Los funiculares de Valparaíso, la joya peor cuidada de Chile


lainformacion.com- Lezak Shallat y Pascale Bonnefoy, Valaparaíso (Chile) | GlobalPost – La ciudad costera de Valparaíso se caracteriza por las hermosas vistas que tiene desde sus colinas. Pero subir a pie es demasiado, y los funiculares y ascensores no reciben el mantenimiento mínimo. Los vecinos protestas, solo cinco de las treinta estaciones funcionan.

“Menos postales, más realidad”, es el grito de guerra en la ciudad portuaria chilena de Valparaíso. Los habitantes de esta hermosa ciudad se han echado a las calles para protestar por la incapacidad de las autoridades para mantener en funcionamiento los icónicos ascensores y funiculares que traquetean por sus cerros.

Los ascensores son el símbolo de una ciudad cuyos habitantes se muestran profundamente orgullosos de las vistas que tienen sobre la bahía y de su ambiente de grandeza. En 2003 la Unesco declaró el casco histórico de Valparaíso Patrimonio de la Humanidad.

Para los porteños, que es como se conoce a los habitantes de Valparaíso, los funiculares son un método de transporte público fundamental, la forma más rápida, cómoda y agradable de moverse por los cerros de la ciudad (en donde se concentran el 90 por ciento de sus 300.000 habitantes) y la zona baja, en donde se ubican los comercios, la administración y los servicios.

De las 30 estaciones de funiculares que se construyeron originalmente hace más de un siglo, tan sólo cinco funcionan en la actualidad. Otras 10 tienen problemas y las restantes 15 ya han pasado a la historia.

Los ascensores parados representan algo más que una decepción para los turistas y una puñalada al orgullo de los porteños, sino que plantean preguntas sobre qué ha supuesto realmente la designación de la Unesco para la ciudad y sus habitantes.

En 1998 el gobierno declaró el funicular monumento histórico, pero poco se ha hecho para mantenerlo en funcionamiento. Las razones son complejas, y tienen que ver con su propiedad (algunas estaciones son privadas y otras públicas), guerras administrativas, el coste de las reparaciones, la supuesta falta de rentabilidad del servicio y, según las voces críticas, incompetencia.

Además, los ascensores no son considerados oficialmente un método de transporte público, lo que les deja al margen de las medidas sobre seguridad y las leyes correspondientes al sector.

Al pie del ahora difunto ascensor Larraín, dos ancianas hacen acopio de las fuerzas necesarias para subir siete pisos de escaleras colina arriba. Beatriz Aguilera, de 79 años, puede bajar, pero necesita ayuda para subir. Su marido fue conductor de ese funicular durante 48 años. Su vecina, María Ahumada, tiene una hija con una minusvalía que prácticamente lleva dos años recluida en casa porque no se pueden permitir pagar taxis.

“No es sólo la gente que vive en los cerros la que sufre las consecuencias, sino también los parientes y amigos, que no les pueden visitar”, asegura Natalia Vásquez, de 26 años, miembro de la asociación de Usuarios de Ascensores de Valparaíso.

En 2009 el propietario del ascensor en Cerro Florida, donde vive Natalia, lo cerró junto con otras dos estaciones, asegurando que se debía a pérdidas económicas. Una vecina de 87 años comenzó entonces un movimiento para pedir al ayuntamiento que tomase medidas al respecto. Los vecinos de cerros adyacentes se sumaron a su petición, y así nació la asociación.

Desde entonces el grupo ha organizado manifestaciones, una protesta frente a la casa del alcalde y, a mediados de marzo, una asamblea ciudadana que duró dos días. También han presentado (y ganado) una demanda contra la ciudad, argumentando que el gobierno municipal tiene la obligación de involucrarse y regular el transporte en su jurisdicción.

Según un estudio encargado por el gobierno y realizado por la Universidad Técnica de Santa María de Valparaíso, los ascensores “no cumplen las medidas básicas de seguridad [...] En general, hay una falta total de inversión en conservación y mantenimiento [...] Sin una mayor intervención e inversión, los ascensores están condenados a desaparecer”.

El ayuntamiento ha anunciado recientemente que ha enviado uno de los funiculares de propiedad pública a un astillero de la Armada para ser reparado, en lo que se invertirá más de medio millón de euros.

Lograr que los funiculares en manos privadas vuelvan a operar es un desafío mucho mayor. Sucesivos gobernantes se han comprometido a comprar las 11 estaciones de propiedad privada. El modo exacto en el que el gobierno regional compre y opere el sistema está todavía en negociación, aunque se ha dicho que los detalles sobre un acuerdo podrían anunciarse este mismo mes.

Pero en el fondo del debate no deja de sobrevolar una pregunta: ¿ha ayudado realmente en algo a Valparaíso la designación de la Unesco?

El estatus de Valparaíso como lugar Patrimonio de la Humanidad ha ayudado al gobierno chileno a lograr un préstamo de 73 millones de dólares del Banco de Desarrollo Interamericano para conservar el casco histórico de la ciudad. La mayor parte de los fondos se han invertido en pavimentar las calles, mejorar el alumbrado y transformar manzanas de aspecto abandonado en un bello anfiteatro sobre el puerto de fachadas multicolores. Un palacete de estilo Belle Epoque ha sido además restaurado parcialmente y acondicionado como museo de arte.

Pero la designación de la Unesco también ha desencadenado operaciones inmobiliarias especulativas que han poblado los tres o cuatro cerros más visitados de la ciudad de nuevos hoteles de diseño y restaurantes. Como resultado de todo esto, el turismo está desplazando a los residentes y destruyendo la vida de barrio, protestan los vecinos.

“La gente que vive en las colinas está perdiendo sus barrios tradicionales”, asegura Cristian Amarales, un activista de la red cívica Red Cabildo Valparaíso. “Esa gente no siente ningún tipo de conexión con la designación de la Unesco. Dicen que eso es para la élite de la parte baja. La designación de la Unesco está convirtiendo a Valparaíso en una ciudad segregada”.

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