Investigan como detener la vejez



ANNA GRAU | NUEVA YORK
La ciencia le ha declarado la guerra al envejecimiento en los Estados Unidos. El Hospital General de Massachussets -será casualidad o no, pero Massachussets es el único estado de la Unión con sistema de salud pública universal- se ha convertido en la punta de lanza de una serie de experimentos que buscan una droga efectiva contra la vejez. Una pastilla que prolongue la vida y detenga las enfermedades degenerativas. ¿Utopía? ¿Objetivo realista? Con roedores y con insectos ya se ha conseguido. Y hasta con monos ha aparecido algún resultado alentador.
El experimento parte de algunas constataciones previas muy sugestivas para la ciencia. La más sugestiva de todas es la de que la restricción calórica -una dieta sana pero equivalente al 30 por ciento de una alimentación normal- alarga la vida. Hasta en un 40 por ciento en ratones, según se ha podido comprobar.
Nadie había insistido mucho hasta ahora en trasladar este experimento a los humanos. Quizás por ser conscientes de que ni la esperanza de vivir más años convencería a nadie de sacrificar un 70 por ciento de lo que come. La novedad, y lo que ha reactivado las investigaciones, es el posible descubrimiento de atajos químicos para lograr el mismo efecto.
La clave parece ser el resveratrol, presente en el vino tinto, y otras sustancias activadoras de los sirtuinos, unas proteínas que están presentes desde los organismos más simples hasta los más complejos -de la bacteria al hombre- y que tienen el poder de regular el nivel de energía de las células.
Una vez establecido el principio general teórico viene su aplicación práctica, lo cual no se produce sin considerables trifulcas. Para empezar, la poderosa Agencia de la Alimentación y el Medicamento de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) no da un dólar para estas investigaciones porque no considera la vejez una enfermedad. En la misma línea van los biólogos evolucionistas, para los cuales pretender burlar el envejecimiento a base de pastillas es un disparate.
Adaptación al medio
Esta escuela sostiene que la esperanza de vida de una especie es un signo más de su adaptación al medio. Argumentan que, por ejemplo, las ratas tienen menos esperanza de vida natural que los murciélagos porque al no poder volar están mucho más expuestas a los depredadores. Por eso, la selección natural de la especie ni se «molesta» en apostar a la carta de la longevidad, haciéndolo en cambio a la de la fecundidad. Los genes prolíficos se imponen sobre los de los individuos que podrían durar más tiempo.
También alegan que prolongar la esperanza de vida de organismos así, en laboratorio, tiene escaso mérito. Lo verdaderamente importante es vérselas con la célula humana, mucho más sofisticada, arriesgada y expuesta a complicaciones como el cáncer. La vejez, según algunos especialistas, es el precio que se paga por la alta especialización de nuestras células. En cuanto una célula madre se «profesionaliza» y se hace cerebro o páncreas, se inicia una cuenta atrás que no admite vuelta de hoja. Hasta ahora sólo una rara especie de medusa lo ha conseguido.
Límites físicos
Pero otros, empezando por Gary Ruvkun, del Hospital General de Massachussets, ignoran todas estas advertencias, que les suenan a cuentos de la abuela del doctor Frankenstein. Su punto de partida, según relata «The New York Times», es que aunque, obviamente, el organismo tiene sus límites físicos -incluso si se lograra eliminar hasta la última posibilidad de enfermedad degenerativa, quedarían deterioros estructurales imparables-, en ninguna parte está escrito que la esperanza de vida tenga que ser tal o cual. Es decir, que ancha es Castilla. Y Massachussets más.
A tal efecto se han realizado los primeros experimentos con simios en la Universidad de Wisconsin. ¿Y qué pasó? Pues el experimento dio positivo -se logró aumentar la esperanza de vida de los monos- pero lo dio un tanto ambiguo. Las cifras sólo eran satisfactorias si no se contaban las muertes de monos por razones aparentemente desconectadas del proceso de envejecimiento, por ejemplo, bajo los efectos de la anestesia. Pero, si envejecimiento es todo, ¿cómo saber con seguridad qué tiene y qué no tiene que ver con él? La ciencia puede estar en el buen camino. Pero se prefigura un camino muy largo.
nuestras charlas nocturnas

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