¿Cómo nació la santería y por qué se profesa en Cuba?…

Las religiones afrolatinas se practican en todo el continente, pero se conoce principalmente la rama cubana
Milenio(D.Rodríguez) — Aunque se reconocen tres ramas de las religiones afrocubanas, en realidad existe un sincretismo socialmente aceptado entre este tipo de cultos y la religión católica, que ha ido creciendo más allá de la isla en los últimos años.
Demonizado y menospreciado por muchos, pero con interés y aprecio de otros sectores, las religiones afroamericanas han empezado a salir del «umbral» de la clandestinidad para se seguidas plenamente como un culto que inició principalmente por los descendientes de los primeros esclavos africanos que llegaron a América Latina.
Aunque en gran parte de América Latina —entre ellos México— existen comunidades creyentes de estas religiones, es común asociarlo a Cuba debido al misticismo y los rudimentarios rituales que ha envuelto este tipo de cultos que suelen ser polémicos por el uso de animales y restos humanos.
Así como los japoneses mezclaron el budismo con el sintoísmo, en Cuba está generalizado un sincretismo entre la religión católica y las afroamericanas, que no solamente es la santería. ¿Cómo llegaron a venerar a la Virgen de la Regla y a Yemayá, la diosa de los mares, al mismo tiempo?

Las religiones afroamericanas fueron producto de la esclavitud de los negos traídos desde África.
Elegguá viajando en barco desde África
Dentro del primer viaje de Cristóbal Colón en 1492, además de llegar a la isla de La Española —hoy República Dominicana y Haití— tres naves españolas de La Pinta, La Niña y la Santa María, desembarcaron en Bariay, al sur de la actual Cuba, que estaba habitado por los indígenas taínos.
Sería hasta 1511 en que el conquistador Diego Velázquez empezó a construir los primeros asentamientos en Cuba —y el cual sería designado por la Corona Española como gobernador—, siendo el primero la localidad de Baracoa, igualmente en el sur de la isla.
Con la eventual conquista de Cuba, los taínos —como el resto de los indígenas en todo el continente americano— terminaron siendo la mano de obra para la explotación de recursos naturales.
Su explotación y eventual exposición a enfermedades que eran desconocidas para ellos, generó una crisis demográfica y llevó la necesidad de comprar a Portugal esclavos africanos para cubrir la mano de obra.
Muchos de ellos provenían de la región de Guinea —actualmente Nigeria, Togo y Benín, que en ese momento controlaba Portugal, aunque también había gente del Congo— y practicaban las religiones de su pueblos, en el que se basaba un culto politeísta donde hay un Dios todopoderoso y otras divinidades vinculadas a los objetos cercanos al hombre.
En el caso de los santeros, el máximo dios es Olodumare y los principales orishas —divinidades de cabecera— son Obbatalá (Sabiduría, los sueños y pensamientos / Vírgen de las Mercedes), Oshún (Amor, fertilidad y de las aguas dulces / Vírgen de la Caridad del Cobre), Changó (Fuerza, los truenos y rayos / Santa Bárbara), Yemayá (Protección, las aguas del oceáno / Vírgen de la Regla) y Oyá (Muerte, los vientos fueres / Vírgen de la Candelaria).

En Cuba hay tres principales ramas de las religiones afrolatinas: la santería, el Ifá y el Palo Mayombre.
En las otras ramas, como el Ifá y el Palo Mayombe, son los mismo dioses, pero con otros nombres.
Este tipo de religiones eran practicadas hasta las actuales Camerún y el Congo, aunque con sus respectivas variantes y nombrando a sus dioses de acuerdo a su lengua nativa.
Se estima que hasta entre 700 mil y un millón de esclavos llegaron hacia Cuba hasta el siglo XIX, en que gran parte eran de la tribu yoruba. Muchos de estos esclavos llegaron a países como Brasil, Venezuela, Colombia, Panama, República Dominicana y Puerto Rico.
En Cuba, dejaron de llegar esclavos hasta 1880 debido a que siguió permaneciendo como una colonia española, junto a Filipinas. Tanto los españoles como los portugueses buscaron evangelizar a los esclavos de la misma forma que hicieron con los indígenas, pero varios esclavos se negaban a creer en Jesucristo y querían conservar sus religiones, mismas que fueron calificadas como «paganas» por la Iglesia Católica.
La religión yoruba estaba completamente prohibida y se practicaba plenamente en la clandestinidad, tanto por los esclavos que llegaron como sus descendientes. Con lo que la religión yoruba pudo prevaleció haciendo adaptaciones de los ritos con recursos que se encontraban en la isla.
Para evitar que los españoles destruyeran todos sus amuletos, empezaron a practicar un sincretismo en que vincularon a sus orishas con las vírgenes y santos católicos, ya fuera por su color o asociado a un objeto o un milagro que les habría concedido.
Esto derivó a que se veneraba a Virgen de la Caridad del Cobre a la vista, pero de trasfondo a Oshún, la reina de las aguas dulces y la diosa del amor y la fertilidad

Este tipo de religiones llegaron a México y Estados Unidos tras la diáspora cubana.
El espiritismo y el «lavado de cara» a la santería
De acuerdo con el libro Corrientes Espirituales en Cuba de Natalia Bolivar, Carmen González y Natalia del Río, uno de los motivos por el que se empezó a tener cierta aceptación a la santería fue con la llegada de los creyentes del espiritismo tanto de España como de Estados Unidos a finales del siglo XIX, principalmente impulsado por la Guerra hispano-estadunidense de 1898.
Con el inicio del Siglo XX, parte de la clase media cubana, junto con los criollos españoles y los estadunidenses creyentes del espiritismo empezaron a crear sus respectivas sociedades en todo el país. Sin embargo, los afrocubanos siguieron siendo excluidos del poder político y económico.
La santería siguió permaneciendo como una religión «satanizada», principalmente asociada con la criminalidad y con una campaña de desprestigio, pero ya no contaba con una prohibición debido a la Constitución de 1901 —tras su independencia de Estados Unidos— que establecía la libertad de credo.
El desarrollo de la literatura y el arte por parte de los creyentes santeros favoreció ligeramente a que la religión yoruba —que ya se había plenamente adoptado un sincretismo con el catolicismo— fuese medianamente aceptada por la sociedad blanca cubana.
Con la Revolución Cubana de 1959 y el ascenso de Fidel Castro al poder, la santería volvió a entrar nuevamente en la clandestinidad debido a la postura oficial del gobierno comunista de un «estado laico», en el que sus practicantes eran acosados por la policía, se les negaba su afiliación al gobierno, y hasta limitaban sus oportunidades de obtener empleo.
Esto cambiaría hasta la caída de la Unión Soviética en 1991 y la instauración del «periodo especial» —con el que la isla entraría en una severa crisis económica y se daría el Maleconazo—, en que el gobierno cubano decidió impulsar las religiones afrocubanas —Santería, Ifá y Palo Mayombe— como parte de un programa turístico, que hizo plenamente su visibilización completa y respetada a nivel social.
Su reconocimiento y eventual expansión en México
El padrino Marcos ifa Fakorede, quien tiene casi 30 años de experiencia en estas religiones, aseguró en países como Brasil, República Dominicana y Haití, las religiones afroamericanas crecieron de la misma forma que en Cuba, pero con sus respectivas variantes y reglas, en México y Estados Unidos terminó siendo relativamente importada por los migrantes cubanos que empezaron a llegar, principalmente, tras la Revolución Cubana.
A partir de los años de 1970, se empezó a conocer este tipo de religiones a través de recomendaciones personales, mismas que se fueron expandiendo no sólo entre la comunidad cubana, sino también para muchos mexicanos que se quedaron no sólo intrigados por los ritos, sino que vieron, en mucho de ellos, los resultados que les ofrecían.
Nace la fama del Mercado de Sonora
El Mercado de Sonora, ubicado en la colonia Balbuena de la Ciudad de México, comenzó a cobrar fama justamente a partir del crecimiento de las religiones afroamericanas en la sociedad mexicana.
Esto se debió a su facilidad para comprar animales—en que algunas ramas hacen ritos— y que con su eventual expansión, se empezaron a instalar comercios dedicados al esoterismo y surtir plenamente para estos credos.
No sólo en México terminaron de alguna forma consolidando. Los cubanos que terminaron residiendo en la península de Florida y sus eventales descendientes en Estados Unidos también llevaron este tipo de religiones, aunque la más común es la rama santera.

Su consolidación plena ya sería hasta la década de 1990 en México, sin embargo, empezaron a emerger estafadores, que no sólo comenzaron a hacer negocio con la necesidad de la gente, sino también a involucrarse dentro del crimen organizado, esto con fines de obtener beneficios a través de la delincuencia.
Con ello se cobró una mala fama sobre las religiones afroamericanas, mismas que terminaron ligeramente estigmatizadas. También ha generado polémica en algunos sectores sociales el sacrificio de animales para cumplir obras y ofrecerlos para determinados favores y el uso de restos óseos para la creación de los altares.
Esto sumando a la división entre las ramas por sus reglas específicas, que no sólo no genera una disputa entre credos, sino también en una rivalidad, aunque en esencia sean la mismas religión.
Marcos lamentó que la división de las ramas e hizo un llamado a un trabajo conjunto para no sólo dejar de estigmatizar las religiones afrolatinas y sólo buscar el beneficio a costa de los creyentes, sino también para promoverlas en su mejor forma y ayudar a las personas que más lo necesiten.

¿Por qué algunos santeros se visten de blanco?
Principalmente en la rama santera, quienes se coronan como santos deben cumplir durante un año de «purificación» (eliyabó), en que deben seguir diversas reglas estrictas, entre ellas, el vestir de blanco.
En las otras ramas, de acuerdo con el padrino Marcos ifa Fakorede no suele ser necesario, ya que esto va más vinculado a la historia de esclavitud que sufireron los enviados a Cuba.
Cuáles son todas las religiones afroamericanas
Aunque en Cuba, las tres ramas más famosas son la Santería, el Palo Mayombre y el Ifá, en todos los paídes de América existen sus ramas y respectivas reglas.
Estos son algunas de ellas
Brasil: Candomblé, Umbanda, Quimbanda Colombia: Yuyu y Lumbalú
República Dominicana: Lua (Las 21 divisiones)
Haití: Vudú
Estados Unidos: Hoodoo, principalmente en el sur del país
Surinam: Winti
nuestras charlas nocturnas.
50 años de Stairway To Heaven de Led Zeppelin: sospechas de plagio, mensajes satánicos y un solo inolvidable…
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Led Zeppelin sobre el escenario durante una gira a mediados de los setenta
Infobae(M.Bauso/D.Bajarlia) — Un año y medio antes, Jimmy Page dijo en una entrevista que estaban trabajando, para el próximo álbum, en algo nuevo, en una canción muy larga, donde jugaran la guitarra y el órgano, y que desde lo acústico se fuera construyendo lo eléctrico. Aclaro que no quería dar más detalles, por si no llegaban a lograrlo. Ese track largo se convirtió en Stairway to Heaven.
La canción, en cada encuesta, es elegida entre las mejores de la historia del rock. Lo mismo sucede con el solo de Jimmy Page. Es, pese a su extensión, la canción que más veces fue emitida en las radios norteamericanas. Cincuenta años después de su aparición mantiene su vigencia, resistió el paso del tiempo. En You Tube hay una categoría de videos singular.
Jóvenes se filman escuchando por primera vez clásicos del rock. En los que la escucha es de Stairway to Heaven las reacciones son contundentes. Hay sorpresa, conmoción, emoción. Es una canción atemporal, invencible pese a que cada tanto le aparezcan detractores, impulsados más por el snobismo de oponerse a lo consagrado, a lo que los demás veneran, que a razones musicales.
En noviembre de 1971, Led Zeppelin editó su cuarto disco. El que hoy la crítica considera el mejor de su obra. Ocho canciones entre las que están Rock and Roll, Black Dog o When The Levee Breaks. Y también, claro, Stairway to Heaven.
El álbum no tiene título. Siguiendo la costumbre la gente lo llamó Led Zeppelin IV, continuando la numeración de los anteriores. También fue nombrado como “Sin título”, “El Cuarto Álbum” o “Cuatro Símbolos”.
Otro nombre relacionado con el último: Zoso porque era una de las cosas que se leía en el arte. Pero en realidad esa palabra no tenía ningún significado en especial. Cada miembro de la banda eligió un símbolo para que lo representara y el de Page parecía decir Zoso.
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El arte de tapa de Led Zeppelin IV con una imagen de una pintura del Siglo XIX sin título y sin mención ni foto de los integrantes de la banda
Esa desnudez fue una especie de desafío a la industria y al periodismo. No se sentían valorados ni reconocidos pese a las ventas y al fervor del público. Un disco sin título y sin la imagen de ellos en la portada. Una pintura del Siglo XIX que Robert Plant encontró en un mercado de viejo durante una caminata de fin de semana.
El arte interno tampoco traía demasiada información. No estaban sus nombres. Sólo los símbolos y la letra de Stairway to Heaven. Como si sólo quisieran poner la música adelante.
La canción tiene varios orígenes. Estructuralmente su mayor influencia, posiblemente, sea Oh Well del Fleetwood Mac, compuesta por Peter Green, un tema complejo con varias partes y cambios de clima. La composición de Zeppelin tiene tres secciones en la que lo acústico va ascendiendo hacia lo eléctrico y alcanza la cima de intensidad al final de esos ocho minutos. Un crescendo que va envolviendo al que lo escucha.
El solo de Jimmy Page está considerado como uno de los grandes solos de la historia (quizá el más famoso). Es una canción dentro de la canción. Lo grabó con la Fender Telecaster del 59 que le regaló Jeff Beck. Page hizo tres tomas diferentes, en las que improvisó.
Se dice que las otras dos tomas sobrevivieron y que están (muy) bien guardadas en la bóveda de Led Zeppelin. Muchos fans matarían por escucharlas. De todas maneras, se hace difícil imaginar que sean mejores que la toma que escuchamos desde hace 50 años.
La letra fue objeto, al mismo tiempo, de devoción y de burla. “Si alguien odia la letra de la canción no puedo culparlo. Debo reconocer que es algo pomposa”, dijo Robert Plant hace poco. Pese a que mucho tiempo se creyó que las novelas de Tolkien habían tenido que ver en estas estrofas, no parece que haya sido así en este caso (sí en otras canciones). Parte de la los textos están inspirados en el libro The Magics Art in Celtic Britain de Lewis Spence.
Robert Plant se sentó en el piso, contra la pared del estudio, y con un anotador en sus rodillas escribió los versos en unas horas. “Estaba triste y algo enojado”, contó. En los días siguientes sólo los retocó. Su sentido se ha discutido en estas cinco décadas y el mismo Plant ha dado varias versiones. Cuenta con las dosis necesarias de abstracción y de ambigüedad como para no erosionarse con el tiempo, para que el misterio persista. Una canción no necesariamente es un poema.
Más allá de que exista o no algún ripio en esos versos, o de que el sentido se retuerza sobre sí mismo en alguna estrofa, es difícil no reconocer que es la letra perfecta para esa música, que la combinación hace creer que esa canción no pudo haber nacido con una letra distinta que la que tiene.
Mientras Page siempre se ha mostrado muy orgulloso de su tema insignia, dos años atrás, en una entrevista, Plant renegó ligeramente de la letra: “En la actualidad no me siento identificado con la letra. Hoy no escribiría nada parecido a aquella letra abstracta. Ni siquiera me convence vocalmente”, dijo a casi cinco décadas de su composición, con todo el éxito, los récords y la leyenda encima.
Taurus el tema instrumental de Spirit por el que Zeppelin fue acusado de plagio
Apenas salió el disco, la canción pasó desapercibida. En las críticas en los grandes medios no era mencionada (el disco sólo contenía ocho temas), no fue lanzada como simple, nadie lo consideró como una posibilidad cierta: era demasiado larga para los parámetros de difusión.
Según contó el bajista y tecladista John Paul Jones, la primera vez que la tocaron en público, en Belfast, el público se mostró impasible, sólo esperaban que terminara la canción para escuchar una que conocieran, los éxitos de los tres discos anteriores.
“Se aburrieron bastante ese día”, dijo Jones. Pero apenas unos meses después ya era una de las favoritas y la gente enloquecía cuando llegaba su turno en el recital. Tanto fue así que muy pronto debieron rever en qué lugar del set la ponían.
¿Qué tocar después de Stairway to Heaven? Decidieron que fuera la última de la lista, la que cerraría el show. Después de ella, Plant no hablaría más. Saludarían y saldrían del escenario hasta que la ovación de la multitud los hiciera volver para los bises.
Una norma que no conocía excepciones en esa época: las canciones no debían pasar los cuatro minutos de duración si los músicos pretendían que las radios las pasaran. Las largas espantaban a los oyentes y a los anunciantes. Por eso los simples eran efectivos, contundentes.
Cuando estuvo terminado el disco ni siquiera consideraron editar una versión reducida de la canción para que entrara en una cara de un sencillo o para que los DJs la difundieran por la radio. No estaba en los planes de nadie. Sin embargo, Stairway to Heaven rompió con todos los antecedentes.
Se convirtió en la canción que más veces se pasó por la radio en la historia. Las reglas y los preconceptos fueron pulverizados por la guitarra de Page, la voz de Plant, la entrada de Bonham y los climas de Jones.
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El escritor y ocultista Aleister Crowley era admirado por Page. Compró una mansión que había permanecido a él. Los supuestos mensajes satánicos escondidos en la canción se atribuyen a su influencia
Ante la enorme difusión que Stairway to Heaven consiguió, la discográfica le propuso a la banda editarla como simple debido a la permanente difusión radial. Lo hizo un par de años después de su lanzamiento. Pero a través de su manager, Zeppelin se opuso.
Lo mismo hicieron un año después, en 1974. Esta decisión impulsó las ventas millonarias del LP. Led Zeppelin IV lleva vendidas más de 37 millones de copias.
Como tantas otras canciones de Zeppelin, esta también fue acusada de plagio, se puso en duda su originalidad. La banda se inspiró a lo largo de su carrera en obras clásicas del blues y del rock. Muchas veces se escudó en el dominio público o en los autores anónimos pero otras debió responder ante los tribunales.
Stairway to Heaven originó un largo juicio que se resolvió hace poco tiempo, apenas el años pasado. En 1968, Zeppelin giró por Estados Unidos junto a la banda Spirit que en su repertorio tenía el tema Taurus compuesto por Randy California.
Los músicos de Spirit creen que Page compuso la música inspirándose en su interpretación de Taurus que él escuchaba mientras estaba en el backstage de la gira conjunta, esperando su turno para entrar al escenario. El pleito lo iniciaron sus sucesores, ya en este milenio, unos años después de la muerte del compositor. La acusación se centraba en la parte instrumental inicial del tema de Zeppelin.
Sostenían que la progresión de acordes era similar. Los especialistas no niegan que existe cierta similitud entre las composiciones. El proceso pasó por varias instancias. Además del interés que genera Zeppelin, del morbo de publicar en letras de molde que alguien de enorme celebridad plagió, la cuestión podía involucrar decenas y hasta centenares de millones de dólares.
Algunos calculan que el tema dio beneficios por alrededor de 550 millones de dólares.
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El solo de Jimmy Page en Stairway To Heaven fue elegido en múltiples encustas como uno de los mejores de la historia del rock
Pero los jueces determinaron que no existía violación a la propiedad intelectual, que no hubo plagio. Algunos sostienen que la decisión se basó en un tecnicismo, en un detalle formal que los abogados de Page explotaron a la perfección.
Según la ley inglesa lo que hay que comparar no son las grabaciones de las interpretaciones –muy similares- sino la partitura de cada tema. Y la que estaba inscripta de Taurus se diferenciaba bastante (o lo suficiente) del inicio de Stairway to Heaven.
La canción tiene un ingrediente más. Uno mítico que fue creciendo con el paso de los años. Fue la primera que instauró lo que se convertiría en una tradición en el mundo de la música que involucraría a los más variados artistas: el arco va desde Zeppelin a Xuxa.
Con el suceso del tema comenzaron a circular las versiones que sostenían que escuchada al revés se escuchaban mensajes satánicos. La cinta en reversa diría algo así como: “Oh aquí está mi dulce Satán. Aquel cuyo camino estrecho me puso triste, el poder es de Satán. Él les dará el 666. Había un granero pequeño en el que nos hacía sufrir, triste Satán”.
La obsesión de Page con Aleister Crowley, la compra de su antigua mansión, su inmersión en el ocultismo y las desgracias posteriores que se abatieron sobre las vidas personales de los miembros del grupo alimentaron la leyenda.
Robert Plant se río de las versiones: “A nadie en su sano juicio se le puede ocurrir algo así. Imposible tomarse semejante trabajo. Estábamos muy orgullosos de la canción, de todo el trabajo que pusimos en ella. Es una canción positiva. Además si quisiéramos poner un mensaje subliminal en una canción, sólo pondríamos uno que dijera: ‘Comprá este disco, comprá este disco’”.
Virtuosismo, «plagios» y un sonido aplastante, a 50 años del debut de Led Zeppelin
A veces, un simple acorde puede cambiarlo todo. Hace más 50 años, el mundo recibía la descarga demoledora de la guitarra de Jimmy Page y los golpes de batería de John Bonham, una estampida de búfalos que arrasaba con todo a su paso y que sólo podía ser contenida por el muro infranqueable que levantaba el bajo de John Paul Jones. Luego aparecían los alaridos de Robert Plant y la onda expansiva llegaba hacia límites hasta entonces desconocidos. El primer álbum Led Zeppelin estaba en la calle. La bestia había sido liberada y el rock nunca volvería a ser el mismo.
Era 1968 y Jimmy Page se había quedado sin banda. Los miembros de The Yardbirds, grupo que tuvo en sus filas a Eric Clapton y a Jeff Beck, habían renunciado. Page, que fue guitarrista de sesión durante la primera mitad de los ’60 (participó en grabaciones de Marianne Faithfull, The Kinks y The Rolling Stones, entre otros) había alcanzado notoriedad con The Yardbirds y no estaba dispuesto a volver a las sombras.
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Si bien su primer objetivo era armar un súper grupo que incluyera a Beck y a Keith Moon y John Entwistle, baterista y bajista de The Who respectivamente, el proyecto nunca pudo concretarse. Page y Moon habían grabado juntos en 1966 «Beck’s Bolero», un lado B de Jeff Beck que dos años más tarde sería incluido en Truth, su primer álbum en solitario.
De esas sesiones participó el bajista y tecladista John Paul Jones que, al igual que Page, se ganaba la vida grabando para otros artistas (entre ellos Donovan, The Rolling Stones, Herman’s Hermits y Rod Stewart). Jones había colaborado en el último álbum de The Yardbirds, Little Games (1967), y el guitarrista no dudó un segundo en convocarlo para formar parte de la nueva formación de la banda.
Para el rol de vocalista, Page invitó inicialmente a Terry Reid, que rechazó la oferta porque había asumido otros compromisos, pero recomendó a Robert Plant, en ese momento un cantante desconocido que integraba el grupo Band Of Joy. El último en sumarse fue el baterista John Bonham, antiguo compañero de Plant.
En menos de un mes, entre agosto y septiembre de 1968, el cuarteto hizo una pequeña gira por Escandinavia como The New Yardbirds y tuvo la oportunidad de probarse en un estudio de grabación como apoyo del cantante P.J. Proby para su disco Three Week Hero.
Jimmy Page se dio cuenta de que no estaba ante una nueva encarnación de The Yardbirds sino ante una banda diferente a la que llamaría Led Zeppelin. «Había una alquimia entre nosotros cuatro que era completamente única», admitió el guitarrista al biógrafo Paul Rees.
El nombre está inspirado en un chiste que hizo Keith Moon cuando surgió la idea de armar el supergrupo, que para él «caería en picada como un globo de plomo» («lead balloon«).
Así es cómo, con un puñado de conciertos y pocas horas de ensayos, el 25 de septiembre de ese año los rebautizados Led Zeppelin entraron al estudio Olympic de Londres para registrar en tan sólo 36 horas su álbum debut. Como aún no habían firmado con ningún sello discográfico, las sesiones fueron financiadas por Page y el manager del grupo, Peter Grant, por un total de 1.782 libras.
De ahí la imposibilidad de contar con más horas de grabación. Sin embargo, esa libertad le permitió al guitarrista, que también ofició de productor, tener el control total sobre las canciones. «Sabía exactamente qué quería hacer con la banda», le confesó al periodista Brad Tolinski.

Con la asistencia del ingeniero Glyn Jones, casi todo el álbum fue grabado en vivo utilizando el sonido ambiente del estudio y el eco para generar texturas («luces y sombras», como las llama Page) y, de esta forma, tratar de plasmar la potencia de la banda en vivo, con la estridente batería de Bonham al frente.
De hecho, fue posible hacer todo en tan poco tiempo porque Led Zeppelin tenía bien ensayado el material gracias a los recitales que habían dado poco tiempo antes. Algunas composiciones originales, como «Communication Breakdown», habían surgido en los primeros ensayos y fueron estrenadas durante esa gira.
Durante la década del ’60, los ingleses se acercaron al blues norteamericano y, de la mano de bandas como The Rolling Stones, The Faces, Blues Mayall And The Bluesbreakers, Cream y los mismos Yardbirds, lo dotaron de una identidad propia. Led Zeppelin, adelantándose al rock progresivo, fue más allá e incorporó elementos de la psicodelia y el folk tradicional británico con una crudeza que sentaría las bases del hard rock y el heavy metal.
Curiosamente, en el Reino Unido el novel grupo no despertaba entusiasmo. Pero en los Estados Unidos, donde las cenizas del éxito de The Yardbirds todavía ardían, Atlantic Records se interesó al instante por el nuevo proyecto de Jimmy Page y firmó un acuerdo por 200.000 dólares sin siquiera haber escuchado una canción.
En ese momento fue uno de los contratos más caros que se habían hecho con una banda de rock, pero fue una inversión muy rentable: el álbum homónimo de Led Zeppelin, también conocido como Led Zeppelin I, salió a la venta el 12 de enero de 1969 y fue un éxito comercial rotundo.
Sin embargo, la crítica especializada en ese momento lo destruyó. La revista Rolling Stone lo consideró un hermano menor de Truth de Jeff Beck, que había salido tan sólo unos meses antes. Aunque maliciosa, había algo de verdad en esa reseña.
Ambos trabajos tienen mucho en común: no sólo fueron los artífices de la fusión más visceral entre el rock y el blues sino que también incursionaron en el folk y reinterpretaron material que habían tocado con The Yardbirds (en el caso de Zeppelin, «Dazed And Confused»).
Por si fuera poco, en «How Many More Times», la canción que cierra álbum, Page incluyó el riff de «Beck’s Bolero» que, aunque es de su autoría, ya la había grabado con su ex compañero para Truth.
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La banda también fue muy cuestionada por haberse apropiado de composiciones de otros músicos. Esta práctica sería el modus operandi durante toda la carrera de Led Zeppelin y algunos casos llegaron a juicio.
La recreación y transformación de la música popular fue una tradición arraigada en el folk y el blues hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando la propiedad intelectual se convirtió en el activo más importante de la industria musical. De ahí que muchos hayan considerado a Page y compañía los mayores ladrones de la historia del rock.
De las nueve canciones de su debut, dos son covers de Willie Dixon («You Shook Me» y «I Can’t Quit You Baby») y otra es una relectura de una composición centenaria de Irlanda (la instrumental «Black Mountain Side»), de la cual Page se atribuyó la autoría a pesar de tratarse de un simple arreglo, que tampoco es propio sino de un músico escocés llamado Bert Jansch.
La mencionada «How Many More Times» no es más que una versión levemente modificada de «How Many More Years» de Howlin’ Wolf, que además del riff del «Beck’s Bolero» interpola un fragmento de «The Hunter», interpretada por Albert King y escrita por Booker T. & The M.G.’s. Ninguno de ellos es reconocido en los créditos de la canción.
«Babe I’m Gonna Leave You», una balada en la que Robert Plant despliega todo su potencial, fue descubierta por Jimmy Page en un álbum de Joan Baez, pero fue compuesta por una ignota cantante folk llamada Anne Bredon, que en los ’80 le exigió a la banda que reconociera su autoría.
Un caso más extremo es el de «Dazed And Confused», el momento cumbre del álbum y también de sus conciertos. En vivo podía durar hasta 45 minutos y era el momento en el que Page mostraba su virtuosismo con la guitarra.
La canción pertenece a un cantante folk norteamericano llamado Jake Holmes, que en 1967 teloneó a The Yardbirds en Nueva York. Page la escuchó y le gustó tanto que la quiso tocar con su grupo. De hecho, hay algunas grabaciones en vivo de The Yardbirds interpretando su propia versión de «Dazed And Confused».
Cuando se formó Zeppelin, propuso reformularla e incorporarla al disco debut. Sin embargo, Page se llevó todo el crédito compositivo e ignoró completamente a su verdadero creador. Recién en 2010 Holmes lo demandó y, tras un acuerdo extrajudicial, logró que en las reediciones del catálogo del grupo su nombre figure al lado del de Page
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Hay muchos discos clásicos en la historia del rock, pero son pocos los que marcaron un quiebre, un punto en el cual nada volvería a ser como antes. Sucedió con los primeros simples de Elvis Presley y de The Beatles, con Pet Sounds de The Beach Boys y The Freewheelin’ Bob Dylan. Led Zeppelin I entra en ese bastión.
Para el crítico musical Joe S. Harrington, Led Zeppelin encabezó la transformación definitiva del rock ‘n’ roll al rock en su forma más acabada. La fuerza que sus miembros desplegaron en su primer álbum dio paso a una nueva generación de bandas que finalmente encontraron la manera de sonar a la vez potentes, crudas y sofisticadas. Nadie había logrado eso hasta ese momento, ni siquiera The Who y Jimi Hendrix.
Luego de las excursiones psicodélicas que experimentó entre 1966 y 1967, para fines de los ’60 el pop se retrotrajo a sus raíces y muchos artistas volvieron a enarbolar la bandera del purismo. Sin embargo, como bien señala Luis Sagasti en su libro Por qué escuchamos a Led Zeppelin, con su álbum homónimo Jimmy Page, Robert Plant, John Paul Jones y John Bonham demostraron que todavía era posible llevar los géneros preexistentes a otro nivel, a una dimensión en la que, a fuerza de pura tracción a sangre, un hipnótico riff de guitarra podía disparar a la banda hacia cualquier dirección.
Ya pasaron más de 50 años desde que Led Zeppelin I conquistó el mundo, muy a pesar de sus detractores, y hoy suena tan demoledor como en ese entonces. Las canciones siguen siendo las mismas, y eso es, justamente, un motivo de celebración.
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La insólita guerra judicial por la patente del alambre de espino…
L.B.V.(J.Álvarez) — El título suena un poco surrealista, casi absurdo, pero acudir a los tribunales reclamando una patente denegada o para solventar a quién corresponde es algo que aparece en la historia bastante a menudo, aunque no todos los casos alcancen la misma repercusión mediática.
Por ejemplo, uno de los mas famosos fue la llamada Guerra de patentes librada contra el control monopolístico que Thomas Alva Edison había impuesto sobre la producción cinematográfica y hoy en día es bastante común este tipo de pleitos.
En 1892 algo tan simple y extendido como el alambre de espino originó un conflicto judicial que terminó reformando las leyes de patentes y dándoles su sentido actual.
La alambrada de púas no era nueva; llevaba utilizándose al menos desde 1845, cuando el inglés Richard Newton la introdujo en Argentina para limitar los pastos del ganado.
Una de esas ideas brillantes por su eficacia pero también por su simplicidad, facilidad de colocación y bajo coste tanto de fabricación, algo especialmente útil en las enormes extensiones de la pampa, en las que colocar vallas de madera resultaba difícil y caro.
A partir de ahí, el invento fue experimentando mejoras, primero por parte de los franceses Leonce Eugene Grassin-Baledans y Louis François Janin, después por el estadounidense Michael Kelly, de manera que para el año 1867 ya había seis patentes.

Un segmento del alambre ganador en el Ellwood House Museum
Sin embargo, la clave no estaba tanto en la alambrada en sí como en su aplicación. Y ahí entró en escena Lucien B. Smith, de Ohio, que en 1867 supo leer acertadamente las necesidades que creaba la expansión del país hacia el Oeste: grandes llanuras en las que se manifestaba en su forma más cruda la ancestral rivalidad entre ganaderos y agricultores, que sólo se podía solucionar cercando las parcelas para no dejar pasar las reses a los cultivos; asimismo, había que impedirles interrumpir el camino vertebrador del ferrocarril.
Y todo ello con un método que permitiera suplir eficazmente la escasez de madera y piedra. Smith patentó su alambrada con la habilidad de especificar que se trataba de un sistema para aplicar al mundo agrario ganadero.
Todo un acierto porque resultaba bastante mejor, práctica y económicamente, que alternativas como el Osage orange, un arbusto espinoso que requería plantación previa y del que había que esperar su crecimiento (aunque, paradójicamente, luego se usó su madera para hacer los postes que sostenían las alambradas).
Pero en 1874, con el uso ya generalizado, llegó la tormenta y también tenía nombre propio: Joseph Glidden, un hombre de negocios de Charlestown, New Hamphire.

Joseph Glidden
De ascendientes ingleses, Glidden se estableció en Illinois en 1844, donde tras morir su esposa y dos hijos, se volvió a casar, llegando a ser sheriff del condado de DeKalb.
En 1874 solicitó la patente de un alambre de espino fabricado de una forma diferente (fijaba las púas entre dos alambres tensados en espiral con un molino de café) y entonces llegó una demanda de Smith, que consideraba que aquello no era nuevo y, por tanto, no debía ser admitido.
La Oficina de Patentes y Marcas, en efecto, negó la petición de Glidden pero éste no se conformó y apeló a la Corte Suprema.
Empezaba una batalla legal que ha pasado a la posteridad conocida como The Barbed Wire patent case, 143 U.S. 275.
El tribunal tenía que determinar si la innovación introducida en su fabricación -un segundo alambre que aseguraba las púas mediante tensión- era lo suficientemente original como para considerar esa alambrada algo distinto y patentable.
Ésa era la clave del caso, puesto que, por lo demás, su barbed wire seguia el mismo concepto que la de Lucien Smith, como el propio Glidden admitió.
A favor tenía el éxito de su alambrada, que había sustituido a la del otro en casi todas partes y ya era la más común. También que hubo otros imitadores pero posteriores a su solicitud de patente.

La patente de Glidden
Así, la Corte Suprema terminó fallando a su favor por mayoría de los miembros del tribunal (hubo un único voto en contra): la barbed wire de Glidden aportaba la suficiente originalidad en su elaboración como para considerarse un invento distinto al de Smith y, por tanto, se le concedía el derecho a fabricarla y comercializarla con su correspondiente licencia.
Más allá de la curiosa anécdota histórica, la sentencia resultaría trascendental para sentar las bases de las futuras leyes de patentes, especialmente en lo concerniente al carácter novedoso de los inventos, basándose en la aceptación de los usuarios de un producto sobre sus competidores y en la mejora introducida en dicho producto respecto a los demás.
Triunfante, Glidden fundó la Barb Fence Company, con sede en DeKalb (Illinois) y dedicada a la producción de alambrada de espino, que promocionó por todo el territorio nacional haciendo exitosas demostraciones de su eficacia y obteniendo jugosas ventas (aún cuando después otros inventores diversificaron las alambradas en muchos más modelos y aplicaciones).
Gracias a ello se enriqueció hasta el punto de que al morir en 1906 era uno de los hombres más acaudalados de EEUU, antes tuvo tiempo de ser candidato demócrata al Senado, vicepresidente del DeKalb National Bank, director del ferrocarril North Western Railroad y filántropo de la enseñanza (era maestro).
Una ciudad de Iowa lleva su nombre.
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Rituales y magia en el solsticio de invierno…

elhistoriador.es — El solsticio de invierno, que suele ocurrir alrededor del 21 de diciembre, es un evento clave que marca un cambio en los ciclos naturales y astronómicos: coincide con la noche más larga en el hemisferio Norte y el día más largo en el hemisferio Sur. Además, marca el momento a partir del cual las noches comienzan a acortarse día a día, hasta llegar a la primavera y luego al verano.
De hecho, se puede decir que determina el momento a partir del cual la larga oscuridad del invierno es derrotada por la luz, de modo que llega el turno para que la naturaleza despierte y las cosechas puedan crecer.
Hace miles de años esta fecha era un momento de celebración para los paganos: se celebraba en el Stonehenge y en las profundidades de los bosques germanos en forma de rituales y festivales. En Guatemala se sigue celebrando hoy en día a través del ritual de la «Danza de los voladores», en los que varias personas giran y danzan en torno a una estaca.
Se cree que los romanos celebraban las festividades en honor a Saturno, Saturnalia, en este momento, y que en Escandinavia se celebraba el festival de Juul. Para los cristianos, esta fecha evolucionó probablemente hasta la celebración del nacimiento de Jesús, el 25 de Diciembre.
Mucho tiempo después, se cree que los romanos celebraban las festividades en honor a Saturno, Saturnalia, en este momento. Mientras que en Escandinavia se celebraba el festival de Juul ¿Dónde se originan todas estas celebraciones?
Para muchas culturas antiguas, que tenían que luchar contra largos y duros inviernos, el solsticio de invierno era un momento clave en el que la luz y la vida derrotaban a la oscuridad y a la muerte asociadas al invierno. Era el momento a partir del cual se podía conseguir más comida en los ríos y en los campos, y había que celebrarlo, cuando no venerar al Sol a través de sacrificios u otro tipo de rituales.
El círculo de Goseck

Formado por una serie de anillos concéntricos excavados en el suelo, (el mayor mide 75 metros), y situado en Sajonia-Anhalt, Alemania, tiene alrededor de 7.000 años, se cree que esta estructura fue un escenario de rituales religiosos y sacrificios. Cuando fue descubierto, los excavadores descubrieron que había dos puertas en el círculo exterior que estaban alineadas con el solsticio de invierno, lo que sugiere que esta construcción era en realidad un tributo a esta fecha.
Stonehenge, Gran Bretaña

Uno de los megalitos más conocidos del mundo, con 4.000 o 5.000 años de antigüedad, fue un importante escenario de rituales y observaciones astronómicas durante cientos de años.
En este lugar, cuando el sol se pone en el solsticio de invierno, los rayos se alinéan con el altar central y la piedra de los sacrificios. Hoy en día, visitantes de todo el mundo lo visitan para recordar los orígenes del monumento, quizás asociados al solsticio de invierno.
Newgrange, Irlanda

Al noreste de Irlanda, hay un túmulo construido hace 5.000 años cubierta por la hierba y repleta de túneles y canales. Solo durante el día del solsticio de invierno, el Sol entra en todas las salas principales, lo que, según algunos expertos, indica que la estructura se construyó para conmemorar esta fecha.
Además, en Maeshowe, Escocia, hay un túmulo similar al de Newgrange que se ilumina durante esta fecha.
Tulum, México

En la costa oriental de México, en la península de Yucatán, Tulum es una antigua ciudad amurallada que perteneció a los mayas. hasta que su población cayó con la llegada de los españoles. Uno de los edificios, tiene un orificio en la parte superior que produce un efecto de llamarada cuando el sol del solsticio de invierno y de verano se alinéan con él.
En algunos lugares de Perú, esta fecha ya estaba imprimida en la construcción de las pirámides para marcar el punto donde se encontraba el Sol en el solsticio de invierno.
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4 cosas que hacemos mal al tomar cerveza…

No todo vale cuando de cerveza se trata, al menos no delante de un cervecero. Lo admitimos: somos muy tiquismiquis en lo que a cerveza se refiere.
Aquí tienes algunas de las costumbres que más traen de cabeza a los entendidos de nuestro amado líquido. Aunque en el fondo, ¿qué más da? A la hora de la verdad, eres tú quien decide.
Para gustos, los colores… pero también la cerveza
1. Deja espacio para lo que de verdad importa
¿Qué sería de la cerveza sin su espuma? Muchos reniegan de ella, pero no saben de la importante función que cumple: proteger y mantener el carbónico dentro del líquido. Además, sin esta cremosa capa no solamente perdemos parte de los aromas y de la gasificación de la cerveza: perdemos gran parte de su encanto.
2. No le eches morro, bebe en vaso
O en copa. Cuando servimos la cerveza en recipiente de vidrio, no solamente lo hacemos por estética. Además de poder apreciarla mucho mejor a la vista, cuando vertemos la cerveza en el vaso comienza a perder gas (dióxido de carbono) y forma espuma. Esto no solo evita una sensación de pesadez cuando la tomamos, también protege el líquido de la oxidación y permite apreciar mejor los aromas que desprende y con ello sus cualidades.
3. Cerveza por un tubo, pero no en vaso de tubo
Sí, es cierto que el vaso de tubo tiene mayor capacidad que una caña (su contenido equivale al de un botellín de 33 cl). Pero no todo es cuestión de cantidad. Al ser un recipiente totalmente recto, de vidrio grueso y plano, hace que los líquidos se viertan en la boca de manera brusca y se pierdan los aromas con más facilidad. En comparación con la copa, el vaso de tubo permite que el líquido se caliente con más facilidad debido a la forma en la que se sostiene.
4. Ni caliente, ni congelada
Nos gusta la cerveza fría, pero sólo cuando el estilo de la cervezas así lo pide porque las hay que están estupendas a 12º, sin embargo uno de los crímenes más repetidos es el de servir la cerveza en copa helada. Esta costumbre no solamente echa a perder la calidad de la cerveza al deshacer la espuma, sino que termina aguando el interior del recipiente. ¿Acaso le pondrías cubitos de hielo a una cerveza?
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Cuatro historias de la 2da Guerra Mundial…

Fotograma de la película Operation Amsterdam
Cuando tres agentes británicos robaron las reservas de diamantes de Ámsterdam ante la invasión alemana
Muy Interesante(J.Álvarez) — En 1959 Londres acogió el estreno de una de aquellas películas sobre la Segunda Guerra Mundial que tanto abundaron en las décadas posteriores a ésta.
De producción británica, se titulaba Operation Amsterdam (aquí en España se cambió por El robo del siglo) y estaba dirigida por Michael McCarthy, un cineasta menor que quizá firmó con ella su mejor obra.
Protagonizada por Peter Finch, es la adaptación del libro de David Walker Adventure in diamonds, que narra un poco conocido episodio que ocurrió durante la invasión alemana de los Países Bajos: una operación para llevarse los diamantes que había en la capital holandesa antes de que lo hiciera el enemigo.
En el film, los encargados de llevar a cabo la misión son un experto en gemas, un agente del servicio secreto y un mayor del ejército.
Los tres correspondían al trío que realmente protagonizó los hechos: William Woltman, experto gemólogo holandés afincado en Inglaterra; Jan Smits Kor, célebre distribuidor de diamantes, y Montague Reany Chidson, alias Monty, teniente coronel de artillería que estaba al mando de la operación.
Monty había combatido como aviador en la Primera Guerra Mundial, en la que cayó prisionero y regresó convertido en héroe. En 1940, ya con cuarenta y ocho años, gozaba de un apacible destino como agregado militar de la embajada británica en Holanda porque conocía bien el país, ya que su esposa era de esa nacionalidad. Pero la mañana del viernes 10 de mayo de ese año las cosas cambiaron radicalmente cuando la Wehrmacht inició la invasión.

Elyesa Bazna
Aunque ya habían caído Noruega y Dinamarca, los holandeses pensaban que Hitler respetaría su neutralidad, declarada precisamente por ser conscientes de su incapacidad militar para frenar un hipotético ataque.
Así, la única defensa se basaba en la tradicional Línea de Agua y en su complemento, la Línea Grebbe, ambas conceptualmente obsoletas porque consistían en abrir los diques que cierran el paso a los pólders (tierras ganadas al mar) e inundar los campos, como en la época de los Tercios, obviando que los paracaidistas podían salvar ese obstáculo; así sucedió.
A pesar de que los alemanes destinaron a Holanda sus tropas más débiles, el 18º Ejército, compuesto por cuatro divisiones y otras tres de reserva carentes de experiencia y por ello reforzadas con varias divisiones SS, Holanda fue ocupada en sólo una semana mientras la Familia Real era evacuada a Inglaterra.
Y, sin embargo, no faltaron advertencias del peligro. Algunos mandos germanos, molestos con la idea de atacar un país que no sólo era neutral sino que les había apoyado en la guerra anterior, enviaron solapadamente avisos de lo que se preparaba.
Monty era de los que estaban informados porque, al fin y al cabo, se trataba de su trabajo: era agregado militar, sí, pero como solía implicar ese puesto, también formaba parte del MI6, la sección en el extranjero del servicio de espionaje británico, en la que había ingresado procedente del MI5 (la sección que operaba en Gran Bretaña).
Monty estaba en La Haya cuando saltó la noticia de la invasión y su presencia fue reclamada de forma inmediata en Londres. Una vez allí se le pidió que diseñase urgentemente un plan para llevarse de Ámsterdam la mayor cantidad posible de diamantes industriales, que se almacenaban en la capital holandesa.
Hay que tener en cuenta que no se la llamaba la Ciudad de los diamantes porque sí; llevaba cuatro siglos siendo el mayor centro mundial de comercio y talla de esas piedras preciosas y, dado que ese negocio estaba fundamentalmente en manos de la comunidad judía, parecía previsible que los nazis se lo arrebataran.
Como no había tiempo que perder, la noche del sábado el destructor HMS Walpole llevó al trío de agentes hasta la costa continental, donde transbordaron a un pesquero que les dejó en un muelle.
El buque volvería a por ellos en catorce horas; ése era el exiguo tiempo de que disponían para conseguir el botín y ponerse a salvo. Consiguieron un coche y llegaron a Ámsterdam, donde se había declarado el estado de guerra y se esperaba la aparición de los alemanes en breve.

HMS Walpole
A toda prisa, establecieron contacto como los hebreos y les plantearon la situación: debían trasladar su mercancía a Inglaterra cuanto antes o la perderían. No fue fácil convencerles porque algunos, con cierta ingenuidad, creían que ésa era su única baza para negociar con los nazis, sin contar las posibles represalias que éstos tomasen contra ellos al ver que los diamantes ya no estaban. No obstante, se facilitó al comando el acceso al principal mercado para que pudiera entrar y llevarse cuanto pudiera.
Lamentablemente, resultó que la mayor parte de la mercancía no estaba allí sino en la cámara acorazada de un banco. Aún así decidieron probar suerte.
Ayudados por gente de la resistencia holandesa, que al parecer ya había organizado sus primeros núcleos visto el panorama que se avecinaba (los grupos nazis locales ya se enseñoreaban por las calles), entraron en el edificio y llegaron hasta dicha cámara, encontrando que tenía un sistema de apertura retardado que no permitiría entrar a las cajas hasta el lunes.
Demasiado tiempo para esperar, así que empezaron a probar combinaciones para intentar abrirla. Sin embargo, la tarea se prolongó y se prolongó durante casi veinticuatro horas y sólo la información recopilada por los colaboradores holandeses les permitió, por fin, tener vía libre y vaciar cuantas cajas pudieron.
Luego, Monty y sus compañeros huyeron y de alguna forma alcanzaron Inglaterra, no está claro si a bordo del HMS Waldpole -que les habría ido a buscar pese a superar el plazo convenido- o por su cuenta.
El botín, si es que se puede llamar así, fue entregado a la reina Guillermina y su gobierno. Se ignora la cantidad exacta de diamantes que sustrajeron, así como su valor, aunque hay quien considera que podría tratarse del mayor robo de la historia de ese producto.

Lo que sí fue oficial fue la concesión de la Orden de Servicio Distinguido a Montague Reaney Chidson, tal como se publicó en el London Gazette (algo así como el BOE británico) poco más de un mes más tarde, el 20 de diciembre de 1940, por el valor demostrado en Francia y Flandes.
Monty no terminó ahí su participación en la Segunda Guerra Mundial, ya que en 1943 fue destinado a la embajada en Turquía como jefe de seguridad. En esa misión no estuvo tan fino, pues el mayordomo del embajador resultó ser Elyesa Bazna, más conocido por el nombre en clave de Cicerón, uno de los espías más activos de que dispusieron en ese conflicto los alemanes, a los que facilitó fotografías de decenas de documentos.
Tirando de ironía se podría decir que, al fin y al cabo, lo de Monty no era garantizar la seguridad sino precisamente lo contrario, y pasó a la posteridad como el mejor desvalijador al servicio de Su Majestad.
La gran masacre de mascotas en Reino Unido ante el estallido de la Segunda Guerra Mundial
Memorial por los animales de la Guerra
Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial el gobierno de Londres distribuyó un folleto en el que recomendaba a la gente poner a salvo sus mascotas en el campo.
Y, si no tenían esa posibilidad, sacrificarlas por su propio bien, dada la penuria que se iba a abatir inminentemente sobre el país. En consecuencia, aproximadamente setecientos cincuenta mil animales murieron en una semana, el doble que de británicos en todo el conflicto.
El impacto de una guerra sobre la población civil siempre ha sido devastador, bien por las acciones militares directas que ésta ha de sufrir casi como si fuera combatiente, bien por las privaciones derivadas de la escasez.

Un ama de casa británica con su mascota en 1941
Ahora bien, actualmente la presencia masiva de los medios de comunicación en los últimos conflictos ha permitido descubrir que también los animales son víctimas y no sólo los que tradicionalmente formaban parte de los ejércitos, como caballos, mulas, perros o palomas; en ese sentido, las imágenes del zoo de Irak, con sus inquilinos convertidos en esqueletos vivientes tuvieron amplia repercusión.
Pero hay pocos zoos y, en cambio, muchísima gente tiene mascotas.
No es algo que ocurra sólo ahora. En el verano de 1939, los vientos de guerra soplaban ya con tanta fuerza que todos esperaban el estallido de las hostilidades tarde o temprano.
Fue en ese contexto cuando se creó el NARPAC (National Air Raid Precautions Animals Commitee) un organismo pensado para ocuparse del problema de las mascotas en un contexto bélico.
El NARPAC era una extensión del famoso ARP (Air Raid Precaution), establecido en 1937 para proteger a los civiles en caso de ataques aéreos.
Su organización se basaba en comités locales en los que formaban guardias voluntarios de diversos tipos: vigilantes, conductores de ambulancias y mensajeros, por ejemplo, que se coordinaban con los bomberos y la policía.
Ellos eran los que se aseguraban de que las luces de los hogares se apagaban durante los ataques, los que realizaban los informes de daños en las casas causados por las bombas, los que dirigían a los ciudadanos hacia los refugios, etc.
Su imagen resulta familiar por verlos a menudo en películas. Inicialmente, los guardias no tenían uniforme y tan sólo llevaban un brazalete y un casco; a partir de 1941 ya contaron con ropa específica de campaña, de color azul. Cerca de millón y medio de hombres y mujeres formaron parte de ese servicio a lo largo de la guerra, de los que ciento treinta y un mil lo hicieron a tiempo completo.
Aquel verano el NARPAC distribuyó un pasquín informativo entre los ciudadanos. Con el título Aviso a los dueños de mascotas, advertía a éstos de la conveniencia de enviar a sus animales fuera de las ciudades, a los pueblos, temiendo que no hubiera suficiente comida en los años venideros y que el previsible racionamiento impidiera proporcionarles alimento.

Póster del ARP
El folleto decía textualmente: «If you cannot place them in the care of neighbours, it really is kindest to have them destroyed»; o sea, «Si no puede dejarlos al cuidado de de los vecinos [rurales], realmente es más benevolente sacrificarlos.»
Cuando el 1 de septiembre Alemania empezó la invasión de Polonia, implicando así a Reino Unido en cumplimiento de su acuerdo con dicho país, se hizo realidad aquel negro futuro para perros, gatos, peces y pájaros.
Apenas dos días más tarde las consultas veterinarias se vieron desbordadas por multitud de personas dispuestas a seguir el consejo oficial; curiosamente, el documento adjuntaba publicidad de una pistola de matarife, de un único proyectil, para realizar la operación en casa.
Otras organizaciones como PDSA (People’s Dispensary for Sick Animals) y RSPCA (Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals) se opusieron a aquella medida tan drástica, no sólo porque fueron obligados a colaborar en los sacrificios cediendo instalaciones y técnicos sino también por considerarla excesiva y prematura.
Además, se creó un problema extra porque mucha gente se limitó a desprenderse de sus animales abandonándolos.
De hecho, durante los años siguientes se demostraría que el abastecimiento no alcanzaría niveles tan dramáticos como se había dicho.
Por eso una institución como Battersea Dogs and Cats, que llevaba trabajando en la protección de perros y gatos domésticos desde 1860, aconsejó a quienes la consultaron no precipitarse.
Y aunque apenas tenía cuatro empleados, logró cuidar y alimentar nada menos que a ciento cuarenta y cinco mil mascotas durante la guerra.
Bien es cierto que contaba con el activo e incansable apadrinamiento de la duquesa de Hamilton, que recorrió Inglaterra y Escocia en busca de hogares de acogida y consiguió reconvertir un viejo aeródromo en un santuario, insertando cuñas publicitarias en la BBC e incluso enviando a su personal a recoger a los animales a domicilio.
Otros propietarios de animales también decidieron no seguir las instrucciones del NARPAC y seguir fieles a su amistad. Compartían sus raciones y buscaban extras en el mercado negro en otra prueba de que Gran Bretaña nunca llegó a pasar realmente hambre, en parte gracias a los convoyes procedentes de América.
Sin embargo, muchos de los que ignoraron al NARPAC en primera instancia cambiaron de opinión un año después, en septiembre de 1940, cuando la Luftwaffe dio inicio al Blitz, el bombardeo aéreo de Londres y otras ciudades.
Entonces cundió el pánico y hubo una segunda oleada de sacrificios en la que las clínicas veterinarias volvieron a verse colapsadas. Paradójicamente a esas alturas ya había más voces en contra y algunas oficiales, como la del Royal Army Veterinary Corps (Real Cuerpo Veterinario del Ejército), que resaltaba la utilidad de los perros en tiempos de guerra.
De hecho, muchas familias habían prestado sus perros a las fuerzas armadas para colaborar en diversas actividades mientras durase el estado de guerra y nunca más volvieron a verlos: hasta seis mil canes fueron sacrificados y, según parece, el mismísimo MI5 llegó a vigilar a los opositores a esa medida.

Folleto distribuido con recomendaciones para sacrificar a las mascotas
Tampoco los animales del zoo de Londres escaparon al negro destino, al menos una parte de ellos. No faltaron acusaciones al gobierno por fomentar la histeria colectiva; como dice Hilda Kean, una de las historiadoras que estudió este episodio, la forma de subrayar el estado de guerra fue «evacuar a los niños, cerrar las cortinas y matar al gato».
La medida acarreó otro efecto secundario negativo: la extensión de cierto pesimismo, de una tristeza común a muchos que se deshicieron de sus mascotas a la primera adversidad y, como se demostró luego, sin razones de peso.
Fueron frecuentes los sentidos obituarios de animales en la prensa y, quizá por vergüenza en un país que presume de ser especialmente amante de los animales domésticos, esta historia tendió a relegarse al silencio y el olvido.
Sólo actualmente se han puesto un poco las cosas en su sitio con un monumento en Hyde Park a los animales caídos en la guerra; su epitafio termina con la gráfica frase «No tuvieron opción». La propia Kean lo explica: «A la gente no le gusta recordar que al primer indicio de guerra salimos a matar al gatito».
El bombardeo aéreo que destruyó Pompeya por segunda vez
Pompeya fotografiada desde un avión de guerra
Es de sobra conocido lo qué pasó en las ciudades romanas de Pompeya y Herculano en el año 79 d.C. La brutal erupción del volcán Vesubio, en cuyas inmediaciones se ubicaban, supuso su destrucción y la muerte de miles de personas quemadas, asfixiadas y enterradas bajo una gruesa capa de cenizas piroclásticas que, paradójicamente, sirvió para conservar las ruinas durante siglos. Las mismas ruinas que estuvieron a punto de desaparecer definitivamente en el verano de 1943, tras un devastador bombardeo en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.
Plinio el Joven describe en sus cartas a Tácito como fue aquella fatídica jornada del siglo I en la que falleció su tío Plinio el Viejo a causa de las emanaciones gaseosas cuando observaba el fenómeno:
«Mientras tanto en el Vesubio relucían, en diversos lugares, anchísimas llamas y elevados incendios, cuyo fulgor y cuya claridad se destacaban en las tinieblas de la noche. Mi tío, para excusar el miedo, decía que se trataba de hogueras hechas por campesinos fugitivos o villas abandonadas que ardían. Entonces se fue a dormir y en verdad que durmió con un sueño profundo, pues sus ronquidos eran oídos por los que estaban de guardia en la puerta.
Pero el patio por el que se llegaba a la habitación empezó a llenarse de tal modo de ceniza y de pedruscos que si hubiesen permanecido ahí, no hubieran podido salir. Se despertó y se reunió con Pomponiano y los demás que habían estado velando. Deliberaron si se quedarían bajo cubierto si saldrían al raso, ya que el edificio vacilaba debido a frecuentes y largos temblores y parecía que sus cimientos se corrían de un lado para otro.
No obstante, si salían a la intemperie, eran de temer las lluvias de pedruscos, aunque más soportables. Cotejados ambos peligros, se optó por la segunda solución: en mi tío ello constituyó el triunfo de la razón sobre la razón, en los demás, el miedo sobre el miedo. Se pusieron almohadas en la cabeza, sujetas con trapos, única protección contra lo que caía. En otras partes había amanecido ya; allí seguía una noche más negra y más densa que todas las noches, sólo rota por antorchas y luces variadas.
Pareció oportuno ir a la playa y ver que posibilidades existían en el mar, que estaba desierto y adverso. Allí se echó sobre un lienzo y pidió agua fresca, y la bebió dos veces. A él le despertó y a los demás les hizo huir el olor del azufre, precursor de las llamas y estas llegaron luego. Se levantó apoyándose en dos siervos, pero cayó en seguida debido, a lo que creo, a que el vaho caliginoso le tapó la respiración y le cerró el estómago, que tenía muy delicado y propenso al vómito.
Cuando nuevamente se hizo de día -y era el tercero desde que había dejado de ver- su cuerpo fue hallado intacto y tal como iba vestido; pero más tenía el aspecto de dormir que de estar muerto.»
En efecto, tras la típica lluvia de piedras volcánicas llegó el flujo piroclástico, una mortífera nube ardiente que primero ascendió hacia el cielo desde el cráter para luego descender violentamente y extenderse por los alrededores, matando cuanto encontraba a su paso.
Curiosamente, hubiera sido una sensación parecida si los pompeyanos de entonces hubieran estado presentes dos milenios después, cuando lo que cayó desde el aire no fueron piedras sino bombas y al efecto de la nube sustituyeron las brutales explosiones producto esta vez no del enfado de Vulcano sino de la mano del Hombre.

Extensión de la erupción
Desde marzo de 1943 los aviones de la RAF salían periódicamente en misiones por el continente para interrumpir las vías de comunicación y transportes alemanas. En mayo cayó el Afrika Korps dejando el norte de África en manos de los Aliados, que el 10 de julio iniciaron el desembarco en Sicilia completándolo en apenas un mes y precipitando la destitución de Mussolini el día 25 y su sustitución por el mariscal Badoglio.
El siguiente paso era el salto a la península italiana y ello implicaba una serie de bombardeos previos que resultaron disuasorios para que el rey Vittorio Emmanuel III capitulase el 8 de septiembre, cinco jornadas después de que las primeras tropas cruzaran el estrecho de Messina y desembarcaran en Calabria, iniciando su avance hacia el norte, apoyadas al poco por otro desembarco en Salerno.
Pero antes de que Italia cambiara de trinchera (salvo en el norte, donde los alemanes se adueñaron de la situación y rescataron a Mussolini), Pompeya habría de sufrir una segunda oleada de devastación.
Los citados raids aéreos empezaron el 24 de agosto (por siniestra coincidencia, la misma fecha de la erupción del Vesubio), siendo Nápoles y su importante puerto marítimo el objetivo, y se prolongaron durante ocho días seguidos con un curioso interés extra: determinar si producía mejores resultados atacar en horario nocturno o a plena luz.
Según un estudio del español Laurentino García, las escuadrillas británicas y estadounidenses lanzaron casi dos centenares de bombas de cuatrocientos kilos cada una y, como suele pasar en las guerras, provocaron daños colaterales inesperados al caer varias de ellas en el recinto de la antigua ciudad romana.
Ésta, que permaneció tanto tiempo preservada bajo tierra, había salido a la luz en 1550, cuando el arquitecto Domenico Fontana hacía un canal para desviar agua del río Sarno hacia la localidad de Torre del Greco. Sin embargo se dice que encontró los frescos eróticos y, escandalizado, mandó enterrarlos de nuevo, por lo que no se empezó a excavar hasta 1738, en una una serie de trabajos arqueológicos patrocinados por el rey napolitano Carlos VII (el mismo que luego reinaría en España como Carlos III).

Excavaciones en Pompeya durante el siglo XVIII
Así se recuperó la memoria pompeyana y desde entonces continuó la labor hasta aquel fatídico estío de 1943.
Conviene tener en cuenta que los daños registrados en Pompeya obedecen a tres etapas distintas.
La primera, un terremoto que la sacudió en el año 62 provocando el pánico y haciendo que buena parte de sus veinte mil habitantes huyeran temiendo que se tratase de una erupción del Vesubio.
El seísmo tuvo varias réplicas, de ahí que diecisiete años más tarde, cuando el volcán erupcionó realmente, todavía se estuvieran haciendo obras de reconstrucción.
La segunda fue la descrita acción volcánica, que no sólo sepultó la ciudad en cenizas sino que destruyó estructuras arquitectónicas con los temblores previos que hubo a lo largo de días antes, según atestigua Plinio el Joven, y luego con la lluvia de piedras, que hundió bastantes tejados.
Desde 1924, ya bajo el gobierno mussoliniano, se acometieron una serie de trabajos de restauración dirigidos por el arqueólogo Amedeo Maiuri; la Segunda Guerra Mundial cambió las cosas.
Las bombas aliadas constituyeron una tercera etapa en esa secuencia de destrucción, al hacer desaparecer la vía de la Abundancia (que era la calle más animada de Pompeya), la Porta Marina, los arcos que flanqueaban el Foro, el Teatro Grande, la Schola Armaturarum (el edificio donde se exhibían trofeos capturados al enemigo, que el régimen fascista reconstruyó por su potencial propagandístico y del que se perdieron los frescos que lo decoraban), la Casa de Triptólemo, la Casa de Rómulo y Remo, una parte de la Casa de Diana Arcaizante, el atrio de la Casa de Epidio Rufo y las pinturas de la Casa de Salustio.
Incluso estructuras modernas terminaron pulverizadas con todo su valioso contenido, caso de dos de las salas del Museo Pompeyano, entre cuyos escombros quedaron miles de piezas rescatadas en el siglo XVIII.
Al respecto se dio una curiosa situación y es que las piezas más valiosas del museo (estatuas, joyas…) habían sido evacuadas al ver que los combates se aproximaban, pero el lugar a donde se llevaron fue nada menos que la Abadía de Montecassino, que entre enero y mayo de 1944 sería escenario de otra durísima batalla y quedaría derruida; por suerte, justo antes el general Frido von Senger las había enviado al Vaticano.

Vista general de Pompeya
Además, el bombardeo produjo unos efectos secundarios cuyos resultados todavía se notan hoy en día: las explosiones, incluso las que no alcanzaron ningún sitio concreto (que por suerte fueron la mayoría), removieron la tierra de tal forma que desde entonces las lluvias penetran fácilmente en el subsuelo, ablandándolo y volviéndolo inestable.
La Ley de Murphy hizo que en 1980 se produjera un nuevo terremoto que dio la puntilla a muchos rincones. Consecuencia de ello es el desplome periódico de algunos edificios como el mencionado de la Schola Armaturarum en 2010 (que encima se había reconstruido con cemento armado, un material bastante endeble).
De aquella Pompeya pre-bélica se conservan una veintena de fotografías en placa de vidrio que muestran el aspecto que tenía entonces. Actualmente se ha podido reconstruir alguno de los edificios, como el Anticuario (usado como museo) y está protegida desde 1997 por la UNESCO dentro de su Patrimonio de la Humanidad.
Pese a ser uno de los principales motores económicos de Nápoles, se ha decretado una reducción de acceso al público (exhibiendo sólo un tercio de la urbe) y una suspensión de las excavaciones arqueológicas para centrarse en salvar lo que hay ahora.
Así que de momento tampoco volverán a aparecer bombas sin explotar, como la de 2006, que hoy está expuesta como una parte más de la turbulenta historia del sitio.
Task Force Baum, la desastrosa operación de Patton para liberar a su yerno de un campo de prisioneros
La Task Force Baum entrando en el campo de concentración
Normalmente, cuando una guerra es lo suficientemente larga, se registran multitud de acciones de todo tipo: campañas a gran escala, batallas grandes y pequeñas, emboscadas, intervenciones rápidas de comando… A veces se intentan operaciones muy imaginativas que de tener éxito ensalzan a su autor y le convierten en un genio de la táctica.
Lo malo es cuando salen mal y entonces caen sobre él las críticas y la responsabilidad de las bajas. Eso es lo que le ocurrió al célebre general Patton en la primavera de 1944, cuando la misión enviada a liberar un campo de concentración terminó en una derrota estrepitosa que, además, resultó innecesaria porque el lugar cayó en manos aliadas apenas nueve días después.
George Patton había sido nombrado general de división en abril de 1941. En 1943 reemplazó a Lloyd Fredendall y volvió a ascender a teniente general, recibiendo el mando de las fuerzas estadounidenses en el norte de África.
Su éxito le valió ponerse al frente del VII Ejército con el que debía invadir la mitad occidental de Sicilia mientras Montgomery se ocupaba de la oriental, aunque la rivalidad con el británico -que venía ya de la campaña africana- le llevó a apresurar sus acciones.
Fue uno de esos ramalazos que le caracterizaron, a veces para bien (era eficaz y su carisma entusiasmaba a sus hombres) y otras para mal (la polémica masacre de Biscari, el bofetón a un soldado con estrés de combate). De hecho, su amigo Omar Bradley le tuvo que sacar de apuros ante las demandas de destitución que menudearon por los incidentes que originaba su peculiar personalidad.

Patton en 1943
Sin embargo, en el verano de 1944, con los aliados ya avanzando por Francia, se le confió el III Ejército, con el que ganó casi un millar de kilómetros en apenas un par de semanas. Tras el fracaso de la contraofensiva alemana en Las Ardenas, en el que Patton jugó un papel decisivo, el mapa de operaciones se situó ya en territorio germano y fue entonces cuando se produjo el extraño episodio del campo de concentración.
Fue entre los días 26 y 29 de marzo de 1945. Patton encargó al teniente coronel Creighton Abrams, su comandante de blindados más capaz y agresivo, la formación de un grupo de combate para una misión especial. Abrams le ofreció todo el Combat Command B de la Cuarta División que mandaba y que estaba formado por dos batallones con artillería de apoyo, pero el general lo consideró excesivo y al final se contituyó un grupo con una compañía de infantería y dos de tanques, sumando en total trescientos tres hombres, once oficiales, dieciséis carros de combate (diez Sherman y otros seis ligeros) y otros vehículos auxiliares (semiorugas, autopropulsados, jeeps, una ambulancia…).
Dado que el comandante de los blindados estaba de baja, Abrams sugirió para el mando al joven capitán Abraham Baum, un judío neoyorquino nacido en el Bronx en 1921.
Veterano del desembarco en Normandía, donde había sido herido al pisar una mina, él mismo contaría que cuando se le ordenó presentarse ante Patton y éste le explicó el objetivo de la misión no pudo evitar preguntarse «¿qué demonios estoy haciendo aquí?». Así, la fuerza a su mando recibió el nombre de Task Force Baum.
La pregunta que se hizo el oficial no era gratuita; efectivamente, su cometido resultaba realmente singular, al tener que internarse más de ochenta kilómetros en territorio enemigo para localizar un campo donde se custodiaba a miles de prisioneros norteamericanos y volver con ellos en previsión de que los alemanes decidieran matarlos ante el avance aliado. Aquí llega el momento de hacer un inciso y explicar la situación.
El campo en cuestión se llamaba Camp Hammelburg (por la ciudad vecina, situada a tres kilómetros) y en la Primera Guerra Mundial se había utilizado como área de adiestramiento militar, siendo reconvertido para acoger prisioneros en la Segunda. En realidad estaba formado por dos subcampos, el Stalag XIII-C y el Oflag XIII-B, el primero para soldados y el segundo para oficiales, siendo este último el objetivo de la Task Force Baum.
¿Por qué? Patton explicaría más tarde que temía por sus vidas, pues aunque los alemanes no acostumbraban a matar a los prisioneros sí se había dado algún caso (el más reciente el de Malmedy, en Las Ardenas, donde ochenta y cuatro cautivos de EEUU fueron ametrallados y rematados a sangre fría por el Kampfgruppe Peiper de la 1ª División SS Panzer). No obstante, circuló otra versión más controvertida sobre los verdaderos motivos del general para organizar aquella misión: quería salvar a su yerno, el marido de su hija Beatrice.

El campo durante la Primera Guerra Mundial
Se llamaba John Knight Waters y era teniente coronel. Le habían capturado en Túnez el año anterior y enviado inicialmente al Oflag 64 de Schubin, Polonia. Pero en enero de 1945, ante el imparable avance del Ejército Rojo, se trasladó a todos los prisioneros (es un decir porque la mayoría tuvo que hacer a pie el camino de más de quinientos kilómetros) al Oflag XIII-B de Camp Hammelburg, hasta entonces destinado exclusivamente a oficiales serbios.
Con la llegada de los nuevos internos, los serbios se concentraron a un lado y los americanos al otro, quedando el lugar saturado.
Y es que cinco mil militares se juntaban allí, de los que mil cuatrocientos eran de EEUU, según el registro realizado por el mando de mayor graduación, el coronel Paul Goode. Con semejante congestión y dada la marcha de la guerra, los prisioneros no estaban precisamente en buenas condiciones (aunque tampoco sus guardianes): tenían que distribuirse por siete edificios con cinco salas, cada una de ellas alojando habitaciones en las que se hacinaban cuarenta personas.
Al menos el calor humano quizá sirvió para afrontar aquel terrible invierno en el que las temperaturas cayeron por debajo de siete grados bajo cero, ya que apenas recibía carbón cada tres días y era necesario buscar leña por los alrededores. Tampoco la alimentación era buena y la dieta inicial que recibían los presos, calculada en unas mil setecientas calorías, fue reduciéndose poco a poco ante las dificultades de abastecimiento y el aumento de la población reclusa hasta quedar en poco más de mil calorías.
Ello provocó graves problemas de salud, agravados por las deficientes condiciones higiénicas, que se plasmaron en una epidemia de disentería.
Retomemos ahora el relato de la Task Force Baum. Se puso en marcha la noche del 16 de marzo con evidentes carencias, ya que sólo disponía de un puñado de mapas de la región para todos y se desconocía la ubicación exacta de Camp Hammelburg. Como además un avión de observación alemán descubrió a la columna, fue necesario incorporarle sobre la marcha material antiaéreo y hubo algún enfrentamiento en el que se perdió un Sherman. Aún así, al atardecer del día siguiente avistaron el campo de concentración.
La consiguiente batalla fue efímera, poco más que una resistencia simbólica, ya que los guardianes carecían de equipamiento para enfrentarse a los tanques y la mayoría optaron por huir. Aún así, los estadounidenses siguieron disparando sobre el campo hasta darse cuenta de un tremendo error: aquellos soldados de uniforme gris no eran alemanes sino presos serbios. No fue el único despropósito que se iba a cometer, como veremos.

John K. Waters
Gunther von Goeckel, comandante del campo, pensaba que se le venía encima toda una división y prefirió pactar, pidiendo al yerno de Patton que saliera a explicar a los atacantes la escabechina que estaban haciendo los suyos entre los serbios. Waters aceptó pero no había recorrido ni una mínima parte del camino cuando un soldado teutón, que quizá no había sido informado, lo interpretó como un intento de fuga y disparó sobre él, alcanzándole en una nalga.
Waters tuvo que ser devuelto al campo para curarle la herida. Poco después la Task Force Baum entraba en el recinto y lo que tenía que ser un momento de felicidad para el capitán al alcanzar la primera parte de su objetivo se tornó una desagradable sorpresa.
Y es que a Baum le habían dicho que en el Oflag XIII-B había trescientos oficiales y, en cambio, allí se contaban casi cinco veces más. Un número imposible de llevar en sus insuficientes vehículos y con el agravante de que tampoco podrían ir a pie por su lamentable estado físico.
Así que decidió que rescataría sólo a los de mayor graduación -unos doscientos- y al resto le daba libertad para elegir: intentar seguirles caminando, quedarse o probar una evasión por su cuenta; algunos se decantaron por esta última opción y serían recapturados pero la mayoría decidió permanecer allí, Waters entre ellos debido a su herida.
La Task Force inició el regreso al anochecer y de nuevo surgieron problemas. Al no haber luna y no poder encender faros para evitar revelar su presencia al enemigo, no quedó más remedio que mandar por delante un jeep de reconocimiento que abriera el camino; cuando se detectaba peligro todos apagaban los motores y se mantenía un riguroso silencio. Pero era muy difícil atravesar ochenta kilómetros por terreno contrario sin toparse con patrullas alemanas.
De hecho, les tendieron una emboscada. Fue a su paso por Hölrich, donde los veteranos de la German Infantry Combat School (donde un centenar de suboficiales hacía sus prácticas para ascender a oficiales) les engañó hábilmente hablando por radio en inglés y atrayendo a los carros hacia efectivos armados con panzerfaust (antitanques personales, parecidos a los bazookas estadounidenses). Con ese ardid lograron destruir cuatro Sherman.
Baum consiguió sacar a su gente de la ratonera y reagruparla en una colina, ya al amanecer. Pero el vagar nocturno y la batalla habían consumido mucho combustible y no quedaba suficiente para alcanzar sus líneas, así que decidió hacer el camino a pleno día y a toda prisa para acortar. Por supuesto, los prisioneros liberados no podrían seguir el ritmo, así que les aconsejó retornar al campo, cosa que hicieron encabezados por el coronel Goode enarbolando una bandera blanca.
Pero cuando la Task Force reanudó la marcha cayó sobre ella una lluvia de fuego; los alemanes les habían rodeado durante la noche, reforzados además por media docena de tanques Tiger. Sabiendo que no tenía otra, Baum se lanzó contra ellos a la desesperada y su columna fue prácticamente pulverizada. Baum consiguió abrirse paso acompañado de dos soldados y varios ex-prisioneros pero el resto cayeron allí mismo y los supervivientes se dispersaron por el bosque, donde fueron atrapados uno tras otro.

Soldados alemanes armados con panzerfaust
El recuento de bajas fue espeluznante: sólo treinta y cinco hombres pudieron regresar, quedando atrás treinta y dos muertos y siendo el resto capturados (¡doscientos cuarenta y siete!). Asimismo se perdieron cincuenta y siete vehículos, entre tanques, jeeps y otros. El propio Baum resultó herido y, paradójicamente, acabó en Camp Hammelburg. Ironías del destino, el lugar fue liberado por la 14º División Blindada nueve días más tarde.
Ironía sobre ironía, Patton pudo recuperar a su yerno ya que, al estar convaleciente de su herida, no fue trasladado en tren a Nuremberg como el resto de los prisioneros. Quizá por eso condecoró a Baum con la Cruz de Servicios Distinguidos, medalla que no requería una investigación previa que hubiera sido, sin duda, muy incómoda para él.
Porque aunque siempre negó saber de antemano que Waters estaba preso en Camp Hammerburg, casi todos daban por hecho que sí estaba al tanto, hasta el punto de haber incluido en la Task Force al mayor Alexander Stiller -que le conocía- para identificarle entre los demás.
En cualquier caso, sí admitió ante un iracundo Eisenhower el error de aquella fallida expedición, que se debió, según dijo, a no haber enviado una fuerza suficientemente grande. Por cierto, su yerno llegó a general y tuvo una meritoria carrera militar; murió en 1989. En cuanto a Abraham Baum, fue extraordinariamente longevo: vivió hasta los noventa y un años, muriendo el 2 de marzo de 2013.
nuestras charlas nocturnas.
La bicicleta …

Curiosfera/L.B.V. — Estamos acostumbrados a ver bicicletas allá por donde vamos. Las principales zonas urbanas han remodelado sus calles para hacer carriles bici y las nuevas ciudades ya cuentan con ellos en sus planes de construcción. En el fondo, es muy medio muy cómodo, ecológico y económico de desplazamiento. En algunas ciudades, como Ámsterdam, son todo un símbolo y se pueden ver más bicicletas que coches.
Ahora, hasta se celebran carreras de ciclistas amateur para concienciar a la mayor parte de la población posible de lo beneficioso que puede ser para su salud y también para el medio ambiente. Pero, ¿cuál es el origen de la bicicleta?
Eso sí, sus orígenes no están exentos de controversia puesto que hay quienes afirman que la bicicleta procede de antes del 1800. En cualquier caso, de lo que no hay duda es de que en 1817 el inventor alemán Karl Freiherr von Drais dio con lo que se vino a denominar como velocípedo, que daría pie a la bicicleta actual.
La primera demostración de Freiherr von Drais cubrió la distancia de Mannheim a Schwetizingen y, desde entonces, son muchos los kilómetros que ha proporcionado está ‘máquina andante’, como él la denominaba.
Desde la antigüedad, han llegado hasta hoy pruebas de que desde hace muchos siglos, al hombre ya le rondaba por la cabeza el concepto de utilizar dos ruedas unidas con una barra como medio de locomoción. Por ejemplo:
- En tiempos del Antiguo Egipto, es posible que se pensara en un artilugio similar a la bicicleta. De hecho, en uno de los jeroglíficos del obelisco de Luxor dedicado a Ramsés II, hoy ubicado en una plaza de París, se muestra a un hombre montado a horcajadas sobre una barra horizontal montada sobre dos ruedas hacia el año 1300 a.C.
- Los babilonios, otro pueblo de Oriente Próximo, incluyeron entre los motivos decorativos de uno de sus bajorrelieves un artilugio que recuerda mucho en su forma a un velocípedo.
- También los romanos parece que pensaron en ella, según reflejan los frescos hallados en las antiguas ruinas de la ciudad de Pompeya. Se pueden observar unas figuras parecidas a las del obelisco de Luxor.
- Y en la catedral renacentista de la ciudad inglesa de Buckinghamshire existe una pintura en la que un querubín parece ir montado en una especie de rara bicicleta; era el año 1580.
- También entre los dibujos de Leonardo da Vinci, hace casi cuatrocientos años, sorprende ver un artefacto muy similar a un biciclo.
Aunque los casos descritos puedan ser casuales dado los 5.000 años que el hombre viene utilizando la rueda, lo cierto es que hasta finales del XVII no se le ocurrió a nadie situar dos ruedas alineadas y sentarse sobre la barra que las unía.
Veamos cómo fue el origen de la bicicleta.
Un francés llamado Jean Théson rodó en 1645 con un armatoste que llamó “celerífero” y que impulsaba con los pies por las calles de Fontainebleau.

Celerífero (1790)
Se podría decir que era ya una bicicleta, aunque se parecía poco a lo que hoy entendemos como tal.
Sus trayectos eran cortos al no haberse creado todavía un sistema de dirección para poder guiarla.
En 1790, el Conde de Sivrac montó sobre un artefacto con ruedas y se lanzó a horcajadas cuesta abajo por las calles parisinas con gran risa de los circundantes y escándalo de la nobleza.
Posteriormente los franceses M. Blanchard y M.Masurier construyeron un vehículo cuya descripción apareció en el Journal de Paris de 1799 con el nombre de vélocipèdes o pies ligeros.
A Luis XVI y María Antonieta, reyes de la época, les gustó tanto la idea que patrocinaron el invento y animaron a sus impulsores.
Blanchard y Masurier, mecánico y físico respectivamente, se habían servido de las ideas que un siglo antes tuvo Jacques Ozanam, ilustre matemático a quien su médico recomendó construir lo que se llamó en su tiempo la carroza mecánica, un triciclo cuyas ruedas traseras se accionaban mediante un berbiquí que giraba como un molinillo.
No obstante lo dicho, acaso aquellos locos cacharros del siglo XVIII no merezcan el nombre de bicicleta ya que solían contar con más de dos ruedas.
Si te preguntas ¿cuándo y quién inventó la bicicleta? Debes saber que la primera bicicleta apareció en el siglo XIX.
En 1818, el barón Carl von Drais von Sauerbronn ingenió una máquina de correr que se patentó con el nombre de vélocipède. La gente popularizó con el nombre de draisiana.

draisiana
Como curiosidad, el nombre completo de este barón era Karl Wilhelm Ludwig Friedrich von Drais von Sauerbronn. Y es que, aunque la draisiana contaba con dirección giratoria, ésta no era un verdadero manillar.
El esperpéntico artilugio de Carl von Drais, inspirado en el invento del conde de Sivrac, se impulsaba con los pies, ya que no se había inventado aún la cadena de transmisión, y su aparición por las calles de París mediado el XIX provocó curiosidad y cierto escándalo.
No todos se atrevían a montar en un vehículo así, pero un obrero parisino llamado J. Lallement se atrevió a montar el armatoste por las avenidas parisinas en un gesto valiente, ya que el primer ciclista de la historia fue apeado de su novedoso vehículo por la chiquillería que no dudó en apedrearle. Además, la policía lo detuvo luego por escándalo público.

Sin embargo, el cacharro de Von Drais estaba dotado de un sistema de dirección llamado laufmascine, o máquina para correr. Fabricada dos años después en Londres por Dennis Johnson para los dandys de la ciudad.
Entre sus principales usuarios, se encontraba el príncipe regente, con el nombre de dandy horse o hobby horse. Pero desde luego, el invento no estaba perfeccionado todavía.
Como hemos comentado al principio, desde su invención, la bicicleta no ha dejado de obtener mejoras o sufrir evoluciones hasta llegar a tal y como la conocemos en la actualidad. Las vemos con detalle:
La primera bicicleta gobernable fue cosa del escocés Kirkpatrick MacMillan en 1839

Por primera vez se podía montar en bicicleta sin que los pies del ciclista tuvieran que propulsarla directamente, sino mediante el pedal; el manillar existía ya desde 1817.
Aquella bicicleta era muy peculiar ya que tenía las dos ruedas de madera y la llanta era metálica. La rueda principal medía treinta pulgadas de diámetro y la otra cuarenta.
Llegado el año 1861, el herrero francés Pierre Michaux pensó añadir unos pedales a la rueda delantera de una draisiana. Se le reconoce como unos de los precursores de la bicicleta, pero del mismo modo, también tuvieron su mérito Philip Moritx o Galloux.

El invento de Michaux recibió el nombre de “Michaulina” y se comenzó producir en serie, haciendo que se hiciera muy popular en Francia. Los pedales estaban situados en la rueda delantera que estaba construida de madera con una banda metálica que estaba en contacto con el suelo.
La bicicleta se fue perfeccionando. La primera que contó con cadena de transmisión fue la fabricada por James Slater en 1864; seis años después James Starley dotó a las ruedas de radios de alambre.

Fue Starley quien inventó la bicicleta de mujer en 1874.
Tenía sólo un pedal y se maniobraba de costado para evitar que las damas tuvieran que enseñar las piernas, con lo que se acallaban las voces críticas que se habían alzado en contra de un vehículo, que según ellas atentaba contra la moral.
La primera bicicleta completa echó a rodar en 1840; era de Kirkpatrick MacMillan. Y casi medio siglo después otro británico, John Starley Kemp, construyó lo que llamó la Rover Safety.

Kemp fue el padre de la industria de la bicicleta; en 1885 creó la bicicleta Rover, rápida, cómoda, de fácil manejo, mucho mejor que la de su tío James.
Era ya la bicicleta moderna, con sus dos ruedas del mismo tamaño, transmisión de cadena y engranaje, pedales, bielas, cuadro romboidal y conducción directa con horquilla inclinada.
Con el invento del neumático en 1888, se convertiría la bicicleta en rama poderosa de la industria de la locomoción y producto que ofrecía seguridad, siendo tal su auge que en 1896 el ciclismo fue declarado deporte olímpico en las primeras Olimpiadas de la era Moderna.
Se ha investigado mucho sobre cómo mejorar y evolucionar la bicicleta; la forma más eficaz que se conoce se convertir el esfuerzo humano en potencia.
La mayoría de los cambios son aparentemente menores y a menudo en beneficio de un tipo concreto de bicicleta, como la absorción de choque en las bicicletas de montaña (Patente US 5429344) o manillares para bicicletas de carrera (Patente US 5145094).
Menos frecuentemente se han realizado esfuerzos para rediseñar la bicicleta de manera considerable. Uno de estos esfuerzos fue la “bicicleta Moulton” (Patente GB 907467), que constaba no sólo de ruedas más pequeñas (que reducen la resistencia), sino también de un rediseño del funcionamiento del chasis.

El velocípedo de Drais
La bicicleta plegable de Harry Bickerton (Patente GB 1460565) es un intento de hacer una bicicleta que se plega fácilmente y que se puede transportar por el manillar.
También está la bicicleta WO 97/29008, un “vehículo con vela e impulsado por pedales”, y la US 5342074, una bicicleta para dos con un chasis unido.
Otra idea nueva, volviendo tal vez a la patente US 690733 de Harold Jarvis en 1901 (un bicicleta para hacer loopings), es un esfuerzo para rediseñar el concepto entero al colocar al ciclista en posición recostada en vez de sentado erguido. Estos modelos se pueden ver cada vez más por las calles.
La bicicleta recostada es un invento de Richard Forrestal, Wilmington y David Gordon Wilson, para la compañía Fomac Inc, en Wilmington, Massachusetts (USA). Presentada el 26 de diciembre y publicada como WO 81/01821 y US 4283070.
El motivo de la ausencia del manillar es que la patente es para poder ajustar el asiento más cerca o más lejos de los pedales para acomodar a personas de distintas alturas.
La patente ofrece muchas razones de por qué este diseño es mejor que la bicicleta estándar. Las principales son la comodidad del ciclista, que puede apoyar la espalda durante durante viajes largos, y la seguridad.
El centro de gravedad más bajo y la postura del ciclista significan que en cualquier tipo de colisión éste puede frenar más fácilmente; tiene menos posibilidades de salir despedido; se puede sujetar mejor con ambos pies y, en caso de colisión, éstos se llevarían la peor parte en vez de la cabeza o el cuerpo.
Además, es más fácil tomar curvas cerradas porque los pedales están más arriba y es menos probable que se rasquen en el suelo, y (curiosamente) también está la “facilidad que tiene el ciclista para comunicarse con los conductores de automóviles”.

No se reivindica una mayor velocidad. Tal vez el mayor inconveniente es su aspecto tan extraño y el riesgo que se percibe de viajar con la cabeza más cerca del suelo. Hay tres tipos de bicicletas recostadas:
- Bicicleta recostada con una base larga para las ruedas
- Bicicleta recostada con una base corta
- Bicicleta recostada que llevan los pedales delante de la rueda delantera en vez de detrás.

La palabra bicicleta se introdujo en el idioma español en el siglo XIX procedente del francés bicyclette, forma diminutiva del inglés bicycle.
En castellano se documenta por primera vez en un periódico en el año 1899 por el autor catalán Aniceto de Pagés.
Bicicleta es palabra formada por dos vocablos del griego: kuklos = círculo + el sufijo latino bi- = dos. Comúnmente también recibe el nombre de bici. Pero en algunos países latinoamericanos también recibe otros nombres, como por ejemplo:
- Chiva en Uruguay y Cuba.
- Birula, baika o cleta en México.
- Ciclo o cicla en Colombia.
- Nave o chancha en Chile.

El día mundial de la bicicleta se celebra el 19 de abril de cada año.
Los años 60 trajeron consigo muchos cambios y uno de ellos se vio reflejado en las bicicletas, que volvieron a ganar adeptos, en parte porque se tomó conciencia de que ayudaba a mantenerse en forma. En los años 70 aparecieron las BMX.
Ahora, cada vez más personas recurren a la bicicleta y el hecho de que haya sistemas de alquileres por las principales ciudades ha contribuido a ello. Se las percibe como un medio con el que evitar los indeseables atascos. A esto se ha sumado el que la misma moda ha sabido ver el filón y hay muchas opciones para ir en bicicleta, sea cual sea el lugar de destino y el compromiso que haya que atender.
nuestras charlas nocturnas.
Kluger Hans, el caballo que sabía aritmética, leer y decir la hora…

Winhelm von Osten y Hans
L.B.V.(J.Álvarez) — Seguramente a los aficionados a la historia bélica, y más concretamente a la Segunda Guerra Mundial, les sonará el nombre de Günther von Kluge. Fue un militar alemán y mariscal de campo nada menos, descendiente de una familia prusiana de tradición guerrera y que ya en la guerra anterior, en Verdún, había formado parte del Estado Mayor del Ejército Imperial.

Günther von Kluge
En 1939 dirigió la campaña de Polonia y luego combatió en Francia y el frente ruso, suicidándose cuando fue llamado ante Hitler por su presunta implicación en el célebre golpe de estado fallido de Claus von Stauffenberg.
Pero lo que nos importa aquí es su apodo: por su astucia en combate le llamaban Kluger Hans, que significa el «Listo Hans».
Ahora bien ¿por qué Hans si no era ése su nombre?
La respuesta es tan asombrosa como estrambótica: debido a un famoso caballo que sabía contar.
Antes de que todo el mundo empiece a torcer el gesto vamos a rizar el rizo añadiendo que el equino en cuestión dio origen a toda una formulación teórica en el mundo de la experimentación científica denominada Efecto Kluger Hans, enunciado por el psicólogo y filósofo germano Carl Stumpf y que dice que el sujeto de un experimento puede resultar influido en sus respuestas por parte del investigador que lo realiza de manera involuntaria; incluso cuando se trata de un ensayo con animales.
Y aquí es donde entra en liza Kluger Hans pero no el mariscal de la Wehrmacht sino el mencionado caballo.
Nos situamos en la Alemania de la primera década del siglo XX, cuando el darwinismo había puesto sobre el tapete la cuestión de la inteligencia animal, atrayendo el interés del público.
En ese contexto, un profesor de matemáticas llamado Winhelm von Osten, entusiasta de la frenología (teoría científica hoy completamente descartada, que creía posible determinar el carácter y la personalidad a partir de los rasgos faciales y las medidas del cráneo) y entrenador de caballos, tenía un jaco Orlov Trotter (una raza de origen ruso) al que decidió intentar enseñar operaciones aritméticas, además de leer y algunos rudimentos de música.

Winhelm von Osten jugando con Hans
Para ello aplicó un método africano que había visto en un libro y equipado con un ábaco, una pizarra y una armónica, se puso manos a la obra.
El insólito alumno era Hans, que todavía no se había ganado el complemento nominal de Kluger (listo, en alemán). Terminó haciéndolo y además con sobresaliente porque el animal aprendió a sumar, restar, multiplicar, dividir, hacer fracciones, decir la hora, calcular el calendario, deletrear, distinguir tonos musicales e incluso -y esto ya es de matrícula de honor- entender el idioma alemán.
Por supuesto, Hans no podía hablar pero contestaba a las preguntas de su amo, tanto orales como escritas, golpeando el suelo con sus cascos.

Clever Hans demostrando sus habilidades
Cualquiera podría ver un filón en él pero, si bien Von Osten hizo exhibiciones por el país, nunca cobró por ello. Pese a todo, la fama de aquella inaudita pareja trascendió las fronteras teutonas y llegó a otros continentes como América, donde el mismísimo The New York Times les dedicó un artículo en 1904 y el caballo ya pasó a ser conocido como Clever (listo en inglés) Hans.
La cosa alcanzó importancia suficiente como para que la Ciencia se interesara por ella y se dijo que Hans había desarrollado una inteligencia similar a la de un niño .
Existía en ese ámbito la sensación de que todo era un fraude, aunque por otro lado carecía de sentido porque Wilhelm von Osten no le estaba sacando ningún beneficio económico. Así que la junta de educación alemana designó una comisión que debía investigar el asunto y esclarecerlo.
Fue bautizada como Comisión Hans y estaba formada por trece ilustres personalidades, la mayoría profesores de escuela, aunque también figuraban un zoólogo (el director del Zoo de Berlín), un veterinario, un oficial de caballería e incluso el mánager de un circo.

Hans reconociendo números
Los dirigía el citado Carl Stumpf, un hombre de gran prestigio que había fundado la Escuela de Berlín (de la que salió toda una generación de psicólogos de la corriente Gestalt, dedicada a la percepción), y era pionero de la psicología experimental.
Por aquel entonces tenía como asistente en su laboratorio a Oskar Pfungst, psicólogo y biólogo evolutivo que a la postre sería quien desvelase el misterio equino. La comisión examinó detenidamente al caballo y en septiembre de 1904 llegó a la sorprendente conclusión de que no había truco detectable, pero cedió los trastos a Pfungst para que continuara haciendo pruebas en una segunda fase de la investigación.
Éste intentó diversificar las condiciones que rodeaban cada espectáculo, examinando a Hans aparte, sin presencia de público ni de su dueño, recurriendo a otros examinadores y anotando sus reacciones cuando quien le preguntaba sabía las respuestas de antemano.
Tras un buen número de ensayos, el resultado fue que Hans era capaz de responder con acierto igualmente en un ochenta y nueve por ciento de las veces, aunque con un significativo detalle: ese porcentaje se daba siempre que el examinador conocía las respuestas; si no, se desplomaba a sólo un seis por ciento.
El problema estaba en que eso no significaba fraude alguno porque los examinadores eran técnicos del laboratorio o incluso el propio Pfungst.

Hans en una de las pruebas científicas
La solución no llegó tanto de observar exhaustivamente a Hans como de hacerlo con el examinador. Resultó que cuando el caballo levantaba la pata para contestar había un pequeño, a veces casi imperceptible, cambio en el gesto o la postura del examinador, que únicamente se relajaba cuando Hans se iba aproximando con sus golpes a la respuesta correcta.
Y esto no le pasaba desapercibido al perspicaz animal, que así deducía en qué momento debía dejar de golpear. Es decir, Hans no contaba sino que marcaba los números observando las señales corporales de su compañero humano, quien le estaba facilitando pistas -induciendo- de manera involuntaria. Se comprobó al repetir las pruebas con los ojos tapados y no acertar una. Era listo pero de otra forma.
Pfungst no publicó los resultados de su investigación hasta 1907 (Das pferd des hern Von Osten) y tampoco obtuvieron difusión académica importante hasta cuatro años después, en que se tradujeron al inglés. Pero, obviamente, se los había comunicado a su jefe, Carl Stumpf, que luego los amplió y formuló bajo el nombre de Efecto Clever (Kluger) Hans.
Sería la base de la psicología comparativa y llevó a que, más adelante, los experimentos de cognición animal se realizaran en situación de doble ciego, es decir, con los individuos repartidos entre dos grupos, uno de los cuales se somete al experimento real y otro a placebo, y además los participantes desconocen cuál es cuál.

Otra de las pruebas
¿Y qué pasó con Winhelm von Osten y Clever Hans? El profesor nunca llegó a aceptar las conclusiones de la comisión y continuó ofreciendo espectáculos itinerantes junto a su inseparable amigo con notorio éxito, hasta que falleció en 1909. El caballo pasó de mano en mano y en 1916 se perdió su rastro. Nunca más se supo de él pero entró en la Historia y por méritos distintos a los de su especie.
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Guía para saber prestar primeros auxilios emocionales…

Psicología y Mente(A. Torres) — Son frecuentes las situaciones en las que personas de nuestro entorno lo están pasando mal y nos cuesta saber cómo reaccionar para prestarles apoyo.
En estos casos existen momentos de incertidumbre, en parte, porque no sabemos si las iniciativas que estamos emprendiendo para ayudar a estas personas están dando resultado o si por el contrario suponen una carga más para quien está viviendo un mal momento.
Guía para saber prestar primeros auxilios emocionales
A continuación podrás leer algunas ideas fundamentales que te servirán para orientar tus iniciativas de apoyo emocional del mejor modo posible.
1. Pregunta qué quieren de ti
Ante una persona triste, una de las primeras preguntas que deberías hacer es: ¿qué puedo hacer por ti? Es en ese momento cuando empieza el apoyo emocional de verdad, más que en la averiguación de lo que le ha pasado. Prioriza su bienestar a tu curiosidad para saber qué pudo pasarle.
2. Escucha lo que se te dice
Prestar apoyo es, entre otras cosas, saber escuchar y facilitar que la otra se pueda desahogar para liberar tensiones. Es por eso que no deberías tomar un rol tan activo como para liderar claramente la relación que tenéis la persona triste y tú. Apoyar es justamente eso: mostrarse dispuesto a ayudar a la otra persona, prestar atención a sus necesidades, y no saturarla con consejos o actividades impuestas. Por ello, lo más importante que puedes hacer es practicar la escucha activa, es decir, hablar menos que la otra persona y hacerlo para que sea ella la que, si quiere, pueda expresarse.
3. No menosprecies los silencios
No tienes por qué sentir incomodidad si el tiempo que pasas dándole compañía a la otra persona está plagado de silencios: es lo normal. Acompañando físicamente a esta persona ya la puedes estar ayudando, y las palabras son algo secundario casi siempre. Intenta, además, que la otra persona note que para ti no hay ningún problema en permanecer largos ratos sin decir nada. Así no tendrá que actuar por compromiso.
4. Llorar no es malo
Parece absurdo tener que decirlo, pero nunca está mal recordar esto. Hoy en día llorar está mal visto, sobre todo en el caso de los hombres, y sin embargo es un mecanismo presente en todas las culturas que sirve para descargar tensiones, agotar al organismo y, en cierto modo, aliviarse. También es un buen momento para estrechar lazos por medio del abrazo, ya que este contacto físico puede hacer que de ese momento en adelante la persona que está triste se sienta más arropada y más libre de exteriorizar los pensamientos y sentimientos que la afligen.
5. Respeta su intimidad
Prestar apoyo emocional a alguien no significa que estemos sellando un pacto con esa persona según la cuál tú ofreces compañía a cambio de que te revele todos los motivos de su tristeza. Una cara de este sentimiento de aflicción es verbalizable, pero hay otra que irremediablemente queda en la intimidad y es subjetiva, o bien la persona prefiere no revelarla. Es importante respetar eso.

6. Fíjate en los detalles importantes
Alguien que pasa por un mal momento es capaz de pasar mucho rato cavilando sobre lo que le pasa o centrándose en sus emociones y, por ello, es capaz de olvidar cosas importantes de su día a día. Si puedes, procura estar ahí para fijarte si esta persona está pasando por alto cosas importantes tanto en su planificación del día a día como en los pequeños gestos y movimientos que pueda hacer.
7. Respeta su deseo de soledad
Hay muchas personas que prefieren estar solas cuando están tristes. Por eso, no te empeñes en estar al lado de ellas digan lo que digan y hagan lo que hagan. Dejándoles un espacio puedes estar ayudando a que se recuperen y, en todo caso, siempre puedes aclarar que pueden contar con tu compañía en cualquier momento si en algún momento les apetece.
¿Cómo dar una mala noticia? 12 claves emocionales

Las malas noticias casi siempre causan malestar, tanto en la persona que la recibe como en la que la da. Hacer que una persona conozca por nosotros unos hechos que le van a sentar mal puede generar un sentimiento de incomodidad tan fuerte que dé lugar a malentendidos o generar problemas añadidos.
Además, si creemos no estar preparados para dar esta noticia es posible que posterguemos indefinidamente esta tarea para no enfrentarnos a las consecuencias indeseadas de no saber qué decir, y esto es algo que posiblemente afectará negativamente tanto a la persona que debe ser informada como a otras partes involucradas (por ejemplo, si trabajamos en un hospital).
Así pues, para saber cómo afrontar estas situaciones es conveniente tener claras unas pautas de comportamiento básicas. A continuación puedes leer algunos consejos que te ayudarán a saber cómo dar una mala noticia.
Consejos para saber dar malas noticias
1. Pararse a pensar si somos la persona indicada para darla
Este punto es básico, ya que no conviene dar por supuesto que debemos ser nosotros los que informen de la mala noticia. Piensa en calidad de qué podrías ser tú la persona informante, si tu rol profesional incluye este tipo de acciones (en el caso de que estés ejerciendo una profesión al contactar con esa persona) y si no hay alternativas mejores.
2. Pensar en nuestro propio estado emocional
Para dar a conocer una mala noticia es bueno tener en cuenta cuantas más variables posibles. Por eso, es bueno pararse a reflexionar, aunque sea brevemente, acerca de los sentimientos que genera en nosotros esta noticia. De ese modo ganaremos un cierto control sobre la situación, ya que conoceremos mejor las actitudes y pensamientos entorno a esa noticia por parte de uno de los dos agentes que van a estar involucrados en el diálogo: nosotros.
Si juzgamos que estamos demasiado implicados emocionalmente con la información que vamos a dar, podemos plantearnos volver al punto 1 y pensar en otras personas para comunicar la mala noticia.
3. Anticipar la reacción de la otra persona
Técnicamente, este consejo no es para dar correctamente una mala noticia, pero debe formar parte de tu breve planificación previa para esperarte ciertos comportamientos y preparar posibles soluciones.
4. Elegir bien el momento
Cuando des la mala noticia, es importante que la otra persona pueda concedernos toda su atención y que no lleve consigo una carga emocional intensa derivada de las actividades que ha estado haciendo recientemente. Por eso, si es posible, elige bien el momento en el que la otra persona no esté ni muy estresada ni especialmente excitada por cualquier circunstancia, ya que esto podría hacer que la noticia tenga un mayor impacto emocional y que ese momento vaya a recordarse como una experiencia aún más desagradable.
Si no es posible elegir un momento en el futuro a corto plazo para informar a la otra persona, deja claro desde el principio que tienes algo importante que decir: no empieces hablando de otra cosa.
5. Buscar un contexto tranquilo y emocionalmente neutro
En la línea del punto anterior, el contexto en el que vayas a dar la mala noticia debería no tener distracciones y ser tranquilo. De este modo, la comunicación será más fluida y no habrá estresores ambientales. Elige un lugar de los que tengas a mano, ya que debes dirigir a la persona hacia él sin darle aún la noticia, simplemente para que te siga y anticipe la importancia de lo que va a ocurrir.
6. Mantener cierta proximidad con la persona
Aunque no mantengas una amistad con el interlocutor o interlocutora, es bueno estar cerca a la hora de comunicar la noticia. De este modo la persona se sentirá más confortada y estarás en mejor disposición de prestarle ayuda si la necesita. Procura, además, que no haya ningún mueble separándoos y que vuestros ojos queden más o menos a la misma altura, para que no se noten asimetrías de poder entre vosotros.

7. Sentarse, ambos
Este consejo es más importante cuanto peor es la noticia que se quiere dar. Sentarse hace que gran parte del cuerpo se relaje, lo cual a su vez hace que sea más fácil prestar atención y, por otro lado, puede ayudar a eliminar parte de la tensión antes y durante la entrega de la noticia. Además, si adoptamos una postura relativamente relajada (sin cruzar ni los brazos ni las piernas y sin encorvarnos demasiado) es muy posible que la otra persona tienda a imitarnos aún sin darse cuenta, de modo que ella también se sentirá algo más relajada.
Por otro lado, al estar sentada la otra persona no caerá al suelo si se desmaya o nota que pierde fuerzas momentáneamente debido a su estado de ánimo.
8. ¿Tocar, no tocar…?
A no ser que seamos alguien muy cercano a la otra persona, es preferible no tocarla con la mano o el brazo justo antes de darle la noticia, ya que esto podría hacer que se estrese muy rápido y que no pueda concentrarse bien en lo que estamos diciendo. Podemos hacerlo, si lo creemos conveniente, después de haberlo comunicado, para confortarla.
9. Empezar contando lo más importante, aunque sin brusquedad
Es fundamental que empieces hablando sobre la información que debes dar, sin rodeos, ya que eso enrarecerá el ambiente y será incoherente con todo lo que has hecho antes (acciones que van enfocadas a expresar la importancia de ese momento). Sin embargo, es preferible que transcurran unos pocos segundos entre que empiezas a hablar y el momento en el que se nombra la peor parte de la noticia, para introducir gradualmente el tema. Es por eso que no es bueno resumir la noticia en un sólo titular de periódico.
Una vez hayas dicho lo importante, puedes contar los detalles después si crees que es oportuno y la otra persona está en disposición de seguir escuchando.
10. Utilizar un lenguaje neutro y dar la información objetivamente
Lo que vamos a decir es muy importante, de modo que lo mejor es no «prefabricar» un punto de vista o un estado de opinión que vayamos a imponerle a la otra persona. Dar una mala noticia es algo que tiene sentido porque la otra persona necesita conocer una información relevante y asimilarla a su manera.
Además, dar los datos junto a nuestra opinión o punto de vista puede ser una manera de ocultar cosas o dar una información sesgada, aún cuando no nos demos cuenta, ofreciendo normalmente una noticia demasiado optimista.
11. Reformular lo ocurrido, si se puede

Una vez se ha dicho lo importante, podemos ofrecer un punto de vista que complete la información anterior, abriendo un abanico de posibilidades más esperanzador.
Sin embargo, es muy importante hacer esto sólo si se está siendo realista al plantear estas expectativas y realmente creemos en lo que estamos diciendo.
La sinceridad y la transparencia son fundamentales.
12. No implicarse emocionalmente si no es para confortar a la otra persona
En los momentos en los que damos la noticia, debemos velar por el bienestar de nuestro interlocutor.
Por eso conviene distanciarnos lo suficiente como para que no tengamos que exteriorizar nuestros propios sentimientos y sea la otra persona la que pueda gestionar los suyos.
Esto puede hacerse, por ejemplo, no reaccionando negativamente si la otra persona nos culpa de lo ocurrido o si se enfada con nosotros sin ningún motivo.
nuestras charlas nocturnas.
El primer ciberataque de la historia sucedió en el siglo XIX…

Telégrafo aéreo. La ilustración corresponde a la obra «Les merveilles de la science», de Louis Figuier publicada en 1868.
Muy Interesante(J.Scaliter) — En apenas un año, los ciberdelincuentes se han hecho con más de 2.000 millones de euros en España. Pero estos delitos de ataque a las redes de comunicación son mucho más antiguos de lo que pensamos y comenzaron antes que existiera internet. De hecho el más antiguo del que se tiene registro fue 12 años antes que Samuel Morse enviara su primer mensaje, de Washington a Baltimore en 1844.
Pero este no fue el primero de todos. Este honor le corresponde a Francia.
En plena Revolución francesa, en la década de 1790, apareció la primera red nacional de datos del mundo. Se trataba de un sistema telegráfico muy ingenioso que funcionaba gracias a la interconexión de varias torres, estructuras de roca como la que aparece en la siguiente imagen. Cada una de estas torres estaba coronada por una serie de brazos móviles de madera cuya posición correspondía a una combinación de letras y números.
A la distancia, los mensajeros encargados de descifrar estos mensajes observaban con un telescopio la posición de los brazos y daban seguimiento al circuito de transmisión de información. De una torre a otra, la información podía transmitirse por toda Francia en cuestión de minutos.
Cincuenta años antes que llegara Morse, en 1794 y a instancias de Napoleón Bonaparte, se transmitió el primer mensaje telegráfico de la historia entre Lille y París. El mensaje recorrió 22 torres y un total de 230 kilómetros antes de llegar a su destino. En poco tiempo Francia tendría una red de más de 5000 kilómetros compuestos por torres de telégrafos ópticos.
El funcionamiento era sencillo. Los operadores, cuatro personas en cada torre, utilizaban binoculares, telescopios u otros sistemas con lentes para larga distancia con el propósito de observar las torres vecinas. Para transmitir mensajes, los operadores tenían que duplicar con su propio semáforo (un artilugio de vigas de madera controladas por cuerdas y poleas) la posición del semáforo que veían en la estación vecina.
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De este modo, los mensajes se podían transmitir rápidamente de una estación a otra.
Entonces llegan los protagonistas de esta historia. Todo comenzó en 1832 con los hermanos franceses Joseph y François Blanc. Estos gemelos trabajaban en la bolsa de valores de Burdeos, dependiente de la de París. En aquellos tiempos un indicador crítico en el mercado era la tasa a la que se negociaban las obligaciones del gobierno (como ahora básicamente).
Si la tasa subiera drásticamente en París, sería lógico deducir que algo similar ocurriría en Burdeos. El problema es que la información llegaba con cinco días de demora a Burdeos. Por lo tanto si alguien pudiera conocer estos datos con anticipación…
Y los Blanc encontraron una forma de hacerlo. Primero se aliaron con un cómplice en París que vigilaría la bolsa de valores y entregaría las noticias a un operador de telégrafos en Tours, que también estaba en el ajo.
Obviamente no se le podía pedir que transmitiera mensajes sobre la bolsa de valores: la red era de uso exclusivo del gobierno y el engaño hubiera sido detectado rápidamente. ¿Qué hicieron entonces? Al igual que ahora sucede con ciertos tipos de malware, los hermanos Blanc introdujeron un bug o un error en la red.

Codificación de los brazos mecánicos.
La idea era brillante: le dijeron al operador de Tours que cometiera una serie de errores específicos y altamente improbables en las transmisiones para señalar aumentos o caídas dramáticas en el mercado de valores de París.
Cuando algún operador cometía un error en el mensaje (algo nada extraño, todo estaba controlado por humanos) se enviaba un mensaje después con las señas correctas. Ambos mensajes se enviaban a todas las torres siguientes, aunque solo quedaba como válido el segundo y el erróneo se borraba.
Pero los hermanos Blanc y sus cómplices estaban alertas y cuando llegaba el mensaje “erróneo”, que contenía la clave de subidas o bajadas en el mercado de París, ellos lo recibían y llevaban a cabo sus apuestas…sobre seguro. La estafa duró hasta 1836 y se descubrió por un accidente: el operador corrupto de Tours se enfermó. Cuando fue reemplazado, intentó captar a su sustituto, pero este los denunció.
Los hermanos Blanc fueron llevados a juicio pero como no había ninguna ley contra el uso indebido de esta red pionera, fueron declarados inocentes del “primer ciberataque de la historia”.
Sin embargo, este caso terminaría influenciando las leyes francesas durante más de un siglo.
Tras el escándalo, el gobierno de Francia elaboró una ley donde estipulaba que los medios de comunicación no debían ser utilizados para fines privados sin el consentimiento del Estado. La transmisión de información siguió siendo un monopolio del gobierno francés hasta 1998, cuando las leyes de la Comunidad Europea los obligaron a cambiar.
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El famoso y macabro caso de necrofilia de Carl Tanzler…

Psicología y Mente(J.A.Corbin) — Pocos casos de necrofilia son tan famosos como el de Carl Tanzler. La historia real de un hombre que, de manera sorprendente, llevó su obsesión por una mujer más allá de la muerte.
Carl Tanzler (más tarde conocido como Carl von Cosel) fue capaz de exhumar el cadáver de la que consideraba la mujer de su vida, para continuar teniendo relaciones sexuales con ella.
¿Qué es la necrofilia?
La necrofilia o necrosexualidad es un tipo de parafilia que se caracteriza por un alto nivel de excitación a través de la contemplación, el contacto, la mutilación o la evocación mental de un cadáver.
Tener relaciones sexuales con cadáveres no solamente está considerado como algo socialmente inaceptable, sino que está penado con cárcel, pues se entiende que la persona muerta no hubiese consentido ese acto estando viva.
Carl Tanzler: un caso famoso de necrofilia
Estados Unidos se consideraba la tierra de las oportunidades. Durante décadas, muchos inmigrantes se afincaban en los Estados Unidos de América en busca de un futuro mejor. Esto es lo que hizo Carl Tanzler, un radiólogo de nacionalidad alemana.
Tanzler emigró a Zephyrillis, una ciudad del condado de Pasco en Florida. Llegó con su mujer y dos hijas, pero poco más tarde dejó a su familia para mudarse a la Isla de Key West, cerca de Miami. Allí alquiló un aparato de rayos-x en el Hospital de la Marina Estadounidense, y cambió su nombre a Carl von Cosel.
Un día de 1930, la vida de Tanzler cambió para siempre.Tenía cincuenta y pocos años en aquel entonces y tuvo un romance con su paciente Maria Elena Milagro de Hoyos. Ésta padecía tuberculosis y su madre la llevó al hospital en busca de tratamiento para su patología.
Tanzler tuvo visiones durante su infancia de la mujer de su vida
De niño en Alemania, Tanzler reportó que tenía visiones de una chica exótica, la supuesta mujer de su vida. Cuando conoció a María Elena, pensó que era la mujer de sus visiones. Es decir, que esta mujer cubana de 21 años era su verdadero amor.
Gracias a su flechazo y a pesar de que Tanzler no contaba con suficiente formación para tratar esta patología, y además de las pocas posibilidades de curación de la paciente, él mismo realizó el tratamiento de Elena desde la casa de sus padres.
Pero María Elena Milagro de Hoyos empeoró debido a su enfermedad, y 25 de Octubre de 1931 falleció. Entonces, el bueno de Tanzler pagó el funeral y construyó un mausoleo para María Elena en el cementerio de la Isla de Key West, todo esto con el consentimiento de su familia. Visitó su tumba cada noche durante un año y medio después de su muerte.
Su obsesión por María Elena y la exhumación del cadáver

Pero pronto la obsesión por María Elena se volvió macabra. Tazler contó más tarde que el espíritu de Maria Elena cantaba para él en castellano mientras se sentaba cerca de la tumba, y le suplicaba que se la llevara con él.
En abril de 1933, Tanzler exhumó el cadáver de la chica cubana y se lo llevó a su casa con un carrito de juguete.
Cuando el cuerpo estaba en su casa, se dedicó a preservarlo de maneras inimaginables.
Ya que éste estaba en un estado considerable de putrefacción, pego sus huesos con perchas y cables, le puso ojos de cristal en las cuencas de sus ojos, y reemplazó la carne podrida con tela de seda tratada con cera y yeso blanco.
Tanzler introdujo trapos en las cavidades abdominales y el pecho para mantener la ilusión de la forma humana y le puso una peluca que María Elena solía llevar puesta.
Para ocultar el olor a putrefacto, el radiólogo utilizó litros y litros de perfume.
Tanzler mantenía relaciones sexuales con el cadáver de Maria Elena Milagro de Hoyos
Paso días y noches enteras con el cuerpo, incluso bailaba con él. Además, Tanzler mantenía relaciones sexuales con el cadáver.
Tras un tiempo, los rumores llegaron a la familia de Maria Elena. Su hermana Florinda fue hasta casa de Tanzler, y para su enorme sorpresa, descubrió el cuerpo de su hermana. Sin pensarlo, llamó a la policía y Tanzler fue detenido.
El caso se hizo muy famoso y tuvo bastante repercusión mediática. Después de su detención, el cuerpo de María Elena fue enterrado en el cementerio para que pudiera descansar en paz. Cuando Tanzler salió de la cárcel, escribió una autobiografía que fue publicada en Fantastic Adventures.
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Las parejas que se conocen por internet son más propensas a divorciarse…

Huffpost(F.Bakar) — ¿Cómo conociste a tu pareja? Cada vez es más probable que sea por internet. Si tenéis la intención de casaros, quizás lo que vas a leer no te guste.
Las parejas que se conocen por internet tienen una tendencia mayor a divorciarse en los primeros años de matrimonio, según una encuesta.
La Marriage Foundation descubrió que el divorcio es seis veces más probable entre parejas que se conocieron a través de aplicaciones para ligar y otras vías digitales en comparación con las parejas que se conocieron en la universidad o a través de amigos y familiares.
Pero tampoco te alarmes: las estadísticas no son demasiado altas.
La investigación de esta organización benéfica entrevistó a 2.000 parejas casadas a partir del año 2000 y descubrieron que el 12% de las que se habían conocido por internet se divorciaron durante el primer año, frente al 2% de las que se habían conocido en persona en ese mismo periodo.
Recuerda, un 12% no es una probabilidad alta, simplemente es menos baja.
El principal motivo, según la Marriage Foundation, podría ser el círculo social de cada tipo de pareja.
Cuando la gente se conoce a través de amigos y familiares, su red social les sirve de apoyo durante las etapas iniciales y la pareja le presenta a otras personas con las que comparten más conocidos e intereses.
En contraste, las personas que se conocen por internet tienen menos información el uno del otro y eso influye en un posible desencanto posterior.
Harry Benson, director de investigaciones de la Marriage Foundation, señala que los resultados son “alarmantes”.
“Estos datos sugieren que en los primeros años de matrimonio, las parejas que se conocen por internet carecen de una red social suficiente para ayudarles a lidiar con todos los desafíos que afrontan”, explica.
“Con el tiempo, esta desigualdad desaparece, pero ¿por qué existe en primer lugar?”.
Savanta ComRes, la investigadora de mercados que llevó a cabo la encuesta, también coincide en que las parejas que se conocen por internet empiezan en desventaja, ya que tienen que empezar desde cero.
Pero también aclaran: “Nuestros descubrimientos no desvirtúan ni desmerecen la importancia de las citas por internet. Simplemente señalan los mayores riesgos y dificultades de conocer a un desconocido sin referencias y sin el apoyo social de otro tipo de relaciones”.
nuestras charlas nocturnas.
Los ensayos de armas bacteriológicas …
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L.B.V./Público(N.Armanian)/hrwiki.net/ElPaís(M.A.Criado) — En el año 1981 un tribunal de EEUU archivó la causa iniciada por los nietos de Edward J. Nevin, quienes habían demandado al gobierno federal como responsable del fallecimiento de su abuelo por una negligencia que además tuvo como efecto secundario la ruina de la abuela por pagos médicos. No se trataba de un caso normal, ya que, según los familiares, el óbito se debió a una infección bacteriológica originada directamente por un experimento de la US Navy sobre la población civil.
Los presuntos hechos tuvieron lugar treinta años antes, durante el mes de septiembre de 1950. Las armas bacteriológicas eran una novedad si nos referimos a ellas stricto sensu y obviamos las noticias históricas sobre epidemias provocadas deliberadamente con peste o viruela, que a menudo tienen más de leyenda que de realidad.
Fue en la Primera Guerra Mundial cuando se empezó a experimentar científicamente con microbios para su aplicación militar, aunque en esa contienda el interés se centró en el gas mostaza, el cloro o el fosgeno hasta su prohibición definitiva -teóricamente- por el Protocolo de Ginebra de 1925.
La voz cantante inicial en esas investigaciones la llevó Japón a través de la siniestra Unidad 731, inicialmente denominada Unidad de Kamo y creada en 1932 para el control de epidemias, aunque con la llegada de la Segunda Guerra Mundial trocó su interés por justamente lo contrario: la infección de las tropas enemigas y el desarrollo de armamento biológico, experimentando con miles de prisioneros chinos. Parece ser que fue entonces cuando se probó por primera vez el ántrax y además de forma encubierta, contaminando alimentos.

Soldados británicos con máscaras antigás en la I Guerra Mundial
Los japoneses no fueron los únicos en trabajar ese campo, pues también alemanes y británicos lo hicieron. Asimismo, EEUU incorporó un plan de investigación, contando para ello con algunos de los científicos nipones de la Unidad 731 y otros alemanes.
Los primeros pasos se dieron en 1942 en Fort Detrick, Maryland, donde hoy en día se ubica la sede del USAMRIID (United States Army Medical Research Institute of Infectious Diseases), desarrollándolo de forma paralela al otro gran sector armamentístico de la etapa posbélica, el atómico.
Pero fue en la década siguiente cuando la cosa avanzó de verdad, en parte impulsada por el estallido de la Guerra de Corea. Lo llamativo del asunto estaba en que se diseñó un programa de experimentación con población para comprobar los efectos de la manera más ajustada posible, pues el Comité de Guerra Bacteriológica creado en 1948 advertía de la susceptibilidad de EEUU a un ataque de esa naturaleza.
Para ello era necesario difundir en ciudades los patógenos, de forma que éstos se dispersaran naturalmente tal cual se haría en una situación real, pudiendo así registrar, cuantificar y analizar los resultados en varios ámbitos y diferentes condiciones atmosféricas. San Francisco resultó la primera urbe elegida para lo que se bautizó como Operation Sea-Spray.
Consistía en rociar cuarenta y tres localidades del área de la bahía, calculándose que podrían afectar a un segmento de habitantes entre cinco y ochocientos mil.
Por supuesto, pese a que el objeto final de la investigación sólo consistía en baremar la susceptibilidad de una gran ciudad a un ataque biológico, bien desde un punto de vista defensivo, bien desde el ofensivo, se estimaba que los efectos durante el experimento serían casi imperceptibles, dado que la cantidad de agentes bacteriológicos utilizada era limitada y lo que verdaderamente se buscaba de momento era ver cómo se dispersaban para diseñar un plan optimizado de contramedidas.

La Bahía de San Francisco
El problema estaba en dichos agentes: uno era una bacteria llamada Bacillus globigii, una variedad de Bacillus atrophaeus empleada en medicina para biocontención.
Pero el otro era Serratia marcescens, un bacilo que se desarrolla preferentemente en condiciones de alta humedad -suele hallarse en alcantarillas y hospitales- que en 1950 se pensaba que era inocuo pero se trataba de un error, ya que provoca múltiples síntomas que unas veces son leves (conjuntivitis, infecciones renales y urinarias) y otras graves (problemas respiratorios e incluso meningitis).
Eligieron a la Serratia Marcescens por dos razones:
- Ser una sustituta de la bacteria más letal llamada Bacillus Anthracis (BA), el ántrax, el mismo que no fue enviado en 2003 por Sadam Husein en sobres a EEUU (siendo este otro pretexto para bombardear la nación iraquí), sino por un agente del FBI llamado Bruce E. Ivins, empleado de Instituto Militar para el Estudio de Enfermedades Infecciosas durante 18 años, quien investigaba una vacuna contra esta bacteria: contagió a 22 de sus compatriotas, y mató a cinco de ellos.
- Produce un pigmento rojo que lo hace fácilmente rastreable como «organismo marcador» en el mapeo de la propagación de microbios en un espacio.
Ambos fueron esparcidos desde un cazaminas de la armada acompañadas de partículas de sulfuro de cadmio-zinc para facilitar la monitorización. A lo largo de una semana entre el 20 y el 27 de septiembre de aquel año, las mangueras del barco lanzaron al aire emisiones que duraban media hora, sumando un total de cuatro de Bacillus globigii y dos de Serratia marcescens que formaron una contagiosa nube invisible de más de tres kilómetros de longitud.
El experimento se consideró un amenazador éxito: era factible provocar una infección en un núcleo urbano con bastante facilidad y de forma imperceptible.

Cultivo de Serratia marcerescens
Entonces llegaron los daños imprevistos. Muy poco después, el 11 de octubre, once personas ingresaron de urgencia en el Hospital de Stanford con neumonía y unas infecciones urinarias tan poco comunes en diagnóstico y coincidencia que uno de los doctores publicaría un estudio sobre el asunto en una prestigiosa revista médica.
Diez de aquellos pacientes se recuperaron y fueron dados de alta poco después pero el undécimo -en realidad el primero, un anciano de setenta y cinco años que se sometió a una cirugía de próstata, no tuvo suerte y murió en sólo tres semanas a causa de una endocarditis, que es otro de los daños que puede causar Serratia marcescens tras viajar hasta el corazón desde el conducto urinario a través de la sangre. El infortunado era Edward J. Nevin.
Aquel extraño pico de ingresos y la presencia de Serratia marcerens, hasta entonces inédita en el hospital, sembraron cierta confusión pero como no se repitió la cosa cayó en el olvido hasta que en 1977, en una comparecencia ante el Subcomité de Salud e Investigación Científica del Senado y ya cancelado ese tipo de pruebas por Nixon en 1969, la US Navy admitió públicamente la realización de la Operación Sea-Spray y no había advertido a las autoridades sanitarias del experimento.
No sólo eso sino que entre 1949 y 1969 además había llevado a cabo otras doscientas treinta y nueve pruebas parecidas al aire libre usando bacterias u agentes químicos que las imitaban.
Eso sí, subrayando que todos eran inocuos y que los casos referidos no tenían nada que ver, siendo sólo una anómala casualidad, como demostraba que en esa década se hubieran repetido aspersiones de ese tipo en Ciudad de Panamá y Cayo Hueso (Florida) sin problemas, al igual que en años posteriores en otros sitios como Nueva York, Washington o Pensilvania. En alguno de ellos incluso usando de nuevo Bacillus globigii, como se hizo en el Aeropuerto Nacional de Washington en 1965; en otros, como en Nueva York al año siguiente, con una variedad llamada Bacillus subtilis Niger, que se lanzó en el metro de Manhattan y no causó ningún daño.

Foto de San Francisco tomada a través de un periscopio desde un submarino de la Marina de los EE. UU. (USS Catfish)
Asimismo, señalaron que ningún otro hospital de San Francisco había registrado nada similar, por lo que los once pacientes enfermaron durante los procesos médicos normales; es decir, la fuente de infección estaría en el propio complejo hospitalario.
Pero el estamento médico se planteó si otros casos de la época que tuvieron un repunte considerable -infecciones coronarias y neumonías, así como una subida de infecciones intravenosas entre drogadictos en las décadas de los sesenta y setenta- no estarían también relacionados. De hecho, el sulfuro de cadmio-zinc hoy es considerado cancerígeno.
Todo ello provocó la duda en los descendientes de Nevin, uno de cuyos nietos, Edward J. Nevin III, era abogado y presentó una demanda en el Tribunal de distrito de San Francisco en 1981.
Después de veintinueve años de silencio, el Ejército de tierra confirmó que todo es verdad, aunque – se disculpó- sus jefes no sabían entonces que la bacteria con la que rociaron San Francisco fuera tan dañina.
Tras una serie de retrasos e incluso el intento de agresión de un general, vio cómo el juez decidía desestimarla al no encontrar correlación concluyente, argumentando que en los otros sitios no se habían registrado víctimas y que ni siquiera el sulfuro de cadmio-zinc había aumentado significativamente el cáncer en Minnesota, uno de los estados donde se roció específicamente. Nevin apeló al Tribunal Supremo, pero éste confirmó la sentencia dando la razón a la abogacía del Estado, que sostenía que hubo dos cepas distintas que coincidieron en tiempo y lugar.
Pero la Operación Sea-Spray no fue ni la primera ni la última en la que EEUU ensayó con armas biológicas.

Como estos voluntarios para un ensayo con aerosoles de 1956, otros 21.000 participaron en el programa de guerra quimica y bacteriológica
Una inquietante cronología
Según los datos publicados en la prensa estadounidense:
- 1920: El ejército, en un ensayo con humanos, roció con espray de SM un contingente de soldados norteamericanos, para estudiar su impacto. Pronto sabrán que la SM provoca septicemia, infecciones respiratorias, endocarditis, osteomielitis, infecciones oculares y meningitis.
- Década de 1930: El Instituto Rockefeller de Investigaciones Médicas (fundado en 1901) utilizó a los ciudadanos estadounidense como «conejillos de indias» -revela la revista Whiteout Press-, infectándoles con células cancerosas, de forma encubierta. Este instituto fue el descubridor del virus Zika en 1947.
- 1942: El programa de armas biológicas de EEUU se hace oficial por orden del presidente Franklin Roosevelt.
- 1943: El Comando Médico del Ejército en Fort Detrick, Maryland, investiga el uso de ántrax, brucelosis (que provoca la fiebre de Malta), toxina botulínica, peste, peste bovina, la bacteria Francisella tularensis, la Coccidioides (causante de la fiebre San Joaquín), la rickettsia, entre otros, y su impacto sobre el medio ambiente, como armas biológicas y utilizando organismos vivos. Este centro, entre los años 1954 y 1973, realizó la Operación Whitecoat, en la que estudiaba la fiebre Q, la fiebre amarilla, y la peste bubónica sobre cientos de monos, todos muertos tras un sufrimiento indescriptible. Luego hicieron pruebas en al menos 2.200 personas sin su conocimiento, reclutadas a través de la Iglesia Adventista. Al igual que los monos, eran atados a las sillas a la luz del sol mientras se les rociaba con los patógenos (cabría pensar que les eligieron para castigarles por ser objetores de conciencia y repudiar la guerra). El objetivo era estandarizar el llenado de bombas de estos productos para ataques contra poblaciones con un determinado número de miembros.
- 1945: Proyecto Paperclip (Sujetapapeles), nombre de la clave utilizada por la CIA y el Ejército para rescatar a los científicos nazis y japoneses acusados de crímenes de guerra y ofrecerles inmunidad e identidad falsa a cambio de trabajar para EEUU en proyectos de armas secretas, entre ellas nucleares y microbiológicas.
- 1947: Código de Nuremberg, redactado tras las revelaciones de los experimentos con seres humanos en los campos de concentración nazis y japoneses, establecía normas éticas en dichas investigaciones, entre ellas, que deberían: 1) contar con el consentimiento del voluntario y 2) que éste estuviera correctamente informado sobre el proceso y las consecuencias del ensayo. Solo cuatro años después, EEUU violará el Código, realizando uno de los mayores experimentos humanos de la historia en San Francisco.
- 1948: EEUU crea el Comité de Guerra Bacteriológica y diseña un programa de experimentación con la población. El mismo año, el Pentágono abre el Centro de Guerra Biológica en la isla de San José de Panamá, un depósito de agentes venenosos, gas mostaza y agentes nerviosos.
- 1950: La operación Sea-Spray, antes mencionada, provoca el ingreso de once vecinos de San Francisco en el Hospital de Stanford aquejados de graves infecciones del tracto urinario. La enorme cantidad de SM en el cuerpo de los enfermos alertó a la técnica de laboratorio Anne Zuckerman, quien dio la voz de alarma. Los médicos, desconcertados, desconocían su origen. La familia del único paciente fallecido, Edward J. Nevin de 75 años, -que se recuperaba de una cirugía, y murió poco después debido a una infección en las válvulas cardíacas -, intentó, sin éxito, demandar al gobierno federal por su muerte.
La bacteria ha vuelto a aparecer en algunas áreas de la bahía, según The San Francisco Chronicle, mostrando su «inmortalidad». Este caso ha sido analizado por el experto en bioterrorismo Leonard Cole en su libro «Nubes de secreto».
- 1951: El Ejército libera entre los trabajadores negros del Centro de Suministros Industriales de Norfolk el hongo Aspergillus fumigatus – que puede provocar enfermedades pulmonares y asma en personas con sistemas inmunitarios debilitados -, para saber si los afroamericanos eran más susceptibles a dicha infección.

- 1954: «Síndrome del pañal rojo» fue el nombre dado a un experimento en el Hospital Universitario de Wisconsin sobre los recién nacidos contagiados con la bacteria SM. La orina de color rojo de los bebés les permitía estudiar la mutación del patógeno.
- 1965, mayo: El ejercito libera la BG en el Aeropuerto Nacional de Washington y rocía el terminal de autobuses de Greyhound Lines con la bacteria. Decenas de pasajeros la llevaron a unas 35 ciudades en siete estados.
- 1966: En el Aeropuerto Nacional de Washington rociaron las maletas de los pasajeros, entre el 7 y el 10 de junio de ese año, y arrojaron bombonas llenas de material biológico por las rejillas de ventilación del metro de Nueva York, exponiendo a un millón de personas. «Porque hay muchos subterráneos en la URSS, Europa y América del Sur» argumentaron, y querían ver su expansión.
- 1967: El Pentágono detona proyectiles de artillería y cohetes llenos de gas sarín (nervioso) en la Reserva Forestal de Hawai que provoca el coma y la muerte de un número indeterminado de personas. El objetivo de la prueba, llamada Red Oak, Fase 1, es «evaluar su efectividad en un ambiente de selva tropical».
- 1969: Los investigadores informan al presidente Richard Nixon de que la capacidad de las armas biológicas de EEUU es limitada ya que no consiguen un aceptable inventario de agentes biológicos secos, o sea en polvo. Ese año, Nixon, pone fin a los aspectos «ofensivos», que no defensivos, del programa de armas biológicas de EEUU.
En esta década, el ejército dispersó sulfuro de zinc (una sal con azufre) y cadmio (uno de los metales más tóxicos que existen, utilizado, comúnmente, en baterías) sobre Minnesota y otros estados del medio oeste, y comprobó que sus partículas se extendían hasta 1.600 kilómetros. El Comité de Guerra Biológica del Pentágono se centraba en probar organismos «inocuos» en sistemas de ventilación, metro y suministros públicos de agua, en evaluar la eficacia de los agentes biológicos como armas de sabotaje, y en el uso de esos agentes biológicos en operaciones especiales.
- 1977: Gracias al periodismo de investigación, el Congreso tuvo que estudiar los casos denunciados.
El subcomité del Senado para la investigación sobre dichas pruebas admite que entre 1949 y 1969 el ejército y la CIA realizaron al menos 239 pruebas secretas de simulación de bioguerra en el suelo de EEUU -incluido Nueva York-, y que en unos 80 casos se usaron bacterias vivas y en el resto agentes químicos. Pero, a pesar de las duras críticas de algunos políticos, como el senador Richard Schweiter, por la realización de dichas pruebas, la Armada continuó con los ensayos.
- Década de 1990: Utilizaron a los presos de las cárceles de Tejas para probar unas nuevas armas químicas que luego lanzarían contra la población iraquí. El llamado «síndrome del Golfo» [Pérsico] se descubrió cuando los mismos soldados que esparcieron estos agentes contra otros seres humanos padecieron graves enfermedades, que incluso transmitieron a sus hijos, nacidos con espantosas deformaciones físicas. El fundador de Instituto de Medicina Molecular de California Garth L. Nicolson, escribió: «Miles de veteranos de la Guerra del Golfo Pérsico de los Estados Unidos sufren las consecuencias de haber estado expuestos a armas radiológicas, químicas y biológicas«. O sea, que las Armas de Destrucción Masiva están en manos del acusador.
- 1994: El informe del senador John Rockefeller revela que durante décadas el ejército de EEUU expuso intencionalmente a cientos de miles de sus propios soldados a microbios peligrosos, gas mostaza y gas nervioso, radiaciones, sustancias alucinógenos y psicoquímicas.
- 2013: La revista Veterans Today afirma que el Pentágono había invertido 300 millones de dólares en un programa secreto de guerra biológica, en el Laboratorio Central de Referencia en Tbilisi, Georgia (Cáucaso), frontera con Rusia.
Programa de biodefensa actual (posterior a 1969)
Tanto la prohibición de las armas biológicas de EE. UU. Convención sobre armas biológicas restringió cualquier trabajo en el área de la guerra biológica a defensivo en la naturaleza. En realidad, esto les da a los estados miembros de la BWC una amplia libertad para realizar investigaciones sobre armas biológicas porque la BWC no contiene disposiciones para el monitoreo o la aplicación.
El tratado, esencialmente, es un acuerdo de caballeros entre los miembros respaldado por el pensamiento prevaleciente desde hace mucho tiempo de que la guerra biológica no debe usarse en la batalla.
Después de que Nixon declaró el fin del programa de armas biológicas de Estados Unidos, el debate en el Ejército se centró en si las armas toxínicas se incluían o no en la declaración del presidente. Siguiendo la orden de Nixon de noviembre de 1969, los científicos de Fort Detrick trabajó en una toxina, Estafilococo enterotoxina tipo B (SEB), durante varios meses más.
Nixon puso fin al debate cuando añadió toxinas a la prohibición de las armas biológicas en febrero de 1970. Estados Unidos también realizó una serie de experimentos con ántrax, nombre en código Proyecto Baco, Proyecto Clear Vision y Proyecto Jefferson a finales de la década de 1990 y principios de la de 2000.
En los últimos años, algunos críticos han afirmado que la postura de Estados Unidos sobre la guerra biológica y el uso de agentes biológicos ha diferido de las interpretaciones históricas de la BWC.
Por ejemplo, se dice que Estados Unidos ahora sostiene que el Artículo I de la BWC (que prohíbe explícitamente las armas biológicas) no se aplica a los agentes biológicos «no letales». Se afirmó que la interpretación anterior estaba en consonancia con una definición establecida en la Ley Pública 101-298, la Ley contra el terrorismo de armas biológicas de 1989. Esa ley definió un agente biológico como:
«… cualquier microorganismo, virus, sustancia infecciosa o producto biológico que pueda ser diseñado como resultado de la biotecnología, o cualquier componente natural o de bioingeniería de cualquier microorganismo, virus, sustancia infecciosa o producto biológico, capaz de causar la muerte, enfermedad , u otro mal funcionamiento biológico en un ser humano, un animal, una planta u otro organismo vivo; deterioro de alimentos, agua, equipo, suministros o material de cualquier tipo …»
De acuerdo con la Federación de científicos estadounidenses, El trabajo de los EE. UU. Sobre agentes no letales supera las limitaciones de la BWC.

El uso de gas de cloro, desarrollado por Haber, fue devastador durante la Primera Guerra Mundial
Un siglo de experimentos militares secretos con humanos
A finales de 1964, durante unas maniobras en los alrededores de Porton, en el condado de Wiltshire (Reino Unido) y no muy lejos de las piedras de Stonehenge, 16 comandos de la marina real británica empezaron a comportarse de forma extraña. Al segundo día de los ejercicios, mientras unos soldados salían a campo abierto, exponiéndose al fuego enemigo, otros alimentaban pájaros imaginarios y algunos correteaban por las colinas o se subían a los árboles a hacer el mono.
Hubo incluso quien empezó a apuntar a sus compañeros con su arma. El informe secreto de aquel día recoge que «el grupo se desorganizó, cayendo en la indisciplina y eran incapaces de cumplir cualquier orden». Su comandante, dio la unidad por perdida. Lo que no sabían ni él ni sus hombres es que les habían dado 75 microgramos de LSD.
La historia puede parecer hilarante vista desde el presente, incluso el sueño inconfeso de un pacifista. Pero es solo uno de los miles de experimentos que los militares británicos y estadounidenses hicieron con humanos dentro de sus programas de investigación para la guerra química y bacteriológica.
Desde la creación del complejo ultrasecreto de Porton Down, en la I Guerra Mundial, más de 20.000 personas participaron en miles de ensayos con gas mostaza, fosgeno, sarín y otros agentes nerviosos, ántrax, Yersinia pestis (la bacteria de la peste), mescalina, ácido lisérgico y otras drogas.
Aunque las cobayas humanas, casi todos soldados y ningún oficial, eran voluntarios, ninguno sabía realmente a qué se exponía. El historiador Ulf Schmidt, director del Centro de Historia de la Medicina de la Universidad de Kent, cuenta la historia de los veteranos portonianos en el libro Secret Science: A Century of Poison Warfare and Human Experiments (Ciencia Secreta: Un siglo de guerra de venenos y experimentos humanos, Oxford University Press).
La obra relata la particular ética de la estrecha colaboración entre científicos y militares para lograr sustancias cada vez más letales. Aunque se centra en Porton Down y su homólogo estadounidense, Edgewood Arsenal, levantado por el Chemical Corps del ejército de EEUU en 1916, también guarda algo para los alemanes.
De hecho, fueron los germanos los que iniciaron esta infamante relación entre ciencia y guerra. A las cinco de la tarde del 22 de abril de 1915, en las trincheras de Ypres (Bélgica), el ejército alemán liberó 160 toneladas de cloro presurizado a lo largo de seis kilómetros del frente y el viento llevó la nube tóxica hasta las posiciones de franceses y canadienses. Aunque los alemanes no supieron sacar tajada estratégica del terror provocado al otro lado, aquel día fue el «el doloroso recordatorio de que la moderna guerra química había comenzado», escribe Schmidt. El padre de la criatura fue el genial químico Fritz Haber, tan genial que recibió el Nobel de Química solo tres años después.

Fritz Haber
Al día siguiente del ataque alemán, sir John French, comandante en jefe de la fuerza expedicionaria aliada pidió a Londres que hicieran todo lo posible para contar con ese tipo de armas. En septiembre, los británicos ya tenían su propia versión de cloro, que usaron ese mismo mes en el frente de Loos con resultados desastrosos. El viento cambió y centenares de sus propios hombres fueron envenenados. Se iniciaba entonces una alocada carrera de armamentos, primero químicos, y después también bacteriológicos y farmacológicos.
Porton Down fue el corazón del programa de armas químicas y bacteriológicas del Reino Unido. En sus 2.500 hectáreas de terreno se levantaron laboratorios para una pléyade de fisiólogos, patólogos, meteorólogos… venidos de las mejores universidades británicas como Oxford, Cambridge o el University College de Londres.
Se llamaba así mismo los cognoscenti, la casta privilegiada que conocía los secretos de la guerra química británica. Al principio, ensayaban las sustancias con ratones, gatos, perros, caballos o monos. Les hicieron de todo, los gaseaban, les echaban polvo de cristal en la cara o concentrado de pimienta de cayena, buscando nuevos agentes químicos.
Pero ya en 1917, tras un ataque alemán con el nuevo gas mostaza, crearon un laboratorio específico para experimentos con humanos. El objetivo era comprender los efectos de los agentes químicos en los órganos y tejidos humanos y, muchas veces, no se podían extrapolar los resultados en los ensayos con los animales.
El laboratorio lo dirigía por entonces, el fisiólogo Joseph Barcroft, que había dejado a un lado las enseñanzas pacifistas de sus padres, unos cuáqueros norirlandeses.
Tras el fin de la guerra que iba a acabar con todas las guerras, la investigación no se detuvo, más bien se aceleró. Solo con animales, se realizaron 7.777 experimentos en los que murieron más de 5.000 criaturas. A los voluntarios los reclutaban entre las tres armas del ejército. Al principio, las investigaciones eran defensivas y, hasta cierto punto, lógicas: querían saber el efecto de los agentes químicos en el rendimiento de la tropa y probar la eficacia de las máscaras de gas.
A los que se presentaban, les daban unos chelines de sobresueldo y les eximían de las obligaciones normales de un soldado, teniendo incluso la tarde libre. Solo en 1929 se realizaron experimentos con más de 500 militares. La cifra se multiplicaría por 10 durante la II Guerra Mundial.

El mecanico de la RAF, Ronald Maddison, murió en 1953 tras ser expuesto al gas sarin. Su caso no se reabrió hasta 2004.
Al entrar las tropas de Hitler en Polonia, en septiembre de 1939, tanto Alemania como Estados Unidos y Reino Unido eran auténticas potencias en guerra química. Y los tres usaron a humanos en sus experimentos.
Los nazis recurrieron en muchas ocasiones a prisioneros, en su mayoría judíos, rusos y polacos para sus ensayos.
Pero también en Porton Down usaron a extranjeros.
A finales de la guerra, ante la escasez de soldados disponibles, los científicos británicos utilizaron a ciudadanos de las potencias del eje que habían sido confinados al comienzo de la contienda.
A pesar de que los aliados contaban con grandes cantidades de gas mostaza o fosgeno, Alemania volvió a adelantarles.
En 1936, el químico industrial Gerhard Schrader, creaba el primer pesticida sintético, el tabún, un organofosforado que actúa sobre el sistema nervioso.
Además de su letalidad era incoloro e inodoro. En uno de los primeros ejemplos de tecnología dual, los militares enseguida le vieron posibilidades para su uso como arma.
Junto al tabún, los alemanes desarrollaron otros agentes nerviosos como el sarín, el somán o el cianuro de hidrógeno o zyklon b, que usaron para asesinar a millones de judíos.
Los nazis almacenaron hasta 44.000 toneladas de armas químicas. Sin embargo, ni con los aliados ya en Alemania, las usaron. ¿Por qué?
«La razón principal es que ni los mandos militares aliados ni el alto mando alemán estaban especialmente interesados en usar este tipo de armas por miedo a las represalias. Son difíciles de usar, algo impredecibles y podrían ralentizar el avance de las tropas si la tierra quedaba contaminada», sostiene Schmidt.
Eso no impidió que ensayaran durante la guerra. En EE UU, por ejemplo, Edgewood Arsenal pasó de disponer de un presupuesto de uno a dos millones de dólares y unas 1.000 personas en el periodo de entreguerras a 1.000 millones de dólares y 46.000 empleados en 1942. Solo el proyecto Manhattan para crear la bomba atómica recibió más recursos y personal.
Al acabar la guerra, Porton Down no rebajó su actividad; el inicio de la Guerra Fría les ofreció la ocasión de investigar hasta lo inimaginable. Fue también el periodo en el que la ética y las normas médicas se relajaron más y eso que, tras los juicios de Nuremberg, se aprobó el Código Nuremberg que prohibía los ensayos con humanos potencialmente dañinos que no tuvieran un fin terapéutico.
La gran mayoría de los voluntarios, unos 16.000 en las décadas de los 50 y 60, no sabían nada de Porton Down. Muchos creían que iban a participar en ensayos para encontrar la vacuna de la gripe y nadie les dijo lo contrario.
Eso pensaba Ronald Maddison, un mecánico de la RAF de 20 años destinado en Irlanda del Norte, cuando se apuntó a los experimentos. Le pagaban el viaje, vivía una experiencia nueva, se olvidaba unos días de la disciplina militar y, lo más importante, podría ver a su novia Mary Pyle, que vivía cerca de Porton.
Al llegar, a comienzos de mayo de 1953, un científico les explicó que participarían en un ensayo con sustancias químicas sobre la ropa. Del experimento en sí, solo les dijeron que podrían sentir «un ligero malestar» y que estarían «supervisados» en todo momento.
A las 10 de la mañana del seis de mayo, Maddison y otros cinco voluntarios entraron en la cámara de pruebas con máscaras de gas. No sabían que los iban a exponer a 200 miligramos de gas sarín puro. A los 20 minutos, Maddison empezó a decir que se encontraba mal, cayendo al suelo sudando y entre espasmos. Aunque le inyectaron atropina, el antídoto habitual contra agentes químicos, el mecánico iba a peor.
Lo llevaron al hospital que tenían en las instalaciones, pero Maddison murió a las 1:30 de la tarde. En una maniobra de ocultación en la que participaron las altas esferas del Ministerio de la Guerra, hicieron creer a la familia y amigos de Maddison que había muerto por una aguda pulmonía agravada por el experimento. Habría que esperar 50 años para que el caso se reabriese y enterrase la reputación ya cuestionada de Porton Down.
Entonces no se supo, pero hubo muchos otros experimentos que leídos hoy espeluznan. Hasta 750 pruebas a campo abierto desarrollaron los científicos de Porton entre 1946 y 1976, muchas de ellas en sus colonias, como en Nigeria, Bahamas o Malasia.
Cinco de esos ensayos se hicieron en el mar, usando ántrax o la bacteria de la peste bubónica. Dentro de la operación Cauldron, los militares liberaron Yersinia pestis en las cercanías de la isla Lewis, en el mar del Norte sin percatarse de que un pesquero, el Carella, con 18 pescadores a bordo, pasaba por esas aguas.
En vez de recogerlos y tratarlos con estreptomicina, un antibiótico, les dejaron seguir. Querían aprovechar el accidente para sus resultados. Eso sí, estuvieron atentos a la radio del Carella por si lanzaban alguna alerta de socorro.

En esta cajtia de polvos iban los 30 gramos de esporas del Bacillus globigii; que los científicos y militares liberaron en el metro de Londres
Pero uno de los ensayos más siniestros tuvo lugar el 26 de julio de 1963.
Dentro de un programa para establecer la vulnerabilidad de las infraestructuras en caso de ataque químico o bacteriológico, los científicos de Porton Down idearon liberar una bacteria en el metro de Londres.
Bajo la cobertura de una rutinaria toma de muestras, liberaron 30 gramos de esporas del Bacillus globigii.
Era lo que ellos llamaban un simulador, la sustancia era inocua, aunque hoy se sabe que, puede provocar septicemia.
La bacteria se extendió por varias estaciones, hasta 15 kilómetros por los conductos de la ventilación.
Los londinenses no supieron hasta hace unos años que habían experimentado con ellos.
Pero el final los años 60 también llegó a Porton Down.
La crisis de legitimidad del sistema, el pacifismo, el desengaño con la sociedad burguesa hicieron mella en el programa científico militar.
Muchos de los veteranos científicos de Porton dimitieron, otros lo dejaron enganchados al LSD. A las puertas de Porton Down se sucedieron manifestaciones pidiendo su desmantelamiento.
Desde entonces, aunque la actividad no se ha detenido, sí que se ha reducido. De los más de 6.000 voluntarios que participaron en sus pruebas en los 50, se pasó a apenas 2.000 desde 1979 y hasta 1989. Ya no se experimenta con humanos, pero sí con miles de animales.
En paralelo, se inició un movimiento entre centenares de veteranos de Porton exigiendo la verdad, reconocimiento y compensaciones por los efectos que les habían provocado los ensayos. Aunque un estudio de Oxford patrocinado por el Gobierno y publicado ya en este siglo encontró una mayor tasa de muerte entre los portonianos, la investigación no estudió el impacto mental o psicológico.
La presión de los portonianos llevó a la reapertura del caso del soldado Maddison. Tras la investigación judicial más larga del Reino Unido tras la de la muerte de Lady Di, el jurado consideró que había sido un homicidio provocado por «la aplicación de un agente nervioso en un experimento no terapéutico».
Aquel juicio, celebrado en 2004, llevó al profesor Schmidt a empezar Secret Science. Más importante, gracias a Maddison, en 2008, las autoridades británicas reconocieron el daño causado, se disculparon públicamente y compensaron económicamente a otros 359 de los casi 22.000 jóvenes soldados que pasaron por Porton Down.
nuestras charlas nocturnas.
El inaudito duelo en topless entre una princesa austríaca y una condesa rusa en el siglo XIX…

Una estampa del duelo (Paul Balluriau)
Muy Interesante(J.Álvarez) — Si hablamos de damas de las cortes vienesa y parisina no podemos sino imaginar delicadas bellezas vestidas de floripondios, lánguidas y frágiles como mariposas, en la línea de Sissí.
Pero hoy vamos a ver una excepción: una mujer que, como se dice ahora, marcaba tendencia en la moda, iniciaba a sus colegas de sangre azul en los misterios del tabaco y mostraba a los hombres que podía patinar tan bien como ellos.
Una mujer que fue mecenas de algunos de los artistas más importantes de su época. Una princesa de armas tomar y literalmente además, pues aparte de todo lo anterior incluso protagonizó un duelo con una condesa con el torso desnudo.
Hablamos, en suma, de la inefable Paulina de Metternich.
Pauline Clémentine de Metternich-Winneburg zu Beilstein nació en Viena el 25 de febrero de 1836, en un curioso contexto internacional: apenas hacía dos días que el ejército Mexicano había iniciado el asedio de El Álamo y uno que un tal Samuel Colt patentaba un nuevo y prometedor tipo de revólver; en España seguían matándose sin piedad liberales y carlistas, mientras que se empezaba a aplicar la Ley de Desamortización promulgada por el ministro Mendizábal la semana anterior; Darwin estaba haciendo su trascendental vuelta al mundo a bordo del HMS Beagle y en Inglaterra entraba en vigor la Marriage Act, que legalizaba el matrimonio civil.

Imagen de juventud de Paulina
La Europa de esos años estaba marcada aún por los dictados del Congreso de Viena, celebrado entre 1814 y 1815 tras la caída de Napoleón para restablecer las fronteras anteriores y asentar los cimientos del Antiguo Régimen, que se tambaleaban después de las revoluciones Americana y Francesa, la conmoción que supuso el período bonapartista y aquella Revolución de 1830 que dio origen a los movimientos nacionalistas. las potencias absolutistas que integraban la Santa Alianza eran Rusia, Prusia y Austria; a esta última pertenecía la familia de Paulina, pues Hungría estaba bajo el control del Imperio Austríaco como herencia de los Habsburgo.
El padre de Paulina era Móric Sándor, un noble de reconocido prestigio como jinete, y su madre Leontine von Metternich-Winneburg, hija de Klemens von Metternich (uno de los protagonistas del citado congreso vienés y creador del concepto Europa de hierro para referirse a un continente que renaciera bajo el precepto del absolutismo); por tanto, la joven era nieta del canciller.
Pasó casi toda su infancia en Viena, por lo que tuvo ocasión de ver de cerca la Revolución del 48, la llamada Primavera de los Pueblos que desde Francia se extendió como la pólvora por varios países y puso punto final al Antiguo Régimen en la mayor parte de ellos salvo en Rusia.

Un favorecedor retrato hecho por Franz Xavier Winterhalter
En 1856 contrajo matrimonio con su propio tío, el príncipe Richard von Metternich (con lo cual su abuelo pasó a ser también su suegro), con el que tuvo una vida feliz a pesar de las frecuentes aventuras amorosas que su esposo mantenía, con actrices y cantantes de ópera, al igual que hacían tantos otros hombres de sangre azul, tal cual lo mandasen así los cánones.
Tuvieron tres hijas, de las que sólo la mayor, Sophie, tuvo una existencia normal; las otras dos, Pascaline y Clementine, no fueron muy afortunadas: a la primera la asesinó su marido alcohólico y la menor quedó desfigurada de niña por el ataque de un perro que le destrozó el rostro, por lo que nunca se casó.
Volviendo a Pauline, como Richard era diplomático, ambos viajaron por las cortes europeas e incluso se establecieron en el París de Napoleón III hasta que el estallido de la Guerra Franco-Prusiana en 1870 les obligó a hacer el equipaje otra vez.
Pero durante ese tiempo ella se convirtió en una referencia social y cultural, una socialité que transmitía tendencias y novedades de una capital a otra. Fundó un salón literario y organizó óperas en plan amateur en las que ella misma probó a cantar.

Otra imagen de la princesa como referente de moda
Así, y con la complicidad de Eugenia de Montijo, con quien entabló una estrecha amistad, alternó con maestros de las artes y la música como los escritores Próspero Merimée y Alejandro Dumas, los compositores Charles Gounod, Bedřich Smetana y Camille Saint-Saëns, o diseñadores de moda como Charles Frederick Worth. Mención aparte para Richard Wagner y Franz Liszt, de los que se hizo amiga impulsando aún más sus carreras; el primero hasta le dedicó una obra para piano, a pesar de que cometió el error de atender su propuesta de arreglar una versión francesa de Tannhäuser que terminó abucheada y hubo que cancelar.
Cuando Napoleón III y Eugenia se vieron obligados a marchar al exilio fue Paulina quien se encargó de salvar sus joyas enviándoselas por valija diplomática.
En cambio no hizo tan buenas migas con Elizabeth de Austria, la célebre Sissí, con quien tuvo una pésima relación que toda la sociedad seguía de forma tan atenta como cotilla y que a partir de 1898, cuando Sissí falleció, dejó a Paulina como protagonista absoluta de la alta sociedad vienesa, si acaso en compañía de la princesa Eleonora Fugger von Babenhausen.
Y eso que ella misma se autodescribía como «el monito mejor vestido de París» y dejó para la posteridad una frase mil veces imitada: «Je ne suis pas jolie, je suis pire» (No soy bonita, soy peor).
Pero buena parte de su popularidad se debe a un insólito episodio que protagonizó unos años antes, en el verano de 1892: nada menos que un duelo a primera sangre con la condesa rusa, originaria de Besarabia, Anastasia Kielmannsegg, esposa de un aristócrata alemán.
La causa de tan extrema medida fue una discusión sobre quién tendría la última palabra en los arreglos florales para la Exposición Musical y Teatral de Viena, de la que Paulina era presidenta honoraria mientras que Anastasia figuraba como presidenta del Comité de Señoras del evento, si bien en el fondo rivalizaban por ser las influencers de su tiempo.
Cada una aglutinó a su alrededor apoyos diferentes en la escala social, según contó la marquesa de Fontenoy: si con la condesa se alineaba el más rancio abolengo, Paulina tenía las simpatías populares.

Paulina de Metternich en sus últimos años
El lance se llevó a cabo en Vaduz (Liechtenstein), con la princesa Schwazenberg y la condesa Kinsky como madrinas respectivas, además de contar con la asistencia sanitaria de la baronesa Lubinska, que era licenciada en Medicina.
Fue precisamente la doctora quien propuso a las duelistas combatir con el torso desnudo para evitar que un trozo de ropa se metiera en alguna herida, algo que en la época solía causar graves infecciones e incluso la muerte; le hicieron caso y, así, a lo inaudito del lance se sumó el hacerlo en topless.
En realidad no fue el primer duelo femenino pero desde luego eran raros.
Éste se pactó a tres rondas y se dirimió con antiguas espadas roperas siguiendo el reglamento francés. En la última vuelta Paulina recibió una herida leve en la nariz y la condesa otra en el brazo, lo que provocó un momento tragicómico cuando las madrinas se desmayaron al ver la sangre y los hombres presentes (cocheros y lacayos) corrieron a ayudarlas pero fueron expulsados a paraguazos por la baronesa para impedir que vieran a las duelistas semidesnudas; y eso que éstas no eran precisamente jovencitas, pues Paulina tenía cincuenta y seis años y Anastasia cuarenta y dos.
En cualquier caso, todo aquello fue considerado suficiente por las restablecidas madrinas, que recomendaron a las contendientes dar el duelo por finalizado y abrazarse como amigas.
Así lo hicieron, sin que haya quedado claro si se consideró vencedora a alguna, ya que si Anastasia había dañado primero a su oponente, fue Paulina quien ocasionó una herida más importante. Ambas continuaron sus vidas sin secuelas.
La de Paulina fue larga, pues falleció ya en 1921, cuando se la consideraba un personaje de otra época porque había dejado atrás dos imperios, el francés y el austríaco. De ello dan fe los dos libros de memorias que escribió y que se publicaron póstumamente.
nuestras charlas nocturnas.
6 historias que iniciaron con un mensaje en una botella…

marcianosmx.com — La mayoría de los mensajes que se encuentran en botellas flotando en los mares del mundo son totalmente falsos, producto de la imaginación de algún ocioso que quiso matar el tiempo. Sin embargo, existen algunas historias interesantes que empezaron precisamente cuando una persona decidió guardar un mensaje (a veces no tan especial) al interior de una botella sin imaginar jamás que esa acción terminaría en un matrimonio, con el rescate de unos prisioneros o en una historia profundamente conmovedora. Hoy te presentamos seis de estas anécdotas reales.
En busca del amor.

En el año de 1955, mientras navegaba en altamar, un sueco llamado Ake Viking escribió una nota, la metió en una botella y la dirigió a «alguien hermosa y lejana» y finalizó con un mensaje que decía: “escríbeme, quienquiera que seas”. Un par de años después, una joven italiana llamada Paolina se encontró con esta carta.
La dama respondió «no soy hermosa, pero me parece un milagro que este pequeño frasco haya viajado tanto y tan lejos hasta alcanzarme. Por eso te respondo«. Ambos empezaron a comunicarse por correspondencia y eventualmente Viking navegó hasta Sicilia para conocer a la misteriosa Paolina en persona. Al hombre le pareció una mujer realmente bella, y varios meses después terminaron contrayendo matrimonio.
Las últimas palabras.

Un 11 de abril de 1912, un joven llamado Jeremiah Burke y su prima Nora Hegarty abordaban el RMS Titanic en Irlanda. Un par de hermanas de Jeremiah ya se habían establecido en los Estados Unidos, por lo que Nora y él planeaban alcanzarlas en Boston. Antes que Jeremiah Burke subiera al barco, su madre le entregó una botella con agua bendita para que lo protegiera y le diera buena suerte.
Sin embargo, el poder místico de aquel líquido no funcionó: Jeremiah Burke y Nora Hegarty se encontraban entre los pasajeros que murieron tras el hundimiento del Titanic el 15 de abril. Un par de años después, un hombre encontró una botella en la playa de Dunkettle, muy cerca de la residencia de los Burke. Al interior de ésta botella había una nota en la que podía leerse: «Desde el Titanic: adiós a todos. Burke de Glanmire, Cork«.
La nota se mantuvo en la casa de la familia Burke durante aproximadamente un siglo, hasta que la donaron a un museo en 2011.
Salvados por la botella.

Una embarcación apodada Lennie que había zarpado de Bristol, Inglaterra, fue secuestrada por la tripulación en 1875. Los amotinados terminaron asesinando al capitán, dos oficiales y exigieron al administrador, un belga llamado Van Hoydonck, que navegara rumbo a Gibraltar.
Amenazado de muerte, Van Hoydonck obedeció las órdenes… pero en secreto ordenó al grumete escribir 24 notas, que Van Hoydonck metió en 24 botellas. Después, navegó con la embarcación rumbo a Francia y arrojó las botellas por la borda. Por increíble que parezca, la armada francesa terminó con una de estas botellas en las manos y envió un buque de guerra para averiguar.
Sin armas para hacer frente a los oficiales franceses, los amotinados se rindieron y fueron arrestados y enviados a Inglaterra, donde los juzgaron por asesinato y condenaron a la horca. Por su parte, Van Hoydonck abrió un restaurante en Inglaterra, se casó y jamás volvió al mar.
Los caminos de Dios son misteriosos.

El «Evangelista de la botella de whiskey«, un religioso llamado George Phillips, solía utilizar botellas para predicar la palabra de Dios. En abril de 1940, este alcohólico en recuperación se vio inspirado por un trozo de madera que observó flotando a lo largo de la playa. «En ese momento Dios habló a mi corazón», dijo Phillips.
A partir de ahí, empezó a recoger botellas de whiskey vacías de los botes de basura, mismas que rellenaba con tratados evangélicos (trípticos y panfletos religiosos) y tarjetas con direcciones de devolución, para después arrojarlas al estrecho de Puget, cerca de su residencia en Tacoma, Washington. Al principio las lanzaba personalmente, pero en 1941 empezó a reclutar marineros de embarcaciones salientes para que arrojaran las botellas por él.
En el transcurso de dos décadas, Phillips estimó haber enviado unas 40,000 botellas de las que 2,000 tuvieron respuesta desde 40 distintos países.
Un mensaje de los prisioneros.

En 2009, durante la renovación de un inmueble en las inmediaciones del campo de exterminio de Auschwitz, una cuadrilla de trabajadores encontró una botella incrustada en un muro. Al interior del recipiente había una nota escrita con lápiz con fecha del 20 de septiembre de 1944. En ella se podía leer «refugio antiaéreo para el personal T. W. L«, además contenía una lista con los nombres y ciudad de origen de siete hombres y finalizaba con «todos entre 18 y 20 años«.
El Museo de Auschwitz-Birkenau hizo un rastreo de varios nombres de esta lista y encontró que fueron obligados a construir el refugio por orden de los nazis. Durante sus labores, secretamente escribieron esta nota, la metieron en una botella y la sellaron al interior de una de las paredes. El único hombre con vida en la fecha del descubrimiento, Wacław Sobczak, relató durante una entrevista: «los alemanes mataban a los débiles y enfermos. Jamás creí que sobreviviríamos. Queríamos que algo de nosotros quedara atrás, aunque fuera una simple botella».
Cinco de los siete nombres en la lista lograron sobrevivir al campo de concentración. El destino de los otros dos es desconocido.
“Guinness is Good for You!”

En el año de 1954, la empresa Guinness Exports Ltd. lanzó una campaña publicitaria titulada “Bottle Drop”. Un total de 50 mil botellas de Guinness, cada una con una tarjeta al interior que solicitaba al receptor devolverla para recibir una respuesta, fueron lanzadas desde distintas embarcaciones alrededor del mundo. La compañía empezó a recibir respuestas de las Bahamas, Tahití, México, Inglaterra, entre otros países del mundo.
La promoción, en la que se incluía el mensaje “Guinness is Good for You!”, resultó tan exitosa que la repitieron en 1959, en el marco de la celebración de los 200 años de la compañía. En esa ocasión, Guinness lanzó al Océano Atlántico la friolera de 150,000 botellas, cada una con un pergamino de «la oficina del rey Neptuno», un folleto donde se explicaba la historia de la empresa, un pequeño manual para transformar la botella en una lámpara de mesa y un anuncio para Ovaltine.
A más de 60 años de esta campaña, todavía se siguen encontrando botellas.
nuestras charlas nocturnas.
La catedral más antigua del mundo está en Armenia, el primer estado donde el cristianismo fue religión oficial…
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La Catedral de Ejmiatsin
Muy Interesante(J.Álvarez) — No deja de resultar curioso que la catedral más antigua del cristianismo no presente la belleza simple y primigenia del románico, la exquisita y arquetípica majestuosidad del gótico, la evocación clásica renacentista ni la magnificencia abrumadora del barroco. Se trata de un edificio difícilmente clasificable por su tempranísima edad y, sobre todo, por las reformas posteriores. Me refiero a la Catedral de Ejmiatsin, la ciudad sagrada de Armenia y sede de la Iglesia Gregoriana Apostólica.
Esta iglesia fue construida entre los años 301 y 303 por orden de Gregorio I el Iluminador después de que tuviera una visión: la de Cristo descendiendo del cielo y golpeando el suelo con un martillo de oro, indicando así el lugar donde debía erigirse el edificio.
Aunque en realidad no hay uno solo sino todo un complejo formado por la catedral propiamente dicha (cuyo aspecto básico exterior corresponde a las reformas experimentadas en el siglo XVII, pero que en el interior conserva espléndidas muestras de escultura armenia y reliquias tan estrambóticas como madera del Arca de Noé o la lanza de Longinos) y las iglesias de Santa Ripísima, Santa Gayané, Choghagat y Astvatsatsín (todas ellas del siglo VII), más un museo y un seminario. Todo el conjunto es Patrimonio de la Humanidad.

Relieve de la catedral representando a San Gregorio
Es creencia común que el primer estado en proclamar al cristianismo como religión oficial fue Roma, que lo hizo de la mano de Constantino el Grande en el año 313 mediante el Edicto de Milán. Obviamente, aún cuando empezara a descomponerse en tetrarquías, triarquías y diarquías sucesivas, el Imperio Romano fue reunificado por ese emperador y seguía siendo la cabeza del mundo.
Sin embargo, Constantino no oficializó la nueva religión ese año, el séptimo de su reinado (y él sólo se convirtió cuando estaba en su lecho de muerte), sino que se limitó a dar legalidad a lo que ya era una realidad: la difusión y generalización de la fe cristiana entre los ciudadanos romanos.

Mármol de Constantino el Grande
El caso es que para encontrar al primer país que convirtió el cristianismo en religión oficial hay que desviarse geográficamente hacia el este, centrar los ojos en Armenia y retroceder un poco cronológicamente, porque la fecha exacta fue el 301 d.C.
Ese año fue bautizado el rey Tridates III por Gregorio I, considerado el fundador y santo patrón de la citada Iglesia Gregoriana Apostólica Armenia; la más antigua del mundo, pues.
Es decir, la nueva fe se oficializó doce años antes de que Constantino firmara el Edicto de Milán y casi ocho décadas anteriores a su asimilación al Estado imperial por Teodosio I en el 380.
Según cuenta la tradición, esa zona, situada al sur del Cáucaso y que antaño había sido un lugar de importancia fundamental en la Historia al ser tierra de hititas, mitanios, frigios y seléucidas, entre otros, con importantes dinastías como la Oróntida o la Artáxida, y que alcanzó su máximo esplendor bajo el gobierno de Tigranes el Grande antes de caer bajo la influencia de partos y romanos; esa zona, digo, fue evangelizada por los apóstoles Judas Tadeo y Bartolomé, que difundieron la palabra de Cristo con rápido éxito y cuya labor fue continuada por patriarcas como Zemendós, Atrnerséh, Mushé, Shavarsh, Levondios o Meruyán.
En ese contexto aparece Gregorio, un descendiente de una familia de la nobleza parta -de la dinastía Arsácida, para ser exactos, la que sucedió a la Artáxida- que había caído en desgracia tras asesinar a Cosroes II.
Fue educado en Cesarea (actual Kayseri, en Capadocia) por un aristócrata cristiano llamado Euthalius, al que había sido confiado por deseo de su madre Okohe, que era cristiana y deseaba formar a su hijo en esa fe. Pese a que tenía una profunda vocación apostólica, Gregorio se casó con una correligionaria llamada Miriam e incluso tuvo dos niños, pero siete años más tarde decidió renunciar a su vida familiar y lanzarse a predicar.

El monasterio de Khor Virap con el monte Ararat al fondo
Hasta entonces había pasado desapercibido y, por tanto, a salvo de la venganza de Tridates III, el hijo de Cosroes, que había sucedido a su malogrado padre en el trono de Armenia. Pero al salir a la vida pública pronto fue localizado y hecho prisionero, en parte para hacerle pagar el crimen de su padre y en parte por negarse a realizar una ofrenda floral en honor de Anahit, la diosa de la fecundidad y la más importante del panteón armenio junto a Mitra.
Tras sufrir torturas y estar a punto de ser ejecutado, pasó catorce años encerrado en un calabozo subterráneo -poco más que una tumba- al pie del monte Ararat; un zulo que sólo se abría para alimentarle y donde hoy se alza el monasterio de Khor Virap.
Sin embargo, el paso del tiempo resultó peor para su captor, que, después de asesinar a un grupo de monjas que rechazaron tener trato carnal con él, contrajo una extraña enfermedad. La historia de los armenios y la Historia de Tridates, obras de su cronista y secretario Agathangelos en el siglo V y fuente principal para conocer los hechos, narra que el rey empezó a comportarse como un animal salvaje -un jabalí, dice-, viviendo en el bosque sin que nadie fuera capaz de devolverlo a palacio; algunos investigadores sugieren que sufría licantropía clínica.

Tridates implorando perdón a Gregorio (por Francesco Francazano)
El caso es que su hermana Khosrovidukht tuvo un sueño en el que el hombre encerrado en la mazmorra de Ararat curaba a Tridates y, desesperada, decidió probar. Mandó liberarlo, facilitó su recuperación y lo llevó ante el asilvestrado soberano.
Olvidando su enemistad, Gregorio ordenó que se hicieran oraciones a Dios por su sanación y, en efecto, poco después consiguió hacerle recuperar la cordura. Agradecido, el monarca no sólo le perdonó sino que declaró oficial y estatal al cristianismo, bautizándose en el año 301 y concediendo a Gregorio el cargo de Patriarca de Armenia al año siguiente.
Al envejecer, Gregorio cedió el puesto a su hijo Aristaces y se retiró a una vida ermitaña en una gruta del monte Sebuh, donde falleció en el 330. Sus restos mortales se trocearon macabramente para repartirse por varias localidades como reliquias (una mano está en la Catedral de Ejmiatsin), pero detrás dejó una iglesia fuerte y rica gracias a que los dominios de los templos paganos pasaron a su propiedad.
Es más, como en tantos otros sitios, hubo una intensa labor de sincretismo y por eso aquella Anahit que tantas desdichas le trajo a Gregorio se asimiló luego a la Virgen María, llevando hoy muchas mujeres armenias ese nombre sin saber que, paradójicamente, procede de una deidad pagana.
nuestras charlas nocturnas.
Ningún día se acaba hasta que termina en la Isla Howland…
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L.B.V.(G.Carvajal) — La Isla Howland es un pequeño atolón deshabitado de apenas 1,6 kilómetros cuadrados de superficie, situado en medio del océano Pacífico, a medio camino entre Hawai y Australia. Pertenece a los Estados Unidos y alberga un refugio protegido de vida salvaje para aves y fauna marina.
Pero quizá es más conocida por ser la isla donde Amelia Earhart debía aterrizar en una de las escalas de repostaje de su vuelta al mundo, y a la que nunca llegó porque su avión desapareció sin rastro el 2 de julio de 1937. En Howland se habían construido pistas de aterrizaje para la ocasión, que quedaron abandonadas y hoy prácticamente han desaparecido.

Situación de Howland
La isla ya estaba deshabitada cuando Estados Unidos las reclamó en 1857, aunque existen evidencias arqueológicas de asentamientos polinesios anteriores. Los norteamericanos y británicos explotaron sus depósitos de guano hasta finales del siglo XIX, y durante la Segunda Guerra Mundial albergó instalaciones militares, que fueron abandonadas al terminar el conflicto.
Hoy no existe agua potable ni apenas vegetación y para acceder al atolón se necesita un permiso especial del gobierno.

La isla Howland en Google Maps
En 1935 se produjo un curioso intento de colonización. Se reclutó a cuatro jóvenes a quienes se dijo que formarían parte de una misión científica en la isla, para recoger muestras biológicas y botánicas. Iban a estar solo tres meses, pero una vez allí se les comunicaron las verdaderas intenciones del Departamento de Comercio norteamericano: eran la primera oleada de colonos permanentes.
Se les suministraba comida en latas de conserva, agua, equipos médicos y todo lo necesario para su supervivencia. Fueron estos colonos quienes construyeron las pistas de aterrizaje y otras infraestructuras rudimentarias, que pretendían convertir la isla en base de una ruta aérea California-Australia. Los colonos eran reemplazados al cabo de varios meses, pero algunos llegaron a pasar hasta 3 años en Howland.

El Faro Earhart
Los japoneses bombardearon Howland un día después de Pearl Harbor, reduciendo los pocos edificios a escombros y dañando las pistas de aterrizaje. Los únicos dos colonos supervivientes fueron evacuados el 31 de enero de 1942.
De aquella época aun permanece en pie el Faro Earhart, una baliza construida de arenisca que fue restaurada en la década de los 60, pero que hoy está pendiente de ser demolida.
Dado que no está habitada no hay necesidad de establecer una zona horaria en Howland. No obstante se encuentra en un huso horario 12 horas por detrás del Tiempo Universal Coordinado (UTC), en la denominada Línea internacional de cambio de fecha. De hecho Howland y la cercana isla Baker son los dos únicos territorios que se encuentran dentro de ese huso horario.
Por ello a este huso horario también se le conoce con el acrónimo AoE, que significa Anywhere on Earth (en cualquier lugar de la Tierra). Esta denominación es una convención que se emplea para indicar que un período termina cuando la fecha expira en cualquier lugar del planeta.

La isla Howland y la línea internacional de cambio de fecha
Dado que el último lugar de la Tierra donde cualquier fecha existe es la isla Howland, se dice que el día termina AoE cuando termina en la isla Howland. Esto ocurre cuando es mediodía del día siguiente UTC (Tiempo Universal Coordinado).
nuestras charlas nocturnas.
Lee Miller: de top model a reportera de guerra…

Lee Miller, 1944.
Dormí muy bien en la cama que había pertenecido a Hitler. Incluso me quité el polvo del campo de concentración de Dachau en su bañera. (Lee Miller)
JotDown(E.J.Rodríguez) — Era estadounidense, aunque quizá deberíamos decir que fue una mujer del Renacimiento.
Y además fue una de las mujeres más guapas del siglo XX, pero decir eso es no como no decir nada. Vivió varias vidas en una.
Solamente ella sabría decir en cuál de esas vidas fue feliz, si es que lo fue en alguna.
A los siete años se escapó de casa para ver cómo funcionaba un tren.
A los ocho años sufrió una violación.
A los 17 vivió un improcedente romance de película en París.
A los 18 quería suicidarse.
A los 19 fue portada de Vogue. A los 20 era una de las modelos más cotizadas del mundo. A los 22 fue la primera mujer que apareció en un anuncio de compresas. A los 24 era la musa de Man Ray y Jean Cocteau y se codeaba con Pablo Picasso. A los 25 era una respetada fotógrafa de la vanguardia parisina. A los 26 era una de las más exitosas retratistas de Nueva York.
A los 27 se retiró y se fue a vivir a Egipto. A los 30 era una de las pocas mujeres que tomaba el sol en topless. A los 35 se convirtió en corresponsal oficial de guerra. A los 37 fotografió a las víctimas de los campos de exterminio nazis. A los 38 llegó con las tropas aliadas a Berlín y durmió en los antiguos aposentos de Adolf Hitler. A los 39 se convirtió en alcohólica. A los 40 fue madre. A los 46 se retiró por completo y para siempre de la fotografía, del periodismo y del arte. A los 70 años de edad, murió. Fue musa, testigo e influencia de toda una época.
Cuando piensas que provenía del mundo del arte, que había sido una de las hermosas modelos de los desnudos de Man Ray y que terminó metida en el horrible ámbito de la muerte y la destrucción, la transición fue extraordinaria. Pasó de ser idolatrada, amada y convertida en un icono de la belleza, a desdeñar la posibilidad de llevar una existencia creativa e indulgente para irse a vivir a una trinchera, ponerse un casco y alimentarse de comida enlatada, con el miedo a morir en cualquier momento… eso demuestra verdadera credibilidad y valor. Fue a los campos de exterminio. Si un tipo duro —como yo creía serlo— hubiese visitado semejante lugar, eso bien podría haber arruinado mi vida por completo. (Don McCullin, fotógrafo de guerra en Vietnam)
Prefiero tomar una foto que ser fotografiada. (Lee Miller)
Principios de 1927, Nueva York. En una atestada calle de Manhattan una chica camina tranquilamente por la acera. Tiene 19 años y es una adolescente completamente anónima como tantas otras de la gran ciudad. Pero algo la distingue: además es extraordinariamente bella. Alta, espigada, media melena rubia, ojos claros como el cielo, una nariz ancha y felina, un óvalo facial perfecto. Se diría una estrella de Hollywood. Pero no; como tantas otras veces en su vida, su aspecto engaña y no es lo que parece ser.
Un automóvil se detiene junto a ella; por la ventanilla se asoma un hombre de unos cincuenta y tantos años que la detiene para hacerle una pregunta: “¿te interesaría trabajar como modelo?”. Ella lo mira de frente y él entiende definitivamente que tiene entre manos un diamante en bruto. Ese hombre es Condé Nast, editor de Vanity Fair, New Yorker y fundador de la revista Vogue. Ella es Elizabeth Lee Miller, una jovencita de las afueras que está buscando la oportunidad de llevar una vida excitante. Durante los dos años que siguieron a ese encuentro fortuito en Manhattan, los estadounidenses verán a menudo el rostro de esa chica en revistas, en anuncios, en carteles. Está ahí, en principio, solamente gracias a su belleza. Pero no es por su belleza por lo que pasará a la historia.

El aspecto de Elizabeth es lo que el mundo ve de ella, pero en realidad ella es otra cosa.
Es una persona herida; el público no puede captarlo en sus retratos pero la penetrante mirada de Elizabeth Miller oculta dolor y un pasado traumático.
También es un talento creativo de primer orden y se convertirá en una de las pioneras de la vanguardia artística de la primera mitad del siglo.
Por si fuera poco, terminará cubriendo los horrores de la Segunda Guerra Mundial desde el mismísimo frente de combate.
Todo eso será en el futuro la chica a la que Vogue acaba de fichar en plena calle.
Hoy la recordamos, sobre todo, como fotógrafa.
El interés de Elizabeth por la fotografía nació precisamente durante su corta y exitosa etapa ejerciendo de modelo, pero no fue una vocación surgida de la casualidad.
De hecho, el arte, la técnica y la artesanía se confundían en su familia desde generaciones atrás y todos los Miller parecían tener algo que hacer, ya fuese como artesanos o como artista; la afición por tareas manuales y cuestiones tecnológicas estaba profundamente arraigada entre ellos.
Su abuelo, por ejemplo, se había convertido en una pequeña leyenda de la albañilería al colocar con sus propias manos nada menos que 7000 ladrillos diarios durante las obras de construcción del Antioch College, un centro educativo orientado a la enseñanza de las artes. Su tío era el editor de American Machinist, una importante revista especializada en mecánica.
Su propio padre, Theodore Miller, era un licenciado en ingeniería mecánica que había desempeñado trabajos de todo tipo en el sector industrial antes de montar su propio negocio y establecerse entre la burguesía de Poughkeepsie, una pequeña ciudad a las orillas del río Hudson, el mismo río que poco después desemboca en la monumental New York. Fue en Poughkeepsie, precisamente, donde nació nuestra protagonista.
Theodore Miller creía ciegamente en el sueño americano: un hombre puede conseguirlo todo mientras posea salud y dos manos con las que trabajar. También era un entusiasta del progreso tecnológico y científico, defensor de la razón por sobre la superstición y el dogma. Un liberal en el sentido estadounidense del término, porque su bandera era la libertad moral individual.
Cada uno debe hacerse cargo de sus actos y decidir por sí mismo si su conducta es admisible o no, más allá de lo que dicten los prejuicios sociales o religiosos. Así que, aunque se consideraba un hombre espiritual y de hecho solía tomar consejo personal de un pastor cristiano, educó a sus hijos sin intentar contagiarles dogmas preestablecidos. Por ejemplo, les explicaba que cuando uno analiza bien el asunto, el ateísmo resultaba más razonable que la creencia en Dios.
Y no era estrictamente antirreligioso aunque sí criticaba las grandes religiones organizadas, a las que veía como fábricas de fanáticos que aceptaban sin rechistar prejuicios absurdos y que casi invariablemente se oponían al avance en el conocimiento científico y el progreso de las costumbres. Para Theodore Miller la moral era el resultado de la responsabilidad individual para con los demás y no el resultado de un rígido sistema de valores aprendido de memoria en un libro sagrado.
“Podéis hacer lo que os apetezca” —les decía a sus hijos— “siempre que no hagáis daño a nadie con ello”. Ese discurso valía para sus dos hijos varones. También valía para Elizabeth Lee, su hija mediana, la única niña de la familia, su favorita.
La naturalidad, pues, constituía parte intrínseca de la crianza en la casa de los Miller. La pequeña Elizabeth podía ser ella misma aunque no se ajustase a los estereotipos de lo que se esperaba en una niña de familia burguesa. O dicho de otro modo: no le gustaban las muñecas. A ella le gustaba lo mismo que a sus dos hermanos varones, porque los tres pequeños Miller se divertían con los trabajos manuales e imitaban los hobbies de su padre, quien además de ingeniero de profesión se consideraba inventor y pasaba el día construyendo artilugios nuevos.
Los tres hermanos disfrutaban enormemente del entorno campestre de la casa familiar, de los animales, de las casitas en los árboles que Theodore construía con pericia. Desde muy pequeña Elizabeth aprendió que su sexo no tenía por qué limitar sus gustos o sus aficiones. Es más, no cupo en sí de regocijo el día en que su padre le cortó el largo cabello dejándoselo como el de un niño. Para disgusto, eso sí, de su madre.

Porque Florence Miller quería ver a la pequeña Elizabeth convertida en una princesita de manual (de hecho, la buena mujer había peinado a su primogénito John con bucles más propios de una fémina hasta el momento en que el chiquillo acumuló vocabulario suficiente como para decir “¡basta!”). Pero no hubo caso. A su hija le gustaban los artilugios técnicos, los aparatos, las tareas manuales y los toscos juegos de varones.
Gracias a la amplitud de miras de su padre —hablamos de principios del siglo XX, cuando la palabra “feminismo” ni siquiera se empleaba en los Estados Unidos— Elizabeth no se vio obligada a ejercer como figurita de porcelana, como le sucedía a tantas hijas de otros burgueses de la zona. Como ella misma diría mucho más tarde con su ironía característica:
No soy muy hábil con las manos. Soy buena con un destornillador, puedo desmontar una cámara. Pero, ¿coser un botón? Podría ponerme a gritar.
Una de las cosas que más le gustaban era el tren de juguete de su hermano mayor. Desarrolló una pasional fijación por los trenes; podía pasarse horas mirando cómo el pequeño convoy iba y venía por las diminutas vías. Es más: el día en que supo que toda la familia iba a realizar un viaje en un tren de verdad, entró en un estado tal de excitación que desapareció repentinamente de casa sin decir una palabra.
¿A dónde había ido? Completamente desesperados, sus padres la buscaron por todas partes, pero no pudieron hallar ni rastro. Como suele suceder en estos casos, los adultos no buscaron en el lugar más obvio: resultó que, consumida por la curiosidad, Elizabeth se fue caminando sola hasta la estación para poder inspeccionar una auténtica locomotora de cerca. Abordó al conductor y comenzó a hacerle toda clase de preguntas sobre el funcionamiento del tren.
El empleado del ferrocarril le mostró la cabina de mando para gran regocijo de la niña, pero finalmente comprendió que no estaba acompañada y la devolvió a casa con gran alivio del matrimonio Miller. Así era Elizabeth, una niña inquieta que rompía los estereotipos de la princesita burguesa que parecía ser pero que en realidad no era. Tenía solamente unos siete años pero ya daba buenas muestras de la curiosidad y el afán de aventuras que albergaba en su indomable espíritu, ese que en la edad adulta la llevaría a jugarse la vida en la guerra.
Florence, su madre, era una mujer tradicional y a duras penas entendía las “masculinas” aficiones de su pequeña. Al contrario que su marido, estaba escasamente cultivada, apenas tenía una formación básica y no veía mucho más allá de las convenciones sociales establecidas. Así que cuando contemplaba a Elizabeth disfrutando con actividades de niños se le antojaba que su pequeña podría terminar convirtiéndose en un “chicazo”.
No había conseguido convertir a la niña en una muñequita. Aunque la verdad es que había muchas cosas en aquella casa que Florence no conseguía; tampoco podía impedir que la flexible ideología vital de su marido se tradujese en frecuentes relaciones extramatrimoniales con otras mujeres. Estaba resignada a convivir con la generosa (para sí mismo) liberalidad de Theodore, quien imponía en la familia su personalidad, su manera de ver las cosas y su concepto del mundo. Y además los niños lo adoraban. Así pues, la pequeña Elizabeth —que se sentía mucho más identificada con su padre que con su madre— difícilmente podía aspirar a crecer para convertirse en una esposa modelo.
A sus siete años era una niña poco convencional, pero también era muy alegre. Theodore, gran aficionado a la fotografía, documentó extensamente sus primeros años y las imágenes nos muestran que Elizabeth Lee Miller era feliz. Aunque su felicidad iba a durar poco; se vislumbraban negros nubarrones en el horizonte.

Lee Miller en 1947.
Thedore, por motivos de trabajo, viajaba con frecuencia a Suecia. Allí establecía relaciones comerciales y personales con hombres de negocios locales, así que aquellos amigos suecos le devolvían la visita y aparecían ocasionalmente por la residencia de los Miller.
Una de aquellas visitantes, Astrid Kajert, era la esposa de un empleado de la compañía que acababa de llegar desde Europa para establecerse en Brooklyn. Dado que Poughkeepsie estaba cerca de Nueva York, el matrimonio Kajert se alojó durante unos días en la casa de campo de los Miller y ambas parejas cultivaron una buena amistad. Astrid se encariñó rápidamente con la pizpireta niña de la familia: la sueca no tenía hijos, pero el aspecto nórdico de Elizabeth le recordaba mucho al aspecto que podría haber tenido una hija propia.
Pronto hizo buenas migas con la pequeña y el cariño fue mutuo, porque a Elizabeth le encantaba pasar tiempo con Astrid hasta el punto en que sus padres dieron permiso para que estuviera unos días con su nueva amiga en el apartamento que los Kajert ocupaban en Nueva York. Una vez en la gran ciudad, Elizabeth se lo pasó en grande con todos los excitantes descubrimientos que atesoraba la enorme metrópolis. Para una niña curiosa y aventurera como ella la ciudad de los rascacielos constituía un enorme parque de atracciones, un estímulo constante. Le gustó especialmente, como era de esperar, el tren subterráneo.
El descubrimiento del “metro” la dejó absolutamente fascinada. No podía ser una niña más feliz.
Sin embargo, bastan unos siniestros minutos de indefensión para arrebatarle aquella felicidad y abrir unas dolorosas heridas que durarían toda una vida. Un mal día en el que Astrid tenía que salir a comprar y su marido también estaba ausente, la sueca dejó a Elizabeth en el apartamento, al cuidado de un amigo de la familia. Sin sospechar nada, completamente confiada, la mujer se fue de compras. Y entonces sucedió.
El supuesto cuidador violó a Elizabeth en ausencia de la dueña de la casa. Solamente tenía ocho años y acababa de sufrir una terrible agresión sexual. Un suceso que iba a dejarla marcada para siempre, ya que desde entonces habría una sombra permanente en su interior. No sabemos mucho más sobre el incidente —ella apenas quiso mencionarlo durante el resto de su vida— pero sí nos consta que el asunto se descubrió enseguida y Elizabeth fue devuelta a toda prisa con su familia.
Los Miller apenas supieron cómo encajar el golpe. Se apresuraron a buscar el consejo de los médicos porque resultaba evidente que semejante trauma podía tener efectos demoledores en su pequeña. De hecho, para la desdichada Elizabeth los horrores no terminaron con el acto de la violación en sí, ni mucho menos, porque empezó a desarrollar extraños síntomas hasta que finalmente supieron que, para colmo, su agresor le había contagiado la gonorrea.
A partir de ese momento y durante varios años su madre tuvo que aplicarle curas periódicas en la intimidad del cuarto de baño. John, su hermano mayor, recordaba más adelante cómo durante aquellas curas podía escuchar llorar a Elizabeth desde el otro lado de la puerta. El dolor, la vergüenza y el miedo se convirtieron en las notas dominantes de su nueva y desdichada vida.

Aquella violación, de acuerdo con el testimonio posterior de sus hermanos, cambió a Elizabeth por completo.
Se tornó taciturna y propensa a manifestar cambios de humor incontrolables.
Ella misma no podía entender absolutamente nada de lo que estaba sucediendo, pero sabía que estaba sufriendo.
Se sentía sucia; estaba físicamente contaminada y el tratamiento íntimo al que tenía que someterse era para ella una prueba palpable de esa contaminación.
Su propia madre tenía que limpiarla continuamente, así que había algo en ella que no estaba bien.
La pobre niña no comprendía que no era culpable de nada y que no había ninguna suciedad en ella.
Sus padres tuvieron que ponerla en tratamiento psiquiátrico y los médicos les advirtieron de que el trauma podría prolongarse de por vida.
Elizabeth probablemente llegaría a rechazar su propio cuerpo a no ser que consiguieran enseñarle a sentirse de nuevo confortable en su propia piel.
Los doctores insistían en que dado que la niña había descubierto el contacto sexual de manera prematura y violenta, debía transmitírsele la idea de que el sexo y el amor eran cosas muy diferentes.
En el futuro podría terminar careciendo de una vida sexual y emocional normal a no ser que desvinculase la relación física de la relación emocional. Solo mediante aquella disociación podía Elizabeth Miller aspirar a tener una vida sentimental normal.
Había que reconquistar su cuerpo, hacia el que ahora ella misma sentía un intenso repudio, y los Miller usaron técnicas que hoy día podrían parecernos muy chocantes. Utilizaron la fotografía como terapia: Elizabeth empezó a posar sin ropa para su padre. Tal y como el psiquiatra les había dicho, Theodore era ahora el único hombre en quien la pequeña podía confiar, ya que en su mente los demás varones adultos podían representar la amenaza de sufrir otra agresión sexual.
Los Miller pensaron que si conseguían que se sintiera cómoda mostrándose completamente desnuda ante su padre —su principal referente masculino— sin sentirse amenazada, darían un gran paso adelante. Hasta entonces el único hombre que había roto la sagrada barrera de la intimidad de su cuerpo había sido aquel violador. La aquiescencia de Florence, que estaba siempre presente en aquellas sesiones de fotos, ayudaba a quitarle hierro al asunto y a que la niña se sintiera más arropada. La fotografía, pues, tuvo un papel central en la vida de Elizabeth Lee Miller desde muy tierna edad.
Existe una fotografía verdaderamente conmovedora donde la pequeña Elizabeth posa en la nieve sin más ropaje que unas botas de piel, intentando protegerse del frío con los brazos. Es la viva imagen de la indefensión.
Como decíamos, los terapeutas ya habían anticipado que el carácter de la niña iba a cambiar y que su tránsito hacia la adolescencia podría terminar siendo bastante tormentoso. Y acertaron. A causa de la rabia acumulada en su interior, Elizabeth comenzó a tener ataques de ira en los que destrozaba su habitación. Por momentos se volvía incontrolable y sus vaivenes emocionales desconcertaban a sus padres, no digamos ya a sus dos pobres hermanos.
Los Miller intentaron contrarrestar aquellos cambios de humor buscándole a Elizabeth amiguitas de su edad y constantemente invitaban a compañeras del colegio a casa para que su hija se sumergiera en un ambiente de preadolescencia normal. Había que evitarle la tentación de encerrarse en sí misma y de recurrir a la soledad como refugio. Y funcionó, porque Elizabeth empezó a socializar con éxito con las otras niñas.
Es más, algún efecto debió de tener aquello también sobre el aprecio a su propia feminidad, ya que finalmente sus gustos y actividades se volvieron más relacionados con los de una jovencita burguesa de su época. Aunque nunca abandonó su gusto por las actividades campestres, por los animales y por los cachivaches varios de su padre, también empezó a preocuparse por asuntos típicos de las chicas de su condición social.
Acudía con ganas a cursillos de cocina, de piano o de danza, actividad que le gustaba especialmente porque le permitía expresarse libremente con su cuerpo. Salvar su feminidad formaba parte del proceso de curación y daba la impresión de que Elizabeth empezaba a seguir una evolución positiva. Eso sí, por mucho que mejorase de puertas hacia fuera, sus heridas no habían desaparecido ni iban a desaparecer por completo jamás. Pero al menos la estaban rescatando del odio a su condición de premujer.
Hubo otros acontecimientos positivos que la ayudarían a salir adelante. Cuando tenía diez años, su madre la llevó al teatro para contemplar la gira de despedida de la legendaria actriz Sarah Bernhardt. Aquella experiencia transfiguró a Elizabeth, que desarrolló una efervescente pasión por las artes escénicas. Empezó a soñar con dedicarse a alguna tarea creativa relacionada con el teatro.

La reportera Miller en el baño de Hitler
Lo cierto es que la escuela no le interesaba demasiado; era una alumna distraída, incapaz de someterse a la disciplina de un aula. Prefería entretenerse en casa con los aparatos ópticos y fotográficos de Theodore o con los juegos de química de sus hermanos, realizando atrevidos experimentos que, por cierto, solían terminar en el más completo caos. En lugar de hacer los deberes prefería escribir historias que imitaban aquellas obras de teatro que tanto le impresionaban, como las de G. B. Shaw.
Precisamente la literatura era una de las pocas asignaturas en las que obtenía buenas notas y la afición por la narrativa fue algo que le serviría muchos años más adelante cuando se convirtiese en corresponsal de guerra. Durante sus años escolares quedó también patente su incipiente talento para las artes visuales. Pero más allá de estos intereses concretos le resultaba muy difícil adaptarse a los encorsetados límites de las escuelas católicas femeninas adonde sus padres la llevaban. Sus problemas de escolarización persistían.
Era una niña inteligente, pero no siempre resultaba fácil someterla al dictado de las necesidades académicas y únicamente aplicaba esfuerzo en aquellas materias que despertaban su interés o curiosidad, despreciando abiertamente el resto.
Aunque los años de adolescencia la hubiesen “feminizado” de manera más adecuada a los estándares del momento, aunque diese clases de piano y danza, seguía sin aspirar a convertirse en una princesita. Y eso que la lotería de los genes quiso que empezase a desarrollar una belleza excepcional. Se transformó en una jovencita de proporciones clásicas cuyo rostro recordaba a las de estrellas de cine de la época.
Los chicos de su edad, inevitablemente, comenzaron a adorarla y la consideraban intocable. Continuamente la comparaban con starletts de la pantalla y discutían si la hija de los Miller era más guapa que tal o cual actriz de moda, completamente rendidos ante ella. Porque en aquellas comparaciones, hay que decir, Elizabeth salía ganando frecuentemente y no sin motivo. Sin embargo, como de costumbre, su deslumbrante envoltorio confundía a los más incautos.
Poco podían sospechar sus admiradores la carga de oscuridad que la bella Elizabeth albergaba todavía dentro de sí; quizá motivo por el que ella no se interesaba por los chicos de su generación, que no podían ofrecerle el refugio paternal que buscaba. Además se empezaba a asfixiar en el ambiente reducido de su ciudad. Quizá eran las ansias de escapar de su oscuridad interior las que la llevaron a anhelar una vida bohemia, alejada de la disciplina de las escuelas y —a poder ser— relacionada con los escenarios.
Su creciente interés por el arte parecía estar convirtiéndose en el faro que guiaba su existencia: teatro, danza, escritura. Aunque curiosamente, y pese a la afición de su padre por las cámaras, todavía no había considerado la idea de convertirse en fotógrafa.
Los Miller fueron de vacaciones a París cuando Elizabeth tenía 17 años. Aquel viaje era todo lo que necesitaba para comprender que quería experimentar emociones nuevas más allá del provincianismo burgués de Poughkeepsie. La capital francesa la impactó como ni siquiera había podido impactarla Nueva York, ciudad con la que evidentemente estaba mucho más familiarizada.

Lee Miller fotografiada en 1928 por Edward Steichen, con un vestido de Lucien Lelong
En París descubrió un universo completamente nuevo, a lo cual contribuyó mucho una curiosa casualidad: los Miller, sin saberlo, habían reservado habitación en un hotel que era utilizado por varias prostitutas elegantes de la ciudad. Durante varios días les pasó desapercibido aquel hecho, mientras Elizabeth —que con su agudeza característica, sí se había percatado— se pasaba largos ratos asomada a la ventana, contemplando con curiosidad y divertido regocijo el trasiego de mujeres de mala reputación que entraban y salían del hotel acompañadas de sus clientes o de sus amantes.
Aquel era el París bohemio y pecaminoso del imaginario popular, el París de las novelas y de las obras de teatro, el París que cualquier estadounidense hubiese concebido en sus fantasías oníricas. Se trataba sin duda de un espectáculo fascinante para una chica de suburbio como lo era ella, el escaparate a un universo muy alejado de aquel convencionalismo burgués al que sus profesores, su madre e incluso su padre llevaban años intentando someterla. Ni siquiera su liberal progenitor podía competir con la desahogada liberalidad de los parisinos. Elizabeth sintió que su sitio estaba allí.
París era además el epicentro de la vanguardia artística mundial. Los Miller visitaron museos y exposiciones, y aquello dejó profundamente marcada a Elizabeth. El contacto con la vanguardia terminó de ayudarla a decidir su futuro: quería ser una artista, no un ejemplar de “mujercita bien” del arrabal neoyorquino. Durante aquel viaje a París conoció una importante escuela de diseño teatral dirigida por el pintor y escenógrafo húngaro Ladislas Medgyes.
Sabiendo la pasión que su hija sentía por el teatro, Theodore y Constance accedieron a matricularla por un año, pensando que sería mejor que hiciera algo de provecho en París —aunque fuese algo tan inusual como estudiar escenografía— que tenerla perdiendo el tiempo en un colegio americano.
Ella parecía ansiosa por empezar a levantar el vuelo por sí misma, algo que naturalmente encajaba como un guante con el mensaje do it yourself que Theodore Miller había inculcado a sus hijos. Elizabeth demostraba iniciativa, así que no iba a ser él quien le cortase las alas. Estaba decidido, ella se quedaría en París mientras sus padres regresaban a Estados Unidos.
Elizabeth, por descontado, no cabía en sí de gozo. Aquello era todo lo que había soñado. Las emociones de la capital francesa servían para apaciguar sus demonios internos y además alimentaban su innato instinto para la aventura y la búsqueda de sensaciones nuevas. Pero al cabo de los meses su estancia en la escuela dio un giro inesperado. El director, el famoso Medgyes, era un consumado seductor y naturalmente no pudo evitar fijarse en su joven y bella alumna.
No le resultó demasiado difícil deslumbrarla y al parecer ambos se embarcaron en un inapropiado idilio. Que no iba a durar, quizá porque los rumores cruzaron el charco y llegaron hasta los padres de Elizabeth, quienes la retiraron inmediatamente de la escuela, obligándola a volver a Estados Unidos. Una cosa es que su hija descubriese una sexualidad sana y normal, y otra muy distinta que se liase con un profesor mucho mayor que ella. Así que la aventura parisina había terminado… de momento.
Para entonces, sin embargo, Elizabeth ya había disfrutado de los placeres de París, incluidos el romance y un sexo sin traumas. Si su madre aún albergaba alguna esperanza de transformarla en una señorita como Dios manda —aunque probablemente ya había desistido a aquellas alturas— podía ir olvidando el asunto. La vena artística y bohemia de Elizabeth había despertado definitivamente y tras su retorno a Nueva York seguía decidida a convertirse en artista, de la manera en que fuese posible, aunque todavía no sabía exactamente cómo.

Uno de los desnudos de Lee Miller, ya en los años treinta.
Desde luego necesitaba nuevas emociones, porque en cuanto su vida bajaba de intensidad volvía a caer presa de las viejas angustias.
Según sus propios recuerdos, durante aquella época albergó incluso pensamientos de suicidio.
Pero fue entonces cuando Vogue apareció en su vida, iniciando una meteórica trayectoria que la convirtió en una de las primeras top models de la historia pero que también terminaría llevándola a cubrir desde primerísima línea los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
Ya todo el mundo sabía que Elizabeth era guapa, pero iban a descubrir que también poseía un tremendo talento artístico y literario, además de un valor que era —literalmente— a prueba de bombas.
En la segunda parte contaremos cómo pasó de la portada de Vogue a dormir en la cama de Hitler tras haber contemplado con sus propios ojos, entre otros muchos espantos, el infierno de los campos de exterminio nazis.
Tras unos meses de libertad en París y muy a su pesar, Elizabeth Miller tuvo que regresar a Estados Unidos cuando —según parece— sus padres se enteraron de que estaba manteniendo un idilio con el director de la escuela de escenografía.
Así, parecía desvanecerse su sueño de llevar una vida bohemia. Sin embargo los Miller podían apartar a Elizabeth de París pero no podían apartar al mundo de la belleza de Elizabeth.
A los 19 años su hija seguía llamando la atención por donde quiera que pasara y visitando tanto Nueva York, muy cercana a su hogar familiar, era solamente cuestión de tiempo que algún cazatalentos terminase fijándose en ella.
Después de que el editor de Vogue la descubriera en plena calle para hacerla debutar como modelo, no pasó demasiado tiempo hasta que apareció en la cubierta de la revista (aunque retratada en dibujo, ya que por entonces no se estilaba la fotografía de portada) y convertirse en uno de los rostros más cotizados de Nueva York, posando para algunos de los mejores fotógrafos de moda del planeta.
Era la gran estrella de Vogue. Su carrera como modelo fue breve pero extraordinariamente exitosa. De repente se convirtió en una starlett del mundillo y sus bellísimo rostro aparecía en todas partes: portadas, carteles, anuncios. Vogue la transformó en un icono estético; sus rasgos eran el canon de perfección de los años 20 y recordaban también a los cánones del arte clásico o renacentista.
No obstante, aquella carrera de modelo no estada destinada a durar y de hecho empezó a tambalearse a causa de un escándalo que hoy puede parecernos un tanto inexplicable, por no decir ridículo, pero que en su tiempo fue bastante sonado. Vogue cedió una fotografía de Elizabeth a la empresa Kotex para ilustrar la campaña publicitaria de unas compresas íntimas femeninas. De este modo, Elizabeth Miller fue la primera mujer que aparecía en un anuncio de compresas.
Dado que la revista era propietaria de los derechos de la foto y no necesitaba el permiso de la modelo para cederla, cuando se lanzó la campaña y salió publicado el anuncio con su imagen Elizabeth se quedó atónita, mortificada por verse convertida en el epicentro de la polémica. La prensa nunca había tratado tan abiertamente el tabú de la higiene femenina o la menstruación, y muchos estadounidenses de los sectores más conservadores protestaron por aquella campaña.
Sin embargo, el disgusto inicial de Elizabeth pronto se transformó en orgullo porque, como muchas mujeres jóvenes de su generación, aspiraba a un mundo en el que su sexo gozase de más libertades, donde se pudiesen tratar los asuntos de la intimidad femenina con mayor naturalidad. Finalmente, pese al enorme revuelo que se había organizado, terminó sintiéndose satisfecha por el papel que había cumplido en la causa feminista apareciendo en aquella campaña publicitaria.
De todos modos, el que aquel escándalo afectase a su carrera como modelo le importaba ya bien poco. En las sesiones que hizo para Vogue había descubierto su nueva vocación: la fotografía. Durante los tres años en los que estuvo posando para algunos de los más reputados profesionales de la cámara se había familiarizado con las técnicas fundamentales de la fotografía y su impulso artístico, siempre alerta, la llevó pronto a imaginarse en el otro lado del objetivo. Comenzó a interesarse por los secretos del oficio, ametrallando con preguntas a los mismos individuos para los que posaba.
Quienes la retrataban se sentían sumamente sorprendidos por la voraz curiosidad de aquella modelo que no se limitaba a dejarse fotografiar, cobrar su dinero e irse, sino que quería conocer hasta el último secreto del procedimiento técnico utilizado. Para colmo, podían comprobar que estaba muy familiarizada con la vanguardia artística del momento y que, aun siendo una diletante en la materia, conocía bien el trabajo de algunos fotógrafos de vanguardia.
Por estos motivos Elizabeth no se preocupó excesivamente cuando su estatus como modelo empezó a peligrar a causa del escándalo de las compresas Kotex. Estaba ya decidida a regresar a Francia para ser fotógrafa. Su plan era el de convertirse en aprendiz del estadounidense Man Ray, un fotógrafo modernista residente en París cuyo trabajo ella admiraba enormemente. Definitivamente intoxicada por el ímpetu creativo, cortó en seco con su exitosa etapa como top model y abandonó Nueva York con rumbo a Europa.

Fotografiada a su regreso a Nueva York, a bordo del S. S. Ile de France en 1932
Por entonces tenía 22 años e independencia económica, así que sus padres tenían ya poco que opinar al respecto.
De vuelta en París no le costó salirse con la suya. Aunque Man Ray era conocido por negarse una y otra vez a aceptar ayudantes o aprendices, a fin de cuentas era un hombre… y en cuanto una Elizabeth Miller de 22 años se plantó ante él diciendo “a partir de hoy seré tu alumna”, no supo decir que no.
Así, ella se convirtió no solamente en su alumna, sino también en su amante y su musa.
Fue por entonces cuando decidió empezar a usar su segundo nombre —“Lee”— para presentarse en el mundillo artístico, en lugar de seguir haciéndose llamar Elizabeth.
Lee Miller sonaba a nombre masculino y era precisamente esa ambigüedad lo que le gustaba de su nueva identidad.
También creía que con ese nombre le resultaría más fácil abrirse camino en un mundo donde las mujeres tenían que sortear muchos más obstáculos que los varones.
Lee avanzó velozmente en su aprendizaje y reunió bagaje técnico suficiente como para convertirse en una auténtica fotógrafa profesional con personalidad propia, aunque cabe decir que su papel como ayudante de Man Ray no obtuvo el suficiente crédito en su momento.
Cierto es que Man Ray la fotografiaba constantemente y nos ha dejado algunos de los más espléndidos retratos de la joven Lee Miller —incluyendo unos cuantos desnudos bastante atrevidos para su época— por los que convirtió en una musa de la vanguardia parisina. Pero en realidad su contribución al trabajo de Man Ray iba mucho más allá de posar para él y del papel de modelo que muchos le seguían atribuyendo.
Era bastante más que una simple modelo. Por ejemplo, tomó unas cuantas fotos que Man Ray firmó como suyas. También se le atribuyó a Man Ray la invención de una importantísima novedad técnica —la solarización— que en realidad fue descubierta por Lee. Pero a ella no le importó trabajar en la sombra, por lo menos al principio, mientras sentía que estaba progresando en su aprendizaje.
Además, a través de Man Ray empezaba a codearse con la plana mayor del mundillo artístico del momento: Max Ernst, Salvador Dalí, André Masson, Joan Miró, y muy especialmente Jean Cocteau y Pablo Picasso, con quien terminaría cultivando una muy buena amistad (es más, ¡Picasso pintó varios retratos de Lee!).
Eso sí, sus deseos de aparecer ante la cámara parecieron renovarse, incluso llegó a ejercer como actriz de cine. Su paso por el séptimo arte fue fugaz pero reforzó su papel como musa oficial de aquella generación de artistas.
Jean Cocteau estaba preparando una película y buscaba una actriz de ciertas características físicas poco comunes —debía encarnar a una estatua griega que cobra vida—, cuando al entrar en un restaurante frecuentado por la intelectualidad parisina vio a Lee sentada junto a Man Ray.
Quedó inmediatamente prendado de Lee; aquella era la chica que él necesitaba para su film. Fingiendo un tono casual, Cocteau le contó a Man Ray sobre su nuevo largometraje y preguntó “¿no conocerás a nadie que quiera hacer una prueba de cámara?”, refiriéndose inadvertidamente a Lee.
Ella no dijo nada en ese momento, porque sabía que a Man Ray no le haría demasiada gracia verla trabajando para Cocteau, pero eso, como de costumbre, no la detuvo. Tras pensarlo un tiempo se dirigió al cineasta y fue ella misma quien se ofreció para participar en su proyecto. Encantado, Cocteau le cedió un papel en la película La sangre de un poeta. Aquello colmaba la vieja afición de Lee por las artes escénicas.
Además, gracias a aquella colaboración cinematográfica hoy podemos contemplar a la joven Lee Miller de su etapa parisina en movimiento. Lo cual, desde luego, es de agradecer.

En 1944, fotografiada por su amigo David E. Scherman durante la liberación de Rennes.
Bien pudo haberse ganado la vida en el cine tras aquella experiencia, pero la fotografía ya se había convertido en su primera y principal pasión. Después de tres años junto a Man Ray se atrevió a abrir un estudio fotográfico en París, bajo su propio nombre, para tratar de establecerse como una artista reconocida entre los grandes creadores de la vanguardia local. Aquello coincidió con el final del romance con su compatriota.
Lee tenía solamente 25 años pero ya había aprendido los secretos del oficio y estaba consiguiendo desarrollar un lenguaje propio que era muy apreciado por sus pares. Sin embargo, tras romper su relación con Man Ray pareció cansarse de París, le entró la morriña de su tierra y decidió regresar a Estados Unidos. Tras establecerse en el centro de Nueva York abrió otro estudio fotográfico y pronto atrajo una selecta clientela que apreciaba mucho sus exquisitos retratos, además de acudir a ella atraídos por aquella reputación que le confería haberse movido entre la flor y nata del mundillo artístico mundial.
Posaron para ella personajes de todo tipo, incluyendo unas cuantas celebridades, y aunque el retrato no era exactamente el tipo de fotografía al que ella espiraba, sí le permitía vivir cómodamente. El éxito le sonreía de nuevo y ahora volvía a ser una estrella, solo que al otro lado de las cámaras. Su vertiginosa evolución cortaba el hipo; curtida en el París de las revoluciones artísticas y con apenas 26 años de edad, en poco más de un lustro había pasado de ser una de las modelos más cotizadas del planeta a erigirse como una fotógrafa de prestigio internacional.
En aquellos tiempos en los que mucha gente pensaba que lo mejor que podía hacer una chica guapa era sacarle partido a su belleza, Lee Miller había optado por terminar valiéndose únicamente de su talento. A una edad insultantemente joven estaba encaramándose a la cima de una profesión que apenas llevaba cuatro años ejerciendo. Sus padres podían sentirse bien orgullosos.
Precisamente por todo esto resultó tan chocante el que apenas un par de años después de haberse abierto un hueco entre los retratistas neoyorquinos preferidos de los famosos, cerrase repentinamente su estudio —que marchaba viento en popa— y abandonase su brillante carrera como retratista para casarse con un hombre de negocios egipcio, Aziz Eloui Bey. La maniobra desconcertó por completo a su círculo, porque Lee ya había conseguido lo más difícil —esto es, transformarse en una artista autónoma siendo mujer y teniendo un pasado como modelo— y había cumplido sus sueños de adolescencia.
Sin embargo ahora abandonaba la profesión y se marchaba a vivir a El Cairo, aparentemente convertida en la guapa mujercita-florero de un ricachón egipcio. Quizá estaba buscando una figura paternal en la que refugiarse de sus inseguridades interiores o quizá sencillamente le apetecía casarse y le atraía la idea de vivir en un país tan exótico. Sea como fuere, Lee Miller terminó haciendo lo que quería, como casi siempre, por mucho que nadie la pudiese entender.
Sin embargo, su nueva relación pronto la decepcionó. Egipto no era un lugar en el que ella pudiera ser feliz. Aunque gozaba de las mismas libertades que una mujer estadounidense de su tiempo gracias a que su nuevo marido tenía una mentalidad bastante moderna y occidentalizada, el modo de vida de los egipcios le desagradaba considerablemente. No le gustaba el modo en que las mujeres eran sometidas y obligadas a llevar una existencia en la sombra.
Aunque ella pudiese viajar por el país y visitar naciones limítrofes con total autonomía, muchas egipcias apenas eran más que una posesión de sus maridos, lo cual hería la sensibilidad occidental y progresista de la estadounidense. Tampoco soportaba la crudeza del clima local, aunque no tuvo inconveniente en adentrarse en el desierto del Sahara, impulsada por su inextinguible afán de aventuras. Sin embargo, una vez consumidos los encantos del paisaje apenas quedaba nada en Egipto que la estimulase.

Después de haber vivido el esplendor de la modernidad y la intelectualidad en Nueva York y París,
El Cairo le aburría soberanamente.
¿Qué pintaba una artista tan inquieta como ella ejerciendo el discreto papel de esposa con la pata quebrada en un país al que no parecía capaz de adaptarse?
Evidentemente, por más que el enamoramiento o la necesidad emocional la hubiesen arrastrado hacia allí, la artista que había en su interior no había desaparecido y sus horas en Egipto estaban contadas.
Curiosamente, pese a haberse retirado oficialmente de la profesión y estar alejada del mundillo artístico, fue en Egipto donde realizó algunas de sus más famosas fotografías.
Aprovechaba las peculiaridades del paisaje local para, utilizando las formas concretas de la realidad circundante, componer esquemas abstractos que aunque basados en la realidad, paradójicamente llegaban a parecer irreales.
Como por ejemplo las fotografías que tomó desde lo alto de la gran pirámide, en las que podíamos ver proyectada la sombra del monumento sobre un paisaje que quedabarepentinamente convertido en una inesperada composición cubista.
O muy especialmente la celebérrima Retrato del espacio, aquella fotografía del desierto visto desde el interior de una tienda de campaña, imagen que parecía estar planificada según los patrones de la vanguardia surrealista pictórica y que tenía tanta fuerza que llegó a inspirar un cuadro de René Magritte.
Aquella fotografía despertó numerosos comentarios de admiración una vez fue expuesta (sus fotografías, todo sea dicho, muy raramente aparecían en exposiciones). Incluso convertida en una mujer de su casa sin oficio ni beneficio, Lee Miller seguía siendo capaz de dejar su huella en las principales corrientes artísticas del momento. Quienes la conocían no dejaban de preguntarse por qué desperdiciaba su talento vegetando en África.
Pero como decíamos su sitio no estaba en El Cairo y al cabo de tres años ya estaba harta. Durante un breve viaje a París conoció al pintor inglés Roland Penrose y volvió a enamorarse. Abandonó a su marido y se marchó definitivamente de Egipto. Pasó por Francia, donde Pablo Picasso hizo varios retratos de ella al mismo tiempo que elaboraba su grandioso Guernica.
Después de inspirar varios cuadros de uno de los pintores más importantes de la historia, se marchó al Reino Unido para vivir junto a su nueva pareja. Volvió al trabajo cuando la edición británica de Vogue se interesó por sus servicios, aunque ahora ya no era la modelo de portada sino una de sus más importantes fotógrafas.
Tras un periodo de relativa calma personal en Inglaterra sucedió algo que encauzaría su destino y la dejaría marcada para siempre: estalló la Segunda Guerra Mundial y el Reino Unido se vio metido de lleno en el enfrentamiento contra la Alemania nazi. El director de Vogue le encargó diversos reportajes centrados en la contribución femenina al esfuerzo de guerra británico y Lee comenzó a elaborar artículos en los que no solamente ejercía como fotógrafa sino donde también escribía el texto.
Como fotógrafa ya era muy admirada, pero también como redactora obtuvo reconocimiento a causa de la viveza y detallismo de sus narraciones. Su aguda mirada iba más allá de lo meramente visual y el estilo sumamente personal de aquellos reportajes le ganó el respeto de muchos periodistas. Había descubierto una nueva vocación, hasta el punto de que cuando comenzaron los bombardeos alemanes sobre Londres y las cosas se estaban poniendo feas en Inglaterra, su familia estadounidense le suplicó una y otra vez que regresara a América para evitar el peligro… pero ella se negó.
Se sentía completamente absorbida por su nuevo trabajo periodístico, en el que además estaba rompiendo moldes. Sus fotografías de guerra, especialmente, plasmaban no solamente los efectos de los bombardeos desde una perspectiva documental sino que demostraban que seguía arreglándoselas para encontrar encuadres pintorescos y enfoques inusuales en los rincones más insospechados. Su objetivo no siempre se centraba en lo truculento, aunque lógicamente no faltase material de ese tipo después de los bombardeos.
Muchas veces prefería evitar mostrar imágenes demasiado crudas y buscaba elementos simbólicos o con dobles interpretaciones: la interpretación periodística por un lado y la interpretación puramente estética por otro. Su habilidad a la hora de combinar ambos aspectos la convirtieron en una de las grandes fotógrafas de guerra en aquella Inglaterra sobre la que llovían las bombas.

Lee Miller hablando con varios soldados durante la liberación de Rennes, en agosto de 1944
Por ejemplo, una de sus fotografías más célebres de esa época, La capilla inconformista, mostraba una iglesia en la que un montón de escombros emergía de la entrada casi a modo de vómito; era una imagen que mostraba la realidad sin retoques, pero el modo de aproximarse a esa realidad hizo que muchos la considerasen una imagen surrealista más que una simple estampa de reportera.
No menos surrealistas eran sus retratos de personas con máscaras antigás, o la —hoy prototípica— imagen de unas muñecas entre los escombros de un edificio. Lee Miller no había dejado de ser una artista de vanguardia por el hecho de estar dedicándose al reportaje de guerra y aquello podía comprobarse con cada uno de sus trabajos para la Vogue británica.
Su labor no pasó desapercibida en su país natal; también la edición americana de Vogue —para la que había aparecido en portada más de una década atrás— empezó a publicar sus artículos. Es más: el mismísimo ejército americano había ojeado su trabajo y cuando los Estados Unidos entraron en guerra tras el bombardeo de Pearl Harbor y empezaron a planear una intervención en Europa, las fantásticas crónicas de Lee Miller le valieron una de las escasas licencias como corresponsal oficial de guerra que concedía la US Army.
Aquello supuso una rara distinción que habla muy mucho del aprecio en que se tenía su trabajo. A sus 37 años todavía parecía una estrella de Hollywood, pero ahora posaba orgullosamente con el uniforme de corresponsal estadounidense. Estaba a punto de alcanzar el cenit de su carrera, además de experimentar los años más intensos de toda su vida mientras acompañaba a las tropas americanas durante el asalto a la Europa ocupada por los nazis. Justo tras el desembarco de Normandía experimentó el primer contacto con los hospitales de campaña, donde realizó reportajes conmovedores.
Le marcó especialmente un soldado afectado por horribles quemaduras que estaba completamente vendado. El desdichado soldado le pidió entre risas que lo fotografiase, para ver “qué pinta tan graciosa tengo”. A Lee le impresionó el buen ánimo del chico, que era capaz de mostrarse alegre incluso en mitad del tremendo dolor. Le sacó una foto, pero el soldado murió poco después. Por edad, ella ya era bastante mayor que la mayoría de los soldados, a muchos de los cuales podía ver casi como a hijos, y no pudo evitar apiadarse dolorosamente del muchacho.
Pero la entereza de aquel soldado le hizo comprender que si quería estar allí, ejerciendo como testigo directo de los hechos, tenía que ser dura. Y lo fue. Pronto se hizo notar por su valor, por su predisposición a experimentar las mismas privaciones e incomodidades de los combatientes y, todo sea dicho, por la cantidad de palabras malsonantes que soltaba continuamente al hablar. La antigua top model parecía tanto o más ruda que muchos de los soldados que la rodeaban. Se ganó el respeto de todos ellos.
Su licencia como corresponsal únicamente le permitía marchar con las tropas en zonas pacificadas y supuestamente despejadas de presencia enemiga. Siendo corresponsal oficial, reconocida fotógrafa y mujer, los mandos militares no querían arriesgarse a que perdiese la vida mientras se encontraba bajo su protección. Así que, en un principio, Lee Miller viajaba con la segunda línea del avance, evitando el contacto directo con el enemigo.
Sin embargo, durante el inicio del avance aliado por el norte de Francia alguien cometió un error garrafal y puso su dedo en el punto equivocado del mapa, declarando como “despejada” una zona en la que todavía quedaban tropas alemanas atrincheradas. Lee Miller iba acompañando a un batallón de infantería en segunda línea y teóricamente debía documentar la liberación de una ciudad ya pacificada, pero cuando quiso darse cuenta se encontró metida de lleno en primera línea del combate.

Lee Miller junto a varios soldados norteamericanos
Ahora, de repente, era testigo directo del enfrentamiento entre soldados alemanes y estadounidenses, sacando fotos mientras las balas silbaban a su alrededor y se producían explosiones en los lugares más imprevisibles, amenazando con hacerla pedazos en cualquier instante.
Se estaba jugando la vida como un soldado más. Baste decir que en algunas de aquellas fotografías quedó plasmado el primer uso de un nuevo arma experimental, aunque en su momento Lee no supo exactamente qué era aquello que producía tanto humo: se trataba de napalm.
Semejante experiencia en el frente le hizo entender que no cualquier fotografía podía aspirar a reflejar, siquiera en parte, la cruda realidad de un conflicto bélico. Descubrió que si quería ser una corresponsal veraz no podía poner distancia entre ella y la guerra. Si estaba allí para arriesgarse a recibir un balazo, se arriesgaría, y pronto el uniforme de corresponsal se convirtió en algo más que en un mero símbolo porque Lee Miller había decidido que era capaz de vivir en el frente.
Para colmo, a medida que se adentraba en el continente sus fotografías se iban tornando cada vez más francas, descarnadas y directas, porque aumentaba la magnitud de los horrores que iba encontrando en su camino. Y eso que, como decíamos, generalmente evitaba mostrar directamente las visiones más truculentas, pero incluso en sus fotografías más aparentemente “neutras” conseguía reflejar la tristeza y desolación del conflicto.
Su talento para captar el simbolismo en los objetos y rincones más inesperados era sensacional. Al mismo tiempo, su propio rostro iba mostrando progresivamente las marcas que la guerra estaba dejando en su espíritu. Se estaba dejando lo que le quedaba de juventud en el frente y en algunos momentos del avance podemos verla con el rostro abotargado, profundas ojeras y la mirada perdida en el infinito.
Eso sí, como estaba acostumbrada a sufrir desde muy pequeña, era una mujer capaz de adaptarse a las tremendas incomodidades y peligros del frente, sin que las tropas a las que acompañaba tuvieran que perder tiempo en intentar protegerla o acomodarla. Por entonces había muy pocas corresponsales de guerra femeninas, pero entre ellas ya cumplía un papel excepcional, porque era la única que vivía los combates desde dentro.
Existe una curiosa fotografía en la que posan varias corresponsales femeninas, y más allá de comprobar que Lee Miller seguía siendo capaz de lucir un uniforme con la prestancia de una maniquí, lo realmente interesante es que es una de las pocas fotografías donde no la vemos posando conscientemente —costumbre adquirida en sus años como modelo— y donde aparece con una expresión más natural. Y en esa fotografía no es su modo de lucir el uniforme lo que más la distingue de las demás corresponsales femeninas.
Los años en que llamaba la atención a causa meramente su belleza quedaban atrás; ahora, mientras las otras corresponsales sonreían, eran la profundidad de su mirada, su expresión ausente y su rostro castigado lo que la hacían destacar. Porque ella era la única mujer corresponsal que verdaderamente estaba en primera línea. Los horrores de la guerra, pùes, se dejan traslucir en su gesto.

David E. Scherman, vestido para la guerra, Fotografía de Lee Miller. Londres, 1942
Cierto es que también fue testigo de momentos eufóricos como por ejemplo la liberación de París, donde se reencontró con Picasso y ya de paso hizo la que quizá sea una de las fotografías más impactantes y originales jamás tomadas de la torre Eiffel (que lo es precisamente porque la torre Eiffel apenas puede verse, oculta entre una niebla que simbolizaba la antigua ocupación).
Pero también en aquellos escenarios de alegría tras la liberación demostró su agudeza psicológica y supo captar lo que había más allá de los titulares trinfalistas, recogiendo a la perfección el desencanto de las poblaciones liberadas, un desencanto que la propaganda procuraba ocultar.
En sus reportajes sobre aquellas zonas antiguamente ocupadas por los nazis, Lee se preocupó de transmitir la idea —generalmente obviada por la prensa más triunfalista— de que tras la alegría inicial los liberados se encontraban con la desagradable realidad de la posguerra, donde la vida no resultaba nada fácil, donde quedaban secuelas muy desagradables de la ocupación y el conflicto.
Conforme Lee veía más y más adentro de la guerra, sus crónicas y fotografías empezaron a ser más escépticas respecto a los mensajes de victoria, y más apegadas a una realidad fea e inconveniente que no se parecía en nada a lo que narraba la propaganda bélica. Y eso que todavía le quedaba por presenciar algunas de las más bajas y oscuras simas de la historia europea y mundial:
No hay duda de que los civiles alemanes sabían lo que estaba pasando. El tren que va hacia el campo de Dachau atraviesa un pueblo, con vagones repletos de deportados muertos o moribundos. No suelo sacar fotografías de los horrores. Pero no creo que aquí haya una ciudad o una zona que no estén repletas de ellos. Espero que en Vogue piensen que estas fotografías son publicables. (Lee Miller, en un telegrama desde Alemania poco antes de la rendición nazi)
Durante la guerra trabó amistad —y parece que algo más— con su compatriota David Scherman, fotógrafo que ejercía como corresponsal para la revista Life. Él es responsable de algunos de los registros visuales más ilustrativos de la propia Lee Miller con uniforme, y también de algunos de los recuerdos más vivos de la evolución personal de la fotógrafa durante aquella andadura europea.
Conforme los aliados ganaban terreno al Tercer Reich y se adentraban en territorio alemán, Lee pudo ver que los horrores de la guerra se presentaban in crescendo. Empezó a pensar que la realidad le proporcionaba un material que sobrepasaba con mucho los límites de crudeza que una revista estaría dispuesta a publicar y de hecho sus fotografías comenzaron a poner a prueba la flexibilidad editorial de los países aliados, como comentaremos un poco más adelante.
Lee también empezó a mirar con disgusto a los alemanes, que se habían dejado someter por el régimen de los camisas pardas. Consideraba al pueblo alemán un “pueblo de esquizofrénicos”, de gentes que habían sido cómplices —cuando directamente no esbirros— del régimen de Hitler.

Foto del reencuentro de Picasso y Lee Miller en 1944 tras la liberación de París. Ella llegó como reportera con el Ejército de los EE UU
A medida que descubría nuevas evidencias de la barbarie hitleriana, su actitud se tornó más y más germanófoba. Su odio al régimen nazi se tornó tan vehemente que impresionaba incluso a los propios soldados americanos a los que acompañaba. Aunque lo cierto es que en su trabajo fotográfico seguía siendo objetiva.
Por ejemplo, pese a su profundo desprecio hacia los colaboracionistas, no tenía inconveniente en retratarlos como víctimas de la venganza de sus conciudadanos y mostraba en sus fotografías el terror y la súplica de aquellos que ahora eran considerados traidores e iban a sufrir un destino terrible. En lo personal no se apiadaba de ellos, pero su cámara sí lo hacía por ella. Lee Miller siempre consentía que la cámara hablase por sí misma.
Uno de los momentos más duros fue el de la llegada a los campos de exterminio como el de Dachau, donde fotografió los escuálidos cuerpos de las víctimas que se apilaban formando unos montones que —de nuevo— solamente podían calificarse como “surrealistas”, aunque esta vez de una manera todavía más descorazonadora y deprimente. Su reportaje gráfico sobre aquel campo de exterminio era tan duro que la edición británica de Vogue se negó a publicarlo, tal era el impacto de las fotografías que envió. Sin embargo, pese a la crudeza de aquellas imágenes, sí vieron la luz en la edición americana de Vogue.
Lee Miller sabía que aquellas imágenes parecían irreales y que muchos lectores estadounidenses podrían dudar de su veracidad, tomándolas como un montaje destinado a afear al régimen de Hitler. Pero como ella lo había visto todo con sus propios ojos insistía en que los lectores lo contemplasen todo tal y como ella lo estaba contemplando, sin edulcorarlo. Insistía en que, por difícil de asimilar que pareciese, los lectores fuesen conscientes de que aquello era lo que había estado sucediendo en el corazón de Europa.
Las impactantes fotografías de cadáveres de judíos y otras víctimas de los nazis iban acompañadas de un expresivo pie de foto escrito por ella misma, un pie de foto que simplemente decía: “¡Créanselo!”
El paso de Lee Miller por la guerra la cambió por completo. Gracias a su cámara sabemos cuáles fueron muchas de las cosas que presenció. Retrató a prisioneros que pedían clemencia después de una paliza. Retrató a niños moribundos. Retrató a cadáveres de todas las edades y condiciones, desde bebés hasta antiguos colaboracionistas o miembros de los regímenes locales que se habían suicidado para evitar las represalias.
Retrató a hombres con terribles heridas. Vio ejecuciones sumarias de importancia histórica, como la del primer ministro húngaro fascista Ferenc Szálasi. Vio a los famélicos supervivientes de los campos de concentración, que parecían fantasmas de mirada vidriosa. Pero nunca dejó de ser una artista. Compuso algunas de las imágenes más bellas que jamás se hayan realizado de la muerte, como aquella de un soldado hundido en el agua que parece rememorar la famosa Ofelia de Millais.
También nos dejó algunos de los retratos más significativos de ella misma. Su visceral odio hacia el régimen nazi no hacía más que crecer y cuando los aliados llegaron al corazón del Tercer Reich pudo vengarse de la forma más elegante imaginable, muy propia de su acerado sarcasmo: estuvo en los antiguos aposentos del mismísimo Adolf Hitler —quien todavía estaba vivo, aunque refugiado en su búnker de Berlín— e hizo que David Scherman la fotografiase metida en la bañera que hasta no mucho tiempo atrás había pertenecido al Führer.

Theodore y Lee Miller
Pocos testimonios visuales escenificaron la victoria aliada con tanta ironía y finura… una antigua modelo estadounidense remojándose en la tina de Adolf Hitler.
Según la opinión de muchos, aquella corresponsalía de guerra supuso la cima profesional e incluso artística de Lee Miller como fotógrafa, y eso que su contribución previa a la vanguardia no había sido nada desdeñable.
Pero fue el conflicto bélico lo que la impulsó a llevar su lenguaje visual al máximo, a exprimir su vocabulario para adaptarse a las necesidades de un entorno extremo y repleto de espantos inimaginables.
Pocos periodistas captaron la esencia de la guerra con tan fascinante combinación entre sangrante realismo y sublime mirada artística.
Sus estampas de guerra, sin dejar de resultar estéticamente bellas, contienen un mensaje poderosísimo que era producto de lo que ella misma estaba presenciando y sintiendo.
El duro periplo posterior al desembarco parecía haberla endurecido y haber extraído los elementos más afilados de su carácter.
Contrariamente a la frialdad académica de sus maestros, Lee Miller desarrolló un lenguaje visual explosivo que parecía surgir directamente de sus entrañas. Sus fotografías ya no esperaban pasivamente la contemplación del espectador, como había sucedido por ejemplo con las imágenes de su maestro Man Ray.
Ahora sus fotos se lanzaban a por la yugular del espectador de una manera picassiana, y además con una considerable carga emocional en la que a veces no faltaba incluso una forma bastante afilada de ironía. Y no por ello perdían la voluntad de conseguir el equilibrio estético, de producir belleza.
La verdad es que resulta intrigante imaginar qué hubiese podido hacer Lee Miller de haberse decidido a iniciar una carrera como directora de cine.
Sí, probablemente en aquellos tiempos era una utopía que una mujer se dedicara a rodar grandes películas, pero la imaginería de Miller posee la agresiva geometría y el perfeccionismo obsesivo de un Kubrick, o el olfato para la poesía inesperada de un John Ford o un David Lean. Incluso el dinámico poder de seducción de un Hitchcock. Y sobre todo, sabía cómo transformar la tragedia en arte.

Dora Maar, Pablo Picasso y Lee Miller en 1937.
Paradójicamente —o tal vez deberíamos decir que comprensiblemente— aquella cumbre profesional fue seguida por un momento personal bastante oscuro. Cuando Alemania se rindió tras el suicidio de Hitler, Lee Miller volvió a Inglaterra junto a Roland Penrose… y entonces se vino abajo.
Había pasado varios años acompañando a las tropas como una más, contemplando los horrores de la guerra en primera persona. Y ahora había dejado el frente para retornar a la agradable casa de campo en la que vivía Penrose. Pero el contraste no podía por menos que hacer aflorar toda aquella oscuridad acumulada en su interior durante el conflicto, que se había combinado con las antiguas pesadillas de su infancia.
Empezó a manifestar los síntomas del síndrome de estrés postraumático, ese que convierte en un infierno la vida de muchos antiguos combatientes. Demasiadas heridas abiertas a sumar a las viejas heridas de su pasado, y todas ellas consiguieron que su espíritu se quebrase. Lo que había visto y vivido era demasiado, resultaba imposible de asimilar sin desestabilizar emocionalmente a una persona.
Empezó a sufrir episodios de depresión clínica en los que retornaban sus antiguos pensamientos suicidas. Combatía aquellos sentimientos con la bebida. Era como una excombatiente que no sabía cómo readaptarse a la vida civil aunque hubiese estado anhelando la paz.
Se estaba derrumbando entre borracheras. También se desencantó con su profesión. Aunque la revista Vogue seguía interesada en contar con sus servicios porque sus crónicas bélicas le habían ganado una considerable reputación como periodista de primera línea, ahora todo proyecto le sabía a poco. El giro de Vogue hacia temas más propios de la paz y enfocados sobre todo a la moda no le servía de estímulo.

Lee Miller (segunda por la derecha) con otras corresponsales femeninas. Fue la única en estar en primera línea.
Mientras peleaba por superar el alcoholismo y la desesperanza, descubrió —a sus 40 años— que estaba embarazada de Roland Penrose. Todavía legalmente casada con el egipcio Aziz Eloui Bey, al que había abandonado bastantes años atrás, se apresuró a firmar el divorcio para casarse con el padre de su futuro hijo. Pero aquel matrimonio se convirtió poco menos que en una farsa, en una repetición distorsionada del matrimonio de sus propios padres.
Además Lee Miller perdió el rumbo profesional y sus reportajes fueron cada vez más escasos. El último se publicó en 1953, que podemos considerar como año oficial de su retiro definitivo. A partir de ahí se contentó con ejercer como ama de casa, madre y anfitriona de la nutrida vida social de su marido, que recibía numerosas visitas en su agradable casa de la campiña británica. Pero quizá “contentarse” no sea el verbo adecuado.
Lee continuó bebiendo para combatir la infelicidad y el hogar fue escenario de no pocos enfrentamientos feroces, producto del creciente desinterés de él por la relación y de los cada vez más incontrolables cambios de humor de ella, tormentas propias de una personalidad explosiva que Roland Penrose no sabía ni quería tener que saber manejar. Lee estaba consumida por la pesadilla de la guerra pero no compartía con su marido aquellos horrores que la habían dejado marcada para siempre, así que se sentía más y más sola.
Entretanto, su marido mostraba nula disposición para ayudarla a descargarse de esos traumas, entretenido como estaba con diversas relaciones extramatrimoniales que cultivaba cada vez más frecuentemente a medida que la relación con la madre de su hijo se venía abajo. Penrose, además, se estaba transformando en un artista muy reputado mientras que ella, una de las artistas punteras de la antigua vanguardia, ejercía ahora como comparsa en el imparable ascenso profesional de su marido.
Lee era muy consciente del papel de florero que estaba ejerciendo y lo afrontaba con su sarcasmo característico: burlonamente se hizo llamar “Lady Lee” cuando a él lo nombraron Caballero del Imperio Británico. Mientras tanto, su propio legado artístico y periodístico iba quedando enterrado en el olvido. Pero el matrimonio no se deshizo. De algún modo, lograron mantener las formas de cara al exterior y continuar adelante con la farsa.
Pese al prestigioso estatus social del apellido Penrose en el Reino Unido, Lee nunca abandonó su feroz espíritu de liberal estadounidense. Al contrario que otras damas de su condición, trataba a los grandes artistas y potentados que recibía en su casa exactamente igual que a los empleados del servicio, o viceversa. Detestaba el esnobismo.
Ella había conocido y cultivado amistad con unos cuantos de los más importantes artistas e intelectuales del siglo XX, así que poco podía impresionarla la actitud soberbia de aquellos pijos ingleses tan propensos a la presunción. Le molestaba especialmente que algunos amigos británicos de su esposo mostrasen un abierto desprecio hacia los estadounidenses de a pie (categoría en la que por supuesto no la incluían a ella, porque ella era una americana “chic” y una antigua artista, además de estar casada con un inglés).
Una anécdota ilustrativa: durante una cena elegante compuesta de exquisitos platos, uno de aquellos estirados ingleses se permitió el lujo de hacer comentarios despectivos acerca del estilo de vida del norteamericano medio, el típico John Smith que se pasaba el día devorando hamburguesas y bebiendo Coca Cola. A Lee no le hacían ninguna gracia aquellas ínfulas de superioridad británica, así que se levantó, se fue a la cocina y regresó portando orgullosamente un helado y una Coca Cola para terminar su cena. Exactamente el mismo tipo de ironía afilada de aquellas fotos en la bañera de Hitler.

Una de las fotografías de L.Miller
La misma personalidad afilada que había impresionado a los soldados en el frente. Con todo lo que había experimentado y con todo lo que había visto en su intensísima vida, era capaz de cerrarle la boca a cualquier esnob sin necesidad siquiera de levantar la voz o de hablar siquiera. Bastaba una simple Coca Cola para dejar sin palabras a toda una mesa repleta de comensales. Su sarcasmo estaba a años luz por delante de la mentalidad encorsetada de aquellos ingleses que se creían tan ingeniosos, y Lee disfrutaba demostrándoselo a la menor oportunidad.
Aunque ella misma era de origen burgués, le divertía enormemente descolocar a sus invitados con salidas de todo proletarias, como la de echarse a dormir una siesta en el porche al mejor estilo del campo estadounidense. O lo de sacar a relucir aquel repertorio de tacos y exabruptos que incluso entre el escasamente pulido círculo de rudos soldados de la II Guerra Mundial le había dado fama de malhablada.
Lee Miller nunca pudo o no quiso reinsertarse en el mundillo artístico y periodístico, lo que contribuyó enormemente a que su nombre perdiese resonancia con respecto al de muchos ilustres contemporáneos que la admiraron y cultivaron su amistad. Vivió el resto de su vida en Inglaterra cumpliendo el papel para nosotros frustrante de elegante consorte de un afamado artista, cuando ella poseía igual o superior talento al de él.
Sin embargo pudo superar su etapa de alcoholismo; conforme envejecía pareció conseguir dominar sus viejos demonios, al menos en parte. Como mínimo aprendió a disfrutar nuevamente de algunos de los placeres de la vida. Volvió a viajar a diversas partes del mundo y —esta vez sí— consiguió sentirse a gusto visitando paisajes exóticos.
Con todo, nunca dejó de ser una mujer compleja, siempre con aquella media sonrisa que parecía forzada, nunca verdadera, y con su mirada invariablemente melancólica. Jamás, en ninguna de las fotografías que existen de ella, parecen brillar de alegría sus ojos.
Lee Miller murió de cáncer en 1977, a la edad de 70 años, en su casa de campo de Inglaterra. La oscuridad de su interior, dicen algunos que la conocían, nunca desapareció. Pero sobrevivió a sus heridas durante siete décadas e hizo cosas verdaderamente impresionantes, viviendo experiencias que nosotros ni siquiera podemos llegar a imaginar. Solamente ella sabe cuál fue el verdadero precio a pagar. Porque la recompensa, en todo caso, fue la eternidad.
nuestras charlas nocturnas.
El misterio de la cámara sellada del templo de Sree Padmanabhaswamy…
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Los sabios aseguran que el templo posee “maldiciones” para quien lo viole
Cronica(J.F.Gentile)/Objetivo Cadiz — La India es un país de enormes contrastes. Es que en su vasto territorio conviven más de 1325 millones de personas, de las cuales aproximadamente 400 millones,más de un 30 por ciento de la población, es extremadamente pobre.
Aún así, es una de las naciones más importantes del Asia, junto a la Federación Rusa y a China, también desarrolla alta tecnología, industria pesada y un montón de cuestiones más que la hacen una nación de claroscuros.
Como con sus antiquísimas tradiciones, sus innumerables obras arquitectónicas, su cultura milenaria, que representan un ida y vuelta en el tiempo. Por eso mismo, las polémicas en una sociedad de características complejas suelen generarse de forma recurrente.
Algo de eso sucedió en 2014 y en 2016, cuando en dos oportunidades el Tribunal Supremo de la India decidió, en medio de enormes revuelos sociales y mediáticos, realizar un registro de todos los objetos del interior del misterioso templo de Sree Padmanabhaswamy, una de las joyas arquitectónicas del país, pese a lo cual, la familia real impidió la apertura de una de las cámaras. ¿Por qué? ¿Acaso hay allí dentro un secreto que la humanidad no debe o no está preparada para conocer aún? ¿O se encierra una fortuna que permitiría aliviar todos los problemas de una economía compleja?
Lo concreto es que esa puerta del histórico templo hindú ubicado en la región de Kerala posee un enorme misterio, que aún no se ha develado.

Lejana historia
Aunque no está claro cuándo fue construido, las primeras referencias al templo sagrado se encuentran en la literatura tamil del siglo VI. Algunos conocidos estudiosos, como el difunto doctor Ravi Varma de Travancore, han expresado la opinión de que este templo fue establecido en el primer día de Kali Yuga (que es de hace más de 5000 años).
El templo tiene referencias en las epopeyas y los Puranas. Srimad Bhagavata dice que Balarama visitó este templo. Nammalwar, poeta del siglo 9 y uno de los 12 santos vaishnavite de la tradición Alvar, ha compuesto diez himnos en honor al Señor Padmanabha. Los acontecimientos posteriores han sido mejor registrados, por lo que se sabe que el edificio fue renovado por la familia real durante el siglo XVIII.
Los tesoros encontrados en el templo hindú más rico del mundo, dedicado al dios Visnú, ha sido motivo de veneración, pero también de admiración durante siglos, pero desde que en 2014 el Tribunal Supremo de la India decidió abrir sus seis cámaras y las bóvedas secretas del santuario para auditar todos los objetos de su interior, las discusiones no se han acallado. Es que dentro de cinco de ellas se localizaron bienes por valor de 22.000 millones de dólares, y eso que falta una cámara secreta por descifrar.
Riqueza increíble
Entre los elementos encontrados y que unas pocas personas pudieron ver, sorprende la variedad de elementos de gran valor. Oro por doquier y de las formas más increíbles, esmeraldas enormes de la medida de un huevo de avestruz, estatuas doradas, coronas, collares, ollas, monedas y hasta cocos de oro macizo rellenos de rubíes, joyería veneciana, monedas napoleónicas, cinturones de diamantes y zafiros, barriles de arroz dorado son los tesoros que se afirma, han sido ubicados en las cinco puertas o cámaras del Sree Padmanabhaswamy.
Sin embargo, por pedido real, pero también por un peligro inevitable que deberían intentar sortear aquellos que, si se guían por las leyendas que subyacen el templo, se atrevan a abrir la misteriosa cámara con puerta de acero y protegida por dos cobras gigantes.
Y eso que el abogado Ananda Padmanabhan, principal impulsor del registro, acusa a la familia real de Travancore, expropietaria del edificio, de haberse llevado con anterioridad gran parte del tesoro.
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seis bóvedas tenían tesoros por un valor aproximado de 22 mil millones de dólares
Batalla legal
Tras la independencia, la India nacionalizó la riqueza de los maharajás. «La familia real cree que es su propiedad privada, pero en 1972 el gobierno revocó su poder. Tan solo hubo una excepción, pero el último murió en 1991. Así que ahora no tiene derecho alguno a reclamar Padmanabhaswamy”, indicó el abogado en un reportaje del diario «The Guardian».
Aún así, el Tribunal tomó en cuenta las preocupaciones de la familia real y no consintió abrir la llamada bóveda B por temor a «la ira del Dios». Por sus enormes riquezas y por las dudas sobre lo que podría haber en esa cámara que lleva a la bóveda B, El templo hoy es uno de los lugares mejor custodiados del país.
Bien custodiado
Pese a que se ubica en una zona apartada de los principales reclamos turísticos de la India, el templo atrae a miles de visitantes cada año. No es solo su singular y notable arquitectura, sino el interior de la puerta sellada es lo que más atrapa a los visitantes. A diferencia de lo que se encontró en las otras cámaras, esta puerta no posee ningún mecanismo de cerradura, manija o llave a simple vista, para poder abrirla. Está visto que si se siguen los preceptos de lo que dicta la leyenda, solo un erudito experto en los cantos del mantra hindú podría obtener el acceso tan codiciado.
Maldita puerta
Aunque en 2016, y por segunda vez, un grupo de expertos solicitó a la corte suprema india un nuevo permiso para entrar, otra vez chocaron los impedimentos del Tribunal, solicitado por devotos y representantes de la familia leal.
Pero para entender mejor los porqué de esa negativa, hay que ingresar al místico mundo de la leyenda que cita que, si se llegara a abrir con tecnología moderna la última cámara, no sólo se desatará una tragedia personal para quien entre a la misma, sino que un gran desastre afectará a la India y al mundo entero.
Cabe recordar que en una guía de la zona, escrita hace más de 80 años por Emily Gilchriest Hatch, cuenta que quienes intentaron abrirla se toparon con un lugar plagado de cobras, que están ahí para «custodiar» el sagrado sitio.

Tesoros discutidos
Además del misterio que encierra el templo, otro gran debate consiste en qué hacer con el oro ya encontrado y con lo que se podría ubicar si se decide abrir la última bóveda. La propuesta del gobierno indio, de derretirlo para vendérselo a los joyeros, que se enfrentan a una escasez de material, y al crecimiento de los precios de las importaciones no ha sido recibida del todo bien, ya que los objetos tienen un valor espiritual e histórico enorme.
En este sentido, las organizaciones hindúes abogan para que permanezcan donde están en la actualidad. Lo que parece claro es que este lugar, envuelto en batallas legales, familias reales con apego a sus privilegios, tesoros y hasta una maldición, continuará dando mucho para debatir.
Otro caso, aún más intrincado
El templo Padmanabhaswamy posee siete cámaras secretas, de las que seis ya han sido abiertas, según contamos en la nota principal.
Sin embargo, por cuestiones legales, pero que se entremezclan con la leyenda y la cuestión religiosa, la última cámara continúa cerrada, debido a que posee una misteriosa puerta secreta, sin cerradura, manija, botón, tuerca, llave o elemento que permita probar, siquiera, si es posible llegar a abrirla.
Según cuentan antiguos relatos, detrás de esa enigmática puerta que posee dos cobras se halla un enorme reducto en el que, además de atesorar más elementos, posee almacenados vastos secretos y un gran conocimiento, que vienen de milenarias culturas. La enigmática puerta se encuentra bloqueada.
Según los monjes que la custodian, dicho pórtico se encuentra sellado por ondas de sonido creadas desde un lugar secreto, y su ubicación se halla perdida en el tiempo.
El Tribunal Supremo de la India que consiste en un comité de siete miembros, ademas de la presencia del administrador del templo, el jefe de Travencore de Sri Anantha Padmanabha Swamy y Tiruvananthapur, han abierto las otras seis bóvedas secretas del templo de Padmanabhaswamy. Y aunque los 22 mil millones de dólares en riquezas complejizan la cuestión, habida cuenta la pertenencia de esos tesoros, quedan minimizados por la puerta que aún permanece inalterable.
Es que esa cámara secreta es considerada por los miembros fiduciarios y otros astrólogos aprendices de la India, como un lugar muy enigmático, sagrado, arriesgado y peligroso para ser abierto. Los estudiosos consideran que la cámara secreta esta fijada con el ‘Naga bandham’ o los «Naga Paasam Mantras»
Por el entonces monje Purashas, que vivió durante el reinado del rey Marthadavarma en el siglo 16. Según la leyenda la puerta que conduce a una bóveda secreta solo puede ser abierta por un gran erudito «Sadhus» o los «Mantikras» que estén familiarizados con el conocimiento de sacar o hacer a un lado a las ‘Naga bandham’ o los ‘Naga Pasam» mediante el canto de un «Mantra Garuda».
Los monjes en custodia de la puerta dicen que la puerta no se puede abrir por cualquier medio o por cualquier persona. Y afirman que en la actualidad no hay nadie ni en la India ni en el mundo que sea capaz de abrirla.
Estos monjes aseguran que solo la puede abrir un hombre sagrado y altamente poderoso como los antiguos «Siddhapurshas», «Yogis» o los «Mantikras» que son los que sabían cómo ejecutar el altamente sagrado «Mantra Garuda» y advierten que si la puerta es abierta por los humanos actuales con tecnología actual, la India o tal vez el mundo entero sufriría grandes catástrofes.
Por eso ellos advierten que esta puerta solo tiene que ser abierta utilizando el canto sagrado y secreto del Mantra Garuda. Y que solo puede ser realizado siguiendo los procedimientos antes explicitados, la puerta se abrirá de manera automática y no sera necesario ningún esfuerzo humano.
Solo así se podrá acceder a la cámara secreta, para poder descubrir que secretos o tesoros se encuentran en su interior. Cabe destacar que en la actualidad, el templo está resguardado celosamente por la policía y el ejercito de la India. Después de todo, es un verdadero y enigmático tesoro, aún por descubrir.
La misteriosa puerta sellada del antiguo templo Padmanabhaswamy

La puerta misteriosa del antiguo templo de Padmanabhaswamy está protegida por dos cobras masivas pintadas en él y no tiene pernos, pestillos o cualquier otro medio de entrada. Se dice que la casa de la riqueza inimaginable, y sólo puede ser ingresado por un alto nivel “SADHUS” familiarizado con el conocimiento de cantar un “GARUDA MANTRA”.
Se cree que la puerta -que no tiene cerrojos, pestillos ni ningún otro medio de entrada- fue sellada por las ondas sonoras de un canto secreto perdido en el tiempo.
Los sacerdotes hindúes dicen que en la actualidad, no hay ningún humano capaz de abrir esta puerta ejecutando estos cantos.
Ubicado en Thiruvananthapuram, Kerala, India, este antiguo templo cuenta con 8 bóvedas subterráneas de las cuales sólo 5 se han abierto y explorado.
El Templo ha sido referido en el (solamente registrado) Periodo de literatura de Sangam entre 500 BC y 300 A. D varias veces. El templo es uno de los 108 principales Divya Desams (“sagradas moradas”) en Vaishnavism, y es glorificado en la Divya Prabandha.
Curiosamente, no hay un solo registro histórico que menciona la fecha exacta cuando el templo fue fundado.
Muchas piezas existentes de la literatura y poesía Sangam Tamil, e incluso las obras posteriores de los poetas-santos del siglo IX como Nammalwar, se refieren al Templo ya la ciudad como si tuvieran paredes de oro puro. En algunos lugares, tanto el Templo como la ciudad entera son a menudo elogiados incluso como hechos de oro, y el Templo como Cielo.
Pero la característica más impresionante y misteriosa del templo es una cámara oculta que está custodiada por dos cobras masivas. Las leyendas dicen que cualquiera que se atreva a abrir la puerta tendrá resultados desastrosos. Esta misteriosa puerta se conoce como la Cámara B.
Seis de las cámaras ya se han abierto dando un valor aproximado de 22 millones de dólares de oro en forma de diamantes, joyas, utensilios de oro, armas, ídolos de oro, ídolos de elefantes dorados y collares de diamantes con un peso aproximado de alrededor de 500 kilogramos, con una longitud de Alrededor de 18 pies, además de innumerables bolsas llenas de monedas de oro adquiridas de diferentes partes del mundo, así como incontables bolsas de monedas de oro de todo el mundo y disfraces ceremoniales incluidos 66 libras de oro sólido cáscaras de coco tachonado con rubíes y esmeraldas.
Muchas personas especulan que los contenidos escondidos dentro de la misteriosa cámara van mucho más allá de las riquezas materialistas, a pesar de que las antigüedades inestimables de oro, y los diamantes esperan en el otro lado. Se cree que si cualquier intento “humano común” intenta abrir la misteriosa Cámara-B -a excepción del canto altamente sagrado y poderoso “GARUDA MANTRAS” – las catástrofes probablemente ocurrirán en y alrededor de las premisas del Templo, con escenarios apocalípticos probables a seguir a lo largo de la India o incluso el mundo según los astrólogos VEDIC.
Según un inventario que tuvo lugar en 2014, Vault A del templo contenía 2,000 libras de monedas de oro, que data de alrededor de 200 a.

Se dice que la Bóveda B del templo sólo puede ser ingresada por un alto nivel ‘SADHUS’ familiarizado con el conocimiento de cantar un ‘GARUDA MANTRA’. La puerta no puede ser abierta de ninguna manera por nadie, y en la actualidad, no hay nadie en el mundo que posea el muy sagrado y poderoso ‘SIDDHAPURSHAS’ y la forma de ejecutar el muy sagrado ‘GARUDA MANTRA’. (Fuente)
Se cree que más allá de la Cámara B se encuentra otra cámara interna oculta.
Más allá de la bóveda secreta, los relatos históricos sugieren que existe otra cámara, construida a partir de gruesos muros de oro macizo donde realmente existe el misterio, y contienen el tesoro más grande descubierto en la historia del mundo.
Además, si echamos un vistazo a un libro titulado Travancore; Una guía para el visitante (1933) de Emily Gilchriest Hatch, encontraremos relatos de personas que intentaron abrir la misteriosa bóveda con resultados desastrosos. Un grupo de personas intentó entrar en las bóvedas en 1931: ¿los resultados? Tuvieron que huir por su vida al descubrir un lugar infestado de cobras. Las cuentas de 1908 también mencionan historias similares.
Hoy el templo de Sri Padmanabhaswamy es uno de los lugares más protegidos del planeta, vigilado por detectores de metales, cámaras de seguridad y más de doscientos guardias, algunos de los cuales están equipados con armas pesadas.
nuestras charlas nocturnas.

«Soybean Car»: el auto ecológico creado por Henry Ford en 1941 (y por qué nunca se comercializó)…

Henry Ford (der.) presentando su «auto hecho de plástico» en 1941.
BBC News — Henry Ford quedó inmortalizado como el hombre que popularizó el uso de los automóviles con la creación del primer auto fabricado en masa, el Ford T.
La cadena de montaje, que inventó el estadounidense, fue lo que permitió que el mercado automovilístico explotara, revolucionando la industria del transporte a comienzos del siglo XX.
Cien años más tarde, la proliferación de vehículos de combustión interna, que emiten dióxido de carbono (CO2) -el principal gas causante del calentamiento global-, es considerada una de las grandes causantes del cambio climático.
Pero pocos saben que el hombre que dio pie a nuestra insaciable pasión por los autos también fue un pionero ecológico.
Porque en los años 30 del siglo pasado Ford fue uno de los primeros en fabricar y utilizar lo que hoy llamamos bioplástico: un plástico hecho a base de plantas que, a diferencia del plástico tradicional -hecho a base de hidrocarburos- es biodegradable.
Ford no solo creó plástico ecológico. También fue el primero en la historia en fabricar un auto con este material: el apodado Soybean Car (o Auto semilla de soya), que presentó al público en 1941.
Tan convencido estaba sobre las virtudes de este plástico -que, aseguraba, era diez veces más resistente que el acero-, que tomó un hacha y golpeó un panel de cada material, mostrando que solo el metal se había abollado.
Sin embargo, a pesar de que el propio magnate vaticinó que «decenas de miles de artículos y partes de automóviles actualmente fabricados de metal serían hechos de plástico creado a partir de materiales cosechados en la granja», nunca concretó su visión.

Henry Ford estaba convencido de que el plástico hecho a base de plantas iba a reemplazar al acero en la producción de autos.
De hecho, su Soybean Car ni siquiera llegó a comercializarse y el único modelo que se fabricó fue destruido. No existe ni una réplica.
En BBC Mundo te contamos la curiosa historia detrás de este proyecto «verde» que podría haber revolucionado una de las industrias más contaminantes del planeta, y te explicamos por qué no prosperó.
Granjero e industrial
Según el Benson Ford Research Center, dedicado a conservar y difundir la obra de Henry Ford, el famoso empresario se crió en una granja en Michigan y toda su vida buscó la manera de combinar «los frutos de la industria con los de la agricultura».
Ford creó laboratorios dedicados a encontrar usos industriales para plantas como la soya, el maíz, el trigo y el cáñamo.
La idea de construir un auto hecho a base de plástico fabricado a partir de estas plantas no solo cumplía con su propósito de unir sus dos pasiones, sino que también tenía otros méritos, resalta el centro de investigación.
Uno era que Ford consideraba que «los paneles de plástico hacían que el automóvil fuera más seguro que los automóviles de acero tradicionales; y que el auto podría incluso volcarse sin ser aplastado».

Pero también había una cuestión práctica: con el inicio de la Segunda Guerra Mundial en Europa, en 1939, había una «escasez de metales» en el mundo.
En una entrevista que concedió al diario The New York Times durante la presentación de su «auto hecho de plástico», en agosto de 1941, Ford estimó que utilizar este novedoso material en vez de acero para construir automóviles reduciría en un 10% el uso de ese metal en Estados Unidos.
«Las materias primas del plástico quizás cuesten un poco más», señaló al periódico, «pero anticipamos un ahorro considerable como resultado de menos operaciones de acabado de fabricación».
Qué se sabe del Auto de Soya
El 13 de enero de 1942, una insólita patente dejó constancia del Ford Soybean, el coche fabricado a partir de soja. A principios de los años 40, Henry Ford experimentó con las posibilidades del plástico como componente de las carrocerías de automóviles. Y de sus trabajos derivó lo que él mismo denominó «coche fabricado en plástico obtenido de la soja«.
«El objeto de nuestra invención es proporcionar un chasis de automóvil de fabricación simple, duradera y económica», decía la solicitud de patente que presentó Ford el 27 de julio de 1940. Al año siguiente, el 13 de agosto de 1941 el Soybean se dio a conocer en los Dearborn Days, un festival que se celebra en la ciudad donde tiene su sede la marca del óvalo azul.
El propio Benson Ford Research Center reconoce que se conservó muy poca información sobre esta original invención, que, no obstante, sigue despertando el interés de mucha gente, en especial ahora que hay tanta atención puesta en asuntos medioambientales.
Una de las grandes incógnitas es de qué estaba hecho el auto.

No se sabe exactamente cómo se fabricó el plástico del que estaba hecho el Soybean Car.
«Se desconocen los ingredientes exactos de los paneles de plástico porque en la actualidad no existe ningún registro de la fórmula«, explica el centro.
El artículo del New York Times dice que «uno de los plásticos desarrollados por los químicos de Ford es un material compuesto en un 70% de fibra de celulosa y en un 30% de aglutinante de resina».
«La fibra de celulosa se compone de 50% de fibras de pino de corte sureño, 30% de paja, 10% de cáñamo y 10% de ramio, el material utilizado por los antiguos egipcios para las momias», detalla.
En cambio, el hombre encargado de crear el automóvil, Lowell E. Overly, dio una versión muy distinta.
En otra entrevista dijo que estaba hecho de «fibra de soya en una resina fenólica con formaldehído utilizado en la impregnación».
Extra liviano
Lo que sí está más documentado es cómo se diseñó y ensambló el Soybean Car.
Ford le encomendó la tarea a Overly, que era diseñador de herramientas y matrices en el Soybean Laboratory (Laboratorio de semilla de soya), que formaba parte del complejo creado por el empresario automotriz.
El supervisor de Overly, Robert A. Boyer, que era químico, también ayudó con el proyecto.
El auto tenía una estructura hecha de acero tubular, al que se fijaban 14 paneles plásticos.

Además de hacer al auto más resistente contra los golpes, el plástico tenía otra gran ventaja: era mucho más liviano.
El Soybean Car pesaba apenas 2000 libras (unos 900 kilos), 1.000 libras menos que los autos tradicionales.
Este fue otro de los factores que resaltó Ford cuando presentó su innovación el 13 de agosto de 1941 en el Dearborn Days, un festival comunitario en Michigan.
El «auto hecho de plástico» también fue exhibido en el Recinto ferial de Michigan a finales de ese año.
Pero a pesar del respaldo que le dio a su nuevo invento y a lo confiado que estaba Ford en el futuro de los plásticos hechos a base de plantas, el proyecto quedó en la nada.
Según Overly, el único modelo que se fabricó fue destruido, y los planes para producir una segunda unidad se suspendieron.

Hoy el único recuerdo que queda del Soybean Car son imágenes como esta (al volante está Lowell E. Overly).
Lo que frenó el proyecto -y toda la producción de autos en EE.UU.- fue el ingreso de ese país a la Segunda Guerra, de la que se había mantenido al margen hasta el ataque japonés a Pearl Harbor en diciembre de 1941.
«Al final de la guerra, la idea de un automóvil de plástico se había derrumbado debido a que la energía se dirigía a los esfuerzos de recuperación», dice el Benson Ford Research Center.
Otros afirman que el desinterés por el plástico hecho a base de plantas se debió a un factor puramente económico: la abundancia de petróleo barato tras la Segunda Guerra.
Como se menciona precedentemente en cuanto a los paneles del Ford Soybean, no se sabe a ciencia cierta de qué estaban compuestos. La lista de ingredientes que se utilizaba para elaborar el material plástico se perdió con el proyecto, y los rumores apuntan a que contenía soja, trigo, lino, ramio y hasta cáñamo. Sin embargo, uno de los padres del vehículo, Lowell E. Overly, siempre ha defendido que se trataba de «fibra de soja con resina de fenol-formaldehído utilizada como impregnación».

Las resinas fenólicas tienen múltiples aplicaciones industriales. Quizá la más conocida sea la elaboración de la baquelita, llamada así en honor a Leo Baekeland, el primer científico que logró sintetizar este material en 1907 y que abrió el camino para la era del plástico.
También estas resinas son útiles en el recubrimiento de ciertos materiales de encofrado o en la fabricación de adhesivos o hasta de bolas de billar. Ciertamente son resinas que se utilizan por, entre otras ventajas, sus propiedades elásticas, antiadherentes, duraderas, etcétera.
Y, en el caso del Ford Soybean, la reducción de masa de la carrocería se convertía en un atractivo añadido, dentro de un proyecto en el que la ligereza del conjunto era irrenunciable. Según datos de Ford, el vehículo completo tenía una masa de 2.000 libras (907 kg), es decir, pesaba la mitad de lo que pesaba un coche de acero comparable.
«Otro objetivo de nuestra invención es proporcionar un montaje de ruedas delanteras para un vehículo de motor que será excepcionalmente ligero de peso en proporción a su peso y resistencia para reducir de esta manera la masa no suspendida del vehículo y así proporcionar una conducción más sencilla», prometía también la solicitud de patente de Ford.
Tras su presentación en los Dearborn Days, el Ford Soybean estuvo expuesto al público en la Feria Estatal de Michigan de 1941. Un año más tarde, en enero de 1942, llegaría la aprobación de la patente por el proyecto completo.
Con el final de la Segunda Guerra Mundial se abrió una nueva etapa en los Estados Unidos, pero el objetivo ya era otro: la reconstrucción y la orientación del negocio hacia una economía floreciente en Norteamérica. El Ford Soybean fue destruido y nunca más volvió a las mesas de dibujo de Dearborn.
En todo caso, el hecho es que el Soybean Car quedó apenas como un recuerdo que hoy sigue generando sorpresa y curiosidad.
nuestras charlas nocturnas.
Pink Panthers, la banda de ladrones de joyas más grande que ha existido…

Muy Interesante(J.Álvarez)/Clarín — Supongo que todo el mundo habrá visto la película de Blake Edwards La Pantera Rosa (The Pink Panther) y quien no ya está corriendo a buscarla para pasar dos de las horas cinematográficas más divertidas de su vida. Quien ya la conozca recordará que David Niven interpreta al Fantasma, un ladrón de guante blanco especializado en el robo de joyas que tiene como objetivo robar una costosa gema, llamada La Pantera Rosa por la silueta de un felino que se aprecia en su interior. El torpe inspector Clouseau, de la Sureté francesa, tratará de impedírselo y atraparle.
Pues bien, ojeando la prensa es posible encontrar referencias bajo el epígrafe Pink Panthers, que es el nombre asignado muy oportunamente por la Interpol a una banda internacional de ladrones dedicada a sustraer joyas. La diferencia con el Fantasma es que son muchos miembros en vez de uno solitario, y además no se trata precisamente de gentlemen británicos sino criminales -algunos ex-militares y con pasado violento- de varios países de la Europa balcánica: en concreto, de Serbia, Montenegro, Croacia y Bosnia, lo que conecta su origen inevitablemente con los efectos de las guerras que asolaron la región entre 1991 y 2001.
De hecho, se trata de un grupo muy numeroso compuesto por decenas de personas -no está claro el número- con predominio de gente procedente de la ciudad montenegrina de Podgorica.

Cartel de El regreso de la Pantera Rosa
Esta cosmopolita red de delincuentes tiene un largo historial de robos, algunos de los cuales fueron tan especialmente audaces que, a despecho de su carácter punible, no pueden sino provocar cierta admiración y no falta quien los cataloga casi de obras de arte.
Buen ejemplo de ellos sería el primero destacado de su currículum, realizado en 2003 en el exquisito barrio londinense de Mayfair, donde sustrajeron un diamante valorado en medio millón de libras esterlinas ocultándolo en un frasco de crema de afeitar.
Quien sea seguidor de la saga cinematográfica citada recordará que en El regreso de la Pantera Rosa había una escena muy parecida, de ahí el nombre con que fue bautizada la banda.
Pero no fue el único caso ni mucho menos. La primera década del siglo XXI está tachonada de actuaciones de calibre similar que se pueden resumir en más de centenar y medio de tiendas asaltadas a todo lo largo y ancho del mundo.
Los países que sufrieron a los Pink Panthers con incidencia especial son aquellos donde hay un mercado más importante de piedras preciosas: Holanda, Inglaterra, Japón, EEUU, Dinamarca, Mónaco, Suiza, Francia, Emiratos Árabes, Austria, Dubái, Liechtenstein, Australia e incluso España, entre otros; hasta treinta y cinco.
En ellos suman más de trescientos ochenta robos desde 1999.
Algunos fueron víctimas varias veces, en diferentes ciudades. Londres, por ejemplo, donde la joyería Graff fue atracada en dos ocasiones en 2002 y 2005, perdiendo mercancía por valor de veintitrés millones y un millón de euros respectivamente; como uno de los ladrones fue capturado en 2004, el infortunado joyero pudo recuperar una pequeña parte del botín (tres millones) mientras al culpable se le condenaba a quince años de prisión.
El célebre distrito Ginza de Tokio también fue escenario de dos espectaculares operaciones -en una lanzaron gas lacrimógeno a los locales para dejar fuera de juego al personal- en 2004 (tres millones y medio de yens en gemas) y 2007 (joyas por un valor total de doscientos ochenta y cuatro millones de yens, algo más de dos millones de euros).
Lo cierto es que los Pink Panthers planeaban cuidadosamente cada detalle del robo y de la posterior huida. Y tenían una amplísima gama de variantes que les daban un toque cinematográfico.
En el atraco a una joyería de Saint Tropez en 2005 entraron vistiendo todos camisas hawaianas escapando después en una lancha motora; tres años después recurrieron al alunizaje con dos audis en Dubái; en 2009 asaltaron la joyería parisina Harry Winston disfrazados de mujeres; para actuar en otra de Biarritz se aseguraron de que no habría testigos casuales cerca pintando un banco de madera que había justo a la puerta del establecimiento y pusieron el correspondiente cartel de «Recién pintado»; en Londres actuaron a cara descubierta pero se cree que llevaban prótesis de maquillaje…

Una característica de la banda era que sus golpes iban creciendo en tamaño y audacia con el paso del tiempo. El de Saint Tropez les supuso un botín de cien millones de dólares; el de Londres de 2009 fue de sesenta y cinco millones; el de la citada Harry Winston ochenta millones de euros…
Claro que ninguno como el del Hotel Carlton de Cannes en 2013, en el que un pink panther que ocultaba su rostro tras una bufanda y gorra se llevó ciento treinta y seis millones de dólares en diamantes y joyas que se habían reunido en una exposición. Hay quien lo considera el robo más grande de la historia de su tipo, pero es que, según los cálculos de Interpol, los Pink Panthers eran responsables de haberse llevado en total más de quinientos millones de dólares en oro, diamantes y gemas en un plazo de dos décadas.
Pero, aunque su carácter internacional les facilitaba moverse sin demasiados problemas, al final cayeron. No todos simultáneamente porque se trataba de una banda descentralizada, pero sí poco a poco. Los primeros, en 2005, fueron dos hombres y una mujer serbios detenidos en Belgrado por el robo de la mencionada joyería japonesa de Ginzo, donde estaba el fabuloso collar Comtesse de Vendôme, que tiene más de un centenar de diamantes -el central de ciento veinticinco quilates- y está tasado en unos veinte millones de libras esterlinas.
Al líder de la banda le cayeron siete años de condena, si bien sus compañeros se llevaron penas menores. Por un segundo atraco en Ginza, el de 2007, la policía de Chipre arrestó a un montenegrino llamado Rifat Hadžiahmetović, que viajaba con pasaporte búlgaro y cuya extradición reclamó también España (donde en 2014 fue detenido Borko Ilincic por el asalto de Dubái). La condena fue de diez años; su cómplice, Radovan Jelušić, sería capturado en Italia en 2010 y extraditado a Montenegro.
En 2008 se atrapó a otros tres miembros serbios en Francia -los autores del robo en Biarritz y Saint Tropez, entre otros- que recibieron penas de seis a diez años de prisión. Un año más tarde la policía francesa encontraba en Mónaco a otro trío de ladrones cuando planeaban el asalto a una joyería; uno de ellos era el serbio Dragan Mikić, que estaba en la lista de los más buscados porque se le consideraba uno de los jefes.

En 2012 pillaron en Roma a otro pez gordo, Mitar Marjanović, gracias a que se detectaron sus huellas dactilares en varios artículos robados que se incautaron a dos cómplices. Ese mismo año cayó otro trío de delincuentes en Atenas cuando dos de ellos se disponían a atracar una joyería porque unos policías trataron de identificarlos al percatarse de que llevaban pelucas; durante la consiguiente persecución uno de los agentes resultó herido de un disparo pero al final pudieron cogerlos y eso llevó a una tercera detención, la de una mujer serbia llamada Olivera Vasić Ćirković que pocos meses después consiguió evadirse de prisión.
No fue la única en protagonizar una fuga porque en mayo de 2013 un pink panther escapó de la cárcel de Lausana acompañado de otros cuatro presos, al parecer con ayuda exterior. Y en julio de ese mismo año Milan Poparić, que también cumplía en Suiza una condena de siete años, hizo otro tanto de la prisión de Orbe junto a un secuestrador y pirómano que además solía blanquear dinero.
Este suceso fue de película porque recibieron asistencia desde fuera abriéndoles un hueco en las vallas y facilitándoles escaleras de mano mientras se entretenía a los guardias disparándoles con un AK-47. Un sistema contundente que, sin embargo, no era nuevo: en 2005 otro también se evadió de forma similar.
Los últimos mazazos recibidos por los Pink Panthers tuvieron lugar en España. El primero en Barcelona durante el verano de 2016, al intentar atracar una joyería del Paseo de Gracia. En menos de un minuto lograron entrar y reunir cuatrocientos mil euros en joyas pero los GEO les esperaban camuflados a la salida y los apresaron.
El segundo en Gran Canaria, donde se detuvo a dos integrantes y se recuperó el botín sustraído de la joyería Saphyr. No obstante, la opinión policial es que la banda ha crecido hasta alcanzar los ochocientos miembros incorporando efectivos de los países del Este, contando asimismo con sus propias redes de información y distribución. Toda una multinacional del robo.
Quiénes son y cómo actúan los “Pink Panther”, los ladrones de joyas más famosos del mundo

Pink Panthers, en uno de sus golpes en el Viejo Continente.
El crimen organizado tiene otros tiempos, a diferencia de la delincuencia común. Cuando salen de la cárcel, por ejemplo, prefieren pasar tres o cuatro meses sin cometer delitos. Es una etapa en la que se dedican a disfrutar de sus familias, de sus casas, luego de sufrir la cárcel.
Para las fiestas, igual: regresan a sus países para festejar con sus familiares y durante dos o tres semanas se van a alguna playa. Y si sienten que tienen a la Policía cerca, pueden tomarse «vacaciones» y dejar de robar por un tiempo. Esas estadías pueden incluir viajes a destinos en los que no harán de las suyas.
De Zvjezdan Begic (46), nacido en 1975 en Montenegro, se sabe una cosa concreta: perteneció al crimen organizado. Interpol lo buscaba por al menos dos robos a joyerías: uno en Cannes y otro en Milán. La División Investigación Federal de Fugitivos y Extradiciones del Departamento Interpol de la Policía Federal Argentina (PFA) lo detuvo el último martes, a las 9 de la mañana, cuando salía de su departamento de Núñez. Le secuestraron $ 57600, 870 euros, 2134 dólares y 2000 guaraníes. Más un DNI argentino y una licencia de conducir a nombre de un ciudadano nacido en 1982.
Para Interpol, Begic formó o forma parte de la famosa banda denominada como «Pink Panther». Ese fue el nombre que le asignó Interpol en 2007, mientras investigaba una serie de cerca de 100 robos a joyerías europeas con un denominador común: ladrones de la ex Yugoslavia.

Zvjezdan Begic, detenido en Núñez, con un DNI falso. Buscado por Interpol.
El sobrenombre de la organización criminal surgió luego de que en un robo cometido en Londres escondieran un anillo de diamantes en un pote de crema, en una escena similar a una registrada en una película de la Pantera Rosa. Además, Interpol creó un equipo específico, «The Pink Panther Project», para perseguirlos en al menos 20 países.
Muchos tendrían pasado como ex-militares en la Europa balcánica: de Serbia, Montenegro, Croacia y Bosnia, que habrían participado de las guerras que asolaron la región entre 1991 y 2001.
Pero se trataba, y se trata, en realidad, de decenas de bandas independientes que se mueven por Europa. Lo único que seguramente las una son las personas a las que les reducen las joyas, y que algunos ladrones actúan con distintas bandas. A diferencia de las organizaciones narcos, o de lavado de activos, no tienen jefes, ni jerarquías.
Según Interpol, Begic es uno de los tres ladrones que ingresaron a la joyería “Paradiso Luxury”, de Milán. Habrían robado 20 relojes de alta gama (Rolex, Patek, Hamilton, Philippe Cartier) y dos brazaletes por un valor estimado total de alrededor de 200.000 euros. El otro robo por el que lo buscaban fue en 2005, en la ciudad costera de Saint Tropez, Francia. El botín también habría sido millonario. Ambos habrían sido cometidos a mano armada.
Lo que no está claro es qué hacía Begic en Buenos Aires. Según fuentes de la investigación, habría ingresado al país vía Brasil, entre 2015 y 2016, con un pasaporte ucraniano y a nombre de Tymoffi Vanenko.
«En Argentina, un tipo así, no tenía nada que hacer a nivel delito. Debía estar escondiéndose, o de vacaciones», opina un argentino con antecedentes por robos a joyerías en España. Al parecer, el montenegrino había llegado para reencontrarse con una pareja argentina, que conoció en Italia. Desde su llegada, y bajo esa identidad, no habría salido del país.
Según pudo saber Clarín, los «Pink Panther» tienen facilidad para los idiomas, y aprovechan sus estadías en cárceles europeas para aprenderlos. «Se la pasan haciendo gimnasia y solo hablan entre ellos. Son muy cerrados», cuenta un chileno que estuvo preso en Roma, y que compartió pabellón con un grupo de ellos.
Recuerda una anécdota en particular: un día discutió con un grupo de nigerianos, durante un partido de fútbol. El chileno le pegó a uno, y los africanos intentaron atacarlo en patota. No lo hicieron por la intervención de los «panteras»: en un italiano perfecto dieron el argumento de su intromisión: «el chileno está aquí por robos y ustedes por traficar droga. Los narco no pueden meterse con los ladrones».

Los «Pink Panther» en acción, en Dubai. Ingresaron a una galería con dos autos y asaltaron una joyería.
Las joyas robadas, en general, son reducidas en Marbella, Amsterdam y Amberes. Están los que invierten sus botines en sus países y los que lo hacen en España. Se cree que los más experimentados compran grandes propiedades en ese país. También están los que optan por viajar por distintas partes del mundo, solo para disfrutar. En una entrevista cedida a un medio español, a principios de 2020, uno de ellos contó que había viajado a Brasil, a Sudáfrica y a Kenia.
Robos en serie
Los robos cometidos por bandas como las de Begic son conocidos en una buena parte de Europa, y Asía. En 2010, por ejemplo, el montenegrino Rifat Hadziahmetovic fue detenido en Chipre. De allí fue extraditado a España, donde lo buscaban por robos a joyerías en Tenerife. Y de España, a Japón: lo acusaban de un robo en Tokio.
Pero los «Pink Panther» no son los únicos ladrones de joyerías que operan en Europa. La versión colombiana es denominada como «Los Internacionales». Aunque cometen todo tipo de robos, además de joyerías: hurtos, descuidos, escruches. Los que roban joyas, prefieren Estados Unidos para actuar. Aunque cada tanto viajan a hacerlo a Europa. Y pueden llegar a Israel, Malasia o Dubai.
Los argentinos también fueron «famosos» en Europa por los robos a joyerías. El fenómeno casi que desapareció, pero tuvo su esplendor ya en los 60 y 70.
Hasta Jorge Villarino, famoso ladrón de la época, viajó a robar joyerías de Madrid y Milán, entre otras ciudades. La primera tanda de delincuentes de «exportación» argentinos actuó hasta mediados de los 90. A principios de la nueva década, apareció la nueva generación. Y además de porteños, llegaron los cordobeses.

Detención de Zvjezdan Begic, que vivía en Argentina desde hacía unos cinco días.
En 2008, José Luis Fernández Gudiña, Jefe de la Brigada Central del Crimen Organizado de España, le afirmó a Cadena 3 que «la mayoría de los argentinos que van a delinquir son cordobeses, en un 80 %». Y detalló «van para estar en España por cuatro o cinco meses y regresan cuando han terminado su raid delictivo». La Justicia ha comprobado que los ladrones invertían sus botines en taxis, autos que ponían a trabajar de remises y en casas.
Otro caso mediático es el de Ariel «Colo» Luna. Mientras lo buscaban por el crimen de Gonzalo Acro, en el marco de una disputa entre dos grupos de barras de River, la Policía italiana lo detuvo en la localidad de Picaso Palolo, a unos 20 kilómetros de Roma. Lo buscaban por robos a joyerías.
La última detención fue en marzo de 2020, en los días previos a la pandemia. La División Investigación Federal de Fugitivos, a partir de la orden de arresto internacional emitida por Interpol, encontró a un cordobés con pedido de captura: lo investigaban por dos robos a joyerías de Valencia. El botín había sido de 99.837 euros en alhajas, en golpes en los que utilizó armas de fuego y armas blancas para amenazar y lesionar a los comerciantes. Como un pantera rosa, pero cordobés.
nuestras charlas nocturnas.
El Guardián de la catedral de Lausana grita la hora todas las noches desde la torre, desde el año 1405…
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L.B.V.(G.Carvajal) — Durante la Edad Media y hasta bien entrada la época moderna muchas ciudades europeas contaron con un guardián nocturno que, desde la más alta torre de la localidad, vigilaba y alertaba de incendios y amenazas.
Poco a poco fueron desapareciendo, y con la automatización de las campanas y la creación de los servicios de bomberos su labor quedó completamente obsoleta.
Tanto que en la actualidad solo quedan siete en el continente cuya actividad se mantenga ininterrumpidamente desde la Edad Media.
Otras ciudades instauraron un guardian en tiempos recientes, por lo que ahora mismo hasta 60 localidades cuentan con uno, y están agrupados en una hermandad de carácter europeo que celebra reuniones todos los años en distintas ciudades.
De todos ellos el único que anuncia la hora es el guardián de la catedral de Lausana, en Suiza, que mantiene así una tradición de más de 600 años iniciada en 1405, y que se ha mantenido ininterrumpidamente hasta la actualidad, sobreviviendo incluso a la instalación de las sirenas de alarma en 1907.
Además se ha convertido en uno de los atractivos turísticos y culturales de la ciudad, tanto que cuando en la década de los 60 se barajó su supresión la avalancha de cartas en su defensa enviadas a los periódicos obligó a cambiar los planes y mantenerlo.
El guardián comienza su labor a las 22 horas de cada noche, todos los días del año, desde lo alto de la torre catedralicia de 75 metros, y hasta las 2 de la madrugada. Cada hora en punto y desde cada uno de los cuatro puntos cardinales grita la misma frase que sus predecesores durante seis siglos: “Soy el guardián, han sonado las diez, han sonado las diez”.
El espectáculo suele congregar curiosos al pie de la catedral, para contemplar un ritual que dura entre 15 y 20 minutos, y se escucha en varios cientos de metros a la redonda. Por supuesto, la torre está especialmente iluminada para permitir divisar el espectáculo.
Desde el año 2002 el guardián es Renato Häusler, del que se pueden encontrar numerosos videos y fotos en la red.

Renato Häusler
Pero el de Lausana no es el más antiguo. Ese honor lo tiene el de Ripon, una ciudad inglesa al norte de Leeds, y cuya antigüedad se remonta nada menos que al año 886.
El grito «soy el guardián: han sonado las diez, han sonado las diez», se viene escuchando, día tras día, puntual e ininterrumpidamente desde noviembre de 1405. Proviene de lo alto de la torre de la catedral de Lausana. En sus inicios, su función era la de alertar desde su privilegiada posición a 75 metros de altura de incendios y otras amenazas.

El guardián en 1920
En la actualidad, el vigía, ataviado con una túnica y un sombrero negros, advierte a los 138.000 habitantes de esta ciudad suiza de las primeras horas de la oscuridad.
Curiosamente, en el país de los relojes, el centinela se asoma y repite el ritual cinco veces, cantando cada hora hasta las 2 de la mañana, cuando termina su labor como vigilante nocturno.
Según los cronistas, sólo quedan 63 guardianes en nueve países de Europa realizando esta función más propia de la Edad Media.
Existe constancia de un sereno en Ripon, Inglaterra, que data de 866.
También en Cracovia, Polonia, su vigía avisaba mediante un cuerno que había entrado la noche ya en el siglo IX.
La capital del cantón de Vaud no es la más antigua en estas lides.
Sin embargo, Lausana será pionera.
Este verano, el ayuntamiento decidió abrir la profesión al género femenino.
Más de cien candidatas se presentaron.
Y por primera vez en la historia, una mujer ocupará el puesto de centinela. Cassandre Berdoz, de 27 años, vestida de negro y acompañada de un farol de mano subirá cada noche los 153 escalones de piedra que llevan hasta el campanario para mantener esta costumbre de 615 años que no fue interrumpida ni durante las guerras mundiales.
«Desde que tengo memoria, esta tradición me ha fascinado», ha reconocido Berdoz, oriunda de Lausana.
En el municipio la describen como una persona dinámica, muy interesada en la historia local y con grandes habilidades interpersonales para dar la bienvenida a los visitantes de la catedral.
Asimismo, destacan algo fundamental para esta profesión: «Tiene un poderoso órgano vocal, moldeado por los años de canto en el Conservatorio».
Para la precursora, son muchas las emociones: «Desde mi niñez he tenido la aspiración secreta de ser parte de ello, así que es un sueño hecho realidad».
nuestras charlas nocturnas.
El sonido más potente que el ser humano haya escuchado…
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El Confidencia(R.P.Benavente)/as.com/marcianosmx.com — El 27 de agosto de 1883la Tierra escuchó el sonido naturalmás potente del que se tienen registros.
El estruendo, causado por el lado más destructivo de la naturaleza, estuvo causado por una explosión de 200 megatones, es decir, 10.000 veces más poderosa que la bomba atómica de Hiroshima.
Tras varios días de violentas explosiones y nubes de ceniza, el volcán Krakatoa de Indonesia llegó al clímax de la erupción y en torno a las 10 de la mañana se registró una explosión que pudo escucharse a 3.500 kilómetros de distancia, en algunos lugares de la India y Australia.
Las cenizas del volcán se elevaron 80 kilómetros y el volcán llegó a destruirse a sí mismo. 50 años más tarde nació en el mismo lugar el volcán Anak Krakatoa, que azotó Indonesia a finales del 2018.
El volcán de la isla de Krakatoa, situada entre Java y Sumatra, lo que antes eran las Indias Holandesas Orientales, comenzó a revolverse meses antes, con varias erupciones relativamente leves. Pero el 27 de agosto fue el día de la catástrofe. El volcán colapsó en una serie de explosiones en cadenaque destruyeron gran parte de la isla y del archipiélago que la rodea. Según los registros de entonces, causó36.471 muertes,tanto por la erupción como por el tsunami que ésta provocó.
Eran las 10 de la mañana, hora local, cuando el estruendo surgió de Krakatoa. Las crónicas de la época recogen testimonios que aseguran quepudo oírse en las islas de Andaman y Nicobar, en India, a más de 2.000 kilómetros; en Nueva Guinea y Australia, a más de 3.200 kilómetros e incluso en islas del océano Índico situadas a casi 5.000 kilómetros.
Para que se hagan una idea, tengan en cuenta que la distancia entre Gibraltar y Finisterre es de 822 kilómetros en línea recta. De forma que lo que aquí hablamos es similar a que una explosiónen Moscúpudiese ser oídadesde Gibraltar, una distancia de 3.881 kilómetros. A una velocidad de 1.234,8 km/h, significa que el sonido tardaría más de tres horas en llegar.
La distancia que recorrió el sonido entre Nueva Guinea y el sitio donde se encontraba el volcán Krakatoa es equivalente a la que existe entre Dublín, Irlanda, y la ciudad de Boston, en los Estados Unidos. Suponiendo que el sonido haya recorrido 1.2 mil km/h, los papuanos escucharon el estruendo cuatro horas después de desatado el pandemonium en Indonesia.
Una embarcación de bandera británica llamada Norham Castle se encontraba aproximadamente a 64 km del Krakatoa en el instante que entró en erupción. En la bitácora del capitán hay un relato que menciona: “de tal violencia fueron las explosiones que los tímpanos de la mitad de mis hombres terminaron perforados. Mis últimos pensamientos fueron para mi amada esposa. Estoy completamente convencido que el Día del Juicio ha llegado”.
Según cuenta Aatish Bhatia en Nautil, el capitán del navío británico Norham Castle, recogió lo siguiente en su diario: “Ha sido una explosión tan violenta que la mitad de mi tripulación tiene los tímpanos reventados. Mis pensamientos están con mi querida esposa. Estoy seguro de que el Día del Juicio ha llegado”.
Un barómetro situado en las minas de gas de Batavia, a unos 160 kilómetros de Krakatoa, registró un pico de presión equivalente a unos 180decibelios de sonido. Probablemente la explosión superó los 200 decibelios que se atribuyen a la detonación de una bomba atómica como la mencionada de Hiroshima, pero 180 ya es un nivel salvajemente alto, si tenemos en cuenta que manejando una taladradora industrial estaríamos expuestos a unos 100 decibelios, y que el umbral del dolor se sitúa en los 130 decibelios.180es una cifra tan alta que ese sonido no solo pudo oírse, sino también sentirse.
Cuando hablamos, es decir, cuando utilizamos la garganta para producir sonido, lo que hacemos es agitar las moléculas del aire decenas o cientos de veces por segundo, provocando así que la presión sea baja en unos puntos y alta en otros. Cuando más alto es el sonido, mayores son las fluctuaciones en la presión. Pero existe un límite en lo alto que puede ser un sonido, porque llegado un nivel las fluctuaciones son tan grandes que los puntos donde la presión es baja alcanzan el cero, el vacío. No se puede bajar más. Si pasa de ahí, el sonido no viaja por el aire, sino que lo empuja, creando una onda de aire en movimiento llamada onda de choque.
Como decimos, los 180decibelios del Krakatoa se midieron a 160 kilómetros de distancia. Cerca del volcán,superaron con creces la cifra de 194, produciendo una onda de choque tan fuerte que dañó los tímpanos de la tripulación del Norham Castle. A medida que recorría kilómetros, las fluctuaciones en la presión disminuían, sonando parecido a un disparo a lo lejos.

Una onda que dio cuatro veces la vuelta a la Tierra
Recorridos miles de kilómetros, la onda de presión se atenuó tanto que ya no era perceptible por el oído humano, pero no desapareció, sino que siguió avanzando durante días. La atmósfera resonaba como una campana aunque los humanos no pudiesen oírlo, perodeterminados instrumentos de precisión sí pudieron captarlo.
Ciudades de todo el mundo contaban con estaciones atmosféricas equipadas con barómetros que registraban los cambios en la presión atmosférica. Seis horas y 47 minutos después de la explosión del Krakatoa, una estación en Calcuta captó un pico de presión. A las 8 horas se dejó notar en Melbourne y Sídney. A las 12 horas fue en San Petesburgo, seguido por Viena, Roma, París, Berlín y Munich. A las 18 horas había llegado a Nueva York, Washington y Toronto.
La onda siguió viajando, y durante los siguientes cinco días, estaciones meteorológicas de ciudades alrededor del mundo observaron como el pico de presión se repetía puntualmente cada más o menos 34 horas. Es el tiempo que tarda el sonido dar una vuelta completa a la Tierra. En total, las ondas de presión generadas por la explosión del Krakatoa dieron la vuelta a la Tierra entre tres y cuatro veces en cada dirección (aunque algunas fuentes aseguran que dieron hasta siete vueltas completas).
Pero no fue el sonido lo único con lo que el Krakatoa hizo estremecerse al mundo. Según explica la Oficina de Meteorología del Gobierno de Australia, durante meses tras la devastadora explosión del volcán se pudieron ver en todo el mundo atardeceres espectaculares, como resultado del reflejo de la luz del sol en las partículas expulsadas durante la erupción a la atmósfera. Si algún lector quiere hacerse a la idea de cómo eran esas estampas, solo tiene que observar el famoso cuadro El Grito, de Edvard Munch. Investigadores de la Universidad del Estado de Texas explicaron en un estudio que el cielo que pintó el artista en 1893 sería una reproducción bastante fiel a cómo se veía el cielo en Noruega en 1883, tras la explosión que atronó al mundo.

El volcán Krakatoa entró en erupción con tal violencia que generó suficiente fuerza como para romper la isla, liberando una columna de humo y ceniza que rebasó los 27 kilómetros de altura. La explosión también generó un poderoso tsunami cuyas olas alcanzaron los 30 metros de altura y destruyeron 165 pueblos costeros. En aquella época el territorio de Indonesia funcionaba como una colonia neerlandésa, y el Imperio estimó que las pérdidas humanas ascendieron a 36,000.
Tsunamis de 40 metros
El Krakatoa comenzó a activarse en mayo y junio de 1883, pero la población local no mostró demasiada preocupación por ello. Finalmente, la onda expansiva causada por la monstruosa erupción provocó tsunamis con olas de más de 40 metros y mató a cerca de 4.000 personas.
Según Simon Winchester, autor del libro ‘Krakatoa: el día que el mundo explotó”, los efectos de los tsunamis llegaron a Francia, los barómetros de Bogotá y Washington terminaron “fuera de control” y aparecieron peronas fallecidas en las playas de Zanzíbar y Tanzania.
Como consecuencia, una capa de polvo se quedó suspendida en la atmósfera, por lo que las temperaturas cayeron más de un grado y se formaron paisajes con colores peculiares. Por ejemplo, algunos estudios afirman que el famoso cuadro de ‘El Grito’, de Edward Munch, tiene su gama crómatica de colores inspirada en los atardeceres después de la erupción del Krakatoa.
Otros potentes sonidos alrededor del mundo
La erupción del volcán Krakatoa no ha sido el único acontecimiento que ha producido un potentísimo sonido a lo largo de la historia. Aunque ninguno lo supera o iguala, hay otros eventos que han provocado fuertes sonidos. Por ejemplo, la explosión de un asteroide espacial cuando sobrevolaba la Tierra en 1908, concretamente por encima de Tunguska (Rusia). El sonido fue equivalente a 50 bombas atómicas, y tuvo una fuerza de 300 decibelios.
Otro de los ruidos más potentes registrados fue el de la bomba atómica más grande jamás detonada. Conocida bajo el nombre de Bomba del Zar, su detonación pudo alcanzar los 224 decibelios. Por otro lado, los terremotos con una intensidad de 5 grados en la escala de Ritcher pueden alcanzar los 235 decibelios en el agua.
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¿Vida en Venus? Todo lo que debes saber …

The New York Times(S.Stirone/K.Chang/D.Overbye)/National Geographic(S.Alcalde) — En lo más alto de la atmósfera tóxica del planeta Venus, los astrónomos de la Tierra han descubierto señales de lo que podría ser vida.
Si este descubrimiento se confirma con más observaciones telescópicas y futuras misiones espaciales, los científicos podrían desviar la mirada hacia uno de los objetos más brillantes del cielo nocturno. Venus, llamado así por la diosa romana de la belleza, arde a temperaturas de cientos de grados y está cubierto de nubes que contienen gotas de ácido sulfúrico corrosivo. Pocos se han fijado en ese planeta rocoso como un hábitat donde pudiera existir vida.
Más bien, durante décadas, los científicos han buscado vida en otras partes, usualmente enfocándose en Marte y, recientemente, en Europa, Encélado y otras lunas glaciales de planetas gigantescos.
Los astrónomos, quienes informaron sobre el hallazgo en un par de artículos publicados el lunes, no han recolectado especímenes de microbios venusinos, ni tampoco han tomado ninguna foto de ellos. Sin embargo, con telescopios poderosos, han detectado un químico —fosfina— en la espesa atmósfera de Venus. Después de muchos análisis, los científicos afirman que solo una forma de vida actual puede explicar la fuente del químico.
Algunos investigadores cuestionan esta hipótesis y en cambio sugieren que el gas podría ser producto de un proceso geológico o atmosférico inexplicable en un planeta que sigue siendo misterioso. Pero el hallazgo también alentará a algunos científicos planetarios a preguntar si la humanidad ha ignorado un planeta que en algún momento pudo parecerse más a la Tierra que cualquier otro astro en nuestro sistema solar.
“Este es un hallazgo increíble y ‘salió de la nada’”, comentó Sara Seager, científica planetaria del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT, por su sigla en inglés), quien comparte la autoría de uno los artículos (uno se publicó en Nature Astronomy y el otro en la revista Astrobiology). “En definitiva suscitará más investigaciones sobre las posibilidades de que exista vida en la atmósfera de Venus”.
“Sabemos que es un descubrimiento extraordinario”, comentó Clara Sousa-Silva, astrofísica molecular de la Universidad de Harvard, quien ha concentrado sus investigaciones en la fosfina y también forma parte del grupo de autores de los ensayos. “No sabremos cuán extraordinario es si no regresamos a Venus”.
Sarah Stewart Johnson, científica planetaria y directora del Laboratorio Johnson Biosignatures en la Universidad de Georgetown, quien no participó en el estudio, dijo que “recientemente se ha hablado mucho sobre la fosfina como un gas que es una firma biológica en los exoplanetas”, refiriéndose a la búsqueda de vida en mundos que orbitan otras estrellas. “Es genial que se haya encontrado en Venus”.
Y añadió: “Venus ha sido ignorada por la NASA durante mucho tiempo. Es una verdadera lástima”.
David Grinspoon del Instituto de Ciencias Planetarias en Tucson, Arizona, no formó parte de la investigación pero durante mucho tiempo ha promovido la posibilidad de vida en las nubes de Venus, y dijo: “¡Esto es muy emocionante!”.
Según Grinspoon, hay que hacerle seguimiento a esta investigación porque “podría ser la primera observación que revele una biosfera extraterrestre y, además, estaría en el planeta más cercano a casa en todo el cosmos”.
Jim Bridenstine, el administrador de la NASA, dijo en Twitter: “Es momento de priorizar a Venus”.
Venus es uno de los objetos más hermosos en el cielo de la Tierra. Sin embargo, si se observa más de cerca, se vuelve menos encantador.
Venus, a menudo llamado el gemelo de la Tierra, tiene casi la misma masa de nuestro planeta. Muchos científicos creen que Venus alguna vez estuvo cubierto de agua y poseía una atmósfera donde pudo haber florecido la vida como la conocemos.
En los primeros días del sistema solar, la Tierra no era tan acogedora para los seres como nosotros. En ese entonces, había vida aquí, incluso toda una biósfera que no sobrevivió en el entorno rico en oxígeno que se desarrolló después. Además, casi de la misma manera en que la Tierra se volvió el hogar de las medusas, los helechos, los dinosaurios y el Homo sapiens con el tiempo, Venus se transformó en algo parecido a un infierno.
En la actualidad, el segundo planeta más cercano al Sol tiene una atmósfera asfixiada por dióxido de carbono en su forma gaseosa y temperaturas en la superficie que promedian más de 460 grados Celsius. La densa atmósfera de Venus ejerce una presión de más de 91 kilos por centímetro cuadrado en cualquier parte de la superficie. Esa cantidad es 90 veces el kilogramo por centímetro cuadrado al nivel del mar en la Tierra, o el equivalente a estar 914 metros bajo el agua en el océano.
Por lo tanto, no es un lugar que sea fácil de visitar o investigar, aunque eso no quiere decir que no se haya intentado. Los programas espaciales han puesto a prueba decenas de misiones robóticas en Venus, muchas de las cuales fueron parte de la serie Venera de la Unión Soviética. Sin embargo, el planeta se come el metal, pues en minutos derrite y aplasta cualquier nave espacial que haya tocado su superficie. De todos esos intentos, tan solo dos lograron captar directamente imágenes de la superficie del planeta.
Mientras que la parte congelada de Marte está rodeada de orbitadores y vigilada por vehículos exploradores de la NASA, solo hay una sonda que estudia a Venus, la solitaria nave espacial japonesa Akatsuki. Las misiones futuras al planeta siguen siendo meros conceptos.
Aunque la superficie de Venus es como un alto horno, una capa de nubes ubicada a tan solo 50 kilómetros por debajo de la parte más alta de su atmósfera puede alcanzar temperaturas mínimas de hasta 30 grados Celsius y tiene una presión similar a la del nivel del suelo en la Tierra. Muchos científicos planetarios, entre ellos Carl Sagan y Harold Morowitz, quienes propusieron la idea hace 53 años, han planteado la hipótesis de que podría haber vida allá.

Una foto sin fecha que proporcionó la NASA muestra a la Pioneer Venus Multiprobe antes de ser lanzada en 1978.
En junio de 2017, Jane Greaves, astrónoma de la Universidad de Cardiff en Gales, se dispuso a probar esa hipótesis por medio del Telescopio James Clerk Maxwell en Hawái, en busca de señales de varias moléculas de Venus. Diferentes especies de moléculas absorberán las ondas radiales que provienen de las nubes en distintas longitudes de onda particulares. Uno de los químicos fue la fosfina. Greaves no esperaba encontrarla.
“Me intrigó la idea de buscar fosfina, porque el fósforo podría ser una especie de prueba para determinar si hay vida”, comentó Greaves.
Los químicos compararon la fosfina con una pirámide: un átomo de fósforo encima de una base de tres átomos de hidrógeno. La nave espacial Cassini de la NASA la detectó en la atmósfera de Júpiter y Saturno. En ese escenario, según Sousa-Silva, la vida no es necesaria para formar la fosfina. La inmensidad del calor y las presiones pueden juntar a la fuerza los átomos de fósforo e hidrógeno para formar la molécula.

La fosfina parece una pirámide: un átomo de fósforo encima de una base de tres átomos de hidrógeno.
Sin embargo, según los investigadores, en planetas más pequeños y rocosos como la Tierra y Venus no hay suficiente energía para producir cantidades copiosas de fosfina de la misma manera. No obstante, hay algo que parece ser muy bueno para producirla: la vida anaeróbica, es decir, los organismos microbianos que no necesitan ni usan oxígeno.
En esos mundos, “hasta donde sabemos, solo la vida puede producir fosfina”, señaló Sousa-Silva, quien ha estudiado el gas desde hace tiempo, siguiendo la teoría que apunta a que una posible prueba de la existencia de vida en otras partes de la Vía Láctea es la emisión de fosfina en planetas rocosos que orbitan estrellas distantes.
Aquí en la Tierra, la fosfina se encuentra en nuestros intestinos, en las heces de los tejones y los pingüinos, y en algunos gusanos marinos de aguas profundas, así como otros entornos biológicos asociados con organismos anaeróbicos. El gas también es extremadamente venenoso. Los militares lo han empleado para crear armas químicas, y se utiliza como pesticida en las granjas. En la serie de televisión Breaking Bad, el personaje principal, Walter White, lo usa para matar a dos rivales.
Sin embargo, los científicos todavía no explican cómo lo producen los microbios de la Tierra.
“No se sabe mucho de dónde proviene, cómo se forma, y ese tipo de cosas”, mencionó Matthew Pasek, geocientífico de la Universidad del Sur de Florida en Tampa. “Lo hemos visto asociado con el lugar donde están los microbios, pero no hemos visto que un microbio lo haga, lo cual es una diferencia sutil, pero importante”.
Sousa-Silva quedó sorprendida cuando Greaves dijo que había detectado fosfina.
“Pienso mucho en ese momento, porque me tomó unos minutos considerar qué estaba pasando”, mencionó.
Si de verdad hubiera fosfina en Venus, no podría haber otra explicación obvia más que la vida anaeróbica, según Sousa-Silva.
“Lo que encontremos de manera circunstancial también tiene una relación lógica con lo que sabemos de termodinámica”, señaló.
Esta vez, vieron que todas las señales apuntaban a la fosfina, y en grandes cantidades, de 5 a 20 partes por mil millones. Aunque esas cifras pueden parecer pequeñas, es una cantidad miles de veces mayor a la encontrada en la atmósfera de la Tierra.
Sousa-Silva, Greaves y sus colegas habían planeado completar las observaciones telescópicas adicionales a principios de este año. Pero la pandemia de coronavirus y el tiempo limitado de Venus sobre el horizonte interfirieron con sus planes para reunir más evidencias, dejando muchas preguntas sin respuesta.
“El hallazgo en sí mismo es asombroso”, dijo Paul Byrne, científico planetario de la Universidad Estatal de Carolina del Norte en Raleigh, quien no participó en la investigación. Y sostuvo que aunque era “escéptico ante la posibilidad de que sea la vida, no tengo una mejor explicación para lo que es”.
El equipo ha dedicado un año de simulaciones computarizadas a la recreación del ambiente venusino para poner a prueba diferentes explicaciones sobre la fuente y abundancia de la fosfina.
“La luz descompone la fosfina de manera constante, así que se debe reponer continuamente”, mencionó William Bains, bioquímico del MIT y coautor de los artículos.
La actividad volcánica y los relámpagos de Venus no bastarían para que haya más de esta fosfina que desaparece constantemente, de acuerdo con los modelos de los investigadores. No obstante, los seres vivos podrían emitir suficiente gas.
“Lo que hemos hecho es descartar todas las otras fuentes de fosfina que no sean seres vivos”, señaló Bains.
Otros científicos planetarios argumentan que no se puede descartar un origen no biológico.
“A pesar de especulaciones previas (en su mayor parte de los mismos autores), esto difícilmente se puede considerar como una firma biológica”, mencionó en un correo electrónico Gerald Joyce, biólogo del Instituto Salk de California, quien ha experimentado con la creación de vida en un laboratorio. En su propio artículo, Joyce hizo notar que los investigadores escribieron que “la detección de fosfina no es una prueba contundente de vida, sino tan solo de una química anómala y sin explicación”.
James Kasting, un geocientífico y experto en habitabilidad planetaria de la Universidad Estatal de Pensilvania en State College, expresó una precaución similar y dijo que: “El modelo de composición atmosférica que muestran es, en el mejor de los casos, incompleto”.

El hallazgo forma parte de una historia de detecciones de gases en otros mundos que pueden ser subproductos de la vida. Pero estos gases, como las emanaciones de metano y oxígeno en Marte, también pueden ser producidos por reacciones químicas que no involucran vida en absoluto. Hasta ahora, estas señales han sido intrigantes, pero no son una prueba convincente de vida extraterrestre.
Aunque hay pocas personas que dudan de la presencia de esta fosfina en Venus, ¿qué tipo de vida tendría que haber en las nubes de Venus para producir el gas?
Estos seres vivos tuvieron que haber evolucionado para sobrevivir en un ambiente tan ácido, tal vez con capas protectoras exteriores similares a las de los organismos microscópicos de los entornos más extremos de la Tierra.
En un artículo publicado en agosto, Seager y sus colegas sugirieron que los microbios que vuelan en lo más alto de las corrientes de aire, llamadas ondas de gravedad, podían vivir, metabolizar y reproducirse dentro de gotas de ácido sulfúrico y agua. Y, debido a la cantidad de gas que se produce, la población de estos microbios sería abundante.
En cuanto a cómo llegaron los microbios ahí, según Seager, la suposición más probable es que se hayan originado en la superficie hace unos 700 millones de años, cuando Venus tenía océanos, pero se vieron obligados a migrar a los cielos cuando se secó el planeta.
Además, nadie sabe si los microbios, en caso de ser reales, están basados en un ADN parecido al nuestro o algo completamente distinto.
“Cuando se busca vida en otras partes, es difícil no ser geocéntrico”, comentó Sousa-Silva. “Porque solo tenemos ese punto de observación”.
Antes de echar a volar la imaginación, los investigadores quieren recabar más datos telescópicos, y poner a prueba y desafiar sus modelos. Las misiones espaciales robóticas a Venus también podrían ayudar al progreso de la investigación.
La agencia espacial de la India ha propuesto una misión, en los próximos años, al igual que Rocket Lab, una empresa privada de cohetes.
Y la NASA, que se ha negado a financiar varias misiones a Venus en las últimas décadas, anunció en febrero que consideraría un par de naves espaciales propuestas entre los cuatro finalistas que compiten por una ronda de financiación.
“Muchos científicos no se imaginaron que Venus sería una parte importante de esta discusión. Pero, al igual que sucede con un número cada vez mayor de cuerpos planetarios, Venus está demostrando que es un lugar emocionante de descubrimientos”.
Reportaje: Qué sabemos sobre los indicios de vida en Venus

Polo Norte de Venus
La misión espacial Magallanes, que orbitó Venus entre 1990 y 1994 pudo penetrar a través de las espesas nubes del planeta y construir esta imagen. Aunque el tamaño y la masa del planeta son similares a los de la Tierra, los elevados niveles de dióxido de carbono de la atmósfera son responsables de las elevadas temperaturas superficiales, de unos 400 ºC, suficientes como para derretir el plomo.
El artículo Phosphine gas in the cloud decks of Venus publicado recientemente en la revista Nature Astronomy afirmaba que se había detectado en la atmósfera de Venus un compuesto químico llamado fosfina en cantidades muy superiores a las presentes en nuestro planeta. Los autores llegaron a la conclusión de que su origen podría deberse a motivos biológicos después de realizar simulaciones sobre posibles alternativas. Pero eso no significa que se haya encontrado vida, ni siquiera que pueda llegar a encontrarse. Ignasi Ribas, director del Institut d’Estudis Espacials de Catalunya (IEEC) e investigador del Instituto de Ciencias del Espacio (ICE) perteneciente al CSIC, nos responde a algunas preguntas sobre este hallazgo controvertido.
National Geographic: ¿Qué es la fosfina?
Ignasi Ribas: La fosfina o fosfano es una molécula sencilla, de fórmula química PH3, compuesta por un átomo de fósforo y tres de hidrógeno. En nuestro planeta, las reacciones químicas que dan lugar a la fosfina son de dos tipos: o bien se trata de procesos industriales generados por los humanos -y por tanto no naturales- o se produce en reacciones relacionadas con la química de la vida, concretamente al metabolismo de bacterias anaeróbicas (aquellas habitan en entornos sin oxígeno).
NG: ¿Qué ha demostrado exactamente el estudio publicado en Nature Astronomy?
El estudio ha utilizado observaciones realizadas con dos radiotelescopios que sugieren la existencia de la fosfina en la atmósfera de Venus, las cuales indican una absorción a una longitud de onda de 1,1 milímetros que estaría producida por la fosfina y que indicaría una abundancia de 20 moléculas de este gas por cada mil millones de moléculas de atmósfera. A pesar de parecer una abundancia muy pequeña, es mil veces mayor de que la que se da a la atmósfera de la Tierra. Por ahora, estos niveles resultan inexplicables con los conocimientos que tenemos de la química a la atmósfera de Venus. Es por eso que los autores no descartan que el origen sea la vida.
Además, ya en la década de 1960 se había sugerido que la atmósfera de Venus, situada a una altura de unos 50 kilómetros, podría tener las condiciones ambientales más adecuadas para la vida, contrariamente a la superficie, que es totalmente inhóspita. Aun así, evidentemente, antes de llegar a esta afirmación habría que descartar cualquier otra explicación sobre posibles efectos naturales abióticos.
NG. ¿La detección de fosfina a la atmósfera de Venus explica por sí mismo la probable existencia de vida?
Rotundamente, no. La existencia de vida en la atmósfera de Venus es una de las posibles explicaciones, y por ahora no ha podido ser descartada. Se han descartado otras muchas relacionadas con reacciones químicas conocidas, puesto que ninguna de ellas explica este fenómeno. Pero tenemos un gran desconocimiento de los procesos que tienen lugar en la atmósfera de Venus, y en particular sobre cómo funciona la química en un entorno en el que existen niveles de radiación ultravioleta más alta que la Tierra y lleno de gotitas de elementos condensados que pueden producir reacciones a su superficie. En este sentido, serán necesarias muchas pruebas adicionales para confirmar o refutar la hipótesis de la existencia de vida en Venus.
NG: ¿Se podría concluir, pues, que hay vida en Venus? En caso contrario, cómo podríamos confirmarlo?
Todavía no se puede concluir nada todavía sobre la existencia de vida en Venus. Es una posibilidad que está abierta pero lejos de ser probada. Por una posible confirmación hacen falta dos pasos.
- Primero, se tiene que validar que las observaciones hechas por los autores indiquen la presencia de fosfina, y no de otro compuesto. Por eso hay que encontrar más “líneas espectrales”, que son estas zonas en el espectro de Venus donde la luz se absorbe más debido a la presencia de esta molécula. Probablemente este paso se podrá hacer en poco tiempo.
- Pero el segundo, y mucho más complicado, es descartar cualquier origen no biológico de la presencia de fosfina en Venus. Como que hay que descartar todas las otras posibles explicaciones, siempre puede quedar cierta duda para hacer la afirmación categórica de la presencia de vida. Es posible que la confirmación o refutación definitiva provenga de alguna misión que tome muestras de la misma atmósfera in situ y que las analice para averiguar si la vida está presente. Eso es algo que no será rápido ni sencillo, podría tardar un decenio.