veces. Mi madre no era mala conmigo; simplemente tenía otros intereses. No pasé privaciones económicas; siempre hubo dinero para mandarme a buenas escuelas y todo eso. Pero simplemente sufrí un total abandono emocional. Nunca sentí que perteneciera a ningún lugar”.
Cuando se es víctima del desamor, lo único que te queda a mano es la desesperación. Y el terror. Y, si hay suerte, un coraje denodado para afrontar lo insoportable. Cuando su madre cambió de nombre y de vida, pasó a ser Nina y la esposa del cubano Joe Capote; se fue a vivir a Brooklyn con su crío y su nuevo marido. Capote le dio el apellido al bebé, que lo veneró por siempre. A los diecisiete años, Truman era el aprendiz de reportero más joven de New Yorker: era bello, de intensos ojos azules, pelo colorado, voz de pito, modos afeminados y poses provocativas. A los veintitrés años, en 1948, su primer libro, “Otras voces, otros ámbitos”, lo metió de cabeza en el mundo de la literatura, de la fama y del jet set que entonces no se llamaba ni jet, ni set.
Así era el Capote que viajó a Kansas, con una percepción de sí mismo que le hizo decir: “Soy tan alto como una escopeta e igual de ruidoso”. Y en búsqueda acaso de una madurez que tal vez nunca llegó, hundida en el ancla de los ambiguos sentimientos de su madre que en 1956, tres años antes del asesinato de los Clutter, se había suicidado con barbitúricos.
Truman Capote partió hacia Holcomb con la compañía de Harper Lee, amiga personal y autora de «Para matar un ruiseñor». Iba a contar el brutal crimen de una familia que horrorizó a los Estados Unidos
Viajó a Kansas con otro ancla, el de la famosa escritora Harper Lee, que en 1960 había asombrado al mundo con su fantástica “Matar un ruiseñor”, una novela corta ganadora del Pulitzer, que el cine, Gregory Peck y el director de la película, Robert Mulligan, harían todavía más famosa en 1962.
En 1966, cuando su relato “A sangre fría” ya era una celebridad en sí misma, Capote tiraría un poco abajo la ayuda que le había brindado Harper Lee: “Me hizo compañía mientras senté base allí. Creo que estuvo conmigo durante un total de dos meses. Hizo varias entrevistas; tomaba sus propios apuntes. Yo los consultaba. Fue una gran ayuda en el comienzo, cuando no avanzábamos demasiado con la gente del pueblo. Se hizo amiga de las esposas de la gente que yo quería conocer, de los asistentes a misa. Un diario de Kansas dijo el otro día que todos cooperaron maravillosamente porque yo era un escritor famoso. La realidad es que no había ni una sola persona en el pueblo que hubiera oído acerca de mí”.
“A sangre fría” es una tragedia griega, una gigantesca investigación de seis años, en los que Capote vivió en Kansas, reconstruyó la historia de los Clutter y de sus asesinos, pintó con el pincel de Tolstoi la aldea estadounidense inmersa en la Guerra Fría y a la que puso punto final sólo cuando Hickock y Perry, a quienes el escritor entrevistó en sus celdas, fueron colgados el 14 de abril de 1965. Truman, que se había sentido atraído por Perry, presenció la ejecución de ambos.
En 2017 el asesinato de los Clutter deparó más sorpresas. Una investigación periodística de The Wall Street Journal reveló que Hickock había redactado un manuscrito de doscientas páginas, su propia versión de los crímenes, que ese relato jamás había sido publicado y que Capote había contribuido a que se perdiera en la historia. Primero intentó comprarlo. Y cuando fracasó, lo silenció. En ese escrito, Hickock describe el terror de los Clutter, las falsas promesas de los asesinos que les aseguraron que no les iba a pasar nada, revela la siniestra ironía de Smith sobre el embalsamador y el agujero en la cabeza de Kenyon y desgrana una increíble frialdad en la que no hay una sola muestra de arrepentimiento. La única diferencia con el texto de Capote es que afirma que se trató de un crimen por encargo. Que una persona de apellido Roberts les había prometido diez mil dólares, los dichosos diez mil dólares, para asesinar a toda la familia.
“Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual. Soy un genio”, dijo Truman Capote antes de morir el 25 de agosto de 1984 a un mes de cumplir 60 años
Los expertos ven en ese manuscrito un intento de Hickock de ganar dinero. Ralph Voss, autor de “Truman Capote y el legado de A sangre fría”, afirmó: “Yo no me creería nada de Hickock. Se desencantó con Capote cuando el escritor empezó a visitarlos en la cárcel. Pensó que iba a ayudarlos y, cuando vio que no, buscó su modo de ganar dinero. Su texto no aporta nada significativo a lo publicado por Capote. Y no hay rastros de ese tal Roberts que habría encargado el asesinato”.
Ya condenado a muerte, el asesino entregó el texto al periodista de Kansas Mack Nations, que manejó dos copias. La primera la envió en 1962 a la fiscalía. Y la otra copia, después de una breve reescritura, la envió a la editorial Random House. La fiscalía no prestó ninguna atención al documento y Random House, que había firmado contrato con Capote, le devolvió el texto a Nations.
Capote tuvo miedo: su novela aún no había sido publicada, aparecería después de las ejecuciones, y ya circulaba un texto sobre los crímenes escrito por el propio asesino. Espantado por la inminente competencia, Capote se entrevistó con Hickock, llamó a Nations para comprar el manuscrito, dos maniobras que no tuvieron éxito. La suerte jugó a favor de Capote: Nations fue detenido en esos días por evasión de impuestos e intento de soborno. Lo único que salió a la luz fue un breve resumen del texto de Hickock en una revista de breve vida. “Lo leí y era un texto sensacionalista y de poco valor”, reveló Voss.
El relato de Capote apareció en 1966, al año siguiente de la ejecución de Hickock y Perry. En 1967 fue llevada al cine por Richard Brooks con Robert Blake y Scott Wilson en el papel de los asesinos. En 1968, Nations murió en un accidente de tránsito y su copia del manuscrito de Hickock se perdió. Sobrevivió sólo la copia que llegó a la fiscalía, que el fiscal Robert Hoffman legó a su hijo Kurt. Capote nunca hizo referencia alguna al manuscrito de Hickock. Según Voss, Capote moldeó un poco la realidad a su narrativa y evitó toda referencia a la relación homosexual entre los dos asesinos, “porque sabía que era contraria a sus deseos de lograr un best seller”. También eludió revelar la atracción que sintió por Perry a lo largo de sus entrevistas en la cárcel. El 14 de abril de 1965 fue uno de los veintiún testigos de la ejecución de los asesinos de la familia Clutter.
El libro que respetó el nombre del primer artículo periodístico que se escribió sobre el caso fue lanzado en 1966, al año siguiente de la ejecución de Hickock y Perry
Richard Hickock murió a las 0:41. Sus últimas palabras fueron: “Sólo quiero decir que no les guardo rencor. Me están enviando a un mundo mejor de lo que éste fue para mí”. A la 1:19 Perry Smith subió al cadalso e intentó un breve discurso de tono moral: “Pienso que es una cosa infernal quitar la vida de este modo. No creo en la pena de muerte, ni legal ni moralmente. Puede que hubiera podido contribuir en algo… No sirve de nada que pida perdón por lo que hice. Hasta está fuera de lugar. Pero lo hago. Pido perdón”.
Truman Capote murió pocos meses después de proclamar a gritos: “Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual. Soy un genio”. Llevaba razón. El 25 de agosto de 1984, en la mansión de Los Ángeles de Joanne Carson, esposa del animador Johnny Carson, Capote despertó pálido y agotado. Habló con la dueña de casa durante tres o cuatro horas, en especial de su madre. No había bebido, pero hallaron en su sangre rastros de Valium, Dilantin, codeína y Tylenol y de otras tres marcas diferentes de drogas. Joanne Carson contó que Truman le había impedido llamar a los médicos: “No quiero volver a pasar por todo eso. Si te importo algo, no hagas nada, déjame ir…”.
Por último, su voz se hizo un susurro y dijo: “Mamá, mamá… Siento frío”. Murió a las 12.21.
The Conversatión(M.Silba) — Se cumplió un año de la muerte de Maradona. En su Argentina natal, lo homenajeamos en un encuentro donde presentamos con varios colegas Maradona. Un mito plebeyo. Se trata de un libro coral en el que se recopilan textos escritos en medio de la conmoción por la muerte sorpresiva de Diego, El Pelusa, nuestro dios plebeyo.
Muchos sentimos que hace un año se nos murió un amigo, alguien cercano, conocido, aunque la mayoría no lo había visto nunca en persona. “Maradona me duele”, decía alguien en Twitter. Síntesis perfecta de aquello que nos sigue pasando a los maradonianos del mundo: nos sentimos huérfanos de Diego y no sabemos qué hacer con esa ausencia ni con ese dolor. Escribir parece ser, en medio de esta desolación, una catarsis posible.
Sueños
“Todos tenemos un sueño, el nuestro es jugar al fútbol para mantener a nuestras familias”, dijo un amigo de Lucas González, el joven asesinado el 17 de noviembre de este año por la policía de la Ciudad de Buenos Aires cuando volvía con sus amigos de un entrenamiento. Ese sueño fue también el sueño de Diego.
Ese sueño, en parte, nos lo mostró Maradona cuando logró trascender las barreras de clase con un talento futbolístico único, regado de irreverencia y picardía. Rasgos que aprendió en la villa miseria donde nació y que lo acompañaron durante toda su larga y turbulenta vida.
La historia de Diego también nos ayuda a pensar la potencia del fútbol para hacer florecer sueños que permitan escapar al destino casi obligado de muchos pibes: el de ser pobres y estar obligados a aceptar los trabajos peor pagados, en condiciones cada vez más precarias.
Ficción
Amazon estrenó durante octubre la serie Maradona, sueño bendito, un producto pensado para el consumo global pero que en Argentina lo miramos desde el orgullo de saberlo nuestro.
Pudimos recrear a través de la ficción su vida de niño atravesada por las necesidades, pero también por el deseo de ser feliz jugando al fútbol en el potrero.
A medida que crece su talento se magnifica y sus contratos se valorizan. A pesar de ser ficción, suponemos que mucho de lo contado puede ser contrastado por diferentes versiones de “la realidad”. Sin embargo, un dato parece afirmarse a cada paso: despilfarro e irreverencia.
Diego no fue cualquier astro futbolístico, fue uno que nos abrió las puertas del mundo, para que, a través de sus ojos y de su presencia magnética, los argentinos pudiéramos conocer y ser conocidos en cada rincón del planeta.
Escándalo
La vida de Diego estuvo plagada de excesos: de amores, de objetos, de drogas, de comida, de alcohol, de gambetas, noche y fiestas. Diego amaba, bailaba, reía, comía, brindaba, insultaba, golpeaba y desafiaba a cualquiera que osara propasar sus límites, abrazarlo sin su aprobación, meterse con sus hijas, su mujer o su madre.
Y todo lo hacía con una pasión arrolladora. El periodismo fue elogioso, obsecuente y cruel con él en proporciones similares. Y el resto de los mortales lo disfrutamos en escenas diversas que hoy nos permiten llorar mientras lo recordamos en fotos, videos, memes, stickers, reels y frases eternas que ya forman parte de nuestro lunfardo local: “la pelota no se mancha” es, tal vez, una de las que sintetiza a la perfección el amor que tenía por el fútbol y la conciencia sobre sus debilidades y errores.
Violencias
Durante los últimos meses la noticia sobre los abusos que Diego cometió contra una mujer menor de edad durante su estadía en Cuba nos conmocionó al tiempo que nos invadió la contradicción entre el amor que le tenemos como ídolo popular y el repudio que nos generan los relatos escuchados en los medios.
¿Cómo habitar nuestro fanatismo maradoniano sin obviar esas violencias? Como feministas, necesitamos imaginar el mundo que deseamos y queremos construir donde la respuesta vaya más allá del pedido de cancelación de figuras de la talla de Maradona. Y evitar que la puesta en palabras de estas contradicciones se constituya en una excusa para desplegar críticas clasistas a la figura de Diego.
No podemos darle la espalda a millones de personas en el mundo que encontraron en El 10 una excusa para ser felices mientras lo veían jugar para ellos y divertirse por ellos. Necesitamos, sí, cuestionar, educar, visibilizar, concienciar y darnos los espacios para debatir todas las veces que sea necesario, porque creemos que un feminismo popular y maradoniano es posible y deseable.
Despedidas
El funeral de Diego estuvo plagado de los mismos excesos que lo acompañaron durante sus 60 años. Barras de fútbol organizando los ingresos, miles de personas haciendo filas interminables en plena pandemia, varones hinchas de fútbol llorando frente a cámara sin temor al ridículo.
Y también una cuota de represión policial que, como en toda manifestación popular, no podía faltar. Allí fuimos a despedirlo cantando con la multitud en medio de una fiesta plebeya y callejera que solo él podía legarnos. Nos enseñó, hasta en el día de su muerte, a bailar con desenfreno y a sufrir colectiva y festivamente la pérdida irreparable que significó su partida.
En pleno siglo XXI, con su muerte, despedimos al mito popular y plebeyo y también al siglo XX. Desde el cielo de los pecadores, hoy grita con cada uno de nosotros, más vivo que nunca.
Da igual que hayan aparecido emoticonos con forma de berenjena o que se haya extendido a buena parte de la sociedad el auténtico significado del Netflix and Chill: los jóvenes de hoy mantienen la tradición verbal de los mayores, y las nuevas generaciones siguen usando sus mismos modismos para explicar los encuentros sexuales. En 2021 los chicos y chicas siguen echando polvos.
Pero como tantas otras expresiones, desconocemos su significado real, centenario y ahora totalmente descontextualizado, imposible de deducir de su propia lingüística. ¿Un polvo? ¿Acaso se refiere eso a la expresión latina acerca de cómo venimos y vamos al polvo? ¿El eros y el tánatos aflorando desde nuestro subconsciente?
Eso mismo se preguntaba la curiosa ABCDaria que, en un texto que descubrió hace unos días se explicaba la teoría más extendida sobre el origen de la expresión “echar un polvo”. Miles de personas se han informado gracias a ella de cómo la aristocracia española de los siglos XVII y XIX han condicionado la forma en la que nos referimos a nuestros escarceos sexuales.
El cigarrillo del siglo XVIII no se echaba después del coito (sino que era la excusa)
Y sí, tal y como explica el texto encontrado por la tuitera, proviene del rape, forma bajo la que se consumía el tabaco hace más de 200 años.
Un tabaco altamente triturado (y con aromas añadidos, para que su absorción fuese más gustosa) que se esnifaba.
La inhalación del tabaco provocaba un acto reflejo, estornudos violentos que buscaban la expulsión de la droga. Por ello, el consumo de rape era un acto muy poco elegante, poco recomendable de manifestar en público, especialmente en presencia de las damas.
Los varones nobles salían discretamente a “echar un polvo”, pues así lo empezaron a llamar, durante unos minutos para luego volver a la sala.
El equivalente actual a la pausa del cigarrillo en oficinas y bares. Y en ese lapso de tiempo que se convirtió en costumbre social se encontró una oportunidad.
Unos instantes en los que los encuentros sexuales podían disimularse. O al menos al principio, ya que del uso vino el abuso y el desplazamiento semántico. “Echar un polvo” se convirtió ya en la figura lingüística del follar.
Y así se manifestaba ya en escritos a finales del XIX, como en la obra de teatro de 40 páginas titulada como Don Juan Notorio: burdel en cinco actos y 2000 escándalos.
Un tal Ambrosio el de la Carabina dejaba en 1874 por escrito y en varias ocasiones cómo el polvo era el sinónimo del coito.
Es por eso que la teoría que hemos definido, y que quedó escrita en 1906 en el Diccionario de argot español de Luis Besset, es la más extendida.
En este diccionario encontramos cómo la definición de Cohabitar incluye en su interior la descripción “echar un flete, una vaina, un polvo”, y de ahí utilizarían definiciones similares otros diccionarios posteriores.
Memento polvo
Aunque hay otras, como la hipótesis de Gabriel Laguna.
Para este estudioso eso de «echar un polvo» remite a la fórmula litúrgica “Memento homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris” (Recuerda hombre, que eres polvo, y que al polvo regresarás), y es de ahí de donde se habría sacado el origen de la expresión, con la popularización de la frase “Polvo somos, del polvo venimos y en polvo nos convertiremos”.
Que si venimos del polvo es del que «hicieron» nuestros padres y madres, vaya.
Hay decenas de modismos de los que no conocemos su origen, pero aquí te dejamos algunos de los más curiosos:
Montar un pollo: para empezar, es “poyo”, es decir, pódium en latín y podio en castellano. Tal vez lo has visto en las películas, pero tenían una base real: en el siglo XIX había hombres que, en la vía pública, se subían a unas pequeñas escaleritas portátiles y pregonaban a viva voz sus ideas.
Así, a montar un escándalo se lo vinculó con el hecho de “montar el poyo o tribuna” por parte de la persona que hablaba en público. Y por cierto, la RAE permite que uses “pollo” al describir esta acción.
Cagarse en la leche: esta es una abreviación de la expresión de “cagarse en la leche que te han dado”. Sí, la leche materna puede contener sustancias de malicia que los hijos han heredado.
Pelar la pava: esos jóvenes que cortejan a sus pretendientes encuentran su expresión predilecta en otro dúo de enamorados de siglos atrás. La sirvienta recibió instrucción por parte de su dueña de desplumar el pavo en la cocina, en una ventana enrejada, y a través de ella recibía los comentarios de su amado.
Como se le empezó a hacer tarde, la señora la llamó, y esta respondió que aún no podía entrar, que estaba todavía “pelando la pava”.
Dormir la mona: ni una chica guapa descansando ni el abatimiento que sigue a haberse tomado media botella de Anís el mono. Es una expresión del siglo XVI que hace referencia a la costumbre que había de dar vino a los monos para ver el efecto que les provocaba.
La cueva de Lascaux, en el sur de Francia, alberga las obras de pintores paleolíticos que evocaron la fauna con la que convivían hace casi 20.000 años.
Las realistas pinturas rupestres de Lascaux y Chauvet representan una explosión de creatividad humana que tuvo lugar hace miles de años y dan fe de una capacidad artística asombrosamente avanzada.
Una tarde de septiembre de 1940, cuatro chiquillos seabrían paso por el bosque de una colina que dominaba Montignac, en el sudoeste de Francia. Pretendían explorar un hoyo oscuro y profundo que, según se rumoreaba, era un corredor subterráneo hacia la vecina mansión de Lascaux. Poco después de introducirse en la angosta oquedad, los muchachos avistaron unas pinturas extraordinariamente realistas de caballos al galope, ciervos nadando, bisontes heridos y otros animales, obras de arte que pueden tener hasta 20.000 años de antigüedad.
Lascaux es uno de los cerca de 150 yacimientos paleolíticos documentados en el valle del Vézère. Da la impresión de que este rincón de la Europa sudoccidental fue un punto caliente del arte figurativo. El mayor descubrimiento desde Lascaux se produjo en diciembre de 1994, cuando los ojos de tres espeleólogos se toparon con unas obras de arte que nadie había visto desde que un desprendimiento cerrara una cueva del sur de Francia hace 22.000 años. En ella, a la luz del fuego, los artistas prehistóricos perfilaron leones de las cavernas, manadas de rinocerontes y mamuts, bisontes, caballos, íbices, uros, osos de las cavernas. En total, plasmaron 442 animales a lo largo de quizá varios milenios, convirtiendo en lienzo una superficie de casi 37.000 metros cuadrados de la hoy conocida como cueva de Chauvet-Pont-d’Arc, que se ha dado en llamar la Capilla Sixtina de la prehistoria.
Durante décadas se pensó que el arte había avanzado en lentos estadios desde las rayas primitivas hasta aquellas vívidas representaciones naturalistas. Sin duda, el sutil sombreado y las elegantes líneas de las pinturas de Chauvet las colocaban en la cúspide de aquella progresión. Pero entonces llegó la datación por radiocarbono… y los prehistoriadores se quedaron helados. Con unos 36.000 años de antigüedad –casi el doble que las de Lascaux–, las imágenes de Chauvet no representaban la culminación del arte prehistórico, sino los inicios más remotos de los que tenemos conocimiento.
La búsqueda de las pinturas rupestres más antiguas del mundo sigue en marcha. En la isla indonesia de Sulawesi, por ejemplo, los científicos han localizado una cámara con pinturas de criaturas mitad humanas, mitad animales, que se estima tienen unos 44.000 años de antigüedad, más que ningún ejemplo de arte figurativo localizado en Europa.
Los expertos ignoran si el arte surgió en diferentes lugares, creado por diferentes grupos de humanos en diversos momentos a lo largo del tiempo, o si fue una habilidad desarrollada en los albores de nuestra evolución. Lo que sí sabemos es que la expresión artística hunde sus raíces en nuestro linaje.
Muy Interesante(S.Romero) — Un equipo internacional dirigido por investigadores del Instituto Max Planck de Psicolingüística y el Instituto Donders en Nijmegen investigó imágenes cerebrales y datos genéticos de 3.062 zurdos y 28.802 diestros.
Ser zurdo fue asociado con diferencias en la asimetría cerebral en áreas relacionadas con la memoria de trabajo, el lenguaje, el control manual y la visión. “La especialización hemisférica es importante para el lenguaje y otras funciones cognitivas. Varios rasgos psiquiátricos implican un aumento de las tasas de zurdos, incluidos el autismo, la esquizofrenia y la discapacidad intelectual, aunque, por supuesto, la mayoría de las personas zurdas no los tienen”, explica Clyde Francks de MPI.
Para examinar las diferencias entre los zurdos y los diestros, el equipo utilizó imágenes de un gran conjunto de datos (el Biobanco del Reino Unido) para medir las asimetrías. Según el investigador Zhiqiang Sha, “se necesitaron alrededor de tres meses de procesamiento en doce servidores de clúster informáticos, funcionando en paralelo”.
Resultados
Los diestros diferían en promedio de los zurdos en su asimetría cerebral en diez regiones específicas, extendidas ampliamente por la superficie del cerebro. En las diez de estas regiones, la materia gris del hemisferio derecho tendía a ser relativamente más grande en los zurdos, en consonancia con el aumento de los recursos neuronales para apoyar el papel de ese hemisferio en el control de la mano izquierda. «Esta es la primera vez que partes específicas de la anatomía del cerebro se han relacionado con seguridad con la mano», dice Francks.
De todos los conceptos fotográficos, seguramente no existe ninguno más famoso que el célebre “instante decisivo” acuñado por el fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson.
Sin embargo esta noción está tan difundida como malinterpretada, o en todo caso entendida de manera incompleta.
En este artículo buscamos desentrañar algunos de los elementos menos conocidos del “instante decisivo”del fotógrafo francés.
Génesis de un concepto
No sobra recordar que Cartier-Bresson es considerado uno de los grandes maestros de la historia fotográfica.
David Präkel señala que este importante fotógrafo nacido en Chanteloup, Seine et Marne (Francia) es «considerado por muchos el padre de la fotografía de calle y el fotoperiodismo.»
En la muestra Cartier-Bresson: The Modern Century del Museum of Modern Art de Nueva York fue señalado como el fotógrafo más importante del siglo XX.
En Francia se le considera monumento nacional y es “evocado constantemente como una piedra de toque en las revistas de fotografía de grandes tiradas, imitada por legiones de fotógrafos, [su] obra ha encantado e instruido a millones de personas.”
No es extraño que esta conceptualización intelectual de un autor tan importante sea igual de célebre que sus propias fotografías. Para comprender cómo nace la noción del “instante decisivo”es necesario conocer de dónde proviene el fotógrafo galo.
A pesar de haber nacido en el seno de una familia muy rica, Henri Cartier-Bresson decidió decantarse por una azarosa vida de fotógrafo. Pudo elegir una cómoda posición en la industria textil, heredada de su padre pero su vocación artística fue más fuerte.
El modernismo de la década de 1930 fue de gran importancia para la fotografía, que se vio influida por muchos de los “ismos” de las vanguardias: constructivismo, dadaísmo, cubismo, futurismo, surrealismo, etcétera.
París embelesó a buena parte del Panteón de las deidades fotográficas: Eugène Atget, Brassaï, Berenice Abbott, Man Ray, Robert Doisneau, Walker Evans… Cartier-Bresson no fue la excepción. Durante algún tiempo trabó amistad con los surrealistas húngaros André Kertész y Martin Munkácsi.
El concepto del “instante decisivo” no sale de la nada, como indica el aforismo latino nihilo nihil fit. Por aquellos tiempos, los fotógrafos privilegiaban crecientemente a la fotografía tomada “al vuelo”, la famosa “instantánea” en contraposición a los complejos y claustrofóbicos procedimientos de la fotografía de estudio decimonónica.
“Se había acabado la época de posar en forma organizada, ahora se captaba el mundo inmóvil en movimiento.”
Esta época, marcada por la originalidad (recordemos los experimentos de Man Ray o László Moholy-Nagy), también dejó su huella en el joven Cartier-Bresson, quien afrontó los temas cotidianos y sociales con la estética de aquel tiempo. Peter Stepan afirma que Cartier-Bresson creó con su fotografía una contraparte visual de la escritura automática surrealista.
A lo largo de su vida, este fotógrafo defendería la importancia de no forzar la fotografía, sino dejarla fluir.
Henri Cartier-Bresson, Juvisy, Francia (1938)
La influencia de París y de los años treinta acompañó a a Cartier-Bresson durante toda su vida.
Tiempo: El primer elemento
Henri supo entender que en la fotografía había una capacidad única de capturar el tiempo, de suspenderlo y mantenerlo vigente de forma indefinida. Él mismo afirmó: “La fotografía es, para mí, el impulso espontáneo de una atención visual perpetua, que atrapa el instante y su eternidad.” Este apuro en aprisionar el tiempo alude a las propias obcecaciones de Jacques-Henri Lartigue.
Tiempo: El primer elemento
Henri supo entender que en la fotografía había una capacidad única de capturar el tiempo, de suspenderlo y mantenerlo vigente de forma indefinida. Él mismo afirmó: “La fotografía es, para mí, el impulso espontáneo de una atención visual perpetua, que atrapa el instante y su eternidad.” Este apuro en aprisionar el tiempo alude a las propias obcecaciones de Jacques-Henri Lartigue.
Henri Cartier-Bresson, Shangai (1949)
Cartier-Bresson trasluce su intranquilidad ante la fugacidad de los momentos y el eterno correr del tiempo cuando escribe que: “De todos los medios de expresión, la fotografía es el único que fija el instante preciso. Jugamos con cosas que desaparecen y que, una vez desaparecidas, es imposible revivir… …Para nosotros, lo que desaparece, desaparece para siempre jamás: de ahí nuestra angustia y también la originalidad esencial de nuestro oficio.”
El concepto del “instante decisivo” comenzó a cobrar forma. Si la fotografía era una religión, el“instante decisivo” se convirtió para Cartier-Bresson en su dogma fundamental. Este artista ha sido, involuntariamente, el sumo sacerdote de la iglesia de Cronos, con una numerosa feligresía de fotógrafos.
Sin embargo el tiempo parece solamente un vehículo donde la verdadera protagonista es la vida misma, que se convierte en la sustancia de este manar del tiempo. El concepto del “instante decisivo” implica que el fotógrafo anticipe un “…momento importante en el flujo constante de la vida y lo capta en una fracción de segundo”. Este es uno de los conceptos más atrayentes y cautivadores de la fotografía.
El “instante decisivo” “permite sorprender la vida, nos dice [Cartier-Bresson], «¡en flagrante delito! »”
Henri Cartier Bresson, Paris. Place de l’Europe. Gare Saint Lazare (1932)
Empero, el concepto del «instante decisivo« ha quedado reducido en la mente de muchos fotógrafos al mero oportunismo temporal. Significa el presionar el botón de obturación en el momento justo para obtener la parálisis dentro de una acción específica. El concepto implica el congelar un instante que se habría perdido de no haberse realizado la fotografía.
De la vasta obra de Cartier-Bresson, una que sintetiza claramente la noción de «instante decisivo» es la célebre fotografía Tras la estación St. Lazare (1932). Esta imagen es una auténtica rebanada dentro de una secuencia narrativa donde existe claramente un antes (el hombre caminando por la escalera arrojada en el suelo) y un después (el aterrizaje) que anteceden y preceden al hombre que parece estar suspendido, flotando en el aire.
El espejo de agua, imperturbado, muestra una simetría vertical perfecta de la forma triangular del hombre en movimiento. Medio segundo antes o después y la imagen sería totalmente diferente.
La siguiente fotografía del también afamado y talentoso Garry Winogrand constituye un perfecto ejemplo del «instante decisivo» ligado al tiempo:
Garry Winogrand, Nueva York (ca. 1955)
Innumerables seguidores de Cartier-Bresson darían, a lo largo de los años, un valor casi desmedido a la cualidad de pulsar el obturador en el momento oportuno y reducirían el “instante decisivo” solamente a la mera acción temporal, dejando de lado otros componentes también importantes.
El instante decisivo como función dramática
David Bate al escribir sobre Cartier-Bresson en el marco de la fotografía documental, relaciona la noción del «instante decisivo» con una función dramática dentro de la fotografía. Esto implica constreñir el concepto del fotógrafo francés a una pura función narrativa: la fotografía debe mostrar una historia completa dentro del cuadro tal como se hacía en el marco de la pintura história.
Podemos ver un ejemplo típico de pintura histórica en el cuadro Napoleón en la Batalla de Eylau de Antonie-Jean Gros, donde se encierra toda una narrativa dramática y sí, una especie de“instante decisivo”. Aunque esta función dramática se enmarca en la relación instante decisivo-tiempo, no es la única.
Antoine-Jean Gros, Napoleón en la Batalla de Eylau (1808)
Bate equipara el «instante decisivo» al concepto helénico de la Περιπέτεια (Peripateia), que significa «momento dramático» o «repentino cambio de fortuna». Para este académico de la Universidad de Westminster, la Peripateia fotográfica implica la captura de un momento definitorio, justo cuando el futuro es alterado irremisiblemente por un momento crucial.
Henri Cartier-Bresson. Indonesia. Jakarta. Independencia. 1949. En esta fotografía, el autor captura otro tipo de «instante decisivo»: Cuando unos habitantes de Jakarta cargan, el día de su independencia, la pintura de un gobernador holandés. En este caso, la función de la fotografía no es muy distinta de la pintura de Antoine-Jean Gros. Una «peripateia» de carácter histórico. Para Indonesia el futuro es alterado irremisiblemente por el momento crucial de su independencia.
Esta concepción del «instante decisivo»se antoja parcial y podría discutirse arguyendo que se está tratando de entender a la fotografía en el marco de las reglas de interpretación de la pintura. La fotografía es un medio artístico con sus propias peculiaridades al que no se le pueden aplicar sin más todos los sistemas y métodos de interpretación de otros medios plásticos, incluida la pintura.
Esta lectura del “instante decisivo” como función narrativa, corre el riesgo de reducir el valor de una fotografía un marco meramente anecdótico. Como exploraremos más adelante, el “instante decisivo” va más allá del ingrediente narrativo en la fotografía.
Composición: El segundo elemento del instante decisivo
Ahora bien, aún hay más que la mera noción del tiempo en la idea del «instante decisivo». Cuando se revisa la obra de Cartier-Bresson en conjunto una de las características que sobresalen de inmediato es su pericia magistral en el arte de la composición.
Henri Cartier-Bresson, Sevilla (1933)
Cartier-Bresson también ponía un gran énfasis en la importancia de los elementos formales dentro de la imagen fotográfica:
“La fotografía es para mí el reconocimiento en la realidad de un ritmo de superficies líneas o valores… …En fotografía hay una plástica nueva, función de líneas instantáneas; trabajamos en el movimiento, una especie de presentimiento de la vida, y la fotografía tiene que atrapar en el movimiento el equilibrio expresivo. Nuestro ojo debe medir constantemente, evaluar. Modificamos las perspectivas mediante una ligera flexión de las rodillas, provocamos coincidencias de líneas mediante un sencillo desplazamiento de la cabeza de una fracción de milímetro…”
El artista galo abunda que «La fotografía es, en un mismo instante, el reconocimiento simultáneo de la significación de un hecho y de la organización rigurosa de las formas, percibidas visualmente, que expresan y significan en ese hecho.» Respecto al término hecho puede entenderse como acontecimiento o suceso. Y al hablar de significación podría referirse a la idea de dotar de sentido un acontecimiento (hecho).
Al mismo tiempo, tal reconocimiento se dirige también a la composición, pues incluye la «organización rigurosa de las formas» es decir, la composición. De modo que con este pequeño párrafo, podemos procurar desentrañar que Cartier-Bresson ligaba la ontología de la fotografía con el examen cuidadoso y detenido a través de una expresión percibible por el ojo.
Tal vez pueda pensarse que Cartier-Bresson supeditaba sus geniales tomas a una considerable porción de azar. De hecho, ante su exposición en la Julien Levy Gallery de Nueva York (1933) «Surgió la impresión de que esas fotos habían sido realizadas casi automáticamente y que debían al azar su extraña y provocativa belleza; fueron descritas como «equívocas, ambientales, antiplásticas, accidentales »».
En aquellos tiempos se consideraba a su cámara un aparato diminuto, en comparación con las monstruosas cámaras de gran formato. Esto nos habla también de la mentalidad general de los primeros observadores de la obra de Cartier-Bresson. También es importante hacer notar que el genio de este autor no fue siempre comprendido ni valorado como se hace hoy.
Cartier-Bresson no descansa su concepto del «instante decisivo»en el azar: el brindar una desmedida preeminencia a lo fortuito en la fotografía reduciría la labor de los artistas a un mero estar en el lugar adecuado en el momento correcto.
Entonces ¿Solamente unos cuantos fotógrafos afortunados pueden capturar imágenes de valor mientras que otros, los desventurados, estarían predestinados al olvido ignominioso y la frustración eterna? Si así fuera, el mérito fotográfico simplemente no existiría. No podría explicarse, entonces, el valor de autores como Graciela Iturbide.
Paradojicamente, en las composiciones de Cartier-Bresson no hay casualidad alguna. Observemos su clásica imagen Hyères, France (1932). Existe una cuidadísima composición donde se ha previsto, minuciosamente, cada una de las relaciones de líneas; el espacio negativo se encuentra en perfecta armonía con el resto de las formas presentes mientras que las líneas dominantes dirigen la mirada del observador. La toma sintetiza una composición admirable.
Henri Cartier-Bresson. Hyères, France (1932)
Pensar que esta imagen es excepcional solamente por la presencia del ciclista resultaría en una reducción de su valor. Es muy claro que el autor primero compuso la imagen con esmero para luego esperar, y esperar hasta que algo ocurriera. Y ocurrió: la aparición del ciclista en movimiento quien termina convirtiéndose en el punctum barthesiano de esta fotografía.
El mérito no se encuentra, exclusivamente, en la composición ni en la captura afortunada del ciclista. Nos enfrentamos más bien a una particular forma de Gestalt donde se han sumado la composición (espacio) y el movimiento (tiempo) conformando una experiencia total, superior a la suma de sus partes. De modo que el «instante decisivo»trasciende al tiempo para abarcar también el espacio (la composición).
Para Cartier-Bresson la forma, la imagen, es tan importante que defendía la importancia de incluir la educación visual como cualquier otra disciplina esencial a la educación humana: «Debe haber una educación visual, subrayada desde el comienzo mismo en todas las escuelas. Debe ser incluida igual que el estudio de la literatura, la historia o las matemáticas.
Con un lenguaje, se aprende primero la gramática. En la fotografía, hay que aprender una gramática visual. Lo que refuerza el contenido de una fotografía es el sentido del ritmo, la relación entre formas y valores. Para citar a Víctor Hugo: «La forma es la esencia llevada a la superficie»».
Cartier-Bresson conmina a sus seguidores: “La composición tiene que ser una de nuestras preocupaciones constantes, pero en el momento de fotografiar no puede ser más que intuitiva, ya que nos enfrentamos a instantes fugitivos en que las relaciones son móviles.”
Puede apreciarse que Hyères, al igual que otras fotografías del genio francés, no es una mera «instantánea» como podría pensarse en un primer momento. No obstante, Cartier-Bresson sí que era capaz de componer la fotografía y presionar el obturador oportunamente «al vuelo».
Esto denota una pericia francamente insólita, una maestría que no era, en lo absoluto, fruto de la casualidad. Esta capacidad exige un dominio total del aparato fotográfico: “El manejo de la cámara, del diafragma, las velocidades, etc., tiene que ser un acto reflejo, como cambiar de velocidad en un coche.”
Truman Capote recuerda a Cartier-Bresson “danzando por el pavimento como una libélula agitada… clic-clic-clic la cámara parece ser parte de su propio cuerpo con gozosa intensidad…” Con tal facilidad, Cartier-Bresson fue capaz de crear una obra maestra tras otra.
Esto puede apreciarse claramente en el documento videográfico The Modern Adventure donde Cartier-Bresson se mueve por la calle con soltura, al tiempo que acecha (y atrapa) a sus presas. Esto resulta aún más sorprendente si se toma en cuenta el funcionamiento mecánico de una telemétrica Leica desprovista de los automatismos actuales.
Henri Cartier-Bresson, Alicante (1933)
Tema, el tercer elemento
Claude Cookman apunta hacia un tercer ingrediente que se suma al tiempo (oportunidad) y al espacio (composición) para incluir el motivo (sujeto) de la fotografía en la ecuación del «instante decisivo».
Cookman, profesor de comunicación visual en la Universidad de Indiana, subraya la idea del significado del contenido fotográfico a la noción del “instante decisivo”. Este contenido ha de incluir la condición humana.
Para el académico “La forma, la línea, la textura, la tonalidad, el contraste y la composición geométrica tiene tanta importancia como el contenido, del que son indisociables.” Abunda explicando que “De hecho, el momento decisivo se define mejor como el instante en que forma y contenido se unen para crear una imagen cuyos elementos formales, emocionales, intelectuales y poéticos tienen sustancia, es decir, que le confieren un significado real.” Cartier-Bresson lo sintetiza: “Nunca he sentido pasión por la fotografía «en sí misma», sino por la posibilidad de captar –olvidándome de mí mismo—en una fracción de segundo, la emoción que el tema desprende y la belleza de la forma.” (Los subrayados en todas las citas de este párrafo son nuestros.)
De modo que el «instante decisivo» no es únicamente el atrapar en el momento justo una acción, sino más bien el momento en el que se conjugan el tiempo oportuno más la composición visual de un contenido o tema.
De alguna manera se puede atisbar con este triángulo el por qué de la universal aceptación de las fotografías de Cartier-Bresson, pues se suman “las cualidades formales con la accesibilidad del contenido.” Acciones oportunamente capturadas en una fotografía bellamente compuesta de temas que tocan el y al ser humano. Ésa podría ser una conceptualización más completa del “instante decisivo” de Henri Cartier Bresson.
A manera de conclusión
La noción del «instante decisivo» en fotografía es producto de la mente de un fotógrafo insertado en el Paris de la década de 1930. ¿Es este un concepto que ha trascendido al tiempo y que es capaz de dotar a toda fotografía con una impronta de universalidad o una idea cuya vigencia podría ponerse en duda a más de 80 años de su concepción? ¿Es el “instante decisivo” la piedra angular de la fotografía o solamente una ocurrencia fruto de un trasnochado modernismo?
La osada desvergüenza de cuestionar este dogma ¿Es la máxima herejía imaginable contra la religión fotográfica y los adoradores de Cartier-Bresson? La respuesta a estos cuestionamientos no es (afortunadamente) la materia de este pequeño estudio. Empero, habría que recordar que a veces resultan mucho mas interesantes las preguntas que las respuestas.
Se puede apreciar que hay mucho más de lo que aparece superficialmente en la idea del «instante decisivo». Además del tiempo será necesario sumar la oportunidad al integrar en la fotografía la composición y el tema.
Henri Cartier-Bresson defendió que “Fotografiar, es poner la cabeza, el ojo y el corazón en el mismo punto de mira.” He ahí el genuino «instante decisivo».
The New York Times(A.Williams) — Antes de casarse con su esposo, Kiersten Little lo consideraba un padre ideal. “Siempre vivimos con la mentalidad de casarnos y tener hijos”, relató. “Era algo esperado”.
Es decir, algo que esperaban, hasta que la pareja hizo un viaje de ocho meses por carretera después de que Little obtuvo su maestría en salud pública de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill.
“Cuando estuvimos en el oeste —California, Oregón, Washington, Idaho— condujimos por zonas en las que todo el bosque estaba muerto, los árboles derribados”, narró Little. “Pasamos por el sur de Luisiana, que fue azotado por dos huracanes el año pasado, y pueblos enteros habían sido arrasados, con enormes árboles arrancados de raíz”.
Ahora, con 30 años de edad y dos de matrimonio, Little aseguró sentir “el peso del conocimiento”. La pareja ve el desastre creciente al leer los últimos informes sobre el cambio climático y los foros sobre el hielo del Ártico. La ansiedad respecto a tener hijos se ha hecho presente.
“En el último año pensé: ‘Dios mío, tengo que tomar una decisión; no falta tanto tiempo’”, dijo. “Pero no sé cómo podría cambiar de opinión. En los próximos diez años, siento que solo habrá más razones para no querer tener un hijo, no al revés”.
Estos temores no son infundados. Cada ser humano nuevo viene acompañado de una huella de carbono.
En una nota dirigida a los inversionistas el verano pasado, los analistas de Morgan Stanley concluyeron que el “movimiento para no tener hijos debido a los temores sobre el cambio climático está creciendo y repercutiendo en los índices de fertilidad con más rapidez que cualquier otra tendencia anterior en el ámbito del descenso de la fertilidad”.
Sin embargo, hay un debate intenso en torno a la idea de que tener menos hijos es la mejor manera de abordar el problema. En una entrevista con Vox en abril, Kimberly Nicholas, climatóloga y coautora de un estudio de 2017 sobre los cambios de estilo de vida más eficaces para reducir el impacto climático, dijo que la reducción de la población no era la respuesta.
“Es cierto que más personas consumirán más recursos y producirán más emisiones de gases de efecto invernadero”, dijo Nicholas. “Pero en realidad ese no es el plazo relevante para estabilizar el clima de verdad, dado que tenemos esta década para reducir las emisiones a la mitad”.
No obstante, la preocupación parece estar ganando adeptos. Entre los adultos sin hijos en Estados Unidos que fueron encuestados por Morning Consult el año pasado, uno de cada cuatro citó el cambio climático como una de las razones por las que no tienen hijos en la actualidad.
Otra encuesta realizada en 2018 por Morning Consult para The New York Times reveló que, entre los adultos jóvenes de Estados Unidos que dijeron que tenían o planeaban tener menos hijos que el número que consideraban ideal, el 33 por ciento mencionó el cambio climático, mientras que el 27 por ciento mencionó el crecimiento demográfico como una preocupación.
Aunque las preocupaciones económicas siguen siendo primordiales, pues un 64 por ciento citó el costo elevado del cuidado de los hijos, el 37 por ciento mencionó la inestabilidad global y el 36 por ciento, la política nacional. Para algunos, todas estas cuestiones van de la mano. En 2020, el índice de natalidad en Estados Unidos descendió por sexto año consecutivo, una caída del cuatro por ciento que se cree que se aceleró debido a la pandemia.
El trauma de casi dos años de coronavirus también ha hecho reflexionar a algunos futuros padres. Para Marguerite Middaugh, una abogada de 41 años de San Diego, la pandemia, sumada a la devastación relacionada con el clima, la llevó a posponer los tratamientos de fertilidad para tener un primer hijo. “Ver que la gente no se vacuna, que no cuida de su comunidad”, dijo. “Eso realmente me hizo reflexionar sobre si quería traer un hijo a este mundo”.
Aunque el aumento constante de los costos de vivienda y la carga de la deuda universitaria, por no hablar de la llamada recesión sexual de los milénials (los mayores ahora tienen 40 años), son factores que influyen en la planificación familiar de muchos, ahora las amenazas existenciales también forman parte del cálculo de la procreación.
Hay un incremento del extremismo político, dentro y fuera de Estados Unidos; una pandemia que ha matado a más de cinco millones de personas; inundaciones sin precedentes que han arrasado con ciudades de Europa occidental; incendios forestales en la costa oeste del país que cada verano adquieren una escala más inimaginable. Ante noticias tan alarmantes, algunos futuros padres se preguntan: ¿cuán perjudicial puede ser traer a un niño a este entorno (en el sentido literal y figurado)?
Para Jenna Ross, alfarera de 36 años que vive cerca de Fredericton, en New Brunswick, su decisión de no tener hijos en un mundo amenazado por el cambio climático surge de un instinto de protección. “El amor que siento por mi hijo nonato hipotético me reconforta lo suficiente como para evitarle un futuro inhóspito”, comentó. “De esta manera, mi decisión se siente como un acto de amor”.
Estos puntos de vista no siempre se presentan en todas las líneas geográficas, políticas o de clase social (en particular porque el cambio climático a menudo se pinta como una cuestión partidista, no científica, en la escena política). En la encuesta de 2018 del Times, había más probabilidades de que las personas que mencionaron el cambio climático como una razón para tener menos hijos tuvieran educación universitaria y fueran demócratas, y una probabilidad ligeramente mayor de ser blancas, no ser religiosas y tener ingresos altos.
Los profesionales con estudios también tienen mayor acceso al aborto y a métodos anticonceptivos, y los medios económicos para elegir cualquiera de los dos estilos de vida, aunque las recientes restricciones al aborto en Texas, por ejemplo, también complican la planificación familiar.
Sea como fuere, estos temas se están colando al diálogo cultural de una manera que recuerda al movimiento “ecologista” de la época hippie, cuando La explosión demográfica, el radical éxito de ventas de 1968 de Paul R. Ehrlich, biólogo de la Universidad de Stanford, predijo un planeta estéril y sin recursos en el que cientos de millones morirían de hambre durante la década de 1970.
El senador Bernie Sanders y la congresista Alexandria Ocasio-Cortez han abordado el tema en los últimos años. Ocasio-Cortez apareció en una transmisión en vivo de Instagram en 2019 afirmando que hay “un consenso científico de que la vida de los niños va a ser muy difícil”, lo que lleva a “los jóvenes a plantearse una pregunta legítima: ¿está bien seguir teniendo hijos?”.
Los famosos también han planteado la cuestión. “Hasta que no sienta que mi hijo viviría en una tierra con peces en el agua”, dijo Miley Cyrus a la revista Elle hace dos años, “no voy a traer a otra persona para lidiar con eso”.
En una entrevista con Howard Stern en mayo, Seth Rogen habló de la decisión que tomó con su mujer de no tener hijos: “Ya hay suficientes niños. ¿Necesitamos más gente? ¿Quién mira al planeta ahora mismo y piensa: ‘Sabes lo que necesitamos ahora mismo?’”.
Escritores como el columnista de The New York Times Paul Krugman y Katha Pollitt, la poeta y ensayista, también lo han abordado recientemente.
“¿Acaso el mundo necesita más personas?”, escribió Pollitt en un ensayo para The Nation en junio. “Si les preguntas a los glaciares, a las selvas tropicales, al aire o a las más de 37.400 especies al borde de la extinción gracias a la implacable expansión de los seres humanos en todos los rincones de nuestro sobrecalentado planeta, la respuesta es no”.
Aunque el cambio climático no es un problema nuevo, el empeoramiento de la crisis ha influido en las decisiones de muchos posibles padres, señaló Josephine Ferorelli, fundadora de Conceivable Future, una organización que planifica reuniones para que padres potenciales hablen sobre cómo los temores relacionados con el cambio climático están dando forma a sus vidas reproductivas.
“Algo sucedió el verano pasado”, dijo Ferorelli. “Hace tres meses, nuestra bandeja de entrada estaba vacía, pero en los últimos dos meses, hemos recibido mensajes de personas de todo el país que están afligidas y angustiadas”.
No es de extrañar que algunas personas que aplazaron el nacimiento de sus hijos para dedicarse a sus carreras u otros intereses se pregunten ahora si lo más conveniente para sus hijos nonatos es mantenerse así.
“Literalmente, no puedo ir a una cena sin que se mencione al menos el colapso de una civilización, a no ser que sea el tema principal de la conversación”, dijo Myka McLaughlin, de 40 años, que dirige una empresa en Boulder, Colorado, que ayuda a las mujeres a crear negocios rentables. “La tierra cultivable está disminuyendo en todo el planeta. Puede que no tengamos suficientes alimentos. Hemos perdido el 80 por ciento de la biomasa del océano en el último siglo; el océano se está muriendo”.
Desde la universidad, a McLaughlin le preocupaba que la humanidad estuviera en un camino insostenible. Aun así, “a los 27 años decidí tener hijos y casarme, en ese orden”, dijo. Su primer matrimonio, sin embargo, terminó sin hijos cuando tenía 32 años. “Él era un agricultor que quería vivir en las montañas”, explica. “Yo era una ciudadana del mundo que quería viajar y leer The New Yorker”.
Cuando empezó una relación seria, a finales de los 30, tenía serias dudas sobre la conveniencia de traer hijos a un mundo en problemas. “La perspectiva de él era que realmente necesitamos niños bien criados y bien amados que puedan ser líderes en nuestro futuro para lo que está por venir, lo que creo que es un punto totalmente válido”, dijo McLaughlin. Sin embargo, ella ahora lucha por justificar el traer un niño a un mundo que teme que esté al borde del abismo. La pareja rompió este verano.
“Cuando veo a un hermoso bebé, mi corazón se derrite, se derrite por completo”, dijo McLaughlin. Pero en este momento podría ser necesaria una gran epifanía vital para que cambie de opinión.
Myka McLaughlin, empresaria de Boulder, Colorado, tiene serias dudas sobre la posibilidad de tener hijos.
Los conflictos políticos, tanto a nivel nacional como internacional, también son un factor para algunos.
“Con mi anterior pareja, ambos decidimos que si Donald Trump era reelegido en 2020, no íbamos a tener hijos, principalmente porque el clima sería irreparable y probablemente extremadamente devastador”, dijo Hannah Evans, de 33 años, analista principal de Population Connection, anteriormente Zero Population Growth, la prominente organización de estabilización de la población que Ehrlich ayudó a fundar en la década de 1960.
Al igual que muchas mujeres profesionales, Middaugh, abogada de San Diego, pospuso la maternidad a lo largo de sus 20 y 30 años mientras construía su carrera y lidiaba con los préstamos estudiantiles. Sin embargo, cuando tenía alrededor de 36 años, decidió que era el momento de actuar.
A ella y a su esposo les costaba concebir, así que comenzaron los tratamientos de fertilidad poco antes de la pandemia, cuando ella tenía 39 años. Entonces llegó el confinamiento. La clínica de fertilidad cerró durante meses. Tuvo tiempo para pensar en el mundo al que podría enfrentarse su hijo.
No solo estaba horrorizada por la falta de una respuesta unificada al coronavirus, sino que, en un viaje a Alaska, visitó playas que, cuando era niña, recordaba repletas de estrellas de mar, nutrias y mejillones gordos y salados, pero que ahora parecían desprovistas de vida salvaje.
Era demasiado. Aplazó sus planes de fecundación in vitro, aunque su esposo sigue presionando. “Me he preguntado: ‘Si no tengo un bebé o al menos lo intento de verdad, ¿me sentiré triste o me arrepentiré para siempre?”, dijo. “No lo sé, y no puedo saberlo realmente, pero no quiero dejar que solo eso me empuje a tomar la decisión de seguir adelante con el intento”.
Estas cuestiones no se limitan a las mujeres heterosexuales con relaciones monógamas. Las mujeres solteras, los esposos, las parejas homosexuales, así como las personas que se encuentran en cualquier punto del espectro de género, todos tienen la opción de procrear, y la opción de no hacerlo.
“Tal y como yo lo veo, tener un hijo es como tirar los dados con la vida del niño en un mundo cada vez más incierto”, afirma Michael Ellsberg, de 44 años, escritor de Berkeley, California. “Seguro que podemos averiguar cómo limitar el calentamiento global a 1,5 o 2 grados centígrados. Podríamos averiguar cómo cooperar como un planeta para prevenir futuras pandemias. Podríamos averiguar cómo limitar los riesgos de guerra nuclear y terrorismo. Pero puede que no”.
Ellsberg sigue al pódcast The Exploring Antinatalism y otros medios similares, y tras dos rupturas amorosas en las que su deseo de no tener hijos fue un factor importante, se sometió a una vasectomía para consolidar su decisión.
El miedo al día del juicio final no es la única razón por la que algunos eligen llevar un estilo de vida sin hijos.
“Me crie en una familia que no intentó condicionarme como futura mamá”, dijo LiLi Roquelin, de 41 años, una cantautora casada y nacida en Francia que vive en Queens. Se considera una orgullosa integrante del llamado movimiento “childfree by choice” (sin hijos por elección), celebrado en las redes sociales con etiquetas como #childfree (#sinhijos) y #neverkids (#niñosjamás), y recientemente publicó una especie de himno de su autoría titulado “Childfree”.
Aun así, dijo que las mujeres que deciden no reproducirse a menudo se enfrentan a una intensa presión social por parte de la familia, los amigos e incluso los profesionales médicos. “A lo largo de los años, me han calificado de inhumana o poco cariñosa”, relató. “A mis treinta y tantos años, mi ginecólogo me decía que se me acabarían las hormonas”.
Para ella, esas críticas no son más que el precio que hay que pagar. Roquelin asegura que disfruta de una vida buena y plena sin hijos, y que ahora está estudiando una maestría en administración de empresas para lucrar con su carrera musical. “Tengo muchas cosas más que explorar en mi viaje, que no implican criar a otros seres humanos que sufren en un planeta sin recursos”, concluyó.
El de la máscara de hierro fue un apodo que se le dio a un hombre identificado como Eustache, quien estaba bajo la custodia de Saint-Mars.
BBC News (J.Wilkinson) — «¡Llámame maldito!». El hombre, cuya voz casi fue ahogada por la tormenta, estaba vestido completamente de negro, «una especie de fantasma, con la cabeza cubierta con un caso negro y una máscara negra, algo terrible de contemplar».
En su épico libro de 1850, El vizconde de Bragelonne, Alejandro Dumas creó una imagen cautivadora del hombre de la máscara de hierro que inspiraría innumerables películas y consolidaría el lugar de la misteriosa figura en la cultural popular. Dumas se inspiraría en una leyenda que había surgido casi dos siglos antes.
Contaba la historia de un misterioso prisionero que había sido arrestado y encarcelado en secreto en Francia. Había pasado décadas en varias mazmorras oscuras y húmedas, terminando en la Bastilla. Estrechamente vigilado, lo mantuvieron en soledad, donde nadie pudiera escuchar lo que pudiese tener que decir; y no se le permitió siquiera pronunciar su nombre.
Estaba custodiado por un carcelero al que se le ordenó matarlo si hablaba de cualquier otra cosa que no fueran sus necesidades. El carcelero, sin embargo, mostró un gran respeto por este preso, incluso de pie, sombrero en mano en su presencia. Porque en la historia de Dumas no se trataba de un prisionero cualquiera: era uno de los hombres más destacados del país.
El hombre de la máscara de hierro pasó muchos años en prisión.
Según la leyenda (y la novela de Dumas), el prisionero se vio obligado a usar una máscara de hierro sobre su rostro para ocultar su identidad. Y dos mosqueteros estaban listos para matarlo si alguna vez se la quitaba .
Porque lo que habían encarcelado era un secreto de estado. Y después de su muerte, su celda fue limpiada y raspada, y sus miserables muebles destruidos en caso de que hubiese escrito su nombre en algún lugar escondido.
Un secreto familiar retorcido
Otro hombre que estaba intrigado por esta leyenda fue el escritor francés Voltaire, quien investigó la historia del prisionero y la horrible máscara que aparentemente le habían obligado a usar.
Descubrió que lejos de ser un cuento, el hombre de la máscara de hierro había existido realmente: era un prisionero que vivió en la época de Luis XIV, quien reinó entre 1643 y 1715 y que era conocido como el Rey Sol.
Voltaire especuló que solo había una razón por la que un prisionero desconocido tendría que ocultar su rostro: se parecía al único hombre que todos los franceses reconocerían instantáneamente, el mismo Rey Sol.
Voltaire concluyó que el prisionero debía haber sido el hermano gemelo secreto del rey Luis, que había sido encarcelado para preservar la seguridad del reino.
Voltaire llegó a especular sobre el origen de este personaje.
Esta teoría gemela inspiró a Alexandre Dumas, quien la incorporó a la elaborada trama de El vizconde de Bragelonne. En gran parte como resultado de la historia de Dumas y las películas que generó más tarde, la leyenda del hombre de la máscara de hierro ha intrigado a la gente durante años.
Sin embargo, la historia real es completamente diferente a la que escribió Dumas. Las cartas enviadas entre Luis XIV el ministro de guerra francés Louvois y un carcelero llamado Benigno de Saint-Mars apuntan a que el hombre de la máscara de hierro era probablemente un humilde prisionero llamado Eustache.
Además, no llevaba una máscara de hierro de forma permanente. Este fue un invento de Voltaire, quien escribió que el prisionero usaba «una máscara cuya barbilla tenía resortes de acero que le permitían comer mientras la usaba».
Sin embargo, no existe una base histórica para esto. En realidad, Eustache solo fue obligado a usar una máscara hecha de terciopelo negro en los últimos años de su vida y solo cuando algún espectador podía verlo.
La teoría de que el hombre de la máscara de hierro era Eustache fue presentada por primera vez por Jules Lair, un abogado francés convertido en historiador, en 1890.
Esta fue rechazada por muchos historiadores porque se consideraba que Eustache no era lo suficientemente interesante o importante, por lo que la búsqueda continuó.
Se especulaba que el hombre de la máscara de hierro podía ser el gemelo del mismo Luis XIV.
Pero no hay ninguna razón real por la que un prisionero humilde no pueda haber sido el hombre de la máscara de hierro.
La historia de Eustache comienza a finales de julio de 1669, cuando Luis XIV emitió una lettre de cachet, una orden de arresto para un hombre que debía ser capturado en cuanto lo vieran y llevado a la fortaleza Pignerol en los Alpes italianos.
El tratamiento terrible, y a menudo extraño, que soportó mientras estaba encarcelado fue notablemente similar al de la narración ficticia de Dumas: fue retenido en condiciones de máximo secreto, y su carcelero, Saint-Mars, aseguró que nadie podía verlo ni oírlo.
Una vez al día, Saint-Mars dejaba caer un pequeño paquete de comida al suelo de su celda. Y si Eustache intentaba hablar de cualquier cosa menos de sus necesidades más básicas, Saint-Mars lo mataría, orden que declaró estaba dispuesto a cumplir: «Si me hablaba a mí o a alguien más de algo que no fuera de sus necesidades, lo atravesaría con mi espada».
La enrevesada historia le sirvió a Alejandro Dumas para escribir una de sus famosas novelas.
Un humilde ayudante de cámara
Aquí, la versión de Dumas se aleja de la verdad. Lejos de ser el gemelo secreto del rey, o incluso un prisionero de alto rango, Louvois describió a Eustache como «solo un ayudante de cámara».
En la Francia del siglo XVII, el rango de una persona se conservaba incluso en prisión. Como ayudante de cámara, Eustache era de un estatus humilde, y esto se reflejaba en los insignificantes artículos que se le proporcionaban.
Le dieron ropa barata. Como había dicho Louvois, las prendas para «este tipo de personas» deberían durar tres o cuatro años. Por el contrario, el otro prisionero estatal de Saint-Mars, el aristocrático Nicolas Foucquet, el superintendente de finanzas caído en desgracia, recibía nueve trajes cada temporada.
Mientras Eustache no tenía a nadie que lo cuidara ni le hiciera compañía, Foucquet disfrutó de los servicios del ayudante de cámara. La comida de Eustache era apenas suficiente para mantenerlo con vida; sin embargo, Foucquet comía de las mejores viandas que hubiera podido disfrutar de haber estado libre.
Si embargo, había un aspecto en el que los dos hombres eran iguales: Foucquet también estaba vigilado estrechamente y tenía prohibido comunicarse con el mundo exterior, al menos durante los primeros años de su encarcelamiento.
Siempre se especuló que el hombre de la máscara de hierro podía ser un personaje de suma importancia, hecho que ha sido cuestionado a lo largo de los años.
Los dos hombres fueron arrojados juntos mientras estaban en prisión; y luego Eustache se vio obligado a servir como ayudante de cámara del superintendente deshonrado.
Ser el ayudante de cámara de un prisionero era decididamente un trabajo indeseable. Los ayudantes debían alojarse con sus amos, permanecían en prisión y se les prohibía incluso visitar a sus familias mientras estuvieran en servicio.
Se suponía que Foucquet tenía dos ayudantes de cámara mientras estaba en prisión. Pero uno había muerto, por lo que solo un ayudante de cámara, llamado La Rivière, estaba su servicio.
Después de no encontrar un reemplazo, Saint-Mars recordó que Eustache le había sido descrito como un ayudante de cámara y, con el permiso de Luis XIV y Louvois, lo colocó con éxito como segundo ayudante de cámara de Foucquet.
Inicialmente se esperaba que trabajara para Foucquet solo cuando La Rivière no pudiera cumplir con sus deberes. Finalmente, se convirtió en un elemento permanente. Incluso se le permitió acompañar a Foucquet cuando éste recibió permiso para caminar sobre las murallas de la ciudadela.
Nicolas Foucquet fue un poderoso superintendente de finanzas enviado a prisión.
Con el tiempo, a Faucquet se le permitió recibir a visitantes en la prisión, y Eustache se ocupó de sus necesidades como lo hizo con las de su anterior amo.
Con tanta gente entrando y saliendo, la seguridad se convirtió en una preocupación. Pero Luis XIV y Louvois no lo estaban excesivamente.
A Saint-Mars se le ordenó simplemente que arreglara con Foucquet «como estime oportuno, en cuanto a la seguridad de la persona llamada Eustache… recomendándoles sobre todo que se encargue de que no hable con nadie en privado».
Foucquet tenía ahora la responsabilidad de custodiar a Eustache y asegurarse de que se desconociera el motivo de su encarcelamiento.
Entonces, ¿cuál era el secreto de Eustache? Claramente, tuvo que ver con sus actividades antes de su arresto. La evidencia de esto se encuentra en una carta escrita por Louvois a Foucquet por orden del rey.
Louvois preguntó al ex superintendente si Eustache había hablado frente a su otro ayudante de cámara sobre lo que había visto antes de su arresto. Luego tachó esa línea y la reemplazó por una que hablaba de cómo Eustache había sido empleado antes de su arresto.
En la lettre de cachet, Luis XIV simplemente había dicho que estaba «insatisfecho» con el comportamiento de este hombre.
Sin embargo, el contexto en el que fue detenido Eustache podría dar la respuesta.
Sirvientes y espías
En el verano de 1669 se estaban llevando a cabo negociaciones importantes y secretas entre el rey Carlos II de Inglaterra y Luis XIV. Estos se llevaban a cabo a través de la hermana de Carlos, Enriqueta, duquesa de Orleans, quien estaba casada con el hermano de Luis, Felipe de Francia.
Carlos y Enriqueta usaban ayudantes de cámara para llevar mensajes de ida y vuelta a través del Canal de la Mancha, pero estos ayudantes contrataban a otros sirvientes para que llevaran mensajes en su nombre.
A menudo Carlos y Enriqueta no sabían quiénes eran estas personas. De hecho, en una carta de su hermana, Carlos señaló que había recibido una carta de ella a través del «italiano cuyo nombre no conoces, y me entregó tu carta en un pasaje tan oscuro que no podría reconocer su rostro si lo vuelvo a ver».
Eustache, por supuesto, no era este hombre ya que no era italiano sino francés. Sin embargo, este comentario ilustra la atmósfera de secreto que rodeaba las comunicaciones durante este delicado período. Poco antes del arresto de Eustache, Louvois y Le Tellier, su padre y predecesor en el ministerio de la guerra, fueron incluidos en estas negociaciones.
Es posible que Eustache hubiera sido empleado por uno o ambos de estos hombres, o tal vez incluso por la propia Enriqueta, y que tuviera conocimiento de información secreta y sensible.
Esto explicaría la ira de Louvois hacia Eustache. Ya ministro se refería a él como «un desgraciado». Y el hecho de que Eustache fuera arrestado cerca de Dunkerque, uno de los principales puertos hacia Inglaterra, agrega más peso a esta teoría.
Henrietta, hermana del rey Carlos II de Inglaterra, sostiene un retrato de su esposo, el hermano del rey Luis XIV. La participación de la duquesa de Orleans en negociaciones secretas puede haber sido la razón por la que Eustache fue encarcelado de por vida.
Lo que sea que haya oído Eustache, ciertamente se consideró lo suficientemente grave en ese momento como para justificar una vida en prisión. Tras la muerte de su compañero de prisión Foucquet, fue devuelto a su antigua celda.
Debido a que se creía que el otro ayudante de cámara de Foucquet, La Rivière, se había enterado del secreto de Eustache, y debido a que no había informado de una violación de seguridad que se había descubierto poco antes de la muerte de Foucquet, no fue destituido de su cargo y despedido como debería haber sido; sino en cambio fue encarcelado con Eustache.
Los mantuvieron juntos en la antigua celda de Eustache hasta que pudieran ser trasladados a otra fortaleza, Exilles. La Rivière murió allí siete años después, dejando solo a Eustache.
Cuando fueron encarcelados juntos, Eustache y La Rivière perdieron sus nombres y sus identidades. Saint-Mars los llamó «los señores de la Torre Inferior», o sus dos mirlos. Más tarde, Eustache sería referido en la correspondencia oficial simplemente como «el viejo prisionero» de Saint-Mars, o como le gustaba llamarlo al propio Saint-Mars, «mi prisionero».
Cuando Louvois murió en 1691 y fue reemplazado en el ministerio de guerra por su hijo, el marqués de Barbezieux, el nuevo secretario no sabía quién era Eustache ni por qué lo habían encarcelado. Eustache había sido olvidado y su secreto había perdido importancia.
El hombre de la máscara de terciopelo
Sin embargo, todavía tenía sus usos. Saint-Mars había gozado del prestigio de ser el guardián de prisioneros ilustres como Foucquet. Pero ahora no tenía alguien a su cuidado excepto Eustache, un hombre de baja categoría social.
En un intento por preservar su propia condición de carcelero, Saint-Mars exageró la importancia de Eustache al dejar que la gente creyera que estaba custodiando a un prisionero secreto.
Abundaban los rumores de que podría haber sido Henry Cromwell, el hijo de Oliver Cromwell. O bien el popular duque de Beaufort, que había desaparecido en el sitio de Candia.
Tras su traslado a la isla de Santa Margarita, cerca de Cannes, Saint-Mars se llevó a Eustache con él, proporcionándole un elaborado modo de transporte: una silla envuelta en tela. Se suponía que esto ocultaba a Eustache de los espectadores, pero en realidad simplemente atraía la atención de los curiosos.
Según una fuente, Saint-Mars también hizo que Eustache usara una máscara para el viaje. Sin embargo, no se le había obligado a ocultar cuando viajaba a Pignerol, ni cuando estaba en su celda o sirviendo a Foucquet.
Saint-Mars no había recibido ninguna orden de ocultar el rostro de Eustache. Era simplemente otro medio para avivar el misterio que rodeaba a Eustache y, por lo tanto, aumentar su propio prestigio.
Saint-Mars terminó convirtiéndose en el gobernador de la Bastilla, donde murió Eustache.
Finalmente, Saint-Mars se convirtió en gobernador de la Bastilla. Si bien Eustache inicialmente iba a quedarse atrás en la isla, Saint-Mars insistió en llevarlo a París. En este punto finaliza la comunicación oficial sobre Eustache, aunque se le menciona en los registros de un administrador de la Bastilla que constató que el preso llegó enmascarado.
En la prisión, Eustache llevaba una máscara de terciopelo negro que cubría la parte superior de su rostro siempre que esperaba ser visto, como cuando iba a misa.
Cinco años después de llegar a la Bastilla, en 1703, Eustache murió estando todavía preso allí y fue enterrado en el cementerio parroquial de la prisión de Saint-Paul’s.
En muchos sentidos, el hombre de la máscara de hierro fue la invención de Saint-Mars, un carcelero ambicioso incapaz de dejar de lado el estatus de celebridad que le había otorgado la custodia de prisioneros ilustres.
En realidad, Eustache no era el prisionero real de la leyenda: Saint-Mars había necesitado cubrir la cara de prisionero no para ocultar quién era, sino para ocultar quién no era.
Voltaire tenía razón cuando, refiriéndose al encarcelamiento de Eustache, dijo que «ningún hombre de importancia en Europa desaparecía».
Explore Life — El aislamiento, la experiencia de estar físicamente separado de otras personas, puede ocurrir por distintas razones. Quizás por enfermedad física o mental o por una complicación de salud a largo plazo que dificulta la interacción con otros. La pérdida de un ser querido, la pérdida de un trabajo, el final de una relación o la pérdida de la capacidad de escuchar o hablar… pueden marcar también el comienzo de un periodo de aislamiento.
¿Qué significa estar aislado?
El aislamiento es algo que tradicionalmente pensamos como algo individual. Una persona comienza a desvincularse de la sociedad y progresivamente se aparta del escenario, o incluso puede llegar a abandonarlo repentinamente. Pero si es solo una persona, puede ser fácil no darse cuenta.
Sin embargo, en estos momentos se les pide a países enteros que se autoaislen, que se queden en casa. Y todos estamos tratando de descubrir cómo navegar por esta nueva normalidad sin volvernos locos.
Johann Hari, en su libro Lost Connections, esboza por qué los humanos son criaturas sociales a través de sus conversaciones con el científico e investigador Dr. John Cacioppo.
A medida que los humanos evolucionaron, fueron viviendo en pequeñas tribus de cazadores-recolectores de unos cientos de personas. La razón por la que esos humanos sobrevivieron fue gracias a la cooperación y el cuidado mutuo. Si un individuo se separaba del grupo, se volvía vulnerable a los ataques de criaturas salvajes y otras tribus. Y la ausencia de esa persona hacía al grupo más vulnerable también.
Y así desarrollamos el instinto de conexión, de cooperación, de pertenencia
Ya no estamos en un entorno salvaje, pero el aislamiento aún puede ponernos en riesgo, tanto física (por caídas, enfermedades, accidentes) como emocionalmente. La soledad puede provocar ansiedad y depresión, haciéndonos sentir inseguros, cautelosos e hipersensibles a las amenazas. Y la falta de interacciones sociales durante un período prolongado, podría llevarnos a una disminución de nuestras funciones cognitivas y capacidad de comunicación.
Hoy en día, el autoaislamiento supone el distanciamiento físico, no el distanciamiento social. Prescindir de la presencia física de otras personas no significa cortar el contacto con el mundo exterior. Simplemente necesitamos modificar nuestras interacciones.
Entonces, la pregunta sería, ¿cómo crear una vida no aislada mientras estamos físicamente alejados de otras personas?
Chris Hadfield, un astronauta que vivió en la estación espacial internacional, sabe bien lo que es pasar tiempo alejado de la vida normal. En un vídeo que ha compartido en su canal de YouTube, considera que nunca ha habido un mejor momento para autoaislarse que ahora, que tenemos la tecnología a nuestro favor.
Los avances tecnológicos significan que podemos conectarnos con el mundo en general a través de nuestros diversos dispositivos gracias a una conexión a Internet o red telefónica. Los dispositivos médicos como los implantes auditivos pueden incluso ayudar a restaurar la audición una vez perdida y permitir que sus usuarios se vuelvan a conectar. Tenemos acceso a las obras de hombres y mujeres escritas a lo largo de la historia, al arte y a la música, al cine y la televisión, al teatro y a la danza. A conversaciones entre expertos, líderes de opinión y celebridades.
Estamos mejor conectados ahora que en cualquier otro momento de la historia y podemos aprovechar al máximo nuestros recursos para ayudarnos no solo a sobrevivir durante esta crisis sino a seguir desarrollándonos.
Las videollamadas nos ayudan a mantenernos conectados con nuestros seres queridos.
Consejos y técnicas para volver a conectar
A continuación, algunos consejos y técnicas que he recopilado sobre cómo aprovechar este tiempo en casa para reconectar con uno mismo, la comunidad local y el entorno natural.
Conectando con uno mismo
Dedique tiempo a reflexionar y escribir un diario sobre cómo quiere que sea su vida, para profundizar en sus valores y definir lo que realmente es significativo para usted.
Desarrolle una rutina diaria y complétela con cosas que le hagan sentir bien: haga ejercicio, medite, escuche música, experimente con nuevas recetas.
Pero mantenga el ritmo. Asegúrese de tomar descansos regulares durante todo el día para simplemente sentarse con una taza de té y mirar por la ventana.
Tómese un tiempo para actividades divertidas: el dicho «la risa es la mejor medicina» es cierto. Encuentre películas y programas de televisión, comediantes y programas de radio que le hagan reír.
Este es un buen momento para adquirir un nuevo pasatiempo: leer libros o revistas, tocar un instrumento, aprender un nuevo idioma, hacer manualidades, comenzar a escribir una historia corta, etc.
Sienta sin juzgar. Es completamente natural experimentar sentimientos de miedo, ira, tristeza o confusión. Respire hondo, sienta la emoción y luego suéltela.
Sea consciente de su propia salud. Cuide bien su estado de salud. Tal vez hay cosas en su lista que ha estado posponiendo durante demasiado tiempo, como controlar su audición, que incluso se puede hacer en línea.
Intente no consumir noticias y redes sociales, y asegúrese de que sus fuentes sean creíbles antes de compartir información. Compruebe si lo que está escuchando es correcto en una web como FullFact.
Conectando con la comunidad
Vuelva a conectar con familiares y amigos y con las personas con las que haya perdido contacto a lo largo de los años. Aplicaciones como FaceTime, Skype, Google Hangouts y WhatsApp son brillantes para llamadas de vídeo o audio.
Cada mañana mi suegra y su amiga se envían mensajes de texto con un pulgar hacia arriba para confirmar que todo sigue bien. Y una señora contó en Twitter que llama a su padre que es mayor a diario para que le cuenta una historia de su vida. Ésta es una oportunidad para profundizar en nuestra relación con los demás.
En nuestro vecindario se creó un grupo de WhatsApp para asegurarnos de que todos tenemos comida suficiente y ayudar a quienes lo necesitan. Otras iniciativas podrían ser deslizar una nota en los buzones de su portal con su número de teléfono o pedirle a la gente que ponga un letrero en la ventana si necesitan ayuda en caso de que no sean expertos en tecnología.
Seguir escuchando voces humanas es sumamente importante en este momento. Los audiolibros, los podcasts y la radio pueden ayudar a romper el silencio.
Podemos continuar siendo sociables desde la distancia. Mi abuela está en una residencia de ancianos y los vecinos de la zona se paran en sus puertas para tomar un café y conversar al otro lado de la entrada. Y mis vecinos siguen celebrando la hora feliz los fines de semana, cada uno desde su patio con una copa de vino en la mano para ponerse al día.
También existe la posibilidad de colaborar como voluntario con personas que pueden sentirse solas al estar aisladas, y que podrían necesitar una voz amiga al otro lado del teléfono.
Conectando con el mundo natural
La naturaleza tiene un efecto restaurador en nosotros, tanto en los buenos momentos como en momentos complicados. A medida que la primavera despierte y el clima mejore, intente salir todos los días (aunque sea a la terraza) para tomar una dosis de sol y aire fresco.
Ahora es el momento perfecto para salir a su jardín a poner orden e intentar cultivar sus propios alimentos y flores.
Intente identificar las aves que ve y escucha en su jardín y aprenda un poco más sobre sus hábitos, migración y papel en el ecosistema.
Saque papel y lápiz y dibuje la flora y la fauna que ve a su alrededor. Dibujar puede ayudarlo La importancia de las interacciones físicas.
Y aunque tenemos la suerte de contar con distintos tipos de dispositivos conectados a Internet para ayudarnos en estos tiempos, no nos acostumbremos a ellos hasta el punto de olvidar el valor de las interacciones físicas.
En su libro Lost Connection, Johann Hari cuenta otra conversación que tuvo con la psicoterapeuta Dra. Hilarie Cash:
«El tipo de conexión que necesitamos es esta conexión», dijo al tiempo que agitaba su mano entre ella y yo, «que es cara a cara, donde podemos ver, tocar, oler y escucharnos …» Somos seres sociales. Estamos destinados a estar en conexión unos con otros de una manera segura y afectuosa, y cuando se interpone una pantalla, eso definitivamente no existe «.
Así que, mientras redefinimos lo que significa una vida plena para nosotros, esperemos expectantes el momento en que podamos volver a abrir nuestras puertas una vez superada la crisis y sigamos viviendo una vida con intensidad, que celebre las relaciones interpersonales de las comunidades que nos rodean.
Infobae(N.Bouvet) — La cristianización de los pueblos de la península escandinava fue un proceso lento que se desarrolló entre los siglos VIII y XIII. La religión nórdica, trágica, carente del concepto de revelación (una verdad secreta manifestada a los humanos por parte de las deidades) y cargada de una visión sombría del futuro, resultó ser un obstáculo para los misioneros que apenas lograron que esas creencias se sincretizaran con algunos pocos elementos cristianos.
No sería hasta bien entrado el siglo IX que el rey Olaf I de Noruega se convertiría a la fe católica, no sin antes regar la nieve a su alrededor con la sangre de los que resistían esa nueva religión que pisoteaba a Odín y anulaba el poder del martillo de Thor.
Ante este verdadero Ragnarok (el Apocalipsis de los pueblos germánicos), la semilla de hiel brotará mil años después, y lo hará en direcciones inimaginables.
II
En agosto de 1953, un joven de Tupelo, Mississippi, entró a los estudios Sun Records para grabar un disco de dos canciones y regalárselo a su madre. El muchacho, Elvis Aaron Presley, se convertirá en el rey de un estilo hasta entonces mal visto entre los privilegiados blancos y muchas veces prohibido por la iglesia cristiana.
Llamado originalmente por los representantes de Dios “música del Diablo”, el rock n’ roll se había originado en las comunidades evangélicas afroamericanas, que llamaban rocking a la acción de dejarse llevar por las sensaciones de éxtasis que despertaban los cantos gospel de sus iglesias. Pero rocking tenía también otra acepción: era la palabra con doble sentido para referirse al sexo.
De la pelvis de Elvis a The Beatles, clamando ser más famosos que Jesucristo, y de la revolución hippie de libertad y sexo al abuso de drogas y los asesinatos de Charles Manson, nada parecía más alejado del camino a Dios que lo que pasó a llamarse rock and roll.
Olaf I de Noruega, elegido rey en una pintura de Peter Nicolai Arbo
III
La naturaleza es la base de todo lo que es real. No hay nada más allá de las causas y los efectos de los fenómenos que estudian las ciencias naturales. Esto es lo que sostiene el Naturalismo, que rechaza de cuajo la existencia de todo aquello considerado como sobrenatural. Y en esta categoría, según su visión, entran las religiones. El escritor francés Émile Zola, máximo exponente de esta doctrina, la definió como “una nueva forma de ver al hombre y estudiar su comportamiento”. El naturalismo también tuvo su impacto en las artes, sobre todo en la literatura, y es por eso por lo que escritores noruegos como Arne Garborg, Amalie Skram y el Premio Nobel Bjørnstjerne Bjørnson abogaron por una vuelta a las tradiciones de su país. Este último fue el autor del himno nacional, claramente una reivindicación del pasado vikingo de la nación:
Amamos a este país
Escabroso, combatido por el mar
Este país donde Olaf
Pintó con sangre la cruz
Paroxismo es el grado de mayor exaltación de un sentimiento, un estado de ánimo o una sensación. Hacia mediados de los ochenta, es justamente eso lo que hará con toda esa herencia nórdica un grupo de jóvenes fanáticos del heavy metal.
IV
Hacia fines de la década de 1960 y principios de la siguiente, la música rock no solo se había sacudido la etiqueta de “música del Diablo”, sino que también había iniciado el camino contrario de la mano de músicos que se sirvieron de él para dar un mensaje de positividad, luz y salvación por intermedio del conocimiento de Dios. Why should the Devil have all the good music? fue la canción más emblemática de Larry Norman, un músico de rock y country con pasado hippie pero posteriormente convertido al cristianismo que recibió varios premios a lo largo de su carrera.
A pesar de haber sufrido el escarnio inicial de algunos sectores conservadores, Norman fue de alguna manera el responsable de iniciar lo que se llamó Rock Cristiano con su disco Upon this rock.
V
De la gran cantidad de bandas inglesas de heavy metal de principios de los ochenta, Venom fue una de las más radicales en términos estéticos y musicales. Su segundo disco, Black Metal, de 1982, no solo sentó las bases para el nacimiento de un heavy metal extremo, sino que también su nombre sirvió para bautizar al subgénero black metal, que se desarrolló principalmente en Noruega y Suecia. Este estilo, además, fue el medio fundamental con el que un grupo de bandas expresó el deseo de erradicar al cristianismo de sus tierras.
Noruega tiene un porcentaje alto de practicantes, aproximadamente un 84%, muy por encima del resto de las religiones. Claramente influenciados por las ideas naturalistas del siglo XIX, aquellos músicos apostaban a que el enardecimiento de la fuerza vikinga, la conexión ancestral con el bosque y los entornos geográficos, el odio, la guerra y las creencias paganas se retomaran como acervo cultural y se convirtieran en una forma de ir contra el moralismo y el maniqueísmo propuesto por la fe en Cristo.
Para lograrlo, conformaron el Inner Circle, una agrupación anticristiana y nacionalista que se autoproclamó satanista. La figura del ángel maldito del cristianismo era más un símbolo iconográfico (y antagónico al ideal divino) que un objeto a adorar en sí. Entre las bandas de la primera ola de black metal noruego estaban Darkthorne, Burzum y Emperor; sin embargo, Mayhem será la más comprometida con la causa anticristiana.
VI
Para finales de los años setenta, el rock cristiano ya era considerado un fenómeno cultural y social, sobre todo gracias al movimiento Sanctuary, una comunidad de rockeros feligreses. Procedentes, en su mayoría, del interior profundo de Estados Unidos, los grupos actuaban casi como ministerios destinados a la evangelización de la juventud. Con canciones rebosantes de fe y alabanzas a la Santísima Trinidad, incorporaron simbolismos y mensajes de adoración, búsquedas espirituales y cruzadas contra “el mal”.
Como extraído de un Manual del Buen Cristiano, pregonaban un estilo de vida blanco, anglosajón y protestante, bien ajustado a los principios básicos del cristianismo más conservador. Para llevarlo a cabo, desarrollaron una red de logística pocas veces vistas en la historia de la música. Los pilares fueron la distribución, la producción y la difusión de esas bandas, vehículos al servicio de la palabra de Dios.
De esta manera, lo que antes era “música del Diablo”, “música prohibida” y “música de negros”, pasó a ser un instrumento esencial de cooptación. Como todo lo que es cristiano, debe evangelizar.
VII
La romantización de las raíces paganas y los cultos politeístas llevó a una exacerbación irrefrenable del espíritu nacional de los fanáticos del black metal, exacerbación que todavía expresan a través de una música oscura y brutal. Un ejemplo claro es la canción de Mayhem, Deathcrush. Las voces guturales o chillonas, las guitarras distorsionadas con afinaciones agudas y la mayor presencia de acordes menores, los golpes acelerados de batería y la baja calidad de las grabaciones imprimen un sentido de desolación y frialdad nunca vistos hasta ese momento en el rock. Para acentuarlo aún más, la técnica de corpse paint les daba a los músicos el aspecto de algo más que un cadáver.
En 1992, tomando como precepto aquella frase que dice que la iglesia que ilumina es la que arde, Varg Vikernes, bajista de Mayhem y único miembro de su proyecto Burzum, incendió las iglesias de Fantoft y Holmenkollen, lo que inició una anti-cruzada en la península escandinava. La guerra estaba declarada: entre ese año y 1998, varios fanáticos incendiaron más de cincuenta iglesias, además de vandalizar tumbas de cementerios. Esto producirá un quiebre en la escena black metalera de Noruega, llevando así su historia hacia un final anunciado. Pero antes restaba derramar lo que toda cruzada exige, es decir, una buena cantidad de sangre.
Petra
VIII
Con más de treinta años de trayectoria, Petra es una de las bandas de rock cristiano de mayor renombre en el mundo. Si bien fueron cambiando su estilo dentro de los parámetros conservadores del rock, a lo largo de los años mantuvieron como horizonte la prédica del Evangelio. Títulos como Get back to the Bible, He came, He saw, He conquered y Holly Ghost Power dan cuenta de su compromiso artístico con la religión cristiana. Petra llegó a grabar un disco enteramente en español, llamado directamente Cruzada, con canciones con títulos como Amo al señor, Rey de reyes, Te exaltamos…
La movida rockera de Cristo también llegó a América del Sur a principios de los años ochenta. Profecías, Antioquía y Pueblo de Dios fueron algunas de las bandas argentinas que pertenecieron al movimiento.
IX
La quema de iglesias no fue lo único que llevó al black metal a las primeras planas de Noruega. Per Yngve Ohlin, aka Dead, el cantante de Mayhem, un sueco que sufría de depresión y que enterraba su ropa junto al cadáver de algún animal para impregnarla del olor de la muerte y vestirla en sus presentaciones en vivo, se suicidó de un escopetazo luego de que no fuera suficiente cortarse las muñecas y la garganta. Cuando el guitarrista Øystein Euronymous Aarseth encontró su cadáver, decidió tomar fotos (una de ellas ilustra el disco en vivo pirata The Dawn of the Black Hearts) y, según cuenta el mito, utilizó trozos del cráneo de Dead para hacer dijes y repartirlos entre los fans acérrimos.
Esto le pareció una afrenta a Vikernes, el bajista y responsable del inicio de la quema de iglesias, por lo que decidió asesinar a Aarseth con veintitrés puñaladas, lo que lo llevó a pasar dieciséis años en la cárcel. También recibió una condena de catorce años el baterista de otra banda por asesinar a un homosexual que lo invitó a ir a un bosque cercano. Otro que también fue sentenciado a prisión, aunque menos tiempo, fue el cantante de la banda Gorgoroth. ¿El motivo? Darle una paliza y torturar a un hombre.
Como si tanta sangre hubiera sido reclamada por la tierra, esto significó el fin de ese sueño naturalista de la primera camada de jóvenes noruegos fanáticos de black metal. Pero el estilo continuó con vida y dio a luz una segunda ola que se extendió a otros países como Polonia, Alemania, Suecia, Finlandia y Bélgica. Incluso Mayhem se lavó las manchas de sangre y se reformuló. La banda aún continúa sus andanzas, con guitarristas y cantantes nuevos.
X
¿Podemos asegurar entonces que a través del rock hablaron tanto Dios como Satán? Según quien lo utilice, el rock tiene un significado diferente. Hoy el rock cristiano es una maquinaria que genera mucho dinero y está en gran parte subvencionado por agentes religiosos que ven como un horizonte (divino) la instauración del cristianismo entre los jóvenes. En cuanto al black metal, también se vio atravesado por el capitalismo. Actualmente es tomado en cuenta como un bien cultural y de interés común por parte del propio gobierno noruego, que explota las locaciones donde aquellas acciones delictivas tuvieron lugar y que ahora son atractivos turísticos afines al morbo de los fanáticos.
Pero hay otro escenario por momentos absurdo, uno que jamás podrían haberse imaginado los mayores exponentes de uno y otro extremo, uno que despertó controversias de todo tipo. Ese escenario distópico se hizo realidad a través del Unblack Metal, que con el estilo del demonio (brutal y distorsionado, oscuro y aterrador) promueve los mensajes de Dios.
Considerado más un movimiento ideológico que un subgénero musical, el unblack metal ataca las posturas satanistas a través de las líricas de sus canciones (el único elemento que lo distingue del black metal), que hablan de redenciones, conversiones y luchas de fe. Los fanáticos de los preceptos originales del black metal, dispuestos a derramar la sangre que todo purismo satánico reclama, llegaron al extremo de amenazar de muerte a las bandas relacionadas a este movimiento. En 1994, el grupo noruego Antestor recibió intimidaciones por parte de Euronymous, de Mayhem, aunque no las pudo llevar a cabo, como ya hemos visto, por resultar asesinado por su compañero Vikernes. También amenazaron al sello Nuclear Blast por ser el responsable de publicar el primer disco de Horde, grupo australiano de unblack metal.
Como fuera, parece ser que el unblack metal no despierta demasiada simpatía. A este movimiento los grupos cristianos le endilgan la imaginería pagana y las atmósferas oscuras del black metal, mientras que los satanistas le critican el uso de un modo de expresión parido a partir del odio visceral a todo lo que representa la cristiandad.
Estatua de Erico de Pomerania en el castillo de Darlowo
Muy Interesante(G.Carvajal) —Rey de Noruega, Suecia y Dinamarca, Erico de Pomerania era de origen alemán, nacido en 1382 en Rügenwalde (la actual Darlowo polaca) en la región histórica de Pomerania hoy dividida entre Polonia y Alemania, en el litoral báltico. Su padre era el duque de Stolpe, Ladislao VII, mientras que su madre María de Mecklemburgo era sobrina de la reina Margarita I. Eso convertía a Erico en descendiente de la familia real de Dinamarca.
Por parte de su padre descendía también de dinastías que habían gobernado Noruega y Suecia en tiempos más antiguos, todo lo cual lo convertía en un firme candidato al trono de los tres países. De hecho los tres tronos se habían unificado políticamente en 1397 en la llamada Unión de Kalmar, con la reina Margarita, quien gobernaba una extensión de unos 3 millones de kilómetros cuadrados que incluía los citados Dinamarca, Noruega y Suecia, pero también territorios dependientes de ellos como Groenlandia, Islandia, las Islas Feroe y Finlandia.
Retrato de Erico
La Unión de Kalmar fue así un estado que incluía todos los reinos escandinavos, por primera y única vez en la historia.
Duraría hasta 1523, con la separación de Suecia (Dinamarca y Noruega permanecerían unidas, por su parte, hasta 1814).
Erico accedió primero al trono de Noruega, cuando fue nombrado correy junto a su tía abuela Margarita en 1388.
En 1397, con el fin de asegurar la continuidad de la dinastía Margarita le nombró también correy de Dinamarca y de Suecia, aunque hasta tres años más tarde, en que cumplió la mayoría de edad, no podría ejercer su derecho a gobernar.
Con la muerte de su tía abuela en 1412 se convirtió en el soberano único.
Las fuentes de la época le consideran inteligente y visionario, pero también falto de sentido diplomático y extremadamente obstinado.
Su intento de recuperar el ducado de Schleswig, la parte sur de la península de Jutlandia, le llevó a emprender una guerra de 20 años al final de los cuales no solo no había conseguido ningún territorio, sino que había perdido algunos de los ganados por su tía abuela, además de las considerables pérdidas en vidas humanas.
A él se debe la obtención para Dinamarca de la ciudad de Copenhague en 1417, poniendo las bases para su designación como capital. Sin embargo, cuando fue atacada por la Liga Hanseatica en 1428 huyó dejando la defensa de la ciudad en manos de su esposa Felipa de Inglaterra.
Tampoco se llevaba muy bien con los nobles suecos, que le depusieron y repusieron en el trono en varias ocasiones, hasta que finalmente y ante el reiterado incumplimiento de promesas, le quitaron la corona de Suecia el 24 de septiembre de 1439.
Coronación de Erico como rey de Noruega, Suecia y Dinamarca
Ese mismo año, y temiendo una rebelión contra él por parte de la nobleza y el pueblo danés, simplemente se fue a vivir a la isla de Gotland abandonando sus labores de gobierno. Ante ello los daneses le depusieron igualmente del trono.
Todavía le quedaba Noruega, aunque no parecía interesarle demasiado. De hecho los nobles noruegos le solicitaron que siguiera siendo su rey, pero rechazó la propuesta y permaneció en Gotland. Fue depuesto del trono noruego en 1442.
Tumba de Erico en Darlowo
En Gotland construyó una fortaleza cerca de la ciudad de Visby, armó una pequeña flota y se dedicó a la piratería contra los barcos de mercancías en el Báltico. Así pasó nada menos que diez años de su vida, en los que los sucesivos monarcas daneses le dejaron hacer, aunque sin perderle nunca de vista.
En 1449 se le ofreció la posibilidad de heredar el ducado de Pomerania como sucesor de Bogislao IX, y a cambio de que el rey danés Cristián I le dejara marchar, le entregó la isla de Gotland.
Erico gobernó el ducado durante otros diez años, hasta su muerte en 1459 en el castillo de su ciudad natal Rügenwalde (hoy Darlowo en Polonia). Así, la tumba de quien fuera rey de Noruega, Dinamarca y Suecia, de los Wendos y los Godos, se encuentra hoy en día en la iglesia de Santa María de una ciudad polaca.
Psicología y Mente(J.G.Allen) — ¿Qué dice la ciencia acerca del amor y el enamoramiento? Hoy repasamos siete investigaciones científicas al respecto, que nos descubren el gran misterio de la relación de nuestro cerebro y nuestra conducta con lo romántico.
Los estudios que los enamorados deben conocer: enamoramiento y amor, bajo la lupa de la ciencia
Los psicólogos, los sociólogos y los médicos, han tratado de entender la conducta humana respecto al enamoramiento, el amor, el desamor, o la atracción. Y eso es porque el amor es una de las sensaciones más extraordinarias de las que puede disfrutar el ser humano, y las intensas emociones y la pasión del enamoramiento suelen afectar a la mente y al cuerpo de todos nosotros.
En las últimas décadas, las investigaciones en este campo han sido muchas y muy variadas. Pese a que no siempre ha existido consenso en los descubrimientos, hoy vamos a repasar algunas conclusiones curiosas sobre el amor y el enamoramiento.
1. El amor es como la droga
La química del amor es capaz de hacernos sentir en pleno subidón, hacernos sufrir un bajón o hacernos sentir el mono por alguien. Que el amor es como una droga es totalmente cierto, ya que usa las mismas vías neuronales que ésta. Tal y como señala un estudio del Colegio de Medicina Albert Einstein, cuando el amor se rompe, igual que cuando una persona es adicta a la droga, las consecuencias de la adicción son tan fuertes que pueden desembocar en graves conductas depresivas y obsesivas.
Al igual que la droga, el amor libera dopamina, serotonina o noradrenalina, por eso que cuando nos enamoramos nos sentimos excitados, llenos de energía y nuestra percepción de la vida es magnífica.
2. La navidad provoca divorcios
Las investigaciones parecen indicar que tras la navidad, las rupturas de pareja se incrementan. El cambio de horarios y la convivencia más intensa provoca que afloren las diferencias que han estado ocultas. Ya que la Navidad es la época más estresante para las parejas, los divorcios y las separaciones crecen una media de un 5% en el mes de enero en comparación con el resto del año según los datos del Consejo General del Poder Judicial de España.
Las razones que llevan a este aumento en las rupturas sentimentales incluyen el estrés añadido. Además, según Victoria Milan, el portal de citas para personas casadas o en pareja que buscan una aventura, más del 45% afirma haber sentido el deseo de divorciarse durante enero, mientras que sólo el 22% asegura que todo lo contrario. Este estudio se llevo con más de 9.000 mujeres y hombres usuarios de la web de citas.
3. Los pequeños detalles son los que cuentan
Vivimos en una sociedad consumista y el amor y las relaciones sociales también se han ido mercantilizando. Por eso es importante recordar que son las pequeñas cosas las que al final marcan la diferencia. Un reciente estudio relacionado con la psicología del amor, en el que participaron 4000 residentes en el Reino Unido, concluyó que son los actos amabilidad son los que más se valoran. Llevarle café a tu pareja cuando se levanta, estar receptivo cuando llega cansado o cansada del trabajo o recordarle lo genial que se ve por las mañanas será más valorado que gastarte mucho dinero en un regalo.
4. Ver películas de amor: la mejor terapia de pareja
Un estudio longitudinal afirma que el índice de divorcio se reduce drásticamente cuando las parejas miran películas de amor y hablan sobre ellas después. El resultado del estudio llevado a cabo por Ronald Rogge sugiere “que las parejas saben perfectamente lo que hacen bien y mal en sus relación, por lo que no hay que enseñarles mucho al respecto. Lo importante es que reflexionen sobre su comportamiento, y las películas de amor pueden ayudar a hacerlo. Además, los actores suelen funcionar como modelos a los que imitar”.
5. Las redes sociales la primera causa de divorcio
Según una encuesta de la Academia de Abogados Matrimoniales de Estados Unidos llevada a cabo en 2011, parece ser que cuatro de cada cinco abogados han percibido un incremento de los casos de divorcio debido al uso de las redes sociales. Éstas generan diferentes problemas en la pareja, desconfianza o celos, y como resultado 1 de cada 5 matrimonios se separan debido a problemas ocasionados por el uso del Facebook. Además, dos terceras partes de los encuestados afirman que Facebook es la primera causa de divorcio.
Por otro lado, según un estudio de Garcia Rivera, “se puede concluir que a las mujeres les causa mayor molestia que su pareja utilice el Facebook. Compartir fotos, actividades y los «me gusta» que dan a otras publicaciones son las actividades que más les causa problemas, pero a pesar de que el 70% de los encuestados respondieron sí tener problemas debido al uso que le dan a Facebook sus pareja, solo el 30% respondió haber tenido una ruptura sentimental a causa de ello”.
6. Las relaciones a distancia pueden funcionar
De acuerdo con una nueva investigación, y al contrario de lo que la mayoría de las personas piensan, las relaciones a distancia pueden funcionar. Son dos las razones que mantienen viva la llama a pesar de los kilómetros que separan a los dos enamorados. Las parejas separadas por la distancia, se cuentan información más íntima y tienen más idealizada a la pareja. Como resultado, los dos suelen tener niveles similares de satisfacción y estabilidad. ¿Será cierto?
7. Las discusiones de pareja engordan
Un estudio del Instituto de Medicina del Comportamiento de la Universidad de Ohio afirma que las personas propensas a padecer estrés, depresión o problemas de ánimo, tienen mayor riesgo de engordar si discuten con su pareja frecuentemente, ya que afecta a la manera de procesar las grasas por parte del cuerpo. Las peleas entre los miembros de la pareja, provocan un aumento de la cantidad de insulina en sangre, lo que estimula la ingesta de alimentos y la acumulación de grasa abdominal.
Además, las peleas frecuentes pueden hacer sentir deprimida a una persona y provocar un exceso de ingesta de alimentos. Estar desanimado provoca el abandono de hábitos de vida saludable, como la práctica de ejercicio. Por otro lado, las personas con problemas de estrés y ansiedad, pueden aumentar los triglicéridos, responsables de importantes enfermedades cardiovasculares.
Canino(F.Miró) — La película que más nominaciones acaparó en los Oscar del año 2016 está basada en una leyenda del siglo XIX, arraigada en el imaginario americano de los estados del medio oeste. Digo leyenda porque algunos historiadores lo han considerado un personaje de ficción dado lo increíbles que resultan algunos episodios de la vida de Hugh Glass. Pero como ya sabemos, la realidad siempre supera la ficción. Y si la historia deEl renacidosucedió en algún momento, fue más o menos así. Esta fue la vida de Hugh Glass, así que sí, este artículo puede contener spoilers.
De pirata a indio pawnee
Dónde nació y cómo fue la juventud de Hugh Glass es, aún hoy, un misterio no del todo esclarecido. Algunos historiadores apuntan a que pudo haber nacido en Pensilvania, alrededor del 1783, pero nadie asegura nada. De hecho, hay quién cree que Glass forjó su leyenda con buena mano y mejor elocuencia: tenía una habilidad portentosa para contar historias, así que pudo haberla usado para inventarse sus propias aventuras. Nadie se lo reprocha hoy, si fuera el caso.
Si no lo fuera, se podría considerar que los primeros escritos que hablaron sobre él fueron las memorias de George C. Yount, primer colono permanente de origen europeo en el valle de Napa y hombre de poderío en su tiempo. Yount conoció a Glass una noche de invierno y, a la luz de la lumbre, éste le contó que había sido marinero en un barco estadounidense pero que surcando las aguas del golfo de México, fue secuestrado por el famoso pirata francés Jean Lafitte. Éste le dijo, amablemente, que tenía dos opciones: o unirse a su banda o morir. Y claro: Hugh Glass se convirtió en pirata.
El pirata Jean Lafitte
Durante un tiempo, Glass vivió como tal e hizo todo lo que un pirata hace. Pero aquella no era la vida que deseaba y no podía soportar las atrocidades que veía perpetrar a sus camaradas allá dónde iban. Él era un hombre de honor, o así lo definen historiadores como John Myers Myers, que en su libro The Saga of Hugh Glass: Pirate, Pawnee, and Mountain Man(1963), cuenta cómo Glass hizo amistad con otro marinero y cómo juntos empezaron a escaquearse, cuando no boicotear, las acciones de la banda. Al poco tiempo se les condenó como “no aptos” y fueron apresados por Lafitte a la espera de un “juicio pirata”.
Una noche, toda la banda del pirata abandonó su barco para celebrar en tierra un golpe, dejando a Glass y a su amigo solos en la embarcación. Para cuando volvieron, ambos habían escapado nadando dos millas hasta la costa de Luisiana y adentrándose en tierras dominadas por tribus indígenas, en guerra contra los invasores.
En su camino, de más de mil millas por territorio hostil, no se encontraron con ninguna tribu Comanche, Osage ni Kiowa que les arrancasen la cabellera gustosamente.
Retrato de Hugh Glass
Por el contrario, fueron a topar con indios pawnee, que no mataban a sus víctimas ni coleccionaban sus cabelleras, sino que los quemaban vivos en sacrificio a sus dioses.
Según Myers Myers, Glass tuvo que ver cómo su compañero era quemado vivo y su supervivencia no fue otra cosa que una jugada macabra del destino: cuando estaban despojándole de sus ropas para ser sacrificado, Glass sacó de su pecho una pequeña bolsa (de contenido no del todo claro) de color bermellón, un color que los pawnee consideraban sinónimo de valentía.
El hecho fascinó al jefe de la tribu, que no sólo le perdonó la vida sino que le aceptó como uno más. Y así Glass se convirtió en indio pawnee. Durante años el ex-marinero y pirata renegado vivió pacíficamente con la tribu que le había adoptado, llegándose a casar con una indígena, aunque nunca tuvo hijos con ella.
De indio a guía experimentado
Al cabo de unos años, Glass abandonó la pacífica aldea de su tribu en busca de fortuna.
Su pasado como pirata, su experiencia como integrante de los pawnee y su conociminto profundo de la tierra y sus características le mantuvieron ocupado un tiempo como guía y cazador para comerciantes estadounidenses.
Por aquél entonces, fue contratado por el general William H. Ashley y el mayor Andrew Henry (interpretado en la película de Iñárritu por Domhall Gleeson) en la Rocky Mountain Fur Company, una compañía expedicionaria que comerciaba con pólvora y otros materiales en los que la región era rica.
Aquella riqueza había sido patrimonio de la tribu indígena de los Arikara, comerciantes y agricultores de maíz, tabaco, pólvora, caballos y otros materiales que vivían allí mucho antes de que Ashley y Henry pisasen sus fronteras.
Su situación estratégica, a orillas del río Misuri, les convirtió en la tribu más rica gracias al trueque entre indígenas. Y su situación no iba a cambiar por culpa de los recién llegados. Después de varios tira y afloja, los Arikara declararon la guerra abierta a los invasores y la Rocky Mountain Fur Company perdió, durante sucesivas escaramuzas, a casi todos sus hombres.
Glass guió por las montañas y por senderos casi desconocidos a los hombres de Ashley, ayudando a hacer comprender a sus jefes que tenían que abandonar el río Misuri como fuente de comercio y guiando a sus hombres lejos de tribus hostiles.
De guía a cadáver incapaz de morir
Tanto Myers Myers como el novelista Michael Punke, autor de The Revenant: A Novel of Revenge (2002), novela en la que se basa mayormente El renacido, fechan a principios de septiembre de 1823 la muerte y resurrección de Hugh Glass a manos de un oso pardo. De haber muerto entonces, habría abandonado este mundo con cuarenta años y más aventuras de las que ninguno de sus compañeros de viaje podía contar. Pero el destino, caprichoso de nuevo con la vida de Glass, le tenía preparados otros planes.
Así fue como una mañana se adelantó a su tropa para inspeccionar el terreno y, de paso, descubrir si en aquella zona había algo que cazar. La suerte quiso que caminase demasiado cerca de la madriguera en la que dos cachorros de oso pardo y su madre intentaban dormir.
Asustada por la proximidad del humano, la osa se abalanzó sobre Glass enzarzándose en una batalla que las leyendas locales cuentan épica. Alertados por los gritos de nuestro héroe, los hombres de Henry fueron a su rescate pero para cuando llegaron, Glass había sufrido heridas gravísimas de las que, prácticamente, era imposible recuperarse.
A pesar de todo, Henry ordenó que se cargase el cuerpo de Glass mientras éste aún estuviese con vida y, durante dos largas y tediosas jornadas, los hombres lo llevaron a través de bosques y montañas. Pero la lentitud con la que la compañía marchaba ponía en peligro la vida de todos y, ante la obstinación por no morir, el comandante tuvo improvisar: dos personas se quedarían con Glass hasta que éste falleciese y le darían un entierro cristiano. A cambio de ochenta dólares, claro.
Aquellos dos hombres fueron John Fitzgerald, a quién da vida Tom Hardy, y el integrante más joven de la compañía, James Bridger, interpretado por Will Poulter. Se cuenta que le velaron unos no poco peligrosos cinco días con el inminente peligro de ser atacados por los Arikara, sin apenas alimento que llevarse a la boca y el frío calándoles los huesos. Sin embargo, Glass seguía incapaz de morir. Fue entonces cuando los dos vigías acordaron dejar el cuerpo de Glass a su suerte y escapar para buscar al resto de la compañía o, al menos, no morir.
De cadáver a leyenda
Un muerto no necesita armas. Así que sin arma alguna, sin alimentos a mano y con el cuerpo terriblemente herido, Hugh Glass se las apañó para sobrevivir al abandono de sus compañeros e ir recuperándose de sus heridas. Se alimentó de insectos, serpientes y plantas comestibles e incluso se dice que comió restos de un búfalo que unos lobos no habían terminado de devorar.
Y, con el tiempo, Glass pudo incorporarse, caminar y cazar. Había renacido y su único motivo para seguir viviendo era vengarse de los dos hombres que le habían abandonado.
Así se forjó una leyenda que cuenta que recorrió casi cuatrocientos kilómetros cojeando hasta dar con una aldea de la tribu de los Lakota, habitada por gentes con las que trabó amistad. De ellos consiguió una barca con la que descendió las aguas del Misuri en busca de Fort Kiowa, donde debían estar las dos personas que pagarían por haberlo dejado a su suerte.
La historia folclórica estadounidense termina con deuda de honor y recompensa por el agravio, como toda buena historia debería acabar. Glass encontró primero al más joven, pero le perdonó la vida. Entre lloros, saliva y flema, el bueno de Bridger le contó que todo había sido un plan de Fitzgerald, y que él se habría quedado a velarle, pero que nadie creía que fuera a sobrevivir. Pero allí estaba, y su venganza tenía ahora un solo destinatario.
De leyenda a cadáver
Sin embargo, para cuando Glass encontró a Fitzgerald, éste formaba parte del ejército americano. Eso significaba que debía su vida a la causa. Así que, en compensación por no rebanarle el pescuezo y por el agravio que había sufrido, el ejército le dio la suma de trescientos dólares, con los que empezar una nueva vida en Nuevo México. Pero ni allí estuvo bastante tiempo: después de dedicarse durante una temporada a la caza y al comercio, viajó hasta Taos, donde fue herido por una tribu Shoshone cuando intentaba regalar carne de castor a una joven. Cuando se recuperó de la herida regresó a la región de Yellowstone dónde siguió dedicándose a la caza.
Pero todas las leyendas tienen finales tristes, y a menudo, bastante mundanos. No hubo épica ni funeral para Hugh Glass. En la primavera de 1833, él y dos hombres más partieron a una expedición en busca de castores, la última. A pesar de los años, los Arikara aún estaban en guerra con el hombre blanco y fueron ellos quienes le dieron aquello que ni Jean Lafitte, ni los indios pawnee, ni un oso pardo supieron darle.
Días después, un hombre de la compañía de Ashley, la misma para la que Glass había trabajado años atrás, encontró los cadáveres de tres cazadores fusilados sobre la nieve. Ninguno de los tres tenía cabellera.
Los Medos fueron un pueblo del actual norte de Irán que llegaron a controlar una gran extensión de territorio que abarcaba Mesopotamía y el Este la península de Anatolia. Desde el nacimiento del reino Medo hacia el año 678 a.C. siempre fueron vasallos del Imperio Neoasirio. Pero eso se acabó entre 616 y 605 a.C. cuando, aliados con babilonios, escitas y cimerios, atacaron a los asirios borrándolos de la historia.
A partir de ahí comenzó una expansión que, para 579 a.C. les llevó a chocar con los lidios en Asia Menor. 30 años más tarde el Imperio Medo sería conquistado por el aqueménida Ciro el Grande, que se rebeló contra su abuelo, el rey medo Astiages, en 549 a.C. Los lidios, por su parte, tenían una historia más extensa, ya que el reino se había constituido hacia 1300 a.C., tras la caída del Imperio Hitita. Asentados al Oeste de Anatolia y en las costas jonias, muchos historiadores los consideran un pueblo griego, o por lo menos altamente helenizado.
Anatolia hacia el 600 a.C.
Pero durante la guerra entre ambos ocurrió un episodio significativo, no solo para la Historia sino también para la Ciencia. Llevaban ya 5 años enzarzados en el conflicto cuando los ejércitos lidio y medo se vieron las caras en la Batalla del río Halis (actual Kizilirmak), al Este de Anatolia.
Cuenta Heródoto que al frente de los lidios estaba su rey Aliates, mientras que los medos estaban encabezados por el suyo, Ciáxares. La batalla se alargaba y la victoria no se decantaba de ningún bando cuando, algunas horas después del mediodía el cielo se oscureció de repente y el día se hizo noche.
Aunque Heródoto no dice explícitamente que aquello fue un eclipse, sí que afirma que había sido predicho por Tales de Mileto, aunque evidentemente ni a lidios ni medos les había llegado la noticia. Asumiendo que, con casi total seguridad, fue un eclipse, los historiadores han podido establecer la fecha exacta de la batalla, gracias a los cálculos astronómicos que sitúan el fenómeno el día 28 de mayo de 585 a.C.
El eclipse en la batalla del río Halis, ilustración de Astronomy For Amateurs, Camille Flammarion, 1904
En las diferentes batallas que se dieron, hubo una nocturna en el año sexto de la guerra que ambas naciones proseguían con igual suceso, porque en medio de la batalla misma se les convirtió el día repentinamente en noche; mutación que Tales de Mileto había predicho a los jonios, fijando el término de ella en aquel año mismo en que sucedió. (Heródoto I, 74–2)
Los contendientes quedaron tan sorprendidos, quizá atemorizados que, interpretándolo como una señal divina, inmediatamente depusieron las armas y negociaron un acuerdo de paz.
Entonces lidios y medos, viendo el día convertido en noche, no solo dejaron la batalla comenzada, sino que tanto los unos como los otros se apresuraron a poner fin a sus discordias con un tratado de paz. (Heródoto I, 74–2)
No solo eso, como parte del tratado se acordó el matrimonio de la hija del rey lidio, Aryénis, con el hijo del rey medo, Astiages (el abuelo de Ciro), y el río Halis se estableció como frontera permanente entre ambos reinos.
Los intérpretes y medianeros de esta pacificación fueron Syémnesis el Cilice, y Labyneto el Babilonio; los cuales, no solo les negociaron la reconciliación mutua, sino que aseguraron la paz, uniéndolos con el vínculo del matrimonio; pues ajustaron que Aliates diese su hija Aryénis por mujer a Astiages, hijo de Ciáxares. Entre estas naciones las ceremonias solemnes de la confederación vienen a ser las mismas que entre los griegos, y solo tienen de particular que, haciéndose en los brazos una ligera incisión, se lamen mutuamente la sangre. (Heródoto I, 74–2)
En cuanto al eclipse, si ciertamente fue predicho por el filósofo Tales de Mileto, sería el más antiguo registrado cuya fecha fue exactamente determinada con antelación.
Así lo indican también, entre otros, Cicerón y Plinio el Viejo. Diógenes Laercio cuenta que Jenofanes, que fue contemporáneo de Tales, quedó impresionado por la predicción, igual que Demócrito y Heráclito.
Pero esto no está del todo claro.
Busto de Tales en el Museo dei Marmi, Florencia
Algunos investigadores cuestionan la veracidad de la predicción de Tales, afirmando que los conocimientos astronómicos de la época no le hubieran bastado para ello.
E incluso que los eclipses de Sol fueran causados por la interposición de la Luna no se descubrió hasta un siglo más tarde (por Anaxágoras o Empédocles).
En ese caso lo que Heródoto puede estar describiendo no sería un eclipse solar, sino uno lunar que se habría producido en las primeras horas del anochecer.
Si ambos ejércitos confiaban en que habría luna llena como en los días inmediatamente anteriores, el ocultamiento de ésta habría sido igualmente impactante.
Según esta hipótesis la fecha de la batalla podría haber sido el 4 de julio de 587 a.C. o el 3 de septiembre de 609 a.C., días ambos en que hubo eclipses lunares.
Para poder predecir un eclipse solar Tales tendría que haber conocido y usado un ciclo de saros (el período de 223 lunas tras el que la Luna y la Tierra vuelven aproximadamente a la misma posición orbital, y por tanto se pueden repetir los eclipses) o tener amplios conocimientos de astronomía babilónica.
El registro más antiguo que se conoce acerca de estos ciclos se halló en Babilonia, debido a astrónomos caldeos (626–530 a.C.), quienes ya sabían que los eclipses cumplen un ciclo de 18 años. No obstante, Eusebio de Cesarea afirma que el descubridor de los ciclos de saros fue el caldeo Beroso, que vivió entre 350 y 270 a.C. Curiosamente, para el año 87 a.C. el cálculo mecánico de ciclos de saros ya estaba implementado en el Mecanismo de Anticitera.
Con todo, no existen registros documentales acerca del método que Tales pudo seguir para realizar su predicción, y todos los intentos modernos por reconstruirlo han fracasado.
Muy Interesante(G.Carvajal) — Se suele decir que la Historia la escriben los vencedores. Pero evidentemente para ello necesitan que alguien haga el trabajo. Uno de los primeros falsificadores conocidos de la Historia vivió en la Atenas del siglo V a.C., y en realidad era mucho más que eso. Se llamaba Onomácrito, y esto es lo que se sabe de él.
Nació hacia el año 530 a.C. y por tanto su vida se desarrolló a caballo entre siglos, muriendo hacia el 480 a.C. No ha sobrevivido ninguna de sus obras, ni siquiera fragmentos, pero las evidencias recopiladas de numerosas fuentes presentan un perfil bastante uniforme. La descripción que de él proporciona Heródoto da la impresión de que era, no solo un destacado falsificador, sino todo un profesional en tal actividad.
Se sabe que se dedicaba, entre otras cosas, a la crestomatía. Esto es, la recopilación de textos destacados de diferentes autores, con el fin de preservarlos para la posteridad y con fines educativos. Atenodoro le menciona como autor de una edición anotada de las obras de Homero.
Supuesto busto de Pisístrato, copia romana de un original griego
Una de sus labores principales era la recopilación de oráculos procedentes de los santuarios griegos de Delfos, Dodona, Olimpia, Oropos, y otros.
Por ello el tirano de Atenas Pisístrato le contrató para elaborar una crestomatía de los oráculos del poeta Museo. Éste era una figura semilegendaria, supuestamente anterior a Homero, y relacionado con Orfeo y los misterios de Eleusis.
Parece ser que inducido a ello por uno de los hijos de Pisístrato, Hiparco, Onomácrito añadió a la compilación algunos oráculos de su propia invención.
Según cuenta Heródoto el engaño fue descubierto por el poeta Laso de Hermíone, a quien se considera el fundador de la ciencia musical helénica, y por ello Onomácrito fue desterrado de Atenas.
Otra teoría apunta a una especie de competición lírica entre ambos, en la que Laso habría convencido a Hiparco de que Onomácrito recitaba versos falsos, en concreto uno que vaticinaba el hundimiento de las islas vecinas de Lemnos.
Y también se baraja la hipótesis de que la modificación de los oráculos hubiera sido desfavorable para los pisistrátidas.
Pronto su nombre se convertiría en sinónimo de falsificación. Pausanias, por ejemplo, afirma que de toda la obra de Museo solo un poema debe ser auténtico, mientras que el resto fueron escritos por Onomácrito.
También le culpa de añadir informaciones nuevas acerca de los Titanes, lo que convertiría a buena parte de la mitografía acerca de estos en una invención de aquél.
Curiosamente Aristóteles le menciona como uno de los principales legisladores de la Antigüedad en su Política, lo que desconcierta a los investigadores. Algunos opinan que se trata de un personaje diferente, y otros que Aristóteles lo menciona para establecer una conexión forzada con los reputados legisladores sicilianos y cretenses, ya que habría sido en este último lugar donde Onomácrito practicaría esta actividad.
Mapa de santuarios y oráculos helénicos
Una vez expulsado de Atenas se exilió Persia, donde posteriormente también lo harían los hijos de Pisístrato. Allí, una vez más según Heródoto, Onomácrito habría interpretado los oráculos para Jerjes, el rey persa, de tal modo que convenció a éste de invadir Grecia.
[…] El otro era que los Pisistrátidas venidos a Susa no sólo confirmaban con mucho empeño las razones de los Alévadas, sino que aún añadían algo más de suyo, por tener consigo al célebre ateniense Onomácrito, que era adivino y al mismo tiempo intérprete de los oráculos de Museo, con quien antes de refugiarse a Susa habían ellos hecho las paces.
Había sido antes Onomácrito echado de Atenas por Hiparco, el hijo de Pisístrato, a causa de que Laso Hermionense le había sorprendido en el acto de ingerir entre los oráculos de Museo uno de cuño propio, acerca de que con el tiempo desaparecerían sumidas en el mar las islas circunvecinas a Lemnos; delito por el cual Hiparco desterró a Onomácrito, habiendo sido antes gran privado suyo.
Entonces, pues, habiendo subido con los Pisistrátidas a la corte, siempre que se presentaba a la vista del monarca, delante de quien lo elevaban ellos al cielo con sus elogios, recitaba varios oráculos, y si en alguno veía algo que pronosticase al bárbaro algún tropiezo, pasaba éste en silencio, mientras que, por el contrario, al oráculo que profetizaba felicidades lo escogía y entresacaba, diciendo ser preciso que el Helesponto llevase un puente hecho por un varón persa, y de un modo semejante iba declarando la expedición.[…] (Heródoto VII–6.2–5)
Pero hay más todavía. Aristóteles afirma que Orfeo nunca existió, y de hecho ni lo menciona en su Poética.
Anteriormente Homero tampoco lo cita, aun cuando se suponía que Orfeo le había precedido.
La primera mención de Orfeo que conocemos data del siglo VI a.C., en la obra del poeta Íbico, nacido en Rhegium (la actual Regio Calabria en el sur de Italia). Hay varios sospechosos de haber sido los autores de los poemas órficos de los que habla Platón.
Uno de ellos era Pitágoras, pero el principal es, efectivamente, Onomácrito.
Por último, las sospechas también recaen sobre la Ilíada y la Odisea homéricas. Siendo Onomácrito como era un auténtico profesional de la falsificación literaria, hay quien opina que muy bien podría haber compuesto ambos poemas mezclando fuentes de distinta procedencia, y de ahí las incoherencias dialécticas que presentan.
Pero la mayoría de expertos cree que eso es bastante improbable, dada su alta calidad.
El rastro de Onomácrito se pierde en Persia y nada más se sabe sobre su vida o su muerte. Aunque no es difícil conjeturar lo que le pudo ocurrir cuando Jerjes se dio cuenta del engaño.
Infobae(J.S.Mariño) — Un hombre que viajó a conocer a su nieto, una mujer que peleó por la falta de agua en su barrio, una enfermera que enfermó dos veces y partió, una mujer que no llegó a conocer a sus mellizos, dos hermanas de menos de 30, tres generaciones de una familia que quedó diezmada, el amor de su vida para un hombre que aun recuerda la primera cita, una pareja que no quiso despegarse y se fueron uno detrás del otro, un hombre que peleó en Malvinas y sobrevivió a la guerra, pero no al COVID. Madres, padres, hijos, hermanos, nietos, abuelos, amigos, héroes…
Son algunas de las historias desgarradores que dejó la pandemia en la Argentina, algunas apenas dentro de ese número inverosímil que componen los cien mil muertos en nuestro país. Para recordarlas, repasamos diez de esas despedidas que no debieron suceder pero el COVID apresuró.
1 – La primera víctima del virus de América Latina
Inevitablemente Guillermo Abel Gómez quedó en la historia de la Argentina. Fue, según los registros, la primera persona en morir en el país a causa de coronavirus. Tenía 64 años, había viajado a París y, al regresar, quedó internado en el Hospital Argerich. No se supo inmediatamente que se trataba de un caso de COVID-19 sino que recién después de muerto se encontró el virus. Su situación era complicada porque además padecía diabetes, hipertensión, bronquitis crónica e insuficiencia renal.
Guillermo Abel Gómez, la primera víctima del COVID en la Argentina.
Volvió el 25 de febrero del 2020 a la Argentina. El 28 levantó fiebre y tuvo dolor de garganta. El 4 de marzo se acercó a un centro de salud a consultar. Se le realizó un hisopado y quedó aislado. La pandemia recién comenzaba y los resultados de los tests tardaban en llegar. No había protocolos establecidos de cuidado y mucho de lo que se hacía con los pacientes era prueba y error. Tres días después de testearse y quedar aislado, murió el 7 de marzo del 2020. Fue, además de la primera víctima del coronavirus en el país, la primera muerte en América Latina.
Mucho se hablaba por entonces de que el virus venía con los viajeros. ¿A qué había viajado Gómez a Francia? A conocer a su nieta. Es que Guillermo había vivido en Francia gran parte de su vida, luego de irse del país exiliado por persecuciones políticas. Fue militante del Movimiento Villero Peronista en los setentas y eso le valió un secuestro, varias amenazas, y finalmente el exilio. Cuando él volvió a vivir a la Argentina, su hija María Eugenia -que nació en Francia- se quedó allá. Cuando fue madre, en febrero del 2020, Gómez viajó a conocer a su primera nieta. Lo hizo. La parte luminosa de esta dramática historia es que lo hizo.
2 – Inseparables: murieron en la misma cama
Parecieron decirse lo que dice la canción: esperame en el cielo corazón, si es que te vas primero. Tenían 74 y 76 años.Llevaban 50 años de casados. Pensaban viajar a Europa a celebrar las bodas de oro. El COVID-19 lo arruinó todo, pero no logró separarlos.
María del Carmen Quaranta y Horacio Pérsico se conocieron en la adolescencia. El amor fue inmediato y duradero. En 1970 se casaron y armaron una vida juntos. Tuvieron tres hijos: Leticia (49), Hernán (46) y Julieta (36).
Al comienzo de la pandemia, decidieron cuidarse y quedarse solos en su casa. Sus hijos hacían las compras por ellos y evitaban todo tipo de contacto con el exterior. En ese contexto cumplieron 50 años de casados, en abril. No pudieron celebrar como deseaban, pero en su horizonte había un viaje organizado juntos: en septiembre de 2020 se iban a ir a Europa. Iba a ser, además, la primera vez para ellos en el viejo continente.
María del Carmen Quaranta y Horacio Pérsico, luego de 50 años de amor, murieron con una semana de diferencia.
Se dijo hasta el cansancio que la pandemia lo cambió todo. Para ellos, ese cambio fue fulminante. Cuando llegó septiembre no solo no pudieron hacer el viaje sino que ambos se contagiaron de COVID-19.
“El 8 de septiembre le hicieron la PCR a mi papá y dio positivo. En el Hospital Italiano, le practicaron todos los estudios correspondientes y lo llevaron de vuelta a su casa, donde estaba mi mamá, que tenía antecedentes de asma. Por su edad, mis padres estaban dentro del grupo de riesgo y no tenían espacio en su casa para hacer el aislamiento. Era imposible que se quedaran solos en ese estado. Cuando planteamos la situación en el Hospital, decidieron dejar a mi papá en su casa y llevarse a mi mamá para internarla. A ella, se la llevaron al mediodía y a la noche el resultado de la PCR dio positivo. Quedó internada porque la placa de tórax no estaba bien, a pesar de que no tenía síntomas”, explicó Julieta Pérsico, la hija menor de ambos.
Antes de esa internación, se saludaron por última vez, con un beso en el hall de entrada de su casa. Fue la última vez que se vieron. Poco tiempo después también lo internaron a él, estuvieron en habitaciones contiguas. Cuando Horacio murió -el 24 de septiembre del 2020-, María del Carmen fue trasladada a la habitación en la que estuvo su marido, la 1211. Allí, en la misma cama, murió siete días después, el 1 de octubre del 2020.
“Lo que pasamos con mis hermanos no se lo deseo a nadie: en 23 días el COVID-19 nos arrancó a mis viejos”, dijo Julieta a Infobae. Y agregó: “Me cambió la vida, ya no soy la misma que era antes. Mis papás siempre fueron mi sostén, para las decisiones más simples y para las más complejas. Yo les consultaba todo… Eran dos eternos enamorados. Ahora, están juntos para siempre. Y ese, es el único consuelo que me queda”.
3 – En la primera línea: la enfermera que contrajo dos veces COVID y no resistió
María Castellón tenía 34 años, era enfermera, y trabajaba en el sector COVID del Hospital Santojanni. Había sido vacunada con las dos dosis de la vacuna Sputnik. Al momento de contagiarse COVID-19, estaba en su casa de licencia por una fractura de hombro. Levantó fiebre y se fue a chequear al hospital en el que trabajaba. Según indicaba el protocolo, la mandaron a realizar el aislamiento en su casa ya que solo presentaba fiebre.
María Castellón. Tenía 34 años y era enfermera. Contrajo dos veces coronavirus. La segunda fue fatal, a pesar de estar vacunada con dos dosis.
Un día después su condición empeoró y fue internada en la terapia intensiva del sanatorio Julio Méndez. María vivía con sus padres y no tenía condiciones preexistentes. Sí tenía antecedentes con el COVID: lo había padecido durante el 2020, pero sin mayores complicaciones. “Fue algo moderado. Tuvo algunas líneas de fiebre y dolores corporales nada más. Se recuperó lo más bien y siguió trabajando hasta finalmente recibió las dos dosis de la vacuna Sputnik”, contó su amiga Úrsula a Infobae.
María había recibido en febrero del 2021 la primera dosis de la vacuna Sputnik V, y en abril la segunda. Su caso fue tristemente excepcional porque la eficacia de la vacuna está probada y si bien no es infalible -y este caso lo demuestra- si ofrece una fuerte protección.
“Era sana y no tenía ninguna enfermedad preexistente. Se le llenaron de agua los pulmones, la intubaron, permaneció estable un par de horas pero falleció”. Su muerte sucedió el viernes 4 de junio.
Úrsula, además de amiga, era su colega. Juntas se habían recibido de enfermeras y fue ella quien le recomendó presentarse en el Santojanni al comienzo de la pandemia, porque buscaban personal de salud. La noticia de su muerte golpeó a todo el grupo de amigas enfermeras de María. “Todavía no lo podemos creer. Es muy estresante y triste lo que le pasó. Nos da mucho miedo porque aunque estemos vacunados eso no quita que nos pueda pasar a nosotros también”, concluyó Úrsula.
4 – La referente: Ramona Medina dio su vida por los otros
En el barrio era famosa por muchas cosas. La más alegre de esas cualidades: amaba bailar, siempre que podía lo hacía. Era tucumana, era fuerte, era una mujer que no esquivaba los problemas y peleaba por solucionarlos. Lo hizo: poco antes de su muerte denunció falta de agua en la Villa 31, donde era una referente barrial.
¿Cómo iban a cuidarse del COVID en el barrio si no tenían agua para lavarse las manos? Lo preguntó e hizo que la atención se pusiera finalmente en lo importante. Ramona Medina vivía con sus hijas Maia y Guadalupe, con su pareja, con su cuñada y su cuñado, con su sobrino y su sobrina.
Ramona Medina, la referente del aVilla 31 que denunció falta de agua en el barrio y pocos días después falleció.
Ramona era diabética e insulino dependiente. Trabajaba en las calles del barrio, en comedores, en diferentes agrupaciones sociales. Apenas una semana después de que se difundiera su video denunciando la falta de agua (“Nos piden que nos higienicemos, que nos lavemos las manos, que tengamos mayor cuidado, que nos pongamos tapabocas, que no salgamos a la calle ¿Y con qué lo hacemos si no tenemos agua?”), fue diagnosticada con coronavirus. La internaron en el Hospital Muñiz, inmediatamente con respirador. Ella, que aguantó de todo en la vida, un día no aguantó más. Murió el 17 de mayo del 2020. Su nombre, Ramona Medina, se convirtió en un emblema de las luchas sociales. No debió contagiarse, no debió morir. Lo sabía, y no se fue de este mundo sin dejarlo claro.
5 – Una vida juntos, un milagro breve y una muerte a la distancia
De algún modo, murieron juntos. De algún modo, separados. La historia de Sara Morales (67) y Arturo Holguin (68) es, de algún modo, shakesperiana. Es que Sara en teoría murió primero. Fue internada en el Hospital Cecilia Grierson de Catriel, provincia de Río Negro, el 12 de mayo del 2021. Sufría una fuerte neumonía bilateral provocada por el COVID-19.
Pocos días antes había sido internado su pareja, Arturo, pero en Viedma, porque en Catriel no se conseguían camas. “Los cuadros de salud de ambos eran sumamente complejos y se agravaron con el paso de los días”, explicó Mariano Ruiz, su sobrino, en diálogo con Infobae.
La progresión de Sara sorprendió a todos. Después de estar 12 días internada, dejó de respirar. El 28 de mayo el doctor a cargo se comunicó con la familia y les dio la peor noticia: Sara -madre de seis hijos, abuela de veinte nietos y de doce bisnietos- había muerto. Les dio la información correspondiente y los invitó a despedirla en la habitación. Dos de sus hijos se demoraron haciendo los trámites necesarios y se comunicaron con sus otros hermanos para que pudieran pasar todos juntos. Una vez que entraron a la habitación, sucedió lo inesperado.
Sara había sido desconectada del respirador y estaba tapada. Pero la imagen cambió pronto, cuando uno de sus hijos notó que se movía. De inmediato llamaron al médico y descubrieron que Sara estaba respirando por sus propios medios. En efecto, Sara estaba viva.
Sara Morales y Arturo Holguin. Ella murió primero pero revivió, luego se fue él y Sara ya no aguantó.
“Somos creyentes, para nosotros ocurrió un milagro, todavía no quería irse”, contó su sobrino, intentando encontrar una explicación.
A casi 700 kilómetros de ahí, Arturo seguía internado en Viedma. La falta de camas los había separado, y pocas horas después del “milagro” de Sara, murió él. Estuvieron 20 años juntos y tuvieron tres hijos, que se sumaron a los tres que ya había tenido Sara de un matrimonio anterior. Eran lo que se dice una familia ensamblada, que el COVID-19 desarmó.
Unos días después de la muerte de su pareja, el estado de Sara seguía complicado. Finalmente, tuvo un paro cardiorespiratorio y murió. “Si me preguntan qué ocurrió cuando ella sobrevivió la primera vez, lo único que puedo pensar es que en el momento que mi tío dejaba este mundo, ella también, se encontraron y él la mandó de vuelta, aunque sea por algunos días”, dijo Mariano, el sobrino de ambos.
6 – Tuvo mellizos pero no llegó a conocerlos: el COVID-19 se la llevó
Algunas muertes duelen más que otras. No es un sentimiento justo, pero el coronavirus modificó para siempre el orden de las emociones. El caso de Paola Flores es uno particularmente doloroso. Tenía 46 años y estaba embarazada de mellizos. Le había costado llegar a ser madre y tuvo que someterse a varios tratamientos de fertilización asistida para lograrlo. Finalmente, todo estaba en camino.
Sin embargo, a los seis meses el sueño comenzó a derrumbarse. Paola contrajo coronavirus y el 2 de junio debió ser internada. No estaba vacunada y poco a poco su estado comenzó a empeorar. Al cuarto día de ingresar al hospital empezó con apnea y una tomografía confirmó que padecía neumonía bilateral. Los médicos comenzaron a darle una medicación para que maduraran los pulmones de los bebés.
La salud de Paola empeoró el 11 de junio y el 12, tras un aumento de su insuficiencia respiratoria, los médicos le recomendaron realizar una cesárea. Tanto ella como el padre de los bebés aceptaron, y nacieron prematuros. Tuvieron un nene y una nena. Inmediatamente fueron llevados a terapia intensiva infantil y luego a neonatología, donde progresaron bien. Su madre desgraciadamente no tuvo el mismo destino: murió el 22 de junio del 2021 en Hospital Español de Godoy Cruz, Mendoza, diez días después del parto. No pudo conocer a sus hijos.
7 – “En menos de diez días me quedé sin hermanas”
Martes 11 de mayo del 2021. Ciudad de Concordia, Entre Ríos. De pronto, de la peor manera, el COVID-19 se volvió demasiado protagonista en la ciudad y en diez días arrasó con una familia. Aldana y Marina Güida, de 21 y 29 años respectivamente, murieron en el Hospital Masverna.
Sus padres José y Mariela también se contagiaron, así como su hermano Alfredo y su abuela, de 90 años. “Estoy desarmado. En menos de diez días me quedé sin hermanas. No sé cómo va a seguir todo esto”, dijo a Infobae Alfredo, el hermanos del medio, que quedó de pronto como único hijo.
La primera en ser internada fue Aldana, quien cursaba el Profesorado de Biología en el Instituto Concordia. Entró a terapia el 30 de abril del 2021 y dos días después falleció. Al mismo tiempo que ella partía, su hermana Marina llevaba adelante su propia lucha contra la enfermedad, pero con menos complicaciones. Sin embargo, según cuenta el hermano, tras la muerte de su hermana menor se complicó su cuadro. Mamá de Andrés (12) y de Mía (6), estaba estable hasta que le encontraron broncoespasmos. “Ahí se fue a pique”, relata su hermano.
Aldana y Marina Güida. Tenían 21 y 29 años. Eran hermanas. Murieron el mismo mes.
“Me cortaron las alas. Se llevaron un pedazo de mí. No encuentro palabras para este momento. Trato de pensar que es una pesadilla, que mis dos hermanas están vivas y que ya voy a despertar, pero nunca despierto y ustedes ya no están. Descansen en paz yo cuido el legado, yo cuido a papá y mamá. Las amo, hasta pronto”, escribió Alfredo en sus redes sociales. Sus hermanas, cuenta, eran sanas, más allá de que la mayor tenía hipertiroidismo y Aldana sobrepeso.
“Quiero agradecer a todos quienes hicieron la cadena de oración por la salud de la madre de mi hijos, por Marina Güida. Lamentablemente se nos fue, nos dejó. Y hay que seguir adelante. No es fácil”, escribió por su parte Víctor Andrés Forni, ex pareja de la mayor de las hermanas, y padre de sus hijas.
La ciudad de Concordia acompañó el dolor de la familia con múltiples cadenas de oración y muestras de apoyo. Nada sana el dolor de que, entre otros cien mil, las hermanas se hayan ido tan abruptamente.
8 – Combatió en Malvinas, entregó su vida a los veteranos, y luchó más de 50 días contra el COVID
Cincuenta y dos días de internación, tres neumonías, dos shocks sépticos, fallas multiorgánicas, intubación y traqueotomía. Todo eso hizo falta para que el COVID derrote a Marcelo Sánchez. Tenía 58 años y quería vivir. Tenía grababa en el corazón otra lucha de la que fue parte: la guerra de Malvinas.
“Hoy me toca despedir a un Héroe de mi Patria, al ser que más amé en mi vida, al papá de Lautaro, Camila, Juan Cruz, Tobías y Oriana, al concejal, al veterano de guerra de Malvinas, al compañero”, escribió en Facebook su pareja, Flavia Porto. El resumen captura el espíritu guerrero de Marcelo.
A las Malvinas llegó un 23 de abril de 1982, como parte del Regimiento de Infantería Mecanizado 6. Luego de la guerra, continuó su lucha: fue presidente del centro de veteranos de Luján y formaba parte de la Federación Mundial de Veteranos de Guerra.
Marcelo Sánchez, veterano de Malvinas, no aguantó y luego de 52 días de internación, murió en manos del COVID.
Su muerte pegó fuerte en la comunidad de la que era parte. El Concejo Deliberante y el Gobierno municipal de Luján declararon tres días de duelo y las banderas de Argentina y de la provincia de Buenos Aires estuvieron a media asta en todas las dependencias municipales durante ese periodo.
El COVID-19 lo tuvo internado más tiempo del que estuvo en las islas. Él mismo se había lamentado de cómo la pandemia arruinaba actos de conmemoración de Malvinas. Él mismo se había hecho eco de cómo la tragedia del coronavirus lo iba tomando todo. Pero no su recuerdo, y no su patriotismo. “A mi compañero de vida. A mi amor. En la Memoria del pueblo argentino, Marcelo Gustavo Sánchez, ahora y siempre presente!!! SOS mi bandera de vida ayer, hoy y siempre!!! Tu lucha nos enorgullece. Te amo siempre”. Así lo escribió su pareja, así quedará en la memoria.
9 – La familia devastada: de ser cinco a ser dos en solo tres semanas
Tres generaciones: abuelo, padre e hijo. Los tres murieron en manos del coronavirus en junio del 2021. Fue en Tucumán, en la localidad de Santa Ana. Todo sucedió en tres semanas. “Éramos cinco y en menos de un mes somos dos”, resumió Ruth Monteros, la madre de Alexis Díaz, esposa de Juan Díaz y nuera de Ramón Enrique. Ella también quedó internada, pero salió adelante. Su familia en cambio fue devastada.
El primero en morir fue el abuelo, Ramón Enrique. Luego murió su hijo, Juan, el 5 de junio. Y entonces sucedió lo peor de esta historia: días después falleció Alexis, con solo 15 años. La comunidad quedó impactada con su fallecimiento, y el instituto donde estudiaba publicó un comunicado: “Con profundo dolor, lamentamos el fallecimiento de Alexis Díaz, estudiante de cuarto año del Instituto Técnico de Aguilares de la UNT”.
La familia Díaz quedó diezmada: murieron el abuelo (Ramón Enrique), el padre (Juan) y el hijo (Alexis).
El virus habría entrado a la casa a través de la despensa que tienen en Santa Ana y se expandió rápidamente a todos los miembros de la familia. Si bien no se puede asegurar, creen que fue atendiendo al público que se contagiaron.
Alexis y su mamá, Ruth, fueron llevados al mismo hospital, en la localidad de Aguilares. El padre, Juan, fue llevado a San Miguel de Tucumán con una neumonía bilateral. Como no había camas disponibles, Ramón Enrique se quedó en la casa junto a su nieto mayor (hermano de Alexis), y allí murió.
Tras la muerte de Alexis, en su casa solo quedaron Ruth y su hijo mayor. Para despedir al joven, los vecinos de Santa Ana hicieron una caravana de autos que recorrió la localidad con el lema “Vuela alto Alexis”.
10 – Un corazón infinito
Su historia se conoció porque su hijo, Leonardo Maraval, compartió el gesto de su padre. Escribió en Twitter: “En enero mi vieja murió por #coronavirus. En la esquina donde comenzó su noviazgo mi papá pegó este corazón”. Sumado al texto se veía un corazón amarillo pegado en una pared. Dentro del corazón decía: “El COVID logró lo que la vida NO pudo: separarnos”.
Los protagonistas son Alicia y Carlos. “Durante 51 años Alicia reposaba su cabeza en mi brazo izquierdo antes de quedarnos dormidos… hoy la cama me queda grande”, dijo Carlos Maraval, de 65 años, tras la muerte de su esposa.
Cuando Alicia Maraval, su marido dejó un corazón en el lugar de la primera cita.
Se conocieron en Rosario cuando ambos tenían 15 años. Los acercó el estudio y la ciencia, pero los unió para siempre el amor: Alicia lo llamó por teléfono y le pidió una primera cita. Carlos aceptó y desde entonces no se separaron. Era el año 1969.
El 31 de octubre de ese año tuvieron ese primer encuentro en una esquina de la avenida Córdoba, en el centro de Rosario. “Fuimos a tomar un refresco al bar de enfrente, hablamos un rato largo y luego la acompañé a su casa. Eran otras épocas, no había ningún tipo de contacto”, rememora Carlos. Y allí, en esa misma esquina, es donde dejó su corazón amarillo para despedirla.
El contagio llegó en navidad del 2020. El 28 de diciembre Carlos dio positivo de COVID y pronto la diagnosticaron a ella. Al décimo día de transitar la enfermedad Alicia fue internada en el Hospital Español, primero en terapia intermedia y luego intensiva. En un momento su cuerpo dijo basta y en enero del 2021 Alicia se fue de este mundo. Tenía 66 años y, aún, muchas citas por delante con Carlos.
El COVID-19 se llevó todo lo que no debió llevarse, pero el corazón amarillo, el corazón infinito de quienes recuerdan, seguirá dando batalla contra el virus del olvido. Los que no debieron irse, ahí están.
La reina Cristina de Suecia. (Hulton Fine Art Collection)
Vanitatis(G.Lendoiro) – Mujer de carácter y reina por derecho. Extremadamente culta e independiente a tal extremo que se negó rotundamente a casarse; algunos historiadores consideran que porque no tenía ningún deseo de ser madre y otros, y gracias a la correspondencia con una de sus damas de compañía, porque no tenía el menor interés en el sexo masculino.
Cristina de Suecia tuvo una vida de lo más agitada, lo que, sin duda, la convierte en un personaje digno de ser recordado. O por las muchas anécdotas que rodearon su vida.
Nació en Estocolmo el 8 de diciembre de 1626, siendo la única hija que tendrían sus padres, los reyes Gustavo II Adolfo y María Leonor de Brandeburgo.
En la mayoría de las monarquías a lo largo de la historia y en virtud de la ley sálica (que entre otros aspectos regulaba la sucesión para los varones, no contemplándose esta para las mujeres) no tener descendencia masculina era un verdadero problema, pero no sucedía así en la ‘moderna’ Suecia, en la que ya en 1604 el Consejo del Reino había acordado aceptar a una mujer como sucesora en el trono, en el caso de que no naciesen varones, como así sucedió.
Cristina fue designada como heredera del trono con un año de edad, en 1627, y con la condición de que sería desplazada si naciese un hermano. Es curioso esto ya que, si recordamos, Suecia tuvo durante años como heredero del trono al único hijo varón de los actuales reyes Carlos Gustavo y Silvia en detrimento de la primogénita, Victoria. Una clara desigualdad que fue corregida gracias a la presión de grupos feministas ante el Parlamento de Suecia, que logró reformar la Constitución y abolir la ley sálica, estableciendo la ley cognática, que declara que el heredero del trono es el primer hijo que nazca, independientemente de su sexo. Dicha ley entró en vigor en 1980 cuando ya había nacido Carlos Felipe, declarado heredero nada más nacer. Una declaración que poco le duró, ya que la heredera es Victoria y en su día será la cuarta reina por derecho propio del país nórdico.
La reina Cristina de Suecia no tuvo una infancia feliz y buena parte de ello se debió al nulo afecto y cariño que le profesó su propia madre, profundamente enfadada con el mundo por no haber dado un varón a su esposo. La decepción de la reina fue doble, ya que cuando nació la que sería monarca por derecho del país nórdico, los médicos tardaron hasta 24 horas en darse cuenta de que no era un niño, sino una niña. Era tanto el desprecio que la reina consorte tenía por su hija que hasta la dejó caer de sus brazos siendo un bebé, provocándole una deformación en el hombro para el resto de su vida. Cristina perdió a su padre, el rey, a la edad de seis años convirtiéndose en reina bajo la regencia del canciller Oxenstierna. Una vez cumplió los 18 años fue coronada en la ciudad de Upsala el 20 de octubre de 1650.
Cristina, con 14 años. (Jacob Heinrich Elbfas)
Cristina de Suecia fue educada como si de un príncipe, en lugar de una princesa, se tratara. Era experta en equitación y esgrima. Recibió una exhaustiva y esmeradísima educación haciendo de ella en su etapa adulta una mujer extremadamente culta (y) que dominaba siete idiomas. Su sed de aprender la acompañó hasta el final de sus días y, uno de de los aspectos que se recuerdan de su vida es su importante labor como mecenas.
Cuando la corona recayó sobre su cabeza, Suecia se habíaconvertido en una gran potencia gracias a la ampliación de sus fronteras, como consecuencia de la larga y agotadora guerra de los Treinta Años. Un conflicto que, por sus características y duración, dejó mermada la economía de todos los países que en él intervinieron, incluida Suecia. La guerra finalizó con la firma del tratado de Westfalia, en 1648, es decir, dos años antesde que Cristina subiera al trono.
La reina recibió una educación acorde a su futuro como monarcatitular y para tratar asuntos de Estado. Fue encargado de su instrucción Johannes Mattiae Gothus, un obispo que dejó por escrito mucha información sobre la formación de la futura reina Cristina en materias como filosofía, historia, teología y astronomía. Mattiae documentó la sed de conocimientos de Cristina así como los rasgos de su carácter, un temperamento fuerte, inquieto y ávido de saber. Físicamente era hiperactiva, de complexión gruesa y no muy alta. No le gustaba vestirse como mujer y de hecho lo hacía como hombre. No parecían interesarle ninguna de las actividades que en aquella época eran consideradas propias de las mujeres. Algunas fuentes señalan, a tenor de la correspondencia mantenida con su prima Ebba, la relación más que estrecha que mantenía con ella.
Su interés por la cultura y la filosofía la llevó a tener una larga y fructífera relación de amistad con Descartes. Tanto es así que el filósofo se trasladó a vivir a la corte, muriendo allí cinco meses después de su llegada alno superar una neumonía.
Su reinado
Heredó un reino con problemas financieros por la mencionada guerra de los Treinta Años, pero tampoco fue una reina que se preocupóen demasía por recortar gastos ymucho menos si se trataba de favorecer las artes. Como anécdota cabe recordar que, si hoy día disfrutamos del cuadro de Durero ‘Adán y Eva’ en el Museo del Prado, es porque la reina Cristina se lo regaló a su coetáneo, el rey Felipe IV de España.
La reina Cristina. (Jacob Ferdinand Voet)
En 1647 el Consejo del Reino comenzó a preocuparse por el hecho de que la soberana no tenía planes de matrimonio, por lo que la instó de manera oficial para que tomara una decisión que garantizase la sucesión y la continuidad de la dinastía. Ella se tomó su tiempo y no fue hasta dos años más tarde cuando contestó algo que les debió de dejar perplejos a los consejeros: que no pensaba casarse. Al fin y al cabo, la dinastía estaba asegurada en la figura del heredero, el príncipe Gustavo, primo de la reina.
No era la primera soberana europea en tomar esa decisión. Un siglo antes, la reina Isabel I de Inglaterra se había negado también a contraer matrimonio. Los nobles suecos, lógicamente, no se tomaron muy bien la extraña decisión de su monarca y comenzaron las luchas políticas queella supo manejar con destreza.
Abdicación y conversión al catolicismo
En febrero de 1654 la reina comunicó al Consejo del Reino y a todos sus principales su decisión de abdicar. El Consejo del Reino le exigió alguna explicación y ella respondió: “Si el Consejo supiera las razones, no le parecerían tan extrañas”.
Emprendió viaje una vez su primo asumió la corona, empezando por Hamburgo y Flandes (entonces bajo dominio de la Monarquía Hispánica). Y fue ahí, justamente, donde tomaría la segunda decisión más importante de su vida: convertirse al catolicismo. Un hecho que probablemente escandalizó a su país más que su negativa a casarse o su abdicación, especialmente si tenemos en cuenta que su padre formó participó en la citada guerra de los Treinta Años defendiendo, precisamente, la facción protestante. Cristina consideró que, debido a su nueva fe, debía ir a Roma y eso hizo, animada por el papa Alejandro VII, quien preparó su llegada con todos los honores. El 19 de diciembre de 1655 Cristina llegó a Roma recibiendo poco después la confirmación y la comunión en la Basílica de San Pedro.
Desde ese momento y hasta su muerte, acaecida en 1689 a la edad de 62 años, Cristina vivió entre Roma y Francia, y siempre tuvo el mismo problema: la falta de dinero. A pesar de que el reino de Suecia había acordado otorgarle una pensión vitalicia. Con su primo y sucesor en la corona no mejoró la situación financiera del país nórdico, por lo que la ex reina vivió verdaderos apuros económicos. A pesar de ello, y prácticamente casi hasta el final de sus días, intentó ayudar como mecenas.
La reina, a caballo. (Sébastien Bourdon)
Entierro en Roma
La reina Cristina, que en vida había huido de la pompa y el boato, quería para su muerte y funerales algo acorde con su personalidad; sin embargo, sus deseos no fueron escuchados y fue enterrada en la basílica de San Pedro. Su tumba, por cierto, está al lado de la de San Juan Pablo II. Ha pasado a la historia por ser una mujer singular cuyo pensamiento y actitud parecen más acordes al siglo XX que al XVII, por haber llevado a su país, Suecia, numerosas obras de arte y servir como una gran mecenas de artistas como Bernini.
Psicología y Mente(B.Regader) — Es frecuente notar cómo, después de una noche acompañado por una persona que conociste en una fiesta, te percatas que te sientes mucho menos atraído al verla a plena luz del día. Una posible explicación a este fenómeno podría deberse a esta misma ausencia de luz, que ciertamente oculta algunas imperfecciones.
Pero el responsable número uno de este efecto es bien conocido: el alcohol. Cuanto más alcohol consumimos, más atractivas tendemos a percibir a las personas de nuestro alrededor, especialmente si nuestra predisposición romántico-afectiva es alta.
Alcohol y percepción del atractivo sexual
Efectivamente, existe un efecto popularmente conocido como “gafas de cerveza”, que incrementa la libido y elimina las inhibiciones sociales, provocando que tengamos una mayor predisposición a entablar contacto con personas que no nos atraerían en un estado de sobriedad.
El alcohol condiciona tu percepción
La ciencia explica la razón por la cual la atracción hacia otras personas aumenta cuando hemos bebido unas copas. Una investigación de las universidades de Glasgow y Saint Andrews, reveló que tanto mujeres como hombres encontraron un 25% más atractivos los rostros del sexo opuesto comparado con los sujetos que no probaron el alcohol.
Otro estudio llevado a cabo en la Bristol University, apuntó en la misma dirección: los participantes de la investigación reportaron el atractivo de las demás personas como un 10% mayor 15 después de haber ingerido 70 centilitros de cerveza (cantidad equivalente a tres cañas). Se descubrió también que el sexo de la otra persona no influía en el aumento de la percepción de atractivo: los hombres consideraron que otros hombres eran más atractivos, y las mujeres que otras mujeres eran más atractivas, independientemente de las preferencias sexuales de cada participante.
El alcohol y la simetría, aliados
Los expertos afirman que el consumo de alcohol trastorna nuestra percepción acerca del atractivo de otras personas porque altera nuestra capacidad para percibir la asimetría en el rostro y el cuerpo de otras personas. Habitualmente, y sin entrar en otros condicionantes culturales sobre la belleza, uno de los fundamentos del atractivo físico es la simetría bilateral.
Otra investigación de la Roehampton University de Londres apuntó que el alcohol inhibe nuestra percepción visual de las asimetrías en otras personas. Esto refuerza la idea de que el alcohol actúa como simetrizador, y por tanto vuelve más atractivas a la gente que vemos en estado de embriaguez.
El alcohol vuelve más atractivos a los demás… pero también a uno mismo
Algunos apuntes más: científicos de la Pierre Mendes-France Université de París, señalaron que el efecto “gafas de cerveza” funciona de forma bidireccional; en ambos sentidos: el alcohol no únicamente mejora la percepción del atractivo de los demás, sino que también nos hace sentir más atractivos a nosotros mismos.
En esta investigación, el experimento consistió en evaluar la autopercepción de atractivo de varios participantes que tomaron alcohol, respecto al grupo control que se les administró una bebida que emulaba al alcohol, pero que realmente no contenía. Los que realmente bebieron alcohol reportaron mayores niveles de percepción del atractivo propio respecto a los que no bebieron.
La conclusión del asunto parece evidente: será más sencillo entablar una relación con alguien que haya consumido alcohol que con alguien que se encuentre sobrio, no solo por la desinhibición que causa el alcohol sino por la tendencia a simetrizar los rostros, y por tanto percibirlos como más atractivos de lo que son en realidad.
Eso sí, al día siguiente tal vez te lleves una decepción.
nuestras charlas nocturnas
Referencias bibliográficas:
Crowe LC, George WH, Alcohol and human sexuality: review and integration. Psychol Bull. 1989 May;105(3):374-86.
QUO(L.Landi) — Cuatro meses de oscuridad total. Temperaturas que llegan a bajar a -80º C. La ESA busca médico para su base en la Antártida
Aquel famoso Doctor en Alaska ni se acerca a las condiciones reales que vivirá el médico que entre en plantilla de la misión Concordia, para trabajar en el lugar más aislado y frío ocupado por humanos. Todo sea por la ciencia.
El anuncio de la ESA recuerda una de las historias más apasionantes de la exploración humana. Una de esas leyendas con tanta épica que, aunque no sea cierta, merecería serlo. La historia cuenta que el explorador con más fans de la historia, Sir Ernest Shackleton, puso un anuncio en la prensa, en 1914, para reclutar tripulación para ir a la Antártida y consiguió ¡más de 5.000 solicitudes! El anuncio de Shackleton era este:
“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Paga reducida. Frío intenso. Largos meses en la más completa oscuridad. Peligro constante. Es dudoso que puedan regresar a salvo. En caso de éxito, recibirán honores y reconocimiento”.
Probablemente Shackleton nunca puso aquel anuncio (que no se ha encontrado), pero su expedición a la Antártida se convirtió en una de las mayores lecciones de liderazgo, supervivencia y superación humanas que se recuerdan.
El anuncio de la ESA buscando médico sí es real.
Las solicitudes ya están abiertas para el puesto de médico investigador patrocinado por la ESA en la estación de investigación Concordia en la Antártida para el invierno de 2023.
En la oferta de empleo, la ESA pide un título en medicina, interés en la exploración espacial y la fortaleza para pasar casi un año aislado en el desierto más grande del mundo. Aquí se puede hacer la solicitud de empleo.
El telón de fondo en blanco
Ubicada en la meseta montañosa llamada Dome C en la Antártida, la base franco-italiana es una de las tres únicas que está habitada durante todo el año.
Entre la altitud extrema – 3233 m sobre el nivel del mar significa que la tripulación experimenta hipoxia hipobárica crónica o falta de oxígeno en el cerebro – cuatro meses de oscuridad total durante el invierno y temperaturas tan bajas como -80 ° C, la base es un terreno fértil para Investigar los efectos de ambientes aislados, confinados y extremos en el cuerpo y la mente humanos.
Por esta razón, cada año, la ESA patrocina a un médico para que supervise los experimentos biomédicos en la base.
El médico de invierno de 2021, Nick Smith del Reino Unido, está de regreso a casa después de un año exitoso en la Antártida. En su lugar está Hannes Hagson de Suecia. Llegó con su equipo de 12 personas a principios de noviembre y supervisará investigaciones sobre cómo el aislamiento cambia el cerebro, el sueño y el sistema inmunológico de las personas.
Verano en diciembre
Concordia se encuentra en estos momentos en la temporada de verano. Alrededor de 60 investigadores visitan la estación para verificar el equipo, configurar sensores y realizar experimentos durante algunas semanas. Se espera que el último miembro de la tripulación de verano se vaya en febrero, y luego comienza el aislamiento. La tripulación de 13 miembros pasará los próximos nueve meses juntos y aislados, mientras la luz del sol va reduciéndose hasta desaparecer por completo.
Vogue(J.DiGiovanni)/SModa(N.Luis) — En febrero de 2012, recibí una llamada a primera hora de la mañana mientras estaba en una misión en Belgrado, tratando de rastrear a criminales de guerra. Era un colega en Beirut, me dijo que Marie Colvin – cuya vida ahora ha sido inmortalizada en la película A Private War protagonizada por Rosamund Pike– había sido asesinada unas horas antes por la explosión de un cohete en Homs, en Siria.
La noticia me dejó tan herida que acorté mi visita a Belgrado, y un amigo me llevó al aeropuerto para coger el siguiente vuelo a Londres. Nos detuvimos en el camino y mientras caminábamos por el bosque me dijo que empezara a pensar en mi vida de manera diferente: si Marie, que era una inquebrantable en nuestra profesión había muerto, todo había cambiado.
En el avión, pensé en cómo había conocido a Marie años atrás, cuando yo era una reportera muy joven en el Sunday Times de Londres, junto a la fotocopiadora. Ella era mayor, glamurosa, usaba un pálido y ajustado vestido entubado Calvin Klein y su encrespado cabello liso estaba sujeto hacia atrás en un elegante moño. “Hola, soy Marie”, dijo bruscamente. Salimos a fumar un cigarro y unas copas que se convirtieron en varias botellas y tras eso, compartimos un taxi a nuestros respectivos apartamentos en Notting Hill. A la mañana siguiente la recogí por la mañana en mi maltratado Saab y llegamos al trabajo, en Wapping, en un silencio fruto de la resaca pues uno de los daños colaterales de nuestro trabajo es que cuando no estábamos en el campo, necesitábamos anestesiarnos de lo que habíamos visto.
Janine di Giovanni
Como se ve en A Private War, Marie nunca tuvo hijos. Lo que no se muestra son los abortos involuntarios, las esperanzas frustradas, los intentos de tener una vida completa formando una familia.Tampoco habla del segundo esposo de Marie,Juan Carlos Gumucio, otro reportero de guerra, con quien intentó tener hijos, que se suicidó en 2002. Escuché la noticia mientras estaba en una misión en Somalia. Dejé a un lado mi teléfono satelital y lloré.
Todo este dolor fue lo que me obligó a hacerme la promesa -a mitad de mis treinta años- de que sería madre, y que tendría una familia con alguien a quien amara locamente. Un año más tarde, en agosto de 2003, el día que la ONU fue bombardeada en Bagdad, me casé con Bruno Girodon, un periodista francés que conocí en Sarajevo. Él me entendió. Antes de ir a la oficina del registro, los dos vimos las noticias sobre Bagdad en la televisión, mordiéndonos las uñas con el mismo pensamiento: “¡No estamos ahí!” La gente normal no siente eso, pero nosotros no somos normales. La guerra le hace algo a tu cabeza, algo irrevocable. Nuestro hijo, Luca, nació nueve meses después.
Clare Hollingworth
Pero ¿qué es lo que nos lleva a querer adentrarnos en este mundo? A Private War arroja luz sobre la psique de aquellos que buscan seguir el camino de contar historias de guerra. Creo que se les debe mucho a las mujeres que llegaron antes de nosotras, a las que por delegación nos enseñaron, a Marie y a mí, cómo trabajar. Estas fueron l as legendarias reporteras de guerra, muchas de las cuales perfeccionaron sus habilidades durante la Segunda Guerra Mundial:Clare Hollingworth, Martha Gellhorn o Lee Miller. Siempre me ha encantado leer su trabajo y sus historias de vida. Todas compartían una cosa: eran valientes, resueltas, ferozmente independientes.Todas ellas vivieron en un mundo de hombres, y buscaban trabajar y vivir tan libremente como lo hacían ellos. Todas ellas vivieron según sus propias reglas.
En agosto de 1939, Hollingworth, trabajadora humanitaria de 27 años, solo había trabajado como periodista menos de una semana en el Daily Telegraph del Reino Unido cuando tuvo su primer atentado periodístico. Usando, en parte artilugios femeninos y en parte habilidades diplomáticas extraordinarias, se las ingenió para convencer a un amigo de la Oficina de Relaciones Exteriores de que le prestara su coche con chofer para cruzar la frontera de Polonia a Alemania y obtener detalles sobre lo que estaba a punto de pasar. Tuvo un asiento en la privilegiada primera fila de la guerra. Literalmente, se tropezó con los nazis. Su primera historia apareció en los titulares: “1,000 tanques se concentraron en la frontera polaca” y describió que los batallones estaban listos para ser desplegados en un “golpe rápido”.
Durante las siguientes décadas, Hollingworth se mantuvo cerca de la acción con guerras en Argelia y Vietnam; cubriendo la Revolución Cultural de China; entrevistando al Sha de Irán; o estando en el centro del desmoronamiento de Kim Philby. Siempre estaba, en palabras de su colega de la BBC, John Simpson, “en el lugar correcto en el momento adecuado”.
Gellhorn no se quedaba atrás. En la década de los treinta, se abrió camino desde el medio oeste de Estados Unidos hasta el estirado Bryn Mawr College y de ahí a París, donde se casó con un guapo aristócrata francés -y uno de los jóvenes amantes de la escritora Colette-. Usando zapatos belgas hechos a mano, cruzó la frontera hacia España donde informó sobre la Guerra Civil, enamorándose de Hemingway en el asediado Hotel Florida de Madrid (la guerra siempre produce románticas historias de amor). Cuando esta terminó, Gellhorn regresó a París y esperó la siguiente.
Marie Colvin
Para la cual, no pasó mucho tiempo. Avecinandose a la Segunda Guerra Mundial se dirigió a la helada Finlandia para informar sobre el Helsinki bajo las bombas. Más tarde, durante la invasión de l Día D, ganó la primicia a Hemingway al meterse de contrabando en un buque de guerra hospital y obtener relatos de primera mano de los heridos por el horror de las playas demarcatorias. Hemingway, mientras tanto, regresó furioso al Hotel Dorchester de Londres donde se hospedaba y trató de sabotear su trabajo con Harper’s Magazine. Su matrimonio terminó poco después.
Gellhorn, como Hollingworth (quién murió el año pasado a la edad de 105 años) trabajó hasta bien entrada en sus años dorados. Gellhorn continuó informando sobre guerras y escribiendo sobre viajes en América Central, África, Vietnam. Escribió novelas y escribió lo que llamó “artículos para revistas de señoras” para mantenerse a ella y a su hijo, Sandy, que adoptó en Italia en tiempos de guerra. Se casó de nuevo, con un banquero de Londres, con quien intentó vivir una vida estable como anfitriona de sociedad. No funcionó.
Gellhorn sólo dejó de viajar cuando se quedó medio ciega, rodeada de jóvenes admiradores en su apartamento de Kensington (no era una mujer de mujer y prefería la compañía de los hombres). Miller, por su parte, terminó su carrera después de la Segunda Guerra Mundial, que la dejó marcada por la miseria y las privaciones.
La reportera Miller en el baño de Hitler
Miller fue una ex modelo de Poughkeepsie (Nueva York) que influenció al artista May Ray y lo ayudó a desarrollar la técnica de solarización de la fotografía. Abandonándolo como su amante, tomó una cámara y se dirigió a las líneas de combate de la Segunda Guerra Mundial para Vogue.
Sufrió lo que para los estándares actuales sería llamado ‘trastorno de estrés postraumático’. Bebía en exceso (una aflicción que también atormentaba a Marie) y estaba sumida en una profunda tristeza depresiva, que le llevaba a encerrarse en su cuarto de hotel de París durante semanas. Después de casarse con Penrose y dar a luz a su hijo, decidió dedicar su vida a la cocina, al arte y las amistades.Tanto es así, que suu hijo ni siquiera sabía sobre el extraordinario trabajo de su madre hasta que hurgó en la granja a la que Lee se retiró y encontró sus olvidados negativos de Vogue.
Cuando me fui a zonas de guerra, estas mujeres siempre fueron mis ángeles guardianes. Aunque conocí a Gellhorn, nunca conocí a Miller ni a Hollingworth, pero me hubiera gustado preguntarles cómo superaron el miedo y la soledad que son parte inevitable del trabajo.
Como se muestra en A Private War, actualmente los peligros son mucho más graves que durante las guerras de las que ellas informaron. Cuando inicié mi carrera como una joven reportera durante el primer levantamiento palestino a principios de la década de los noventa, mi preocupación más grave era que me tiraran una piedra en el parabrisas mientras conducía por Cisjordania. Pero ese temor su fue rápidamente, y pronto me dirigía a Gaza en taxis compartidos, repletos de palestinos que no conocía. Me quedé durante meses en los campos de refugiados, y cuando había un “choque” –es decir, una confrontación entre los jóvenes palestinos y la policía o el ejército israelí- todo lo que quería hacer era estar ahí, en la primera fila, empapándome de gas lacrimógeno o siendo apedreada por una lluvia de rocas.
Martha Gellhorn
Más tarde, en Bosnia, mis temores eran que los morteros cayeran muy cerca de mí o que me dispararan en las rodillas por un francotirador. Pero en retrospectiva, esto parece algo pequeño en comparación con el secuestro y los ataques a los reporteros, que ahora son de rigor. La familia de Marie está convencida de que el edificio donde se refugiaba en Homs fue atacado deliberadamente por los funcionarios de mayor rango de Bashar al-Assad. Han iniciado un litigio con la esperanza de que aumente la conciencia sobre lo fundamentalmente importantes que son los periodistas y su trabajo para documentar crímenes de guerra.
Cada vez que le digo a la gente lo que hago, siempre se asombran. También soy una madre con un hijo de 15 años y si la gente no me conociera, asumiría que vivo una vida tranquila criándolo. Ser una corresponsal de guerra no es una profesión ordinaria y, sin embargo, tuve la suerte de estar expuesta a mujeres mayores que arrojaron luz en el camino que tenía por delante, y me hicieron comprender lo que significa ser elegida para este papel, porque creo que es una vocación. Cuando el periodismo es puro, cuando es honesto, cuando trae justicia o trae una voz para los que no la tienen, es honorable.
Christiane Amanpour, la legendaria estrella de la CNN, lo denominó “hacer brillar una luz en los rincones más oscuros del mundo». Pensaba en sus palabras mientras veía A Private War. No es una película perfecta o completamente precisa –es Hollywood, por supuesto, así que idealiza la vida de una reportera de guerra– pero abre una ventana a un mundo que muchos (afortunadamente) nunca conocerán.
Homenaje a 23 reporteras de guerra
Marie Colvin (1956-2012) Si hay algo que se destaca de esta mítica reportera del Sunday Times, es la fiereza de sus crónicas en primera línea que la llevaron desde Sierra Leona a Kosovo. No escribía sobre la política, sino sobre los efectos de la guerra en los civiles: avergonzó a la ONU por el trato a los refugiados en la guerra de Timor y se dice que salvó la vida de más de 1.500 mujeres y niños. Perdió un ojo en Sri Lanka y murió en 2012 por un ataque de un obús mientras cubría el conflicto de Siria.
Marta Gellhorn (1908-1998) A los 20 años ya estaba firmando crónicas desde París. Su último fue trabajo fue a los 81 años, cubriendo la invasión estadounidense de Panamá de 1989. El espíritu nómada de esta eterna corresponsal de guerra (una de las más importantes del s. XX) la llevó a pisar por primera vez un conflicto con la Guerra Civil española. Le siguieron 60 años de carrera que incluyeron la Segunda Guerra Mundial, Vietnam o los conflictos árabe-israelíes. Mantuvo una turbulenta relación con el escritor Ernest Hemingway durante cuatro años.
Carmen de Burgos (1867-1932) La llamaban «la divorciadora» por la presión que hizo desde sus columnas para obtener una ley de divorcio, tal y como hizo también por el voto femenino. En 1909, esta almeriense apodada ‘Colombine’ cogió las maletas y se fue a cubrir la Guerra de Melilla, denunciando la barbarie que suponía y defendiendo la objeción de conciencia. «He hecho el periodismo vivo, activo, de batalla» respondía en una de sus últimas entrevistas.
Clare Hollingworth (1911-2017) Conocida como «la dama de los corresponsales de guerra británicos», fue la primera en dar la exclusiva de la invasión alemana de Polonia que provocó el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Consagró su vida a su oficio, cubriendo conflictos de Vietnam a Oriente Próximo. Además del Telegraph, trabajó para The Guardian, periodo en el que se hizo un auténtico nombre como periodista cubriendo la guerra de Algeria en los 50 y los 60. Murió en Hong Kong el año pasado, a los 105 años.
Catherine Leroy (1944-2006) Esta francesa iba para pianista, pero con 21 años se compró un billete de ida a Saigón para contarle al mundo con su Leica el lado humano de la guerra de Vietnam. Sus fotografías buscaban momentos cotidianos, alejadas de las icónicas de guerra. Las imágenes que tomó de sus captores del Vietcong dieron la vuelta al mundo en la portada de la revista Life en en 1968. Líbano y la guerra civil fueron el punto álgido de su carrera como fotógrafa de combate. Después, se hizo fotógrafa de moda, especialmente en Japón (en la imagen, foto tomada por Leroy de unos marines durante la Guerra de Vietnam).
Gerda Taro (1910-1937) Fue la primera fotoperiodista en morir en combate. Lo hizo cubriendo la batalla de Brunete, en plena guerra civil española. El nombre del «pequeño zorro rojo» (su pelo y su capacidad para colarse eran inconfundibles) no fue tan reconocido como el de Robert Capa, pero detrás del seudónimo convertido en fenómeno fotográfico estuvo tanto ella como su amante Endre Friedmann, aunque fuese él quien se llevase el mérito. Se especula que ‘Muerte de un miliciano’, una de sus fotos más icónicas, fue en realidad inmortalizada por Taro.
Françoise Demulder (1947-2008) Como hizo Lee Miller unos años antes, dejó su carrera como modelo en París para captar con su cámara los conflictos de Vietnam y Camboya. En 1977 se convirtió en la primera mujer en ganar el premio a foto del año del World Press Photo por una fotografía de la expulsión de los palestinos del barrio de Karantina (Beirut) durante la guerra civil libanesa. También cubrió conflictos en Cuba, Pakistán y Etiopía. En una ocasión confesó que odiaba la guerra, pero se sentía «obligada a documentar cómo siempre son los inocentes los que sufren, mientras los poderosos se vuelven cada vez más ricos».
Kate Webb (1943-2007) Esta neozelandesa se forjó una reputación como una de las reporteras más intrépidas de la Guerra de Vietnam. Durante el conflicto la dieron por muerta, pero reapareció 23 días después junto a otros periodistas que también habían sido secuestrados por las tropas vietnamitas en Camboya. Sus coberturas se centraron en Asia, de la guerra del Golfo a la ocupación soviética de Afganistán. Trabajó para United Press International y desde 1985 en la Agence France-Presse, donde estuvo hasta que se retiró en 2001. La actriz Carey Mulligan se metió en su piel en la película On the other side (2016).
Kate Adie (1945-actualidad) La ex – corresponsal en jefe más reconocible de la BBC tiene fama de ser una mujer con los nervios de acero. Lo demostró en 1980, cuando retransmitió en directo la operación para liberar a 26 rehenes secuestrados en la embajada iraní en Londres o en las protestas de la plaza de Tiananmen (China) en 1989, cuando consideró que reportar lo que estaba sucediendo era más importante que su propia seguridad. Su carrera la ha llevado a cubrir la guerra del Golfo, la de Yugoslavia, Bosnia Albania o Ruanda.
Marguerite Higgins (1920-1966) «Era valiente, estúpidamente valiente» llegó a decir de ella su editor del New York Herald Tribune, que amenazó con despedirla si no abandonaba Corea. Fue precisamente la cobertura de este conflicto lo que le valió a Higgins convertirse en 1951 en la primera mujer que ganó el premio Pulitzer en la categoría de Periodismo de Asuntos Internacionales. Otras guerras que cubrió fue la Segunda Guerra Mundial y la de Vietnam.
Thérèse Bonney (1894-1978) Con un doctorado de Harvard bajo el brazo, llegó a París para convertirse en fotógrafa y promover el cambio cultural entre Francia y Estados Unidos. La Segunda Guerra Mundial le pilló de pleno, y decidió dedicarse a cubrir la realidad que estaban viviendo los civiles durante el conflicto: «Trato de conseguir la verdad y traerla de vuelta para intentar que otros la enfrenten y decidan hacer algo al respecto». Entre sus condecoraciones recibió la Legión de Honor y la Cruz de Guerra Francesa. Además, publicó varios foto-ensayos e inspiró un cómic, Photo-fighter.
Dickey Chapelle (1918-1965) Su pasión por los aviones le valieron el apodo, pero no la formación: Georgette Louise dejó los estudios de aeronáutica para acabar convertida en la primera fotógrafa acreditada por la marina. Sus imágenes de heridos en Iwo Jima durante la Segunda Guerra Mundial animaron a mucha gente norteamericana a donar sangre. Su cámara la llevó hasta Argelia, Vietnam y Cuba (en la imagen, Chapelle – con gafas – junto a Vilma Espín, que se casó con Raúl, hermano de Fidel Castro). Murió al ser alcanzada por metralla, en 1965.
Christiane Amanpour (1958-actualidad) Esta periodista de origen iraní es la jefa internacional de los corresponsales de la CNN y uno de los rostros más reconocidos en la cobertura de la violencia que ha asolado Iraq desde la Guerra del Golfo. Sus entrevistas son históricas: fue la última en hablar con el general libio Gadafi y con el presidente egipcio Hosni Mubarak antes de que fuese destituido. Dilma Rousseff, Nicolás Maduro, el ex presidente iraní Mohammad Jataní (en la foto), Dmitry Medvedev o Malala Yousafzai también engrosan su larga lista de entrevistados.
Elizabeth (Lee) Miller (1907-1977) Una biografía de lo más fascinante que ya contamos aquí. La de una estadounidense que dejó su carrera como modelo para ponerse detrás de la cámara: “prefiero tomar una foto antes de ser una” dijo en una ocasión. Con ella Vogue abrió sus páginas de moda a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial. Una de sus fotos más icónicas es esta, en la bañera de Hitler el mismo día que el Führer se suicidó.
Mary Welsh (1908-1986) Otra de las plumas que cubrió los efectos de la Segunda Guerra Mundial. Esta norteamericana comenzó su carrera en 1932 para el Chicago Daily News y ejerció como corresponsal para las revistas Time y Life cubriendo por ejemplo el blitz alemán y otros aspectos del conflicto. En París conoció a su tercer marido, el escritor Ernest Hemingway, del que dijo en su autobiografía que la llamó «carroñera» y destrozó algunos de sus escritos. También la describió como «una reportera de guerra inútil con sonrisita de suficiencia» según el New York Times.
Helen Kirkpatrick (1909-1997) Cuando solicitó un puesto como reportera en el Chicago Daily News, su editor Peter Knox le dijo: «no tenemos mujeres en el personal». A lo que ella contestó: «no puedo cambiar mi sexo, pero podéis cambiar vuestra política». Y lo hicieron. Fue contratada en el diario para el que cubrió toda la Segunda Guerra Mundial. Reportó el blitz de Londres en 1943, la derrota de la flota italiana en Malta y los juicios de Nuremberg. Como corresponsal del New York Post fue una de las primeras en entrevistar a Jawaharlal Nehru, el primer ministro de la recién independizada India (en la foto, la cuarta por la izquierda).
Brigitte Friang (1924-2011) Esta francesa vivió en primera persona los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero no como periodista: a los 19 años se unió a la Resistencia francesa, fue capturada por la Gestapo y deportada al campo de concentración de Ravënsbruck. Pudo sobrevivir (a su escapada no pesaba más de 26 kg), y se convirtió en reportera. Cubrió la guerra de Indochina, la de los Seis Días o la de Vietnam.
Virginia Cowles (1910-1983) Comenzó como periodista de moda, pero su ambición para ser reportera de noticias se vio estimulada cuando le llegó la oportunidad de entrevistar a Mussolini. Cubrió la liberación de París y la invasión aliada de Alemania a finales de la Segunda Guerra Mundial, así como la guerra civil española. En nuestro país fue colega de Martha Gellhorn, con quien escribió una comedia teatral (Love goes to war) sobre sus experiencias como corresponsales (en la foto, de izq. a dcha: el actor Ralph Michael, Virginia Cowles y Martha Gellhorn).
Sofía Casanova (1851-1968) Entrevistó a Trotski y enviaba crónicas desde el frente de la Primera Guerra Mundial, narró qué pasó en la Revolución Rusa o la labor de las sufragistas. Antibélica y pacifista, escribió para el ABC, El Liberal o el New York Times y escribió novelas. Su ideología durante la Guerra Civil española (se alineó con el bando franquista) ha perpetuado su olvido.
Nellie Bly (1864-1922) Bajo este seudónimo se encontraba Elizabeth Jane Cochran, una pionera del periodismo de investigación que antes de meterse a corresponsal de guerra escribió para el New York World de Joseph Pulitzer dos reportajes que la harían célebre: una investigación para denunciar las condiciones deplorables de un psiquiátrico de Nueva York (se hizo internar haciéndose pasar por una enferma) y el récord que batió en dar la vuelta al mundo en menos de 80 días. Viajó a Europa y cubrió la Primera Guerra Mundial desde el Frente Este.
Anna Politkóvskaya (1958-2006) Una de las voces más críticas con el régimen de Putin que sacó a la luz los abusos perpetrados por las tropas rusas durante el conflicto de Chechenia y denunció la falta de libertad para informar. Recibió varias amenazas de muerte, pero nunca pensó en marcharse: «El exilio no es para mí. De ese modo, ellos ganarían». Fue asesinada en un ascensor, en 2006, a causa de dos disparos.
Janine di Giovanni Uno de sus trabajos iniciales fue cubrir la Primera Intifada a finales de los 80 y desde entonces, la editora de Oriente Medio de Newsweek ha sido testigo de conflictos que la han llevado desde Ruanda a Sierra Leona, Timor o Sarajevo, como contó hace 6 años en esta imprescindible charla TED. Desde hace años se ha especializado en Irak y en Siria (es consejera sobre Siria para ACNUR). Entre los documentales que protagoniza están No Man’s Land, sobre reporteras de guerra, y 7 días en Siria.
Marina Ginestà (1919-2014) Tenía 17 años cuando el fotógrafo Hans Gutmann la inmortalizó en el viejo hotel Colón de Barcelona. Una imagen que, sin pretenderlo, se convirtió en un icono en plena Guerra Civil. Esta miliciana ejerció como periodista para varios medios republicanos y también como intérprete del corresponsal del diario soviético Pravda, Mijail Kolstov: «Éramos periodistas y nuestra profesión era que no decayera nunca la moral, difundíamos el lema de Juan Negrín ‘con pan o sin pan, resistir».